miércoles, 16 de enero de 2013

Elena Egipcíaca en Cagliari

Richard Strauss. Elena Egipcíaca.
Vitalija Blinstrubyte, Stephen O’Mara, Yelda Kodalli.
Coro y Orquesta del Teatro Lírico de Cagliari. Director: Gérard Korsten.
Dynamic, CDS 374/1-2
2 CDs – 177’38’’
DDD
Diverdi
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Penúltima colaboración entre Strauss y Hofmannsthal, Elena Egipcíaca (estrenada en Dresde en 1928) puede considerarse como una especie de secuela involuntaria de La mujer sin sombra. Aun carente de la excelsa inspiración de aquella y lastrada por cierta indefinición estilística, manifiesta indudables atractivos, entre ellos su magistral orquestación.

Sólo existe una versión de estudio, la de Dorati (Decca). En vivo, tres: Keilberth (Orfeo y Golden Melodram), Krips (RCA) y la que ahora nos presenta Dynamic. De ellas sólo había escuchado la segunda, protagonizada por Gwyneth Jones y Jess Thomas, de buen precio y sonido pero carente de libreto.

Sin nombres célebres, ésta no le va muy a la zaga. El Teatro Lirico di Cagliari nos sorprende con un alto y meritorio nivel en esta obra tan exigente. La orquesta sólo en contados momentos se queda corta, en gran medida gracias a la formidable labor del director de la casa, Gérard Korsten. Muy dignos y esforzados los cantantes, entre los que destaca la desconocida Vitalija Blinstrubyte como Elena; el tenor no pasa de lo aceptable, pero cumple. La excelencia del sonido y la inclusión del libreto en dos idiomas hacen altamente competitiva la oferta.
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Artículo publicado en el número de septiembre de 2009 de la revista Ritmo. 

PS. Actualmente existe al menos una interpretación más en CD, la protagonizada por Deborah Voigt y dirigida por Leon Botstein en el sello Telarc.



sábado, 12 de enero de 2013

El Bruckner de Barenboim en Chicago

Daniel Barenboim registró su primera integral de sinfonías de Bruckner entre 1972 y 1981. Tuvo a su frente a una maravillosa Sinfónica de Chicago, una de las pocas orquestas del mundo capaces de ofrecer el empaste entre secciones, la gama dinámica y la seguridad en los metales que demanda la música del autor, y se benefició de unas tomas sonoras por lo general espléndidas a cargo de los ingenieros de Deutsche Grammophon: la Octava Sinfonía, en concreto, es uno de los más alucinantes registros desde el punto de vista técnico que quien esto suscribe haya escuchado nunca de una sinfonía del organista de San Florián.

Tardó bastantes años el sello amarillo en pasarla a compacto, y cuando lo hizo fue para descatalogarla poco después. Solo muy recientemente ha vuelto a recuperarla para el mercado, y lo ha hecho en una caja de la serie Collectors Edition en la que por fortuna no se han eliminado los complementos sinfónico-corales que figuraban en la edición original. Ignoro si se han incluido las nuevas remasterizaciones que de algunas de las sinfonías se ofrecieron en la serie Eloquence, que mejoraban el sonido: yo lo que tengo es la caja de la primera edición. Pues bien, ahora que está a punto de aparecer la primera entrega en DVD y Blu-ray de la tercera integral del maestro (semi-integral: de la Cuarta en adelante), parece el momento de sintetizar las notas que he ido tomando a lo largo de estos últimos meses mientras volvía a escuchar su contenido.

 
Pero antes quisiera traer aquí las palabras que sobre esta integral escribió Ángel-Fernando Mayo en 1994 en el extra La música sinfónica en disco de la revista Scherzo:
El interés permanente de la primera producción (…) se fundamenta en la calidad de la Sinfónica de Chicago -primer ciclo con orquesta americana- y en la generosidad de la oferta: la Sinfonía Cero y, de propina, el Te Deum, el Salmo 150 y Helgoland. El interés relativo viene dado por la dirección del maestro argentino-israelí en función de lo que ya está deparando el segundo ciclo. Barenboim enciende pasiones. Así, el primer ciclo levantó en su tiempo un clamor admirativo. Primero se aplaudió la utilización sistemática de la Primera Edición Revisada (Haas/Oeser), santificada ésta en general por Deryck Cooke en su ensayo El problema Bruckner simplificado; a continuación se habló de la herencia romántica de Furtwängler en el marco de realizaciones nuevas, juveniles, flexibles y ricas en espiritualidad; algo así, pues, como el Nuevo Testamento de la gran tradición artístico-musical señoreando por encima de la honrada artesanía de Jochum, de Wand… y hasta de Haitink. Mas el principio capital, el orgánico, falla aquí y allá en los registros brucknerianos del joven Barenboim (…) Todos los indicios apuntan a una mayor sazón de Barenboim como bruckneriano en su segundo ciclo.
No seré yo quien le enmiende la plana al malogrado crítico, pero tampoco voy a ocultar mi opinión. Creo que nos encontramos ante un gran ciclo Bruckner, aunque también ante un ciclo relativamente inmaduro. En su momento creo que fue, ante todo, un ciclo necesario. Hacía falta ofrecer con la máxima calidad tecnológica el Bruckner escarpado, furioso y visionario, mucho antes que meditativo o de “fe inquebrantable en el Buen Dios”, que en tiempos hacía Furtwängler; y hacerlo con una orquesta de virtuosismo muy superior a las de la era del sonido monofónico y sin la necesidad de recurrir a los tirones de tempo ni a los desequilibrios estructurales que afectaban a las interpretaciones del mítico maestro. Vamos, que lo que Mayo apuntaba con no poca ironía es para un servidor una verdad como un templo.

