No estoy para nada de acuerdo con las llamadas “adhesiones incondicionales”. Por ejemplo, yo voto al PSOE porque su proyecto político es, en conjunto, el que está más en sintonía con mis propios ideales, pero no por ello puedo estar de acuerdo con todas y cada una de las actuaciones emprendidas por Zapatero y su gobierno, que mete la pata más de lo que me gustaría. Y viceversa, nunca he votado al PP y no creo que lo haga alguna vez, pero no dejo de reconocer la valía de varios de sus políticos ni de estar de acuerdo con ciertas propuestas concretas; es el caso del terreno educativo, sin ir más lejos, campo en el que algunos -y sólo algunos- de los planteamientos de los populares me parecen menos demagógicos y más sensatos que los socialistas.
Pues bien, al hilo de la entrevista que le realicé a Pedro Halffter y que acaba de aparecer publicada en Ritmo, me gustaría realizar una pequeña reflexión y dejar, al mismo tiempo, del todo clara mi postura sobre la actividad del músico madrileño en Sevilla. Aquí va: a mí me parece que ROSS y Maestranza están ahora mejor que antes. La orquesta ha subido claramente de nivel técnico y la programación del teatro sevillano ha alcanzado una variedad y un equilibrio mucho mayor. La etapa de José Luis Castro tuvo cosas muy buenas, pero -e independientemente de los malos modos con los que se le echó de su cargo- se necesitaba un cambio de rumbo que ha llegado con Halffter. La próxima temporada me parece un paso importantísimo en diversidad y en ambiciones. El presupuesto más amplio y la sintonía política con el gobierno central ayudan lo suyo, pero hay algo más: una nueva óptica que aspira no sólo a satisfacer la demanda de lo ya existente, sino también a abrir horizontes creando el interés y la necesidad de conocer autores, repertorios y obras concretas de gran calidad que en principio no cuentan con el respaldo del gran público. Creo, en definitiva, que la llegada de Pedro Halffter ha sido una suerte.
Ahora bien, puedo estar y estoy en desacuerdo con algunas cosas. Por ejemplo, con buena parte de los elencos seleccionados para las funciones operísticas. Con propuestas escénicas concretas. Con la falta de nombres verdaderamente grandes -no hace falta irse a los Barenboim, Muti y compañía- al frente de la Sinfónica, tanto sobre el escenario como en el foso. O con el apoyo a determinados personajillos tan mezquinos y mediocres como peligrosos. Por ejemplo. Y también puedo salir muy descontento de algunos conciertos dirigidos por Halffter, que me parece un director con talento y capaz de hacer verdaderas maravillas, pero también un músico irregular que no calcula bien sus fuerzas en un repertorio que quiere que sea muy amplio.
Por desgracia se siguen leyendo y escuchando opiniones que no son sino fruto de esas adhesiones incondicionales de las que hemos hablado. O de odios viscerales. La actitud de quienes sólo saben echar incienso ha quedado tan en entredicho que una reciente crítica, disparatadísima por sus desmedidos y ridículos elogios fuera de toda objetividad, ya está siendo el hazmerreir de los melómanos a nivel nacional. La gente no es tonta y muchos saben qué es lo que siempre pretende semejante tipo de plumífero: encarguitos, figurar o, sencillamente, el poder en el mundillo musical local. No soy el único en señalar el daño tan grande que semejantes circunstancias le hacen a la figura de Halffter, quien por cierto no parece hacerle ascos a semejante situación.
Claro que tampoco son creíbles los que siguen intentando -me temo que ya en vano- hacernos creer que este señor es un mal director y un pésimo gestor. Se puede estar en pleno desacuerdo con su proyecto, faltaría más, y se pueden ofrecer innumerables razones para estarlo: la ideología política de cada uno ha de apostar, lógicamente, por diferentes maneras de poner en práctica un proyecto cultural determinado. Ahora bien, lo que no se puede es afirmar que todo lo que se hace ahora en el Maestranza se hace mal y, cuando las cosas funcionan de manera indiscutiblemente positiva, perdonar la vida y poner las insuficiencias en primerísimo plano. Tampoco se puede valorar la batuta de Halffter en función del partido que le puso en el poder. Ni su gestión en general a partir de determinados desaciertos parciales ni de dinámicas no del todo transparentes. Ni menos aún culparle del fracaso de los artistas que contrata: ahí está el reciente fracaso del Don Giovanni, en el que Halffter ha cargado con las culpas que única y exclusivamente corresponden, en este caso, a Mario Gas y Antoni Ros Marbá.
