martes, 5 de agosto de 2014

Alerta de fraude telefónico

Esta entrada no tiene nada que ver con la música, pero me parece obligatoria para ayudar a los ciberlectores.

Esta mañana me han intentado timar con una llamada telefónica, en inglés, que decía proceder de Microsoft, California (sic). Primero desconfié seriamente. Luego me dieron el supuesto número de licencia de mi Windows (tengo el programa oficial, no pirateado) y empecé a seguirles el juego buscando ciertos registros erróneos en mi software. Pero cuando me dijeron que instalara un programa llamado TeamWiewer, que sirve nada menos que para conectar dos ordenadores entre sí, les corté la llamada. Un simple rastreo en la red me ha permitido confirmar que se trata de un fraude. Pueden leer la noticia aquí.

Así que ya saben: si les llaman diciendo que son técnicos que Microsoft, contesten “fuck off”, versión inglesa del muy gaditano “ar carajo”.

domingo, 3 de agosto de 2014

Nelsons dirige Mozart, Wagner y Shostakovich en Berlín

El muy talentoso Andris Nelsons ha realizado ya siete apariciones al frente de la Filarmónica de Berlín, disponibles todas ellas en la Digital Concert Hall de la orquesta alemana, pero hasta ahora aquí solo he comentado dos de ellas: el debut en 2010 con Berg y Shostakovich y el programa Brahms-Richard Strauss de 2012. Como su disco con Zaratustra, Till y Don Juan –comentado en su blog por Ángel Carrascosa– me dejó anonadado cuando lo escuché hace unas semanas, me apresuré a escuchar algún concierto más, dejando el resto para mucho más adelante porque, por cuestiones que ahora no hacen al caso, no volveré a disponer de la DGC con buena calidad –o sea, con televisor y equipo de música en condiciones– hasta dentro de un tiempo.


Escogí el programa del 8 de marzo de 2013: Mozart, Wagner y Shostakovich. Me encantó su visión de la Sinfonía nº 33 del Salzburgués: una interpretación clásica y equilibrada como debe ser, pero no severa, ni distanciada, ni menos aún sosa, sino llena de vida, de color, de sensualidad y de sentido de los contrastes; incluso de picardía, particularmente en un final lleno de jovialidad y de sentido del humor. Lo mejor es la manera en que Nelsons trata a la orquesta, eliminando su habitual robustez y haciéndola sonar con la ligereza de la mejor orquesta de cámara imaginable, pero sin confundir esto con la molesta ingravidez por la que con la misma formación optaba Abbado en este repertorio. Creo que es la versión de las que más me gusta de todas cuantas he escuchado, incluidas las espléndidas de gente tan distinta entre sí como Böhm, Tate, Pinnock, Muti o Carlos Kleiber.


La obertura de Tannhäuser es un mundo por completo diferente, pero de nuevo Nelsons convence con una recreación de admirable ortodoxia en su lenguaje y espléndido desarrollo, de fraseo natural, sonido cálido más que opulento y grandeza no confundida con grandiosidad ni con decibelios, en la que destaca la enorme carga sensual que extrae de la partitura, no solo en la sección del Monte de Venus –cuya parte central le suena muy impresionista–, sino también en las dos extremas, cuyo misticismo suena más carnal que propiamente metafísico. Se han escuchado cosas aún mejores en esta genial página (Solti, por ejemplo), pero lo de Nelsons es admirable.


Sexta sinfonía de Shostakovich en la segunda parte. Le tenía un poco de miedo porque la Octava que hizo con la misma orquesta en 2010 me pareció deslavazada. Por fortuna, ahora las cosas funcionan mucho mejor. Siempre con admirable trazo y perfecto estilo, en el primer movimiento Nelsons sostiene admirablemente las tensiones durante sus casi veinte minutos de duración, logrando alcanzar altas cotas de dolor y desolación bien secundado por un impresionante Andreas Blau en los acongojantes solos de flauta. En el segundo sabe ser furioso sin perder claridad, y en el tercero acierta al combinar carácter burlesco con mala uva. Únicamente la comparación con la hondura humanística de un Sanderling, un Bernstein o un Rostropovich en la primera parte de la obra –el primer movimiento– o con la fuerza de un Kondrashin o un Rozhdestvensky en la segunda –los dos últimos– hace palidecer relativamente a esta espléndida recreación. Seguiremos informando.

