domingo, 29 de abril de 2012

Bernstein en el English Bach Festival

Este DVD corresponde a un concierto ofrecido de la iglesia de San Agustín de Londres el 16 de abril de 1977 por Leonard Bernstein y la Orquesta y Coro del English Bach Festival. La filmación, realizada para la BBC por un joven Brian Large, ofrece una imagen en color más que digna para la época pero un sonido bastante pobre que mucho antes parece monofónico que el estéreo que reza la carátula. Los subtítulos vienen en latín, inglés, francés y alemán. ¿Merece la pena? A medias.

Bernstein DVD Bach Stravinsky

La verdad es que la interpretación del Magnificat de Bach interesa poco. El problema es por una parte la dirección: siempre musical, amplia sin ser pesada, cálida y por momentos muy entusiasta -nada que ver con la timidez de por ejemplo un Harnoncourt, también en DVD-, pero no del todo inspirada por parte de un Bernstein que se movía mejor en otros repertorios. Por otra parte están la discreta calidad de la orquesta -la trompeta es mediocre y no empasta, aunque el oboe resulta excelente- y la mediocridad de unos solistas que oscilan entre lo correcto y lo lamentable; especial mención para Rodney Hardesty, contratenor de buena línea pero voz espantosamente fea. El coro realiza una notable labor, más no logra evitar que esta interpretación resulte abiertamente desequilibrada. En DVD la soberbia interpretación de Koopman es muy superior a esta, y en CD no puedo olvidar las dos de Herreweghe (seguramente también la de Gardiner, aunque ésta hace lustros que no la escucho). Tampoco la espléndida de Barenboim: el hecho de que el enfoque sea tradicional o historicista es lo de menos cuando hay un enorme talento de por medio.


La otra mitad del DVD interesa mucho más. Claro que eso ya lo veníamos venir, porque esta interpretación de la Misa de Stravinsky es paralela a la que ya conocíamos en audio -con mucho mejor sonido- en el sello Deutsche Grammophon. Aquí Lenny se mueve como pez en el agua y ofrece una magnífica dirección: seca, angulosa, con sentido del ritmo y toda la tensión interna y el sabor arcaizante que debe tener. Otra cosa es que la partitura sea inferior a la joya bachiana que la acompaña, para qué andarnos con rodeos. El conjunto instrumental se comporta bien y el coro masculino vuelve a realizar una irreprochable labor. Flojea un tanto el Trinity Boys Choir, pero aun así la interpretación es globalmente notabilísima. El marco gótico en que está filmada le viene estupendamente a la obra. En fin, yo he soltado algo menos de 10 euros por este DVD y no me arrepiento, aunque solo su segunda mitad me parezca realmente aprovechable.

viernes, 27 de abril de 2012

Currentzis, Melnikov y los conciertos de Shostakovich

SHOSTAKOVICH: Conciertos para piano 1 y 2. Sonata para violín y piano.
Jeroen Berwaerts, trompeta. Isabelle Faust, violín. Alexander Melnikov, piano. Orquesta de Cámara Mahler. Dir: Teodor Currentzis.
Harmonia Mundi, HMC 902104
74’ 11’’
DDD
Harmonia Mundi Ibérica
**** R

Melnikov Currentzis Faust Shostakovich


Tras su magnífica grabación de los veinticuatro Preludios y fugas realizada también para Harmonia Mundi (enlace), Alexander Melnikov (Moscú, 1973) vuelve a Shostakovich para ofrecernos una recreación de los dos conciertos para piano en la que, haciendo gala de una enorme sutileza, flexibilidad e imaginación en el fraseo, ya que no de un particular sentido de la ironía, nos descubre el lado más lírico, romántico si se quiere, del autor de La Nariz, sin caer por ello en la trivialidad, la sosería o la falta de riqueza conceptual. Teodor Currentzis, no tan visceral aquí como en su demoledora grabación de la Decimocuarta sinfonía, le acompaña acentuando los contrastes entre los movimientos centrales y los extremos, otorgando peso a los silencios y atendiendo especialmente al entramado de las maderas, sobre todo en el Segundo concierto.

