Daniel Barenboim registró su primera integral de sinfonías de Bruckner entre 1972 y 1981. Tuvo a su frente a una maravillosa Sinfónica de Chicago, una de las pocas orquestas del mundo capaces de ofrecer el empaste entre secciones, la gama dinámica y la seguridad en los metales que demanda la música del autor, y se benefició de unas tomas sonoras por lo general espléndidas a cargo de los ingenieros de Deutsche Grammophon: la
Octava Sinfonía, en concreto, es uno de los más alucinantes registros desde el punto de vista técnico que quien esto suscribe haya escuchado nunca de una sinfonía del organista de San Florián.
Tardó bastantes años el sello amarillo en pasarla a compacto, y cuando lo hizo fue para descatalogarla poco después. Solo muy recientemente ha vuelto a recuperarla para el mercado, y lo ha hecho en una caja de la serie Collectors Edition en la que por fortuna no se han eliminado los complementos sinfónico-corales que figuraban en la edición original. Ignoro si se han incluido las nuevas remasterizaciones que de algunas de las sinfonías se ofrecieron en la serie Eloquence, que mejoraban el sonido: yo lo que tengo es la caja de la primera edición. Pues bien, ahora que está a punto de aparecer la primera entrega en DVD y Blu-ray de la tercera integral del maestro (semi-integral: de la
Cuarta en adelante), parece el momento de sintetizar las notas que he ido tomando a lo largo de estos últimos meses mientras volvía a escuchar su contenido.
Pero antes quisiera traer aquí las palabras que sobre esta integral escribió Ángel-Fernando Mayo en 1994 en el extra
La música sinfónica en disco de la revista Scherzo:
El interés permanente de la primera producción (…) se fundamenta en la calidad de la Sinfónica de Chicago -primer ciclo con orquesta americana- y en la generosidad de la oferta: la Sinfonía Cero y, de propina, el Te Deum, el Salmo 150 y Helgoland. El interés relativo viene dado por la dirección del maestro argentino-israelí en función de lo que ya está deparando el segundo ciclo. Barenboim enciende pasiones. Así, el primer ciclo levantó en su tiempo un clamor admirativo. Primero se aplaudió la utilización sistemática de la Primera Edición Revisada (Haas/Oeser), santificada ésta en general por Deryck Cooke en su ensayo El problema Bruckner simplificado; a continuación se habló de la herencia romántica de Furtwängler en el marco de realizaciones nuevas, juveniles, flexibles y ricas en espiritualidad; algo así, pues, como el Nuevo Testamento de la gran tradición artístico-musical señoreando por encima de la honrada artesanía de Jochum, de Wand… y hasta de Haitink. Mas el principio capital, el orgánico, falla aquí y allá en los registros brucknerianos del joven Barenboim (…) Todos los indicios apuntan a una mayor sazón de Barenboim como bruckneriano en su segundo ciclo.
No seré yo quien le enmiende la plana al malogrado crítico, pero tampoco voy a ocultar mi opinión. Creo que nos encontramos ante un gran ciclo Bruckner, aunque también ante un ciclo relativamente inmaduro. En su momento creo que fue, ante todo, un ciclo necesario. Hacía falta ofrecer con la máxima calidad tecnológica el Bruckner escarpado, furioso y visionario, mucho antes que meditativo o de “fe inquebrantable en el Buen Dios”, que en tiempos hacía Furtwängler; y hacerlo con una orquesta de virtuosismo muy superior a las de la era del sonido monofónico y sin la necesidad de recurrir a los tirones de tempo ni a los desequilibrios estructurales que afectaban a las interpretaciones del mítico maestro. Vamos, que lo que Mayo apuntaba con no poca ironía es para un servidor una verdad como un templo.
