viernes, 23 de agosto de 2019

Cuarta de Shostakovich por Michael Sanderling

Michael Sanderling (Berlín, 1967) ha grabado la integral de las sinfonías de Shostakovich al frente de la Filarmónica de Dresde para Sony Classical. Como tenía gran curiosidad por saber si es tan gran intérprete del autor de La nariz, me he decidido por escuchar una de mis preferidas de entre las quince, y desde luego una de las más exigentes en las que a técnica de batuta y expresión se refiere: la Sinfonía nº 4. Me ha decepcionado, aunque sea relativamente.


En el lado positivo, hay que admirar la atentísima, minuciosa y clarificadora labor de análisis orquestal que realiza el maestro, que va desgranando la partitura sin la menor prisa y sin intención alguna de epatar, poniendo de relieve la excelencia de la escritura y obteniendo el mejor provecho de una orquesta estupendamente recogida por una toma sonora de gran naturalidad tímbrica y de apreciable relieve. A nivel interpretativo las cosas no funcionan con igual fortuna. Es perfectamente válido que Sanderling hijo se aparte de la visceral mirada expresionista de un Rozhdestvensky y se aproxime a las fantasmagorías de Rostropovich. Por ende, no es de reprochar que la tímbrica no sea particularmente incisiva ni se subrayen los aspectos más grotescos de la música. Pero lo cierto es que la atmósfera malsana no está del todo conseguida, ni los momentos escalofriantes logran ponernos los pelos de punta, ni se aprecian los adecuados contrastes expresivos en una obra que está llena de ellos. Particularmente defrauda el tercer movimiento, quizá llevado con excesiva lentitud y con unas tensiones que, sencillamente, no progresan como debieran; la escalofriante cola, que aquí alcanza casi los seis minutos, sí que está conseguida, aunque desde un ángulo antes misterioso que nihilista.

No sé si encontraré tiempo de escuchar más de la integral. Veremos.

martes, 20 de agosto de 2019

Bruckner digital de Kubelik

En los albores de la era digital, un ya anciano Rafael Kubelik registró dos sinfonías de Anton Bruckner al frente de su Sinfónica de la Radio Bávara para el sello CBS, hoy Sony: la Cuarta en noviembre de 1979 y la Tercera en octubre de 1980. Actualmente se encuentran disponibles en una caja de siete compactos, absolutamente recomendable, en la que también se incluye el maravilloso Idilio de Sigfrido que en elepé acompañaba a la Romántica.


¿Y cómo es este Bruckner? Pues uno en la antípoda del que por las mismas fechas –acababa de acceder a la titularidad de la Filarmónica– empezaba a hacer Sergiu Celibidache en la propia ciudad de Múnich. Si el del maestro rumano es ante todo denso y atmosférico, organístico en la sonoridad, filosófico en su lirismo y visionario en unos clímax cargados de potencia, el del checo destaca por su fluidez, su lirismo apolíneo, su carácter luminoso y su ligereza bien entendida. Ligereza, que no superficialidad. No encontramos aquí grandes masas sonoras luchando la una contra la otra en una polifonía cargada de tensiones armónicas, sino un discurso ágil y de perfecta lógica en su planificación en el que se pasa de la concentración contemplativa a lo encrespado con una naturalidad pasmosa –portentoso dominio de las transiciones–, en el que las melodías están cantadas con un humanismo efusivo pero nada agónico –todo lo contrario de Celi– y en el que no hay espacio para la pesadez, como tampoco para lo épico o lo terriblemente trágico, sin que semejante postura conduzca a la merma de tensión interna ni de fuerza expresiva.

Kubelik nos ofrece, así, una Romántica bucólica en el mejor de los sentidos posibles, en el punto justo de equilibrio entre el goce juvenil y la contemplación otoñal, holgada en su fraseo, cálida en la sonoridad mas ajeno a densidades, perfecta en el empaste polifónico y hermosísima en su canto. Modélica, en definitiva, dentro del enfoque antes apuntado, que no siendo el que mejor saca a la luz los aspectos más geniales del compositor, resulta irreprochable así materializado.


En la Wagneriana las cosas no funcionan igual de bien. Haciendo uso, como Haitink y Barenboim, de la edición Oeser, el maestro checo nuevamente construye una interpretación ante todo fluida y muy ágil, no nerviosa pero sí alejada del exceso de pesadez y de densidad sin que se pierda el estilo, que en lo expresivo desprende naturalidad y un enorme equilibrio entre frescura, vuelo lírico, reflexión y sentido dramático. Pero claro, el espíritu de esta sinfonía no es el mismo que el de la Cuarta. Y eso significa que, por su renuncia a meterse a fondo en los aspectos más agónicos y visionarios de esta música, Kubelik no terminar de explorar todas las posibilidades de la partitura, lo que no impide alcanzar momentos puntuales muy encendidos en el primer movimiento –quizá el más flojo– y alcanzar un Finale –lo mejor– con grandeza pero sin retórica, amén de soberbiamente hilado. El segundo movimiento es antes bello que emotivo, mientras que el Scherzo está dicho con luminosa rusticidad.

Los ingenieros de sonido tomaron la afortunada decisión de realizar la toma a un volumen bajo, gracias a lo cual se pudo recoger esa amplia gama dinámica que esta música demanda. La definición tímbrica es asimismo muy buena, aunque a cambio se echa en falta un mayor relieve, más "pegada" en estas tempranas tomas digitales que, en cualquier caso, se han conservado bien.

sábado, 17 de agosto de 2019

Barenboim, Argerich y la WEDO en Salzburgo, 2019: el triunfo llegó con Lutoslawski

Mi suscripción a Medici TV me ha permitido ver, con estupenda calidad de imagen y no tanta de sonido, la filmación del concierto que este miércoles 14 de agosto ofrecieron Daniel Barenboim, Martha Argerich y la West-Eastern Divan Orchestra en el Festival de Salzburgo. Resultados de alto nivel, como era de esperar, pero con importantes desigualdades.

Inacabada o Incompleta –como prefieran– de Franz Schubert para empezar. Treinta y cinco años no pasan en balde, y si en su grabación con la Filarmónica de Berlín para CBS el maestro no lograba destilar esa sensualidad y ese peculiar lirismo que exige el universo schubertiano, y además se escoraba en exceso ante la vertiente dramática de la página, ahora la experiencia con sus sonatas le permite ofrecer una recreación más idiomática. También más equilibrada, menos extrovertida y más atenta a la belleza sonora, alejándose de densidades excesivas y enriqueciendo el fraseo de sutilísimos matices propios del gran maestro que es. Por desgracia, los resultados siguen sin ser ser redondos. El primer movimiento me ha gustado bastante, pese a que haya un cierto exceso de portamenti, se aprecie algún desajuste en los ataques de las cuerdas o la batuta no termine de descubrir la magia poética que alberga su acongojante final. Pero no, no me ha convencido el Andante con moto: aun fraseado con incuestionable belleza formal, está dicho con una prisa excesiva y no ofrece el adecuado contraste entre vuelo melódico y desgarro dramático.