viernes, 1 de agosto de 2014

Malikian, showman y mucho más

Ayer jueves 31 de junio se presentaba en el patio del Alcázar de Jerez de la Frontera, dentro del ciclo Noches de verano que organiza el ayuntamiento, el violinista de origen armenio Ara Malikian en compañía del guitarrista y compositor de Buenos Aires Fernando Egozcue, con un recital centrado exclusivamente en obras de este último. Precios muy asequible, cutrez organizativa –ni un papelito con biografías de los intérpretes–, sonido inevitablemente amplificado, ambiente muy relajado, jaleo excesivo entre el público y una agradable brisa de poniente, todo ello con un entorno medieval de lo más sugestivo, conformaron la típica serie de pros y contras que se pueden esperar en un espectáculo de estío al aire libre.

Malikian Egozcue

Malikian vestía ropa muy informal –perfectamente estudiada–, luciendo biceps con tatuaje y una muy abundante pelambrera. Deambuló continuamente por el escenario, saltó, brincó, se arrodilló y desarrolló una amplísima gestualidad que inmediatamente hace pensar en su admiradísima figura de Paganini y, en general, en todos los artistas románticos, en tanto que el virtuosismo y la teatralidad escénica se convierten en fines en sí mismos. Ofreció además largas elocuciones presuntamente explicativas que en realidad eran descacharrantes números humorísticos un tanto en la línea, para que se hagan una idea, de las presentaciones que realiza Marcos Mundstock en el conjunto Les Luthiers.

La cuestión es: ¿hay detrás de toda esta parafernalia, ya digo que no mero complemento sino ingrediente fundamental, un músico todo lo intenso, entregado y comunicativo como lo aparentan sus movimientos en el escenario? Rotundamente, sí. Si uno cierra los ojos lo que escucha es un violín en estado de incandescencia perpetua pero controlado por una técnica portentosa, no solo en lo que a agilidad digital –tremenda– se refiere, sino también en lo que respecta a la belleza del sonido –muy carnoso–, al despliegue de colores, a la administración de las tensiones y a la capacidad para hacer volar las melodías con una enorme intensidad. Irreprochablemente respaldado por la guitarra muy personal del propio compositor, Malikian sacó un extraordinario provecho de las eclécticas músicas de Egozcue para hacernos pasar un rato estupendo y, además, tocarnos la fibra sensible con las dos o tres páginas en las que su colega despliega esa melancolía típicamente porteña tan difícil de describir como fácil de reconocer.

Si tienen ustedes la oportunidad de ver este espectáculo, se lo recomiendo abiertamente, como ya hice con su Pagagnini comentado tiempo atrás. No lo duden.

martes, 29 de julio de 2014

Argerich y Barenboim, encuentros en Berlín (I): Beethoven

Ayer lunes Peral Music lanzó al mercado la descarga digital del recital a cuatro manos de Martha Argerich y Daniel Barenboim que tuvo lugar en Berlín el pasado abril. Ya lo he escuchado, pero espero hablar de él en otra entrada. Porque ahora quiero dejar unas líneas acerca del concierto –obtuve en su momento copia de la transmisión radiofónica– que fue precedente de éste: el reencuentro de los dos artistas porteños después de muchos años sin actuar juntos, en un concierto sinfónico ofrecido por la Staatskapelle de Berlín en la Philharmonie de la capital alemana el 15 de septiembre de 2013. Concierto para piano nº 1 de Beethoven en los atriles. Daniel dirigiendo y Martha tocando, claro.

Daniel-Barenboim-und-Martha-Argerich-spielen-als-Zugabe-Schubert-Foto-Holger-Kettner

No hay choque de trenes: el encuentro entre dos personalidades musicales tan ponderosas y tan distintas se resuelve en un claro acercamiento de sus maneras de hacer. Lo curioso es que quien más se mueve es Barenboim, que resulta aquí menos reflexivo, esencial y trascendido que en sus interpretaciones beethovenianas recientes para optar por un acercamiento luminoso, extrovertido, vitalista, con mucha garra y comunicatividad, además de con el adecuado sentido del humor rústico que pide el autor, aunque sin renunciar a marcados claroscuros dramáticos en un segundo movimiento lleno de tensión. La Argerich, por su parte, enriquece su pianismo ágil, efervescente, contrastado, de sonido tan claro como acerado, con un mejor control de su habitual nerviosismo y con un apreciable sentido de la cantabilidad, aunque aún le queden algunas frases (por ejemplo, al arrancar el tercer movimiento) un tanto mecánicas. En cualquier caso, la solista también aporta desparpajo, sentido del humor y creatividad, dando como resultado una interpretación quizá no referencial pero sí de muy considerable nivel, galvanizada por una orquesta de admirable sonido beethoveniano que luce maderas sublimes en el Largo.