En la Sonata para violín y piano que ocupa la segunda mitad del disco, el pianista moscovita y una descomunal Isabelle Faust hacen gala de una increíble riqueza de colores en una interpretación no tan espectral y atmosférica como la lentísima de Minzt y Postnikova (Erato, 1992), pero sí igualmente trágica, honda y comprometida.
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Artículo publicado en el número de abril de 2012 de la revista Ritmo.

miércoles, 25 de abril de 2012

Faust y Abbado: expresionista Berg, luminoso Beethoven

Este disco registrado, sin todo el acierto técnico posible, por Philipp Knop en Bolonia en noviembre de 2010, supone el imprevisto y desconcertante debut de Claudio Abbado en Harmonia Mundi de la mano de Isabelle Faust con un programa exigente en grado sumo: los geniales conciertos de Alban Berg y Ludwig van Beethoven. Conociendo cómo se las gasta el milanés, los resultados entran por completo dentro de lo previsible, es decir, muy bien el primer autor y bastante discutible el segundo. Pero hay algo que sorprende y maravilla: la actuación de la violinista alemana.


Realmente lo de la Faust es asombroso, sobre todo en Berg. Su sonido, sin ser el más bello posible, impresiona por su solidez, precisión y capacidad para ofrecer las más variadas texturas, desde lo etéreo hasta lo rugoso: recuerda en este sentido a Szigeti en su excepcional recreación con Mitropoulos. Claro que lo que convierte su interpretación en memorable es su intensidad emocional, de una incandescencia rebelde, virulenta a más no poder, pero siempre controlada merced a una impresionante concentración, atenta al matiz y con capacidad para desplegar el vuelo poético aquí imprescindible.

Aquí quien nos viene a la mente es Zuckerman en su increíble registro junto a Pierre Boulez, y si este no nos parece a la misma altura se debe a la dirección de Abbado. Esta es rápida, extrovertida y de elevadísimo sentido teatral, e impacta gracias al enorme sentido del color del maestro italiano y a la incisividad de su batuta, pero -como generalmente ocurre en sus acercamientos a la Segunda Escuela de Viena- resulta un tanto ruidosa, superficial y de cara a la galería, perdiéndose un tanto sutileza y espiritualidad en aras del impacto sobre el oyente. En cualquier caso, una interpretación que conmoverá profundamente a quienes prefieran, como quien esto suscribe, una línea antes expresionista que lírica a la hora de abordar la página.

De nuevo hay que atender a los gustos personales a la hora de valorar los resultados del Beethoven. Porque a decir verdad la interpretación está maravillosamente realizada, pero no es fácil que a los que encontramos a esta página llena de tensión dramática y densidad filosófica nos guste esta visión extrovertida, desenfadada y luminosa que Abbado dirige con agilidad, mucha comunicatividad y -como en su doble integral sinfónica de hace unos años- acentuando los contrastes entre sonoridades volátiles con otras musculosas con la clara intención de epatar al personal.

Sobresale en cualquier caso el virtuosismo de la Faust, poderosísima en el sonido -cálido, con carne-, de una asombrosa claridad y no menor exactitud en la digitación. Además la artista se muestra muy intensa, expresiva y matizada, siempre en la línea referida, con aportaciones personales que en general resultan de interés. La realización gustará mucho a determinado tipo de público. Otros nos seguiremos quedando con los Menuhin, Schneiderhan, Zukerman y Perlman de toda la vida al violín y con los consabidos Furtwängler, Klemperer y Barenboim empuñando al batuta.

