Mi suscripción a Medici TV me ha permitido ver, con estupenda calidad de imagen y no tanta de sonido, la filmación del concierto que este miércoles 14 de agosto ofrecieron Daniel Barenboim, Martha Argerich y la West-Eastern Divan Orchestra en el Festival de Salzburgo. Resultados de alto nivel, como era de esperar, pero con importantes desigualdades.
Inacabada o Incompleta –como prefieran– de Franz Schubert para empezar. Treinta y cinco años no pasan en balde, y si en su grabación con la Filarmónica de Berlín para CBS el maestro no lograba destilar esa sensualidad y ese peculiar lirismo que exige el universo schubertiano, y además se escoraba en exceso ante la vertiente dramática de la página, ahora la experiencia con sus sonatas le permite ofrecer una recreación más idiomática. También más equilibrada, menos extrovertida y más atenta a la belleza sonora, alejándose de densidades excesivas y enriqueciendo el fraseo de sutilísimos matices propios del gran maestro que es. Por desgracia, los resultados siguen sin ser ser redondos. El primer movimiento me ha gustado bastante, pese a que haya un cierto exceso de portamenti, se aprecie algún desajuste en los ataques de las cuerdas o la batuta no termine de descubrir la magia poética que alberga su acongojante final. Pero no, no me ha convencido el Andante con moto: aun fraseado con incuestionable belleza formal, está dicho con una prisa excesiva y no ofrece el adecuado contraste entre vuelo melódico y desgarro dramático.
Concierto para piano nº 1 de Tchaikovsky para continuar. A estas alturas de la película, estaba claro que Argerich no iba a cambiar su manera de acercarse a esta página, la que tenía en tiempos de sus grabaciones con Dutoit (1970), Groves (1977) o Kondrashin (1980) o Abbado (1994). Y no lo hace: su aproximación sigue siendo ante todo impetuosa y agitada, extrovertida a más no poder, llena de electricidad y un punto demoníaca. Pero en esta velada salzburguesa –no tanto en Buenos Aires unos días atrás– la solista parece encontrarse menos nerviosa, menos efectista y con mayor voluntad de controlarse para hacer gran música. Quizá también se muestre menos rígida, más flexible en el sonido y menos mecánica cuando se echa a correr. ¿Solo quizá? Esta misma mañana he comparado con el citado registro de Abbado –que parece dirigido desde la banqueta del piano, por cierto– y, efectivamente, aquí nuestra artista está bastante más centrada y musical.
Sea como fuere, el resultado es espléndido dentro de la "línea Argerich", y venturosamente se ve acompañado por una dirección que sabe fusionar brillantez, emoción y vuelo melódico, al tiempo que invita a cantar con enorme musicalidad a los solistas de la orquesta, tratada con singular plasticidad. Tengo un reparo, sin embargo: el Andantino está llevado por Barenboim con bastante menos lentitud que en su soberbia grabación con Lang Lang, en la que alcanzaba ahí lo sublime. Eso sí, intervenciones como las de la flauta o el oboe son memorables. De propina a cuatro manos, el prodigioso Rondo D 951, de Schubert, interpretado con la misma excelsitud que ya alcanzaba la pareja en anteriores ocasiones.
Es tras el descanso del concierto cuando el maestro, ya sin las irregularidades de Schubert y Tchaikovski, alcanza unos resultados redondos ofreciendo una descomunal recreación del Concierto para orquesta de Lutoslawski. Ya lo era en su grabación con la Sinfónica de Chicago de 1992 que comenté aquí mismo. Para no repetirme, me limito a añadir que la Orquesta del West-Eastern Divan no se queda en absoluto corta: más depurada en lo sonoro que en la primera parte de la velada salzburguesa, todas sus familias dan una verdadera lección de virtuosismo y de compromiso expresivo, como lo hace también un Barenboim que maneja planos sonoros con soltura, construye clímax con perfecta lógica y es capaz de tratar las texturas propias del autor –bullicioso, agilísimo segundo movimiento– manteniendo la claridad.
Cuando salga la correspondiente edición comercial, esta filmación merecerá la pena por el Lutoslawski. Y también por la que es probablemente las más redonda aproximación de la Argerich al Tchaikovski.