En fin, a mí me parece que estas dos actitudes extremas son igual de ridículas y, desde luego, igualmente dañinas. Para quienes las adoptan, para quienes las sufren y, sobre todo, para la Música. Así nos va…. aquí y en todas partes, porque exactamente la misma situación se produce en el mundo musical de Gran Canaria en torno a la misma figura de Pedro Halffter. Sólo cambian los nombres que tiene alrededor y el partido que le puso en el poder. A ver si de una vez dejamos de confundir churras y merinas, aunque no parece probable: demasiados intereses en juego.
Un cajón de sastre para cosas sobre música "clásica". Discos, conciertos, audiciones comparadas, filias y fobias, maledicencias varias... Todo ello con centro en Jerez de la Frontera, aunque viajando todo lo posible. En definitiva, un blog sin ningún interés.
jueves, 3 de julio de 2008
miércoles, 2 de julio de 2008
La Concertgebouw en Granada
La primera vez que escuché a la Concertgebouw en directo fue en la Expo’92, con un doble programa bajo la dirección de Riccardo Chailly. De nuevo con el milanés la vi unos años más tarde, también en el Maestranza, con una sensacional Séptima de Mahler. Y el pasado verano le pude disfrutar un par de conciertos en los Proms londinenses con su antiguo titular Bernard Haitink.
Pero en la reciente visita al Festival de Granada la orquesta holandesa me ha impresionado aún más. La cuerda es fabulosa, muy especialmente qué cuerda grave. Menudas maderas. Y qué metales. El empaste global es igualmente portentoso. Hace unos meses estuve en Londres escuchando a la Sinfónica de Chicago y puedo dar fe de que la justamente mítica formación norteamericana no es mejor. Igual de extraordinaria sí, y desde luego más brillante, pero no mejor, porque la del Concertgebouw, además de precisión y redondez, ofrece una musicalidad en cada uno de sus solistas fuera de lo común.
Desgraciadamente canceló por motivos de salud Mariss Jansons -músico sobrevalorado pero de indiscutible talento- para ser sustituido en el Carlos V por el mucho menos interesante Neeme Järvi, que apechugó con todo el programa inicialmente previsto, incluyendo las páginas de Schumann. Ay. La obertura Euryanthe le salió bastante digna, ya que no inspirada, pero la Sinfonía Primavera dejó mucho que desear. Concretando, el segundo movimiento resultó hermoso y aseado, mientras que el estonio destrozó de manera inmisericorde el resto de la partitura con una brocha gorda, un mal gusto -metales y percusión en primer plano- y una precipitación realmente alarmantes, dando como resultado una lectura rápida, mecánica, machacona e insensible. Un horror.
Le quedaron mucho mejor los Cuadros de una exposición, no sé muy bien si porque a Järvi le va lo colorista -desde luego dirigió con atención al detalle, sin efectismos baratos y con un fino olfato descriptivo- o porque la partitura se presta mucho más al lucimiento de los solistas: maderas, tuba y saxo, de matrícula de honor. Sobre todo este último.
Al día siguiente, la Sinfonía Turangalila. La gigantesca plantilla salió al escenario mientras el público aplaudía ante la noticia -medio aforo masculino llevaba al pinganillo en la oreja- de que la selección española de fútbol había ganado no sé qué competición. Los músicos no sabían a qué se debía en realidad tal entusiasmo ante su salida al ruedo. Algunos en el público se llevaron luego una plancha: las señoras que tenía detrás de mí empezaron a cuchichear, a lamentarse y más tarde a reírse ante las “cosas raras” que se escuchaban en la orquesta. “Ya está bien de moderneces”, venían más o menos a decir. Qué borricas. Algunos se fueron antes de que la obra terminara. ¿Para qué demonios se sacan entradas para una sinfonía con nombre de culebra? Deberían haberse quedado viendo el fútbol. Por suerte la inmensa mayoría de los allí presentes aplaudimos a rabiar.
