jueves, 26 de junio de 2008

Makropulos en el Real

La principal razón de mi viaje a Madrid no fue ni mucho menos asistir al doblete de Zarzuela ni escuchar a la Joven Orquesta de Gran Canaria, sino ver en escena una de mis óperas favoritas del siglo XX, El caso Makropulos (o La cosa Makropulos, o El asunto Makropoulos, o como se la quiera llamar). La obra me fascinó profundamente cuando vi en VSH la propuesta escénica de Nikolaus Lenhoff en Glyndebourne, en gran medida por la poderosísima actuación de Anja Silja. Cuando la misma producción se hizo en el Liceu acudí a Barcelona para poder ver semejante maravilla en directo ; encabezaba el elenco la propia Silja y dirigió, bastante bien, Antoni Ros Marbá. Así que cuando el Real, en su admirable política de reivindicación de Janácek tan criticada los que sólo quieren escuchar Donizetti, ha decidido traer esta producción de la Ópera de París, no podía menos que estrujar mi sufrida VISA y acudir a la capital.

Me encantó la propuesta escénica. Y eso que era muy, pero que muy discutible, porque en demasiadas ocasiones lo que se veía y lo que se cantaba no tenían nada que ver, con ese homenaje a las grandes divas del cine clásico norteamericano y a películas como King Kong, La tentación vive arriba o Sunset Boulevard del que tanto se ha hablado. Pero Krysztof Warlikowski derrochó imaginación, buen gusto, coherencia consigo mismo y un magnífico hacer teatral, siendo además bastante respetuoso con el espíritu, ya que no con la letra, de la obra original de Janácek. La escenografía era impactante y la iluminación estuvo utilizada de manera magistral. Cosas así le gustaría a uno verlas con más frecuencia.

Sin alcanzar el magnetismo escénico de la Silja, Angela Denoke ofreció una sensacional Emilia Marty tanto desde el punto de vista vocal como desde el interpretativo, importando bien poco algún agudo destemplado marca de la casa. Como curiosidad, comentar que, como ya hizo en Wozzeck, decidió enseñarnos las tetas, no precisamente feas. Charles Workman, a quien le recuerdo un mediocre Ferrando alternándose con Ismael Jordi en el propio Real, hizo un buen Albert Gregor. Me gustó bastante menos Vincent Le Texier, estuvo estupendo David Klueber -el simpatiquísimo marido en la vida real de la Denoke- y fue muy emotivo ver y escuchar al veteranísimo Ryland Davies haciendo un excelente Hauk-Sendorf. Lo más flojo fue el foso, pues aunque Paul Daniel dirigió con solvencia, la Sinfónica de Madrid es por completo incapaz de ofrecer la precisión y agilidad que demanda la complicadísima escritura orquestal de este autor.

Pero bueno, pese a estos reparos me lo pasé estupendamente. Tanto, que al día siguiente decidí repetir, con el interés adicional de escuchar una pareja protagonista distinta. Me gustó Anna Katharina Behnke, aunque no llega a la altura de la Denoke en su capacidad para emocionar; por cierto, ésta decidio no enseñar nada. Pär Lindskog lució unos agudos más hermosos que los de Workman, más bien afalsetados, si bien en conjunto no lo hizo mejor que su compañero. Volví a pasármelo estupendamente, aunque desde luego uno se mete mucho más “en acción” desde el patio de butacas que en el segundo piso. Lástima que el dinero no dé para más.

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