lunes, 16 de abril de 2012

Domingo, un privilegio

Existe toda una línea de pensamiento entre los grandes expertos en voces según la cual Plácido Domingo es un cantante sobrevalorado. Ser entusiasta del tenor madrileño equivale para algunos a no tener ni idea de canto (o de lo que estas personas consideran que es el “canto verdadero”). Equivale a ser acrítico, a dejarse llevar por el marketing, a no saber valorar a los grandes artistas del pasado y a preferir la presunta vulgaridad de cara a la galería antes que la exquisitez que solo pueden apreciar paladares desarrollados.

Pero yo no soy un experto en voces. Me importa poco si la emisión es canónica o no. Y las críticas realizadas por melómanos que parecen foniatras no me convencen: creo que los árboles les impiden ver el bosque. Por eso no tengo ningún reparo en escribir que el artista madrileño siempre me ha parecido uno de los más maravillosos cantantes del mundo operístico. Y me lo sigue pareciendo, a tenor del Athanaël que le escuché ayer en Valencia. Porque, con todos los reparos que se le puedan poner (¿a quién no?), Plácido Domingo representa para mí la más admirable fusión entre belleza vocal, calidez expresiva y sinceridad dramática. Que no sea el mejor actor posible y que a sus eternas limitaciones en el agudo se unan problemas en el grave a la hora de abordar el repertorio baritonal no me preocupa en exceso. Su canto me estremece como el de pocos cantantes.

Domingo Athanael

Por ello intentaré escucharle todo lo que pueda hasta que se retire, incluso aunque a veces -es el caso de esta Thaïs- cante títulos que no me interesen demasiado. Resulta lógico que haya muchos aficionados -los arriba referidos- que le sigan poniendo pegas. Incluso hay expertos que continúan afirmando (¡a estas alturas!) que Plácido está acabado desde mediados de los ochenta. Lo comprendo, como ellos deberían entender que otros (pobres ignorantes que somos) preferimos al artista madrileño frente a algunos tenores o barítonos de voces espléndidas, canto maravillosamente canónico y agudos portentosos, pero de expresividad poco menos que glaciar.

Luego podrán molestar algunas de las numerosas maniobras comerciales del artista, y se podrá desear que parte del esfuerzo invertido en estas experiencias lo hubiese dedicado a preparar mejor los roles que estrena. Sin duda. Pero lo cierto es que a sus setenta y un años oficiales (seguramente son más), y haciendo gala de una lozanía tímbrica solo explicable por pacto con el diablo, Domingo no solo no disfruta de un semi-retiro dorado a base de recitales con caché millonario y fáciles cancioncillas en el programa, sino que mantiene una agenda apretadísima ampliando constantemente su repertorio con nuevos títulos (y en producciones escénicas a menudo diferentes entre sí) al tiempo que desarrolla una creciente actividad como director de orquesta con más y más partituras nuevas, de Mozart a Howard Shore pasando por Beethoven, Verdi, Puccini y Shostakovich, aunque no siempre lo haga bien.


Siendo una cuestión marginal que tiene poco que ver con los resultados artísticos, no quiero olvidar que Domingo es el número uno en atención al público: al contrario de que algunos divos del ayer y del hoy, el madrileño se queda en los camerinos hasta la hora que haga falta para que todos y cada uno de los fans que desean una firma o una foto se vayan satisfechos. Y si hace falta cantar al aire libre en medio de una temperatura gélida asomado al balcón del Teatro Real, lo hace. Su entrega al respetable es incondicional.

Por todo lo dicho, escuchar a Plácido Domingo -la próxima espero que sea en el Cyrano de Madrid- es para mí un privilegio y un acontecimiento. Cuando deje de cantar, se perderá la voz más emotiva que -para mi gusto y espero que el de miles de personas más- podemos hoy día escuchar en directo. Mal que les pese a los foniatras.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

En realidad has definido perfectamente lo que yo pienso que es el amor por la música.. quizás no seamos foniatras ni muchísimo menos pero la música (y el arte en general) es mucho más sencillo que todo eso.. o te emociona o no: dígase de un cuadro, un libro, una partitura, una voz, una escultura......
El conocimiento en concreto es algo que viene después (o no) y no por ello se disfruta menos. Quizás de una manera diferente.

Felirosi dijo...

No seré yo quién ponga en duda la gran categoría global de Plácido como artista. Hay que reconocersela, resistencia, expresividad. duración, capacidad, musicalidad, calidez, etc., etc. Pero no sois justos cuando afirmais que es necesario ser un foniatra para criticarlo y preferir otros. A mi por ejemplo me hace sufrir enormemente en esos agudos siempre al borde del quiebre, ese timbre engolado en tantos momentos, la dificultad para la media voz y el pianísnimo, esos trucos para mantener la línea de canto, que, perdonarme la expresión, cantan, y no se trata de estudios superiores. Solo escuchando. Lo que no impide sus grandes méritos, insisto, que se los reconozco.