lunes, 30 de diciembre de 2013

Tres estupendos jóvenes pianistas de Jerez y Sanlúcar

Como ando en mi tierra natal estas vacaciones, aproveché para asistir el pasado sábado 28 de diciembre al Concierto de presentación de la Orquesta FORESMUS, sin saber muy bien ni quiénes están detrás de ella –sigo sin saberlo– ni qué me iba a encontrar interpretativamente hablando en lo que respecta a la formación propiamente dicha, a los tres solistas locales convocados y al director Álvaro Corral Matute. Acudí, en todo caso, con ganas de apoyar con mi presencia una iniciativa de esas que se echan de menos en una ciudad que musicalmente se ha venido muy abajo.

Cuando llegué a la sala de los Claustros de Santo Domingo habilitada a tal efecto me llevé una desagradable sorpresa: no íbamos a escuchar las versiones habituales de los conciertos nº 9 de Mozart, nº 3 de Beethoven y nº 2 de Chopin, sino reducciones para solista y diez instrumentistas de cuerda. La opción es válida, ciertamente, pero creo que estas cosas hay que dejarlas bien claras antes de que el personal se compre su entrada, ¿no les parece?

Cuando aquello empezó a sonar se confirmaron mis peores sospechas: los muchachos –porque de jovencitos se trataba, claro– no sonaban bien. Y empecé a prepararme para el primero de los solistas, un chavalín de once añitos que, a tenor del currículo, se ha limitado a estudiar en el conservatorio y en una escuela de música local. Pues bueno, resulta que Gorka Plada Girón (Jerez de la Frontera, 2003)… ¡es un pianista estupendo! No crean que exagero: no solo toca francamente bien –que hubiera algunas notas falsas no tiene la mayor importancia–, sino que posee un sonido hermoso y variado, frasea con asombrosa concentración y recrea la partitura con un gran aliento poético.

Gorka Plada Giron

Y que conste que hablamos de un compositor tan complicado como Mozart –fácil es quedarse en la belleza superficial y en la coquetería mal entendida– y de una obra con tanta hondura como el sublime Jeunehomme. Si uno cerraba los ojos –o no veía al solista, que es lo que ocurría desde mi asiento–, se pensaba inmediatamente en un pianista hecho y derecho, maduro tanto en lo técnico como en lo expresivo, no en un niño de la ESO. Por cierto, que tanto por el físico como por la fría compostura ante el instrumento me recordó al jovencito Kissin. El tiempo dirá a qué altura llega Gorka. De momento, tengo clarísimo que este chico debería estar tocando ya junto las principales orquestas sinfónicas de la península. Rotundamente.

El Tercero de Beethoven estuvo en manos de Alberto Suárez Medina (Sanlúcar de Barrameda, 1994). Lo hizo muy bien: tocar, lo que se dice tocar, tocó estupendamente, e interpretó sin mecanicismo ni precipitaciones, paladeando bien la música y centradísimo en los diferentes aspectos expresivos de la partitura. Obviamente Beethoven es mucho Beethoven y aún se le pueden pedir al joven sanluqueño un sonido más apropiado para el compositor y una mayor riqueza de acentos, pero el nivel es ya más que digno. Otro chico, pues, que tendría que estar ya circulando por nuestros escenarios.

Y lo mismo se puede decir de la tercera en discordia, Victoria Guerrero Misas (Jerez de la Frontera, 1989), que –todo hay que decirlo– tenía la ventaja sobre sus compañeros de ser la más vieja: veinticuatro años. No se puede hablar aquí, pues, de niña prodigio, sino sencillamente de una estupenda pianista que ofreció un hermosísimo, cálido y muy comunicativo Concierto nº 2 de Chopin, dicha además con un sonido de enorme variedad –muy poderoso cuando debe– y con un perfecto dominio del rubato chopiniano. ¡Fantástica!

