martes, 23 de septiembre de 2008

Nuevos aires para el Villamarta

No deja de resultar arriesgado aportar opiniones comprometidas en este mundillo jerezano que rodea al Teatro Villamarta que -no somos los primeros en decirlo, aunque sí en escribirlo- se estaba pareciendo cada día más a un régimen soviético en el que los disidentes primero eran castigados -conocemos a quien hace tiempo suprimieron el encargo de notas al programa-, luego vilipendiados con anónimos y finalmente expulsados de los medios locales para ser confinados en la lejana Siberia de las revistas especializadas, mientras se colocaba en el Pravda local, para que repitan aquello del “todo nos sale estupendamente”, a individuos que trabajan para el Sistema; concretamente a uno de los miembros del personal de seguridad del teatro y a un componente del coro local, este último esposo de la habitual regidora de las producciones líricas, y presidente a su vez de una particular KGB encubierta de asociación cultural. Todo queda en casa, atado y bien atado.

Pero ahora las cosas pueden cambiar. Y no sólo porque el director del medio de comunicación que había realizado tan bochornosas actuaciones se ha ido con la música a otra parte, sino porque Francisco López, que pasa a ocupar un puesto de muy alta responsabilidad en la gestión cultural jerezana, deja su cargo en manos de quien durante todos estos años ha sido su mano derecha, la joven Isamay Benavente. Una profesional que aunque a buen seguro seguirá las directrices generales de programación marcadas por aquél, posee un talante muy distinto a la de su antiguo jefe y puede traer un soplo de aire fresco a un teatro que, se diga lo que se diga, no vive sus mejores momentos en lo que a música clásica se refiere (lo del brillantísimo Festival de Jerez es otro cantar). La temporada lírica, concretamente, parece haberse estancado.

Y eso que los primeros años fueron extraordinariamente prometedores. El muy inteligente Francisco López y su estupendo equipo realizaron un planteamiento basado en la variedad de títulos y estilos, la confianza en las voces jóvenes españolas -no sólo por ahorro, sino también por el apoyo que todo centro público debe ofrecer a nuestras potencialidades artísticas-, por el equilibrio entre voces y escena y por la realización de producciones propias destinadas al intercambio; todo ello reforzado con espectáculos “de fuera” con títulos más originales a cargo de artistas de solvencia. Pudimos así ver cosas tan interesantes como El dragón de Wantley de John Frederick Lampe, La reina de las hadas -con Robert King-, Porgy and Bess o -en versión muy recortada- La Dama de Picas, junto a notables propuestas locales de Carmen, Traviata, Elixir o Bohème, por ejemplo, entre otras sólo aceptables o -en algunos casos- francamente mediocres. Y aún habría que añadir un montón de zarzuelas de irregular nivel y alguna curiosa recuperación, como Los Amantes de Teruel de Tomás Bretón (de interés mucho antes histórico que musical, dicho sea de paso). Todo ello resultaba milagroso, independientemente de los resultados interpretativos, para un teatro de escasísimo presupuesto en una ciudad de sólo 200.000 habitantes.

Doce años después las circunstancias no son las mismas. Gracias a la admirable labor realizada hasta ahora el público ha ido madurando; pide cosas nuevas y, desde luego, se ha vuelto más exigente. El problema no es sólo que el nivel no sube, lo que es comprensible dado que el presupuesto es cada vez más exiguo, sino que el interés de las propuestas ha bajado. Y no sólo por motivos económicos. Las tres últimas producciones propias, si descontamos la infantil El diluvio de Noé, han sido las muy mediocres de La flauta mágica, Il trovatore y La hija del regimiento. En el foso se ha instalado de manera casi permanente la Filarmónica de Málaga, a la que muy pocos directores -Udaeta en el citado título de Donizetti sería una excepción- han hecho sonar bien. ¿No hay otras superiores que sean sólo un poco más caras? El coro local sólo en los últimos meses parece que empieza a despegar en lo artístico, mientras que el reconocimiento de su labor por parte de la cúpula del teatro es, para muchas sensibilidades, asignatura pendiente.

Se sigue apostando por las voces jóvenes, lo que es estupendo, pero en algunos casos -demasiados- la elección no parece acertada, pues se ofrecen algunos papeles que no sólo están por encima de sus posibilidades, sino que pueden terminar afectando vocalmente a nuestras jóvenes promesas. En la batuta la solvencia se alterna con la mediocridad. La falta de ensayos se deja ver en demasiadas ocasiones en la noche del estreno. Y, lo más grave, los títulos que componen el grueso de la producción se están repitiendo una vez tras otra dejando montones de obras importantes sin aparecer, desprendiendo en la elección de los mismos un tufillo a rancio demasiado evidente. ¡Ni una sola obra de Wagner y Strauss hasta la fecha! Y que nadie alegue la dificultad: también es casi imposible enfrentarse a un monstruo como Il Trovatore desde provincias, pero aquí bien que se ha hecho en dos ocasiones. En cuanto a eso de que “el público no está preparado para ciertos títulos” (sí, eso se dijo desde la cúpula del teatro), el disparate es manifiesto.

Así las cosas, parece que el Villamarta necesita dar un nuevo rumbo a sus producciones líricas. Necesita abrirse a nuevos títulos y repertorios, lo que no consiste en limitarse a ofrecer L’Orfeo de manera semiescenificada o El castillo de Barbazul en versión concierto, sino en incluir en el grueso de la temporada algunos de los grandes títulos del repertorio alemán, aunque sea con orquestación reducida, más varios Rossinis que no sean el Barbero, algo de Haendel, quizá algún Britten y, cómo no, cosas tan indispensables como Così, Ballo, Otello, Murciélago, Cavalleria, Pagliacci o Pélleas, por ejemplo, y no repetir una vez y otra lo mismo. ¡Tres Traviatas! ¡Tres Rigolettos! Y ya se han visto por duplicado Flauta mágica, Don Giovanni, Barbero, El elixir de amor, Trovatore, Romeo y Julieta, Carmen, Bohème y Butterfly.

