Un cajón de sastre para cosas sobre música "clásica". Discos, conciertos, audiciones comparadas, filias y fobias, maledicencias varias... Todo ello con centro en Jerez de la Frontera, aunque viajando todo lo posible. En definitiva, un blog sin ningún interés.
Dos vídeos de Pablo-Heras Casado al frente de la Orquesta de París que he podido ver en el canal Mezzo.
El primero se filmó en el Museé d'Orsay en plena pandemia, concretamente en marzo de 2021, a puerta cerrada y con el objeto de mostrar las bellezas del increíble museo. Maurice Ravel como eje del programa. Primero el Bolero, que dejó bien clara la excelente técnica del maestro granadino: casi todo transcurrió como debe ser, en rampa ascendente, con solo un escaloncito sin apenas importancia. No muchos los consiguen. Excelente el pulso, e irreprochable el virtuosismo de los maestros de la formación parisina. Y ahí acaba la cosa, porque la batuta no logró estimularles a la hora de destilar voluptuosidad y magia sonora. Aburre.
Pero los Cuadros de una exposición, obviamente en la versión raveliana, Heras-Casado acertó a la hora de reivindicar al original de Mussorgsky con una tímbrica altamente incisiva, lejos del hedonismo con el que se suele tratar esta orquestación. Y solo acertó en eso: pocas versiones he escuchado tan insulsas en la expresión como estas. Ni poesía evocadora, ni sentido del humor, ni fuerza dramática... Nada de nada. Tampoco es que la acústica del recinto ayude precisamente. A la postre, lo único interesante del concierto fueron las Cinco canciones griegas, muy bien dirigidas y beneficiadas de la voz de la soprano Sabine Devieilhe.
El otro concierto es de 2019: nada menos que el Réquiem de Héctor Berlioz. Se perdió la oportunidad de dejar una grabación técnicamente óptima de esta página tan complicada de llevar al disco, en la que generalmente se hace uso de iglesias (¿dónde si no se puede meter a tantísima gente?) y la cosa queda fatal. Aquí la acústica de la Phiharmonie de París ofrecía una oportunidad de oro, pero los ingenieros de sonido no lograron sortear la compresión dinámica en una página que, precisamente, exige contrastes muy extremos. ¡Qué pena!
Heras-Casado se empeña en moderar seriamente el vibrato de la cuerda, pero por lo demás no mete la pata. Concierta de maravilla, todo está en su sitio y obtiene un rendimiento superlativo de las masas corales congregadas, el Coro de la Orquesta de París y el Orfeón Donostiarra. No es de extrañar, porque el granadino cuenta con sólidas bases en lo que a dirección coral se refiere. Tampoco debemos dejar de aplaudir con entusiasmo la labor de los respectivos titulares, Lionel Sow y José Antonio Sainz Alfaro. Hay algún apuro de las señoras en la zona aguda, también algún momento muy puntual de despiste generalizado, pero hay que ponerse de rodillas ante lo que todas estas personan hacen en una obra tan increíblemente complicada.
No menos elogios se merecen la Orquesta de París y la Orquesta del Conservatorio de París. También lo hace muy bien el tenor Frédéric Antoun, que no se merecía estar colocado en un lateral de la sala. ¿Y la batuta? Muy bien, gracias. Todo en su sitio y manteniendo el pulso, cosa nada fácil. La inspiración se quedó por el camino.
La celebración hoy 28 de febrero del día de Andalucía nos ha permitido a muchos profesores disfrutar de un puente de cinco días. Así las cosas, y aunque el brazo izquierdo funciona regular a la hora de manejar equipajes, por no hablar de esos temidos momentos de quitarme y ponerme abrigos, jerséis y pijamas, preparé un viaje a Viena junto a la amiga y colega que suele acompañarme en estas ocasiones.
Una maravilla, en principio: cinco conciertos en la Musikverein y un recital de piano en la Konzerthaus, más las visitas a iglesias, museos y tal. Pero la vida da muchas vueltas. Hace un par de semanas recibí palos muy duros en tres ámbitos completamente distintos de mi vida. Incluso puedo añadir un cuarto que tuvo que ver con las desafortunadas consecuencias que se derivaron de un corte de tráfico. Por azares del destino, los golpes fueron llegando no ya de manera consecutiva, sino incluso superpuesta en el tiempo. Si a todo eso sumamos un estrés laboral tremendo –no es culpa de mi entorno de trabajo, sino de haberme cargado yo mismo de un exceso de tareas en mi retorno a las aulas–, comprenderán ustedes que el autor que emborrona estas líneas haya llegado a pasarlo francamente mal.
Al final, lo que iba a ser un viaje "de placer" se ha convertido más bien en un viaje "de terapia", de distracción. Intenté reírme de mí mismo y de los ataques de mis haters en dos las anteriores entradas, como también hablar en ellas de la fascinación que me produce visitar los lugares en que, en un plazo de tres o cuatro décadas, coincidieron algunos de los más interesantes personajes del mundo de la cultura que se hayan conocido. Y no solo del de la música.
¿Ha funcionado la terapia? Solo de manera parcial. He vivido en estos días vieneses momentos maravillosos que tuvieron que ver con la música y con la gastronomía (¡también con la alegría de que el libro de Barenboim está ya imprimiéndose!). Momentos muy bonitos. Momentos más bien grises, pese a las bellezas que se desplegaban a mi alrededor. Y también momentos marcados por una intensa melancolía, por no hablar por la desazón que me ha producido el comportamiento de determinadas personas que no parecen dispuestas a arreglar las cosas entre nosotros. No, no puedo decir que globalmente haya sido un viaje alegre ni relajante.
Todas estas circunstancias, claro está, han influido mucho en mi percepción de los seis conciertos. Y de ellos quiero escribir algo. Les ruego me permitan empezar por el último, el de ayer martes a las siete y media en la Musikverein con la Filarmónica de Londres, Karina Canellakis y Christian Tetzlaff. A la postre, el que más me ha emocionado, por la sencilla razón de que el plato fuerte de la velada era una página que encajaba a la perfección con mi estado de ánimo, y que desde hace ya mucho me ha desgarrado el alma: el Concierto para violín nº 1 de ese genio que fue Dmitri Shostakovich.
Lo pude escuchar –ahí las entradas eran relativamente baratas– en primera fila, a tres metros escasos del solista. Y este me hizo sufrir mucho, muchísimo, solo que en el mejor de los sentidos. Desde que le vi en enero de 2001 en el Villamarta junto a Daniel Harding haciendo Brahms, el de Hamburgo ha madurado una barbaridad. Conocía su admirable grabación esta Op. 77 con John Storgards –tengo que actualizar mi discografía comparada–, y esta de Viena no le ha ido a la zaga. Su agudo afilado –sin llegar al extremo de Perlman– es ideal para la obra. Su compromiso expresivo, muy elevado: ¡qué tremendos gritos de dolor hacía proferir a su violín cada vez que en el Scherzo sonaba la "firma" DSCH! Y su enfoque atento tanto al lirismo como a la virulencia no admite discusión, con independencia de que el melómano pueda preferir aproximaciones más escoradas hacia uno de los dos extremos. La larguísima Cadenza (¡qué escasa piedad del compositor hacia el solista!) la resolvió con pasmoso virtuosismo, si bien aquí cosas aún más profundas se hayan escuchado. Su triunfo entre el respetable, cualquier caso, fue monumental y merecidísimo.
¿Y la señora Canellakis? La neoyorquina había empezado la velada con el bellísimo preludio de Jovánschina: ni sonido a Mussorgsky, ni especial lirismo en las secciones extremas, ni inquietud en la central. Se le aplaudió poquísimo. El Shostakovich lo hizo bastante mejor, muy centrado en el estilo y bastante intenso, aunque también con alguna caída puntual en la precipitación y hasta en la vulgaridad.
Claro, lo interesante del asunto era ver cómo hacía la Cuarta de Brahms allí en la Musikverein, donde las doradas cariátides han escuchado el asunto a gente como Karl Böhm, Carlos Kleiber, Leonard Bernstein o Carlo Maria Giulini, todos ellos con la orquesta a la que "pertenece" la obra, la Wiener Philharmoniker. Pues miren, Canellakis salió medianamente airosa del empeño. Si comparamos con las genialidades a las que acabo de aludir y que todos los melómanos tenemos en mente, pueden reprochársele la falta de verdadero sonido brahmsiano, la relativa parquedad de los matices y el desaprovechamiento de muchas frases. También la ausencia de ese particular lirismo agridulce que necesita el segundo movimiento, o el excesivo escoramiento a lo puramente lúdico en el tercero. A mí me emocionó solo a ratos.