El maestro Álvaro Corral demostró durante toda la velada una apreciable musicalidad, sobre todo para los cruciales tiempos lentos de cada uno de los conciertos, pero entiendo que su principal preocupación fue la de hacer sonar con corrección al conjunto de cámara. Siento decirlo, pero solo lo consiguió a ratos. Esperemos que haya una segunda oportunidad en la que podamos apreciar una mejora del nivel de la agrupación; de momento, consiguieron llenar la sala y respaldar a tres jóvenes solistas que se merecen un futuro muy superior a lo que la mediocridad del mundillo cultural jerezano, lleno de envidias y puñaladas traperas, les puede ofrecer. Ánimo, porque tienen todo el mundo por delante.

jueves, 26 de diciembre de 2013

Dos apuntes sobre YouTube

Me preguntaba un lector sobre la mejor manera para descargarse los vídeos disponibles en YouTube. Por desgracia mi dominio de la tecnología tiene serias limitaciones y no le puedo dar una respuesta adecuada. Pero sí que puedo dejar un par de apuntes.

Primero: existen varias maneras de descargar esos vídeos, por ejemplo a través de plugins que se incorporan al navegador, pero yo suelo recurrir a JDownloader, que es un programa gratuito muy apañado –lento en el arranque, eso sí– para descargar cualquier tipo de archivo. Basta con copiar la dirección donde se encuentra el link que se quiere bajar, y ya él solito se encarga de rastrearlo a la espera de nuestra aceptación. Creo que es un programa que todo el mundo debería tener instalado en el ordenador.

Segundo: de cada vídeo existen, por así decirlo, varias “capas” en YouTube, unas con más calidad y otras con menos. Los plugins suelen preguntarte con qué calidad lo quieres. En el caso de JDownloader, éste sugiere automáticamente todas las “capas”, y eres tú el que tiene que seleccionar o deseleccionar en función de tus intereses. En mi caso, deselecciono todos los archivos menos el de mayor tamaño: ese es el que pongo en la cola. Obviamente, a mayor calidad se incrementa tiempo de descarga. Si es HQ hay que esperar un rato.

Ni que decir tiene que el buen aficionado no debe conformarse con ver los vídeos en el ordenador, pues lo normal es que el equipo de sonido conectado a éste sea de baja calidad. Mi recomendación es tener un disco duro externo capaz de leer archivos flv, que es el formato en el que vienen los vídeos en YouTube: una vez descargado el archivo que nos interesa, se pasa al disco externo en cuestión –por ejemplo, a través de un pen drive– y se ve en el televisor.

Todo ello dando por sentado, claro está, que el melómano tiene un buen equipo de música asociado a la tele para escuchar en condiciones sus DVDs y Blu-Rays. Si usted aún no ha dado este paso, no deje de darle prioridad absoluta siempre que sus circunstancias económicas lo permitan: disfrutará muchísimo más de sus películas óperas y conciertos. El disco duro externo es un segundo y muy conveniente paso, aunque les advierto: yo me gasté relativamente poco dinero para adquirir el mío y no estoy muy satisfecho de la compra. Si pueden, rásquense el bolsillo.

miércoles, 25 de diciembre de 2013

La Navidad más estirada

He tenido esta mañana de Navidad la malísima idea de escuchar un compacto que me compré hace meses en un mercadillo por un euro: páginas navideñas (desde Noche de Paz hasta el Panis Angelicus de Franck pasando por motetes de Guerrero y Cabezón) interpretadas por Alfredo Kraus, Renata Scotto, el Coro del Conservatorio Superior de Música de Badajoz y la Orquesta de Cámara de Bratislava bajo la dirección de Erich Binder, una producción de Edelmiro Arnaltes –que se reserva para sí el órgano–registrada en la catedral pacense en noviembre de 1991 por RTVE Música. Existe también filmación del evento, de la que les dejo un par de ejemplos.

¿Saben qué? Mi admiración por el tenor canario se ha transformado durante la audición en auténtica grima. Me importa un pito todo eso de la emisión canónica, de la técnica de la máscara, de la igualdad de registros, de la perfecta dicción y todo lo que los defensores del maestro quieran argumentar (Reverter acaba de publicar hace poco un libro sobre Don Alfredo: miedo me da) cuando se canta de manera tan fría, estirada y redicha (¡esas eses en Campana sobre campana!). Por no hablar de su narcisista obsesión por los agudos: el que se marca al final de Adestes Fideles –ahí abajo lo tienen–, todo lo bien emitido que se quiera, es de un mal gusto expresivo que echa para atrás. La Scotto, con sus problemas de siempre en la zona superior, me parece bastante más expresiva que su colega, la verdad.

