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martes, 4 de agosto de 2009

Barenboim, West-Eastern Divan 2009 (y II): Fidelio

A tenor de diversos comentarios que escuché en el intermedio, siguen algunos melómanos cometiendo el grave error de confundir ejecución e interpretación. Son dos conceptos directamente relacionados, desde luego, pero distintos. Puede haber una excelente ejecución que, al mismo tiempo, sea una mediocre e incluso mala interpretación, e igualmente se puede ofrecer una excelsa interpretación a través ejecuciones más o menos imperfectas. ¿Han escuchado ustedes a Furtwängler? Pues eso.

En cuando al caso que nos ocupa, el Fidelio en versión de concierto que ofreció Barenboim ayer 3 de agosto en el Maestranza, ciertamente la ejecución de la West-Eastern Divan Orchestra, en cualquier caso muy competente, tuvo una serie de limitaciones -junto a muchos músicos excelentes hay otros que están en proceso de aprendizaje- que pudieron no satisfacer a las sensibilidades acostumbrada la absoluta perfección técnica de los discos; pero en lo que a la interpretación se refiere, es decir, al concepto que tiene el director de la pieza y a cómo vierte ese concepto en sonidos, el resultado rozó lo excelso.

Frente a visiones mucho más clásicas y apolíneas (escúchese el trabajo de Mehta en el DVD del Palau de Les Arts -enlace-, mejor ejecutado pero menos interesante en lo expresivo), Barenboim ofrece su esperable Beethoven gótico, denso, filosófico en los momentos más reflexivos y extraordinariamente sanguíneo, tenso e incandescente en los extrovertidos.

Cierto es que se aburrió un tanto -al argentino se le nota mucho cuando una música no le atrae- en los pasajes vinculados a la tradición del singspiel; que la Leonora III que abría la velada se le ha escuchado otras veces más tensa; y que el comienzo del acto II le sonaba en el disco más oscuro y dramático. Pero en general la dirección voló a una enorme altura, superándose Barenboim a sí mismo en momentos como el aria de Pizarro o el final de la ópera (¡arrebatadísimo!), y alcanzando el cielo en el cuarteto del acto I: dudo que nunca nadie lo haya dirigido con mayor concentración, belleza y elevación poética. Ni que decir tiene que obtuvo de la orquesta un sonido beethoveniano cien por cien.

Voces de primera

Dudo asimismo que sea fácil para un teatro reunir un elenco abiertamente superior a éste. De la Meier me decía un amigo en el intermedio que “la que tuvo, retuvo”. ¿Cómo que “la que tuvo”? ¡La que tiene! La cantante alemana sigue siendo una Leonora de auténtico ensueño. Tiranteces en el agudo -es mezzo, no se olvide- las ha tenido siempre en este dificilísimo papel. Los cambios de color en las notas más graves son comprensibles. Y algún accidente en los pianísimos se perdona si tenemos en cuenta que su edad ya es relativamente avanzada.

Pero, señoras y señores, qué manera de recrear el personaje. Valiéndose de una voz bellísima -pura crema-, de una técnica de enorme solidez, de una dicción prístina y de un talento dramático de primerísimo orden, la Meier dio una lección de estilo, expresividad y sinceridad en su Leonora, plegándose maravillosamente a todas las circunstancias en la evolución del personaje sin dejar de atender al sentido de ni una sola de las frases, por pequeña que fuera. Además estuvo maravillosa como narradora de los textos de Edward Said, puestos en boca de la propia Leonora -el personaje rememora la historia a manera de flashback-, textos que sirven para enlazar los diferentes números de la partitura cuando ésta se ofrece en versión de concierto.

El papel de Florestán es poco menos que imposible pese a su brevedad (¿en qué estaría pensando Beethoven?), pero el joven Simon O’Neill, no teniendo la voz más adecuada -en exceso lírica- y pasando sus apuros en la zona de paso, resolvió la papeleta más que satisfactoriamente. Dio las notas, proyectó magníficamente la voz e hizo gala de un squillo admirable; su agudo inicial, larguísimo y magnífico.

Muy bien el barítono sueco Peter Mattei, hoy día ya una estrella mediática: se quedó corto en el grave pero cantó de manera excelente, e interpretó con todo el arrojo necesario al malévolo Don Pizarro sin caer en truculencias.