Ahora bien, lo que no voy a negar es que hubo un muy sólido trazo global, tensión bien controlada, brillantez que supo compaginar con el trazo fino y renuncia tanto a la blandura como al rebuscamiento. Dicho de manera; fue una Cuarta de Brahms más vistosa que profunda, típica de una batuta joven, preparada y con talento, pero aún con un camino por recorrer para alcanzar la plena madurez. ¡A ver, que cuarenta y dos años son, salvando casos especialísimos, muy pocos para alcanzar la excelencia en la dirección de orquesta! Se aplaudió mucho, aunque al parecer no lo suficiente para la directora y su equipo: prefirieron no tocar la danza húngara que tenían en los atriles preparada como propina.
Una cosa más: desde mi asiento en el lado izquierdo de la primera fila de butacas, en la Filarmónica de Londres solo veía mujeres, mujeres y más mujeres. Y eso me alegró una barbaridad, sobre todo porque estábamos en una sala en la que se cometió no ya la injusticia, sino la bochornosa infamia de que la "orquesta reina" arriba citada no permitiera a las señoras acceder a sus asientos. Y eso fue hasta hace muy, pero que muy poco tiempo. Por cierto, que tanto las chicas como los chicos –que haberlos, también los había– de la London Philharmonic estuvieron ayer fenomenales. Estaremos atentos a ver cómo se siguen desenvolviendo con esta que es su recientemente renovada titular.
Después de muchos días sin escuchar discos –razones personales de muy diversa índole–, he caído en la trampa del Halloween ese: ahí va una comparativa de Noche en el Monte Pelado, por supuesto que en la más famosa de las múltiples ediciones de la partitura que existen, no otra que la de Rimsky-Korsakov. La original de Mussorsgky a mí me gusta mucho en su anárquica genialidad, pero he tenido que ponerme limitaciones porque de otra manera no daba tiempo: he vuelto a escuchar la mayoría de los registros siguientes, pero las notas de algunos de ellos tienen ya varios años. Es posible que hoy mi opinión fuera distinta, y por eso mismo les recuerdo una vez más que eso de los puntos del uno al diez sirve solamente saber en un vistazo rápido cuáles son las grabaciones que más le gustan al que firma.
Feliz Día de Todos los Santos, que es lo que aquí en España celebramos.
1. Markevitch/Nacional de la Radiodifusión Francesa (EMI, 1954). Adoptando tempi muy rápidos, pero sin perder el control en ningún momento (¡qué técnica de batuta!), y siendo capaz de ofrecer flexibilidad cuando corresponde, el maestro ucraniano ofrece la interpretación más violenta imaginable. Las cuerdas están a tope de electricidad, las maderas suenan incisivas –nada aquí de morbidez francesa– y los metales se muestran imponentes a más no poder. El resultado, que no nos deja un momento de respiro, es tan impactante como limitado a la hora de atender a todas las posibilidades de esta música. Sonido monofónico bastante plano, pero con buena gama dinámica. (9)
2. Giulini/Orquesta Philharmonia (EMI, 1956). Sorprende el maestro italiano al ofrecernos una interpretación rápida, seca, escarpada y llena de electricidad, potenciando aún más el carácter visionario de la partitura: nunca ha sonado la versión Rimsky tan cercana a la original de Mussorgsky. Eso sí, la batuta –extrañamente– anda un poco corta de matices. Muy bien llevada la sección lenta, aun sin llegar a la poesía esperable en el de Barletta. Formidable la orquesta, no muy bien grabada desde el punto de vista tímbrico en un temprano estéreo que no convence ni siquiera tras la reciente recuperación en alta resolución. (9)
3. Mitropoulos/Filarmónica de Nueva York (CBS, 1957). El estupendo reprocesado de lo que ha revelado ser una magnífica toma estereofónica permite que luzca en su esplendor el arte de un maestro hoy en exceso olvidado. Efectivamente: el griego aquí se aleja de todo efectismo para, sin renunciar en absoluto a la fuerza dramática que caracterizaba sus interpretaciones, mostrar un enorme control de los medios a la hora de planificar la arquitectura horizontal, desmenuzar el tejido sinfónico y sacar el mayor rendimiento de una orquesta que distaba de ser óptima. El resultado alcanza un admirable equilibrio entre brillantez y poesía. (9)
4. Cluytens/Orquesta Philharmonia (EMI, 1958). Aunque era flamenco, Cluytens fue el maestro por excelencia de “lo francés”. Ofrece así una recreación bien trazada en la parte tempestuosa –buen equilibrio entre fuerza dramática y finura de trazo– para luego dejarse llevar por una ensoñación seguramente excesiva, pero muy hermosa. El solo de flauta, mórbido a más no poder. Lo dicho: muy francés. (8)
5. Maazel/Filarmónica de Berlín (DG, 1958). El joven Maazel apuesta por el nervio, la brillantez y cierta aspereza que le sientan muy bien a esta música, y al mismo tiempo utiliza su soberbia técnica de batuta para aportar muchas resoluciones personales. Por desgracia, estas unas veces interesan y otras convencen poco, y a la postre su lectura termina resultando algo artificiosa y de cara a la galería. En la sección lenta final tampoco termina de explorar las posibilidades poéticas. Toma seca, descarnada y sin relieve. (7)
6. Ormandy/Orquesta de Philadelphia (CBS, 1959). Se supone que este repertorio colorista y vistoso es lo que mejor interpretaba el maestro de origen húngaro con su formidable orquesta norteamericana. De ahí quizá el mal sabor de boca que deja la audición: se agradece que Ormandy vaya despacio paladeando bien la música, e interesa que se implique con algunos personales juegos agógicos, pero las tensiones no afloran. El resultado es una interpretación un tanto apagada y falta de continuidad. La toma necesita urgentemente un nuevo reprocesado: desconozco si la nueva caja que acaba de sacar Sony lo ofrece. (6)
7. Solti/Filarmónica de Berlín (Decca, 1959). Nadie podía dudar que el desarrolladísimo sentido de la brillantez, la electricidad y la teatralidad de Solti le convertían en un director idóneo para esta página. La sorpresa viene porque, además de las virtudes citadas, el maestro hace gala de una concentración, un refinamiento y un vuelo poético que por aquellas fechas todavía no había acabado de desarrollar: la sección conclusiva es un prodigio. Ideal, por descontado, la mezcla del fulgor de la batuta del húngaro con el músculo de la formación alemana. La toma, solo seis meses posterior a la de Maazel pero bastante superior, hace que esta luzca como se merece. (9)
9. Ansermet/Orquesta de la Suisse Romande (Decca, 1964). Hay que admirar que el maestro no se decante por el efectismo, al tiempo que consigue hacer que los metales de su orquesta suenen con una grandeza opresiva de lo más adecuada, pero lo cierto es que su versión adolece de una flacidez considerable, carece de tensión interna y solo bien avanzada la página parece adquirir un poco del fuego diabólico que necesita. La sección final está bien, solo eso. (7)
10. Bernstein/Filarmónica de Nueva York (CBS, 1965). El –por aquella época– tantas veces nervioso e incluso descontrolado Lenny parece aquí seguir los pasos del registro de Mitropoulos con la misma orquesta optando por la concentración, el control y un tratamiento sinfónico de enorme plasticidad. Lástima que la sección en la que la música se apacigua –justo antes de los solos de clarinete y flauta– no termine de estar conseguida. La toma se ha revelado excelente tras el último reprocesado. (8)
11. Solti/Sinfónica de Londres (Decca, 1966). Siete años después de su interpretación berlinesa, Sir Georg pierde un poquito de electricidad para ganar, diría que considerablemente, en claridad de texturas –la toma ayuda–, en atención al matiz y en sentido del color, atendiendo plenamente tanto a los aspectos propios de Mussorgsky como a las aportaciones más “románticas” de un Rimsky, consiguiendo así un perfecto equilibrio entre ambas facetas de la página. El resultado, de referencia. (10)
12. Ancerl/Filarmónica Checa (Supraphon, 1968). Aun seriamente lastrado por las limitaciones de la orquesta –muy peculiar el sonido del clarinete–, el maestro checo logra ofrecer una muy notable interpretación, cuidadosa e inspirada, en la que desconciertan algunos personales juegos con la agógica. Discreta la toma, y abiertamente malo el reprocesado: se han merendado las frecuencias agudas. (7)
13. Ozawa/Sinfónica de Chicago (RCA-Sony, 1968). He aquí un Ozawa que, aun sin resultar particularmente fiero, se recrea sin disimulo en la brillantez e incluso en la ferocidad de la página aprovechando al máximo una orquesta de enormes posibilidades y una técnica de batuta de enorme exactitud. En la segunda parte de la obra, aun estando recreada de manera irreprochable, no aparece –ni para lo bueno ni para lo malo– el Ozawa más sensual y evocador de etapas posteriores de su carrera. Muy buena la toma, que en alta definición adquiere gran relieve y brillantez. (9)