Concierto para piano nº 1 de Tchaikovsky para continuar. A estas alturas de la película, estaba claro que Argerich no iba a cambiar su manera de acercarse a esta página, la que tenía en tiempos de sus grabaciones con Dutoit (1970), Groves (1977) o Kondrashin (1980) o Abbado (1994). Y no lo hace: su aproximación sigue siendo ante todo impetuosa y agitada, extrovertida a más no poder, llena de electricidad y un punto demoníaca. Pero en esta velada salzburguesa –no tanto en Buenos Aires unos días atrás– la solista parece encontrarse menos nerviosa, menos efectista y con mayor voluntad de controlarse para hacer gran música. Quizá también se muestre menos rígida, más flexible en el sonido y menos mecánica cuando se echa a correr. ¿Solo quizá? Esta misma mañana he comparado con el citado registro de Abbado –que parece dirigido desde la banqueta del piano, por cierto– y, efectivamente, aquí nuestra artista está bastante más centrada y musical.

Sea como fuere, el resultado es espléndido dentro de la "línea Argerich", y venturosamente se ve acompañado por una dirección que sabe fusionar brillantez, emoción y vuelo melódico, al tiempo que invita a cantar con enorme musicalidad a los solistas de la orquesta, tratada con singular plasticidad. Tengo un reparo, sin embargo: el Andantino está llevado por Barenboim con bastante menos lentitud que en su soberbia grabación con Lang Lang, en la que alcanzaba ahí lo sublime. Eso sí, intervenciones como las de la flauta o el oboe son memorables. De propina a cuatro manos, el prodigioso Rondo D 951, de Schubert, interpretado con la misma excelsitud que ya alcanzaba la pareja en anteriores ocasiones.

Es tras el descanso del concierto cuando el maestro, ya sin las irregularidades de Schubert y Tchaikovski, alcanza unos resultados redondos ofreciendo una descomunal recreación del Concierto para orquesta de Lutoslawski. Ya lo era en su grabación con la Sinfónica de Chicago de 1992 que comenté aquí mismo. Para no repetirme, me limito a añadir que la Orquesta del West-Eastern Divan no se queda en absoluto corta: más depurada en lo sonoro que en la primera parte de la velada salzburguesa, todas sus familias dan una verdadera lección de virtuosismo y de compromiso expresivo, como lo hace también un Barenboim que maneja planos sonoros con soltura, construye clímax con perfecta lógica y es capaz de tratar las texturas propias del autor –bullicioso, agilísimo segundo movimiento– manteniendo la claridad.

Cuando salga la correspondiente edición comercial, esta filmación merecerá la pena por el Lutoslawski. Y también por la que es probablemente las más redonda aproximación de la Argerich al Tchaikovski.


Asunto Plácido

De todo lo que he leído hasta ahora sobre el asunto que amenaza con enfangar muy seriamente la carrera de Pácido Domingo, el que más me gusta es este de Joaquín Pérez Azaústre. Estoy cien por cien de acuerdo con lo que dice. No tengo más que añadir.

viernes, 16 de agosto de 2019

Nelsons hace Mozart y Tchaikovsky en Leipzig: lo apolíneo bien entendido

Notabilísimo en lo interpretativo este Blu-ray del sello Accentus en el que se recoge la mayor parte –falta un estreno de Thomas Larcher– de un concierto ofrecido por Andris Nelsons y la Orquesta del Gewandhaus de Leipzig, de la que es titular, en marzo de 2018, con la Sinfonía nº 40 de Mozart y Patética de Tchaikovsky en los atriles. Y sería de lo más recomendable si no fuera por un grave problema técnico que comentaré al final.


La verdad es que ha sido una grata sorpresa encontrar una versión así de la KV 550, en pleno siglo XXI. Tan personal y tan arriesgada. Tan a contracorriente de lo que hoy se lleva en Mozart. Tan alejada de las maneras “históricamente informadas”, excepción hecha de la moderación de vibrato en el Andante. Tan moderada en sus tempi -que a algunos, no a mí, le parecerán lentos-. Tan escasamente interesada en los grandes claroscuros. Aunque también, resulta imprescindible advertirlo, tan distinta de lo que Barenboim, otro que sigue apostando por “la gran tradición”, hace con esta obra.

Y es que Nelsons apuesta por una interpretación clásica y apolínea –que no sosa, ni trivial– en el más amplio y mejor de los sentidos. Lo hace ya desde un arranque misterioso que da paso a un primer movimiento poco tempestuoso, inquietante pero no inquieto, ágil al tiempo que sonado con músculo, de perfecto equilibrio entre forma y expresión. El segundo es sereno, esencial y meditativo, atento a los acentos dolientes aunque también visto un tanto desde la distancia. ¿Otoñal? No exactamente, aunque algo de eso hay. El Menuetto es un completo acierto, al articular Nelsons evitando toda pesadez y encontrando el punto perfecto de distancia entre la errónea solemnidad en que incurrían ciertos antiguos maestros y la agitación excesiva de algunas propuestas recientes. El Finale, al contrario de lo que le ocurría al movimiento inicial, sí que está cargado de electricidad y agitación, pero bajo un absoluto control de los medios –polifonía perfectamente expuesta– y sin perder el sentido de la mesura.

Al igual que ocurre en Mozart, Nelsons sorprende con una visión relativamente serena de la Patética thaikovskiana, muy alejada de la electricidad, de la rabia y de las descargas telúricas de otros directores, atentísima a la belleza sonora y dispuesta a reivindicar la elegancia en el fraseo y los valores melódicos que albergan los pentagramas por encima de otras consideraciones; pero no por ello descafeinada, ni complaciente, ni mucho menos narcisista, sino expuesta desde la plena sinceridad. En este sentido, el maestro letón se alinea con el Tchaikovsky de un Giulini o, sobre todo, un Rostropovich. También con el de un Karajan o un Celibidache, aunque sin las opulencias de uno ni las lentitudes del otro.

Así las cosas, las secciones extremas del primer movimiento se desarrollan sin prisa y con enorme naturalidad, bañando la congoja de dorada luz melancólica –sin nubes ni brumas en la lejanía– para en la sección central ofrecer dramatismo en dosis suficientes sin necesidad de perder la compostura. El Allegro con grazia se encuentra hermosísimamente cantado y evita toda tentación de blandura; su trio es un hallazgo, al mismo tiempo sensual y lleno de malos presagios, manteniendo la calma y apartándose del nerviosismo desasosegante –no exento de atractivo– con que lo abordan muchos maestros. De perfecta lógica en su desarrollo, poco militar y muy bien desmenuzada la Marcha, para luego pasar a un Adagio lamentoso no rebelde sino resignado, pero sabiendo no confundir semejante postura con lo lastimero: nobleza y dignidad ante todo. El público guarda un minuto de silencio de lo más significativo.

