jueves, 4 de febrero de 2016

Un recuerdo de la infancia: Peer Gynt por Fjeldstad

Hay cosas que a los mayores nos resultan indiferentes pero que a los niños les puede llamar poderosamente la atención. Seguro que ustedes albergan en algún rincón de su memoria objetos de su infancia que por algún motivo u otro ejercían sobre su mente un particular magnetismo. A mí me pasó, siendo todavía muy pequeño, con la portada de un disco en la colección de mi padre que ponía Peer Gynt – Oivin Fjeldstad – Orquesta Sinfónica de Londres. Cuando aprendí a leer los dos primeros nombres me quedaba contrariado por resultarme impronunciables, pero lo que realmente me atraía era la imagen de la portada, precisamente una ilustración de la obra de Ibsen en la que se ve al protagonista en la corte del Rey de la Montaña. No sabía de que iba el rollo, claro, pero la combinación de esa imagen con el contenido del disco, que en casa se ponía bastante, me debió dejar huella.


El vinilo aún lo conservamos, y precisamente lo tengo en este momento a mi lado. La portada es muy parecida a la que he tomado de internet, solo que la edición es española –discos Columbia– y de sonido monofónico, aunque el original fuera estéreo. La grabación, para ser concretos, se realizó en el hoy desaparecido Kingsway Hall de Londres entre el 17 y el 19 de febrero de 1958, con una toma digna para la época pero también un punto distorsionada y estridente incluso en la edición que he tenido la oportunidad de escuchar ahora, la realizada en Japón reprocesando el original a 96 kHz/24-bit. Se tuvo a bien incluir más música de la habitual: además de las Suites nº 1 y 2, se añadieron el Preludio y la burlesca Danza de la hija del Rey de la Montaña, aunque ésta colocada al final. Lo que no hay son solistas vocales ni coro.

¿Qué he ha parecido la interpretación? Pues desde luego no llega a la altura de aquella con la que muchos años más tarde de conocer el referido vinilo aprendí a amar esta música, la de Barbirolli para el sello EMI, pero aun así me ha parecido muy notable. La mayor virtud del maestro noruego es que su Grieg suena precisamente a eso, a Grieg, con toda su sana rusticidad y evitando pulir en exceso las texturas y ofrecer narcicismos sonoros. Pero tampoco es que se trate de una interpretación basta, en modo alguno: la música está bien paladeada en lo melódico, el fraseo es muy natural, se revelan detalles interesantes en la orquestación –en la Danza árabe, por ejemplo- y la celebérrima Cueva del Rey de la Montaña está tratada con adecuada sorna y planificando un amplísimo accelerando desde el arranque hasta su apoteósico final.

Un disco recomendable, desde luego, y muy superior al tan cacareado de Thomas Beecham, quien quitando su muy británico sentido del humor ofrece una recreación más bien pesadota y prosaica, dicho sea de paso. Eso sí, Barbirolli sigue siendo para mi gusto el número uno en esta música maravillosa. ¿El problema? La del Baronet se encuentra por todas partes, pero las de Fjeldstad  y Barbirolli son difíciles de localizar.

lunes, 1 de febrero de 2016

¡Me muero, me sale una hernia!

Bueno, mañana martes es el día: me operan de una hernia inguinal. Intervención sencilla que no posee la menor relevancia, pero para mí una experiencia terrorífica habida cuenta del pánico que me produce todo lo que tenga que ver con laboratorios, quirófanos, extracciones y temas quirúrgicos en general. También la excusa perfecta para poner aquí, por si alguien no lo conoce, este vídeo desternillante de una de mis cantantes favoritas sacado de aquella gala homenaje a Leonard Bernstein que vi por la tele cuando joven –nunca se emitió íntegra ni se editó comercialmente, lástima– y me dejó una huella que todavía dura.