lunes, 23 de abril de 2012

Bernstein y la Quinta de Shostakovich

Aparte de su grabación en audio oficial para CBS de 1959 y de algunas piratadas cuya enumeración tienen ustedes en la red (enlace), Leonard Bernstein posee dos filmaciones de la Quinta Sinfonía de Shostakovich. La primera es una toma en blanco y negro realizada por la BBC en diciembre de 1966 con el director norteamericano dirigiendo a la Sinfónica de Londres, y ha sido editada con imagen y sonido aceptables para la televisión de la época por el sello Idéale Audience. La segunda pertenece a una gira de la Filarmónica de Nueva York por Japón realizada en 1979, fue comercializada en su momento en compacto por CBS y ahora se encuentra en imágenes, con una excelente Primera de Schumann que la acompañaba en el programa, editada por el sello Kultur con estupenda imagen en color y muy buen sonido estereofónico. Por desgracia esta edición es de “Zona 1”, lo que significa que para poder disfrutarla en Europa hay que tener un DVD que sea multizona o –es mi caso- liberado de manera más o menos casera para poder reproducir lanzamientos de ultramar, si bien haciendo uso de YouTube y de un poco de paciencia pueden ustedes disfrutarla on-line en el ordenador. Permítanme dejar aquí unas notas sobre las interpretaciones propiamente dichas.

Bernstein Shostakovich 5 ideale

La de Londres es muy atractiva, pero para mi gusto se encuentra lejos del ideal. El acercamiento extrovertido, inflamado e intuitivo de Bernstein alcanza excelentes resultados en un Allegretto con empuje e ironía y, sobre todo, en un Largo lleno de pathos, rebeldía y la más sincera tensión emocional. Por desgracia el primer movimiento, admirablemente enfocado, no alcanza toda la concentración deseable, mientras que en el cuarto Lenny se deja llevar por la emoción y no acierta a capturar la ironía de la página, por lo que termina resultando precipitado, de cara a la galería y excesivamente vulgar. La orquesta londinense, tratada por la batuta del norteamericano con su admirable sentido de la plasticidad y el color, realiza una muy buena labor independientemente de algunos resbalones propios del directo, si bien dista de alcanzar el nivel de las mejores.


Curiosamente la Filarmónica de Nueva York, años atrás una formación de nivel discreto, se encuentra mucho mejor en 1979 que su compañera de Londres la década anterior. Por lo demás, la interpretación de Tokio sigue siendo juvenil y fresca, poco dada a dobles lecturas, y vuelve a caracterizarse por su sinceridad e intensidad emocional, sobre todo en un Largo de dimensiones verdaderamente metafísicas. La diferencia con respecto a la interpretación filmada por la BBC es que ésta, algo más lenta, posee más concentración, no se deja llevar por el arrebato, alcanza mayor refinamiento y atiende mejor a la polifonía orquestal. Todos los movimientos mejoran en este sentido, aunque donde más se nota el progreso es en el cuarto, esta vez dicho sin precipitaciones y sin otro rastro de vulgaridad que el de la pretendida –con no poca ironía- por el propio compositor.


El resultado, lógicamente, es extraordinario, aunque no estoy de acuerdo con quienes consideran que esta de Tokio es la grabación de referencia de la partitura: creo que el primer movimiento puede sonar aún más opresivo y que en el último se puede ir mucho más allá de la presunta “respuesta de un compositor soviético a unas críticas justas” si se sabe capturar la mala leche que alberga la página. Por eso mismo sigo prefiriendo lecturas como las de Haitink o Rozhdestvensky, muy distintas entre sí pero en cualquier caso perfectamente complementarias a las de Bernstein, lo que no me impide recomendar al lector que haga lo posible por conocer las del autor de West Side Story, al menos la de Tokio; la de Londres, a decir verdad, queda reservada a sus grandes fans, entre los que me cuento.

jueves, 19 de abril de 2012

Tosca vuelve a Les Arts: apoteosis de la mediocridad

Si preguntarán ustedes qué demonios hago metiéndome otra vez en la Tosca del Palau de Les Arts cuando la producción de Jean-Louis Grinda ya me pareció un tremendo mamarracho en mayo de 2011 (enlace) y la soprano Oksana Dyka, que ha repetido su encarnación de la celosa diva, me dejó un tanto frío. La explicación es muy simple: habiendo acudido a Valencia para escuchar Thaïs (enlace), no podía dejar de aprovechar la visita para ver qué hacía con Cavaradossi el tenor tinerfeño Jorge de León, al que ya había escuchado varias veces en directo pero al que nunca le había visto en un rol tan comprometido.