Sir John Tomlinson empezó muy destemplado -deficiente su intervención en el cuarteto-, pero al poco tiempo se mostró como un segurísimo Rocco, ideal por su voz pastosa e impresionante como recreador vocal, y más aún escénico, del personaje: este señor es un auténtico maestro de la escena (enlace).

La guapa Adriana Kucerova, algo tirante en el agudo, lució una voz muy bonita y estupendas intenciones expresivas en Marcelline. Stephan Rügamer (uno de los nombres más habituales con Barenboim) ofreció un irreprochable Jaquino y el joven Viktor Rud apuntó buenísimas maneras como Don Fernando.

¿Y el Orfeón Donostiarra? Pues me gustaría que alguien me dijera si hay algún coro del mundo que cante mejor esta parte. Yo lo dudo. El público sevillano tiene que estar agradecidísimo al conjunto vasco, que se preparó la partitura para esta única función (en Salzburgo y en los Proms cantarán otras agrupaciones) y que acudió al Teatro de la Maestranza por puro amor al arte y al proyecto del West-Eastern Divan, sin cobrar un solo euro. Como tampoco ha cobrado ninguno de los que se encontraban sobre el escenario, dicho sea de paso.

El éxito de público fue apoteósico. Una noche para el recuerdo.

PS. En la web de Arsace (enlace) se ofrecen enlaces para descargarse una grabación maravillosamente privada del evento. He escuchado el primer acto y debo corregirme a mí mismo: la dirección de Barenboim fue excelsa incluso en los números que entonces me parecieron menos extraordinarios. ¡Qué magistral lección la del de Buenos Aires! Y ha vuelto a parecerme admirable la orquesta, pese a los gazapos y a las insuficiencias apuntadas. Uno de los mejores espectáculos líricos de la historia del Maestranza, sin la menor duda.

martes, 14 de julio de 2009

El Minotauro, de Birtwistle: una admirable ópera del siglo XXI

Aprovechando la rebaja veraniega del 50% en numerosos lanzamientos de Opus Arte, sello británico caracterizado por su inmejorable calidad audiovisual y sus elevadísimos precios, me compré el doble DVD de The Minotaur, ópera escrita por Harrison Birtwistle (n. 1934) sobre libreto de David Harsent estrenada en el Covent Garden el 15 de abril de 2008. Hace nada, vamos. Acerté con la compra.

Minotaur_Birtwistle
He aquí un modelo de lo que puede (¿debe?) ser la ópera del siglo XXI. Por un lado, un libreto sólido, inteligente, que no se acompleja de ser tachado de conservadurismo por recuperar un mito de la antigüedad clásica, y que sabe fusionar aspectos narrativos y conceptuales ofreciendo multiplicidad de lecturas para quien lo demande, pero también “narración” pura y dura a quienes no quieran ver más que una historia bien contada.

Por otro, una música que no es ni “antigua” ni “moderna”, que sabe beber de las fuentes sin caer ni mucho menos en el eclecticismo y sin dejar de poseer una marcada personalidad; una música que está magníficamente orquestada y que, aun renunciado a toda concesión de cara a la galería para volcarse en el servicio al drama, resulta por encima de todo fresca y comunicativa: la voluntad de enganchar con el público, al contrario de lo que ocurre con otros muy “comprometidos” (léase “subvencionados”) creadores de hoy, resulta evidente.

Minotaur_Birtwistle_2
Obra tensa y violenta, por momentos un pelín discursiva y no del todo bien trabada en sus dos líneas argumentales (la que se refiere a Ariadna y Teseo, por un lado, y la que se ocupa del Minotauro, por otro) esta en cualquier caso admirable ópera se beneficia de una puesta en escena sobria, inteligente y muy sangrienta de Stephen Langridge, de un apasionado Antonio Pappano que no duda en subrayar las numerosas aristas de la partitura (¡impresionante la percusión en un equipo con subwoofer y DTS!), de un coro espléndido y de un sólido equipo de cantantes encabezado por Christine Rice (pobre en el grave pero muy elegante, musical y voluntariosa) y el cada día más valorado Johan Reuter (no hace mucho Nick Shadow en el Real -enlace-). Incuso el gran Philip Langridge tiene un suculento papelito.