Para esta temporada 2008/09 las cosas no parecen cambiar lo suficiente. Se acierta en pleno al programar Jenufa, desde luego, mientras que contar con la voz de Elisabete Matos para cantar nada menos que Turandot es una buena baza para correr el admirable riesgo de interpretar una ópera tan exigente para todos. Pero nos parece un error estropear La italiana en Argel con el Lindoro de José Luis Sola, la batuta de Alvaro Alviach y la dirección escénica de Gustavo Tambascio (¡qué desperdicio Chausson aquí en medio!), y no digamos hacer una obra maestra absoluta como Falstaff contando con Luis Cansino como protagonista y acudiendo a Stefano Poda para la escena. En cuanto a ofrecer por tercera vez El elixir de amor, y encima con la Arteta, parece a todas luces excesivo para un teatro reinaugurado en noviembre de 1996, por mucho que cuestiones económicas hagan necesario rescatar producciones propias. Y es que a López, basta con repasar sus años al frente del Gran Teatro de Córdoba, le gustaba repetir una y otra vez los mismos títulos.

Necesita el Villamarta además modificar hasta cierto punto la filosofía de las producciones escénicas. Que se ofrezcan cosas distintas a las que preparan habitualmente el tándem Francisco López/Jesús Ruiz y sus directos colaboradores, a veces con mucho acierto y a veces con bastante menos; que se puedan ver enfoques distintos y complementarios que ilustren al público sobre la variedad de las propuestas escénicas operísticas en la actualidad. López presumía de ofrecer producciones “modernas”, pero en realidad, y por mucho que venturosamente anden alejadas de lo rutinario y lo acartonado, en el fondo no lo son tanto. Claro que de esto en Jerez no se pueden enterar quienes no tienen la oportunidad de volar por ahí a ver lo que se está haciendo -bueno y malo- en otros lugares.

Es necesario también que se arrincone de una vez por todas a los dos o tres batuteros habituales de la casa que han terminado arruinando numerosas funciones. En este sentido los gustos de Francisco López han demostrado ser muy discutibles: a quien esto suscribe directores de su total confianza como Luis Remartínez o Miquel Ortega le parecen deplorables. Una mala batuta es capaz de destrozar toda una producción completa, y eso en Jerez o hemos podido comprobar en más de una ocasión. Directores de solvencia también han pasado por el foso jerezano: confiemos en que Isamay potencie su presencia y que añada otros nombres nuevos que sean capaces, también hay que decirlo, de trabajar con el tiempo encima y con voces jóvenes que en muchos casos debutan sus roles. Y no se olvide que no siempre coincide lo que es un buen director de ópera con un director “que guste a los cantantes”.

Asimismo hace falta apoyar mucho más al coro, reforzar sus puntos más débiles (voces femeninas, sobre todo) y compensar de alguna manera su esfuerzo. ¿Pagando? Pues si es necesario sí, y tal vez no sea tan difícil encontrar patrocinadores para ello. Y si no, al menos no hay que hacerles el feo. ¿Sabían ustedes que cuando sus miembros pidieron entradas para el ensayo general de Norma, una de las pocas producciones en las se negaron a participar por agotamiento, se les dio la negativa a pesar de que se trataba de una función con público? Es una anécdota de lo más significativa. Alguien parece olvidar que demasiadas veces sacan estos señores las castañas del fuego al Villamarta: son ellos los que le hacen un favor al teatro, no al revés. Por otra parte, encontrar un buen director estable y consolidar su posición de la manera adecuada -algún día alguien habrá de contar cómo fue tratado el anterior, Ángel Hortas- es otra de las asignaturas pendientes. Estamos seguros que el talante y la mano izquierda de Isamay, virtudes de las que carecía el férreo Francisco López, hará cambiar las cosas.

Parece además indicado que, sin dejar de contar con voces jóvenes locales, se busquen fuera -y gastando el presupuesto que sea necesario dentro de las obvias limitaciones- a cantantes idóneos para los roles más emblemáticos y difíciles del repertorio. Si se quiere hacer Flauta Mágica hay que buscar una Reina de la Noche con un mínimo de condiciones. Si se plantea una Fille tiene que haber un Tonio que sepa cantar (y que se haya aprendido el papel, dicho sea de paso). Y si no, pues que de momento no se haga. Son las instituciones públicas las que aquí tienen que realizar las aportaciones económicas que sean necesarias, y a partir de ahí tirar el Villamarta de la agenda y empezar a buscar voces de un nivel aceptable.

Tema aparte es el de la comunicación. Los ciudadanos se quejan continuamente por la falta de promoción de muchos espectáculos, y señalan la paradoja de que a veces se conoce mejor lo que se programa en el Teatro Falla de Cádiz, que coloca carteles por las calles jerezanas, que lo que se ofrece en el Villamarta; parece ser que a López este medio de promoción no le gustaba. Los encartes en prensa son caros, ciertamente, pero aún así habría que hacer un esfuerzo por que las “asociaciones culturales” y los medios presuntamente “comprometidos” no lo sean sólo para las óperas más célebres (¡qué fácil es apuntarse a lo popular para salir en la foto!), sino también para aquellos espectáculos -líricos o no- en principio minoritarios pero en ocasiones muchísimo más interesantes por su calidad.

Por otra parte la revista del Villamarta necesita corregir los graves errores del cambio de orientación que se realizó hace no mucho: la maquetación es ahora pésima -el texto resulta ilegible-, mientras que la señora que escribe todos los textos, presunta especialista en ballet clásico, no tiene la más pajolera idea de lo que se tiene entre manos, dicho sea con el (escaso) respeto que se merece una persona que cobra por meter en la coctelera los dossiers de prensa y cuatro lugares comunes.

Finalmente el Villamarta necesita, lo apuntábamos en artículos de meses anteriores, que se acabe el lameculismo con la dirección del teatro, que se aplauda lo mucho que se tiene que aplaudir y que al mismo tiempo se critique abiertamente todo aquello que parece necesario mejorar. Que desaparezca el pseudo-clientelismo establecido con ciertos críticos y medios de comunicación que sólo buscan su propio beneficio. Que los artistas y creadores que trabajan para el teatro puedan realizar sus aportaciones: nos consta que alguno tuvo que salir “por patas” por sus diferencias creativas con la anterior dirección.