Por lo pronto he de reconocer que mi inicial desconfianza era producto de los prejuicios: este chico puede con semejante papel. Puede en lo técnico, quiero decir. Da las notas, las da bien, proyecta perfectamente su voz por la sala y es capaz de ofrecer unos agudos de insólita brillantez y longitud. Pero al mismo tiempo sí puedo confirmar otra de mis sospechas: Jorge de León difícilmente va a ser un cantante que me fascine. Por las mismas razones por las que a otros le entusiasma, claro: su manera de entender el canto va mucho antes enfocada al lucimiento que a la recreación dramática de un personaje, o lo que es lo mismo, a epatar con pepinazos (tremendos sus “Vittoria”) que a frasear con morbidez y atención al matiz. Su manera de moverse en el escenario y de ofrecer poses de divo en momentos clave deja bien claro qué es lo que le va a este señor. Por otra parte debo puntualizar que en esta función de Tosca, la del sábado 14 de abril, De León fue de menos a más, mostrándose frío y reservón en el primer acto para brillar en un tercero impresionante, casi propio de una primera figura. Siempre dentro de su estilo, insisto.

No voy a repetir mi opinión sobre la soprano ni sobre la producción escénica. Pero sí diré que Marco Vratogna, mal cantante y mediocre actor, estuvo como Scarpia al nivel en él esperable: horroroso. La que queda con el culo al aire con su contratación es -me temo- Helga Schmidt, que pasa por ser tajante cuando un cantante no cumple las expectativas pero aquí se ha mostrado incapaz (porque sorda no está la señora) de resistir los envites de determinadas agencias.


Claro que lo que más “canta· en este sentido es lo de Omer Weller, presunto joven talento de la batuta que cuanto más actúa en Valencia más nos confirma su mediocridad. De acuerdo que no debamos comparar su recreación del título pucciniano con la que ofreció Zubin Mehta (al fin y al cabo fue el indio quien mejor ha dirigido Tosca, allá por 1972) en el estreno de esta producción. Pero lo que sí podemos es pedir al director israelí algo más de lo que ha ofrecido en el foso valenciano: una aceptable puesta en sonidos, con todo en su sitio pero sin sentido del color, sin variedad expresiva y sin la menor tensión interna. Su Tosca no ha sido -me parece que se equivocan quienes así lo han dicho- lenta, sino más bien flácida y morosa. Momentos clave -los clímax del enfrentamiento con Scarpia, los instantes previos al suicido de la protagonista- sonaron con alarmante desgana. Por si fuera poco la orquesta distó de ofrecer la brillantez a la que estamos acostumbrados: al día siguiente lo haría mucho mejor con Patrick Fournillier en el título de Massenet. Nos quedamos por saber cómo lo hace la batuta de Plácido Domingo en las dos últimas funciones programadas.

En resumidas cuentas: dejando a un lado la irregular pero muy interesante labor de Jorge de León y la correcta interpretación de Oksana Dyka, esta reposición de Tosca ha sido, merced a sus dos directores y a su infumable Scarpia, una verdadera apoteosis de la mediocridad. A olvidar.

miércoles, 18 de abril de 2012

Estupenda Thaïs en Les Arts

No tiene mucho sentido repetir lo que ya han explicado estupendamente los blogueros -cito por orden de intervención- Atticus, Maac, Titus y Mocho. Tampoco voy a insistir en mi adoración por Plácido Domingo, que dejé bien clara en la anterior entrada (enlace). Ofreceré tan solos unas pinceladas sobre esta Thaïs que ha presentado el Palau de Les Arts en producción de la Ópera de Gotemburgo, subrayando antes que la función que presencié fue la última de todas, la del 15 de abril, y que por ende la progresión del tenor madrileño en su aprendizaje del rol de Athanaël, que precisamente ha debutado en Valencia, alcanzó en esta velada su punto más alto, extremo que me fue confirmado por una persona que asistió a un buen número de representaciones.