Lo que ocurre es que Barenboim, nacido en 1942, andaba todavía por la treintena cuando grabó este ciclo, lo que significa que su aproximación no se había enriquecido con la perfección técnica, la concentración y el absoluto control de los medios que exhibirá en su posterior integral con la Filarmónica de Berlín para Teldec; ni tampoco con el enfoque mucho más plural que el maestro anda ofreciendo en los últimos tiempos, es decir, el de sus filmaciones con la Staatspakelle de Berlín que están empezando a salir en el sello Accentus (que conozco parcialmente gracias a la retransmisiones televisivas) y el de la integral que ha ido desgranando en el Festival de Música y Danza de Granada, de la que di cuenta poco a poco en este mismo blog. Es el de Chicago, por ende, un Bruckner “juvenil” y un tanto unilateral, muy inmediato, brillante y comunicativo, también combativo y desafiante, pero a veces falto de la sensualidad, del humanismo y de la hondura que hoy sí el maestro es capaz de ofrecer… aunque sea a costa de perder un poco de la rebeldía de antaño. No se puede tener todo.


Breves apuntes sobre cada sinfonía, en orden cronológico de grabación. La Cuarta se registró en el Medinah Temple en 1972 y es un magnífico ejemplo de las virtudes e insuficiencias de este Bruckner. Se trata, así, de una lectura escarpadísima, extraordinariamente tensa, incandescente y furiosa, que por ende ofrece una visión nueva de la obra, pero que lleva tan a extremo sus planteamientos que a la postre resulta demasiado unilateral; incluso el scherzo bordea lo disparatado. Además, la arquitectura se resiente de tanto ímpetu, yuxtaponiendo momentos intensísimos -cálido y con un clímax muy escarpado el Andante- sin planificar los grandes arcos de tensiones. La orquesta responde al cien por cien a las locuras que plantea la batuta.

La Novena es de 1975. Fue el primer disco Bruckner que escuché en mi vida. En su momento fue un impacto para mi trayectoria de melómano. Lo que ocurre es que hoy puedo comparar con lo que con esta cumbre del sinfonismo de todos los tiempos han hecho otros maestros. La de Barenboim permanece como una visión extremadamente tensa, pero entre tanta angustia y fuerza visionaria el de Buenos Aires deja un tanto a un lado la sensualidad, el lirismo y la cantabilidad humanística que contiene la partitura; particularmente en el Adagio, sin la belleza ni la congoja que con la misma orquesta poco después conseguirá Carlo Maria Giulini en su increíble recreación para EMI, por aquí comentada, y no digamos en la de DG con la Filarmónica de Viena.

Las restantes sinfonías se grabaron ya en el Orchestra Hall de Chicago. De la Quinta, registrada en 1977, escribió Ángel Mayo en el artículo antes referido que Barenboim “no ha alcanzado a desentrañar la compleja estructura del primer movimiento ni se le ha dotado del éxtasis místico del desarrollo (el goteo argentino de la flauta resbalando sobre los pétalos de los violines) que se halla en Furtwängler y Jochum”. Esto de acuerdo en lo último: interpretación no resulta, como la mayoría de las de esta integral, apta para quienes busquen ante todo semejante clase de experiencias extáticas, sino más bien para los que se interesen por el lado más áspero y desafiante de la música. Pero no en lo primero, porque el citado Majestoso (sic) a mí me parece extraordinario. Sí le haría semejante reproche al movimiento conclusivo, en el que Barenboim parece perderse un poco entre tanta incandescencia sin otorgarle la imprescindible unidad. El Adagio es el menos rápido de los que le he escuchado a Barenboim, y por eso mismo el más convincente; la desazón que lo recorre resulta de lo más atractiva. En el Scherzo sobran algunos portamentos, pero aun así es irreprochable. En conjunto, gran interpretación; por cierto, solo tres años más tarde Sir Georg Solti firmaría con la misma orquesta una aún mejor.