Hace falta que la gente -no nos referimos principalmente a la crítica- se atreva a opinar. Algunas producciones propias se podían haber salvado si alguien hubiera exclamado a tiempo “¡esto que estamos haciendo no funciona!”. Pero no había valor, en parte porque la anterior cúpula del Villamarta nunca estuvo muy abierta a considerar las opiniones ajenas, y en parte porque algunos consideran la opinión disconforme como ignorancia o, peor aún, como traición. Quizá ahora sea el momento en el que el miedo a decir lo que se piensa dé paso al diálogo constructivo, y que en vez de seguir aplicando la dinámica del “ordeno y mando”, un ambiente de libertad y creatividad permita entrar aire fresco a un teatro que ha aportado muchísimo en el panorama escénico andaluz, pero que ha de adaptarse a los nuevos tiempos que corren.

No debe interpretarse lo hasta aquí escrito como un mensaje catastrofista. Decir que el Villamarta está mal sería mentir descaradamente. Pero sí que se encuentra en una etapa de estancamiento en la que, tras haber cimentado un merecido prestigio, va dejando al descubierto puntos débiles -los arriba referidos- que se deben atender. Por ello mismo, y aplaudiendo con entusiasmo la en general fantástica labor de Francisco López, pensamos que resulta positivo este cambio de rumbo que puede contribuir a romper con el conformismo acrítico y construir sobre lo mucho ya edificado, posibilitando que el Villamarta tenga un buen futuro en un panorama lírico nacional que cada día, pese a todos sus problemas, cuenta con mayor, más variada y mejor oferta. Renovarse o morir.

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Artículo publicado en el número 88, junio-septiembre de 2008, de Filomúsica.

Nuevo número de Filomúsica

Por fin ha aparecido el nº 88 de Filomúsica, en el que se publican -con evidente retraso- una serie de críticas que he ido realizando a lo largo de los últimos meses: Maximiano Valdés al frente de la Sinfónica de Sevilla, la Tabernera del puerto que se hizo en el Maestranza con José Bros encabezando el elenco, el recital de zarzuela a cargo de éste último y su esposa y, perteneciendo ya a la presente temporada, la floja Vida Breve presentada al alimón en Sevilla por la ROSS y la Bienal de Flamenco.

Se incluye también un largo comentario sobre la última edición del West-Easter Divan; si hasta ahora en el blog no había comentado nada sobre estos conciertos de Barenboim es precisamente porque confiaba en ver pronto publicado dicho texto. La espera, como puede verse, ha sido más larga de la cuenta.

Hay finalmente un largo artículo de opinión sobre la actual situación del Teatro Vilamarta que, aprovechando que la nueva Temporada Lírica comienza esta misma semana, reproduzco en su integridad en la siguiente entrada del blog. Los demás textos pueden todos leerse en la habitual dirección http://www.filomusica.com/

lunes, 22 de septiembre de 2008

Un nuevo comienzo

La adjudicación como plaza definitiva de profesor de Enseñanza Secundaria en el IES Doctor Francisco Marín de Siles (Jaén), un instituto grande, prestigioso y activo enclavado en este pequeño y tranquilo enclave en plena Sierra de Segura, supone para mí un nuevo comienzo no en mi trayectoria profesional, pues con el traslado sigo trabajando en lo que más me gusta, pero sí en lo personal y, desde luego, en lo musical, toda vez que a partir de ahora y por unos cuantos años mi vida se va a centrar muy lejos de mi Jerez de la Frontera natal.

Supone este cambio también un nuevo comienzo para el blog, que perdió actividad debido a unas vacaciones basante ajetreadas -para bien- y luego quedó casi encallado con las numerosas ocupaciones derivadas de la mudanza y el comienzo de curso. Por fin con conexión a Internet en mi nuevo hogar, y bien lejos de las garras de la asociación jerezana Al-Qadia, espero a partir de ahora seguir publicando con regularidad entradas sobre temas musicales de diversa índole, fundamentalmente comentarios de las audiciones que empezaré a realizar en mi nuevo equipo de música y de los espectáculos a los que pueda asistir en mis escapadas de fines de semana. ¡Gracias por leerme!

miércoles, 10 de septiembre de 2008

Tres momentos de Pavarotti

Como pequeño homenaje a Pavarotti en el primer aniversario de su fallecimiento, aquí va esta reseña que escribí en febrero de 2007 para Ritmo.
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Estos tres DVDs ya aparecidos hace tiempo y que Decca ahora reúne en un pack, ofreciéndolos a un precio algo más bajo que el habitual, son reflejo de tres momentos bien distintos en la carrera de Luciano Pavarotti. En 1981 era aún el gran tenor que arrasó en los sesenta y setenta con un timbre increíblemente hermoso (¿ha habido otro semejante en esa mágica unión entre terciopelo y luminosidad?), una extensión considerable que no conocía pérdidas de homogeneidad, un irresistible verbo italiano y, sobre todo, un agudo segurísimo, fulgurante y arrebatador. Cierto es que se pueden preferir otros enfoques para el Duque de Mantua más digamos “psicológicamente complejos”, más “altareros”, o quizá más “señoriales”, que ya sabemos que la capacidad introspectiva no fue nunca el fuerte del tenor modenés; también es verdad que ciertos alardes canoros muy adecuados en un teatro sobran en una película pensada para ser vista en el salón doméstico, más aún si quién dirige ésta es un Jean-Pierre Ponnelle mucho más atento a la integración entre música y drama -es decir, a lo que ya con esta genial obra buscaba claramente Verdi- que al lucimiento de los solistas.


Pero Pavarotti utiliza como arma, junto a su instrumento privilegiado, una extroversión, un apasionamiento y una comunicatividad -mucho antes espontánea y natural que reflexiva- que le hace ganar plenamente la partida. Algo parecido a lo que le pasa a Riccardo Chailly con su dirección tan vitalista, contrastada y muy latina, ya que no atmosférica ni particularmente dramática, al frente de nada menos que la Filarmónica de Viena. Y todo lo contrario de lo que le ocurre a Edita Gruberova, que a pesar de contar con una voz no menos privilegiada y con un superior virtuosismo, fracasa con una Gilda insincera, narcisista, anémica y desmayada. Ingvar Wixell, ya se sabe, mucho mejor viéndolo que sólo escuchándolo en su papel del bufón. Una filmación de Rigoletto que sin duda hay que conocer, pese a que el playback resulta hoy bastante artificioso.