En fin, que ya tengo un proyecto para el año que viene: plantearme seriamente si me gusta el arte de Alfredo Kraus Trujillo. De momento, quizá tenga que escucharme un poquito de su justamente mítica Lucrezia Borgia con la Caballé para quitarme el mal sabor de boca.

martes, 24 de diciembre de 2013

A modo de felicitación navideña

Tengo muchas cosas pendientes por escribir por aquí, pero –pese a estar de vacaciones– poquísimo tiempo disponible para el blog. Aun así, quiero desearles a todos ustedes lo mejor para estas Navidades con el más famoso villancico de todos los tiempos cantado por mi soprano preferida. Sí, ya sé que quedo fatal si no digo que mi podio lo ocupan la Callas o la Caballé. Qué le vamos a hacer, si ellas nunca me entusiasmaron como esta otra señora. Lo dicho, ¡Felices Fiestas!

domingo, 22 de diciembre de 2013

Las tres últimas sinfonías de Tchaikovsky por Karl Böhm

En los últimos años de su vida, Karl Böhm mantuvo una inesperada relación con la Sinfónica de Londres de la que ya hemos hablado aquí a propósito de algunos testimonios que se conservan del Festival de Salzburgo. En cualquier caso, el gran legado que nos dejó semejante asociación fue la grabación para Deutsche Grammophon de las tres últimas sinfonías de Tchaikvsky: la Cuarta en diciembre de 1977, la Sexta en diciembre de 1978 y la Quinta en mayo de 1980, ya en digital. El de Grazt contaba respectivamente 83, 84 y 85 años. Nada menos.

Que yo sepa, solo la última de las citadas ha circulado en compacto por el mercado internacional, aunque ya hace bastante tiempo que dejó de hacerlo. Las otras dos me las pasó un amigo de una edición japonesa. Afortunadamente, y sorteando la alarmante dejadez del sello amarillo, la melomanía corsaria ha tenido a bien poner por ahí un torrent para que los aficionados de todo el mundo puedan conocer semejante maravilla. En la entrada anterior, precisamente, un anónimo dejó el referido enlace. Y yo ahora aprovecho para ofrecer un comentario sobre estas interpretaciones altamente personales que se caracterizan por su enorme lentitud, su gran densidad sonora y expresiva, su desarrolladísimo sentido de la atmósfera y su alejamiento de ese arrebato espontáneo que con frecuencia asociamos con esta música. Gustarán más o menos –a mí me parecen por completo geniales–, pero no pueden dejar indiferente a nadie.

BohmTchaikovsky  sinfonias DG

De la Cuarta ofrece Böhm una visión particularmente sombría, sobria pero con una enorme tensión sonora, donde no hay lugar para languideces ni para excesos. El primer movimiento, mucho antes trágico que épico, plantea enormes contrastes de tempi, pero ni se precipita en los momentos rápidos ni se cae el pulso en los extremadamente lentos. El juego de las dinámicas, extremo, tampoco da pie la espectacularidad. Hay una sensación general tristeza y mala leche que continúa en el Andantino, dulcísimo –sin empalago– y al mismo tiempo muy amargo, con una melancolía mucho antes ominosa que evocadora o complaciente. El Scherzo tiene mucha mala leche. El Finale es de una fuerza enorme, pero sin retórica ni triunfalismo, sino más bien con mala uva. Enfoque discutible en general, pues, pero revelador y fabulosamente realizado.

La Patética conoce una interpretación muy sobria y concentrada, que no quiere derrochar pathos mas tampoco renuncia a la fuerza expresiva. Ajena a cualquier efectismo pero llena de crispación, de rabia y de rebeldía, tan controladas como implacables, resulta impresionante la administración de las tensiones. El Allegro con grazia, de regusto amargo, se aparta de lo consolador y lo meramente ensoñado. Poderosa, llena de fuerza pero sin jolgorio ni triunfalismo, la perfectamente planificada marcha. Acongojante los pizzicatti de los violonchelos en la coda del Adagio lamentoso. Maravillosa la London Symphony, sometida aquí a un asombroso, inigualable trabajo de disección orquestal.

