Un cajón de sastre para cosas sobre música "clásica". Discos, conciertos, audiciones comparadas, filias y fobias, maledicencias varias... Todo ello con centro en Jerez de la Frontera, aunque viajando todo lo posible. En definitiva, un blog sin ningún interés.
Janine Jansen y Paavo Järvi grabaron en el verano de 2009 para Decca un disco a medias genial: flojo el Concierto para violín de Beethoven con la Deutsche Kammerphilharmonie Bremen, absolutamente sensacional el Concierto para violín de Britten.
En la obra del de Bonn, y como era de esperar, nos encontramos con una dirección muy influida por el historicismo, es decir, seca, incisiva, con un interesante
tratamiento de las maderas y de la percusión –estupendos los timbales de época–,
pero muy fría, carente de humanismo y de pliegues filosóficos; a la postre, muy
superficial. La violinista holandesa luce un sonido de increíble belleza y homogeneidad,
mostrándose en todo momento sensata y musical, pero no conecta con el espíritu
de la pieza y por momentos parece recrearse en exceso en la belleza sonora. A olvidar.
En la segunda parte del compacto nos topamos con una obra acongojante, de lo mejor escrito por Britten, recreada por un violín intenso a más no poder, doliente
hasta lo insoportable, pero también rebosante de belleza sonora y de lirismo de
altos vuelos, siempre con la complicidad de una batuta muy sincera,
adecuadamente expresionista –sin perder la indispensable elegancia
británica–, que se mueve como pez en el agua en la escritura angulosa e incisiva
de la página, especialmente en ese segundo movimiento un punto diabólico que
recuerda no poco a Prokofiev.
He comparado con la espléndida grabación de la página de Britten que junto a la misma London Symphony realizaron en 2002 Vengerov y Rostropovich: aquellos atendieron mejor al lirismo de la página, también a los aspectos atmosféricos de la misma, pero esta de Jansen y Järvi es mucho más implacable, más intensa y más tremenda. Una auténtica experiencia emocional servida, además, con una toma sonora portentosa.
Por cierto, existe una filmación de la página del compositor británico con Jansen, Harding y la Filarmónica de Berlín, registrada tan solo tres meses después de la comentada. Se encuentra disponible en la Digital Concert Hall. En su momento me impresionó; ahora he vuelto a verla y me ha dejado aún más huella. A los que no estén suscritos a la referida plataforma, les dejo un vídeo con Jansen y Järvi haciendo esta obra en los Proms.
Interrumpo las entradas programadas con antelación –con bastante antelación,
porque la mayoría las escribí este verano, cuando tenía más tiempo libre– para dejar unas notas sobre un verdadero clásico de la Deutsche Grammophon que me conozco de memoria desde hace tiempo, y al que hoy he podido volver en una edición japonesa en SACD –circula por la red en cierto sitio ruso– con la que la portentosa toma sonora, increíble para el año 1975, alcanza aún mayor esplendor: Chant du ménestrel de Glazunov y Concierto para violonchelo nº 2 de Dmitri Shostakovich a cargo de Mstislav Rostropovich, Seiji Ozawa y la soberbia Sinfónica de Boston. La primera de las piezas, tan breve como deliciosa, recibe una interpretación inmejorable a cargo de una batuta elegante y
sensible y de un solista dueño de un hermosísimo de sonido y emotivo a más no poder en su fraseo, pero es en la segunda de ellas, escrita precisamente para el violonchelista de Baku allá por 1966, donde este disco alcanza la categoría de imprescindible.
Y es que los dos artistas, aun con personalidades bien distintas entre sí, coinciden en ofrecer una lectura que, sin
renunciar a los aspectos corrosivos de la obra pero sin hacer tampoco hincapié
en ellos, se consigue una asombrosa fusión entre los dos facetas de la partitura. Por un lado, toda su
componente ambigua, inquietante, sombría y en más de una ocasión ominosa, teñida
de un considerable humor negro. Por otro, la profunda reflexión humanística, trágica y
por momentos rebelde, pero también de resignada aceptación del irremediable
destino final: no hace falta decir que, como tantas obras del autor, esta es una partitura sobre la muerte.