Un cajón de sastre para cosas sobre música "clásica". Discos, conciertos, audiciones comparadas, filias y fobias, maledicencias varias... Todo ello con centro en Jerez de la Frontera, aunque viajando todo lo posible. En definitiva, un blog sin ningún interés.
sábado, 17 de agosto de 2019
Asunto Plácido
De todo lo que he leído hasta ahora sobre el asunto que amenaza con enfangar muy seriamente la carrera de Pácido Domingo, el que más me gusta es este de Joaquín Pérez Azaústre. Estoy cien por cien de acuerdo con lo que dice. No tengo más que añadir.
viernes, 16 de agosto de 2019
Nelsons hace Mozart y Tchaikovsky en Leipzig: lo apolíneo bien entendido
Notabilísimo en lo interpretativo este Blu-ray del sello Accentus en el que se recoge la mayor parte –falta un estreno de Thomas Larcher– de un concierto ofrecido por Andris Nelsons y la Orquesta del Gewandhaus de Leipzig, de la que es titular, en marzo de 2018, con la Sinfonía nº 40 de Mozart y Patética de Tchaikovsky en los atriles. Y sería de lo más recomendable si no fuera por un grave problema técnico que comentaré al final.
La verdad es que ha sido una grata sorpresa encontrar una versión así de la KV 550, en pleno siglo XXI. Tan personal y tan arriesgada. Tan a contracorriente de lo que hoy se lleva en Mozart. Tan alejada de las maneras “históricamente informadas”, excepción hecha de la moderación de vibrato en el Andante. Tan moderada en sus tempi -que a algunos, no a mí, le parecerán lentos-. Tan escasamente interesada en los grandes claroscuros. Aunque también, resulta imprescindible advertirlo, tan distinta de lo que Barenboim, otro que sigue apostando por “la gran tradición”, hace con esta obra.
Y es que Nelsons apuesta por una interpretación clásica y apolínea –que no sosa, ni trivial– en el más amplio y mejor de los sentidos. Lo hace ya desde un arranque misterioso que da paso a un primer movimiento poco tempestuoso, inquietante pero no inquieto, ágil al tiempo que sonado con músculo, de perfecto equilibrio entre forma y expresión. El segundo es sereno, esencial y meditativo, atento a los acentos dolientes aunque también visto un tanto desde la distancia. ¿Otoñal? No exactamente, aunque algo de eso hay. El Menuetto es un completo acierto, al articular Nelsons evitando toda pesadez y encontrando el punto perfecto de distancia entre la errónea solemnidad en que incurrían ciertos antiguos maestros y la agitación excesiva de algunas propuestas recientes. El Finale, al contrario de lo que le ocurría al movimiento inicial, sí que está cargado de electricidad y agitación, pero bajo un absoluto control de los medios –polifonía perfectamente expuesta– y sin perder el sentido de la mesura.
Al igual que ocurre en Mozart, Nelsons sorprende con una visión relativamente serena de la Patética thaikovskiana, muy alejada de la electricidad, de la rabia y de las descargas telúricas de otros directores, atentísima a la belleza sonora y dispuesta a reivindicar la elegancia en el fraseo y los valores melódicos que albergan los pentagramas por encima de otras consideraciones; pero no por ello descafeinada, ni complaciente, ni mucho menos narcisista, sino expuesta desde la plena sinceridad. En este sentido, el maestro letón se alinea con el Tchaikovsky de un Giulini o, sobre todo, un Rostropovich. También con el de un Karajan o un Celibidache, aunque sin las opulencias de uno ni las lentitudes del otro.
Así las cosas, las secciones extremas del primer movimiento se desarrollan sin prisa y con enorme naturalidad, bañando la congoja de dorada luz melancólica –sin nubes ni brumas en la lejanía– para en la sección central ofrecer dramatismo en dosis suficientes sin necesidad de perder la compostura. El Allegro con grazia se encuentra hermosísimamente cantado y evita toda tentación de blandura; su trio es un hallazgo, al mismo tiempo sensual y lleno de malos presagios, manteniendo la calma y apartándose del nerviosismo desasosegante –no exento de atractivo– con que lo abordan muchos maestros. De perfecta lógica en su desarrollo, poco militar y muy bien desmenuzada la Marcha, para luego pasar a un Adagio lamentoso no rebelde sino resignado, pero sabiendo no confundir semejante postura con lo lastimero: nobleza y dignidad ante todo. El público guarda un minuto de silencio de lo más significativo.