La toma sonora es absolutamente excepcional en multicanal, pero no en la pista estereofónica: en un punto del primer movimiento de la Patética el sonido baja de volumen ostensiblemente durante demasiados segundos. Ya Ángel Carrascosa lo había advertido en su blog, y yo ahora he tenido la oportunidad de corroborarlo. ¡Menuda chapuza! Si su equipo reproduce exclusivamente a través de dos canales, olvídese.

miércoles, 14 de agosto de 2019

Malditos y benditos piratas

Me parece mal que alguien haga un vídeo con su teléfono móvil de un concierto, más todavía cuando lo hace desde una de las primeras filas del patio de butacas. No porque esté prohibido, sino porque molesta a parte del público y posiblemente lo haga a los propios artistas. Pero voy a ocultar que a veces agradezco semejantes tropelías.


Precisamente gracias a una de estas podemos ver el primer movimiento del Concierto para piano nº 1 de Tchaikovsky que ofrecieron Daniel Barenboim, la West Eastern Divan y Marta Argerich en Buenos Aires. El maestro, desgranando la música con tanta nobleza y vuelo melódico como intensidad dramática: no recuerdo una dirección claramente superior, como no sea la que Celibidache le realizó a él mismo como solista. Argerich, agilísima –pese a alguna nota falsa– y electrizante, fiera como solo ella sabe serlo, brillante a más no poder, pero también a ratos genial y a ratos loca del chamounix. O sea, más o menos lo que ella siempre ha hecho con esta partitura desde aquella ya lejana grabación con Dutoit de 1970.

No hace falta decir más: vean el vídeo antes de que Barenboim, que es de armas tomar, haga que lo retiren de la circulación. Malditos piratas...

domingo, 11 de agosto de 2019

Cuarta sinfonía de Tchaikovsky: discografía comparada

Esta entrada se publicó originalmente el 8 de enero de 2015.

He añadido ahora las grabaciones de Kubelik 1960, Klemperer 1963, Karajan 1973, Maazel 1979, Solti 1984, Rozhdestvensky 1987, Gergiev 2002 y Noseda 2015. Asimismo, he vuelto a escuchar la de Gergiev de 2010 y he modificado sus comentarios, aunque sin variar la puntuación. 

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Como de momento no tengo tiempo ni ganas de escribir cosas nuevas para el blog, y aprovechando un concierto de la OJA que se celebra este viernes en Jerez, he decidido recopilar mis notas sobre interpretaciones de la Cuarta sinfonía de Tchaikovsky y, escuchando algunos registros más para la ocasión, improvisar una discografía comparada de la obra. Soy consciente de que varios nombres se repiten con varias grabaciones cada uno y de que una larga lista de batutas famosas se encuentra aquí ausente, pero aun así creo que puede ser interesante compartir estas líneas.

Aprovecho para recordar que lo más importante de la obra es el primer movimiento, tan dilatado que solo él ocupa –se acerca a los veinte minutos– poco menos de la mitad de la partitura; construir su complicada arquitectura de tensiones para descargar la fuerza en unos clímax que deben sonar muy escarpados y dramáticos es el mayor reto para la batuta. Se articula en Andante sostenuto — Moderato con anima — Moderato assai, quasi Andante — Allegro vivo.

El segundo es un Andantino muy bello en el que no es difícil para un intérprete dejarse llevar por la tentación de la dulzura excesiva. El peculiarísimo Scherzo se basa exclusivamente en los pizzicati de la cuerda, reservándose el metal la exclusiva de un trío que debe tener su apropiado sentido del humor. El Finale es un Allegro con fuoco de enorme brillantez donde el interprete tiene otro reto monumental: no subrayar el efectismo inherente en la partitura –otra tentación para conseguir el aplauso fácil– hacer gala de fuego y sinceridad a partes iguales.


Tchaikovsky Mravinsky DG

1. Mravinsky/Filarmónica de Leningrado (DG, 1960). Aunque la grabación se realizó en Londres durante una gira, esta es la interpretación rusa por excelencia. Queda claro desde el principio, con esos metales incisivos, punzantes, cargados de denuncia, y esa cuerda tan voluptuosa como cálida de la Filarmónica de Leningrado. Y no queda menos claro con la batuta de un Mravinsky volcado en la aspereza y en el drama, rústico en la sonoridad, desinteresado por la belleza sonora en sí misma, en gran medida severo, pero no por ello falto de sentido de lo cantable ni de esa ternura tan típicamente tchaikovskiana. Solo pierde un tanto en relación por lo que ha venido después de la mano de otros directores: el primer movimiento podría estar mejor aquilatado en sus tensiones y alcanzar mayor fuerza visionaria, el segundo ser aún más emotivo, el tercero desarrollar mayor sentido del humor y el cuarto, poderosísimo pero quizá algo más enérgico de la cuenta, estar dicho con más atención a todos sus pliegues expresivos. La toma sonora no es mala para la época, pero sí en exceso estridente. (8)



2. Kubelik/Filarmónica de Viena (EMI-Testament, 1960). Lógica en la construcción, fluidez, claridad y un exquisito gusto son virtudes propias del arte del maestro checho que aquí no dejan de hacerse evidentes, pero lo cierto es que la inspiración no alcanza siempre la mayor altura. Lo mejor es un primer movimiento admirablemente planificado y dicho con apreciable convicción, a falta de un último punto de fuego visionario. Extrañamente flojea el segundo, dicho un tanto de pasada pese a la naturalidad del fraseo y al hermosísimo sonido de cuerdas y maderas vienesas. El tercero es clarísimo –los micrófonos quizá pongan en demasiado primer plano algunos instrumentos- pero necesita una mayor dosis de chispa y desparpajo. Y solvente sin más el Finale, necesitado de mayor fuego y visceralidad para terminar de convencer. Las trompas, curiosamente, no están en su mejor momento. Notable la toma, realizada no en la Sofiensaal sino en la Musikverein. (7)


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3. Markevitch/Sinfónica de Londres (Philips, 1963). Director ucraniano y orquesta británica para una interpretación no menos rusa que la de Mravinsky y los de Leningrado: aquí hay rusticidad bien entendida, elevado sentido de la teatralidad y una electricidad incesante de principio a fin, dando como resultado una lectura encendida a más no poder pero controlada a la perfección por una técnica de batuta portentosa que planifica las tensiones con solidez increíble –primer movimiento mucho más logrado que el de la interpretación antes citada–, sin precipitarse y dejando que la música respire con naturalidad. Cierto es que los aspectos melódicos y atmosféricos no están tan logrados como los dramáticos, aunque no podemos ignorar el regusto nostálgico y amargo al mismo tiempo que con la batuta del de Kiev adquiere el final del segundo movimiento. El Scherzo está lleno de animación, con un trío admirablemente perfilado. Festivo a tope el Finale, no precisamente exento de creatividad. (9)