Grande, grandísima interpretación. Y eso que la batuta de Järvi, centradísima y muy eficiente, no tuvo ni mucho menos la personalidad, el sentido del color y la capacidad para generar tensiones de un Chailly, a quien le escuché por vez primera esta obra maestra en directo con la Filarmónica de La Scala en un concierto de esos que dejan huella. Pero bueno, un orquestón como éste para una partitura semejante es un verdadero lujo de esos que se tienen muy de higo a breva. Un disfrute total.
Jean-Yves Thibaudet, que ya hizo la obra en Sevilla en aquél concierto con Chailly, estuvo deslumbrante. Y para mí fue entrañable tener delante las Ondas Martenot de Cynthia Millar, a la que tantísimos discos de música de cine he escuchado. No pude resistirme a pedirle un autógrafo. Y al pianista también: el disco de su Turangalila con esta misma orquesta y Chailly, quizá la versión de referencia junto a la genial pero muy discutible de Nagano. Total, que me acordaré mucho de esta velada granadina dedicada a Messiaen, a pesar de que estuvo amenizada por los cohetes de algunos golfos que decidieron tomar la ciudad con la excusa del triunfo futbolero.
Pero en la reciente visita al Festival de Granada la orquesta holandesa me ha impresionado aún más. La cuerda es fabulosa, muy especialmente qué cuerda grave. Menudas maderas. Y qué metales. El empaste global es igualmente portentoso. Hace unos meses estuve en Londres escuchando a la Sinfónica de Chicago y puedo dar fe de que la justamente mítica formación norteamericana no es mejor. Igual de extraordinaria sí, y desde luego más brillante, pero no mejor, porque la del Concertgebouw, además de precisión y redondez, ofrece una musicalidad en cada uno de sus solistas fuera de lo común.
Desgraciadamente canceló por motivos de salud Mariss Jansons -músico sobrevalorado pero de indiscutible talento- para ser sustituido en el Carlos V por el mucho menos interesante Neeme Järvi, que apechugó con todo el programa inicialmente previsto, incluyendo las páginas de Schumann. Ay. La obertura Euryanthe le salió bastante digna, ya que no inspirada, pero la Sinfonía Primavera dejó mucho que desear. Concretando, el segundo movimiento resultó hermoso y aseado, mientras que el estonio destrozó de manera inmisericorde el resto de la partitura con una brocha gorda, un mal gusto -metales y percusión en primer plano- y una precipitación realmente alarmantes, dando como resultado una lectura rápida, mecánica, machacona e insensible. Un horror.
Le quedaron mucho mejor los Cuadros de una exposición, no sé muy bien si porque a Järvi le va lo colorista -desde luego dirigió con atención al detalle, sin efectismos baratos y con un fino olfato descriptivo- o porque la partitura se presta mucho más al lucimiento de los solistas: maderas, tuba y saxo, de matrícula de honor. Sobre todo este último.
Al día siguiente, la Sinfonía Turangalila. La gigantesca plantilla salió al escenario mientras el público aplaudía ante la noticia -medio aforo masculino llevaba al pinganillo en la oreja- de que la selección española de fútbol había ganado no sé qué competición. Los músicos no sabían a qué se debía en realidad tal entusiasmo ante su salida al ruedo. Algunos en el público se llevaron luego una plancha: las señoras que tenía detrás de mí empezaron a cuchichear, a lamentarse y más tarde a reírse ante las “cosas raras” que se escuchaban en la orquesta. “Ya está bien de moderneces”, venían más o menos a decir. Qué borricas. Algunos se fueron antes de que la obra terminara. ¿Para qué demonios se sacan entradas para una sinfonía con nombre de culebra? Deberían haberse quedado viendo el fútbol. Por suerte la inmensa mayoría de los allí presentes aplaudimos a rabiar.
Grande, grandísima interpretación. Y eso que la batuta de Järvi, centradísima y muy eficiente, no tuvo ni mucho menos la personalidad, el sentido del color y la capacidad para generar tensiones de un Chailly, a quien le escuché por vez primera esta obra maestra en directo con la Filarmónica de La Scala en un concierto de esos que dejan huella. Pero bueno, un orquestón como éste para una partitura semejante es un verdadero lujo de esos que se tienen muy de higo a breva. Un disfrute total.