La de la Quinta es de nuevo una lectura admirablemente desmenuzada, cantada con delectación –pero nunca falta de tensión interna– que se decanta por una visión muy otoñal de la obra, mucho antes contemplativa, melancólica y atmosférica que épica y brillante. De ahí que el primer movimiento pueda preferirse más escarpado, menos resignado. El Andante cantabile es bellísimo, emocionante a más no poder, doliente y de portentosa cantabilidad sin necesidad de perder la compostura ni pegar tirones de tempo; los retornos del tema del primer movimiento son mucho antes ominosos que épicos. Sereno y melancólico pero nada blando el Vals. Espléndido el cuarto movimiento, luminoso, emocionante y afirmativo aunque visto desde la distancia, sin caer en la aparatosidad y, podría decirse, llegando a él no desde el triunfo sino desde la serena, profunda y resignada aceptación de las circunstancias del ser humano, a manera de transfiguración final.

jueves, 19 de diciembre de 2013

Eschenbach con la Nacional de España: mejor que nunca

Escribir en la red sirve, entre otras cosas, para recordar lo que se ha visto. De este modo he logrado enumerar las veces que he escuchado en directo, siempre en su faceta de director, a ese músico desconcertante e inclasificable que es Cristoph Eschenbach: primero en Valencia en 2004 frente a la Orquesta de Philadelphia, después en la misma ciudad de nuevo con la formidable formación norteamericana en 2009, y finalmente en Granada con la Orquesta del Schleswig-Holstein en julio de 2011. De este modo la sesión matinal del pasado domingo 15 de diciembre ha sido la cuarta, y desde luego la más reveladora de la formidable técnica del artista alemán: con él la Orquesta Nacional de España ha sonado mejor que nunca.


Me refiero a sonoridad global, claro, porque entre los solistas hubo desigualdades; muy bien, por ejemplo, el primer violín en la partitura de Richard Strauss, pero bastante flojo –no solo por los deslices sino también por el fraseo- la trompa en la sinfonía de Tchaikovsky. Pero en cualquier caso puedo aseverar que nunca había visto a la ONE tan sólida, empastada y virtuosística como en la referida ocasión. Bueno, con Semyon Bychkov tampoco estuvo precisamente mal hace unos meses. ¿No será que nuestra orquesta necesita mucho antes a directores de primera, aunque sean invitados puntuales que vengan, cobren y se vayan, que el típico titular “paciente, honrado y trabajador” tipo Josep Pons? Porque ha sido marcharse el maestro catalán y subir rápidamente el nivel de la formación. Y miren ustedes lo que ha pasado con la Sinfónica de Madrid: cuando se largó López Cobos y vinieron los invitados de Mortier los resultados fueron espectaculares. Lamento decirlo, pero yo cada vez creo menos en el “día a día" y más en el talento.

Pero volvamos a Eschenbach. Se abrió el programa con Till Eulenspieguel. Formidable trabajo técnico: no solo la orquesta funcionó estupendamente –no está de más repetirlo–, sino que se escucharon todas y cada una de las líneas instrumentales del complejo entramado sonoro diseñado por Strauss. Interpretativamente se trató de una lectura ortodoxa, que sonó a lo que tiene que sonar, pero también flexible, creativa y ricamente matizada en lo expresivo; desarrolló, además, un buen sentido de la atmósfera y tuvo su imprescindible punto de humor negro, aunque en alguna que otra frase un poco más de retranca hubiera sido bienvenida.

Página infrecuente a continuación: el arreglo para piano y orquesta que hizo Franz Liszt de la Fantasía Wanderer de Schubert. Infrecuente y no del todo redonda, vamos a reconocerlo, porque el resultado está demasiado cerca del universo del autor de la Sinfonía Fausto y no termina terminar de dar al pobre Schubert todo lo que le pertenece.