Ah, como dicen que en los primeros días de convalecencia resulta muy difícil estar sentado, he dejado preparada una discografía del Don Juan de Strauss para permanecer unos días alejado del blog. Hasta pronto.

domingo, 31 de enero de 2016

Dignísimo Otello en el Villamarta: este es el nivel

Para mí, lo más significativo de la función del Otello verdiano que ofreció anoche el Villamarta fue percibir con claridad, por las reacciones –murmullos, interjecciones– ante las diferentes pericias narradas por Boito a partir del original de Shakespeare, que gran parte del público congregado se acercaba por primera vez a semejante obra maestra absoluta, impresión que corroboraban los comentarios que se escuchaban a la salida. Por eso mismo, a quienes se preguntan qué sentido tiene que un ayuntamiento por completo arruinado invierta dinero en algo como la ópera, habría que responderles que nada más y nada menos que dar a conocer las grandes creaciones del arte escénico a una ciudad que por mucho tiempo ha vivido alejada de la música clásica. Entre otras cosas.

Cuestión diferente es preguntarse si el apoyo de Ministerio de Cultura y Junta de Andalucía ha estado a la altura de las circunstancias, si las empresas privadas jerezanas han querido comprometerse, si el Ayuntamiento ha supervisado correctamente la gestión de sus menguantes aportaciones, o si desde la cúpula del teatro se han administrado con rigor los recursos disponibles: Hacienda acaba de disolver la Fundación Teatro Villamarta por el déficit acumulado. Lo cierto es que esta podría ser la penúltima propuesta operística –queda aún la nueva producción de Cavalleria/Pagliacci que dirige, faltaría más, Francisco López– que se ve en Jerez por mucho tiempo.


Los resultados han sido un modelo del nivel al que debe aspirar al Villamarta, nivel que a veces se supera con creces y a veces queda demasiado lejos, por mucho que los responsables del teatro –y algunos artistas– se crean con derecho a recibir críticas siempre positivas o, cuanto menos, piadosas. Pero esta vez, insisto, se ha alcanzado ese nivel: una función llena de dignidad, atendible en todo momento, de gran equilibrio global entre los diferentes aspectos artísticos, que permitió disfrutar con garantías y sin sobresaltos, a veces incluso con emoción, de la genial creación de Verdi y Boito. Aunque sin alardes.

El punto flaco del Villamarta está siempre en los "cuerpos estables", esto es, en su coro –que es fijo– y en las tres o cuatro orquestas que más frecuentan su foso, en esta ocasión una Filarmónica de Málaga de sonido pobretón y con algunos solistas –violonchelo– que han dejado que desear. Expresivamente, sin embargo, terminaron convenciendo gracias al buen trabajo de Joan Cabero con las voces y de Carlos Aragón a la batuta. Este último dirigió con convicción, buen pulso y desarrolladísimo sentido teatral, aunque también de manera algo metronómica, sin atender mucho a las atmósferas y cayendo a veces en el desmadre de cara a la galería: deficientes los finales de los actos segundo y tercero. Su atención a los cantantes fue plena.

Estos últimos, supongo, han debido de hacer un gran esfuerzo para sacar estas funciones adelante, y sospecho que han trabajado mucho antes por amor al arte y por solidaridad con el teatro que por otra cosa, lo que les hace merecedores de todo nuestro respeto. Dicho esto, tampoco vamos a ocultar sus limitaciones, en este caso la de un Albert Montserrat que, habiendo sido barítono en tiempos pasados, sufre tiranteces y estrangulamientos cuando se trata de llegar a la franja superior; pero su voz posee un peso muy adecuado para el moro, se beneficia de un fiato muy considerabe y su expresividad, poco desarrollada en los aspectos amorosos del personaje, sabe crecerse en un acto IV lleno de convicción y entrega. Ya es mucho en un rol como este.

Yolanda Auyanet no posee una voz que a mí me resulte particularmente atractiva, pese a su buen volumen y apreciable esmalte. Sin embargo, ofreció una Desdémona que fue de menos a más, un tanto anodina en el primer acto –el dúo resultó frío tanto por ella como por él–, y luego con la temperatura in crescendo hasta culminar en una Canción del sauce y un Ave María de mucha clase, por línea impecable –importa poco o nada algún sobreagudo tirante– y musicalidad exquisita. Una pena que los aplausos rompieran la magia del momento.

