lunes, 11 de abril de 2011

Interesante caja Edwin Fischer en Orfeo

FISCHER, Edwin: obras de Beethoven, Brahms, Mozart y Schumann.
Wolfgang Schneiderhan, violín. Enrico Mainardi, violonchelo.
Orquesta Filarmónica de Viena. Edwin Fisher, piano y dirección.
Orfeo, C 823 104 L
4 CDs 267’54’’
ADD
Diverdi
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M H


Cuatro compactos recogen la mayoría de los testimonios sonoros de Edwin Fischer en el Festival de Salzburgo. Tocando y dirigiendo al mismo tiempo, algo inhabitual allá por 1946, triunfa con los conciertos nº 22 y 25 del compositor de Don Giovanni ofreciendo un Mozart musculoso, rotundo e intenso, que sin perder elegancia sabe ofrecer claroscuros, pathos y tensión. A destacar en el KV 482 el concentrado arranque del segundo movimiento, así como la mágica cadenza del tercero.

En 1952 y 1953 se presenta junto al violín afilado de Wolfgang Schneiderhan y al violonchelo blando e impersonal de Enrico Mainardi con interpretaciones irregulares que se caracterizan por su enfoque mucho antes lírico que dramático. Convence el Trío con piano nº 6 de Mozart pese a un Allegro final en exceso recatado, pero el Archiduque beethoveniano solo interesa por los pasajes desmaterializados del segundo movimiento. Al Trío nº 1 de Brahms le faltan garra y tensión sonora, justo lo que sí ofrecen en una recreación del de Schumann donde por fin logran aunar introversión y apasionamiento.

Decepcionante, para terminar, el recital de 1954: su Beethoven, de óptica más bien clasicista, resulta hoy poco comprometido, lineal y hasta aséptico, además de problemático desde el punto de vista técnico. En cualquier caso, y siendo flojísima la Sonata Pastoral, merece la pena escuchar el Adagio molto esencial y fantasmagórico de la Waldstein y una op. 111 más apolínea que visionaria.

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Escribí este texto el pasado mes de diciembre para la revista Ritmo, pero de momento ha quedado fuera por falta de espacio.

PS. Al final la reseña ha sido publicada en el número de mayo de 2011.

domingo, 10 de abril de 2011

Creemos en la resurrección de los muertos

No hace falta que Gerard Mortier insista en la huella que le ha dejado su educación jesuítica. Se nota a la legua. Sobre todo en lo que a la resurrección de los muertos se refiere. Lean, lean lo que le dice a Gemma Pajares (periodista a la que le recomendamos escuche más ópera y vea menos películas de mamporros protagonizadas por Jean-Claude Van Damme) en la entrevista que aparece en La Razón (el subrayado es mío, claro) cuando le preguntan sobre la escuela de canto que quiere crear:

"(...) invitaríamos a grandes cantantes para impartir clases de técnica y estilo. Entrarían aquí Teresa Berganza, Pilar Lorengar, una artista con un gran estilo aristocrático y estupenda mozartiana, Raúl Giménez. Me gustaría contar también con José Van Damme y Juan Pons."

Si la enorme soprano zaragozana aparece por la Plaza de Isabel II será un acontecimiento para no perdérselo. Lo juro. Que se vaya preparando Iker Jiménez. Por mi parte, le propongo a Mortier que le pida a John Corigliano que vaya escribiendo una nueva ópera, "Los fantasmas del Real". La podría protagonizar Miguel Fleta. ¡Menudo bombazo!