En 1978 llegó la Sexta, una interpretación extraordinariamente apreciada por otros fans de Barenboim, no tanto por un servidor. Desde luego interesa el enfoque dramático y amargo, pero me parece que la arquitectura no está del todo bien trazada, apreciándose momentos en los que se pierde el pulso y otros algo precipitados, entre estos últimos la coda final. El primer movimiento está muy bien, en cualquier caso. El segundo, muy lento y paladeado, resulta mucho antes amargo que sensual. El tercero podría tener más nervio por parte de la batuta, pero la brillantez de los metales de Chicago termina deslumbrando. El cuarto parece algo discontinuo, epatando antes con el decibelio que con la tensión de la arquitectura.


Al años siguiente vinieron dos sinfonías y varios complementos. La Sinfonía Cero recibe una interpretación muy comprometida que mira claramente hacia el futuro. Es por ello una lectura de tensiones extremas, soslayando con semejante intensidad parte de los desequilibrios estructurales que afectan a la página. A destacar, en este sentido, cómo el segundo movimiento, más que lírico o contemplativo, resulta anhelante e inquieto, toda una constante en el Bruckner de Barenboim en esta época. Magníficamente recogidos por los micrófonos, por cierto, los numerosos impulsos sobre el podio.

En la Séptima la apuesta de Barenboim es de nuevo la de potenciar los aspectos más incandescentes de la música del autor, consiguiendo en los dos últimos movimientos unos admirables resultados gracias en buena medida a la brillantez de la orquesta norteamericana. Los dos primeros, sin embargo, necesitarían enriquecer esta perspectiva con una dosis mayor de hondura, y quizá también con mayor concentración en el fraseo, cosa que justamente el argentino logrará en su magistral recreación de 1992 con la Filarmónica de Berlín para Teldec.

Helgoland y el Salmo 150 reciben lecturas temperamentales y llenas de grandeza, pero también no del todo claras, quizá debido en parte por una grabación algo turbia. En la última obra, no del todo paladeada, realiza una correcta intervención la soprano Ruth Welting.

En diciembre de 1980 llegan tres nuevas sinfonías, ya en maravillosas grabaciones digitales. La Primera arranca con un Allegro dramático y muy rebelde, también algo más nervioso de la cuenta. El Adagio es rápido, poco contemplativo, y como era de esperar se encuentra lleno de desazón. Scherzo tenso pero muy controlado, sin llegar a la genialidad de Solti con la misma orquesta en 1995. El cuarto va poco a poco entrando en calor hasta alcanzar altas cotas de garra dramática.

Mejor aún la Tercera, donde el maestro consigue por fin una arquitectura perfecta, muy sólida, tensa y concentrada. Los movimientos extremos son sensacionales, culminando en una coda final visionaria a más no poder. Al segundo le falta un punto de emotividad y carácter humanista, al tiempo que los aspectos dramáticos están muy bien reflejados. Muy impactante el Scherzo, al que podría dotar de mayor encanto.


En la que es su primera grabación de la Octava, Barenboim deja ya bien claro que la suya no es una visión mística, sino abiertamente dramática, por momentos terrorífica. A poner en sonido su concepto le ayudan una asombrosa concentración en la arquitectura -solo la coda final, por querer ser por completo antirretórica, se precipita un poco- y una orquesta capaz de ofrecer los fortísimos más atronadores que imaginarse puedan -increíble matización de la gama dinámica- sin perder redondez. Los dos primeros movimientos luego no han vuelto quizá a salirle tan extraordinariamente bien; en el sublime Adagio, sin embargo, todavía tendrá el de Buenos Aires que decir su última palabra.

En 1981 se cierra el ciclo con una Segunda lenta, de cuidadísima y concentrada arquitectura, mágica en sus múltiples silencios, muy bien paladeada en los pasajes líricos y adecuadamente encrespada en los épicos. Admirable la unión de la sonoridad brillante de la orquesta con la tendencia de la batuta a ofrecer una robustez y un empaste centroeuropeos. Sobra, quizá, cierto encorsetamiento, al menos en el Scherzo, y como al resto de las interpretaciones de esta integral se puede pedir un punto más de carácter humanista, cosa que nuestro artista va a conseguir con el tiempo: la que le disfruté en Granada en julio de 2011 al maestro me parece no solo mejor que la de Chicago en este sentido, sino una de las mejores recreaciones brucknerianas que he escuchado nunca.