14. Markevitch/Gewandhaus de Leipzig (Berlin Classics, 1973). Diecinueve años de su grabación parisina, Don Igor se muestra muchísimo más ortodoxo, léase menos personal, más sensato en los tempi y menos feroz que en aquella ocasión, aun manteniendo su capacidad para sostener la tensión y apostando de nuevo por una sonoridad áspera que le sienta muy bien a la obra. Es el último tercio de la misma, lógicamente, el que sale ganando. La reciente recuperación de la toma en alta definición no deslumbra: se ve que la ingeniería original no daba mucho de sí. (8)
15. Barenboim/Sinfónica de Chicago (DG, 1976?). Ya desde los primeros compases, mucho antes ominosos que electrizantes, queda claro que la opción del de Buenos Aires no apunta hacia los aspectos más aristados de la escritura orquestal, sino hacia la atmósfera, lo que no le impide ir construyendo gradualmente las tensiones hasta alcanzar clímax de enorme fuerza dramática. Por otra parte, hay que asombrarse ante el soberbio ejercicio de disección que realiza la batuta: hay detalles que literalmente solo se escuchan en esta recreación, circunstancia a la que tampoco son ajenas ni la increíble orquesta ni una toma que suena de manera asombrosa tras el reciente reprocesado. (9)
16. Rostropovich/Orquesta de París (EMI, 1976-77). Slava acierta apostando por una visión áspera y electrizante, pero en absoluto vulgar ni precipitada, que mira no solo a Rimsky sino también a Mussorgsky. En cualquier caso, la personalidad del genial violonchelista se hace presente con la maravillosa poesía con que está cantada toda la sección lírica. (9)
17. Maazel/Orquesta de Cleveland (Telarc, 1979). Un Maazel muchísimo más sensato, musical y –en definitiva– maduro que el de su temprana grabación en Berlín ofrece una tan ortodoxa como bien realizada interpretación que, sin resultar particularmente inspirada, ofrece algunos detalles de claridad reveladores y alcanza elevada poesía en los solos de clarinete y flauta. Muy buena la toma, ya digital. (9)
18. Colin Davis/Orquesta del Concertgebouw (Philips, 1980). Recuerda un tanto Sir Colin a Barenboim: empieza con más carácter ominoso que electricidad, deja respirar a la música y va haciendo progresar las tensiones de manera implacable, para finalmente explayarse con cantabilidad y concentración en toda la sección lírica. Cierto es que no alcanza la increíble claridad del argentino, pero sí su depuración sonora –admirable tratamiento de las maderas–, refinado sentido del color y exquisito gusto, al tiempo que le supera en elegancia y naturalidad del trazo. La orquesta está soberbia y contribuye al resultado final poniendo brillantez y musicalidad a partes iguales. Toma espléndida. (9)
19. John Williams/Boston Pops (Philips, 1988). No se puede acusar al autor de Star Wars de hacer una versión “peliculera”. Antes al contrario, evidencia un gusto irreprochable y se aparta todo lo que puede del escándalo gratuito. De lo que sí se le puede acusar es de incapacidad para inyectar electricidad, tensión interna y sentido de la continuidad a su interpretación, y eso es particularmente grave en una obra como esta. La orquesta, plena de virtuosismo y tímbricamente seductora, puede hacer poco para remediarlo. Irreprochable la toma. (6)
20. Kunzel/Cincinnati Pops (Telarc, 1988). Grata sorpresa por parte del con frecuencia discreto y a veces algo hortera Erich Kunzel escuchar una interpretación de tan buena factura, no solo con todo en su sitio sino también sensata y musical, incluso inspirada. Que la cuerda quede un tanto en segundo plano puede deberse tanto a la búsqueda de brillantez por parte de la batuta como a una toma –como en la mayoría de sus discos– algo desequilibrada, aunque tímbricamente exquisita y holgada en las frecuencias graves. (7)
21. Sinopoli/Filarmónica de Nueva York (DG, 1989). Una sensata y bien expuesta interpretación, interesante por el nervio y la incisividad de sus momentos más encrespados, aunque no muy poderosa ni opresiva en su atmósfera, como tampoco dotada de una especial garra. Lenta y bien paladeada la sección final. Estupenda la labor de los ingenieros del sello amarillo. (8)
22. Muti/Orquesta de Philadelphia (Philips, 1990). Increíble orquesta, y no menos increíble grabación, al servicio de un Muti que ofrece exactamente lo que de él se podía esperar, una lectura musculada, poderosísima y de enorme garra dramática, formidablemente planificada y sabia a la hora de no confundir electricidad –que la hay en grandes dosis– con violencia. Existen versiones todavía más claras, como también de mayor elevación poética –la sección lenta se queda algo corta–, pero pocas tan redondas. (9)
23. Gergiev/Filarmónica de Viena (Philips, 2000). Interpretación francamente vistosa, muy encendida en la primera parte y de apreciable sensualidad en la segunda, en la que Gergiev extrae un sonido adecuadamente ruso a la formación vienesa, pero no consigue soslayar su habitual tendencia a obviar matices y a recrearse en los grandes contrastes sonoros y expresivos. Demasiada vulgaridad para tratarse de la primera grabación de la obra que realiza la formación vienesa en toda su historia. (7)
24. Nagano/Sinfónica de Montreal (Decca, 2015). Interpretación dicha con empuje, con entusiasmo, que busca una brillantez por momentos excesiva antes que detenerse en la clarificación del entramado orquestal o en los matices. Muy sensual la sección conclusiva. Grabación en vivo con abundantes ruidos del público, de gama dinámica muy amplia pero un tanto difusa, aunque con buen cuerpo. (8)
25. Dudamel/Filarmónica de Viena (DG, 2016). Lejos de ser el maestro colorista y extrovertido que el tópico pretende hacernos creer, el venezolano se está mostrando cada vez más –aun con no pocas irregularidades– como un director capaz de destilar sensualidad y poesía en grado superlativo. Es justo lo que ocurre en esta recreación que, sin ser la más electrizante o escarpada posible en la primera parte, nos atrapa en la segunda haciendo gala de concentración y vuelo lírico admirables. A destacar la excelencia de una flauta que frasea de manera excepcional sobre el color plateado de la cuerda vienesa. Toma de gran calidad, aunque no a la mayor altura posible: la orquesta suena un poco difusa y hay más reverberación de la cuenta. (9)
Se me olvidaba la versión más terrorífica de todas: Stokowski con la Sinfónica de Londres (Decca, 1967) en arreglo del propio director. El horror de los horrores, se lo juro.
Allá por 1958, un Lorin Maazel de tan solo veintiocho años se pone al frente de la Filarmónica de Berlín para hacer repertorio "vistoso", en teoría idóneo para desplegar el enorme potencial de su virtuosismo de batuta, como también el fulgor de la orquesta de Karajan.
En la Noche en el Monte Pelado de Mussorgsky y Rimsky el joven maestro apuesta por el nervio, la brillantez y cierta aspereza que le sientan muy bien a esta música. Al mismo tiempo, utiliza su técnica para aportar muchas resoluciones personales, pero estas unas veces interesan y otras convencen poco. A la postre, su lectura termina resultando algo artificiosa y de cara a la galería. En la sección lenta final no termina de explorar las posibilidades poéticas.
Para hacer el Capricho español de Rimsky busca ante todo la jovialidad, el nervio y la brillantez, pero eso no justifica que se precipite, que caiga en los peores tópicos españolistas, así como en la agresividad innecesaria, en el efectismo e incluso en la vulgaridad. La toma, estereofónica pero seca y sin relieve, no ayuda precisamente.
Quedan los Pinos de Roma de Respighi, primera de sus cuatro recreaciones discográficas. Aquí Maazel hace sonar a la Berliner Philharmoniker con un colorido, una brillantez y un entusiasmo realmente admirables, controlando todos los elementos a sus disposición para ser incisivo sin estridencias en el primer número, administrar las tensiones en el segundo y paladear sin amaneramientos el lirismo del tercero. Únicamente hay que reprochar, como en sus grabaciones posteriores, su excesiva complacencia en los aspectos épicos del cuarto.
¿Conclusión? Un maestro enormemente dotado, pero aún inmaduro y sumamente irregular. Esto último no cambiará a lo largo de toda su carrera.
He expresado muchas veces mi opinión sobre la existencia de la Fundación Barenboim-Said y, en particular, de estos talleres para jóvenes músicos que culminan en concierto sinfónico que sirve como experiencia real y como muestra ante la opinión pública del nivel alcanzado. La resumo, por si las moscas: opinión absolutamente contraria a la de aquellos que afirman que este dinero se debería destinar a nuestros conservatorios, lo que no me impide revindicar que estos últimos deban ser atendidos por la administración pública como realmente se merecen. No, no hay contradicción alguna por mi parte, ni me cuento entre los que piensan que la OJA es nuestra orquesta joven “de verdad” y esta otra una creación que debería desaparecer cuanto antes. Y parece que tampoco se cuenta entre ellos el presidente de la Junta de Andalucía, Juanma Moreno, que ha dado un palo a los “liberales” que deseaban que en cuanto llegara al poder hiciera desaparecer al sur de Sierra Morena todo cuanto tuviera que ver con el apellido Barenboim.