Claro que quien se lleva el gato al agua es Sir John Tomlinson, el Minotauro propiamente dicho. Lejos de las insuficiencias vocales que afectaban a su Haendel, su Mozart o su Wagner, el bajo (más que barítono-bajo) británico ofrece, en este rol específicamente escrito para sus particularidades, monólogos espeluznantes, de una sinceridad desgarradora, que se convierten en una magistral lección de cómo fundir drama y canto. Y en eso consiste, precisamente, la auténtica Ópera.

sábado, 20 de junio de 2009

El Anillo de Kupfer y Barenboim, veinte años después

Este mes de junio se cumplen veinte años, ahí es nada, del estreno de la producción del Anillo wagneriano a cargo de Harry Kupfer y Daniel Barenboim -primer acercamiento de ambos a la Tetralogía- en el Festival de Bayreuth. La polémica estuvo servida en su momento. Hoy, con todo lo que ha llovido, las cosas se pueden analizar desde otro punto de vista.

Anillo_Barenboim_Kupfer

Hagamos un breve repaso sobre la grabación que conservamos en DVD, realizada -como es norma en la Colina Verde- en sesiones especiales sin público una vez ya rodada la producción: a 1991 pertenecen Das Rheingold y Götterdämmerung y al año siguiente corresponden Die Walküre y Siegfried. Se trató, por cierto, de la primera filmación operística realizada en alta definición y con auténtico sonido “surround” (es decir, con micrófonos en la sala para los canales traseros): su superioridad a otros registros de la época se deja notar.

La escena

Afirmaba Kupfer que quería conseguir un Anillo intemporal. Pues no es precisamente la mejor manera haciendo referencia, justo ante de que suenen las primeras notas, al accidente nuclear de Chernóbil (que había tenido lugar en 1986) de manera más o menos velada. Tampoco lo es presentarnos, mientras suena la sublime música del epílogo, a un grupo de televidentes contemplando con total indiferencia el fin del mundo en sus aparatos, por mucho que Barenboim afirme que el regista se adelantó a su tiempo con el 11-S. La presencia de los dos niños cogidos de la manita mientras suena el motivo de la redención y Alberich contempla la bajada del telón, moralina pura, sigue molestando muchísimo.

Visualmente es una producción fea, lo que no implica necesariamente que sea inadecuada. Por ejemplo, a los dos primeros actos de Sigfrido les viene muy bien esta estética de lo degradado. El final de esa misma ópera, sin embargo, o el del Oro del Rin, necesitan una vertiente visual mucho más poética y evocadora. Por otra parte, la utilización del láser ofrece buenísimos resultados para representar la superficie del rio.

Oro_Barenboim_Kupfer

El vestuario, lejos de resultar intemporal, queda muy anclado en ciertas estéticas centroeuropeas de los ochenta. Además es feo de narices. Las walkyrias van horrorosas. ¿Preferible esto a la estética naif de la producción de Otto Schenk para el Met, que por cierto se filmó por estas mismas fechas? No estoy del todo seguro.

De lo que sí estoy seguro es que que, pese a los reparos apuntados, la producción convence plenamente gracias a su excepcional dirección de actores. Kupfer, por lo general muy atento a la aparición de los diferentes leitmotivs, mueve a los personajes con enorme sentido dramático y proverbial lucidez (¡ese sombrío Hagen controlándolo todo desde su atalaya), y además trabaja minuciosamente la gestualidad de cada uno de los cantantes para que éstos den lo mejor de sí.

Hay cierta exageración en el primer acto de La Walkyria, con una tensión entre Siegmund y Hunding en exceso forzada, pero otros momentos son de infarto, como ocurre con todo el final de la referida ópera, que gracias a una Evans y -sobre todo- a un Tomlinson excepcionales en su faceta de actores, alcanza una altísima temperatura emocional.

Por lo demás, el tan criticado funambulismo que exige a la protagonistas del drama no parece fuera de lugar: será incómodo para el canto, pero se evita a cambio ese estatismo que tanto puede molestar a los ojos de un espectador de finales del siglo XX, acostumbrados a una acción escénica muy alejada de las convenciones decimonónicas.