En cuanto al Te Deum, ya dije en este blog que se me parece una espléndida versión, particularmente por su cuarteto solista, pero no tan excepcional como las otras dos que ha grabado el maestro.

Muy en resumen, un Bruckner que reivindica -como su integral posterior para Teldec, pero en general con un grado menor de madurez- los aspectos menos místicos y más inquietantes del autor. Difícilmente entusiasmará a quienes vean a este compositor desde la religiosidad más confiada. Muy interesante, por el contrario, para quienes en esta música quieran sentir el terror ante el Más Allá.

jueves, 10 de enero de 2013

María Callas: el mito y su eterno retorno

CALLAS, María: Arias líricas y de coloratura. Arias de VERDI. Callas en París. Debut en París en 1958.
Varios directores y orquestas.
EMI, 5677330
3 CDs, 1 DVD
EMI-Hispavox
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Cinco años después de la última gran edición en EMI, nos reencontramos con la diva por excelencia en su eterno retorno. Veamos qué nos toca comentar: el recital de coloratura y verismo del 54 con Serafin, el disco Verdi con Rescigno y la Philarmonia del 58, el DVD de su tardío debut parisino en ese mismo año y el primer volumen de arias francesas con Prêtre del 62. Todo ello presentado de manera soberbia, incluyendo abundante material fotográfico para solaz de sus viudos. A quien sea callasiano viejo pero no tenga los últimos reprocesados (1997) ni el DVD seguramente le compensará la inversión, ya que el precio es atractivo. Claro que a quienes realmente les ha de interesar es a los que no tengan aún todo este material, dado que el conjunto cubre un amplio espectro del arte de la soprano griega y abundan los momentos capaces de estremecer incluso a quienes no sean (no somos) sus incondicionales.

Callas pack EMI 3 CDs 1 DVD

Cambios de color, agudos gritados, estrangulamientos y otros problemas vocales, tópicos inevitables a la hora de hablar de la Callas, justifican que a veces se le puedan poner serios reparos. Eso sí, siempre y cuando seamos conscientes de que lo que fallaba era el instrumento, de timbre ingrato y deteriorado prematuramente, no la técnica. ¿Cómo podría sin ella abordar con éxito papeles vocalmente tan diferenciados entre sí? ¿Cómo si no construir musicalmente todos esos roles, independientemente de la actuación escénica? Claro que esto nos lleva a la pregunta tantas veces formulada: si una intensidad dramática sin parangón debe hacernos perdonar importantes baches en la línea vocal, al menos en el bel canto. A partir de aquí se podría discutir si habido quienes han recogido su legado para entregárnoslo en condiciones más “perfectas”, a la manera en que algunas batutas han “depurado” el arte -filosóficamente inalcanzable, formalmente en ocasiones discutible- de un Furtwängler. Pero volvamos a los discos.

El recital del 54 es revelador: en las arias veristas, incandescentes pero sin excesos, nos encontramos a la Callas genial, de una sinceridad expresiva apabullante, mientras que en las de coloratura tenemos a la cantante harto discutible pero personal, con muchas cosas que decir. El de Verdi no resulta menos imprescindible. Sus Elvira (Ernani) y Elisabetta seducen por ser más activas y apasionadas que frágiles, pero se encuentra más en su salsa encarnando a Abigaille y Lady Macbeth. Como dice un amigo, bordaba los papeles “de bruja”: con ella la perfidia es más atractiva que nunca. Por otra parte, la manera de sacar partido de sus insuficiencias (por ejemplo, las de su zona grave) nos habla de una artista sabia e inteligente, no sólo intuitiva.


Portentoso el DVD. El segundo acto de Tosca, como es bien sabido una de sus especialidades, resulta preferible a la filmación posterior del Covent Garden (entre otras cosas, porque Gobbi está aquí menos tosco y vulgar).Y ya se sabe que viendo a la Callas en acción se comprende mucho mejor su magnetismo personal. Pero son igualmente reveladoras las páginas de Bellini, Verdi y Rossini. Escúchese su acongojante Casta Diva: antes que atender a la hermosura del sonido nos anticipa la tragedia de Norma, demostrando hasta qué punto fue una revolucionaria al poner la técnica al servicio exclusivo de la construcción dramática del personaje, en un contexto histórico-artístico en el se admiraba ante todo la belleza o el poderío del instrumento.