Excelente el barítono José Antonio López, Yago de voz muy sonora y homogénea que supo ser malvado y "echado para adelante" sin caer en las truculencias y excesos que a veces tenemos que soportar en el personaje. En alguna que otra frase pudo quizá haber matizado aún más, haber ofrecido más sutilezas y claroscuros, pero lo compensó con una actuación escénica francamente notable, de auténtico profesional. Leo que en el Liceo este papel lo está haciendo el horroroso Vratogna y se me abren las carnes: ¿cómo es que no han contado con este señor que es mil veces mejor cantante?

La Emilia de María Ogueta me pareció excelente. El siempre eficaz Emilio Sánchez, ya algo mermado, hizo un muy correcto Casio. Aceptable el Roderigo de Manuel de Diego y decepcionante mi siempre admirado Luiz Álvarez en el rol de Ludovico: su voz, aun de la nobleza adecuada para el personaje, me pareció cansada, y además su situación en el escenario no le favorecía en absoluto. También se quedó corto el Montano de Andrés Bey.

La producción escénica venía del Teatro Principal de Palma de Mallorca y corría a cargo de Alfonso Romero: tradicional en todos los sentidos, modesta en sus medios y en sus dimensiones, pero francamente sensata –pese a algún detalle ridículo, como el de visualizar la imaginaria infidelidad de Desdémona con Casio– y muy bien llevada a cabo, con correctísima dirección de actores y espléndida dirección de masas, sacando además un excelente partido teatral del barco giratorio diseñado por Miguel Massip que hacía las veces de escenografía. Convencía menos el vestuario de María Miró, que podía recordar a algunas producciones de zarzuela, pero el aspecto visual fue equilibrado por la buena luminotecnia de Lia Alves, que nos regaló unos preciosos efectos en la gran escena de Desdémona del acto IV.

Lo dicho: gran equilibrio escénico y musical en una obra complicadísima de llevar a buen puerto. Difícilmente se puede hacer más con menos. Este es, sin duda, el nivel al que debería aspirar siempre el Villamarta.

jueves, 28 de enero de 2016

Insoportable crispación

Los pocos lectores que me seguían en Facebook quizá hayan reparado en que en los últimos días he desaparecido del mapa. Efectivamente: he borrado el cien por cien de mis contactos, he dejado de publicar cosas en mi muro y ahora solo entro de tarde en tarde para ver las viñetas de El Jueves y Cabronazi, que me hacen reír bastante. ¿El motivo del abandono? El ambiente de intensa crispación política que cada vez hace más insoportable entrar en la aplicación. Sí, vale, yo también he realizado abundantes publicaciones sobre el tema, pero la mayoría de ellas no han sido sino caricaturas y fotomontajes que pueden servir al mismo tiempo para reflexionar sobre lo que está ocurriendo y para tomar distancia sobre ello. Creo que la denuncia es mucho más saludable si esta se realiza desde la ironía, el sarcasmo y el distanciamiento crítico hacia todo y hacia todos, sin que nada ni nadie se libre de la quema, pero sin caer tampoco en la trampa de la pasividad nihilista.

Por desgracia, lo que encuentro de manera creciente es una terrible visceralidad. Los míos son los buenos y los demás, malos malísimos. Quien critica a los míos lo hace por egoísmo, por intereses propios o incluso porque son unos vendidos. Mi verdad (la que sea: que el PP es el partido más corrupto, que lo es el PSOE, que los comunistas quieren destruir España, que la Transición fue una tomadura de pelo, que Podemos es Venezuela, que Podemos es la única alternativa que de verdad defiende a los trabajadores) es la única, y todas las demás son patrañas electoralistas. Y venga soltar bilis y más bilis en Facebook, venga a subir publicaciones no ya monocolor sino abiertamente sectarias, venga a añadir comentarios realizados mucho antes con el hígado que con la cabeza, manipulando la información y a veces destilando una agresividad muy dañina.