4. Klemperer/Philharmonia (EMI, 1963). Sensualidad y emotividad a flor de piel son dos de las características más habitualmente asociadas al mundo de Tchaikovsky. También una cierta dosis de flexibilidad a la hora de plantear la arquitectura. Ninguno de estos conceptos es precisamente afín a las personalísimas maneras de hacer del Klemperer tardío, lo que significa que nos vamos a encontrar, cuanto menos, ante una recreación altamente hererodoxa y discutible. Efectivamente, aunque a veces para bien y a veces para mal. El primer movimiento resulta severo en exceso y carece de garra, amén de resultar poco emotivo, lo que no le impide resultar impresionante en lo que a construcción arquitectónica se refiere. El segundo, increíblemente bien analizado (¡sensacionales las maderas de la Philharmonia!) da gusto escucharlo tan despojado de sentimentalismo y al mismo tiempo tan bien cantado. El tercero, por desgracia, resulta más bien aburrido, y ni siquiera el peculiar sentido del humor del maestro hace su aparición en su sección central para decir algo nuevo. El cuarto decididamente Klemperer no se lo cree, planteándolo sin carácter festivo y alejado de toda comunicatividad. (7)


Tchaikovsky 4 Barenboim NYP

5. Barenboim/Filarmónica Nueva York (Sony, 1971). En su primera aproximación discográfica a Tchaikovsky, el joven Barenboim realiza una lectura y intensa, de sonoridades rústicas y escarpadas, por momentos algo broncas, quizá porque la orquesta –que tampoco era una maravilla– no suena del todo pulida. Ofrece así un primer movimiento muy apasionado y rebelde, que va poco a poco acumulando tensiones, revelando de paso algún detalle magistral, aunque sin concluir con un clímax del todo visionario. En el Andantino Barenboim deja su impronta con un clímax intensísimo, abrasador, nada contemplativo. En el Scherzo los pizzicatti no suenan con la limpieza, agilidad y elegancia debidas, pero el trío resulta interesantísimo, con un sentido del humor sarcástico que recuerda a Klemperer. En el Finale se combinan la majestuosidad y el frenesí, conduciendo, quizá sin conseguir toda la unidad debida en la arquitectura, hacia una coda llena de fuerza y pasión. (9)




6. Karajan/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 1973). Ya desde la fanfarria del arranque –trompetas estridentes, con probabilidad de maneta voluntaria- se aprecia que Karajan a a volcarse en la espectacularidad todo lo que era previsible, pero también que va a comprometerse en lo expresivo mucho más de lo habitual. Y efectivamente, el movimiento inicial es de lo más visceral, escarpado, volcánico e implacable que se le haya escuchado al maestro salzburgués en toda su carrera fonográfica. El Andantino, aunque fraseado con cantabilidad, no es todo lo emotivo y sincero que podía haber sido, aunque es difícil resistirse a la carnosidad de las maderas y el empaste de la cuerda, tratadas por el maestro con una plasticidad y un refinamiento inigualables. Los otros dos movimientos están llenos de vida y entusiasmo, aunque perfectamente controlados desde una batuta que trata a la perfección la arquitectura global sin dejar de atender al detalle. (10)


Tchaikovsky 4 Bernstein DVD DG

7. Bernstein/Filarmónica de Nueva York (DVD DG, 1975). Interpretación fresca y espontánea pero sin pérdidas de control, extrovertida, dionisíaca, muy brillante aunque no retórica ni superficial, no muy reflexiva ni ensoñada, tampoco particularmente poética o paladeada, pero en cualquier caso comunicativa y con una garra extraordinaria. Es decir, un Bernstein ya maduro sin llegar a la genialidad de sus últimos años. A destacar cómo el primer movimiento alcanza una tensión increíble en sus clímax con la mayor naturalidad del mundo, así como la vitalidad contagiosa, se diría que un punto jazzística, que Lenny consigue en el Scherzo, recreado con más frescura y menos retranca de otros directores. El cuarto es fogosísimo y entusiasta a más no poder, volcándose Bernstein en sus decibelios y carácter vertiginoso sin rubor alguno, pero sin perder el control ni caer en lo trivial. (9) 
 
 
  Tchaikovsky 4 Bernstein 1975

8. Bernstein/Filarmónica de Nueva York (Sony, 1975). Esta grabación realizada en el Manhattan Center es algo así como el paralelo “en estudio” de la filmación en vivo del Avery Fischer Hall. De nuevo hay que admirar un primer movimiento bien paladeado, que comienza lento y ominoso, más que abiertamente trágico, para ir acumulando tensiones hasta alcanzar unos clímax de enorme fuerza: ¡qué dominio tenía Bernstein de los grandes arcos de tensiones! Segundo lento, muy cantable, emotivo y sensual. Tercero de pizzicati otra vez muy frescos, entusiastas y dionisíacos. Cuarto lleno de ardor sincero, nada retórico, siempre con su punto dramático, planteado sin precipitaciones, con inmenso control pero toda la brillantez en él esperable. (9)


Tchaikovsky 4 Abbado Viena

9. Abbado/Filarmónica de Viena (DG, 1975). Sin perder nunca el equilibrio, la elegancia y el sentido de la belleza, sin dejarse nunca desbordar ni dejarse llevar por el frenesí, el Abbado de los mejores tiempos consigue una lectura de enorme intensidad emocional y rebeldía, increíblemente bien planificada y soberbiamente tocada por una orquesta de la que el milanés consigue una tímbrica aristada, pero al mismo tiempo muy bella, que sin ser rusa resulta de enorme atractivo. Técnicamente la perfección de la orquesta y el virtuosismo de la batuta hacen auténticas virguerías, particularmente en el Scherzo, por no hablar de un final brillantísimo pero sin el menor asomo de retórica vacua. Sencillamente sensacional. (10) 
 
 

10. Rostropovich/Filarmónica de Londres (EMI, 1976). Aunque Rostropovich marca el metal del arranque de manera particularmente incisiva y desgarrada (¡brillante la London Philharmonic!), no va a ser la suya, en absoluto, una versión muy dramática, ni arrebatada, ni marcada por los contrastes; nada que ver con el carácter escarpado de un Barenboim, la fuerza dionisíaca de un Bernstein o la comunicatividad incandescente de un Abbado. La del genio de Baku es ante todo una visión lírica, efusiva, incluso melancólica –sin ser otoñal ni sombría–, que destaca por la cálida y muy emotiva cantabilidad –de apreciable sabor ruso, por otra parte– con que están recreadas las melodías tchaikovskianas. Todo ello sin menoscabo de una irreprochable construcción de las tensiones, aportando la adecuada rebeldía en los clímax y atendiendo a una meticulosa, diríase que perfecta planificación del entramado orquestal: lo del Scherzo es asombroso. Ni que decir tiene que el Finale es todo un ejercicio de control, sinceridad y exquisito gusto. (9) 
 