Jean-Yves Thibaudet, que ya hizo la obra en Sevilla en aquél concierto con Chailly, estuvo deslumbrante. Y para mí fue entrañable tener delante las Ondas Martenot de Cynthia Millar, a la que tantísimos discos de música de cine he escuchado. No pude resistirme a pedirle un autógrafo. Y al pianista también: el disco de su Turangalila con esta misma orquesta y Chailly, quizá la versión de referencia junto a la genial pero muy discutible de Nagano. Total, que me acordaré mucho de esta velada granadina dedicada a Messiaen, a pesar de que estuvo amenizada por los cohetes de algunos golfos que decidieron tomar la ciudad con la excusa del triunfo futbolero.
jueves, 26 de junio de 2008
Makropulos en el Real
La principal razón de mi viaje a Madrid no fue ni mucho menos asistir al doblete de Zarzuela ni escuchar a la Joven Orquesta de Gran Canaria, sino ver en escena una de mis óperas favoritas del siglo XX, El caso Makropulos (o La cosa Makropulos, o El asunto Makropoulos, o como se la quiera llamar). La obra me fascinó profundamente cuando vi en VSH la propuesta escénica de Nikolaus Lenhoff en Glyndebourne, en gran medida por la poderosísima actuación de Anja Silja. Cuando la misma producción se hizo en el Liceu acudí a Barcelona para poder ver semejante maravilla en directo ; encabezaba el elenco la propia Silja y dirigió, bastante bien, Antoni Ros Marbá. Así que cuando el Real, en su admirable política de reivindicación de Janácek tan criticada los que sólo quieren escuchar Donizetti, ha decidido traer esta producción de la Ópera de París, no podía menos que estrujar mi sufrida VISA y acudir a la capital.
Me encantó la propuesta escénica. Y eso que era muy, pero que muy discutible, porque en demasiadas ocasiones lo que se veía y lo que se cantaba no tenían nada que ver, con ese homenaje a las grandes divas del cine clásico norteamericano y a películas como King Kong, La tentación vive arriba o Sunset Boulevard del que tanto se ha hablado. Pero Krysztof Warlikowski derrochó imaginación, buen gusto, coherencia consigo mismo y un magnífico hacer teatral, siendo además bastante respetuoso con el espíritu, ya que no con la letra, de la obra original de Janácek. La escenografía era impactante y la iluminación estuvo utilizada de manera magistral. Cosas así le gustaría a uno verlas con más frecuencia.
Sin alcanzar el magnetismo escénico de la Silja, Angela Denoke ofreció una sensacional Emilia Marty tanto desde el punto de vista vocal como desde el interpretativo, importando bien poco algún agudo destemplado marca de la casa. Como curiosidad, comentar que, como ya hizo en Wozzeck, decidió enseñarnos las tetas, no precisamente feas. Charles Workman, a quien le recuerdo un mediocre Ferrando alternándose con Ismael Jordi en el propio Real, hizo un buen Albert Gregor. Me gustó bastante menos Vincent Le Texier, estuvo estupendo David Klueber -el simpatiquísimo marido en la vida real de la Denoke- y fue muy emotivo ver y escuchar al veteranísimo Ryland Davies haciendo un excelente Hauk-Sendorf. Lo más flojo fue el foso, pues aunque Paul Daniel dirigió con solvencia, la Sinfónica de Madrid es por completo incapaz de ofrecer la precisión y agilidad que demanda la complicadísima escritura orquestal de este autor.
Pero bueno, pese a estos reparos me lo pasé estupendamente. Tanto, que al día siguiente decidí repetir, con el interés adicional de escuchar una pareja protagonista distinta. Me gustó Anna Katharina Behnke, aunque no llega a la altura de la Denoke en su capacidad para emocionar; por cierto, ésta decidio no enseñar nada. Pär Lindskog lució unos agudos más hermosos que los de Workman, más bien afalsetados, si bien en conjunto no lo hizo mejor que su compañero. Volví a pasármelo estupendamente, aunque desde luego uno se mete mucho más “en acción” desde el patio de butacas que en el segundo piso. Lástima que el dinero no dé para más.