http://www.larazon.es/noticia/9450-decir-que-los-cantantes-carecen-de-estilo-no-es-provocar

sábado, 9 de abril de 2011

El Réquiem Alemán por Harnoncourt: manso corderito

BRAHMS: Réquiem alemán.
Genia Kühmeier, Thomas Hampson.
Coro Arnold Schoenberg. Orquesta Filarmónica de Viena. Dir: Nikolaus Harnoncourt.
RCA, 88697720662
CD 72’01’’
DDD
Sony – BMG
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Paradójico, o quizá no tanto: quien habitualmente se caracteriza por los claroscuros en el fraseo, la incisividad en los ataques, la aspereza en el tratamiento tímbrico, la heterodoxia en los tempi y el despliegue de un altísimo sentido teatral, se convierte en manso corderito en este Réquiem Alemán grabado en la Musikverein vienesa en diciembre de 2007. El vibrato, eso sí, se ha moderado lo suficiente como para que se note la “preocupación filológica”, pero en realidad todo suena con una belleza sonora tersa y pulida como la del Abbado más refinado, o bien con la masividad hinchada del Karajan más narcisista. En cualquier caso, lo hace con una absoluta falta de compromiso expresivo, léase de tensión sonora, de matices, de creatividad, de emoción en definitiva. El tierno lirismo brahmsiano brilla por su ausencia, mientras que la angustia que albergan los pentagramas sólo llega a aflorar -menos mal- en el nº 3, donde Harnoncourt logra dar lo mejor de sí mismo -incluso revela detalles muy interesantes en la orquestación- y Thomas Hampson sabe conjugar naturalidad, belleza canora y congoja sincera. Genia Kühmeier está muy correcta, mientras que la orquesta da buena cuenta de su nivel y el Coro Arnold Schoenberg resulta técnicamente insuperable en su comprometidísima parte.

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Artículo publicado en el número de abril de 2011 de la revista Ritmo

jueves, 7 de abril de 2011

Decepcionante Werther en el Real

Flojo, muy flojo, el Werther que dejó programado Antonio Moral para el Teatro Real. O al menos a mí me lo pareció en la función del pasado domingo 3, porque fallaron los dos pilares fundamentales: dirección musical y escénica. La producción de Willy Decker es buen teatro, incluso excelente teatro: personal, inteligente, muy atractiva desde el punto de vista plástico (interesante la escenografía de Wolfgang Gussmann) y bien realizada. Pero una cosa es hacer un buen espectáculo teatral y otra muy distinta ofrecer un buen Massenet. Planteamientos así, a medio camino entre el expresionismo y lo conceptual, pueden funcionar maravillosamente (y funcionan: recuerdo ahora la soberbia Lulu que le vimos en Sevilla) en otros repertorios, mas no en este. El melodrama romántico tiene sus reglas, y lo que se veía sobre la escena no encajaba con lo que se escuchaba.

Emmanuel Villaume sí parecía dominar medianamente el lenguaje massenetiano -la morbidez, la elegancia más o menos indolente y todo eso-, pero la inspiración no apareció por ningún lado. Todo sonó gris, rutinario, incluso por momentos algo machacón. Y no hace falta irse a la genial dirección de Michel Plasson en el DVD con Kaufmann: Julius Rudel realizó una soberbia labor hace años en este mismo teatro (no estuve presente pero conservo la emisión televisiva, que le recomiendo busquen por Internet).


Así las cosas, poco podían hacer los cantantes. Por eso no lució Sophie Koch, tan admirable como en el citado DVD de Plasson: voz, estilo y una perfecta gradación de la expresividad la convierten en una Charlotte de referencia. La admiración que siento por José Bros (más por la seriedad de su carrera que por sus maneras de hacer) la he dejado ya clara en este blog (enlace). Lamentablemente su Werther me defraudó: elegantísimo siempre, de un gusto exquisito, le encontré incómodo en lo vocal y plano en su recreación del protagonista. Alguien dirá que hacer el personaje con una voz y una línea así implica semejante distanciamiento expresivo. Pues miren, no es así: escuché hace ya lustros en el Maestranza a cierto tenor de Las Palmas de Gran Canaria al que se le escuchaba muchísimo mejor -con más potencia y solidez- y que supo inyectar mucha más intensidad al personaje. La comparación, más que odiosa, me temo que es necesaria.

Ángel Ódena me pareció un Albert innecesariamente sombrío y monolítico. Más me interesó la Sophie de Auxiliadora Toledano, una voz ciertamente prometedora. Mediocre Jean-Philippe Lafont, ya muy mayor para salir al escenario. E irregulares los dos comparsas de la obra, Schmidt y Johann, que siempre he encontrado un tanto molestos en este título. Y es que, para ser sinceros, hay que reconocer que pese a sus instantes de mágica belleza (el dúo del primer acto, gran parte del tercero), la inspiración de Massenet conoce serios baches que solo pueden ser superados por una interpretación de primer orden. Esta del Teatro Real distó de serlo.