 

11. Böhm/Sinfónica de Londres (DG, 1977). Una visión particularmente sombría, sobria pero con una enorme fuerza, donde no hay lugar para languideces ni para excesos. El primer movimiento, mucho antes trágico que épico, juega con enormes contrastes de tempi, pero ni se precipita en los momentos rápidos ni cae el pulso en los extremadamente lentos. El juego de las dinámicas, extremo, tampoco da pie la espectacularidad. Hay una sensación general tristeza y mala leche que continúa en el Andantino, dulcísimo –sin empalago– y al mismo tiempo amargo, con una melancolía mucho antes ominosa y trágica que evocadora o complaciente. El tercer movimiento tiene mucha mala leche. El cuarto es de una fuerza enorme, pero sin retórica ni triunfalismo, sino con mala uva. Enfoque discutible en genera, pues, pero revelador y fabulosamente realizado. Asombroso, inigualable el trabajo de disección orquestal. (10)
 
 
Tchaikovsky 4 Markevitch Leipzig

12. Markevitch/Gewandhaus de Leipzig (Tahra, 1978). Además de ofrecer su habitual Tchaikovsky rústico, encendido y extrovertido, lleno de electricidad pero siempre controlado, amén de paladeado con enorme cantabilidad por completo alejada de la blandura, Markevitch hace gala aquí de un fraseo particularmente imaginativo y flexible con el que, arriesgando mucho y de paso demostrando un colosal sentido de la agógica y una intuición asombrosa, ofrece una visión novedosa de multitud de pasajes de la partitura sin que se resientan ni la arquitectura ni el estilo. Lástima que la orquesta no esté muy allá. Sonido discreto para la época. (9) 



13. Maazel/Orquesta de Cleveland (Telarc, 1979). Parece mentira que un director de tan extraordinaria técnica y, en numerosas ocasiones, tan fino olfato para el repertorio sinfónico tradicional, se quede en una versión más bien irregular y deslavazada que, siempre dentro de una incuestionable solvencia, no termina de despegar. El primer movimiento, impecable, resulta más decibélico que rebelde en sus clímax, no del todo encrespados por culpa de una planificación algo escasa de fuelle. El Andantino se encuentra increíblemente bien diseccionado, pero no solo no resulta emotivo, sino que se ve lastrado por cierta dulzonería en el tratamiento de la cuerda. El Scherzo interesa por el cuidadoso tratamiento de las maderas, mas carece de esa vivacidad, esa efervescencia y ese peculiar sentido del humor de las grandes versiones. El Finale, sin caer en el desmadre de cara a la galería, tampoco posee el nervio y el fuelle que necesita, e incluso incurre en alguna blandura. La toma sonora, un tempranísimo digital de mayo del 79, posee mucha “carne” en su trasvase a SACD. (7)

Tchaikovsky 4 Karajan DVD Sony

14. Karajan/Filarmónica de Viena (DVD Sony, 1984). El gusto por el espectáculo made in Karajan es evidente en esta versión absolutamente occidentalizada en la que priman la brillantez, la opulencia, el refinamiento y la belleza sonora –impagable nuevamente la Wiener Philharmoniker– por encima del desgarro, pero que está tan bien realizada y con tanto entusiasmo que es imposible no rendirse ante el deslumbrante resultado. (9)



15. Solti/Sinfónica de Chicago (Decca, 1984). Adoptando un enfoque antes épico que trágico –lo que resulta por completo válido, claro está–, Sir Georg hace gala de toda esa electricidad perfectamente controlada, de esa brillantez y de ese sentido teatral que le caracterizan sin caer en rigideces –el fraseo es flexible y natural a más no poder– y sin descuidar precisamente la claridad y el equilibrio de planos sonoros –la depuración sonora del tercer movimiento es de oírla para creerla–, todo ello sin dejar de descubrirnos –pasaje agitado del Finale justo antes de la reaparición del tema del primer movimiento, que tras semejante desesperación vuelve con perfecta lógica– el verdadero sentido de alguna de las frases. Eso sí, se echa de menos esa particular sensualidad humanística, tierna y doliente, en la manera en que la cuerda canta las bellísimas melodías tchaikovskianas, aunque la orquesta compensa semejante carencia de la batuta con una actuación de esas que hacen historia. (9)
 


16. Rozhdestvensky/Sinfónica de Londres (Pickwick, 1987). Aun sin renunciar a esos clímax de ásperos metales que tanto le gustaban, no apuesta el maestro moscovita por una recreación particularmente visceral ni expresionista. Ni siquiera en el Scherzo, bienhumorado antes que sarcástico, hace gala de su poderosa personalidad. Lo que ofrece es más bien una interpretación de corte reflexivo, de tempi deliberados y melodías paladeadas con delectación, atenta a la atmósfera, a lo contemplativo y a lo melancólico, diríase que un punto otoñal, pero sin blanduras ni amaneramientos. Ahora bien, lo cierto es que el conjunto no termina de funcionar hasta llegar a un magnifico cuarto movimiento: en el fresto falta un último grado de inspiración, de compromiso expresivo. La toma deja que desear desde el punto de vista tímbrico, pero al menos ofrece una muy amplia gama dinámica. (8)

 

17. Abbado/Sinfónica de Chicago (Sony, 1988). Trece años después, han desaparecido la rebeldía y la tensión de la versión con Viena y hace su aparición cierto carácter contemplativo acompañado de una tendencia a la blandura y al narcisismo sonoro propios del Abbado maduro, aunque por fortuna sigue sin haber la menor caída en la retórica o el efectismo. La orquesta está formidable y la elegancia se encuentra garantizada. (8)

 

18. Bernstein/Filarmónica de Nueva York (DG, 1989). Con Lenny en la cima de su talento y creatividad, esta podía haber sido la interpretación de referencia. pero no: si cojea un Andantino un tanto narcisista y amanerado. Si no fuera por él, la interpretación sería genial por su fuego, su visceralidad sin pérdida de control, su brillantez y opulencia sonoras, su sentido del color y, también, su sentido del humor y frescura en el tercer movimiento. (9) 
 
 
Tchaikovsky 4 Celibidsche Artist

19. Celibidache/Munich (Artist, 1990). En esta piratada radiofónica de discreto sonido queda ya de manifiesto el modus operandi del Celibidache tardío, que hace gala de la extraordinaria cantabilidad, la admirable elegancia, el desarrolladísimo sentido del color y la honda serenidad poética que en él son habituales. Asimismo encontramos ese particular sentido “deconstructivista” tan suyo que le lleva a tratar la arquitectura con flexibilidad y lentitud extremas, dando como resultado un alucinante análisis del entramado vertical y horizontal de la partitura capaz de revelar mil y un detalles nuevos, pero derivando al mismo tiempo en una gran excentricidad en el discurso y en un alejamiento de la expresividad rústica, visceral y encendida que es propia del autor. (9) 
 