En el disco de páginas francesas es donde se encuentra relativamente menos afortunada, tanto por el deterioro instrumental -y encima, enfrentándose a papeles de mezzo-, como por su a veces discutible estilo y heterodoxa línea de canto. Su Gluck y su Gounod dejan que desear, mientras que en Bizet y Saint-Säens, siendo personalísima y sugerente, se pueden echar de menos morbidez y sensualidad. Claro que también nos encontramos con joyas como un “Pleurez mes yeux” de una intensidad inigualable.

En fin, testimonio de una artista descomunal cuyo legado, de extraordinaria magnitud, aún está por asumir hasta las últimas consecuencias. Basta para percatarse de ello con reparar en este país nuestro en el que músicos, público y crítica centran su atención en si el tenor de turno emite o no el Do de la pira. De ahí que sea necesario seguir recalando en María Callas. Por mucho tiempo.

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Este artículo fue publicado en el nº 810, julio-agosto de 2008, de la revista Ritmo.

PS. El pack comentado se encuentra hoy fuera de catalogo, pero todo este material se puede encontrar fácilmente en multitud de ediciones.

martes, 8 de enero de 2013

Sobre las subvenciones

No me ha dejado de sorprender que el ministro Wert, ideológicamente una explosiva mezcla entre neoliberalismo y nacional-catolicismo muy propia del canal televisivo donde solía ser tertuliano, haya devuelto a las revistas culturales las subvenciones que habían sido retiradas por los socialistas en los últimos días de su mandato. Entre las beneficiarias se encuentran varias revistas musicales españolas (leer noticia en Mundo Clásico), aunque con un recorte sustancial en las cifras: Ritmo pasa de 60.060 euros anuales que tenía en 2011 a 21.732 euros, y Scherzo pasa de 45.500 a 22.289 euros, para que se hagan una idea.

A mí me parece una buena decisión. Pero también me parece que este apoyo realizado con dinero público debería comprometer a las revistas -a todas, no me refiero solo a las citadas- a ofrecer una información veraz, objetiva e independiente, y a realizar críticas de discos y conciertos igualmente honestas, sinceras y no menos independientes. ¿Independientes de qué?  Pues, por ejemplo, de los intereses personales de los corresponsales locales, esos mismos que se podrían ver tentados de utilizar sus tribunas para medrar en su entorno haciendo valoraciones positivas cuando no corresponde para complacer al cacique local. De los intereses de las compañías discográficas deseando colocar sus productos estrella y de las distribuidoras que aspiran -sin duda legítimamente- a hacer la mayor caja posible. Y, sobre todo, de los propios intereses de los propietarios de las revistas en cuestión, que con crisis o sin ella podrían, tal vez, sacrificar la calidad en aras de incrementar el margen de beneficios.

Realicemos un paralelismo simple. Fotogramas es una revista de cine que no vive del precio de venta al público, sino de la inmensa cantidad de publicidad que entra en sus páginas. Quien compra esa publicación sabe que las críticas, independientemente de la calidad de la redacción y de la amplitud de conocimientos de quienes las escriben, podrían estar mediatizadas por los intereses de las distribuidoras, a las que conviene no enfadar demasiado. Esto no implica que el crítico diga falsedades; basta simplemente con encargarle la reseña de tal película a quien se sabe que la va a poner bien, o con mantener a un equipo de colaboradores que “sabe lo que hay” y es consciente de que para que sigan contando con ellos tienen que escribir entre líneas con más frecuencia de la deseada. Ahora la revista en cuestión acostumbra, con muy buen criterio, a ofrecer críticas enfrentadas sobre un mismo filme. Hace años las cosas eran distintas, como los lectores sabíamos perfectamente. Ni había ni hay, en cualquier caso, lugar a engaño.

Por eso mismo yo solo leo Fotogramas de higo a breva. La revista de cine que compro de manera ininterrumpida desde 1988 es Dirigido por… Una publicación, a mi entender, seria y bien hecha, en la que se respira la libertad a la hora de opinar, hay suficiente variedad de líneas digamos “ideológicas”, los contenidos son abundantes (poca noticia de relleno, mucho análisis más o menos sesudo) y no hay miedo alguno a hacerle el feo a las distribuidoras. Su subvención era en 2011 de 27. 300 euros anuales. La publicidad en sus páginas siempre ha existido, pero reducida a la mínima expresión: la contraportada y poco más. En  una línea muy distinta está su hermana Imágenes de actualidad, en la que participan muchos de los mismos colaboradores pero con un espíritu muy distinto; en sus páginas sí que hay publicidad abundante. Ni que decir tiene que esta última no recibe subvención alguna.