La toma sonora es absolutamente excepcional en multicanal, pero no en la pista estereofónica: en un punto del primer movimiento de la Patética el sonido baja de volumen ostensiblemente durante demasiados segundos. Ya Ángel Carrascosa lo había advertido en su blog, y yo ahora he tenido la oportunidad de corroborarlo. ¡Menuda chapuza! Si su equipo reproduce exclusivamente a través de dos canales, olvídese.
La verdad es que ha sido una grata sorpresa encontrar una versión así de la KV 550, en pleno siglo XXI. Tan personal y tan arriesgada. Tan a contracorriente de lo que hoy se lleva en Mozart. Tan alejada de las maneras “históricamente informadas”, excepción hecha de la moderación de vibrato en el Andante. Tan moderada en sus tempi -que a algunos, no a mí, le parecerán lentos-. Tan escasamente interesada en los grandes claroscuros. Aunque también, resulta imprescindible advertirlo, tan distinta de lo que Barenboim, otro que sigue apostando por “la gran tradición”, hace con esta obra.
Y es que Nelsons apuesta por una interpretación clásica y apolínea –que no sosa, ni trivial– en el más amplio y mejor de los sentidos. Lo hace ya desde un arranque misterioso que da paso a un primer movimiento poco tempestuoso, inquietante pero no inquieto, ágil al tiempo que sonado con músculo, de perfecto equilibrio entre forma y expresión. El segundo es sereno, esencial y meditativo, atento a los acentos dolientes aunque también visto un tanto desde la distancia. ¿Otoñal? No exactamente, aunque algo de eso hay. El Menuetto es un completo acierto, al articular Nelsons evitando toda pesadez y encontrando el punto perfecto de distancia entre la errónea solemnidad en que incurrían ciertos antiguos maestros y la agitación excesiva de algunas propuestas recientes. El Finale, al contrario de lo que le ocurría al movimiento inicial, sí que está cargado de electricidad y agitación, pero bajo un absoluto control de los medios –polifonía perfectamente expuesta– y sin perder el sentido de la mesura.
Al igual que ocurre en Mozart, Nelsons sorprende con una visión relativamente serena de la Patética thaikovskiana, muy alejada de la electricidad, de la rabia y de las descargas telúricas de otros directores, atentísima a la belleza sonora y dispuesta a reivindicar la elegancia en el fraseo y los valores melódicos que albergan los pentagramas por encima de otras consideraciones; pero no por ello descafeinada, ni complaciente, ni mucho menos narcisista, sino expuesta desde la plena sinceridad. En este sentido, el maestro letón se alinea con el Tchaikovsky de un Giulini o, sobre todo, un Rostropovich. También con el de un Karajan o un Celibidache, aunque sin las opulencias de uno ni las lentitudes del otro.
Así las cosas, las secciones extremas del primer movimiento se desarrollan sin prisa y con enorme naturalidad, bañando la congoja de dorada luz melancólica –sin nubes ni brumas en la lejanía– para en la sección central ofrecer dramatismo en dosis suficientes sin necesidad de perder la compostura. El Allegro con grazia se encuentra hermosísimamente cantado y evita toda tentación de blandura; su trio es un hallazgo, al mismo tiempo sensual y lleno de malos presagios, manteniendo la calma y apartándose del nerviosismo desasosegante –no exento de atractivo– con que lo abordan muchos maestros. De perfecta lógica en su desarrollo, poco militar y muy bien desmenuzada la Marcha, para luego pasar a un Adagio lamentoso no rebelde sino resignado, pero sabiendo no confundir semejante postura con lo lastimero: nobleza y dignidad ante todo. El público guarda un minuto de silencio de lo más significativo.
La toma sonora es absolutamente excepcional en multicanal, pero no en la pista estereofónica: en un punto del primer movimiento de la Patética el sonido baja de volumen ostensiblemente durante demasiados segundos. Ya Ángel Carrascosa lo había advertido en su blog, y yo ahora he tenido la oportunidad de corroborarlo. ¡Menuda chapuza! Si su equipo reproduce exclusivamente a través de dos canales, olvídese.
miércoles, 14 de agosto de 2019
Malditos y benditos piratas
Me parece mal que alguien haga un vídeo con su teléfono móvil de un concierto, más todavía cuando lo hace desde una de las primeras filas del patio de butacas. No porque esté prohibido, sino porque molesta a parte del público y posiblemente lo haga a los propios artistas. Pero voy a ocultar que a veces agradezco semejantes tropelías.