Me harté, claro. Porque aunque soy de izquierdas y espero seguir siéndolo, tengo claro que este país lo que necesita ahora es diálogo, tolerancia y moderación. Mucha moderación. Justo lo que no ha tenido el gobierno de Rajoy, gobernando a decretazo limpio, y lo que no parecen tener ciertas fuerzas que se autroproclaman progresistas, léase Podemos. Los resultados electorales, por mucho que el Partido Popular haya sido el más votado, evidencian un empate entre izquierda y derecha que nos obliga a todos, absolutamente a todos, a renunciar a muchos de nuestros objetivos y a buscar un entendimiento. Todos tenemos que ceder si creemos verdaderamente en la democracia, esto es, en la representatividad del voto popular. Y el pueblo ha votado lo que ha votado.

Sinceramente, no sé quién debe gobernar. Personalmente, el PP no me gusta lo más mínimo en ningún sentido, y del PSOE actual me fío poco por su red de corrupción –al menos en mi tierra– y su falta de definición ideológica. Ciudadanos sí me parece un partido honesto –de momento–, pero difícilmente podré estar de acuerdo con sus ideales neoliberales. En cuanto a Podemos, su tufo totalitario y antisistema me echa muy para atrás, por mucho que sintonice plenamente con su análisis de la realidad y con algunas –solo algunas– de sus propuestas. Lo que sí tengo claro es que las prioridades son la lucha feroz contra los corruptos –tremendo lo del PP en Valencia– y corregir la brecha social: el hecho de que las grandes fortunas españolas sigan incrementando sus beneficios mientras la clase media empobrece y muchas personas se encuentran en la calle, está pidiendo a gritos una política económica más justa. No hacerlo solo servirá para seguir radicalizando las posturas.

Confieso que lamento haber perdido la oportunidad de contactar con mucha gente a través de Facebook, gente que a veces –pienso ahora en el inteligente, humano y comprensivo Luis Cansino, por cierto barítono, cuyos comentarios sobre la actualidad me parecían ejemplares– mostraba gran sensatez o que sencillamente no se metía en política. Pero la verdad es que, después de algunos enfrentamientos con personas muy cercanas a mí, he preferido renunciar a esos contactos a cambio de conseguir un poco de "paz espiritual". Con esta entrada he dado explicaciones de por qué me fui, y también he dejado clara cuál es mi postura política. Ahora espero no tener que volver a hablar sobre el tema en mucho tiempo. En este blog escribiré solo de música, y en Instagram pondré fotos de edificios medievales y de gatos.

domingo, 24 de enero de 2016

Volodos interpreta Mompou: corran antes de que se agote

Aunque ya Ángel Carrascosa dio un toque en su blog, no quiero dejar de decir algunas cosas sobre el enorme chollo que compré la semana pasada en Amazon por solo tres euros: música de Frederic Mompou en interpretaciones del pianista ruso Arcadi Volodos registradas por Sony Classical entre el 25 y el 28 de octubre y el 17 y 19 de diciembre de 2012 en los Estudios Teldex de Berlín,con toma de sonora verdaderamente portentosa y presentación estupenda en un librito de 57 páginas con tapa dura embellecido con fotografías de obras de Gaudí.


El disco incluye obras representativas de la evolución musical del compositor catalán: sus cinco Scénes d’enfants y otras dos piezas tempranas, tres páginas de su periodo intermedio –ya posterior a la Guerra Civil–, una selección de once números de su magistral Música callada y dos obras más también del periodo tardío, hasta completar una duración de 63’16’’. Damunt de tus només les flors y Hoy la tierra y los cielos me sonríen son canciones transcritas para la ocasión por Volodos.