Lo que ocurre es que Barenboim, nacido en 1942, andaba todavía por la treintena cuando grabó este ciclo, lo que significa que su aproximación no se había enriquecido con la perfección técnica, la concentración y el absoluto control de los medios que exhibirá en su posterior integral con la Filarmónica de Berlín para Teldec; ni tampoco con el enfoque mucho más plural que el maestro anda ofreciendo en los últimos tiempos, es decir, el de sus filmaciones con la Staatspakelle de Berlín que están empezando a salir en el sello Accentus (que conozco parcialmente gracias a la retransmisiones televisivas) y el de la integral que ha ido desgranando en el Festival de Música y Danza de Granada, de la que di cuenta poco a poco en este mismo blog. Es el de Chicago, por ende, un Bruckner “juvenil” y un tanto unilateral, muy inmediato, brillante y comunicativo, también combativo y desafiante, pero a veces falto de la sensualidad, del humanismo y de la hondura que hoy sí el maestro es capaz de ofrecer… aunque sea a costa de perder un poco de la rebeldía de antaño. No se puede tener todo.
Breves apuntes sobre cada sinfonía, en orden cronológico de grabación. La
Cuarta se registró en el Medinah Temple en 1972 y es un magnífico ejemplo de las virtudes e insuficiencias de este Bruckner. Se trata, así, de una lectura escarpadísima, extraordinariamente tensa, incandescente y furiosa, que por ende ofrece una visión nueva de la obra, pero que lleva tan a extremo sus planteamientos que a la postre resulta demasiado unilateral; incluso el scherzo bordea lo disparatado. Además, la arquitectura se resiente de tanto ímpetu, yuxtaponiendo momentos intensísimos -cálido y con un clímax muy escarpado el Andante- sin planificar los grandes arcos de tensiones. La orquesta responde al cien por cien a las locuras que plantea la batuta.
La
Novena es de 1975. Fue el primer disco Bruckner que escuché en mi vida. En su momento fue un impacto para mi trayectoria de melómano. Lo que ocurre es que hoy puedo comparar con lo que con esta cumbre del sinfonismo de todos los tiempos han hecho otros maestros. La de Barenboim permanece como una visión extremadamente tensa, pero entre tanta angustia y fuerza visionaria el de Buenos Aires deja un tanto a un lado la sensualidad, el lirismo y la cantabilidad humanística que contiene la partitura; particularmente en el Adagio, sin la belleza ni la congoja que con la misma orquesta poco después conseguirá Carlo Maria Giulini en su increíble recreación para EMI, por
aquí comentada, y no digamos en la de DG con la Filarmónica de Viena.
Las restantes sinfonías se grabaron ya en el Orchestra Hall de Chicago. De la
Quinta, registrada en 1977, escribió Ángel Mayo en el artículo antes referido que Barenboim “no ha alcanzado a desentrañar la compleja estructura del primer movimiento ni se le ha dotado del éxtasis místico del desarrollo (el goteo argentino de la flauta resbalando sobre los pétalos de los violines) que se halla en Furtwängler y Jochum”. Esto de acuerdo en lo último: interpretación no resulta, como la mayoría de las de esta integral, apta para quienes busquen ante todo semejante clase de experiencias extáticas, sino más bien para los que se interesen por el lado más áspero y desafiante de la música. Pero no en lo primero, porque el citado Majestoso (sic) a mí me parece extraordinario. Sí le haría semejante reproche al movimiento conclusivo, en el que Barenboim parece perderse un poco entre tanta incandescencia sin otorgarle la imprescindible unidad. El Adagio es el menos rápido de los que le he escuchado a Barenboim, y por eso mismo el más convincente; la desazón que lo recorre resulta de lo más atractiva. En el Scherzo sobran algunos portamentos, pero aun así es irreprochable. En conjunto, gran interpretación; por cierto, solo tres años más tarde Sir Georg Solti firmaría con la misma orquesta una aún mejor.
En 1978 llegó la
Sexta, una interpretación extraordinariamente apreciada por otros fans de Barenboim, no tanto por un servidor. Desde luego interesa el enfoque dramático y amargo, pero me parece que la arquitectura no está del todo bien trazada, apreciándose momentos en los que se pierde el pulso y otros algo precipitados, entre estos últimos la coda final. El primer movimiento está muy bien, en cualquier caso. El segundo, muy lento y paladeado, resulta mucho antes amargo que sensual. El tercero podría tener más nervio por parte de la batuta, pero la brillantez de los metales de Chicago termina deslumbrando. El cuarto parece algo discontinuo, epatando antes con el decibelio que con la tensión de la arquitectura.
