martes, 23 de septiembre de 2008

Nuevos aires para el Villamarta

No deja de resultar arriesgado aportar opiniones comprometidas en este mundillo jerezano que rodea al Teatro Villamarta que -no somos los primeros en decirlo, aunque sí en escribirlo- se estaba pareciendo cada día más a un régimen soviético en el que los disidentes primero eran castigados -conocemos a quien hace tiempo suprimieron el encargo de notas al programa-, luego vilipendiados con anónimos y finalmente expulsados de los medios locales para ser confinados en la lejana Siberia de las revistas especializadas, mientras se colocaba en el Pravda local, para que repitan aquello del “todo nos sale estupendamente”, a individuos que trabajan para el Sistema; concretamente a uno de los miembros del personal de seguridad del teatro y a un componente del coro local, este último esposo de la habitual regidora de las producciones líricas, y presidente a su vez de una particular KGB encubierta de asociación cultural. Todo queda en casa, atado y bien atado.

Pero ahora las cosas pueden cambiar. Y no sólo porque el director del medio de comunicación que había realizado tan bochornosas actuaciones se ha ido con la música a otra parte, sino porque Francisco López, que pasa a ocupar un puesto de muy alta responsabilidad en la gestión cultural jerezana, deja su cargo en manos de quien durante todos estos años ha sido su mano derecha, la joven Isamay Benavente. Una profesional que aunque a buen seguro seguirá las directrices generales de programación marcadas por aquél, posee un talante muy distinto a la de su antiguo jefe y puede traer un soplo de aire fresco a un teatro que, se diga lo que se diga, no vive sus mejores momentos en lo que a música clásica se refiere (lo del brillantísimo Festival de Jerez es otro cantar). La temporada lírica, concretamente, parece haberse estancado.

Y eso que los primeros años fueron extraordinariamente prometedores. El muy inteligente Francisco López y su estupendo equipo realizaron un planteamiento basado en la variedad de títulos y estilos, la confianza en las voces jóvenes españolas -no sólo por ahorro, sino también por el apoyo que todo centro público debe ofrecer a nuestras potencialidades artísticas-, por el equilibrio entre voces y escena y por la realización de producciones propias destinadas al intercambio; todo ello reforzado con espectáculos “de fuera” con títulos más originales a cargo de artistas de solvencia. Pudimos así ver cosas tan interesantes como El dragón de Wantley de John Frederick Lampe, La reina de las hadas -con Robert King-, Porgy and Bess o -en versión muy recortada- La Dama de Picas, junto a notables propuestas locales de Carmen, Traviata, Elixir o Bohème, por ejemplo, entre otras sólo aceptables o -en algunos casos- francamente mediocres. Y aún habría que añadir un montón de zarzuelas de irregular nivel y alguna curiosa recuperación, como Los Amantes de Teruel de Tomás Bretón (de interés mucho antes histórico que musical, dicho sea de paso). Todo ello resultaba milagroso, independientemente de los resultados interpretativos, para un teatro de escasísimo presupuesto en una ciudad de sólo 200.000 habitantes.

Doce años después las circunstancias no son las mismas. Gracias a la admirable labor realizada hasta ahora el público ha ido madurando; pide cosas nuevas y, desde luego, se ha vuelto más exigente. El problema no es sólo que el nivel no sube, lo que es comprensible dado que el presupuesto es cada vez más exiguo, sino que el interés de las propuestas ha bajado. Y no sólo por motivos económicos. Las tres últimas producciones propias, si descontamos la infantil El diluvio de Noé, han sido las muy mediocres de La flauta mágica, Il trovatore y La hija del regimiento. En el foso se ha instalado de manera casi permanente la Filarmónica de Málaga, a la que muy pocos directores -Udaeta en el citado título de Donizetti sería una excepción- han hecho sonar bien. ¿No hay otras superiores que sean sólo un poco más caras? El coro local sólo en los últimos meses parece que empieza a despegar en lo artístico, mientras que el reconocimiento de su labor por parte de la cúpula del teatro es, para muchas sensibilidades, asignatura pendiente.

Se sigue apostando por las voces jóvenes, lo que es estupendo, pero en algunos casos -demasiados- la elección no parece acertada, pues se ofrecen algunos papeles que no sólo están por encima de sus posibilidades, sino que pueden terminar afectando vocalmente a nuestras jóvenes promesas. En la batuta la solvencia se alterna con la mediocridad. La falta de ensayos se deja ver en demasiadas ocasiones en la noche del estreno. Y, lo más grave, los títulos que componen el grueso de la producción se están repitiendo una vez tras otra dejando montones de obras importantes sin aparecer, desprendiendo en la elección de los mismos un tufillo a rancio demasiado evidente. ¡Ni una sola obra de Wagner y Strauss hasta la fecha! Y que nadie alegue la dificultad: también es casi imposible enfrentarse a un monstruo como Il Trovatore desde provincias, pero aquí bien que se ha hecho en dos ocasiones. En cuanto a eso de que “el público no está preparado para ciertos títulos” (sí, eso se dijo desde la cúpula del teatro), el disparate es manifiesto.