El propio intérprete nos define maravillosamente en el libretillo –hay traducción al castellano, también para las excelentes notas de Adolf Pla– las singularidades de este universo creador: “En todas sus obras, parece que Mompou buscaba la máxima depuración y simplificación de los recursos musicales. Sus piezas breves son instantes congelados en los que la sensación de tiempo se confunde con la sensación de espacio. Aquí no hay ni contrastes ni oposiciones, pero por medio de modestos recursos musicales se alcanzan tales estados de elevación que nos da la impresión de vivir por un momento fuera del tiempo. (…) El sonido es la prolongación del silencio, y el silencio es la fuente misma de la música. Gracias a esta dualidad, a esta transfiguración del silencio por medio de la música, el auditorio puede sentir la soledad de forma aguda, es decir, no como un vacío sino como una plenitud de tensión espiritual”.

Interpretativamente es un prodigio, porque Volodos pone todo el enorme virtuosismo que le ha dado prestigio al servicio no del lucimiento propio, sino de la música. ¿Y qué significa virtuosismo en una música se caracteriza precisamente por carecer de las exhibiciones de agilidad y fuerza digital tan caras al artista? Pues en cosas tan fundamentales como la concentración, es decir, la capacidad para sostener el pulso en tempi de apreciable lentitud sin que la tensión se le venga abajo, y también para otorgarle un peso muy especial a los silencios. En la habilidad para modelar el sonido haciendo gala de una riqueza de colores y texturas asombrosa. Y en la destreza para ofrecer una gama dinámica extrema, y muy especialmente de crear unos pianísimos imposibles que no creo capaz de igualar por casi ningún otro pianista del mundo, y que desde luego resultan ideales para el mundo sonoro de Mompou.

Pero es que además el ruso, y dejando al margen su asombroso dominio del instrumento, se muestra aquí –no tanto en otros repertorios– como un artista de sensibilidad extrema, capaz de destilar auténtica magia poética desde el teclado y de enriquecer la partitura con multitud de acentos expresivos. He comparado, una a una, las piezas de la Música callada con la magnífica integral que grabó Javier Perianes para Harmonia Mundi en 2006, y lo cierto es que en absoluto le va a la zaga. Muy diferentes en la elección del tempo en alguna de las piezas, bastante similares en otras, tengo la sensación de que el onubense resulta más adusto, tenso y dramático, incluso más escarpado, mientras que Volodos mira más hacia el impresionismo, resulta más variado en lo expresivo, también más comunicativo, y es más rico en misterio, en atmósfera y en sugerencias. Los dos me parecen imprescindibles.

Ah, quienes no puedan hacerse con el chollo –en el momento de publicar estas líneas aún quedan ejemplares– deberían saber que en ciertas páginas se puede conseguir la descarga en HD de la grabación de Volodos, aunque el precioso libro lo echarán de menos. Yo que ustedes, corría a la página de Amazón.

martes, 19 de enero de 2016

Sansón y Dalila a cañonazos

Lo más llamativo del Sansón y Dalila que está ofreciendo el Palau de Les Arts ha sido, para mí, la dirección musical del nuevo titular, el milanés Roberto Abbado. Por decepcionante. Nunca había escuchado al sobrino de Don Claudio y la verdad, a tenor de su relativo prestigio internacional y de su buena cantidad de discos, esperaba otra cosa. Pues no: este señor tiene técnica, porque la magnífica Orquesta de la Comunidad Valenciana sonó como en sus mejores noches, pero desde el punto de vista expresivo deja bastante que desear, al menos en Saint-Säens. Hubo en su dirección brío, vehemencia bien controlada –nada de nerviosismo ni de precipitación– y un agudo sentido teatral. También hubo amplitud en el fraseo y concentración en momentos fundamentales como el dúo del segundo acto. Pero se echaron muchísimo en falta vuelo lírico y sensualidad en los pasajes amorosos, hondura en los lacerantes y, en general, variedad expresiva y riqueza de acentos. Imaginación, vaya. La magia sonora que emana de los inspiradísimos pentagramas del compositor francés brilló por su ausencia.