Soy decidido partidario de la intervención del Estado en el patrocinio de la actividad cultural, publicaciones incluidas. Y lo soy porque pienso que para que esta se desarrolle con la libertad necesaria es imprescindible que logre sobrevivir ante las circunstancias de un libre mercado muchas veces hostil en el que demasiadas veces lo que no logra rebasar los límites de lo minoritario, aunque sea excelente, se ve abocado a la desaparición. La ópera y los conciertos necesitan apoyo económico estatal para no verse barridos por Anne Germain, Bertín Osborne y Arévalo, que es justamente lo que ha pasado en un caso que conozco de cerca, el Teatro Villamarta de Jerez. Aplicando esto mismo a las revistas, entiendo que la subvención tiene como fin lograr que lo que en ellas se escriba mantenga una línea independiente a los deseos del mercado, es decir, que el lector encuentre un lugar donde obtener análisis y opiniones que le permitan aprender y razonar (o sea, aprender a razonar), pero no donde le “vendan” el último lanzamiento que determinado sello o distribuidora quiere convertir en un bombazo.

Desde el momento en el que entra dinero público en una revista donde se ejerce de manera regular la crítica de manifestaciones culturales debería exigirse, a mi entender, una total independencia de criterio, como también un mínimo rigor intelectual. No vale mandarle hacer la crítica de productos mediocres a críticos que no tienen ni idea y que han colocado ahí precisamente para eso, para que pongan bien lo que los demás saben que es malo; ni enviar indefectiblemente los discos de tal artista a quien con seguridad absoluta le va a gustar para que siempre salgan bien parados; ni publicar textos de nivel mental propio de la ESO (“este disco contiene la Sinfonía Fantástica, que es una obra muy bonita y muy importante, y la interpretación está muy bien”). Tampoco está bien tener a aduladores redomados como corresponsales en determinados teatros, con el fin de que el departamento de comunicación de los mismos no deje de colocar publicidad en sus páginas o de contratar de tarde en tarde alguna portada.

Y así podríamos seguir un rato. Si hay dinero público de por medio, hay que actuar de otra manera. Lo que no vale es cobrar el cheque para luego ofrecer la versión “música clásica” de Fotogramas, colorines horteras incluidos. No sé si me explico.




domingo, 6 de enero de 2013

Barenboim y la Filarmónica de Berlín en Versalles

Me pregunta un lector sobre el DVD que recoge el concierto que el 1 de mayo de 1997 ofreció la Filarmónica de Berlín con Daniel Barenboim a su frente en la Ópera del Palacio de Versalles. Casualmente lo volví a escuchar hace muy pocas semanas, así que voy a dejar aquí los apuntes que tomé tras la audición, no sin advertir que la edición que yo tengo es la original de TDK en un disco grabado por las dos caras, y no la más reciente de Arthaus.

Barenboim Versalles DVD

La mañana comenzó con Le toumbeau de Couperin, de Ravel, rindiendo homenaje al mismo tiempo al país donde se celebraba este concierto europeo y al marco barroco en el que tenía lugar. Barenboim realizó una aproximación vitalista y extrovertida, no exenta de sentido del humor, y desde luego muy alejada de lo decadente, pero se quedó corta en sensualidad, poesía, elegancia y refinamiento. Con la misma orquesta y de nuevo un primero de mayo, Pierre Boulez ofrecerá en 2003 una interpretación no del todo efusiva, pero en conjunto más convincente.

A continuación vino el Concierto para piano nº 13 de Mozart, obviamente con el propio Barenboim como solista. La interpretación estuvo en la línea de su rotunda, enérgica, concentrada y un punto en exceso severa grabación de 1967 para EMI, solo que ahora con un piano mucho más rico, imaginativo y matizado, apostando por incluir más luminosidad y encanto, como también interesantes acentos sombríos que ejercen de adecuado contraste; en la penúltima sección del tercer movimiento asoma un asombroso amargor dramático. La orquesta alemana resulta obviamente más robusta y poderosa que la English Chamber, quizá también más sensual. Una maravilla, en suma, que ustedes pueden ver y escuchar ahora mismito si les apetece.