Me encantó la propuesta escénica. Y eso que era muy, pero que muy discutible, porque en demasiadas ocasiones lo que se veía y lo que se cantaba no tenían nada que ver, con ese homenaje a las grandes divas del cine clásico norteamericano y a películas como King Kong, La tentación vive arriba o Sunset Boulevard del que tanto se ha hablado. Pero Krysztof Warlikowski derrochó imaginación, buen gusto, coherencia consigo mismo y un magnífico hacer teatral, siendo además bastante respetuoso con el espíritu, ya que no con la letra, de la obra original de Janácek. La escenografía era impactante y la iluminación estuvo utilizada de manera magistral. Cosas así le gustaría a uno verlas con más frecuencia.
Sin alcanzar el magnetismo escénico de la Silja, Angela Denoke ofreció una sensacional Emilia Marty tanto desde el punto de vista vocal como desde el interpretativo, importando bien poco algún agudo destemplado marca de la casa. Como curiosidad, comentar que, como ya hizo en Wozzeck, decidió enseñarnos las tetas, no precisamente feas. Charles Workman, a quien le recuerdo un mediocre Ferrando alternándose con Ismael Jordi en el propio Real, hizo un buen Albert Gregor. Me gustó bastante menos Vincent Le Texier, estuvo estupendo David Klueber -el simpatiquísimo marido en la vida real de la Denoke- y fue muy emotivo ver y escuchar al veteranísimo Ryland Davies haciendo un excelente Hauk-Sendorf. Lo más flojo fue el foso, pues aunque Paul Daniel dirigió con solvencia, la Sinfónica de Madrid es por completo incapaz de ofrecer la precisión y agilidad que demanda la complicadísima escritura orquestal de este autor.
Pero bueno, pese a estos reparos me lo pasé estupendamente. Tanto, que al día siguiente decidí repetir, con el interés adicional de escuchar una pareja protagonista distinta. Me gustó Anna Katharina Behnke, aunque no llega a la altura de la Denoke en su capacidad para emocionar; por cierto, ésta decidio no enseñar nada. Pär Lindskog lució unos agudos más hermosos que los de Workman, más bien afalsetados, si bien en conjunto no lo hizo mejor que su compañero. Volví a pasármelo estupendamente, aunque desde luego uno se mete mucho más “en acción” desde el patio de butacas que en el segundo piso. Lástima que el dinero no dé para más.
martes, 24 de junio de 2008
Día europeo de la música, a la madrileña
Bajo el lema "Todas las músicas en el Auditorio Nacional" se celebraba en Madrid el Día Europeo de la Música. ¡Menuda cutrez de organización! No se dio mucha publicidad al evento. En Internet apenas había información sobre intérpretes y obras. Y cuando llegas allí lo único que te dan es una fotocopia en blanco y negro con las horas de actuación. Vamos, que quien se asomaba a escuchar, a una hora tan peculiar como las 13:30, a la Joven Orquesta de Gran Canaria, no podía saber ni obras ni intérpretes salvo que se animara a entrar -eso sí, era gratis- en la sala. Allí dentro sí que te daban un buen programa de mano, pero porque se lo traían los de las Islas, que han demostrado ser mucho más profesionales que los señores del INAEM organizadores del evento.
Me lo pasé bien en el concierto. La orquesta alcanza un nivel bastante digno, sobresaliendo una notable sección de cuerda y flaqueando un tanto los metales. Mejor, desde luego, que la Joven Orquesta de Andalucía, para bochorno nuestro. Dirigía Zdzislaw Tytlak, violonchelo solista de la orquesta "adulta" de Gran Canaria, y lo hizo bien, sobre todo en las obras menores del programa, la Serenata Española de Joaquín Malats y la obra homónima de Elgar, la primera de ella solo para cuerdas y la segunda para coro y orquesta. La Fantasía Coral de Beethoven no le quedó nada mal, gracias en buena medida a la muy estimable intervención del pianista José Luis Betancor, y sólo flaqueó un tanto en la Incompleta de Schubert, planteada sin blanduras y con notable carga dramática pero no todo lo bien trazada ni emotiva que debía resultar, echándose de menos además un mayor equilibrio en los planos sonoros y sobrando algunos desajustes. Los Coros Juvenil y Femenino de la OFGC
parecían bastante buenos, y los solistas en Beethoven resultaron apañados.