En cualquier caso, les animo a leer una opinión muy diferente en el blog La Verbena (enlace).

martes, 5 de abril de 2011

Pons y la ONE en homenaje a Visconti

Si como director me parece de lo más irregular e imprevisible, en su faceta de programador Josep Pons me resulta interesantísimo. Su propuesta para el pasado fin de semana al frente de la Orquesta Nacional de España fue todo un acierto, combinando las Danzas de El Gatopardo de Nino Rota con la Quinta de Mahler, cuyo Adagietto permanecerá siempre ligado a Muerte en Venecia por obra y gracia de Luchino Visconti, figura a la que este tan largo como atractivo programa rendía homenaje. Buena manera de hacer venir hasta la sala de conciertos a los cinéfilos, al tiempo que se abre un merecido hueco al compositor milanés en la agenda de nuestras formaciones sinfónicas, tan reacias a incluir música de cine en sus programas.


Del disco que Josep Pons grabó para Harmonia Mundi con música de Nino Rota guardo un triste recuerdo: me irritó cómo estaba dirigido (escúchese este repertorio a Riccardo Muti o a Yannik Nézet-Séguin) y lo guardé en algún rincón remoto de mi estantería. Cuando ahora le he vuelto a escuchar las Danzas no me he disgustado tanto, y hasta he de reconocer que el maestro se ha esforzado por frasear con elegancia, cantabilidad y delectación. Quizá demasiada: a mí me parece que la música de Nino Rota no es tan afeminada. Una dosis menor de preciosismo y algo más de brillantez, de sentido del humor y de entusiasmo por parte de la batuta no hubieran venido nada mal.

La Quinta de Mahler me interesó mucho en su primera media hora, haciendo gala Pons de buen pulso, irreprochable idioma e innegable convicción; únicamente alguna frase demasiado dulce en el segundo movimiento indicaba que el maestro terminaría cayendo en la trampa de "hacer bonito". El tercero me pareció bastante correcto, aunque no estoy de acuerdo con la idea de colocar al trompa solista (por cierto muy notable, aunque a mí personalmente no me gustase mucho su sonido) junto al podio, porque en semejante ubicación le resulta muy difícil empastar. El enfoque del Adagietto fue coherente con el homenaje a Visconti y su Muerte en Venecia: lánguido, tristón y decadente. A esas alturas el Rondo-Finale me resultó aburrido, aunque justo es reconocer que, como en el resto del concierto, Pons cuidó la sonoridad, evitó el escándalo gratuito y obtuvo un magnífico rendimiento de la orquesta. Esto ultimo fue quizá lo mejor de la matinal del domingo 3 a la que asistí: comprobar que la ONE, cuando se lo toman todos muy en serio, sabe estar a la altura de lo que debería ser siempre, es decir, nuestra más importante formación sinfónica.

Me gustaría añadir que mi gozo al comprobar que José Luis Pérez de Arteaga escribía las notas al programa (enlace) se transformó en decepción al descubrir que la mayor parte de ellas son una transcripción casi literal -hay ligerísimas modificaciones y diferentes amputaciones- de su excelente libro dedicado a Mahler: página 8 a la 21 de las notas se corresponden con las 291 a 298 de la monografía, esto es, con la sección correspondiente a la Quinta mahleriana, si bien desde el segundo párrafo de la página 10 hasta el primero de la 13 nos encontramos con una interpolación de las páginas 111 y 113, de nuevo con alguna que otra variación esporádica y con la inclusión (única novedad en el programa de mano de la ONE con respecto al libro) de una breve cita del diario de Alma Schlinder sobre la frustración ante una cena a la que Mahler no asistió. En ningún caso Pérez de Arteaga (auto)cita su monografía, lo que podría dar pie a entender que estas notas son un texto nuevo escrito para la ocasión por encargo de la Nacional de España. La verdad, esperaba otra cosa de él.