Thais Valencia

En gran medida el éxito de la velada vino por parte de Patrick Fournillier. Coincido con todos en que el maestro francés se pasó un tanto en decibelios, pero su recreación del irregular título massenetiano -para qué engañarnos, la única gran música que hay aquí es la sublime Meditación- estuvo llena de fuerza, vida y convicción, independientemente de que aún se pudiera haber pedido un punto más de morbidez y refinamiento en el fraseo. La Orquesta de la Comunidad Valenciana le sonó mucho mejor que a su titular Omer Weller la noche anterior, en una Tosca de infumable recuerdo de la que hablaré próximamente. Excelente los solos de violín y arpa a cargo de Stefan Eperjesi y Cristina Montes. Impresionante, como casi siempre, el Coro de la Comunidad.

Me gustó Plácido, claro, pero no en toda la velada: en el primer acto le encontré rígido y monocorde en lo expresivo, no tan preocupado por el matiz como por dar las notas correctamente, cosa que no consiguió toda vez que en registro grave dejó muy claro que nunca será un barítono. Hasta ahí, un fiasco, porque además los aspectos más siniestros del personaje -al fin y al cabo un verdadero fundamentalista religioso- quedaron desdibujados. Pero en el segundo acto apareció el gran Domingo, con su timbre de siempre (¡a semejante edad!), un fiato aun suficiente, un legato bellísimo y una enorme calidez expresiva. Al contrario de lo que algunos pudieran pensar, matizó bastante las dinámicas. Y nada de tendencias veristas, por cierto: su francés no es precisamente modélico, pero el estilo de canto tuvo toda la morbidez y distinción que Massenet reclama, sin subterfugios de cara a la galería. Algunas frases -la despedida de Thaïs al finalizar el primer cuadro del tercer acto- fueron de una belleza verdaderamente sublime. Si le pasa como con su Simon Boccanegra (observen la enorme progresión entre las grabaciones de Levine primero, Barenboim después y Pappano finalmente), dentro de un tiempo el tenor madrileño ofrecerá una recreación mucho más equilibrada, sólida y emocionante que esta -ya muy interesante- de Valencia. ¡Bravo!

Thais Domingo Fanale Valencia

Bien e incluso muy bien Malin Byström, voz atractiva e intérprete esforzada, y hubiera estado aún mejor si no hubiera pegado un horroroso chillido al finalizar el primer acto. En cualquier caso el rol titular es mucho antes central que agudo (no lo digo yo, lo dice la Fleming, genial intérprete de la cortesana), así que la soprano sueca pudo hacer gala de su notable instrumento y buen cantar. Su atractivo físico le ayudó bastante en escena. Menos interesante Paolo Fanale, que cantó en estilo pero sin proyectar bien la voz: o mejora en este sentido o no tiene mucho que hacer en la ópera. Muy bien el resto, destacando un más que notable Gianluca Buratto como Palémon; mucho mejor que, por ejemplo, el veterano Alain Vernhes en la filmación del Metropolitan de Nueva York con Fleming y Hampson (Decca, 2008).

Y ya que sacamos a colación al Met, la producción que hemos visto en Valencia me ha parecido muy superior a la del coliseo neoyorquino. Coincide con ésta en la traslación de la acción hasta fechas recientes -primera mitad del XX en la propuesta de John Cox, segunda mitad del XIX en la que viene de Gotemburgo-, pero acierta mucho más en el tratamiento de escenografía y vestuario, voluntariamente sobrecargados y excesivos (más obvio de la cuenta lo de las dunas a base de senos). La decadente atmósfera finisecular (Thäis se estrenó en 1894) a medio camino entre el simbolismo y el modernismo me pareció lograda. Se sacó además un excelente partido de la plataforma giratoria a la hora de plasmar la travesía por el desierto del monje Atanaël y de la cortesana -aquí actriz de prestigio- reconvertida a la vida espiritual; y no chirrió ésta en absoluto, al contrario de lo que al parecer ocurrió en otras noches.