La interpretación madrileña no fue precisamente inferior a la única que conozco, la que en 1986 grabaron Sir Georg Solti y Jorge Bolet para Decca. Eschenbach dirigió con energía magníficamente controlada y gran convicción, mientras que el joven Christopher Park no solo demostró plena solvencia en cuestiones de virtuosismo sino también una enorme sensibilidad y concentración; al contrario que Bolet, supo hacer sonar al piano de manera propiamente schubertiana, particularmente en un segundo movimiento que hubiera rozado lo sublime si no hubiera sido porque alguien del público montó un numerito. La verdad, no sé como no se paró la interpretación después de sufrir durante al menos un minuto el lento –parsimonioso, realmente sádico– derramar de monedas por el suelo del Auditorio Nacional. ¿Qué necesidad, señor o señora, tenía usted de rebuscar en su monedero o bolso durante uno de los pasajes más sublimes y concentrados de toda la inspiración schubertiana?

El pianista alemán de origen coreano perdonó este incidente y unos cuantos más con los móviles (¡menudo público el del domingo!) y ofreció de propina una buena –solo eso– interpretación de una página de Prokofiev que me fascina: Sugestión diabólica.

Quinta sinfonía de Tchaikovsky en la segunda parte. Interpretación lenta –cerca de cincuenta minutos– y otoñal, paladeada con amorosa concentración, dicha con toda la ternura, calidez y sensibilidad que demanda el autor. En lo puramente sonoro estuvo trabajada con enorme plasticidad y renunció a las asperezas propiamente rusas para optar por una visión digamos que occidentalizada, de gran belleza pero por completo ajena al amaneramiento, la blandura o el efectismo. Eso sí, personalmente eché de menos una dosis mayor de tensión sonora, de rabia y visceralidad, ingredientes que no son incompatibles con la visión madura adoptada; a veces me resultó excesivamente meditativa y poco teatral. Reparos menores, en cualquier caso, para una interpretación que ya quisiéramos como nivel medio para los programas de abono de nuestras orquestas.

domingo, 15 de diciembre de 2013

Elixir en el Real: la sonrisa en los labios.

Cuando voy a la ópera no ando buscando voces, sino que me cuenten una historia a través de la música y de la escena. Para eso hacen falta buenos cantantes, desde luego, pero hay otros ingredientes no menos importantes que hasta cierto punto pueden paliar las insuficiencias vocales y llevar de vida, de credibilidad y de inmediatez a lo que se está viendo y escuchando. Por eso mismo me lo pasé bien ayer sábado 14 y me lo he vuelto a pasar bien esta misma tarde de domingo en el Elisir d'amore que anda ofreciendo el Teatro Real de Madrid: plausible dirección musical y excelente dirección escénica han hecho disfrutables las dos veladas. Vayamos por partes pero rápido, que mañana me tengo que levantar muy temprano para "volver al redil".


De la dirección de Marc Piollet me había dicho un amigo muy sabio que era rossiniana. Estoy por completo de acuerdo: hubo más de la fluidez, del bullicio, de la agilidad y del carácter risueño que caracterizan el mundo del de Pésaro que de la expansión lírica y la relativa (¡solo relativa!) densidad del propio Donizzetti, con todas las virtudes y limitaciones que semejante enfoque supone. Personalmente me hubiera gustado un poco más de retranca (la que tiene Sir John Pritchard en su grabación, por ejemplo) y una mejor calculada acumulación de tensiones en los concertantes, pero en cualquier caso el nivel de la batuta, bien secundada por la Sinfónica de Madrid y el Coro Intermezzo, fue notable.

Sobre la producción de Damiano Michieletto ya hablé en la entrada anterior. Ha mejorado mi juicio sobre ella: no solo es trepidante e imaginativa, divierte mucho y está muy bien resuelta, sino que además sabe adaptarse a la personalidad de los cantantes de turno. El caso más claro es el de Dulcamara: un heterazo musculado, macarra, vulgar y un punto siniestro con Erwin Schortt, una auténtica loca –mucho más que en la filmación de Palermo disponible en YouTube– con Paolo Bordogna, que sale cogiéndole el culo a un señor, suelta plumas por todas partes y, tras haber intentado cepillarse a una guapa chica en el segundo acto, se presenta al final vestido de drag queen, tetas y tacones incluidos. ¿Que pese a la ubicación de la acción en una playa de nuestros días se trata de una propuesta en el fondo muy tradicional? Muy cierto, pero siendo yo un defensor de muchas regies "modernas", me parece que Elisir tiene que ser sobre todo una comedia y no, pongamos por caso, un tratado sobre la alienación humana.