En 1991 Pavarotti era ya el personajillo de los “mass media”, el de la sonrisa tan amplia como falsa y el pañuelo en la mano, el de la voz aún hermosa pero ya declinante, el de la rutina y el escaso compromiso expresivo. Sólo un año antes el concierto de los Tres Tenores en las Termas de Caracalla le habían convertido en ídolo de masas comparable a una estrella del pop, y este célebre recital en Hyde Park bajo la lluvia terminó de cincelar su imagen pública y de abrirle el camino del dinero fácil que le llevaría, a medida que iban mermando sus facultades, a sustituir las funciones de ópera por Pavarotti & Friends y horrores similares. Claro que quien tuvo retuvo, y ante un público londinense que debió de mojarse mucho y escuchar bien poco, y que parece más atento a saludar a la cámara que a disfrutar en lo posible de la música, pudo aun exhibir buenos medios y una excelente línea en arias como “Recondita armonía” o “Vesti la giubba” -en otras se quedó muy corto-, por no hablar de la luminosidad y el vuelo lírico con que cantó las inevitables canciones italianas. Le acompañaba sin mucha inspiración y sin aprovechar lo suficiente a la Philharmonia Orchestra Leone Magiera, su colaborador durante muchos años.

Es precisamente el ex marido de la Freni uno de los entrevistados que aporta cosas interesantes en el documental de hora y media que ocupa el tercer DVD. En él se acompaña a Pavarotti desde marzo de 2003 hasta su despedida del Met un año después, prestando especial atención a acontecimientos como su boda con Nicoletta (se oye “cantar” a Bocelli durante la ceremonia) e indagando de manera más bien superficial en su vida cotidiana. El resultado es muy triste: lo que aquí vemos es un Pavarotti en una anticipada decrepitud, torpe en los movimientos y con escasos reflejos en la palabra, ridículamente maquillado y un tanto ajeno a la corte que le rodea, amén de bastante mermado vocalmente en lo poco que se le escucha cantar. Desde luego el documental está realizado de manera espléndida (magnífica la dirección de Francis Hanly, y sobresaliente la narración de Ian McKellen), pero es más un producto promocional que otra cosa, pasando completamente de lado sobre lo que es el arte del tenor. Tampoco logra convencernos a la hora de presentarnos su figura como la de un hombre sencillo, de provincias y buen amigo de sus amigos, porque ya sabemos cómo se las gastaba el italiano. Lo más interesante, la breve pero curiosa entrevista a Pavarotti -quien no regatea elogios a Di Stefano y Corelli, sus dos grandes ídolos- y la más extensa a Roberto Alagna en torno al tenor modenés. Se incluyen como propinas tres arias filmadas en recitales multitudinarios de los noventa y los excelentemente realizados videoclips de las dos últimas canciones que grabó: el simpático “In canto” y el tan hortera como divertido “Ti adoro”. Poco después un tumor en el páncreas empezaría a acabar con la vida de quien, pese a todo, ha sido uno de los más grandes tenores de los últimos cincuenta años. Y el más popular. Descanse en paz.


VERDI: Rigoletto. Pavarotti, Wixell, Gruberova, Furlanetto, Vergara, Barbieri. Coro de la Ópera de Viena. Orquesta Filarmónica de Viena. Dir: Riccardo Chailly.
Decca, 00440734166.
DVD 116’
DDD
Universal
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PAVAROTTI EN HYDE PARK. Obras de Verdi, Meyerbeer, Puccini, Massenet, Leoncavallo, etc. Angrea Grimielli, flauta. Coro y Orquesta Phiharmonia. Dir: Leone Magiera.
Decca, 0711509.
DVD 99’
DDD
Universal
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M


PAVAROTTI: THE LAST TENOR. Una película de Francis Hanly, escrita y producida por Adam Sweeting.
Decca, 0743102.
DVD 88’ (+ 77’ extras)
DDD
Universal
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M
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Artículo publicado en el nº 807, abril de 2008, de la revista Ritmo.

viernes, 22 de agosto de 2008

Entrevista a Pedro Halffter

Ahora que se rumorea que Pedro Halffter podría ir al Teatro Real -en realidad el rumor circula desde que Juan Carlos Marset llegó al INAEM-, parece un momento oportuno para traer aquí la entrevista que le hice al músico madrileño hace tres meses para la revista Ritmo.


Pedro Halffter (Madrid, 1971), nacido en una familia sobre cuya tradición musical no hace falta insistir, ha sido Principal Director Invitado de la Orquesta Sinfónica de Nuremberg y titular de la Orquesta de Jóvenes del Festival de Bayreuth. En la temporada 2004/05 se convierte en Director Artístico y Titular de la Orquesta Filarmónica de Gran Canaria, y desde poco después compagina esta responsabilidad con la de Director Artístico del Teatro de la Maestranza y la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Mucho se ha hablado de su gestión al frente de las referidas instituciones, pero pocos se han interesado por el músico -director, compositor y apasionado melómano- que está detrás de su figura. En esta entrevista, realizada en Sevilla el pasado mes de mayo durante los ensayos de Una tragedia florentina y El enano, óperas de Zemlinsky finalmente interpretadas con rotundo éxito, intentamos acercarnos a esa faceta.

La próxima temporada lírica del Teatro de la Maestranza se abre nada menos que con Doktor Faust, de Busoni. Debe de ser una partitura muy difícil de dirigir.