Precisamente gracias a una de estas podemos ver el primer movimiento del Concierto para piano nº 1 de Tchaikovsky que ofrecieron Daniel Barenboim, la West Eastern Divan y Marta Argerich en Buenos Aires. El maestro, desgranando la música con tanta nobleza y vuelo melódico como intensidad dramática: no recuerdo una dirección claramente superior, como no sea la que Celibidache le realizó a él mismo como solista. Argerich, agilísima –pese a alguna nota falsa– y electrizante, fiera como solo ella sabe serlo, brillante a más no poder, pero también a ratos genial y a ratos loca del chamounix. O sea, más o menos lo que ella siempre ha hecho con esta partitura desde aquella ya lejana grabación con Dutoit de 1970.
No hace falta decir más: vean el vídeo antes de que Barenboim, que es de armas tomar, haga que lo retiren de la circulación. Malditos piratas...
Precisamente gracias a una de estas podemos ver el primer movimiento del Concierto para piano nº 1 de Tchaikovsky que ofrecieron Daniel Barenboim, la West Eastern Divan y Marta Argerich en Buenos Aires. El maestro, desgranando la música con tanta nobleza y vuelo melódico como intensidad dramática: no recuerdo una dirección claramente superior, como no sea la que Celibidache le realizó a él mismo como solista. Argerich, agilísima –pese a alguna nota falsa– y electrizante, fiera como solo ella sabe serlo, brillante a más no poder, pero también a ratos genial y a ratos loca del chamounix. O sea, más o menos lo que ella siempre ha hecho con esta partitura desde aquella ya lejana grabación con Dutoit de 1970.
No hace falta decir más: vean el vídeo antes de que Barenboim, que es de armas tomar, haga que lo retiren de la circulación. Malditos piratas...
sábado, 10 de agosto de 2019
El Schubert de Giulini en Chicago
Empiezan a circular en alta definición algunas de las grabaciones, nuevamente reprocesadas, que realizó Carlo Maria Giulini para Deutsche Gramophon en los años setenta. Ya comenté la Heroica con Los Ángeles. Paso ahora a decir algo sobre el renovado trasvase de las sinfonías nº 4 "trágica" y 7 "incompleta" (ya no me creo lo de "inacabada", lo siento) de Franz Schubert que el maestro italiano grabara en marzo de 1978 al frente de una gloriosa Sinfónica de Chicago. He vuelto a quedar maravillado, aunque debo reconocer que ahora estas dos viejas conocidas no me han entusiasmado tantísimo como en las ocasiones anteriores.
La Sinfonía nº 4 resulta irreprochable en su enfoque: el de Barletta sabe sacar a la luz lo que de sombrío y dramático tiene esta música respetando al cien por cien todo ese lirismo elegante y ese refinamiento que también posee. Y lo hace a través de una ejecución de asombrosa perfección técnica, realizada de un solo trazo y clara a más no poder, dotada además de una belleza sonora tan apolínea como ajena a cualquier narcisismo. El resultado es una interpretación de perfecto equilibrio entre fuerza expresiva, hondura y belleza formal. Ahora bien, a mi juicio le vendría muy bien un poco más de chispa, incluso de encanto. En este sentido, puede parecer en exceso distanciada, incluso un tanto escasa de esa sensualidad y esa emotividad a flor de piel que el universo musical de Schubert necesita, y que el propio Giulini ofrecerá en su grabación de 1993 frente a la Sinfónica de la Radio Bávara, más redonda que la presente en los movimentos centrales pero menos lograda en los extremos: este Allegro conclusivo es todo un prodigio por su manera de conjugar ansiedad y equilibrio. Pese a los reparos expuestos, no estoy seguro de conocer alguna interpretación globalmente superior a esta. La de Barenboim, tal vez.