El escasísimo público asistente (estas no son horas...) aplaudió con entusiasmo y se repitió el final de la pieza beethoveniana. Total, un proyecto muy bonito sobre el papel y que, como demostró este concierto, puede alcanzar un muy digno nivel de calidad, pero que hay que organizar con mayor sensatez, mejor planificación y un mínimo de profesionalidad. Eso sí, al señor Marset luego se le llenará la boca hablando de sus proyectos multiculturales para el Auditorio. Mucho cuento es lo que tiene.
Me lo pasé bien en el concierto. La orquesta alcanza un nivel bastante digno, sobresaliendo una notable sección de cuerda y flaqueando un tanto los metales. Mejor, desde luego, que la Joven Orquesta de Andalucía, para bochorno nuestro. Dirigía Zdzislaw Tytlak, violonchelo solista de la orquesta "adulta" de Gran Canaria, y lo hizo bien, sobre todo en las obras menores del programa, la Serenata Española de Joaquín Malats y la obra homónima de Elgar, la primera de ella solo para cuerdas y la segunda para coro y orquesta. La Fantasía Coral de Beethoven no le quedó nada mal, gracias en buena medida a la muy estimable intervención del pianista José Luis Betancor, y sólo flaqueó un tanto en la Incompleta de Schubert, planteada sin blanduras y con notable carga dramática pero no todo lo bien trazada ni emotiva que debía resultar, echándose de menos además un mayor equilibrio en los planos sonoros y sobrando algunos desajustes. Los Coros Juvenil y Femenino de la OFGC
parecían bastante buenos, y los solistas en Beethoven resultaron apañados.
El escasísimo público asistente (estas no son horas...) aplaudió con entusiasmo y se repitió el final de la pieza beethoveniana. Total, un proyecto muy bonito sobre el papel y que, como demostró este concierto, puede alcanzar un muy digno nivel de calidad, pero que hay que organizar con mayor sensatez, mejor planificación y un mínimo de profesionalidad. Eso sí, al señor Marset luego se le llenará la boca hablando de sus proyectos multiculturales para el Auditorio. Mucho cuento es lo que tiene.
Noche Chueca en Madrid
Me refiero al compositor, no al barrio homónimo. Y es que empecé mi fin de semana musical en Madrid presenciando el estreno de un programa doble en el Teatro de la Zarzuela: El bateo y De Madrid a París. Nunca he sido muy del género chico, más bien al contrario, pero tengo que reconocer que la primera de las obras siempre me ha parecido muy fresca, pegadiza y divertida, a pesar de la debilidad de su libreto. De la segunda, estrenada en 1889, nadie sabía nada: se ha tratado de una recuperación en toda regla. Interesante recuperación, hay que añadir, porque su música tiene toda la gracia, el salero, la autenticidad y la chispa melódica de su autor, por mucho que su ilazón dramática sea inexistente (una serie de variopintos personajes viajan a la Exposición Universal de París de 1889) y que no aporte nada especial al género.
El morbo del asunto estaba en ver qué hacía Andrés Lima con todo esto. Por fortuna, nada escandaloso ni disparatado pero sí muy personal y creativo. Su propuesta es ortodoxa y por completo respetuosa con los libretos, pero aportando numerosos matices sobre personajes y situaciones y moviendo con enorme maestría a solistas, coro y figurantes, aportando por la espectacularidad bien entendida y por un implacable ritmo narrativo. Es verdad que el recurso del “teatro dentro del teatro” está más que visto, pero hecho con talento y con justificación no molesta en absoluto. Lo único que se le puede reprochar es cierta tendencia al grito y a lo arrabalero de todo punto innecesaria. Fantásticas las coreografías de Javier Latorre, que ayudaron lo suyo al éxito de la propuesta.