Sí, es tremendamente complicada, muy exigente para todos: orquesta, coro, solistas… Por otra parte la puesta en escena, cuyo estreno tuve la suerte de presencial en Berlín, es una propuesta extraordinaria de Mussbach, que se ha presentado también en Salzburgo y en el Metropolitan. Programar esta ópera es una apuesta más del teatro por diseñar temporadas en el que el repertorio se entrelaza con apuestas por títulos nunca escuchados en Sevilla y en España. Se trata de un título extraordinariamente interesante, porque Busoni consigue un idioma propio utilizando recursos como el atonalismo, el dodecafonismo… Un idioma que se parece a todo y al mismo tiempo no se parece a nada.

La figura de Busoni se revaloriza con el tiempo.

Así es. Vivió en Berlín y tuvo contacto con todo lo que se estaba creando en aquel momento. Hay una correspondencia muy interesante entre él y Schönberg. Por otra parte tenía unas aspiraciones artísticas muy ambiciosas. En sus textos dejó muy claro qué es lo que deben ser la ópera, el compromiso artístico, el compositor, etc. En Doktor Faust se acerca a un mito muy complejo hacia el que habitualmente se realizan acercamientos parciales, empezando por el de Gounod, que ofrece una visión muy afrancesada y “moralista”. Pero si uno se acerca de una forma general al mito comprueba que tiene mucho que ver con Orfeo. Fausto es una “alemanización” de ese mito. Los dos personajes pactan con los infiernos. Cuando el compositor italiano se adentra en la figura de Fausto llega a interesantes conclusiones psicoanalíticas; por ejemplo, cuando aborda el embarazo de Margarita se acerca al mito que se denomina “del nonato”. Aparte está el asunto vocal. Generalmente tenemos la idea de Fausto como un tenor, pero en este caso es un barítono, mientras que Mefistófeles tiene la voz de tenor, que es más cercana y digamos “seductora”. El mal tiene que ser seductor. El pecado debe de ser algo que nos produzca algún tipo de placer.

¿Se considera usted antes director o compositor?

Las dos cosas a la vez. Son dos mundos que se complementan. Es una lástima que se haya perdido esa tradición del compositor intérprete, que ha sido tan fundamental en la historia de la música. Uno aprende a componer interpretando, y a interpretar componiendo. La necesidad de expresar a través de lenguajes adquiridos de otros compositores se ha dado en toda la historia de la música. Fijémonos por ejemplo en estas dos óperas de Zemlinsky que estamos interpretando. En Una tragedia florentina se ve directamente la influencia de Strauss, e incluso hay citas textuales de El caballero de la rosa. Hay también partes de Debussy, y más aún dentro de El enano, que es una obra que coge mucho más de otros compositores que la anterior. En esta última también hay una cercanía evidente al lenguaje de Puccini, e incluso en algunos momentos recuerda a Madama Butterfly. Hay muchos recursos de instrumentación similares a Salomé. Y hay partes que son muy parecidas a la Séptima de Mahler; de hecho hay un tema que es prácticamente igual que el del cuarto movimiento. Creo que Zemlinsky había interpretado -o al menos conocía perfectamente- esa Séptima, que además se estrenó en Praga cuando él ya trabajaba en el teatro de la ciudad. Los compositores tendemos a recoger la sabiduría que otros han utilizado. El mejor ejemplo es Wagner. Qué sería Wagner si no hubiera conocido la música de Liszt. Y qué sería de Liszt si no hubiera conocido la de Berlioz...

¿Qué es más importante para un compositor, comunicarse con el público o satisfacer sus propias inquietudes?

Lo más importante es el compromiso artístico, el compromiso creativo con la propia música y con lo que él cree que debe ser la creación. Nadie puede presumir de portar la antorcha de la verdadera evolución de la música. Miremos hacia atrás. Antes del año 1945 convivían y se admiraban mutuamente Mahler, Schönberg, Sibelius, Ravel, Stravinsky, etc. Alban Berg tenía una grandísima opinión sobre Puccini. Es verdad que también estaban los escritos de Stravinsky criticando a otros creadores, pero a la vez reflejando su admiración por músicos como Ravel. Debemos intentar buscar un lenguaje propio y autentico sin enarbolar ningún tipo de bandera. La postura de optar por una estética más “dura” es tan respetable como la que piensa que la comunicación con el público es parte fundamental de la música. La composición nunca debe ser excluyente; en realidad, cualquier tipo de creación artística nunca debe serlo, aunque a veces se perciba lo contrario. Todas las posturas tienen que convivir, igual que el público convive con esas músicas que se crean. El compositor debe ser no solamente creador, sino también parte del “escuchador”. La música no puede existir sin tres cosas: el compositor, el intérprete y el oyente. Si no hay alguien que la escuche, ese triángulo no se completa, porque no existe algo tan fundamental en la música como es la comunicación. Nosotros como músicos debemos ser capaces de estar en cualquiera de esas tres posiciones, entre ellas la de oyente, la de “disfrutador” de la música. A veces se nos olvida. A mí me encanta ir a conciertos.

Algo que no les ocurre a muchos músicos…

Pues yo disfruto muchísimo y aprendo. Siempre me aportan algo como músico.

¿No tiene la sensación de que la creación musical de hoy día se encuentra girando en círculos, e incluso se fagocita a sí misma?

Creo que esa es una cuestión general dentro del arte. ¿En qué momento de su evolución está ahora mismo la pintura? También gira sobre sí misma. ¿Y el cine? Hay una evidente problemática creativa; ahí están los remakes, que se han convertido en un tanto por ciento muy elevado de la producción cinematográfica, porque hay una crisis de guiones y ya no se sabe qué más contar. ¿Qué es lo que ocurre con la filosofía? ¿Qué camino están recorriendo ahora los pensadores? Está desde la filosofía más ridícula de autoayuda que uno puede encontrar en los supermercados hasta… En fin, hay un peligro de involución en todos los sentidos. Hemos llegado hasta un punto y a partir de ahí parece como si estuviésemos “rebotando” hacia atrás. Y al fin y al cabo la música y los seres humanos que la crean somos parte de ese proceso.

¿No habría entonces una evolución lineal de la música?