lunes, 4 de abril de 2011

Incompetencia en la Orquesta de la RTVE

El título de esta entrada no se refiere precisamente al nivel técnico que la Orquesta de Radio Televisión Española ofreció bajo la batuta de Carlo Rizzi el pasado viernes 1 de enero, que a mi entender fue muy notable, sino a una chapuza en la planificación de la velada mal resuelta por quienes tienen a la postre que dar la cara, es decir, por los gestores de la formación. En principio la primera parte incluía El Moldava y el estreno de un encargo de la Fundación Autor y la AEOS a Eduardo Pérez Maseda, para reservar la segunda nada menos que a la monumental Sinfonía Fausto, cuya duración ronda los setenta y cinco minutos. No hace falta decir que la mayoría del personal -no es mi caso, que acudí por el Liszt- estaba allí por el bellísimo poema sinfónico de Smetana. Pues bien, una vez sentados todos en el Teatro Monumental se anuncia por megafonía que "por razones ajenas a la orquesta, no se interpretará El Moldava. Ni anuncio en la puerta, ni devolución de entradas a quien lo desease, ni disculpas por parte de la organización. ¿Razones? En Facebook (enlace) se da una pista:

"Lamentamos anunciar que se suprime Moldava de B. Smetana del programa de esta semana. El director ha estimado que el programa es demasiado largo y complicado y ha preferido dedicar más tiempo a las otras dos complejas obras. Los programas de este tipo han sido demasiado frecuentes esta temporada y esperamos que, por el bien de todos, la temporada que viene la programación sea más razonable."

Leyendo entre líneas, me permito aventurar que la longitud del programa hizo a Rizzi pedir más horas de ensayos, cosa que probablemente -y con razón- los sindicatos no habrán querido aceptar. O a lo mejor no y ha sido cosa únicamente del maestro milanés. Sea como fuere, lo que está claro es que la responsabilidad última es de la gerente María José Prieto Falcón, y que esta en lugar de resolver el asunto debidamente (más dinero para pagar ensayos extras, o bien reconocer el error de confeccionar un programa tan dilatado y pedir disculpas) ha salido del paso con una chapuza que ha supuesto una patada el en culo a quienes nunca se les puede propinar: a los que hemos pagado la entrada.

Lo peor, en todo caso, fue lo que vino después: la muy mediocre calidad de la obra de Pérez Maseda, que tras cinco minutos de cierto atractivo revela una lamentable pobreza de ideas y termina aburriendo a las piedras. Sinceramente, para ofrecer una obra de semejante "dureza" para el oído de los abonados de la RTVE -no precisamente acostumbrados a realizar un gran esfuerzo-, mejor se hubiera optado por, pongamos por caso, el impresionante Concierto para Orquesta de Elliott Carter, por citar una obra con el mismo nombre y estética no muy lejana. Los aplausos fueron terriblemente fríos y desganados, y eso que la interpretación (¡magnífico el timbalero!) resultó formidable. El ambiente de la sala se podía cortar con un cuchillo. A la salida, una señora le decía a otra "¡menudo mamarracho nos han colocado!". No seré yo quien les lleve la contraria.

La segunda parte sí dejó a todos satisfechos: una obra maestra que se hace poquísimo (porque es muy cara: coro masculino y tenor dramático para tan solo unos minutos) en interpretación de muy alto nivel. Por descontado que hemos de olvidarnos de las más grandes interpretaciones discográficas de la partitura (a mi juicio las de Bernstein, Muti y Solti, por este orden, y sin incluir a Barenboim, mal que le pese a algún amigo mío), pero en cualquier caso Carlo Rizzi dirigió con gran convicción, gusto irreprochable y -sobre todo- excelente trazo, sin lagunas, a lo que contribuyeron unos tempi más bien rápidos pero en absoluto precipitados. Obtuvo además un rendimiento de la orquesta digno de toda admiración: pocas veces la he escuchado yo sonar así de bien.