No fue eso lo peor de la batuta, sino su constante tendencia al abuso decibélico, algo limitada en el segundo acto pero bastante molesta en el primero y en parte del tercero. El resultado de tales excesos no fue solo de mal gusto musical, sino también problemático en lo técnico, porque por momentos –incluido el decisivo y bellísimo arranque– al coro no se le escuchaba. Y no piensen que era por la ubicación de mi asiento, porque ahí me pongo siempre y no suele percibirse semejante desequilibrio de planos sonoros.


El Sansón de Gregory Kunde me empezó defraudando, no por tener hueco el centro de su tesitura sino por el carácter lineal de su aproximación, pero poco a poco se fue calentando –no solo en voz sino también en lo expresivo– y, ya en el tercer acto, ofreció una recreación vibrante, entregadísima y llena de sentido dramático. Cantar sin movilidad en las piernas –un accidente estuvo a punto de dejarle fuera de la producción– es un mérito enorme, y más a su avanzada edad. Bravo por él.

Probablemente la voz de Varduhi Abrahamyan no sea la ideal para su parte, que necesita mayor cuerpo y unos graves más consistentes. Pero es una voz bella, homogénea, muy bien emitida, en manos de una artista que frasea con gusto exquisito y mucha adecuación estilística, que dice sus embriagadoras arias con enorme belleza –ya que no toda la voluptuosidad posible– y que se mueve muy bien en escena. Hace, en cualquier caso, una Dalila más fina que de rompe y rasga, que necesita aún una vuelta de tuerca en lo expresivo para paliar sus relativas limitaciones vocales.

André Heyboer estuvo correctísimo como Sumo Sacerdote y Alejandro López cumplió como Abimélech, pero Jihoon Kim ofreció un Viejo hebreo más bien ululante. Magnífico el Coro de la Comunidad Valenciana, tan relevante en esta obra: gracias a ellos y a la orquesta, el nivel musical de la interpretación subió de manera apreciable.

Teatralmente no es esta una obra sencilla de hacer, en primer lugar por su evidente carácter oratorial, y en segundo lugar por lo fácil que resulta caer en el ridículo: hace poco me repasé la producción de la Ópera de San Francisco a cargo de Nicolas Joel –con Domingo y la Verret– y me partí de risa. Precisamente alejarse del kish y buscar nuevas lecturas era la gran baza con la que contaban los chicos de La Fura dels Baus, quienes además saben ofrecer recursos muy atractivos tanto desde el punto de vista puramente visual –espléndido el ballet del primer acto– como desde el dramático, y solucionar de manera satisfactoria problemas de última hora como el accidente de Kunde. Comparto además la idea que me ha parecido ver detrás de la realización coordinada por Carlus Padrissa: una sociedad que gira en torno a la religión –y que puede recurrir a la violencia para defender su teocracia– frente a otra entregada al hedonismo consumista y alienante que no duda en sacar las entrañas a la población –aquí literamente, aunque se trate de una metáfora– como sacrificio hacia el dios del dinero. Hasta ahí, perfecto.

El problema es que La Fura se repite mas que el ajo, y las buenísimas o no tan buenas ideas que van pasando por el escenario las hemos visto ya mil veces, desde las linternas que lleva el coro sobe la cabeza –las recuerdo hace ya muchos años en el Martirio de San Sebastián de la Zarzuela– hasta las insistentes creaciones videográficas, por no hablar de los señores dando vueltas en el aire. Además, por una vez y sin que sirva de precedente, la resolución de la Bacanal –sacan a presuntos miembros del público, los desnudan, abusan de ellos, los cuelgan del techo y los abren en canal– me ha parecido no solo muy desajustada con la música, sino efectismo barato de mal gusto. Por no hablar de la provocación gratuita de presentar al Viejo hebreo como un terrorista suicida. Que sí, que soy de los que opinan que a la ópera también se va a reflexionar sobre la actualidad: simplemente, este título no es la ocasión más apropiada para hacerlo.