Evidentemente hay una evolución en que es lineal, sobre todo en la música centroeuropea: Haydn, Mozart, Beethoven, Schubert, Mendelssohn, Brahms, Strauss, Mahler, Dodecafonismo… Pero a lo mejor existe también una que no es lineal, por ejemplo en la música francesa. ¿Qué diferencias armónicas hay, por ejemplo, entre la obra de Debussy y la de Messiaen? Muy pocas. El propio Messiaen hablaba de Albéniz como su gran profesor de armonía. Si uno toma los acordes de Albéniz y luego las piezas para piano de Messiaen -lo que él llamaba las “cascadas de acordes”- encuentra que son muy parecidos; lo que hace Messiaen es sistematizar esa forma de trabajar a través del sistema de escalas que él crea.

La evolución del género operístico a veces ha sido más en espiral que lineal…

Hay una ópera que me parece fundamental dentro de la creación del siglo XX: Ariadna en Naxos. Se ha pasado por encima de ella sin darle la importancia que tiene. En un momento en el que cada vez la orquesta de ópera es más grande, pensemos en Wozzeck o Lulu, incluso en Ravel, de pronto Strauss escribe una ópera “de cámara”, ofreciendo un ejercicio de constricción, utilizando una amplia serie de elementos y metiéndolos en una orquesta para treinta y tantos músicos. Plantea un camino que después nadie sigue. A lo mejor lo hace Stravinsky un poco más tarde con The rake progress, pero creo que eso es otra cosa diferente. Ariadna es para mí una ópera ejemplar en todos los sentidos.

Más aún si se hace con El burgués gentilhombre.

Sí, digamos que El burgués… es el paralelo en la música sinfónica. Después de cosas como la Sinfonía Alpina, de repente vamos a hacer aquí algo distinto, de manera paralela hasta cierto punto con la Alborada del gracioso, Le toumbeau y obras en esa línea. Ese camino ha tenido más evolución en la música francesa, por ejemplo en las óperas de Milhaud o Poulenc: Les mamelles de Tirésias y La Voix Humanie tienen una orquesta bastante pequeña. Pero en la música alemana el legado de la Ariadna tarda mucho en recogerse, excepto en la música de Kurt Weil, si bien ese es otro camino. Hubiera sido muy interesante que compositores como Alban Berg hubieran hecho una ópera pequeña. ¿Y qué hubiera pasado si Anton Webern hubiera compuesto una ópera?

¿Qué le aporta su faceta de compositor a la de director?

Ante todo una profunda admiración hacia los grandes compositores. Cuando uno escribe para orquesta se da cuenta de la maestría de las obras que dirige, trátese de estas óperas de Zemlinsky, de una sinfonía de Mahler o incluso de la sinfonía de Korngold que acabamos de grabar en Las Palmas de Gran Canaria. Por ejemplo, tengo el facsímil en casa de la obertura de Maestros Cantores, y en ella asombra la pulcritud del autor: se puede dirigir la orquesta con el manuscrito de Wagner. Tengo también el de la Novena de Beethoven, pero ahí el asunto es muy distinto: admiro a la persona que pudo copiar esa obra, porque ahí se ve cómo el compositor iba tachando, borrando, manifestando su personalidad… Verdaderamente hay que sentarse a descifrar la escritura. Poder observar esas cosas es impresionante. Pero quizá lo más grande es Bach. Asombra la escritura de la Pasión según San Mateo: está escribiendo la que quizá sea la partitura más importante de la historia de la música, pero cuando termina el primer coral, en vez de dejar la página en blanco, escribe el primer recitativo justo abajo, en un espacio pequeño con una letra muy cuidada… Y todas las palabras de Jesús están escritas en rojo. Era extraordinariamente cuidadoso.

Su formación como director es básicamente centroeuropea.

Sí, antes de trabajar de una forma estable en España tuve la suerte de dirigir muchas orquestas alemanas, alrededor de unas treinta. Hay en allí una cosa muy positiva que es el respeto por la música en general, y el orgullo que sienten por su propia música en particular, que interpretan con una sabiduría y una forma propias. Ese orgullo lo debíamos transmitir a nuestros autores y a nuestra propia historia. Claro que, como ocurre con tantas cosas, hay un movimiento muy reivindicativo hacia la música española y otro que la desdeña: hay que conciliar esas dos posturas. Tenemos que sentirnos orgullosos de nuestro propio patrimonio, y de alguna manera ayudar a crear nuestro propio lenguaje.

¿Y cómo podremos conseguir eso?

Sólo se podrá crear trazando un camino que se pueda seguir, es decir, una tradición. Si no la empezamos a crear hoy nunca va a existir. Nuestro problema es que no tenemos Romanticismo. No tenemos ningún compositor que haya escrito una sinfonía realmente importante dentro del siglo XIX, aparte de la de Arriaga, fantástica pero poco representativa del periodo de Beethoven y Mendelssohn. Sólo existen intentos como las sinfonías de Bretón, por ejemplo; la segunda está incluso en la misma tonalidad de la Heroica, pero es muy posterior a ella. Lo mismo nos ocurre en la ópera. Hemos hecho un intento importante en el Maestranza recuperando La muerte de Tasse, de Manuel García, que tiene partes muy interesantes, sobre todo por la cercanía que tiene con Spontini, Cherubini o el primer Berlioz. Pero no encontramos ninguna Condenación de Fausto. Ahora bien, tenemos una música castiza en el mejor sentido, la zarzuela, que saca los sentimientos más populares de la música. Por eso creo que hay que tratar la zarzuela con el respeto que se merece, e intentar interpretarla lo mejor posible. Es un legado que nos puede gustar más o menos, pero que debe tratarse siempre de una manera digna.

¿Cuál es su acercamiento a una obra que se le pone por delante?

De una partitura existen millones de lecturas; unas podrán gustar más y otras menos, pero no creo que exista una interpretación absoluta y perfecta. Parto de la base de que, como decía Mahler, la partitura es un proyecto; en ella está todo lo importante menos lo esencial. Existe una lectura absoluta que es la que está en la cabeza del compositor, y de esa traslación del cerebro a la partitura hay una cierta traslación de imperfecciones, porque esa música absoluta es imposible de volcar en un papel. Y esa segunda traducción, que es la del intérprete, todavía tendrá más imperfecciones.

Traductor, traidor.