Por destacar algo, podríamos señalar la increíble manera de cantar del
violonchelo, con enorme vuelo poético, un fraseo muy flexible y ofreciendo una
amplia gama de colores y de matices expresivos. Tampoco es que nos sorprenda: hablamos del mejor violonchelista del siglo XX. La batuta aporta su consabido
dominio del color acentuando los ocres de las maderas –siniestras, no incisivas–
y sabe ofrecer su habitual elegancia y refinamiento sin estar fuera de tiesto;
por el contrario, aporta un fraseo tan amplio y pausado como bien sostenido –no
es fácil mantener la tensión interna en una obra tan desmaterializada–
y poniendo su olfato para la atmósfera, que tan bien le viene en las
interpretaciones del impresionismo, al servicio de esta recreación más ambigua
que visceral, más misteriosa que rebelde, un poco en la línea de lo que Rostropovich hará con la batuta, en
la década siguiente, dirigiendo las sinfonías del compositor.
Lo dicho, un clásico verdaderamente imprescindible. Si no lo han hecho ya, escúchenlo cuanto antes, y si es posible disfruten asimismo del registro de 1967 del propio Rostropovich con Svetlanov (Russian Disc), menos misterioso y más virulento que este dirigido por Ozawa. Ah, permítanme presumir: tengo la edición en CD de la serie Galleria dedicada por Rostropovich himself.
Sir Simon Rattle decidió dedicar el concierto de San Silvestre –31 de diciembre– de 2015 al repertorio francés. Inapropiado en principio para su personalidad, a la postre el resultado sería artísticamente de lo más satisfactorio. Se abrió el programa con la obertura de L'Étoile de Emmanuel Chabrier, página
dedicidamente menor pero simpática en la que Rattle ya demuestra saber compatibilizar la alegría y el desparpajo con la voluptuosidad
lírica (¡qué violonchelos!) y el refinamiento en el color.
Aparece a continuación nada menos que Anne-Sophie Mutter para recrear Introduction et Rondo Capriccioso de Camille Saint-Säens. Como era de temer, la violinista alemana encuentra en la introducción la ocasión
propicia para desplegar todo un catálogo de sus más insufribles amaneramientos,
pero cuando llega el Rondó propiamente dicho, y a pesar de alguna que otra frase
en exceso preciosista, demuestra que sabe poner su increíble virtuosismo, tal
vez el más grande conocido en semejante instrumento, al servicio de la expresión
sincera, fraseando con una garra, una inmediatez y una fuerza expresiva que nos
hacen olvidar de inmediato todos los reparos referidos. Rattle acompaña de
manera impecable, con convicción y con su habitual entusiasmo y frescura digamos
que juveniles, pese a que hace ya tiempo que peina canas.
Las danzas de la ópera Le Cid, de Massenet, las recrea el maestro de manera verdaderamente prodigiosa, ofreciéndonos chispa, salero, color y un muy logrado ambiente
festivo –sin duda uno de los puntos fuertes del arte directorial de Rattle–,
pero también elegancia, sensualidad, refinamiento bien entendido y ese especial
perfume de lo francés imitando a lo presuntamente español que debe evitar tanto
la excesiva levedad que a veces asociamos tópicamente con lo primero como el
desmelene de la percusión que todavía hoy algunos entienden como propio de lo
segundo. Lógicamente, con la excelencia de los resultados tiene mucho que ver la musicalidad de los profesores de la orquesta, que tocan francamente
motivados. Nunca imaginé que de esta música se lograra sacar semejante partido.
Vuelve la Mutter para ofrecer Tzigane, pero aquí la partitura le ofrece menos espacio para sus veleidades sonoras. Antes al
contrario, demanda al solista sonar con rusticidad zíngara, con temperamento
ardiente y con una agilidad arrolladora. Anne-Sophie sabe hacer perfectamente lo
primero (¡qué manera de modelar su violín para obtener todo tipo de colores y
de texturas!), pone toda la carne en el asador en lo que a lo segundo se refiere y
en cuanto a lo tercero, a los dedos, ofrece un espectáculo
como pocas veces se ha escuchado. Rattle trabaja con los pinceles finos que
demanda Ravel, demuestra enorme sensiblidad para el color y acompaña a la
solista con enorme fuerza expresiva, redondeando así una interpretación
magistral.