El milagro de la lectura de la Sinfonía en si mayor D 759 es ofrecer la perfecta conjunción entre belleza formal, lirismo, sentido humanista y desgarro que necesita esta prodigiosa partitura. Giulini lo consigue con una técnica de batuta excepcional que hace empastar de manera muy cálida a la brillante Sinfónica de Chicago –le da extraordinario relieve a la cuerda grave– y le permite mantener la tensión interna mientras frasea con una naturalidad, una sensualidad y una fuerza poética asombrosas, pero sin nunca bajar la guardia ni olvidar el trasfondo trágico de la pieza; sin caer tampoco en la menor blandura o tentación de hedonismo sonoro. De nuevo, como en la sinfonía anteriormente comentada, se pueden preferir enfoques más a tumba abierta, más rebeldes y escarpados, pero esta interpretación a un mismo tiempo bellísima y profunda resulta modélica en su línea.
La calidad técnica de los registros ha parecido siempre espléndida en sus diferentes encarnaciones en compacto. Ahora bien, he comparado estas nuevas remasterizaciones con los CDs de la caja (¡imprescindible!) Giulini in America y me he sorprendido bastante. En la Trágica, el sonido aparenta ser mejor en CD. Pero solo eso, aparenta. La circunstancia de que en el compacto no se escuche el ligero soplido de fondo que sí se aprecia en el FLAC de alta definición y que contrabajos suenen en el disco muchísimo más robustos, indica que el primer ingeniero que hizo el trasvase a formato digital le metió mano al ecualizador reduciendo agudos y potenciando las frecuencias más bajas, distorsionando así el verdadero sonido del maestro italiano, que no era precisamente timorato a la hora de ofrecer densidad, pero ni mucho menos tan rugiente en la cuerda grave como un Solti. En la Incompleta no se nota tanto lo del soplido de fondo, pero sí la potenciación artificial de los graves.
Resumiendo: esta nueva edición, solo disponible en formato de descarga, es menos espectacular que la que circula en CD, pero a la postre resulta bastante más natural. Y ahora, a ver si se deciden a sacar la monumental Sinfonía nº 8.
La Sinfonía nº 4 resulta irreprochable en su enfoque: el de Barletta sabe sacar a la luz lo que de sombrío y dramático tiene esta música respetando al cien por cien todo ese lirismo elegante y ese refinamiento que también posee. Y lo hace a través de una ejecución de asombrosa perfección técnica, realizada de un solo trazo y clara a más no poder, dotada además de una belleza sonora tan apolínea como ajena a cualquier narcisismo. El resultado es una interpretación de perfecto equilibrio entre fuerza expresiva, hondura y belleza formal. Ahora bien, a mi juicio le vendría muy bien un poco más de chispa, incluso de encanto. En este sentido, puede parecer en exceso distanciada, incluso un tanto escasa de esa sensualidad y esa emotividad a flor de piel que el universo musical de Schubert necesita, y que el propio Giulini ofrecerá en su grabación de 1993 frente a la Sinfónica de la Radio Bávara, más redonda que la presente en los movimentos centrales pero menos lograda en los extremos: este Allegro conclusivo es todo un prodigio por su manera de conjugar ansiedad y equilibrio. Pese a los reparos expuestos, no estoy seguro de conocer alguna interpretación globalmente superior a esta. La de Barenboim, tal vez.
El milagro de la lectura de la Sinfonía en si mayor D 759 es ofrecer la perfecta conjunción entre belleza formal, lirismo, sentido humanista y desgarro que necesita esta prodigiosa partitura. Giulini lo consigue con una técnica de batuta excepcional que hace empastar de manera muy cálida a la brillante Sinfónica de Chicago –le da extraordinario relieve a la cuerda grave– y le permite mantener la tensión interna mientras frasea con una naturalidad, una sensualidad y una fuerza poética asombrosas, pero sin nunca bajar la guardia ni olvidar el trasfondo trágico de la pieza; sin caer tampoco en la menor blandura o tentación de hedonismo sonoro. De nuevo, como en la sinfonía anteriormente comentada, se pueden preferir enfoques más a tumba abierta, más rebeldes y escarpados, pero esta interpretación a un mismo tiempo bellísima y profunda resulta modélica en su línea.