Matizando un poco, habría que apuntar que lo menos bueno fue el primer movimiento, dicho un tanto de pasada, sin la atmósfera densa ni el ímpetu visionario deseables. Magnífico por el contrario Rizzi en el segundo: la poesía sensual, voluptuosa y un punto ingenua de Gretchen parecen venirle como anillo al dedo. La parte mefistofélica estuvo bastante bien planteada, aun sin particular incisividad. La transición a la sección coral no me pareció satisfactoriamente resuelta, pero el nivel volvió a subir en seguida gracias a la sorprendentemente buena intervención de la sección masculina del coro de la RTVE. Y mejor de lo esperable el tenor Jean-Francis Monvoisin, con poquita voz pero plausible línea, sin recurrir al falsete y ofreciendo algún regulador de gran hermosura. Creo que a todos se nos pasó el cabreo de la primera parte y salimos bastante contentos de una interpretación de un nivel que, dado lo poco que se programa esta obra, difícilmente volveremos a disfrutar en directo.

Me queda una pregunta en el aire: ¿por qué demonios no quisieron los profesores de la Orquesta de Valencia que Rizzi fuera su titular? ¡Qué oportunidad perdida!

sábado, 2 de abril de 2011

Ullmann y Zemlinsky en DVD: El enano y El jarrón roto

ULLMANN: El jarrón roto. ZEMLINSKY: El enano.
Dixon, Dunleavy, Johnson, Anthony. Coro y Orquesta de la Ópera de Los Ángeles. Dir. James Conlon.
Arthaus 101 527
DVD 122’
DDD
Ferysa
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El jarrón roto es una breve comedia, simpática pero menor, que escribió Viktor Ullmann poco antes de ser encerrado en Terezin (moriría dos años más tarde gaseado en Auschwitz); recuerda un poco a La nariz, de Shostakovich, sin llegar ni mucho menos a su grado de acidez y surrealismo. El enano había sido escrita por Zemlinsky mucho antes, recibiendo su estreno de la mano de Otto Klemperer en 1922. Basada en un relato de Oscar Wilde inspirado a su vez en Las meninas, nos encontramos frente a un drama con no pocos parentescos temáticos -lo señala el propio James Conlon en sus magníficas notas- con Salomé. La música, de embriagadora sensualidad, alcanza altas cotas de emotividad en el momento en el que el protagonista descubre la verdad de su naturaleza: no es más que un bufón que sirve de juguete a la caprichosa infanta de España.

Las dos obras reciben en esta filmación de marzo de 2008 unas notables interpretaciones apoyadas en la sensatez de la doble producción escénica a cargo de Darko Trensjak (inspirada en el cuadro velazqueño en el caso de Zemlinsky) y, sobre todo, en la magnífica labor de batuta de James Conlon. Correctas las voces, sobresaliendo la infanta de Mary Dunlevay y defraudando el barítono James Johnson en su doble papel de Don Estoban y del juez Adam. El enano de Rodrick Dixon queda muy por debajo en lo vocal de David Klueber (protagonista de la grabación en audio del propio Conlon, en EMI), pero convence en su labor escénica. Como no hay alternativas, DVD obligatorio.

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Artículo publicado en el número de marzo de 2011 de la revista Ritmo

PS. Justo después de visionar este DVD la emoción me llevó a dejar unas líneas en este blog (enlace) sobre el recibimiento que algunos críticos sevillanos le propinaron a la idea de Pedro Halffter de programar conjuntamente El enano y Una tragedia florentina. Pues bien, añadamos ahora que el Liceu anuncia una programación teóricamente más conservadora para la próxima temporada con motivo de la crisis, e incluye en ella el mismo doblete Zemlinsky que se vio junto a la Torre del Oro (como también esa maravilla que es El Gran Macabro, dicho sea de paso). Está claro que el concepto de "modernidad" no es el mismo en Barcelona que en Sevilla. Sea como fuere, el acierto a la postre fue para el Maestranza, que marcó el gol de estrenar en España ambas partituras. Mal que le pese a algunos.

Sensacional debut discográfico de Lahav Shani y Múnich

En 2019 quedé hondamente impresionado por el Pelleas und Melisande de Schönberg que vi en un video, actualmente no disponible, en el que en...