Así las cosas, parece que el Villamarta necesita dar un nuevo rumbo a sus producciones líricas. Necesita abrirse a nuevos títulos y repertorios, lo que no consiste en limitarse a ofrecer L’Orfeo de manera semiescenificada o El castillo de Barbazul en versión concierto, sino en incluir en el grueso de la temporada algunos de los grandes títulos del repertorio alemán, aunque sea con orquestación reducida, más varios Rossinis que no sean el Barbero, algo de Haendel, quizá algún Britten y, cómo no, cosas tan indispensables como Così, Ballo, Otello, Murciélago, Cavalleria, Pagliacci o Pélleas, por ejemplo, y no repetir una vez y otra lo mismo. ¡Tres Traviatas! ¡Tres Rigolettos! Y ya se han visto por duplicado Flauta mágica, Don Giovanni, Barbero, El elixir de amor, Trovatore, Romeo y Julieta, Carmen, Bohème y Butterfly.

Para esta temporada 2008/09 las cosas no parecen cambiar lo suficiente. Se acierta en pleno al programar Jenufa, desde luego, mientras que contar con la voz de Elisabete Matos para cantar nada menos que Turandot es una buena baza para correr el admirable riesgo de interpretar una ópera tan exigente para todos. Pero nos parece un error estropear La italiana en Argel con el Lindoro de José Luis Sola, la batuta de Alvaro Alviach y la dirección escénica de Gustavo Tambascio (¡qué desperdicio Chausson aquí en medio!), y no digamos hacer una obra maestra absoluta como Falstaff contando con Luis Cansino como protagonista y acudiendo a Stefano Poda para la escena. En cuanto a ofrecer por tercera vez El elixir de amor, y encima con la Arteta, parece a todas luces excesivo para un teatro reinaugurado en noviembre de 1996, por mucho que cuestiones económicas hagan necesario rescatar producciones propias. Y es que a López, basta con repasar sus años al frente del Gran Teatro de Córdoba, le gustaba repetir una y otra vez los mismos títulos.

Necesita el Villamarta además modificar hasta cierto punto la filosofía de las producciones escénicas. Que se ofrezcan cosas distintas a las que preparan habitualmente el tándem Francisco López/Jesús Ruiz y sus directos colaboradores, a veces con mucho acierto y a veces con bastante menos; que se puedan ver enfoques distintos y complementarios que ilustren al público sobre la variedad de las propuestas escénicas operísticas en la actualidad. López presumía de ofrecer producciones “modernas”, pero en realidad, y por mucho que venturosamente anden alejadas de lo rutinario y lo acartonado, en el fondo no lo son tanto. Claro que de esto en Jerez no se pueden enterar quienes no tienen la oportunidad de volar por ahí a ver lo que se está haciendo -bueno y malo- en otros lugares.

Es necesario también que se arrincone de una vez por todas a los dos o tres batuteros habituales de la casa que han terminado arruinando numerosas funciones. En este sentido los gustos de Francisco López han demostrado ser muy discutibles: a quien esto suscribe directores de su total confianza como Luis Remartínez o Miquel Ortega le parecen deplorables. Una mala batuta es capaz de destrozar toda una producción completa, y eso en Jerez o hemos podido comprobar en más de una ocasión. Directores de solvencia también han pasado por el foso jerezano: confiemos en que Isamay potencie su presencia y que añada otros nombres nuevos que sean capaces, también hay que decirlo, de trabajar con el tiempo encima y con voces jóvenes que en muchos casos debutan sus roles. Y no se olvide que no siempre coincide lo que es un buen director de ópera con un director “que guste a los cantantes”.

Asimismo hace falta apoyar mucho más al coro, reforzar sus puntos más débiles (voces femeninas, sobre todo) y compensar de alguna manera su esfuerzo. ¿Pagando? Pues si es necesario sí, y tal vez no sea tan difícil encontrar patrocinadores para ello. Y si no, al menos no hay que hacerles el feo. ¿Sabían ustedes que cuando sus miembros pidieron entradas para el ensayo general de Norma, una de las pocas producciones en las se negaron a participar por agotamiento, se les dio la negativa a pesar de que se trataba de una función con público? Es una anécdota de lo más significativa. Alguien parece olvidar que demasiadas veces sacan estos señores las castañas del fuego al Villamarta: son ellos los que le hacen un favor al teatro, no al revés. Por otra parte, encontrar un buen director estable y consolidar su posición de la manera adecuada -algún día alguien habrá de contar cómo fue tratado el anterior, Ángel Hortas- es otra de las asignaturas pendientes. Estamos seguros que el talante y la mano izquierda de Isamay, virtudes de las que carecía el férreo Francisco López, hará cambiar las cosas.