Continua la velada con la suite de Les Biches, infravalorada pero deliciosa página de Francis Poulenc. La sintonía de la personalidad de Sir Simon con ella, justamente esa
misma que le convierte en formidable intérprete de Haydn, es total y
absoluta. Hay aquí frescura, chispa, desparpajo, jovialidad y muchísimo sentido
del humor, este último con su conveniente toque de sorna y rusticidad bien
entendida; también hay elegancia, delectación melódica, refinamiento –todo
se encuentra minuciosamente expuesto– y una perfecta comprensión del lenguaje
del neoclasicismo. Todo ello, por descontado, con la complicidad de una orquesta
cuyos miembros se lo pasan en grande. El resultado es sensacional, con permiso de la soberbia
grabación del ballet completo que realizara Georges Prêtre allá por 1980.
Finaliza el programa oficial con La Valse. Como era de esperar, el maestro británico lleva la obra a su terreno y en
lugar de decantarse por resaltar los aspectos más atmosféricos y turbulentos de
la página raveliana, ofrece una recreación extrovertida, luminosa, cálida y entusiasta,
también poética y siempre comunicativa, riquísima en el sentido del color y muy
sensatamente matizada, con su punto justo de decadentismo –se pasa quizá en alguna frase aislada–, pero sin perder de vista el trazo global. Solo en la recta
final de la obra se pueden echar de menos algunos matices en el fraseo y juegos
agógicos por los que optan otros directores y de los que Rattle, con la mirada
puesta en el empuje y la decisión, decide prescindir. La orquesta, trabajada una minuciosidad que permite discernir todos y cada uno de los trazos de la
escritura, rinde de manera impresionante.
Una fogosa Danza húngara nº 1 de Brahms ofrecida como propina cierra este programa editado en Blu-ray por Euroarts con excelente calidad de imagen y sonido, este último en una resolución superior a la de la mayoría de los BR con imágenes.
Muy interesante la grabación de las cuatro últimas sinfonías de Antonín Dvorák a cargo de Marin Alsop y la Sinfónica de Baltimore, registradas por el sello Naxos entre 2007 y 2009 y editadas en Blu-ray Pure Audio. Muy interesante pero no referencial. Y es que la directora norteamericana
ofrece lecturas de gran belleza sonora, fraseadas con una naturalidad, una
fluidez y una elegancia pasmosas, aunque quizá no del todo bien diseccionadas en
lo que al entramado orquestal se refiere, en las que se hace una apuesta por la
vertiente más lírica y luminosa de este autor. La distensión bien entendida, la
efusividad y lo contemplativo –e incluso la ensoñación, sin llegar en modo
alguno a lo otoñal– alcanzan aquí, por ende, mucha más presencia que la rusticidad, el empuje y el carácter escarpado que también demanda estas partituras.
Así las cosas, el grado de satisfacción del oyente tendrá mucho que ver con el tipo de Dvorák que uno esté esperando oír. También con las características particulares de cada una de las sinfonías. La Sexta es quizá la que mejor funciona. Frescura, espontaneidad y un fraseo muy cantable son sus mejores armas, sobresaliendo un Finale lleno de fuerza y de garra. En la Séptima, al tratarse de la sinfonía más dramática de las cuatro, las cosas no funcionan igual de bien. La Octava es espléndida, aunque personalmente echo de menos tensión y rusticidad en el movimiento conclusivo. La Novena finalmente, conoce una interpretación eminentemente juvenil,
es decir, rápida en los tempi, fresca y de gran fuerza comunicativa, que apuesta por
los aspectos más épicos de la partitura, aunque en contrapartida no termine de
atender a los numerosos pliegues expresivos que alberga en sus
pentagramas.
La cuestión de la toma sonora me deja muy confuso. Octava y Novena suenan de manera muy satisfactoria, con gran naturalidad aunque también con los metales algo lejanos. Las otras dos sinfonías, por el contrario, presentan una sonoridad algo difusa, evidencian un zumbido en el fondo y al reproducirse en DTS-HD Master Audio resaltan en exceso los sonidos graves. Tras comprobar que no existe correspondencia entre las fechas de grabación, no he encontrado explicación para semejante problema.