En resumidas cuentas, una noche –hablo de la del pasado domingo 17– con cosas francamente buenas, pero en exceso desigual. A mí Abbado y Padrissa me molestaron lo suficiente como para no meterme en la obra. ¿Funcionará mejor mañana día 20 bajo la batuta de Plácido Domingo?

sábado, 16 de enero de 2016

Dausgaard sacar el mejor partido de la Orquesta de Valencia

En la entrada anterior, a tenor de un Blu-ray con interpretaciones de Brahms, Dvorák, Sibelius y Nielsen, mostraba mis dudas acerca de las bondades interpretativas de Thomas Dausgaard, planteándome interrogantes sobre los resultados de su concierto previsto para ayer viernes 15 frente a la Orquesta de Valencia. Al final ha sido un éxito considerable, y ha quedado perfectamente explicado por qué este señor, que desde el punto de vista expresivo no tiene cosas muy interesantes que decir, ha adquirido la reputación de la que ahora goza: bajo su batuta, la formación del Turia ha sonado de manera mucho más satisfactoria de lo que suele, dejando claro que alberga un importante potencial que solo puede salir a la luz cuando se ponen a su frente maestros con una gran técnica a sus espaldas. En este sentido, bravísimo por Dausgaard y por unos músicos que supieron estar a la altura dando lo mejor de sí mismos.

Me sorprendió la obertura La bella Melusina, no lo mejor de Mendelssohn pero sí una obra de enorme belleza, porque sabiendo que el maestro danés suele interpretar este repertorio dejándose influir –al menos en sus grabaciones al frente de la Orquesta de Cámara Sueca– por la escuela de los instrumentos originales, esperaba una lectura de tempi rápidos y articulación historicista. Pues no: la realización de Dausgaard fue no solo por completo tradicional, sino también admirablemente certera a la hora de alcanzar ese difícil equilibrio entre ligereza, calidez, carácter bullicioso y vuelo lírico que demandan las creaciones del autor alemán. El resultado fue notabilísimo.


El solista de lujo de la velada fue Bruno Schneider, quien comenzó interpretando el hermoso Larghetto para trompa y orquesta de Emmanuel Chabrier, dirigido por Dausgaard con enorme vehemencia, haciendo gala de un legato prodigioso y de unos difuminados acongojantes, a despecho de algunos roces que apenas tuvieron importancia. Magníficamente secundado por María Rubio, solista de la propia Orquesta de Valencia, ofreció a continuación el Concierto para dos trompas atribuido a Joseph Haydn derrochando de nuevo un sonido de increíble belleza, maleable a más no poder, y una gran sensibilidad para el matiz. La batuta dirigió con aseada corrección, de nuevo en una línea tradicional sin espacio para el historicismo, en cualquier caso sin poder hacer mucho frente a una partitura –según las notas al programa escritas por Rosa Solà podría ser de Michael Haydn o de Antonio Rossetti– bastante escasa de verdadera inspiración. Por eso mismo, pese al enorme arte de Schneider, me aburrí un poco.

Primera sinfonía de Elgar para concluir. El recuerdo de la referencial e insuperable interpretación de Daniel Barenboim me impide expresar especial entusiasmo ante la escuchada en Valencia, pero tampoco se puede negar a Dausgaard la muy apreciable calidad de su lectura, francamente bien planificada, ajena por completo a la pesadez, la retórica vacua y los excesos victorianos, y desde luego muy hermosa, sincera, cálida y elocuente en el Adagio; como único reparo, el final del cuarto movimiento resultó en exceso lineal y se perdió un tanto de la grandeza y del carácter visionario que necesita. La orquesta, ya digo que a un nivel muy superior al que en ella es habitual, estuvo bien modelada –planos sonoros, texturas– por un Dausgaard que sabía perfectamente lo que se hacía. La cara de entusiasmo de los todos artistas al terminar dejaba clara la sintonía entre ellos y la satisfacción por un trabajo bien realizado.

La canción de la Tierra, de Gustav Mahler: discografía comparada

Tenía muchas ganas de presentar una comparativa de la obra maestra absoluta de Gustav Mahler , un compositor que parece interesar bastante a...