Los cantantes

Presuntamente el equipo es de una aceptable medianía “para lo tiempos que corren”. Para mí, y reconociendo que no estas son las voces del Nuevo Bayreuth, es un elenco bastante notable. El punto negro es Tomlinson, un bajo que tuvo aquí cantar de bajo-barítono. El propio cantante reconoce en la entrevista que acompaña estos DVD que lo suyo son los Fafner, Hunding y Hagen, y que se incorporó el personaje por deseo expreso de Barenboim. ¿Resultado? Un Wotan tosco y artificial en el canto, muy incómodo en el prólogo y en la primera jornada, bastante menos -lógicamente- como Viandante, pero en cualquier caso voluntarioso en lo expresivo, amén -lo dije más arriba- de estupendo actor.

De Anne Evans se suele hablar mal, pero a mí me gusta. Y mucho. Desde luego no tiene la voz de Brunilda, pero esta señora matiza el personaje en todos sus recovecos, atendiendo por igual a la ternura con Wotan, a su perplejidad transforma en pasión con Sigfrido, a su terrible cólera de mujer despechada en el Ocaso y a su redentora entrega final. Quienes encuentren estrictamente necesarios agudos vibrantes, graves sólidos y todo un generoso despliegue de medios vocales, que busquen en otra parte.

Walkyria_Barenboim_Kupfer

Al resto del elenco, salvando el discreto Gunther de Bodo Brinkmann, es difícil ponerle grandes reparos. Jerusalem estaba en su mejor momento y ofrece un Sigfrido de gran nivel. Graham Clark, auténtico histrión, hace un Loge demasiado agrio en lo vocal -lo que por otra parte encaja con la ácida visión que del personaje ofrece Kupfer- para luego triunfar (en Sigfrido) con un Mime sensacional. Gran Alberich de Günter von Kannen. La Erda de Birgitta Svendén es estupenda. Poul Elming y Nadine Secunde son una muy correcta pareja de Welsungos. Mathias Hölle compone un muy temible Hunding. Philip Kang cumple como Fafner para luego hacer un sólido Hagen (lástima no haber tenido a Salminen). Y Waltraud Meier, finalmente, está fabulosa recreado a Waltraute en el Ocaso.

Barenboim

Fue el de Barenboim -retransmisión radiofónica de 1992 de esta misma producción- mi primer Anillo completo. Me gustó muchísimo entonces, claro está. Ahora menos, porque le encuentro el mismo defecto que a su primer Tristán: la concentración en determinados puntos clave, que alcanzan una fuerza dramática verdaderamente extraordinaria, le lleva a olvidarse del arco global de las tensiones y a desatender otros pasajes no menos importantes (por ejemplo la introducción a la marcha fúnebre, que por las mismas fechas él mismo hacía mucho mejor en disco y en concierto).

Por el contrario, hay pasajes tan incandescentes que en ellos tiende a precipitarse, sin paladear del todo la partitura, e incluso por momentos puede resultar en exceso contundente. Como además Barenboim, ni que decir tiene, se mueve más a gusto en los momentos oscuros, trágicos y desgarrados que en los líricos, y además tiende a plantear la relación entre Sigfrido y Brunilda desde una óptica mucho más carnal que metafísica, la desigualdad está servida.

baren
Ahora bien, son muchas más las virtudes que las insuficiencias de su labor. El lenguaje wagneriano es inequívoco. El olfato para el color, especialmente para las sonoridades oscuras (¡tremebunda la escena de Fafner!), es portentoso. La renuncia al espectáculo epidérmico enfatizando metales y percusión (tipo Levine en el Met) se agradece muchísimo. La sinceridad, incluso visceralidad de su dirección, ofrece muchos momentos arrebatadores. Y el sentido trágico, terrible y nihilista del drama está perfectamente captado por un director que ha sabido cultivar como nadie -no me refiero al Anillo sino a la música en general- la herencia filosófica de Wilhelm Furtwängler

¿Haría hoy mejor Barenboim la Tetralogía? Sin duda. La comparación entre este relativamente flojo primer acto de Walkyria y el que ofreció en versión concierto en Sevilla el pasado verano, igualmente lírico pero mucho más emocionante, no deja lugar a dudas. Esperemos que su próximo acercamiento en Berlín y en La Scala, con Pape haciendo de Wotan, se lleve al DVD. En cualquier caso me permito recomendarle a todo buen aficionado que se deje de prejuicios y no se pierda este Anillo que, con dos décadas a sus espaldas, tiene todavía mucho que ofrecer.

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