La calidad técnica de los registros ha parecido siempre espléndida en sus diferentes encarnaciones en compacto. Ahora bien, he comparado estas nuevas remasterizaciones con los CDs de la caja (¡imprescindible!) Giulini in America y me he sorprendido bastante. En la Trágica, el sonido aparenta ser mejor en CD. Pero solo eso, aparenta. La circunstancia de que en el compacto no se escuche el ligero soplido de fondo que sí se aprecia en el FLAC de alta definición y que contrabajos suenen en el disco muchísimo más robustos, indica que el primer ingeniero que hizo el trasvase a formato digital le metió mano al ecualizador reduciendo agudos y potenciando las frecuencias más bajas, distorsionando así el verdadero sonido del maestro italiano, que no era precisamente timorato a la hora de ofrecer densidad, pero ni mucho menos tan rugiente en la cuerda grave como un Solti. En la Incompleta no se nota tanto lo del soplido de fondo, pero sí la potenciación artificial de los graves.
Resumiendo: esta nueva edición, solo disponible en formato de descarga, es menos espectacular que la que circula en CD, pero a la postre resulta bastante más natural. Y ahora, a ver si se deciden a sacar la monumental Sinfonía nº 8.
miércoles, 7 de agosto de 2019
El gran macabro del Liceu en Blu-ray
A lo largo de estos últimos meses he tenido la oportunidad de acercarme de manera sistemática a la obra de György Ligeti (1923-2006), haciendo uso para ello de la colección iniciada por Sony y concluida por Teldec, además de la muy recomendable caja de cuatro CDs editada por Deutsche Grammophon. Con ello he alcanzado una visión mucho menos inexacta de la creación de un compositor que se cuenta, desde ya, entre mis favoritos del siglo XX, y al que me gustaría escuchar mucho más en directo, cosa que he podido hacer en muy pocas ocasiones. Precisamente he cerrado la serie viendo el Blu-ray editado por Arthaus de la producción de El gran macabro presentada por el Gran Teatre del Liceo en 2011, a cuyo estreno pude asistir. En su momento la comenté en este mismo blog.
He repasado lo entonces escrito. Como creo que el texto sigue siendo válido –hoy me explicaría peor–, a él me remito no sin antes resumir en dos ideas la valoración: notable la interpretación musical, soberbia la propuesta escénica. Ahora bien, debo puntualizar que el visionado doméstico hace perder espectacularidad a la escenografía, mientras que en contrapartida permite apreciar mucho mejor el extraordinario trabajo escénico de todos y cada uno de los cantantes. Y que la toma sonora, además de ser magnífica, permite –para algo están los micrófonos– escuchar correctamente la Mescalina de Ning Liang, cosa que desde el patio de butacas no se podía hacer.
Habida cuenta de que hay subtítulos en castellano (aunque traduciendo “cocksucker” por “chupa…”, así con puntos suspensivos, no se vaya a escandalizar alguno), y que la calidad audiovisual es espléndida, parece claro que para todo buen melómano este es un vídeo de obligado conocimiento. Como lo es el resto de la obra de Ligeti. Anímense.
He repasado lo entonces escrito. Como creo que el texto sigue siendo válido –hoy me explicaría peor–, a él me remito no sin antes resumir en dos ideas la valoración: notable la interpretación musical, soberbia la propuesta escénica. Ahora bien, debo puntualizar que el visionado doméstico hace perder espectacularidad a la escenografía, mientras que en contrapartida permite apreciar mucho mejor el extraordinario trabajo escénico de todos y cada uno de los cantantes. Y que la toma sonora, además de ser magnífica, permite –para algo están los micrófonos– escuchar correctamente la Mescalina de Ning Liang, cosa que desde el patio de butacas no se podía hacer.
Habida cuenta de que hay subtítulos en castellano (aunque traduciendo “cocksucker” por “chupa…”, así con puntos suspensivos, no se vaya a escandalizar alguno), y que la calidad audiovisual es espléndida, parece claro que para todo buen melómano este es un vídeo de obligado conocimiento. Como lo es el resto de la obra de Ligeti. Anímense.
lunes, 5 de agosto de 2019
La Turandot de Mehta, más asombrosa en Blu-ray audio
He vuelto a escuchar la Turandot de Zubin Mehta. La primera de las cuatro que tiene, la registrada por Decca en el tristemente desaparecido Kingsway Hall junto a la Filarmónica de Londres en agosto 1972. Y esta vez lo he hecho en Blu-ray audio: si en CD la toma era ya espléndida, en este formato puede considerarse como uno de los títulos de ópera mejor grabados de toda la era analógica. Puede que falte un poco de gama dinámica en los finales de cada acto, pero la definición tímbrica, la transparencia, el equilibrio de planos y, sobre todo, el relieve con que está recogido el genial tejido sinfónico diseñado por Giaccomo Puccini son verdaderamente formidables. ¡Y cómo suena la percusión! Realmente se puede tener un problema con los vecinos si la audición se realiza al volumen adecuado. He realizado la comparación con la última grabación del maestro indio, la de Bocelli en Les Arts de 2014, y les puedo asegurar que no suena tan bien como esta.