Exactamente. Lo que tenemos que intentar es leer, a través de lo que pone esa partitura, la intención original del compositor. Pero los absolutos no existen, igual que no existe la verdad absoluta. Lo propio absoluto está directamente relacionado con la no existencia. Luego las traducciones del intérprete pueden ser más o menos discutibles, y eso es muy interesante para el público. Mi profesor en Viena, Leopold Hager, me contaba que cuando iba a ver los ensayos de Karl Böhm tocando las sinfonías de Mozart con la Filarmónica no estaba de acuerdo para nada con lo que hacía, pero que a pesar de ello le parecía maravilloso. Hoy día uno escucha su Réquiem de Mozart y dice que ya no se interpreta así, pero no deja de encontrarlo extraordinario. Tiene una fuerza y un sentimiento realmente profundos. Otro caso es el de Furtwängler: cómo se acerca a la música, con qué una libertad. Pienso ahora en su Cuarta de Schumann, arrolladora, admirable, con esos cambios de tempo, esos crescendi... Hoy ya lógicamente nadie se atreve a interpretarla así. Hay una anécdota muy bonita que contaba un músico de la Filarmónica de Berlín: estaba ensayando con un director invitado, y de pronto, la orquesta empezó a sonar de una manera diferente y maravillosa. .. Furtwängler había entrado en la sala.

Hoy parece haber desaparecido esa figura del director mítico.

Estamos en una sociedad donde ya no se desarrolla ese tipo de mito: según se crea un mito, la sociedad se encarga de destruirlo. Es como si nos diera miedo crearlos. Esto es parte intrínseca de nuestra propia evolución. Pensemos en los actores de Hollywood. Los que admiramos son todos del pasado. La cuestión es saber si estos actores con los que convivimos hoy hubieran nacido en 1930 tendrían esa aura de prestigio. Lo mismo ocurre con los tenores. Bueno, está un Juan Diego Flórez, que lleva una evolución que puede convertirle en un mito. Pero aparte de él y lógicamente de Plácido Domingo, no hay mucho más. Me gustaría escuchar la opinión de los propios cantantes. Es curioso el caso Callas: se crea un mito cantando en un espacio de tiempo relativamente corto. Corelli también cantó poco, pero fue un mito absoluto. En cuanto a los directores, está claro que una orquesta del siglo XXI no permitiría unas actitudes a lo Toscanini, tan duras y enérgicas, tan discutible desde el punto de vista humano.

¿Qué diferencia encuentra entre las dos formaciones de la que es titular, la Filarmónica de Gran Canaria y la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla?

El lenguaje en el que se mueven las orquestas siempre se encuentra basado en los músicos muy diversos que las integran, así que, desde luego, cada una tiene su propia personalidad. Desde mi punto de vista las dos son de una calidad excelente, y lo digo absolutamente orgulloso de todos los componentes que las forman. Ahora bien, intento potenciar en las programaciones las virtudes de cada una, y de hecho repito muy pocas obras en una misma temporada. Con Gran Canaria hemos hecho mucho Strauss: Sinfonía Doméstica, Vida de Héroe, Sinfonía Alpina… Asimismo hemos continuado con una tradición anterior de traer directores invitados que hagan interpretaciones de corte más o menos historicista. En Sevilla en cambio hemos seguido una línea más mahleriana, así como más cercana a la música rusa, con Tchaikovsky, Rachmaninov, Shostakovich, etc. Y aquí hemos empezado una iniciativa este año de directores afines a la interpretación barroca con la Misa en Si menor de Bach. Es una línea interesante que aportado a la orquesta una forma de trabajar diferente, pero que aquí se había practicado pocas veces: vinieron hace tiempo Helmut Rilling, Robert King y poco más. Esta muy bien que existan esas interpretaciones con instrumentos originales, pero las orquestas sinfónicas comunes no deben abandonar ese repertorio. Y es interesante no sólo para ellas, sino también para el público.

¿Qué proyectos tiene para la Filarmónica de Gran Canaria?

Por ejemplo, deberíamos hacer un esfuerzo por hacer a medio plazo dos conciertos de abono por programa. En segundo lugar, la orquesta debería aumentar su número de músico para abarcar todos los ámbitos que ahora mismo hay en la isla, como son el Teatro Pérez Galdós, la Asociación de Amigos de la Ópera y lo que es la propia actividad sinfónica. Es necesario potenciar más la presencia dentro de Gran Canaria. Luego hay otra serie de cosas, como las giras internacionales y el tema de grabaciones, que creo que tenemos bien cubierto. El camino discográfico de la OFGC es importante y muy positivo. Por lo pronto pensamos continuar nuestro contrato con Warner, pero además hemos llegado también a un acuerdo con Decca para grabar una serie de cosas.

Anteriormente la orquesta había tenido presencia en algunos sellos baratos de importante difusión.

Cierto, pero es importante el salto cualitativo a sellos como Warner, que tiene una distribución mucho mayor, ofrece una toma de sonido más satisfactoria, hace campañas de promoción importantes y cuida mucho la presentación. Pensemos que el CD se está convirtiendo en un elemento de lujo. Si uno hace un disco tiene que tener una buena presentación, un bonito libreto y una buena carátula. Ha de ser una experiencia algo más global, en la que uno no sólo escucha sino también ve y lee. Esto también es bueno para la imagen de la orquesta.

Por cierto, algunas orquestas ya han optado por colgar sus grabaciones en Internet, unas de manera gratuita, como la Sinfónica de Chicago o la Filarmónica de Nueva York, y otras previo pago, como la Philharmonia.