No hay que extrañarse: si Jos Van Immerseel y sus chicos de Anima Eterna ya han grabado a Falla y a Gershwin, ¿por qué no van a llevar al disco la música de Debussy? A mi entender, la arriesgada propuesta de interpretar este repertorio con instrumentos de
época –de época del compositor francés, se entiende– y con una articulación históricamente
informada, en combinación con la extraordinaria sensibilidad tímbrica que demuestra el director y al
enorme refinamiento de su trazo, se salda con unas lecturas de sensualísimo
colorido y relevadoras texturas, fraseadas con un carácter curvilíneo y elegante
de lo más adecuado, pero también en exceso aéreas, por momentos erróneamente
ingrávidas, adordanas con algunos detalles discutibles –los portamentos chirrían al oyente actual– y un tanto faltas de garra, de carácter, de variedad
expresiva.
Esto ya queda bien de manifiesto en el Preludio a la siesta de un fauno: la flauta resulta
asombrosamente aérea, y toda la lectura alcanza una levedad tan extrema que, pese a la extrema belleza formal de la recreación, se echan de menos más carne sonora y más sustancia expresiva. Nada que ver con el milagro de Haitink aquí comentado.
En el caso de La mer, el principal problema radica en las serias dificultades que muestra el maestro belga –en este y en todos los repertorios que aborda– a la hora de administrar tensiones y, por tanto, de darle continuidad a la interpretación y conducirla de manera apropiada a los clímax: al final del primer movimiento le falta fuerza, mientras que la
tormenta resulta por completo deslavazada. En contrapartida, el carácter irisado
de la superficie del mar agitada por la brisa resulta fascinante, además de tímbricamente reveladora.
Queda el tríptico Images. Es Iberia –la pieza central del mismo, aquí colocada en último lugar– la página que sale mejor parada: sin ser precisamente el colmo de la chispa y el desparpajo, el fino trazo de la batuta termina triunfando dentro de la levedad generalizada. En Gigues y Rondes de printemps, por desgracia, los tempi escogidos hacen que la tensión se venga abajo.
¿Merece la pena escuchar el disco, pues? Pese a los importantes reparos señalados, yo creo que sí. Se escuchan demasiadas cosas interesantes aquí como para desdeñarlo. Les voy a añadir un aliciente: la toma sonora realizada por los ingenieros de Zig Zag Territories es la mejor que nunca he escuchado en este repertorio. Un prodigio.
Aproveché ayer mi última tarde libre –hoy arranca mi horario docente nocturno– para ir al cine a ver El principito/The Little Prince. Permítanme que les recomiende la película con entusiasmo. Me ha parecido bellísima en lo visual, fascinante incluso en la mayor parte del metraje, además de altamente emotiva. Su director, Mark Osborne, no solo demuestra gran inteligencia a la hora de diferenciar los dos planos de narración usando la animación digital para la historia principal y el stop-motion (es decir, filmación real de muñecos animados, a la manera de las antiguas películas de Ray Harryhausen) para los flashbacks con la historia escrita en los años cuarenta por Saint-Exupéry; también hace gala una enorme habilidad para realizar una narración puramente cinematográfica, esto es, la que no pone en primer plano los diálogos y deja que hablen por sí mismos el encuadre, el montaje, el color, las texturas y el propio tempo del relato.
Demuestra Osborne, asimismo, gran sabiduría a la hora de omitir todo aquello que resulta prescindible y de recurrir a la elipsis en el momento en que la lágrima está a punto de desbordarse, mientras que cuando llega la hora de ofrecer, en el último tercio de la cinta, una cierta dosis de acción y de espectacularidad para contentar a la mayor cantidad de público posible –esta no es una obra para niños, aunque serán muchos los que acudan acompañados por sus padres–, sabe no caer en la trampa de la montaña rusa, esto es, del montaje aceleradísimo y de la yuxtaposición de una persecución tras otra. Antes al contrario, demuestra una gran habilidad para convertir esos momentos trepidantes en una parte sustancial de una historia a la postre muy profunda y delicada que no es otra que la aceptación de la muerte, la de los demás y la de nosotros mismos, como parte de nuestra propia existencia. Y de la necesidad de llenar nuestra vida de belleza, de sensibilidad, de fantasía y de cariño frente a la cada vez más extendida creencia (¡terribles tiempos neoliberales estos que estamos viviendo!) de que hay que centrarse en "lo esencial", es decir, en generar riqueza y hacer que funcione el sistema, y dejar a un lado todo lo que sea "prescindible", precisamente todo aquello que nos convierte en verdaderos seres humanos.