 

20. Sanderling/Filarmónica de Berlín (DVD Euroarts, 1992). Lectura de trazo amplio, lenta pero de pulso muy sostenido, de asombrosa cantabilidad, gran hondura espiritual y un intenso sentido humanista, sin que falten el sentido del humor (sutil, nada sarcástico), la brillantez ni, menos aún, la elegancia. Las tensiones está muy calculadas, no habiendo lugar para el arrebato espontáneo, aunque eso tampoco merma la naturalidad, en todo momento muy grande. Resulta ideal para este enfoque el sonido denso y oscuro –pero no precisamente escaso de claridad– de la orquesta, cuajada de espléndidos solistas. A destacar los movimientos extremos: denso e implacable en su tensión interna el primero hasta alcanzar unos clímax de fuerza abrumadora, grandioso pero no grandilocuente el Finale, tan intenso como ajeno al frenesí o el descontrol. (10) 
 
 
Tchaikovsky 4 Celibidache EMI

21. Celibidache/Filarmónica de Munich (EMI, 1993). Amplitud de trazo, sentido del color, efusividad lírica, refinamiento sin blanduras y brillantez sin ampulosidad se encuentran aquí tal y como se podía esperar, siempre en una línea más apolínea que dionisíaca, pero en esta ocasión los tempi son tan lentos –más aun que en su registro corsario tres años anterior, excepto en el último movimiento– que en el segundo movimiento llegan a irritar, perdiéndose un tanto la continuidad del discurso. El sentido del humor del tercer movimiento es muy sutil, quizá demasiado. El cuarto movimiento, por el contrario, es todo un triunfo. (8)
 
 

22. Barenboim/Sinfónica de Chicago (Teldec, 1997). El maestro argentino parece comenzar algo apagado, pero pronto las tensiones se van acumulando de manera implacable: escarpadísimo el clímax central y tremendo el final, con unas “ráfagas” de los metales (¡increíble la orquesta!) verdaderamente estremecedoras. La cantinela del oboe que abre el Andantino está dicha con la naturalidad que pedía Tchaikovsky, aunque el resto del movimiento, por descontado que anejo a la blandura, no es el más emotivo posible. Más sutil que animado el Scherzo, en el que sobresalen los detalles ligeramente mordaces del Trío. El cuarto es el gran triunfo de Barenboim: fogoso e intenso sin ápice de grandilocuencia ni triunfalismo. La orquesta le suena menos bella que a Abbado, pero más rústica y corpulenta, y desde luego con un color más adecuado para este repertorio. (9) 

 
 

23. Barenboim/Sinfónica de Chicago (YouTube, 1997). Unos meses después de su grabación para Teldec, Barenboim se supera a sí mismo junto a los de Chicago en Nueva York con una poderosísima, incandescente y arrebatadora interpretación, tremenda en los movimientos extremos, de una rabia y una visceralidad sobrecogedoras, pero también dichos con enorme control y una admirable flexibilidad. Muy bien el segundo, hermoso pero nada dulce ni ensoñado, y con buen sentido del humor el tercero. La orquesta vuelve a sonarle adecuadamente rocosa y escarpada. ¿Veremos alguna vez una difusión comercial, con imagen y sonido decentes, de este prodigio? (10)




24. Gergiev/Filarmónica de Viena (Philips, 2002). Aun siendo un director generalmente tosco, zafio y hasta hortera, el moscovita aquí demuestra no solo una absoluta convicción hacia los valores de la obra, sino también un trabajo más cuidadoso con la orquesta de lo que en él es habitual y una renuncia, cosa sorprendente en una obra que se presta a que el maestro se suelte la melena, a montar el numerito decibélico, aunque no deja de haber ciertas irregularidades. Así, el primer movimiento convence por un planteamiento adecuadamente elástico y por sus clímax escarpados y llenos de rabia, si bien la planificación no es óptima y da la impresión de que la dilatada página está construida sin la continuidad suficiente. Muy bien paladeado el segundo movimiento, sobresaliendo una sección central muy encendida, aunque alguna frase resulta algo relamida. Magnífico el tercero, no solo lleno de nervio en los pizzicati sino también con su bienvenida pizca de retranca en el tratamiento de las maderas. Y muy notable, sin ser el más electrizante de los posibles, un Finale bien planteado y resuelto. La toma no es la mejor de las posibles para un recinto de tan notable acústica como la Musikverein vienesa. (8) 



25. Gatti/Royal Philharmonic (Harmonia Mundi, 2004). Lectura no ya superficial sino abiertamente equivocada, escasa en dramatismo y de un lirismo cursi que apuesta por las sonoridades ingrávidas y almibaradas, echándose de menos densidad sonora y esa cantabilidad honda y sentida propia del autor. Primer movimiento nervioso, sin garra dramática alguna, con momentos excesivamente leves. Segundo insoportable: trivial, cursi, repipi. Scherzo ligero y virtuosístico, más bien trivial. Bien a secas el Finale, adecuadamente festivo pero sin vulgaridad. A olvidar. (5) 
 
  Tchaikovsky 4 Tilson Thomas DVD

26. Tilson Thomas/Sinfónica de San Francisco (DVD San Francisco Symphony, 2004). Tras una fanfarria no del todo sincera, incluso un punto más retórica de la cuenta, el director norteamericano se pierde en el laberinto de las tensiones y distensiones del primer movimiento sin llegar a darle unidad al mismo, y por ende sin alcanzar la rabia y desesperación que requieren sus clímax. En el Andantino hace frasear al oboe con amaneramiento para decantarse luego por un lirismo de sensibilidad refinada y mucha cantabilidad, pero algo blando y tristón, carente de verdadera congoja y de la tensión interna que necesita. El tercero movimiento está irreprochablemente delineado sin que termine de funcionar, mientras que por fin en el cuarto Tilson Thomas demuestra su enorme talento ofreciendo brillantez, fuerza y entusiasmo bajo un perfecto control de los medios a su disposición. Espléndido el documental sobre la obra, aunque en gran medida sea promoción de la propia orquesta californiana. (7)
 
 
Tchaikovsky 4 Van Immerseel

27. Van Immerseel/Anima Eterna (Zig-Zag, 2004). Llegaron los instrumentos originales a Tchaikovsky, pero a la postre aportaron nada en especial. Lo hubieran hecho, quizá, con un director más afín a este repertorio y menos aburrido que el señor Van Immerseel. También con más técnica: su primer movimiento resulta deslavazado, alternando momentos logrados con otros sin pulso, con tensiones no del todo bien planificadas y sin la suficiente rebeldía por mucho todo esté en su sitio. El Andantino resulta bajo su dirección tan correcto como soso. Al tercero le falta sentido del humor. El cuarto está bien, no cae en efectismos, y de ahí no pasa. En suma, una interpretación que no saca los pies del plato pero termina aburriendo. Habrá pedantes que la aplaudan creyendo que es el colmo del atrevimiento con su postura presuntamente renovadora, contraria a la tradición e inconformista, cuando en realidad es más de lo mismo, pero mal hecho. (5) 
 