Finalmente, la Heroica de Beethoven. En el que es el primero de sus registros de la obra el de Buenos Aires hace gala, como no podía ser menos, de un irreprochable lenguaje beethoveniano y de una perfecta sintonía con el contenido expresivo de la partitura, a la que aborda con decisión, sentido dramático y no poco amargor, sacando excelente partido del sonido robusto de la orquesta y de la musicalidad de sus solistas; sabe además mantener el pulso, el equilibrio polifónico y un fraseo siempre flexible y natural. La cuestión es que esta lectura un tanto adusta será enriquecida en sus acercamientos posteriores no solo con un grado superior de inmediatez y tensión sonora, sino también -especialmente en sus interpretaciones recientes junto a la WEDO- con superiores dosis de calidez, lirismo e incluso sentido del humor. Con mayor variedad expresiva, en definitiva.

jueves, 3 de enero de 2013

La caja de Solti y Chicago en Japón: interpretaciones de altura, edición chapucera

Ya dejé constancia en este blog de mi desencanto ante la mala calidad del trasvase a DVD realizado por Sony de dos de las tres filmaciones de Solti y la Sinfónica de Chicago en Japón, concretamente las que corresponden a 1990, al no haberse realizado la correspondiente mejora anamórfica de una imagen que ya en origen era 16:9 y no la 4:3 de los antiguos televisores. Pues bueno, al visionar al completo los contenidos he podido comprobar que mi ejemplar del concierto de 1986, el que trae la Haffner mozartiana y la Quinta de Mahler, realiza un parón en cada una de las obras que solo es salvable saltando de manera manual, con el mando a distancia, algunos segundos de la filmación. Imaginen mi sorpresa cuando examino físicamente el disco y descubro que en su cara inferior aparecen digamos que “grabados” dos círculos de aproximadamente un centímetro de diámetro, además de varios rayones curvilíneos en otros lugares de la superficie, prueba evidente de un serio problema en lo que es el “prensaje” del producto.

He intentado hacerme una copia en el ordenador, pero el láser del mismo no logra leer los datos: da error cuando llega a los pasajes problemáticos. Luego he descubierto que en mi otro aparato reproductor, el de Blu-ray, la lectura se realiza sin problemas, pero lo cierto es que el daño está hecho porque no he podido escuchar del tirón ninguna de las dos obras contenidas en el disco, que es como hay que escucharlas. Total, que Sony Classical no solo edita mal sus DVD, sino que también los fabrica de manera defectuosa. ¿Hace falta decirles que los próximos nos los “pediremos prestados” y dejaremos que se los compre Rita la Cantaora?


En cualquier caso, la calidad interpretativa es tal que quiero recopilar aquí las notas que he tomado tras las correspondientes audiciones, no sin recomendar a ustedes que lean lo que en su momento escribió Ángel Carrascosa en su blog advirtiendo que, en líneas generales, coincidimos en nuestras valoraciones.

El concierto del 26 de marzo, de mediocre calidad de imagen por tratarse de una realización televisiva y no de una filmación en celuloide como las que por las mismas fechas Unitel realizaba en Europa, arranca con la Sinfonía nº 35, Haffner, del genio de Salzburgo. Me ha parecido una interpretación no genial pero sí admirable dentro de la línea del veterano maestro, es decir, objetiva y sensata, de tempi más bien animados y un carácter extrovertido, digamos que juvenil, que no excluye la concentración a la hora de paladear las melodías ni la plena atención tanto a los aspectos lúdicos de la música como a los líricos y a los dramáticos, todo ello sin excederse en el pathos pero sin caer tampoco en la meramente trivial o en lo contemplativo. En cualquier caso los movimientos centrales no funcionan tan bien como los extremos, que son realmente extraordinarios gracias al carácter incisivo, vibrante y teatral de un Solti que, a diferencia de otros maestros, sabe modelar tal dosis de electricidad con la flexibilidad y el refinamiento apropiados.

El Mahler de Solti me gusta pero nunca me ha entusiasmado, salvando movimientos puntuales como el primero de la Segunda o el tercero de la Cuarta, que me parecen portentosos. Esta Quinta, sin pertenecer al modelo que a mí más me atrae (¡enorme Bernstein!), me ha parecido sin embargo espléndida de principio a fin. Haciendo gala de su absoluto control de la arquitectura, elevadísimo sentido teatral y capacidad para ofrecer una enorme dosis de brillantez sin caer en el mero espectáculo, Solti renuncia a todo ese hedonismo sonoro, sentido de lo decadente y agonía psicológica que habitualmente asociamos al mundo mahleriano para ofrecer una recreación rápida -que no precipitada-, directa, extrovertida, sincera y muy comunicativa. Logra así inyectar una enorme garra dramática en los dos primeros movimientos, sentido de los contrastes sonoros y expresivos en el tercero, lirismo tan sobrio como concentrado en el Adagietto y una buena mezcla de tensión, fuerza y júbilo en el final, todo ello con el concurso de una orquesta cuyo virtuosismo e incisividad resultan ideales para semejante enfoque. Como la toma sonora es espléndida (desde luego muy superior a la imagen), el disfrute está garantizado.