Los aplausos del respetable fueron agradecidos por Argerich con música de Robert Schumann: “Traumes-Wirren” de las Fantasiestücke op. 12, página ideal para que la Argerich hiciera gala de su pianismo ágil y efervescente, pero también flexible. Claro que lo mejor llegaría poco después, cuando solista y director decidieron tocar a cuatro manos el Rondó en La mayor D. 951 de Schubert: con la Argerich sentada en la parte derecha del teclado, los dos artistas ofrecieron una singular fusión de sus maneras de hacer, incluso en sus sonoridades –más cristalina e incisiva ella, más denso él–, ofreciendo una lectura de un clasicismo delicado y con encanto, fraseado con naturalidad y mucha ternura, pero sin asomo de blandura, de excesiva ensoñación ni de ligereza. Un prodigio, del que algún piratilla ha dejado testimonios de deficiente calidad técnica en YouTube (parte 1, parte 2).

Obviamente había más obras en el programa. La velada se había iniciado con un compositor genial que Barenboim ha explorado poco, Witold Lutoslawski, concretamente con su Mi-parti de 1975-75. Comparada con la grabación del propio autor para EMI, nuestro artista ofrece una dirección menos analítica y aristada, al tiempo que de mucha mayor plasticidad en el tratamiento orquestal, con colores más ricos y llenos de significación expresiva, texturas más sensuales y mayor sentido de la sugerencia; los clímax son con el de Buenos Aires menos viscerales, pero alcanzan mayor inmediatez expresiva y comunicatividad.

Las Quattro pezzi sacri de Verdi ocupaban la segunda parte del programa. Con el concurso del excepcional Coro de la Radio de Berlín, el maestro ofreció justamente la recreación que en él era de esperar, esto es, de una religiosidad amarga, dramática y lacerante, en absoluto confiada, aunque no precisamente exenta de concentración, de cantabilidad y de hondura humanística. Tampoco de belleza: asombrosas las dos piezas a capella, aunque le sonasen más apropiadas para la sala de conciertos que para la iglesia.

PD: en la web de Ángel Carrascosa tienen desde hace tiempo unos comentarios de este mismo evento.

domingo, 27 de julio de 2014

Un Alexander Nevsky por Abbado, ¡con imágenes!

Todo buen melómano sabe que la interpretación que en junio de 1979 grabó Claudio Abbado al frente de la Orquesta Sinfónica de Londres de la cantata Alexander Nevsky fue una de las mejores cosas que hizo el maestro milanés en su vida, y desde luego uno de los grandes vinilos dedicados a Prokofiev. Fue aquella una lectura tan llena de brío como clara en su orquestación –se descubrían multitud de detalles–, de tímbrica muy colorista –con suficiente acidez pero sin pasarse–, increíblemente bien planificada en sus tensiones y, sobre todo, impregnada de una fuerza, un entusiasmo y una brillantez descomunales. Se beneficiaba además de una espléndida Elena Obratsova como solista, de un admirable London Symphony Chorus bajo la dirección de Richard Hickox y de una toma sonora fabulosa a cargo de los ingenieros de Deutsche Grammophon.


Lo que ustedes no sabrán, y yo tampoco sabía hasta que lo he localizado en YouTube, es que existe un testimonio filmado del recientemente fallecido director dirigiendo esta partitura. Se trata de un espectáculo que tuvo lugar en la Konzerthaus de Viena en 1990 concebido por Daniele Abbado –hijo del maestro–, en el que tras las fuerzas orquestales y corales se iban proyectando una serie de imágenes –fijas o en movimiento– de la película de Eisenstein que dio lugar a la partitura cinematográfica que serviría a su vez para realizar la cantata.