El concierto de esta temporada se dio ayer jueves 29 en Sevilla y se ha ofrecido hoy viernes en Granada. Estuve en el Maestranza, y sobre esa velada escribo. Y lo hago pidiendo al lector que repare en la diferencia enorme entre ejecución e interpretación, es decir, entre la destreza técnica a la hora de convertir los pentagramas en sonido y las cuestiones expresivas.
En el primer aspecto, el concierto me convención por completo. La orquesta sonó francamente bien en todas sus secciones, y lo hizo no solo en el preludio de Tristán e Isolda y en el Concierto para piano n.º 2 de Rachmaninov, sino también en una obra tan terrible en sus exigencias como los Cuadros de una exposición de Mussorgsky orquestados por Ravel. El mérito hay que repartirlo en cuatro partes. Primero, unos jóvenes llenos de talento que a todas luces ha trabajado duro en estas fechas navideñas renunciando a muchas cosas. Segundo, una buena formación previa en nuestros conservatorios, en los que parece que se está haciendo una buena labor. Tercero, unas clases muy fructíferas de los profesores que ha reunido la Fundación Barenboim-Said, procedentes algunos de ellos de orquestas como la Staatskapelle de Berlín, la Radio de Berlín, la Sinfónica de Londres o la del Gewandhaus de Leipzig. Cuarto, no cabe la más mínima duda, la batuta de Nuno Coelho, maestro portugués que ha sabido hacer que unos jóvenes que jamás han tocado juntos suenen con el nivel medio con que lo suelen hacer nuestras orquestas andaluzas estables. Bravísimo por todos ellos.
En el segundo aspecto, el interpretativo, la velada me convenció poco. Dicho de otra manera, no me gustó la manera en que Coelho recreó las partituras. Sí, ya sé que en una ocasión como esta ya bastante tienen los directores con trabajar a fondo con los chavales para que estos suenen como tienen que sonar, pero había ahí cuestiones de fondo con la que no conseguí estar de acuerdo. Porque a mí Tristán me sonó excesivamente aéreo, escaso de densidad tanto sonora como conceptual y muy escorado hacia la dulzonería, por no decir blandura. No, creo que eso no es RichardWagner. Demasiado bonito, sobre todo en la sección conclusiva “de concierto” por la que se decidió optar.
Rachmaninov sí que me pareció planteado y resuelto con acierto: todo en su sitio, sin prisas ni exhibicionismos baratos, pero en los Cuadros perdí el interés ya desde el principio, cuando la célebre introducción sonó frivolona, pimpante y hasta cursi. A parir de ahí, muchísima prisa, desinterés por la atmósfera, escasa poesía, poco encanto. Y tosquedad, no poca tosquedad en el trazo horizontal –en La gran puerta de Kiev hubo algún regulador modelado de manera primaria–, por mucho que la orquesta sonara empastada, con belleza y precisa, y que los solistas fueran luciendo un nivel estupendo para la edad de los músicos (solo un ejemplo: ¡vaya tuba!).
Bueno, ¿y el pianista? Pues tuvimos la suerte de contar con un señor llamado Denis Kozhukhin, un protegido de Barenboim al que yo ya había escuchado en Londres sustituyendo a Lang Lang para hacer con Rattle el tremendo Segundo de Bartók –si se es capaz de tocar eso, es que se tienen dedos para tocar cualquier cosa– (leer reseña) y luego en Barcelona en el Tercero de Rachmaninov con Ashkenazy (leer). En Sevilla ha vuelto a estar formidable. Las cosas se pueden hacer de otra forma –por ejemplo, tan increíblemente bien como las hace Javier Perianes, que por allí andaba encantadísimo con Kozhukhin–, pero es un verdadero disfrute encontrarse con este tipo de pianismo tan de "gran escuela rusa", con ese sonido densísimo y musculado que recuerda a los grandes genios del Este –a Gilels sobre todo, en parte a Richter, por supuesto que a Ashkenazy–, con ese mecanismo de irreprochable limpieza utilizado no para hacer exhibición de dedos sino para servir a la música. Lo hizo dentro de un enfoque de pleno enfrentamiento –en el buen sentido– con la masa orquestal, severo y contenido pero de enorme concentración interior y mucha fuerza dramática, sin rastro de nerviosismo –en el que caía el propio compositor, dicho sea de paso–, y evitando toda tentación de blandura aun corriendo el riesgo de quedarse corto en vuelo poético. Da igual: cosas así no se escuchan todos los días. En cuanto al compromiso político del artista (leer aquí), no cabe sino redoblar los aplausos.
Ah, comparativa discográfica del Segundo de Rachmaninov en este enlace, y de los Cuadros en este otro.
Con enorme curiosidad por ver cómo hacía André Cluytens este repertorio, me he acercado a una grabación de noviembre de 1958, en aceptable sonido estereofónico –se disfruta sin problemas en la reciente recuperación en HD–, en la que el maestro flamenco se ponía al frente de la Orquesta Philharmonia para hacer Capricho español, En las estepas del Asia Central y Noche en el Monte Pelado.
El resultado suena a tópico, pero me parece claro: lo hacía “a la francesa”. Al menos en la obra de Rimsky-Korsakov, expuesta sin prisa alguna, con fraseo mórbido y desplegando un perfume tímbrico embriagador, pero sin descuidar por ello el carácter festivo. Rusticidad “rusa” no demasiada, y claridad tampoco no toda la posible, pero a la postre me ha gustado muchísimo.
Mucho menos la página de Borodin: demasiado blanda y no del todo poética en las secciones líricas, seca y machacona en las épicas. En cuanto al Monte de Mussorgsky arreglado por Rimsky, me parece bastante bien llevado en la parte tempestuosa –buen equilibrio entre fuerza dramática y finura de trazo– para luego dejarse llevar por una ensoñación seguramente excesiva, pero muy hermosa: el solo de flauta resulta mórbido a más no poder. Lo dicho, muy francés.
Este fue uno de los primeros discos compactos que tuve en mi vida: Daniel Barenboim dirigía a la Sinfónica de Chicago Romeo y Julieta de Tchaikovsky, Capricho español y La gran pascua rusa de Rimsky-Korsakov y Noche en el monte pelado de Mussorgsky en el arreglo de Rimsky. Se trataba, en realidad, del trasvase a soporte digital de un vinilo editado en 1977, pero suprimiendo las Danzas polovtsianas de Borodin por la página de Tchaikovsky, esta grabada ya con sonido digital; sensacional interpretación, ciertamente, pero el programa quedaba alterado. Las Danzas salieron luego en diferentes ediciones, una de ellas suprimiendo los dos minutos iniciales (Danza de las doncellas polovtsianas: gracias a Ángel Carrascosa por el dato).
Pues muy bien, el pasado viernes Deutsche Grammophon nos sorprendía con la edición, solo vía streaming, del elepé original con sonido sustancialmente mejorado: si antes sonaba francamente bien, ahora lo hace de escándalo. Si lo escuchan en Dolby Atmos –hay que tener equipo preparado a tal efecto y estar suscrito a una plataforma con este sistema–, ya ni les cuento.
Volver a estas interpretaciones que tengo tan “requeteescuchadas” ha sido un verdadero placer. Primero, por disfrutarlas en condiciones sonoras mejores que las de antes. Segundo, por confirmar que este señor, a sus treinta y cinco años, dirigía maravillosamente bien este repertorio.
Lo más interesante es que no son estas lecturas altamente temperamentales, de esas de director joven en las que priman el impulso, la brillantez y la comunicatividad. Lo que me ha maravillado, y de eso no me daba cuenta cuando estaba estudiando en Sevilla y me compré el disco, es cómo Barenboim se esfuerza por diseccionar todos y cada uno de los elementos del entramado sinfónico. Lo que hace con Chicago no es precisamente potenciar la opulencia y la brillantez que la formación de Solti podía ofrecer, allá por los años setenta, mejor que ninguna otra –hoy la cosa está más igualada–, sino más bien aprovechar su virtuosismo extremo para alcanzar una limpieza y una claridad que con ningún otro director –repito: con ninguno– se haya conocido. Por no hablar de la administración de tensiones: repárese en cómo empieza la Noche… sin demasiada electricidad y va acumulando energía hasta un clímax lleno de fuerza, para inmediatamente después ir reposando no bruscamente, sino de manera gradual. En lo expresivo hay repertorios en los que el maestro tendría aún que madurar –a su impulsivo Bruckner con la misma orquesta aún le sobraba nerviosismo y le faltaba poso reflexivo–, pero en lo que a técnica de batuta se refiere, este joven ya la poseía en grado superlativo. ¡Y no pocos críticos musicales, los que en su momento fueron más significativos de la revista Scherzo, sostuvieron desde entonces hasta los años noventa que era un pianista metido a director! No se puede ir más allá en sordera y fata de sensibilidad.