No me convenció tanto que la directora de escena Nicola Raab mezclase una narración naturalista con elementos más bien conceptuales, porque el equilibro no estaba conseguido y algunos planteamientos resultaban ininteligibles. En cualquier caso el saldo final fue positivo y salimos todos -o eso creo- más que satisfechos. Éxito indiscutible para Les Arts.

lunes, 16 de abril de 2012

Domingo, un privilegio

Existe toda una línea de pensamiento entre los grandes expertos en voces según la cual Plácido Domingo es un cantante sobrevalorado. Ser entusiasta del tenor madrileño equivale para algunos a no tener ni idea de canto (o de lo que estas personas consideran que es el “canto verdadero”). Equivale a ser acrítico, a dejarse llevar por el marketing, a no saber valorar a los grandes artistas del pasado y a preferir la presunta vulgaridad de cara a la galería antes que la exquisitez que solo pueden apreciar paladares desarrollados.

Pero yo no soy un experto en voces. Me importa poco si la emisión es canónica o no. Y las críticas realizadas por melómanos que parecen foniatras no me convencen: creo que los árboles les impiden ver el bosque. Por eso no tengo ningún reparo en escribir que el artista madrileño siempre me ha parecido uno de los más maravillosos cantantes del mundo operístico. Y me lo sigue pareciendo, a tenor del Athanaël que le escuché ayer en Valencia. Porque, con todos los reparos que se le puedan poner (¿a quién no?), Plácido Domingo representa para mí la más admirable fusión entre belleza vocal, calidez expresiva y sinceridad dramática. Que no sea el mejor actor posible y que a sus eternas limitaciones en el agudo se unan problemas en el grave a la hora de abordar el repertorio baritonal no me preocupa en exceso. Su canto me estremece como el de pocos cantantes.

Domingo Athanael

Por ello intentaré escucharle todo lo que pueda hasta que se retire, incluso aunque a veces -es el caso de esta Thaïs- cante títulos que no me interesen demasiado. Resulta lógico que haya muchos aficionados -los arriba referidos- que le sigan poniendo pegas. Incluso hay expertos que continúan afirmando (¡a estas alturas!) que Plácido está acabado desde mediados de los ochenta. Lo comprendo, como ellos deberían entender que otros (pobres ignorantes que somos) preferimos al artista madrileño frente a algunos tenores o barítonos de voces espléndidas, canto maravillosamente canónico y agudos portentosos, pero de expresividad poco menos que glaciar.

Luego podrán molestar algunas de las numerosas maniobras comerciales del artista, y se podrá desear que parte del esfuerzo invertido en estas experiencias lo hubiese dedicado a preparar mejor los roles que estrena. Sin duda. Pero lo cierto es que a sus setenta y un años oficiales (seguramente son más), y haciendo gala de una lozanía tímbrica solo explicable por pacto con el diablo, Domingo no solo no disfruta de un semi-retiro dorado a base de recitales con caché millonario y fáciles cancioncillas en el programa, sino que mantiene una agenda apretadísima ampliando constantemente su repertorio con nuevos títulos (y en producciones escénicas a menudo diferentes entre sí) al tiempo que desarrolla una creciente actividad como director de orquesta con más y más partituras nuevas, de Mozart a Howard Shore pasando por Beethoven, Verdi, Puccini y Shostakovich, aunque no siempre lo haga bien.


Siendo una cuestión marginal que tiene poco que ver con los resultados artísticos, no quiero olvidar que Domingo es el número uno en atención al público: al contrario de que algunos divos del ayer y del hoy, el madrileño se queda en los camerinos hasta la hora que haga falta para que todos y cada uno de los fans que desean una firma o una foto se vayan satisfechos. Y si hace falta cantar al aire libre en medio de una temperatura gélida asomado al balcón del Teatro Real, lo hace. Su entrega al respetable es incondicional.

Por todo lo dicho, escuchar a Plácido Domingo -la próxima espero que sea en el Cyrano de Madrid- es para mí un privilegio y un acontecimiento. Cuando deje de cantar, se perderá la voz más emotiva que -para mi gusto y espero que el de miles de personas más- podemos hoy día escuchar en directo. Mal que les pese a los foniatras.

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En 2019 quedé hondamente impresionado por el Pelleas und Melisande de Schönberg que vi en un video, actualmente no disponible, en el que en...