Al años siguiente vinieron dos sinfonías y varios complementos. La
Sinfonía Cero recibe una interpretación muy comprometida que mira claramente hacia el futuro. Es por ello una lectura de tensiones extremas, soslayando con semejante intensidad parte de los desequilibrios estructurales que afectan a la página. A destacar, en este sentido, cómo el segundo movimiento, más que lírico o contemplativo, resulta anhelante e inquieto, toda una constante en el Bruckner de Barenboim en esta época. Magníficamente recogidos por los micrófonos, por cierto, los numerosos impulsos sobre el podio.
En la
Séptima la apuesta de Barenboim es de nuevo la de potenciar los aspectos más incandescentes de la música del autor, consiguiendo en los dos últimos movimientos unos admirables resultados gracias en buena medida a la brillantez de la orquesta norteamericana. Los dos primeros, sin embargo, necesitarían enriquecer esta perspectiva con una dosis mayor de hondura, y quizá también con mayor concentración en el fraseo, cosa que justamente el argentino logrará en su magistral recreación de 1992 con la Filarmónica de Berlín para Teldec.
Helgoland y el
Salmo 150 reciben lecturas temperamentales y llenas de grandeza, pero también no del todo claras, quizá debido en parte por una grabación algo turbia. En la última obra, no del todo paladeada, realiza una correcta intervención la soprano Ruth Welting.
En diciembre de 1980 llegan tres nuevas sinfonías, ya en maravillosas grabaciones digitales. La
Primera arranca con un Allegro dramático y muy rebelde, también algo más nervioso de la cuenta. El Adagio es rápido, poco contemplativo, y como era de esperar se encuentra lleno de desazón. Scherzo tenso pero muy controlado, sin llegar a la genialidad de Solti con la misma orquesta en 1995. El cuarto va poco a poco entrando en calor hasta alcanzar altas cotas de garra dramática.
Mejor aún la
Tercera, donde el maestro consigue por fin una arquitectura perfecta, muy sólida, tensa y concentrada. Los movimientos extremos son sensacionales, culminando en una coda final visionaria a más no poder. Al segundo le falta un punto de emotividad y carácter humanista, al tiempo que los aspectos dramáticos están muy bien reflejados. Muy impactante el Scherzo, al que podría dotar de mayor encanto.
En la que es su primera grabación de la
Octava, Barenboim deja ya bien claro que la suya no es una visión mística, sino abiertamente dramática, por momentos terrorífica. A poner en sonido su concepto le ayudan una asombrosa concentración en la arquitectura -solo la coda final, por querer ser por completo antirretórica, se precipita un poco- y una orquesta capaz de ofrecer los fortísimos más atronadores que imaginarse puedan -increíble matización de la gama dinámica- sin perder redondez. Los dos primeros movimientos luego no han vuelto quizá a salirle tan extraordinariamente bien; en el sublime Adagio, sin embargo, todavía tendrá el de Buenos Aires que decir su última palabra.
En 1981 se cierra el ciclo con una
Segunda lenta, de cuidadísima y concentrada arquitectura, mágica en sus múltiples silencios, muy bien paladeada en los pasajes líricos y adecuadamente encrespada en los épicos. Admirable la unión de la sonoridad brillante de la orquesta con la tendencia de la batuta a ofrecer una robustez y un empaste centroeuropeos. Sobra, quizá, cierto encorsetamiento, al menos en el Scherzo, y como al resto de las interpretaciones de esta integral se puede pedir un punto más de carácter humanista, cosa que nuestro artista va a conseguir con el tiempo: la que le disfruté
en Granada en julio de 2011 al maestro me parece no solo mejor que la de Chicago en este sentido, sino una de las mejores recreaciones brucknerianas que he escuchado nunca.
En cuanto al
Te Deum, ya dije
en este blog que se me parece una espléndida versión, particularmente por su cuarteto solista, pero no tan excepcional como las otras dos que ha grabado el maestro.
Muy en resumen, un Bruckner que reivindica -como su integral posterior para Teldec, pero en general con un grado menor de madurez- los aspectos menos místicos y más inquietantes del autor. Difícilmente entusiasmará a quienes vean a este compositor desde la religiosidad más confiada. Muy interesante, por el contrario, para quienes en esta música quieran sentir el terror ante el Más Allá.