Dos cosas más a destacar. Una, la manera en la que Barenboim frasea con naturalidad y sin prisa alguna, paladeando de maravillosa manera todas las melodías –un poco menos el celebérrimo tema lírico de Príncipe Igor–, pero cuidándose mucho de no perder el pulso, y sin dejar tampoco (¡faltaría más, teniendo a los chicagoers a su servicio!) de ofrecer toda la “caña” que estas músicas piden. Dos, el enorme instinto a la hora de no occidentalizar demasiado esta música, es decir, de no suavizar texturas, caer en preciosismos sonoros, buscar contrastes dinámicos excesivos o “brahmsificar” la sonoridad, para dejar que cierta rusticidad bien entendida, incluyendo cierta “chulería” en los metales, se ponga de manifiesto. En fin, un enorme, grandísimo disco felizmente recuperado después de muchos años. Escúchenlo una y otra vez.
Dicen que Maurice Ravel traicionó a Modest Musorgsky cuando, a petición de Koussevitzky, orquestó sus geniales Cuadros de una exposición. Es cierto: el vasco-francés no solo suprimió uno de los "paseos" y convirtió Bydlo –el buey tirando de una carreta– en un gran doble regulador, sino que llevó la página a su propio terreno expresivo. La orquestación de Vladimir Ashkenazy, por ejemplo, resulta bastante más fiel al espíritu original. Ahora bien, lo que hizo el autor de Mi madre la oca fue de una inspiración tan inmensa que, con todo el derecho del mundo, el resultado se convirtió pronto en una de las piezas angulares del repertorio sinfónico. Los directores, en cualquier caso, tienen que optar por mirar hacia un compositor o hacia el otro.
No hace falta insistir en que para hacer plena justicia a una página como esta se necesita una orquesta de un nivel considerable. Ahora bien, eso de que no hace falta "interpretar", sino tan solo poner de relieve las virtudes de la escritura sinfónica –lo ha dicho David Hurtwitz–, es una de las mayores chorradas que he escuchado en mi vida.
1. Koussevitzky /Sinfónica de Boston (Naxos, 1930). Este registro se realizó entre el 28 y el 30 de octubre de 1930. Primera grabación mundial de la obra. Dirigía quien encargó a Ravel la orquestación y la había estrenado en París el 19 de octubre de 1922. Está claro que Koussevitzky no solo conoce, sino que también ama su proyecto y es capaz de materializarlo en lo sonoro de manera muy convincente. Su acercamiento sobresale por su sensibilidad tímbrica y atención a la atmósfera, como también por la flexibilidad de una agógica que hoy nos puede resultar algo desconcertante. El trazo es fino y se aprecia una gran atención a los aspectos más ravelianos de la música; por el contrario, el maestro se queda bastante corto en el dramatismo de las catacumbas, en la electricidad que necesita la bruja y, sobre todo, en la grandeza imprescindible en el último número, llevado con demasiadas prisas. Bydlo no es encuentra del todo bien resuelto. Excelente el trabajo de restauración a cargo de Mark Obert-Thorn. (7)
2. Kubelik/Sinfónica de Chicago (Mercury-CSO, 1951). Toda una decepción escuchar este mítico registro a cargo de la orquesta que más y mejor ha grabado los Cuadros. Por supuesto que está tocada con gran brillantez y que la toma sonora con la que se estrenaba en el mercado Mercury Living Presence resulta espléndida para la época. Pero resulta que tan solo seis años más tarde la Chicago Symphony mostraría con Fritz Reiner un nivel técnico realmente portentoso y los ingenieros de RCA Living Stereo harían maravillas recogiendo el brillantísimo sonido de la formación norteamericana. En cualquier caso, quien aquí realmente defrauda es Rafael Kubelik, siempre firme y ajeno al efectismo pero, ya desde la aparición del tema principal, se muestra falto de concentración, desinteresado por la sensualidad, poco inspirado, desatento al matiz expresivo, y con a veces –gnomo, judíos– hasta precipitado. Tullerías, Limoges y Baba-Yaga son quizá quienes salen mejor parados. (7)
3. Markevitch/Filarmónica de Berlín (DG, 1953). Muchísimo más Mussorgsky que Ravel en esta áspera, amarga y encrespada interpretación en la que el maestro hace sonar a la formidable orquesta de manera muy distinta a como lo hará más adelante Karajan: tintes ocres para la cuerda, incisividad en las maderas y aspereza en los metales. Se ponen así de relieve los aspectos más inquietantes de la escritura sin descuidar la finura en el trazo ni el control de la arquitectura, aunque sí pasando un tanto de largo ante sus posibilidades más lúdicas. Por eso mismo, extraña un poco que el interludio entre el segundo y el tercer cuadro resulte más bien pimpante y que la bruja, aun cargada de fuerza, no resulte todo lo feroz que podía haber sido. Llamativos los personalísimos juegos agógicos en Tullerías y la excelencia de la tuba en Bydlo. La toma de la edición DG es monofónica; la del SACD del sello Praga Digital es un estéreo muy cerrado que muy probablemente es fruto de la manipulación. (9)
4. Karajan/Orquesta Philharmonia (EMI, 1955-56). Este registro fue producido por Walter Legge y realizado en temprano sonido estereofónico en el Kingsway Hall en octubre de 1955 y junio de 1956. Las fechas nos avisan de que el de Salzburgo no debió de quedar muy satisfecho con las primeras tomas y quiso repetir algunos números. A tenor de los resultados, bien que terminó contento: lo que se escucha es de una perfección apabullante: empaste, equilibrio de planos, claridad, trazo global... Todo es absolutamente perfecto. Pero falta lo más importante: emoción. Ni humor de uno u otro tipo, ni vuelo lírico, ni sentido descriptivo, ni bullicio, ni atmósfera malsana, ni grandeza. Karajan sustituye la comunicatividad por un monumental espectáculo sonoro basado en los más desatados contrastes dinámicos: no sé hasta qué punto han metido mano los japoneses encargados de la reedición en SACD que he tenido la ocasión de escuchar –por esas fechas la compresión dinámica era algo habitual–, pero al llegar a los pollitos hay que subir el volumen de manera considerable para poder oír algo, mientras que en la Gran puerta de Kiev hay que bajarlo si no se quiere tener un serio problema con los vecinos. Solo se salvan los referidos polluelos, y no tanto por la batuta como por unas maderas muy incisivas llenas de intención que parecen guiadas por el espíritu del titular de la formación, Herr Klemperer. (7)
5. Reiner/Sinfónica de Chicago (RCA, 1957). Como era de esperar Reiner acierta sobre todo a la hora de ofrecer electricidad como, tensión interna y sentido teatral, como también acidez, incisividad y sonoridades sombrías, en una lectura no muy atenta al lirismo –aunque el viejo castillo es muy hermoso– ni al colorido refinado y sensual. Es decir, mira más a Mussorgsky que a Ravel. A destacar la excepcional manera en que recrea los esfuerzos del buey y un mercado de Limoges particularmente trepidante. El gnomo, por el contrario, podría estar más paladeado. Espléndida la orquesta, un prodigio de seguridad, agilidad y brillantez, que contribuye mucho al resultado final. Impresionante la toma sonora para la época, fantástica en SACD. (9)
6. Bernstein/Filarmónica de Nueva York (Sony, 1958). Aunque a finales de los cincuenta al autor de West Side Story le quedaba mucho por madurar como director, lo cierto es que aquí no encontramos ese carácter excesivamente extrovertido y espontáneo que le caracterizaba en esa época. Al contrario, nos topamos con una recreación relativamente madura, bien trazada y con cierto vuelo poético de una partitura que, obviamente, ofrece todo el sentido descriptivo y colorista que hace a Lenny sentirse como pez en el agua. Si al final estos Cuadros no están entre los grandes se debe no tanto a la irregularidad de la inspiración –desconcierta Bydlo, quizá por intentar llegar a un punto de encuentro con el original pianístico– y a la falta de una última vuelta de tuerca en lo que a compromiso expresivo se refiere, como a la mediocre calidad de una Filarmónica de Nueva York cuyos metales (¡qué trompeta!) no pueden hacer justicia a la obra. (8)
7. Leibowitz/Royal Philharmonic (RCA, 1962). Director singular en sus maneras de hacer, el compositor y pedagogo de origen polaco se aparta por completo de lo raveliano, se desinteresa por lo que esta música puede tener de sensualidad, de atmósfera y de calidez poética, para ofrecer una recreación ágil y nerviosa, marcada por un nervio no siempre bien controlado, cuyas sonoridades afiladas e incisivas llegan a resultar en exceso secas, ajenas tanto al mundo de Ravel como al del propio Mussorgsky, pero a la que no se le puede negar atractivo dentro de su marcada irregularidad: si en el mercado de Limoges y la cabaña de la bruja la garra e inmediatez de la batuta enganchan por completo, el baile de los polluelos alcanza la excepcionalidad por su increíble claridad, acertadísimo colorido y nada inocente expresión. Por desgracia, en Bydlo se precipita de manera considerable, mientras que en el último número carece de grandeza y convicción. El trasvase a SACD pone bien de relieve la calidad de la toma sonora. (7)