Una original y muy hermosa banda sonora compuesta al alimón por Hans Zimmer –nada que ver con sus bodrios para Gladiator o Piratas del Caribe– y Richard Harvey, a la que quizá le sobren las canciones interpretadas por Camille, redondea una película que no solo engancha la vista de principio a fin, sino que ofrece además una intensidad poética que logra emocionarnos profundamente. En fin, una de las más bellas y emotivas películas que he disfrutado en los últimos años. Estoy deseando volver a verla, pero esta vez en inglés.
Unos días antes de ofrecer el sensacional concierto en la Waldbühne comentado en la entrada anterior, concretamente el 23 de junio de este mismo año, Lisa Batiashvili, Yannick Nézet-Séguin y la Filarmónica de Berlín ofrecían un programa muy distinto en la Philharmonie de la capital alemana que puede disfrutarse a través de la Digital Concert Hall cuya suscripción tantas veces he recomendado, siempre y cuando dispongan ustedes de una buena conexión de la señal hasta su equipo de música de toda la vida. En mi caso, lo dije en su momento, lo hago a través de un reproductor de Blu-ray marca Sony.
El programa arranca con el Concierto para violín n º 1 de Belá Bartók.
Como era de esperar, la violinista georgiana ofrece, armada de un sonido carnoso
y de extraordinaria belleza –su registro grave es increíble– una interpretación
lírica ante todo, fraseada con una cantabilidad fuera de serie y un elevadísimo
perfume poético, dicha además con un gusto exquisito y mucha atención a los
aspectos folclóricos de la página, pero no muy interesada por su vertiente más dramática y
aristada. ¿Qué significa esto en la práctica? Pues que está maravillosa en el Andante sostenuto, emotivo y sincero a más no poder, mientras
que en el Allegro giocoso se queda en un tanto corta en aristas, en tensión
dramática y en sentido de lo burlesco, por mucho que en contrapartida haga volar
sus melodías con una poesía inesperada.
Nézet-Séguin se pliega al enfoque de la
solista y paladea con delectación el primer movimiento –sin dejar de ofrecer un
clímax con apreciable fuerza– para en el segundo plantear la interpretación
mucho antes desde la luminosidad y el cálido lirismo folclórico que desde el
sarcasmo y la mala leche. En fin, es una opción como otra cualquiera y está impecablemente realizada. Hay propina, pero no he sido capaz de descifrar el
nombre que pronuncia la violinista georgiana.
Sinfonía nº 13, Babi-Yar. Es decir, la única de las de Shostakovich que se ha mostrado dispuesto a dirigir Daniel Barenboim, aunque no existe testimonio sonoro de aquella ocasión. ¿Y cómo la hace Yannick? Pues aunque la imponente sonoridad de la orquesta berlinesa, tan grave y oscura,
resulte la ideal para ofrecer una versión netamente opresiva y mussorgskiana, lo
cierto es que el maestro canadiense decide no cargar las tintas en los aspectos atmosféricos, como tampoco en la corrosividad que destilan los
pentagramas (¡imposible olvidar la virulenta interpretación de Rozhdestvensky!),
decidiéndose más bien por una lectura directa al grano, sincera y muy
expresiva, concentrada cuando debe, encrespada en los momentos
clave y con un punto más que suficiente de ironía y sentido del humor al llegar el momento. Lo hace, además, demostrando una impresionante plasticidad en el manejo
de las masas sonoras y paladeando las melodías con el lirismo nihilista, pero no
por ello seco ni falto de humanismo, que es propio del autor.
Mikhail Petrenko
tampoco es la voz más negra posible, pero canta con absoluta suficiencia
técnica y se muestra centrado en lo expresivo. Los hombres del Rundfunkchor
Berlín, imponentes. A la postre, espléndida interpretación.