La interpretación parece, y digo parece porque la calidad audiovisual de la copia es deplorable, no tan extraordinaria como la del disco; en parte porque la Joven Orquesta Gustav Mahler y el Coro de la Radio Eslovaca de Bratislava no alcanzan la calidad de los conjuntos que grabaron para DG, en parte porque quizá, en algún pasaje, Abbado no paladea la música con la inspiración de antaño. Aun así, se trata de una recreación de muy alto nivel que, en conjunción con la fuerza de las imágenes de la película, supondrían una experiencia admirable de contar con un master en condiciones. ¿Sería posible que la ORF o la RAI buscasen en sus archivos algo más decente? Los fans de Abbado y de Prokofiev lo agradeceríamos sobremanera. Ah, sorpresa para los operófilos: la mezzo es nada menos que Lucia Valentini-Terrani, y está espléndida.

jueves, 24 de julio de 2014

Más interpretaciones de los Preludios de Chopin

No hace mucho escribí unos comentarios sobre la interpretación discográfica a cargo de Ivo Pogorelich de los fascinantes Veinticuatro preludios de Chopin. Para obtener una perspectiva lo más amplia posible de la peculiar lectura del divo croata, tuve la ocasión de escuchar otras cuatro grabaciones a cargo de grandes artistas del piano lo suficientemente distintos entre sí. Es ahora la ocasión de compartir las notas que entonces tomé.

Chopin Preludios Arrau Pentatone

La primera se remonta a 1974 y pertenece no solo al más grande intérprete chopiniano que se haya conocido, sino al que también es el mejor pianista del siglo XX: Claudio Arrau. Extrañamente, no es esta una de sus más admirables recreaciones del autor polaco: no hay genialidad alguna, tampoco una especial indagación en los pliegues de la partitura, tampoco una enorme agilidad digital ni un color del todo variado. En cualquier caso, asombran la perfección en el estilo, la musicalidad extraordinaria, la naturalidad del fraseo –jamás cuadriculado– y la capacidad para ofrecer la expresión más variada, desde el dramatismo hasta lo lúdico pasando por la brillantez virtuosística, la elegancia salonesca bien entendida y, desde luego, la evocación lírica. Lo dicho: interpretación no genial pero sí muy grande, que cuenta con el atractivo de incluir los dos preludios adicionales (el póstumo y el Op. 45).

De esta grabación de Arrau existen dos ediciones, la oficial de Philips y la de Pentatone en SACD, recuperando esta última el sonido cuadrafónico original. Si tienen reproductor de este sistema y equipo multicanal, no lo duden: suena de escándalo.

Chopin Preludios De Larrocha vinilo

También de 1974 es la grabación de Alicia De Larrocha, realizada en este caso para Decca. ¿Resulta la pianista barcelonesa adecuada para recrear este universo sonoro? Bien, es cierto que el pianismo de corte apolíneo de nuestra artista no cede nunca al arrebato pasional ni termina de profundizar en los aspectos más agónicos de las obras que se le ponen por delante –el preludio nº 4 podría ser mucho más desgarrador en su clímax–, pero a la postre esta recreación no solo ofrece la enorme dosis de equilibrio, naturalidad, riqueza en matices y belleza sonora que caracterizaban a Doña Alicia, sino también una apreciable fantasía en el fraseo, gran atención a los pliegues dolientes de la expresión chopiniana y un elevado sentido de lo atmosférico, incluso –impresionante el registro grave– de lo ominoso. Los tres abrumadores acordes que cierran la obra no pueden resultar más reveladores en este sentido.


Otra pianista de corte apolíneo es Maria Joao Pires, una señora a la que quien esto suscribe suele escuchar con bastante desconfianza por lo irregular no de su técnica, que es irreprochable, sino de su arte. Por fortuna, aquí las cosas funcionan de manera espléndida: lejos de la tendencia a la blandura, a la excesiva ensoñación o al preciosismo sonoro que más tarde comenzaría a evidenciar, la pianista lisboeta ofrece una interpretación que, además de ofrecer la más admirable ortodoxia en el estilo –sonoridad y fraseo netamente chopinianos–, sabe ser no solo maravillosamente lírica cuando debe, sino asimismo valiente y dramática en los preludios más tempestuosos (muy escarpados los nº 9, 19 o 22, por ejemplo) sin que el arrebato parezca en modo alguno impostado o de cara a la galería. Todo ello alejándose por completo de lo cuadriculado o meramente virtuosístico y ofreciendo siempre tanta variedad de acentos como sabiduría en el dominio de las tensiones. Pueden echarse de menos la elegancia singular de Arrau o el sentido de la atmósfera de De Larrocha, como también el genial sentido visionario del pianista del que hablaremos a continuación, pero esta lectura puede considerarse como modélica. La grabó en 1992 para Deutsche Grammophon y se encuentra acoplada con una espléndida recreación del Concierto para piano nº 2 que ya comenté en este blog.