De la interpretación musical, pues qué quieren que les diga: aunque los señores de la revista Scherzo casi siempre la han ninguneado, se trata de una de las cimas de la ópera grabada. Lo es, ante todo, por su impresionante dirección, un prodigio de fuerza, de colorido, del sentido del ritmo y de brillantez sonora bien entendida que mira directamente a Stravinsky y que potencia los aspectos más modernos de esta música, pero también sabe descender al detalle sin bordear siquiera ese preciosismo que arruinó la grabación de Karajan, tratar con enorme sutileza las texturas, sumergirse en las atmósferas oníricas y desgranar, con enorme intensidad emocional esa melodías maravillosamente italianas que trufan esta singular obra maestra. Si a esto sumamos un pulso extraordinario, un infalible sentido teatral y una comunicatividad fuera de serie, se comprende que estemos ante una interpretación literalmente inalcanzable: ni el propio Mehta lo ha vuelto a hacer tan increíblemente bien en sus grabaciones posteriores.
Sensacional Pavarotti, cantabilidad pura y luminosidad absoluta subrayadas por un agudo incomparable que es fulgor y terciopelo al mismo tiempo. Sutherland no solo está vocalmente impresionante en un papel difícil como pocos, sino que además se muestra bastante más expresiva que de costumbre; se le puede perdonar su deficiente dicción. Sorprende escuchar una Liú con una voz más cercana a la de la princesa que a la de la esclava, pero Caballé triunfa al cantar con una una sensibilidad y una mezcla de delicadeza e inocencia que no conoce –como tampoco la detallista, exquisita dirección de Mehta en sus intervenciones– cursilería alguna. Sencillamente portentoso Ghiaurov como Timur. Estupendos Tom Krause como Ping y Piero di Palma como Pong. Con su peculiar nasalidad y más bien tremolante, pero aun así espléndido el emperador de Peter Pears. Magnífico el Coro de John Alldis.
No digo más: háganse con este Blu-ray audio.
De la interpretación musical, pues qué quieren que les diga: aunque los señores de la revista Scherzo casi siempre la han ninguneado, se trata de una de las cimas de la ópera grabada. Lo es, ante todo, por su impresionante dirección, un prodigio de fuerza, de colorido, del sentido del ritmo y de brillantez sonora bien entendida que mira directamente a Stravinsky y que potencia los aspectos más modernos de esta música, pero también sabe descender al detalle sin bordear siquiera ese preciosismo que arruinó la grabación de Karajan, tratar con enorme sutileza las texturas, sumergirse en las atmósferas oníricas y desgranar, con enorme intensidad emocional esa melodías maravillosamente italianas que trufan esta singular obra maestra. Si a esto sumamos un pulso extraordinario, un infalible sentido teatral y una comunicatividad fuera de serie, se comprende que estemos ante una interpretación literalmente inalcanzable: ni el propio Mehta lo ha vuelto a hacer tan increíblemente bien en sus grabaciones posteriores.
Sensacional Pavarotti, cantabilidad pura y luminosidad absoluta subrayadas por un agudo incomparable que es fulgor y terciopelo al mismo tiempo. Sutherland no solo está vocalmente impresionante en un papel difícil como pocos, sino que además se muestra bastante más expresiva que de costumbre; se le puede perdonar su deficiente dicción. Sorprende escuchar una Liú con una voz más cercana a la de la princesa que a la de la esclava, pero Caballé triunfa al cantar con una una sensibilidad y una mezcla de delicadeza e inocencia que no conoce –como tampoco la detallista, exquisita dirección de Mehta en sus intervenciones– cursilería alguna. Sencillamente portentoso Ghiaurov como Timur. Estupendos Tom Krause como Ping y Piero di Palma como Pong. Con su peculiar nasalidad y más bien tremolante, pero aun así espléndido el emperador de Peter Pears. Magnífico el Coro de John Alldis.
No digo más: háganse con este Blu-ray audio.
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