8. Szell/Orquesta de Cleveland (Sony, 1963). Extraña y desconcertante la lectura en la que el maestro de origen húngaro acierta en la chispa y la picardía de los pollitos o el mercado de Limoges –desmenuzados de manera admirable–, interesa por la desazón que imprime al viejo castillo, se muestra poco poético en los pasajes meditativos de la Puerta de Kiev y evidencia una grave falta de concentración en el gnomo y Bydlo –dichas con exceso de nervio y muy de pasada–, mientras que en resto se queda en esa tan apreciable como rutinaria solidez que generalmente asociamos a su arte. Buen sonido en SACD, con apreciable gama dinámica y buenos graves. (7)
9. Ansermet/Orquesta de la Suisse Romande (Decca, 1964). Rápida, fluida y animada interpretación, muy sensible en la tímbrica, en la que el maestro pasa un tanto de largo ante los pasajes más atmosféricos de la música -gnomo, catacumbas, sección central del último número– pero acierta cuando tiene que ofrecer sensualidad –castillo, Tullerías–, picardía –refinados pollitos– y efervescencia –Limoges–. Se queda muy corto en el juego dinámico de Bdylo –que es cosa de Ravel y no de Mussorgsky–, al tiempo que descubre una trompera especialmente cascarrabias en los dos judíos que anticipa el tratamiento de un Solti. La orquesta, lástima, tiene unos metales que se quedan cortos en una obra de lo más exigente para ellos. (7)
10. Giulini/Orquesta Philharmonia (DVD EMI, 1964). Que rondando los cincuenta años el maestro de Barletta todavía podía madurar más como director lo demuestran estos Cuadros en general magníficamente trazados, muy equilibrados –de momento, la cosa cambiará más adelante– entre el mundo de Mussgorgsky y el de Ravel, y dichos con convicción, intensidad y garra dramática, pero todavía por pulir en algunos aspectos. El Giulini más inspirado y personal está ya presente en el viejo castillo, en las Tullerías y los pollitos, pero en otros momentos se echa de menos una mayor creatividad y atención al detalle; Bydlo resulta flojísimo. En cualquier caso, lo interesante de esta filmación es lo que se ve: la gestualidad facial de Giulini es aquí mucho más variada y expresiva que en otros testimonios videográficos que de él conservamos. (8)
11. Schippers/Filarmónica de Nueva York (Sony, 1965). Aunque ello no le impida paladear con delectación El viejo castillo ni hacer gala de un excelente sentido del humor en los pollitos –admirablemente desmenuzados–, la de Schippers es una interpretación que mira antes al mundo de Mussorgsky que al de Ravel, lo que significa que hay poco de sensualidad, de elegancia y de refinamiento y mucho de carácter bronco, de sonoridades rústicas, ocres y escarpadas, de tensión dramática, todo ello bien controlado por una batuta ágil y de elevado sentido teatral, pero muy atenta a la claridad y que sabe –ni siquiera en un Mercado de Limoges particularmente bullicioso– no dejarse llevar por la precipitación. A destacar la circunstancia de que en Bydlo, la pieza más alterada por Maurice Ravel, Schippers parece mirar a la idea del original pianístico antes que a la del compositor francés. (8)
12. Karajan/Filarmónica de Berlín (DG, 1965-66). El de Salzburgo tenía que volver a grabar la obra con su nueva orquesta y su nuevo sello. Lo cierto es que la Berliner Philarmoniker no supera a la increíble Philharmonia, pero Karajan sí que mejora su anterior recreación olvidándose hasta cierto punto –hay más de un amaneramiento en los paseos– de los preciosismos de antaño y procurando ofrecer la variedad expresiva y la emoción que entonces se echaban en falta. El gnomo y la bruja, por ejemplo, se encuentran recreados con garra e incisividad muy apropiadas, si bien en otros números el maestro no se resiste a soltarse la melena: en la Gran puerta de Kiev las secciones luctuosas suenan insinceras, y todo lo demás es puro exhibicionismo para epatar al personal. La toma es buena, algo seca; la recuperación en HD otorga relieve a la cuerda grave berlinesa, pero el bombo suena plano. (8)
13. Ozawa/Sinfónica de Chicago (RCA-Sony, 1967). Diez años después de la grabación con Reiner, la orquesta norteamericana –por entonces en la etapa Martinon– reafirma su liderazgo absoluto en esta obra con una interpretación, eso sí, de línea muy diferente a la del director húngaro. Con el oriental se pierde buena parte de la electricidad, la garra dramática y la sana rusticidad sonora de entonces -aunque no se trata en absoluto de una interpretación descafeinada: en el joven Ozawa aún no había hecho acto de presencia la blandura–, pero a cambio se gana considerablemente en elegancia, refinamiento y sensualidad, añadiendo un sentido del color mucho menos ocre y más pastel. En definitiva, de mirar a directamente a Mussorgsky se pasa a llegar a un punto de compromiso con el mundo raveliano anunciando lo que con la misma orquesta hará Giulini años más tarde. A destacar en esta versión de RCA, admirablemente reprocesada por Sony, la singular belleza que alcanzan las Tullerías y el carácter más bullicioso que trepidante de Limoges. Muy flojo Bydlo. (8)
14. Giulini/Sinfónica de Chicago (DG, 1976). Pasan ahora nueve años y la CSO vuelve a la carga. Pero no con su nuevo titular, que se reservaría para más adelante, sino con un Giulini que paradójicamente nunca hizo hincapié en la brillantez sonora de la orquesta, sino que más bien se sirvió de su infalible virtuosismo para galvanizar interpretaciones marcadas por la cantabilidad, la elegancia y la introversión. Es justamente lo que ocurre con estos Cuadros, no tan sensuales ni con tanta magia sonora como los de Ozawa –de momento: el italiano le superará en este y otros sentidos en su posterior grabación en Berlín–, pero sí más poéticos e inspirados. También mejor desmenuzados, siempre dentro de una línea bastante raveliana, aportando además de una impronta humanística –escúchese lo desolado de la trompeta en los judíos– marca de la casa, aunque no por ello carezca de tensión interna ni de grandeza –sin ápice de ampulosidad– en un final en el que los portentosos metales de la orquesta ponen lo mejor de su parte. Magnífica la grabación. (10)
15. Ormandy/Orquesta de Philadelphia (DVD Euroarts, 1978). La formación norteamericana asombra por su nivel de ejecución, pero la batuta de Ormandy se muestra plana y
escasamente creativa, alternando números de muy estimable solvencia,
como los pollitos o los judíos, con otros tan flojos como Bydlo. La Gran
Puerta resulta precipitada y vulgar. La toma sonora no parece
que fuera buena en origen, pero la pista en DTS parece aportar cuerpo y
gama dinámica. (7)
16. Muti/Orquesta de Philadelphia (EMI, 1978). Tan solo un mes más tarde de la grabación con Ormandy, la formación norteamericana revalida su extraordinario nivel, pero esta vez bajo una batuta mucho más comprometida que ofrece exactamente lo que de ella podíamos esperar: una interpretación atractiva y personal, rápida en los tempi, áspera e incisiva en las sonoridades, nada preocupada por la belleza sonora, volcada en la tensión interna y la fuerza expresiva. Para ser genial le haría falta algo más de sensualidad tímbrica y una Puerta de Kiev más grandiosa y solemne. En todo caso, el enfoque es por completo coherente consigo mismo. (9)
17. Mehta/Filarmónica de Nueva York (Sony, 1978?). Mediocre trabajo de los ingenieros de CBS para una interpretación en la que un Mehta ya por entonces más interesado en el estrellato que en el trabajo riguroso pasa con enorme facilidad de un castillo fraseado con sensibilidad, unos pollitos dichos con mucha picardía o de una bruja con apreciable garra a un Bdylo más bien vulgar o un final volcado en el efectismo, pasado por otros números dichos con gran profesionalidad sin nada en especial que señalar. La orquesta, que ha mejorado con respecto a la etapa Bernstein, sigue evidenciando limitaciones. En cualquier caso, el maestro acierta a tratarla con una tímbrica incisiva -judíos, Limoges- muy adecuada que apunta a Mussorgsky. (8)
18. Maazel/Orquesta de Cleveland (Telarc, 1979). Temprana toma digital, espléndida y de amplia gama dinámica, para una extrovertida, rápida y juvenil lectura que falla por sus evidentes altibajos de concentración, pero que hace gala de toda la imaginación y el sentido teatral que podíamos esperar en el irregular maestro norteamericano. (8)