La Orquesta de la Comunidad de Madrid sigue siendo mediocre, pero Miguel Roa (menos mal que no me tocó Remartinez) dirigió con su habitual chispa y desparpajo. El coro lo hizo bastante bien. Y el nivel canoro fue homogéneo y estimable, con la sola excepción del flojísimo Wamba de Eric Serra, con la voz muy atrás y discretito como actor. ¡Qué lástima que ese día no cantara Luis Álvarez, que lo hace muchísimo mejor! Fantástico como siempre Enrique R. del Portal, que no pudo estar en la Francisquita jerezana del mes pasado por culpa precisamente de estos ensayos. Me resultó especialmente emocionante volver a ver en escena a mi admirado Luis Varela, que sabe sacar petróleo de las piedras: el suyo fue un papel cortito pero logró hacerlo muy divertido. Total, que me lo pasé de maravilla, aunque mejor aún sería el Makropulos del día siguiente.
El morbo del asunto estaba en ver qué hacía Andrés Lima con todo esto. Por fortuna, nada escandaloso ni disparatado pero sí muy personal y creativo. Su propuesta es ortodoxa y por completo respetuosa con los libretos, pero aportando numerosos matices sobre personajes y situaciones y moviendo con enorme maestría a solistas, coro y figurantes, aportando por la espectacularidad bien entendida y por un implacable ritmo narrativo. Es verdad que el recurso del “teatro dentro del teatro” está más que visto, pero hecho con talento y con justificación no molesta en absoluto. Lo único que se le puede reprochar es cierta tendencia al grito y a lo arrabalero de todo punto innecesaria. Fantásticas las coreografías de Javier Latorre, que ayudaron lo suyo al éxito de la propuesta.
La Orquesta de la Comunidad de Madrid sigue siendo mediocre, pero Miguel Roa (menos mal que no me tocó Remartinez) dirigió con su habitual chispa y desparpajo. El coro lo hizo bastante bien. Y el nivel canoro fue homogéneo y estimable, con la sola excepción del flojísimo Wamba de Eric Serra, con la voz muy atrás y discretito como actor. ¡Qué lástima que ese día no cantara Luis Álvarez, que lo hace muchísimo mejor! Fantástico como siempre Enrique R. del Portal, que no pudo estar en la Francisquita jerezana del mes pasado por culpa precisamente de estos ensayos. Me resultó especialmente emocionante volver a ver en escena a mi admirado Luis Varela, que sabe sacar petróleo de las piedras: el suyo fue un papel cortito pero logró hacerlo muy divertido. Total, que me lo pasé de maravilla, aunque mejor aún sería el Makropulos del día siguiente.
jueves, 19 de junio de 2008
La Manon de Henze
Todo el mundo conoce la Manon de Massenet, sin duda muy bella pero para mi gusto en exceso larga y un tanto pastelosa. También la de Puccini, magnífica a pesar de sus irregularidades. Pero pocos la que compuso Hans Werner Henze en 1952 con el título Boulevard Solitude. Acabo de ver el DVD editado por Euroarts grabado en el Liceu en marzo de 2007 y ha sido una grata sorpresa.

La historia es más o menos la misma de siempre, aunque aquí el libreto debe no poco, al parecer, a una película rodada por Clouzot en 1949 titulada precisamente Manon. En cualquier caso los personajes son los ya conocidos y las situaciones similares. La música, compuesta por un Henze de veinticinco años, es muy atractiva, moviéndose a medio camino entre el serialismo y la tonalidad, con influencias del jazz más que evidentes. Cierto es que no todas las escenas mantienen el mismo interés en cuando a la fusión entre partitura y escena, pero el resultado global deja buen sabor de boca. El final me ha parecido acongojante.
La premiada puesta en escena de Nikolaus Lehnhoff es compleja pero hábil y muy sugestiva. Laura Aikin canta muy bien a la protagonista y le presta un cuerpo realmente atractivo. Par Lindkog es un solvente Armand Des Grieux y solamente Tom Fox, fabuloso como actor, hace aguas en lo vocal como Lescaut. La dirección de Zoltan Pesko es muy buena, situándose al frente de una orquesta alcanza el aprobado. La toma sonora es muy notable y se ofrecen subtítulos en castellano. En fin, un DVD de lo más interesante, salvo para los muchos que siguen pensando que la opera se acabó con Turandot.