Parece además indicado que, sin dejar de contar con voces jóvenes locales, se busquen fuera -y gastando el presupuesto que sea necesario dentro de las obvias limitaciones- a cantantes idóneos para los roles más emblemáticos y difíciles del repertorio. Si se quiere hacer Flauta Mágica hay que buscar una Reina de la Noche con un mínimo de condiciones. Si se plantea una Fille tiene que haber un Tonio que sepa cantar (y que se haya aprendido el papel, dicho sea de paso). Y si no, pues que de momento no se haga. Son las instituciones públicas las que aquí tienen que realizar las aportaciones económicas que sean necesarias, y a partir de ahí tirar el Villamarta de la agenda y empezar a buscar voces de un nivel aceptable.

Tema aparte es el de la comunicación. Los ciudadanos se quejan continuamente por la falta de promoción de muchos espectáculos, y señalan la paradoja de que a veces se conoce mejor lo que se programa en el Teatro Falla de Cádiz, que coloca carteles por las calles jerezanas, que lo que se ofrece en el Villamarta; parece ser que a López este medio de promoción no le gustaba. Los encartes en prensa son caros, ciertamente, pero aún así habría que hacer un esfuerzo por que las “asociaciones culturales” y los medios presuntamente “comprometidos” no lo sean sólo para las óperas más célebres (¡qué fácil es apuntarse a lo popular para salir en la foto!), sino también para aquellos espectáculos -líricos o no- en principio minoritarios pero en ocasiones muchísimo más interesantes por su calidad.

Por otra parte la revista del Villamarta necesita corregir los graves errores del cambio de orientación que se realizó hace no mucho: la maquetación es ahora pésima -el texto resulta ilegible-, mientras que la señora que escribe todos los textos, presunta especialista en ballet clásico, no tiene la más pajolera idea de lo que se tiene entre manos, dicho sea con el (escaso) respeto que se merece una persona que cobra por meter en la coctelera los dossiers de prensa y cuatro lugares comunes.

Finalmente el Villamarta necesita, lo apuntábamos en artículos de meses anteriores, que se acabe el lameculismo con la dirección del teatro, que se aplauda lo mucho que se tiene que aplaudir y que al mismo tiempo se critique abiertamente todo aquello que parece necesario mejorar. Que desaparezca el pseudo-clientelismo establecido con ciertos críticos y medios de comunicación que sólo buscan su propio beneficio. Que los artistas y creadores que trabajan para el teatro puedan realizar sus aportaciones: nos consta que alguno tuvo que salir “por patas” por sus diferencias creativas con la anterior dirección.

Hace falta que la gente -no nos referimos principalmente a la crítica- se atreva a opinar. Algunas producciones propias se podían haber salvado si alguien hubiera exclamado a tiempo “¡esto que estamos haciendo no funciona!”. Pero no había valor, en parte porque la anterior cúpula del Villamarta nunca estuvo muy abierta a considerar las opiniones ajenas, y en parte porque algunos consideran la opinión disconforme como ignorancia o, peor aún, como traición. Quizá ahora sea el momento en el que el miedo a decir lo que se piensa dé paso al diálogo constructivo, y que en vez de seguir aplicando la dinámica del “ordeno y mando”, un ambiente de libertad y creatividad permita entrar aire fresco a un teatro que ha aportado muchísimo en el panorama escénico andaluz, pero que ha de adaptarse a los nuevos tiempos que corren.

No debe interpretarse lo hasta aquí escrito como un mensaje catastrofista. Decir que el Villamarta está mal sería mentir descaradamente. Pero sí que se encuentra en una etapa de estancamiento en la que, tras haber cimentado un merecido prestigio, va dejando al descubierto puntos débiles -los arriba referidos- que se deben atender. Por ello mismo, y aplaudiendo con entusiasmo la en general fantástica labor de Francisco López, pensamos que resulta positivo este cambio de rumbo que puede contribuir a romper con el conformismo acrítico y construir sobre lo mucho ya edificado, posibilitando que el Villamarta tenga un buen futuro en un panorama lírico nacional que cada día, pese a todos sus problemas, cuenta con mayor, más variada y mejor oferta. Renovarse o morir.

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Artículo publicado en el número 88, junio-septiembre de 2008, de Filomúsica.

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