Chopin Preludios Kissin

Llegamos finalmente a la más genial de las cuatro comentadas. Quizá lo sea también de toda la historia del disco, porque lo que hizo Evgeny Kissin en 1999 para RCA con estas piezas no parece superable. Lo que más asombra en esta recreación arrebatadísima, dramática y visionaria, por momentos negra, pero no precisamente falta de delicadeza y lirismo refinado, no es la pasmosa agilidad digital del pianista, que convierte los preludios más rápidos en ascuas fulgurantes; ni la manera de pasar del sonido más poderoso y atronador al más íntimo y recogido; ni los mil colores que extrae del instrumento; ni en cómo la abundancia de matices expresivos, gracias a su lógica y naturalidad, no enturbia el discurso global; ni la manera de contrastar unos preludios con otros logrando al mismo tiempo la continuidad del discurso. Lo más increíble, en realidad, es el manejo de las tensiones internas, planificadas con tanta flexibilidad como autocontrol y sentido de la progresión hasta alcanzar clímax de una fuerza expresiva descomunal, como ocurre en un Preludio nº 15 hiperdramático y relevador de la tragedia interior del universo chopiniano, pero sin merma de la belleza sonora.

Quienes prefieran un acercamiento más ortodoxo, ahí tienen a la Pires, pero es Kissin quien más hace justicia a la genialidad de Chopin. Eso sí, uno termina la audición exhausto.

lunes, 21 de julio de 2014

Sigfrido y Ocaso por Mehta y La Fura en Blu-ray

He dedicado ya numerosas veces de este blog al del Anillo del Nibelungo de Zubin Mehta y La Fura dels Baus del Palau de Les Arts. Cuando vi uno de los dos ciclos completos de 2009 dediqué una entrada a la escena, otra a la dirección musical y a las voces. No hace mucho he hablado de la reposición de La Walkyria. Y también he escrito sobre las filmaciones de Oro y Walkyria, correspondientes a los años 2007 y 2009 respectivamente. Pero lo cierto es que, aunque tenía los correspondientes Blu-rays en mi estantería desde hace mucho tiempo, hasta ahora no había visto las ediciones de las dos últimas jornadas. Justo es decir algo ellas, aunque sea brevemente, siempre teniendo en cuenta que ahora no corresponde hablar del incuestionable triunfo artístico que para el teatro valenciano supuso la realización y de este Ring, sino de hasta qué punto es interesante este producto del sello Cmajor para el potencial comprador.

Wagner Sigfrido Mehta Bluray

Resumidamente: aunque hay reparos más o menos importantes en todos los aspectos –batuta, cantantes y escena-, nos encontramos ante notables y en todos los sentidos muy equilibradas recreaciones de Sigfrido y El ocaso de los dioses que, habida cuenta de la impresionante calidad audiovisual de los Blu-rays (incluyen sonido DTS-HD Master Audio 7.1) y de que ofrecen subtítulos en castellano, se pueden recomendar sin problemas a toda clase de aficionados, desde los que empiezan a aventurarse en este mundo a los wagnerianos de pura cepa.

Estos últimos no se sentirán ofendidos por la puesta en escena, en apariencia muy moderna pero a la postre considerablemente respetuosa con la dramaturgia original. Otra cosa es la superficialidad de la que tantos hemos hablado: muy acorde con los tiempos postmodernos que corren, el trabajo de La Fura dels Baus con Carlus Padrissa a su frente resulta antes vistoso que trabajado. La impresión es que La Fura sabe trabajar con artilugios, proyecciones y grandes efectos, pero no sabe extraer jugo del movimiento escénico, la geometría o la pura iluminación. Ni siquiera atiende a la dirección de actores: no hay más que fijarse en Lance Ryan, protagonista de los dos títulos, todo el tiempo mirando al foso sin que haya nadie que le diga cómo tiene que moverse. Ahora bien, hay que reconocer en Sigfrido lo atractivo de la estética high-tech marca de la casa para todo el primer acto, lo original de antropomorfizar los elementos de la naturaleza en el segundo –lástima que el dragón no esté conseguido– y el fascinante despliegue de proyecciones de paisajes para el tercero; eso sí, al llegar al sublime dúo final las ideas se tienen que plegar a lo abstracto y se pierde buena parte del atractivo.