 
Tchaikovsky Gergiev Bluray

28. Gergiev/Orquesta del Mariinski (Blu-ray Mariinsky, 2010). En una línea parecida a la de su grabación en Viena ocho años anterior, pero con una orquesta mucho menos buena, lo más interesante de esta filmación, además de su soberbia calidad de imagen y sonido, es un primer movimiento que no solo ardiente y escarpado a más no poder, sino también mucho más controlado de lo que en Gergiev se pudiera esperar, aunque también es cierto que en los momentos más introvertidos la tensión se le viene abajo, y que alguna frase algo meliflua se le escapa. El lirismo del segundo movimiento –muy bien delineado el juego entre cuerda y maderas– resulta un tanto blandengue y sentimentaloide, incluso un punto gangoso: no se lo acaba uno de creer. Solvente pero algo soso el tercero, y muy notable el cuarto. La filmación, realizada en la Salle Pleyel de París, está realizada por un Andy Sommer que intenta ser moderadamente original sin convencer en sus detalles creativos, optando por algunas decisiones tan discutibles como los planos congelados del director. (7)



29. Krystian Järvi/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2012). El más joven de la dinastía de los Järvi nos desconcierta por completo en un primer movimiento que arranca admirablemente –viriles, decididos los soberbios metales de berlineses– y a partir de ahí alterna momentos con todo el carácter escarpado y dramático que deben con otros en los que los tirones de tempo, ciertos detalles amanerados en el fraseo e incluso inesperadas sonoridades blandengues en la cuerda terminan resquebrajando una arquitectura que no se sabe muy bien a dónde va. Funciona mucho mejor el Andantino, vehemente más que ensoñado, beneficiándose de manera considerable de la soberbia cuerda de la Berliner Philharmoniker. Magnífico el Scherzo, lleno de vida y entusiasmo, además de dicho con todo el virtuosismo esperable en la formación alemana. Decidido y de una pieza el Finale, antes que matizado, culminando en una coda particularmente fogosa y un tanto efectista en la que los prodigiosos metales de la orquesta alemana tienen mucho que decir. Lo dicho: una interpretación desconcertante. (7)



30. Noseda/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2015). El maestro italiano ofrece una interpretación muy bien construida –nada que ver con la de Krystian Järvi con la misma orquesta–, cuidadosa y de irreprochable gusto, sin languideces ni excesos, a la que por desgracia le falta ese punto de cantabilidad, sensualidad y emotividad netamente tchaikovskianas que ejerzan de contrapunto a la brillantez desplegada y profundicen en las significaciones de la partitura. Tampoco su voltaje dramático llega a los niveles que Karajan alcanzó décadas atrás precisamente. En cualquier caso, la Filarmónica de Berlín vuelve a ser un lujo en una partitura como esta, particularmente escuchar a un Albrecht Mayer en la cantinela del oboe del segundo movimiento, por no hablar de los metales en un Finale encendido pero sin efectismos. El vídeo se encuentra disponible en este enlace. (8)

sábado, 10 de agosto de 2019

El Schubert de Giulini en Chicago

Empiezan a circular en alta definición algunas de las grabaciones, nuevamente reprocesadas, que realizó Carlo Maria Giulini para Deutsche Gramophon en los años setenta. Ya comenté la Heroica con Los Ángeles. Paso ahora a decir algo sobre el renovado trasvase de las sinfonías nº 4 "trágica" y 7 "incompleta" (ya no me creo lo de "inacabada", lo siento) de Franz Schubert que el maestro italiano grabara en marzo de 1978 al frente de una gloriosa Sinfónica de Chicago. He vuelto a quedar maravillado, aunque debo reconocer que ahora estas dos viejas conocidas no me han entusiasmado tantísimo como en las ocasiones anteriores.


La Sinfonía nº 4 resulta irreprochable en su enfoque: el de Barletta sabe sacar a la luz lo que de sombrío y dramático tiene esta música respetando al cien por cien todo ese lirismo elegante y ese refinamiento que también posee. Y lo hace a través de una ejecución de asombrosa perfección técnica, realizada de un solo trazo y clara a más no poder, dotada además de una belleza sonora tan apolínea como ajena a cualquier narcisismo. El resultado es una interpretación de perfecto equilibrio entre fuerza expresiva, hondura y belleza formal. Ahora bien, a mi juicio le vendría muy bien un poco más de chispa, incluso de encanto. En este sentido, puede parecer en exceso distanciada, incluso un tanto escasa de esa sensualidad y esa emotividad a flor de piel que el universo musical de Schubert necesita, y que el propio Giulini ofrecerá en su grabación de 1993 frente a la Sinfónica de la Radio Bávara, más redonda que la presente en los movimentos centrales pero menos lograda en los extremos: este Allegro conclusivo es todo un prodigio por su manera de conjugar ansiedad y equilibrio. Pese a los reparos expuestos, no estoy seguro de conocer alguna interpretación globalmente superior a esta. La de Barenboim, tal vez.

El milagro de la lectura de la Sinfonía en si mayor D 759 es ofrecer la perfecta conjunción entre belleza formal, lirismo, sentido humanista y desgarro que necesita esta prodigiosa partitura. Giulini lo consigue con una técnica de batuta excepcional que hace empastar de manera muy cálida a la brillante Sinfónica de Chicago –le da extraordinario relieve a la cuerda grave– y le permite mantener la tensión interna mientras frasea con una naturalidad, una sensualidad y una fuerza poética asombrosas, pero sin nunca bajar la guardia ni olvidar el trasfondo trágico de la pieza; sin caer tampoco en la menor blandura o tentación de hedonismo sonoro. De nuevo, como en la sinfonía anteriormente comentada, se pueden preferir enfoques más a tumba abierta, más rebeldes y escarpados, pero esta interpretación a un mismo tiempo bellísima y profunda resulta modélica en su línea.

La calidad técnica de los registros ha parecido siempre espléndida en sus diferentes encarnaciones en compacto. Ahora bien, he comparado estas nuevas remasterizaciones con los CDs de la caja (¡imprescindible!) Giulini in America y me he sorprendido bastante. En la Trágica, el sonido aparenta ser mejor en CD. Pero solo eso, aparenta. La circunstancia de que en el compacto no se escuche el ligero soplido de fondo que sí se aprecia en el FLAC de alta definición y que contrabajos suenen en el disco muchísimo más robustos, indica que el primer ingeniero que hizo el trasvase a formato digital le metió mano al ecualizador reduciendo agudos y potenciando las frecuencias más bajas, distorsionando así el verdadero sonido del maestro italiano, que no era precisamente timorato a la hora de ofrecer densidad, pero ni mucho menos tan rugiente en la cuerda grave como un Solti. En la Incompleta no se nota tanto lo del soplido de fondo, pero sí la potenciación artificial de los graves.