La historia es más o menos la misma de siempre, aunque aquí el libreto debe no poco, al parecer, a una película rodada por Clouzot en 1949 titulada precisamente Manon. En cualquier caso los personajes son los ya conocidos y las situaciones similares. La música, compuesta por un Henze de veinticinco años, es muy atractiva, moviéndose a medio camino entre el serialismo y la tonalidad, con influencias del jazz más que evidentes. Cierto es que no todas las escenas mantienen el mismo interés en cuando a la fusión entre partitura y escena, pero el resultado global deja buen sabor de boca. El final me ha parecido acongojante.
La premiada puesta en escena de Nikolaus Lehnhoff es compleja pero hábil y muy sugestiva. Laura Aikin canta muy bien a la protagonista y le presta un cuerpo realmente atractivo. Par Lindkog es un solvente Armand Des Grieux y solamente Tom Fox, fabuloso como actor, hace aguas en lo vocal como Lescaut. La dirección de Zoltan Pesko es muy buena, situándose al frente de una orquesta alcanza el aprobado. La toma sonora es muy notable y se ofrecen subtítulos en castellano. En fin, un DVD de lo más interesante, salvo para los muchos que siguen pensando que la opera se acabó con Turandot.
miércoles, 18 de junio de 2008
Joyas gratis en Internet
Cada día está más claro: el futuro de las grabaciones de música clásica está en la red. Y no sólo por el intercambio P2P, no señor. Hay orquestas que ya se han puesto las pilas y ofrecen conciertos gratuitos a cambio de escuchar un poco de publicidad. Es el caso de la Filarmónica de Nueva York y de la Sinfónica de Chicago. Esta última coloca los programas de radio patrocinados por BP durante varias semanas, y uno los puede escuchar perfectamente on line con una calidad de audio, aunque desde luego lejos de un CD al uso, bastante aceptable: a caballo regalado...
Lo mejor es que con un programa del tipo Total Recorder uno se puede grabar en el disco duro el concierto, y luego con algún editor de música, como por ejemplo el Sound Forge, puede trocear el concierto y fabricarse sus propios cedés.
Yo ya he conseguido bastantes joyas mediante esta vía, y cualquiera puede hacerlo siempre que esté atento a qué se va colocando. Ahora mismo, por ejemplo, hay una Quinta de Prokofiev dirigida por Lorin Maazel que me parece una de las mejores de las veintiséis que he escuchado (¿se nota que es una de mis sinfonías favoritas?). Y también se puede escuchar a Nicholas Kraemer haciendo unos magníficos Haendel y Telemann con la orquesta norteamericana, aunque evidentemente no sea algo apto para los alérgicos al historicismo, que aún los hay... ¡Y qué morbazo escuchar a la CSO sonando así!
Por si fuera poco, aún se puede escuchar esa genial Primera de Prokofiev por Giulini casi inencontrable en CD, pues sólo se editó en una colección de quioscos. Ahí va el enlace.
Conciertos de la Sinfónica de Chicago en la red.
Lo mejor es que con un programa del tipo Total Recorder uno se puede grabar en el disco duro el concierto, y luego con algún editor de música, como por ejemplo el Sound Forge, puede trocear el concierto y fabricarse sus propios cedés.
Yo ya he conseguido bastantes joyas mediante esta vía, y cualquiera puede hacerlo siempre que esté atento a qué se va colocando. Ahora mismo, por ejemplo, hay una Quinta de Prokofiev dirigida por Lorin Maazel que me parece una de las mejores de las veintiséis que he escuchado (¿se nota que es una de mis sinfonías favoritas?). Y también se puede escuchar a Nicholas Kraemer haciendo unos magníficos Haendel y Telemann con la orquesta norteamericana, aunque evidentemente no sea algo apto para los alérgicos al historicismo, que aún los hay... ¡Y qué morbazo escuchar a la CSO sonando así!
Por si fuera poco, aún se puede escuchar esa genial Primera de Prokofiev por Giulini casi inencontrable en CD, pues sólo se editó en una colección de quioscos. Ahí va el enlace.
Conciertos de la Sinfónica de Chicago en la red.
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