19. Solti/Sinfónica de Chicago (Decca, 1980). En la misma línea de Reiner y, por ende, apartándose de la de Giulini, Sir Georg consigue resultados aún más redondos, aportando sobre el antiguo titular de la orquesta una dosis mayor de imaginación, de matices y de vuelo lirico. También, aunque parezca mentira, de tensión interna, sobresaliendo una Baba-Yaga electrizante como ninguna y una Puerta de Kiev de una grandeza y fuerza incomparables. Y todo ello servido con una depuración sonora extrema: la enorme vitalidad del maestro y su total renuncia al preciosismo en modo alguno van en menoscabo de la más absoluta atención al detalle. Una toma sonora sensacional hace que este testimonio sea el ideal para acercarse por vez primera a la partitura. (10)
20. Colin Davis/Concertgebouw (Philips, 1980). La asombrosa maleabilidad de la orquesta holandesa y la suprema musicalidad de sus solistas –admirables el saxo en el castillo y la tuba en Bydlo– es la gran baza de esta recreación dirigida por Sir Colin con elevada sensibilidad, rico sentido del color –maravillosa la toma–, gran atención al detalle -gnomo- y más de un apunte creativo muy original –muy flexible la agógica en Tullerías–, siempre dentro de una visión mayormente clásica y equilibrada, sin interesarse mucho por la electricidad –se echan de menos chispa en su Mercado de Limoges y garra en su Baba Yaga–, pero también sin excederse en lo raveliano, y sabiendo ofrecer una buena diferenciación expresiva entre los mundos sonoros de cada cuadro. Sir Colin se muestra extrovertido y humorístico cuando debe y ofrece poesía cálida sin necesidad de bañarlo todo con un barniz otoñal como Celibidache o el Giulini tardío. (9)
21. Celibidache/Sinfónica de Londres (DVD NHK, 1980). Edición oficial japonesa –la importación me costó bien cara– con imagen y sonido superiores a la medie televisiva de la época de una filmación de la NHK que recoge la más ortodoxa y equilibrada de todas las aproximaciones de Celi a esta página. Los tempi son relativamente lentos, pero no se puede decir que desfiguren la obra ni que atenten contra la teatralidad que necesita. No hay excentricidades, y sí refinamiento tímbrico, sensualidad y mucha poesía –no toda la posible en el viejo castillo– en una aproximación cien por cien raveliana, maravillosamente desmenuzada, en la que sobresalen un encantador baile de los pollitos –a velocidad normal, curiosamente–, unas catacumbas más atmosféricas que terroríficas y una Puerta llena de grandeza. La orquesta, en su tan breve como complicada relación con el rumano, demuestra categoría más por sonoridad global que por el detalle: las pifias son numerosas. (9)
22. Abbado/Sinfónica de Londres (DG, 1981). A punto de empezar el gran giro a peor en su carrera, Abbado a sus cuarenta y ocho años es todavía un director más interesado por la intensidad en la expresión que por el mero sonido y, tratando con verdadera mano maestra a una orquesta que no estaba a la altura de las primerísimas europeas, nos entrega una recreación muy equilibrada entre Mussorgsky y Ravel, escarpada cuando debe serlo, pero también de apreciable refinamiento. Hay que destacar la enorme teatralidad del gnomo, la efervescencia del mercado de Limoges y, sobre todo, la fuerza tremenda de la Gran Puerta de Kiev. Sorprenden Bydlo por su lentitud –soberbio tratamiento de la dinámica– y los pollitos por ser más delicados que humorísticos. Notable grabación en el desaparecido Kingsway Hall. (9)
23. Previn/Filarmónica de Viena (Philips, 1985). Una pena que la Wiener Philharmoniker no haya tenido mucho éxito en sus escasas grabaciones de la página. En esta todo se encuentra en su sitio, expuesto con estilo irreprochable y musicalidad evidente, pero con la excepción de unos espléndidos castillo y judíos, Previn no se muestra muy inspirado ni creativo: se limita que la orquesta luzca su hermosísima sonoridad. Tampoco la toma sonora es la mejor posible, resultando algo turbia y reverberante. (8)
24. Dutoit/Sinfónica de Montreal (Decca, 1985). Interpretación fluida, vistosa y elegante la del maestro suizo, que planifica de manera irreprochable y sabe destilar el adecuado carácter descriptivo y apreciable comunicatividad. Pero es también la suya un tanto rutinaria y lineal, ajena tanto a la poesía de los directores que optan por un enfoque más bien otoñal y raveliano como de la electricidad y la garra dramática de los que prefieren acercarse a Mussorgsky. Artesanía de primerísima calidad envuelta en toma sonora de lujo (8)
25. Karajan/Filarmónica de Berlín (DG, 1986). El de Salzburgo nos deja su versión “madura” de la obra, de nuevo todo un muestrario de opulencia y brillantez, de refinamiento y sentido del color, como también de contrastes extremos tanto en la dinámica como en la expresión: eso de ofrecer sonoridades en extremo mórbidas para luego desplegar todo el aparato efectista es auténtica marca de la casa. Dicho esto, Karajan está aquí bastante más implicado que en su antigua grabación para EMI y no se desmelena tantísimo como en su posterior registro para el sello amarillo. A la postre, una interpretación dicha de cara a la galería, pero ante la que resulta muy difícil resistirse. (9)
26. Karajan/Filarmónica de Berlín (DVD Sony, 1986). Afirma la página oficial de Karajan que esta filmación se realizó al día siguiente –22 de febrero– del registro en audio. Difícil creerlo: conociendo al maestrissimo, lo que se oye saldrá probablemente de la combinación del vivo, del estudio y de no sé cuántos ajustes pensados en función de la imagen. En cuanto a lo que se ve, parece claro que los planos del director proceden del evento, mientras que los de la orquesta son, en su gran mayoría, playbacks “por familias” tan descarados que en más de un momento –atención a Catacumbas, con los metales colocados en posición piramidal coronados por el tam-tam y bañados por una luz irreal– rozan el ridículo. Casi mejor quedarse con el CD. (9)
27. Chailly/Orquesta del Concertgebouw (Decca, 1986). La gran baza de esta grabación –espléndida en lo técnico pese a resultar algo reverberante– es la orquesta holandesa, que la batuta modela con enorme plasticidad poniendo en evidencia la seguridad y el virtuosismo de todas sus familias, pero también una enorme musicalidad en sus correspondientes solistas. En lo interpretativo es una lectura ante todo extrovertida e inmediata, de carácter muy narrativo, capaz de sonar poderosa y también de descender al detalle refinado sin caer ni en el efectismo ni en la blandura, y de enfoque en su punto justo entre Mussorgsky y Ravel, pero necesitada de una última vuelta de tuerca en imaginación y compromiso, sobre todo –aunque no en exclusiva– en los pasajes más sensuales y poéticos. El resultado evidencia a un director con enorme técnica que aquí carece de cosas interesantes que decir. (8)
28. Celibidache/Filarmónica de Múnich (Altus, 1986). Solo han pasado seis años desde su interpretación con la Sinfónica de Londres –ambas se registraron en Tokio, casualmente–, pero aquí las cosas funcionan de manera más desconcertante, porque ahora sí que hacen acto de presencia esos tempi extremadamente lentos que caracterizarían muchas de las interpretaciones de Celi en su etapa muniquesa, hasta el punto de que nuestra paciencia se pone a prueba ante tanta parsimonia en el fraseo y tanto silencio interminable. Por descontado que el colorido es riquísimo, la sensualidad enorme y la riqueza en detalles extrema, pero el conjunto resulta un tanto desarticulado y se pierde algo que en esta obra es esencial: el sentido narrativo. En cualquier caso, catacumbas y la Gran Puerta de Kiev resultan, aunque hinchadas, otra vez imponentes. La orquesta bávara evidencia limitaciones. Algo difusa la toma sonora; en contrapartida, presenta mucho relieve y una amplísima gama dinámica. (9)
29. Sinopoli/Filarmónica de Nueva York (DG, 1989). Esta interpretación sobresale por el proverbial sentido del color del malogrado maestro veneciano. Un color contrastado e incisivo, mirando por un lado a Mussorgsky y por otro al universo expresionista tan caro a Sinopoli. El problema es que, en su empeño en clarificar el tejido orquestal y en que escuchemos cosas nuevas, cosa que consigue con creces, su fraseo resulta poco natural, un tanto rebuscado. Con frecuencia incluso trabajoso, cayendo incluso en una alarmante flacidez al retratar a Baba-Yaga. Lo mejor, quién lo diría, un Mercado de Limoges animado y colorista como pocas veces se ha escuchado. Estupenda la toma. (8)
30. Giulini/Filarmónica de Berlín (Sony, 1990). Al frente de una orquesta (¡todavía!) mejor que la de Chicago en los setenta, y decidiéndose por tempi más reposados, Giulini pierde notablemente en tensión interna e incisividad tímbrica para ofrecer una lectura depuradísima en lo sonoro, de una elegancia y sensualidad insuperables, fraseada con enorme nobleza, expuesta con verdadera magia tímbrica y recorrida en todo momento por la más exquisita poesía. Todo ello sin el menor espacio para la blandura, como tampoco para la retórica en una gran puerta de Kiev ahora mucho más lenta y solemne en la que los metales berlineses –mucho más controlados que con Karajan–, hacen que caigamos de rodillas sin que aquello suene aparatoso. En definitiva: la interpretación más raveliana de todas, y una de las mejores. (10)