El DVD correspondiente al 1 de abril de 1990 ofrece solo una obra: los Cuadros de una exposición. Lo bueno es que trae media hora de ensayos y comentarios del propio Solti -en inglés- acerca de la manera en que Ravel mejoró la obra original de Mussorgsky con su orquestación, salvo en algunos números concretos donde el maestro argumenta con claridad por qué prefiere el original pianístico. En cuanto a la interpretación propiamente dicha, Solti repite su enorme logro de diez años atrás en estudio para Decca, de nuevo en una línea abiertamente mussorgskiana y en cierto modo poniendo al día la asombrosa y aún vigente lectura de Fritz Reiner de 1957, también con Chicago. Así, al igual que ese otro húngaro genial, nuestro artista ofrece una altísima dosis de teatralidad, despliega la más rica gama de colores imaginable -por lo dicho antes más rústicos e incisivos que ravelianos- y extrae las mayores dosis de brillantez y virtuosismo posibles de su orquesta, entregada al máximo, para ofrecer una lectura encendida y llena de electricidad.
 
Verdad es que no todo resulta insuperable: el gnomo podría estar mejor desmenuzado, en el viejo castillo se echa de menos la poesía de un Giulini o un Celibidache, las Tullerías se podrían plantear en plan menos gamberro, con mayor ternura, y en Bydlo se han escuchado interpretaciones aún más implacables. Sin embargo, me parece que nadie ha alcanzado a Solti en la vivacidad que ofrecen los pollitos, en la incisividad del retrato de Schmuÿle como viejo cascarrabias -y no como pobre que suplica-, en el carácter trepidante del mercado de Limoges, en el terror que producen las catacumbas y en la electricidad del vuelo de Baba-Yaga. Imponente, para terminar, una Puerta de Kiev grandiosa como nunca se ha escuchado, en la que además la orquesta luce una brillantez creo que inigualable por ninguna otra formación

De la velada del 15 de abril de 1990 se ofrecen, finalmente, dos obras de Beethoven. Comparando con la grabación para Decca de un año atrás que le conozco, en la obertura Egmont el maestro se supera a sí mismo con una interpretación excelentemente trazada, decidida sin caer en lo cuadriculado, electrizante sin ser nerviosa y comunicativa a más no poder. Se puede echar de menos poso reflexivo (¡genial Furtwaengler con la Filarmónica de Berlín en 1947!), pero se trata sin duda de una interpretación de mucha altura. En cuanto a la Quinta de Beethoven, me remito a lo que comenté en este blog: siendo de nuevo el nivel altísimo, la comparación con lo que los mismos intérpretes consiguieron en 1987 hace a esta palidecer un tanto en los dos primeros movimientos. En cualquier caso, las relativas insuficiencias de la batuta son compensadas ampliamente por una orquesta en verdadero estado de gracia que, en estos tres DVD y a despecho de los ya referidos problemas técnicos made in Japan, demuestra aquí haber sido, al menos en los tiempos de Solti, la mejor del universo.

martes, 1 de enero de 2013

Más de lo mismo

No tengo tiempo ni ánimo para escribir sobre el Concierto de Año Nuevo de 2013, dirigido de nuevo por el a mi entender muy sobrevalorado maestro austriaco Franz Welser-Möst. Repaso lo que escribí sobre el de hace dos años –lo tenía por completo olvidado- y descubro que ha sido más de lo mismo, aunque con un nivel algo superior en conjunto.

Lo mejor, las piezas rápidas, dichas con empuje y brillantez ya que no con especial finura. Lo peor, los valses, tendentes a los pringosillo (¡esos portamenti!) y con rubatos más bien bastos. La Filarmónica de Viena ha puesto belleza sonora y musicalidad a raudales. Me ha gustado bastante la obertura de Cavalleria ligera, pero las recuperaciones de piezas poco conocidas de la dinastía Strauss no me ha despertado apenas interés. Los ballets, visualmente cursis e insoportables como en ninguna otra ocasión. Y será que he comenzado el año muy mal de ánimo, pero el concierto me ha parecido más que nunca un monumento a la hipocresía.

Aprovecho para advertir a los lectores que a partir de ahora voy a aminorar el ritmo de publicación en este blog. Diferentes cuestiones personales me llevan a espaciar la aparición de nuevas entradas. En los próximos días saldrán algunas cosas ya escritas o casi terminadas sobre Solti, Barenboim y Celibidache, pero a partir de entonces me lo quiero tomar con más calma. Feliz año.

La canción de la Tierra, de Gustav Mahler: discografía comparada

Tenía muchas ganas de presentar una comparativa de la obra maestra absoluta de Gustav Mahler , un compositor que parece interesar bastante a...