Sí, precisamente cuando estuve el año pasado en la Philharmonia me pidieron permiso para ello. De hecho tengo la Cuarta de Beethoven que dirigí en el Queen Elisabeth Hall de Londres disponible dentro de su web. Es muy interesante, pero no es comparable con la experiencia de escuchar un disco. Yo me considero un discófilo. Me encanta comprar y escuchar discos. Y pienso que escuchando a través del ordenador no se pueden percibir todos los colores y todos los detalles. Cuando grabamos un CD en Gran Canaria no doy el visto bueno hasta que no lo pruebo en el aparato de música en mi casa, en el que estoy acostumbrado a escuchar todas las grabaciones. Esa es para mí la referencia. Como intérprete sí me resulta interesante acceder a una grabación de la Philharmonia o de la Sinfónica de Chicago, ver qué ha hecho tal maestro, qué tempi habrá cogido y todo eso, pero creo que el verdadero melómano y discófilo no va a poder evitar seguir comprando discos.
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Este artículo fue publicado en el nº 810, julio-agosto de 2008, de la revista Ritmo.

jueves, 21 de agosto de 2008

Comprar clásica en Lisboa

La prolongación de mis vacaciones con una estancia en la cutrísima, personalísima y fascinante capital portuguesa me ha permitido hacer algunas adquisiciones que me animan a escribir unas líneas que tal vez puedan servir de orientación a quien se acerque por allí con la intención de, entre otras cosas, engrosar su colección de discos. Pues bien, en Lisboa el mercado de la clásica parece encabezado por la FNAC. Existen dos sucursales, pero yo sólo conozco la que se encuentra en pleno centro turístico, en la Rua do Carmo, justo entre el Rossio y el Chiado. El fondo de catálogo es notable, similar al de Madrid, y los precios bastante parecidos a los de la tienda de la calle Preciados. En esta ocasión no he encontrado grandes ofertas, pero sí algunas promociones puntuales de cierto interés. Por ejemplo, unas buenas rebajas de cosas de Universal -me hice con varias- y de algunos lanzamientos de Jordi Savall. Se pueden localizar además algunas ediciones que no se encuentran con facilidad en España. Merece la pena echar un vistazo.

No muy grande pero bastante digna la selección de El Corte Inglés (grandes almacenes amadísimos por los lisboetas, dicho sea de paso). Las ofertas son menos jugosas que las del propio ECI en España, pero aún así se encuentran cositas apetecibles: pillé varios discos de Gothic Voices en una descatalogación de Hyperion. Fue allí donde por fin he podido encontrar los nuevos lanzamientos de la serie HM Gold, que hasta ahora, que yo sepa, no se pueden encontrar en las estanterías de España (seguramente lo harán dentro de poco, pero aun así me hice con los que me interesaban).

Lo más curioso del ECI de Lisboa fue ver algunos lanzamientos de DG en Japón -de Karajan concretamente-, por desgracia a unos precios de infarto, así como cierto número de LPs de nueva edición, seguramente también de procedencia nipona. Por cierto, me regalaron un sampler del Bizet de Minkowski del que me gustaría hablar algún día, cuando haya reunido valor para enfrentarme a la legión de seguidores de este director.

Hay un tercer punto de atención. Se trata de una tiendecita al lado de la FNAC, bajando por la calle Rua Nova de Almada, que vende únicamente Naxos y productos por ellos distribuidos. Los precios aquí son algo inferiores a los de las tiendas antes referidas, y tienen lanzamientos que difícilmente se pueden ver en España, como la colección de musicales de Naxos -me compré unos cuantos- o los lanzamientos editados por la propia London Philharmonic Orchestra -me hice con el interesantísimo Rachmaninov de Jurowski-. Total, que hay más motivos que los propiamente turísticos para darse una vuelta por Lisboa.

domingo, 10 de agosto de 2008

Comprar clásica en París

Como esto es un blog sobre música clásica no diré nada sobre mis andanzas por Beauvais, Amiens, Rouen, Caen, Bayeux, Evreux y Chartres en busca de Románico y Gótico, pero sí algo sobre las tiendas de París por si a alguien que se decida a acudir a la carísima capital francesa le puedo dar alguna pista. Pues bien, allí el terreno es sin duda de la cadena FNAC, que en sus principales tiendas (hablo de las del centro de la ciudad, claro está) ofrece un stock bastante amplio y algunas ofertas realmente apetecibles; por poner sólo un ejemplo, me compré la integral de sinfonías de Shostakovich por Kitajenko en SACD por sólo 28 euros. Claro que junto a cosas tentadoras había un montón de discos supuestamente rebajados que estaban a un precio muy similar al que tienen en España, así que hay que andar con ojo. 

Junto a FNAC, Virgin Megastore ofrece asimismo un surtido de bastante variedad, aunque las ofertas allí nos han parecido mucho menos numerosas. En la tienda de los Campos Elíseos se podían encontrar numerosos CD japoneses de lo más apetitoso (clásicos del disco reeditados como debe ser, es decir, con su portada y acoplamiento originales y con el sonido mejorado); los precios, eso sí, son de aúpa. Al margen de estas dos, no es difícil encontrar tiendas de Harmonia Mundi muy completitas, no sólo por su fondo de catálogo propio sino también por los sellos que distribuye. La atención es personalizada y competente. Por desgracia esta cadena es la más cara vendiendo.

Claro que para quien no tiene mucho dinero y para los buscadores de tesoros el mayor interés está en la tiendas de segunda mano. Hay una muy interesante -y muy cutre- en la calle Saint Michel, la principal arteria del Barrio Latino; por desgracia no recuerdo el nombre, Pero la tienda más importante es la que, un poco más arriba de la misma calle, la cadena Gibert Joseph dedica a compactos y DVD. Allí hay de todo, incluyendo un notable fondo de primera mano (con algunas buenas ofertas) y otro no menos amplio de segunda. Los precios, eso sí, son muy variables, e incluso es posible encontrar la misma grabación, en ejemplares usados, con varios precios diferentes en distintos puntos de la tienda. Había cosas buenísimas por tres o cuatro euros, y ya se podían comprar DVDs de interés por diez o doce. Incluso se podían adquirir SACD de segunda mano por un precio más que decente: por sólo diez, creo recordar, me hice con Midnigh at Notre-Dame, un recital de Olivier Latry en DG, la misma tarde en que pude escuchar en directo al organista francés al frente de ese maravilloso instrumento que es el órgano (romántico, por supuesto) de la capital gala.

Sensacional debut discográfico de Lahav Shani y Múnich

En 2019 quedé hondamente impresionado por el Pelleas und Melisande de Schönberg que vi en un video, actualmente no disponible, en el que en...