31. Celibidache/Filarmónica de Munich (EMI, 1993). No hay novedad: Celi ofrece más de lo mismo. Personalidad, creatividad y poesía a manos llenas, colorido de sensibilidad extrema, pero también excesiva lentitud y pérdida de continuidad en el discurso. En cualquier caso, hay que conocer el resultado. (9)
32. Giulini/Orquesta del Maggio Musicale Fiorentino (Opera di Firenze, 1993). Tres años después de su registro en Berlín, Giulini sigue siendo un maravilloso recreador de la página, pero ahora tiene que lidiar con una orquesta bastante inferior, lo que implica no solo que la ejecución va a estar menos conseguida, sino también que no puede diseñar los asombrosos reguladores de la anterior ocasión –Bylo– o que los metales no van a aterrorizar e imponerse tanto en los tres últimos números. En cualquier caso, hay que descubrirse ante la sensualidad del viejo castillo –irreprochable saxofón– o del muy depurado tratamiento de las maderas en los pollitos. La toma sonora deja que desear y se ve boicoteada por molestos golpes en los micrófonos. (8)
33. Muti/Orquesta de Philadelphia (Philips, 1990). Como era de esperar, el napolitano vuelve a ofrecer una interpretación musculosa, rotunda, directa y sincera, realizada de un solo trazo, ajena por completo a amaneramientos y fabulosamente planificada. También en esta ocasión se echa de menos un punto de sensualidad, incluso de sabor raveliano, como también de creatividad, pero en contrapartida hay números de infarto, como el gnomo, Bydlo, Limoges o Baba-Yaga, llenos de fuerza e intención. La gran puerta de Kiev sí que alcanza en este remake la solemnidad necesaria, sin caer en lo pesante pero ofreciendo toda la brillantez posible. Apabullante la orquesta, de sonoridad grave y muy empastada, recogida por una toma soberbia. (9)
34. Solti/Sinfónica de Chicago (DVD Sony, 1990). Aunque pareciera imposible, Solti repite e incluso mejora su enorme logro de diez años atrás en estudio en esta filmación en vivo realizada en el Suntory Hall de Tokio, ofreciendo una altísima dosis de teatralidad, desplegando la más rica gama de colores imaginable –rústicos e incisivos– y extrayendo las mayores dosis de brillantez y virtuosismo posibles de su orquesta, entregada al máximo. Verdad es que no todo es insuperable: el gnomo podría estar mejor desmenuzado, en el viejo castillo se echa de menos la poesía de un Giulini o un Celibidache, las Tullerías se podrían plantear en plan menos gamberro, con mayor ternura, y en Bydlo se han escuchado interpretaciones aún más implacables. Sin embargo, nadie –repito: nadie– ha alcanzado a Solti en la vivacidad que ofrecen los pollitos, en la incisividad del retrato de Schmuÿle como viejo cascarrabias –no como pobre que suplica–, en el carácter trepidante del mercado de Limoges, en el terror que producen las catacumbas y en la electricidad del vuelo de Baba-Yaga. La Puerta de Kiev, brillante y grandiosa como nunca se ha escuchado. (10)
35. Abbado/Filarmónica de Berlín (DG, 1993). Si alguien todavía no se cree que Abbado cayera en picado a lo largo de los ochenta, aquí tiene la prueba: frente a la fuerza y el compromiso de su registro de 1981, he aquí una lectura tan correcta como plana, insustancial e incluso aburrida. La orquesta es espléndida y no hay excesos, pero nada disimula la molesta sensación de flojera generalizada. Un fiasco. (6)
36. Svetlanov/Sinfónica de la BBC (BBC Music, 1999). He aquí una interpretación irregular, como lo fue el propio maestro moscovita. Empieza en exceso apresurada y nerviosa, pero que a partir de un Bydlo muy pesante y de unos pollitos llenos de encanto, consigue la concentración deseable y ofrece multitud de interesantísimos efectos tímbricos sin sacar nunca los pies del plato. De todas formas, Limoges podría tener un poco más de electricidad, y la Puerta de Kiev mayor grandeza. (8)
37. Gergiev/Filarmónica de Viena (Philips, 2000). Registro en vivo de muy amplia gama dinámica –toma a volumen bajo– para una interpretación típica de Gergiev: vistosa y de muy elevado sentido teatral, pero también vulgar y de cara a la galería, interesada mucho antes en extremar los contrastes tanto dinámicos como expresivos –sensual y un punto más suave de la cuenta el castillo–, incluso también en los tempi –en exceso rápidos los pollitos–, que en atender a la planificación de las tensiones o en enriquecer el fraseo con matices. En los dos últimos números el maestro se entrega por completo al desmelene decibélico, consiguiendo mucho más ruido que fuerza en la bruja o grandeza en Kiev. Si no fuera por la orquesta, de estupendos metales y una cuerda inigualable que luce su singular belleza en los pocos números en los que aquí adquiere protagonismo, sería una interpretación de escaso interés. (7)
38. Rattle/Filarmónica de Berlín (Blu-Ray Euroarts, 31 diciembre 2007). Aunque el carácter festivo del Concierto de San Silvestre se preste a ello, Rattle renuncia por completo al efectismo y a la búsqueda del aplauso fácil ofreciendo una interpretación trazada con pinceles muy finos y dicha con exquisito gusto, pero en la que quizá se recrea en exceso en las infinitas posibilidades de la Berliner Philharmoniker a la hora de ofrecer belleza sonora, echándose de menos en varios de los números carácter escarpado, garra dramática y fuerza expresiva, como también inspiración poética cuando le toca ser intimista. Quizá donde mejor da lo mejor de sí sea en unos Pollitos donde da rienda suelta a su habitual sentido del humor –mucho antes disentido que jocoso– y en un Mercado de Limoges dicho con tanta agilidad como frescura. Los dos últimos números también funcionan a pedir boca, no tanto por el compromiso de la batuta como por la increíble prestación de la orquesta. La toma, a volumen muy bajo, permite recoger una amplísima gama dinámica. (8)
39. Gergiev/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2010). Lo que saca adelante la versión es la increíble calidad de la orquesta y el altísimo virtuosismo de sus solistas, porque la dirección del ruso vuelve a ser más bien plana, lineal y rutinaria. Los matices son escasos y poco convincentes, aunque al menos esta vez no cae tanto en el efectismo. (7)
40. Van Immerseel/Anima Eterna Brugge (Zig-Zag, 2013). La renovadora paleta tímbrica que ofrecen los instrumentos originales –originales de tiempos de Ravel, se entiende– son lo único interesante de esta deslavazada, flojísima lectura en la que el maestro belga no solo se muestra incapaz trazar la arquitectura con suficiente tensión interna –la falta de electricidad en algunos números resulta alarmante-, sino también prosaico en la expresión, tímido cuando no le corresponde –pobre Schmuÿle– e imaginativo en el peor de los sentidos (¡ese portamento del saxofón al final del segundo cuadro!). Tampoco es muy allá desde el punto de vista técnico: el trazo no es refinado, las transiciones son más bien chapuceras y la orquesta no suena muy allá. Así las cosas, sorprende que Kiev sea lo más convincente del conjunto. Toma sonora de muy buena calidad, con más reverberación de la cuenta. (5)
41. Gergiev/Orquesta del Mariinski (Mariinski, 2014). Más voluntarioso aquí –menos efectista en los dos últimos números– que en anteriores ocasiones, Gergiev vuelve a ofrecer una interpretación colorista y animada sin poder disimular el limitado vuelo poético de su batuta, como tampoco la parquedad de sus aportaciones –más bien de trazo grueso– ni su tendencia a la precipitación e incluso a la chapuza –pollitos–, por no hablar de su más bien primaria planificación al frente de una orquesta bastante inferior a Viena y Berlín. La bondad de la toma no redime la discreción de los resultados. (7)
42. Dudamel/Filarmónica de Viena (DG, 2016). El joven maestro ofrece trazo fino, elegancia y exquisito gusto, sensualidad y poesía, pero –extrañamente, dado su habitual carácter extrovertido– no mucha garra, potencia expresiva, sentido teatral o contrastes. Tampoco se muestra rico en matices: quitando algún detalle interesante aquí y allá, da la impresión de que el venezolano hubiera puesto el piloto automático. Que el gnomo esté dicho un tanto de pasada, Bydlo suene algo alicaído – impresionante la tuba, eso sí– y a la bruja le falte fuerza no deja de decepcionar. En contrapartida, las Tullerías o los pollitos estén dichos con mucho encanto, mientras que Limoges se desarrolla con una enorme agilidad. Toma mejorable: la orquesta suena con naturalidad, pero un poco difusa y sin mucha pegada. (8)