Wagner Ocaso Mehta Bluray

En Ocaso la dirección de actores está más cuidada que en ocasiones anteriores, aunque más en detalles concretos, a veces un poco forzados, que en el trabajo actoral minucioso para conseguir naturalidad y desenvoltura. La estética high-tech vuelve a ser ideal, en este caso para el mundo de los Guibichungos, aunque la identificación de estos con el capitalismo financiero resulta en exceso obvia. Fascinante la escena de las Nornas, muy logrado el viaje de Sigfrido por el Rin y muy atractiva la aparición de Alberich. La muerte de Sigfrido queda un tanto pobre, y la marcha fúnebre en el patio de butacas no está conseguida, a decir verdad. Tampoco se saca suficiente partido del asesinato de Gunther. El enfrentamiento de Brunilda y Waltraute –primer acto- y la inmolación final se centran en las cantantes y no distrae con efectos, pero por eso mismo resultan pobres en comparación con el resto: lo que se ve en esos momentos es plásticamente pobre y feo. El final es interesante por recoger símbolos de la primera entrega, pero no termina de resolver puntos clave como la muerte de Hagen o el desbordamiento del rio. En cualquier caso, el conjunto funciona de manera positiva y, pese a algunos detalles puntuales desconcertantes (¿para qué atraviesa Brunilda una especia de orgía al finalizar el primer acto?), no intenta tomarle el pelo al personal con discursos paralelos más o menos provocadores.

La Orquesta de la Comunidad Valenciana, por entonces extraordinaria, es una de las grandes bazas de la interpretación, pero a Mehta se le ha reprochado que no la hace sonar a Wagner. Estoy de acuerdo, y coincido con mi amigo Ángel Carrascosa en que a veces le suena más a Strauss o incluso a Puccini que al autor de Lohengrin. Yo mismo he puesto a caer de un burro su flácido y equivocado Oro del Rin. Y en estos dos títulos no hay más que escuchar momentos clave como la marcha fúnebre –más aparatosa que profunda, carente de grandeza visionaria– y en todo el final –lírico antes que apocalíptico– para darse cuenta de lo mucho que dista de las interpretaciones realmente grandes de estas páginas. Sí, con frecuencia Mehta se queda en el puro sonido, pero ¡qué sonido! Brillante, poderoso, empastado pero también muy transparente y detallista, opulento cuando debe, rico en el color y sensible en las texturas. Además, el maestro indio dirige con sentido de la narración, atención al matiz expresivo y un lirismo ya digo que no precisamente idiomático, pero sí muy bello, poético y seductor. Notable labor, pues, aunque resultará decepcionante para quienes vean el Anillo ante todo como una obra escarpada y combativa.


El equipo de cantantes es muy equilibrado, con un solo lunar: el lamentable Alberich de Franz-Josef Kapellmann, que debe de pertenecer a una agencia muy poderosa o tener buenos contactos con Les Arts, porque si no, no se explica su presencia. Pero es muy digno –lo era entonces, dicen que ahora no– el Sigfrido de Lance Ryan, pese a una zona grave más bien fea –mal cuando tiene que imitar a Gunther–, más de un problema con la afinación y una expresividad no muy variada. Y muy notable la Brunilda de Jennifer Wilson por voz, estilo y –algo menos– convicción expresiva; muy bien en la escena de la inmolación, aunque en general se le podría pedir más variedad de acentos.

En Sigfrido nos encontramos de nuevo con Gerhard Siegel, solvente Mime pese a la pobreza de su registro grave. Muy digno, aunque como siempre más profesional que verdadero artista, y por eso no muy emotivo, el Fafner de Stephen Milling. Bien asimismo la Erda de Catherine Wyn-Rogers, algo más lírica de la cuenta; su intervención, por cierto, procede de la filmación de 2008 que se hizo con otro tenor (al parecer muy mediocre: Helga Schmidt hizo muy bien en pedir una nueva filmación al año siguiente). Muy bien el pájaro de Marina Zyatkobva.

En Ocaso la estrella es Matti Salminen, con el instrumento no en plena forma –hay apuros puntuales– pero aun impresionante como Hagen; sin duda es de referencia, aunque estuviera mejor vocalmente con Levine. Sólida la Waltraute de Catherine Wyn-Rogers, de voz no muy personal. Magnífica la Gutrune de Elisabete Matos, y más que notable el Gunther de Ralf Lukas. Muy bien las Nornas de Daniela Denschlag, Pilar Vázquez y Eugenia Bethencourt, pero desequilibradas las Ondinas. En cualquier caso, lo dicho: alto nivel medio.

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En 2019 quedé hondamente impresionado por el Pelleas und Melisande de Schönberg que vi en un video, actualmente no disponible, en el que en...