Los cantantes. Ayer sábado se llevó el gato al agua Ismael Jordi, que repitió el excelente Nemorino que ya le escuché otras veces en mi tierra. La voz no es grande, pero mi paisano canta con enorme belleza, multitud de detalles belcantistas de gran clase (¡hermosísimo doble regulador con que cierra la "Furtiva lagrima"!) y convence plenamente en su visión ensoñada y tierna del personaje. Como actor se maneja ahora mucho mejor que hace años y obedece fielmente las exigencias del director de escena, incluyendo la buena idea de hacerle cantar su aria sobre el tejado del chiringito que regenta Adina. Además, no tiene miedo de hacer el ganso ni de que le hagan toda clase de perrerías. Uno se cree el personaje en todos los sentidos.


Muy decepcionante Camilla Tilling, sobre todo habiendo esta señorita deleitado mis oídos –por mediación de su admirador Gerard Mortier– en esa obra maestra que es el San Francisco de Asís de Messiaen y en esa otra página no menos genial que es el Pelléas de Debussy. Como Adina tuvo ayer detalles muy bonitos, siempre dentro de un canto elegante y musical, pero la técnica hace aguas por los cuatro costados; las desigualdades a lo largo de la tesitura son evidentes, y en el primer acto ni se la oyó. Tampoco se puede decir que sintonice con el espíritu del personaje. Paolo Bordogna me decepcionó musicalmente con respecto a la función siciliana arriba referida (¿cosa de los micrófonos?), pero teatralmente estuvo arrollador: simpatiquísimo, desvergonzado, lleno de matices y pletórico de energía. Eso sí, casi se pega el castañazo con los tacones. El Belcore de José Carbó pasó por completo desapercibido, no así la excelente Gianetta de Mariangela Sicilia.

Hoy domingo el protagonista era Celso Albelo. Ha estado bien en lo musical, pero me quedo sin duda con Ismael, mucho más imaginativo y refinado, además de mucho menos interesado por imitar a cierto tenor canario que fue maestro de ambos. Teatralmente la cosa es más censurable. Comentando el vídeo de Palermo escribí que Albelo era mal actor y se empeñaba en adoptar poses de divo. La comparación con Ismael no deja lugar a dudas: este señor se pasa la escena por el forro y suprime buena parte de los detalles que considera inapropiados para un primo tenore. El resultado es que el personaje funciona escénicamente mucho menos bien, claro, aunque el pensará que así queda mucho más digno.

Bien a secas Nino Machaidze, lejos de las maravillas de su recientemente premiada Thais hispalense. A diferencia de su colega, la voz corre de manera aceptable y posee cierta personalidad –pelín sosa, aunque por fortuna nada ñoña–; de todas formas, tiene aún mucho que recorren en belcanto para terminar de convencer. Voz muy sonora la de Erwin Schrott para Dulcamara. Y ahí queda la cosa: su línea resulta más bien tosca y en la escena, siendo buen actor, no posee ni muchísimo menos el gancho y la simpatía de Bordogna.

Fabio Maria Capitanucci entró mal esta tarde, con problemas en la emisión, pero luego los fue resolviendo y ha ofrecido un digno Belcore. Excelente mi admirada sanluqueña Ruth Rosique como Gianetta.

¿Conclusión? Lo dicho al principio: excepción hecha de Ismael y, hasta cierto punto, de Albelo y Machaidze, el nivel vocal ha sido más bien gris, pero la mayoría de los que hemos estado en el teatro madrileño nos lo hemos pasado muy bien gracias a un foso y a una escena que han sabido dar vida a la obra pergeñada por Donizetti y Romani. Salimos con la sonrisa en los labios: no es poco.

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En 2019 quedé hondamente impresionado por el Pelleas und Melisande de Schönberg que vi en un video, actualmente no disponible, en el que en...