Resumiendo: esta nueva edición, solo disponible en formato de descarga, es menos espectacular que la que circula en CD, pero a la postre resulta bastante más natural. Y ahora, a ver si se deciden a sacar la monumental Sinfonía nº 8.

miércoles, 7 de agosto de 2019

El gran macabro del Liceu en Blu-ray

A lo largo de estos últimos meses he tenido la oportunidad de acercarme de manera sistemática a la obra de György Ligeti (1923-2006), haciendo uso para ello de la colección iniciada por Sony y concluida por Teldec, además de la muy recomendable caja de cuatro CDs editada por Deutsche Grammophon. Con ello he alcanzado una visión mucho menos inexacta de la creación de un compositor que se cuenta, desde ya, entre mis favoritos del siglo XX, y al que me gustaría escuchar mucho más en directo, cosa que he podido hacer en muy pocas ocasiones. Precisamente he cerrado la serie viendo el Blu-ray editado por Arthaus de la producción de El gran macabro presentada por el Gran Teatre del Liceo en 2011, a cuyo estreno pude asistir. En su momento la comenté en este mismo blog.


He repasado lo entonces escrito. Como creo que el texto sigue siendo válido –hoy me explicaría peor–, a él me remito no sin antes resumir en dos ideas la valoración: notable la interpretación musical, soberbia la propuesta escénica. Ahora bien, debo puntualizar que el visionado doméstico hace perder espectacularidad a la escenografía, mientras que en contrapartida permite apreciar mucho mejor el extraordinario trabajo escénico de todos y cada uno de los cantantes. Y que la toma sonora, además de ser magnífica, permite –para algo están los micrófonos– escuchar correctamente la Mescalina de Ning Liang, cosa que desde el patio de butacas no se podía hacer.


Habida cuenta de que hay subtítulos en castellano (aunque traduciendo “cocksucker” por “chupa…”, así con puntos suspensivos, no se vaya a escandalizar alguno), y que la calidad audiovisual es espléndida, parece claro que para todo buen melómano este es un vídeo de obligado conocimiento. Como lo es el resto de la obra de Ligeti. Anímense.

lunes, 5 de agosto de 2019

La Turandot de Mehta, más asombrosa en Blu-ray audio

He vuelto a escuchar la Turandot de Zubin Mehta. La primera de las cuatro que tiene, la registrada por Decca en el tristemente desaparecido Kingsway Hall junto a la Filarmónica de Londres en agosto 1972. Y esta vez lo he hecho en Blu-ray audio: si en CD la toma era ya espléndida, en este formato puede considerarse como uno de los títulos de ópera mejor grabados de toda la era analógica. Puede que falte un poco de gama dinámica en los finales de cada acto, pero la definición tímbrica, la transparencia, el equilibrio de planos y, sobre todo, el relieve con que está recogido el genial tejido sinfónico diseñado por Giaccomo Puccini son verdaderamente formidables. ¡Y cómo suena la percusión! Realmente se puede tener un problema con los vecinos si la audición se realiza al volumen adecuado. He realizado la comparación con la última grabación del maestro indio, la de Bocelli en Les Arts de 2014, y les puedo asegurar que no suena tan bien como esta.



De la interpretación musical, pues qué quieren que les diga: aunque los señores de la revista Scherzo casi siempre la han ninguneado, se trata de una de las cimas de la ópera grabada. Lo es, ante todo, por su impresionante dirección, un prodigio de fuerza, de colorido, del sentido del ritmo y de brillantez sonora bien entendida que mira directamente a Stravinsky y que potencia los aspectos más modernos de esta música, pero también sabe descender al detalle sin bordear siquiera ese preciosismo que arruinó la grabación de Karajan, tratar con enorme sutileza las texturas, sumergirse en las atmósferas oníricas y desgranar, con enorme intensidad emocional esa melodías maravillosamente italianas que trufan esta singular obra maestra. Si a esto sumamos un pulso extraordinario, un infalible sentido teatral y una comunicatividad fuera de serie, se comprende que estemos ante una interpretación literalmente inalcanzable: ni el propio Mehta lo ha vuelto a hacer tan increíblemente bien en sus grabaciones posteriores.

Sensacional Pavarotti, cantabilidad pura y luminosidad absoluta subrayadas por un agudo incomparable que es fulgor y terciopelo al mismo tiempo. Sutherland no solo está vocalmente impresionante en un papel difícil como pocos, sino que además se muestra bastante más expresiva que de costumbre; se le puede perdonar su deficiente dicción. Sorprende escuchar una Liú con una voz más cercana a la de la princesa que a la de la esclava, pero Caballé triunfa al cantar con una una sensibilidad y una mezcla de delicadeza e inocencia que no conoce –como tampoco la detallista, exquisita dirección de Mehta en sus intervenciones– cursilería alguna. Sencillamente portentoso Ghiaurov como Timur. Estupendos Tom Krause como Ping y Piero di Palma como Pong. Con su peculiar nasalidad y más bien tremolante, pero aun así espléndido el emperador de Peter Pears. Magnífico el Coro de John Alldis.

No digo más: háganse con este Blu-ray audio.

sábado, 3 de agosto de 2019

Buen Tchaikovsky de un Stokowski nonagenario

Quienes lean con cierta asiduidad este blog sabrán que detesto a Leopold Stokowski. Pues bien, por una vez voy a hablar moderadamente bien de él, comentando este registro realizado con la London Symphony Orchestra en 1974 para el sello Philips y ahora recuperado en su cuadrafonía original por Pentatone. Dos obras de Tchaikovsky para el maestro londinense: Francesca de Rimini y la Serenata para cuerdas.
 

Noventa y dos años contaba el mítico maestro cuando grabó esta Francesca. ¡Ahí es nada! Si bien la partitura le permite desplegar su enorme instinto para la teatralidad y lo espectacular, lo cierto es que se muestra en esta ocasión comedido en el mejor de los sentidos, ajeno al efectismo y al escándalo gratuito que son sus señas de identidad, desinteresado por llamar la atención –excepción hecha del golpe de gong final que se saca de la manga– y con ganas de hacer buena música. Ciertamente lo consigue, alcanzando un buen punto entre lirismo y acentos dramáticos, aunque también sea cierto que el primero se encuentra impregnado por cierta levedad, resultando dicho vuelo lírico superficial mucho antes que agónico, y que los segundos vienen dados más por el nerviosismo en el fraseo que por la planificación en las tensiones. Tampoco la claridad es la mayor posible, ni grande la riqueza de matices. A la postre, una digna interpretación sin más. La remasterización cuadrafónica ofrece un buen sonido, sin efectos especiales por detrás, pero pese a su bajísimo volumen no recoge toda la gama dinámica deseable.

Funcionan mejor las cosas en la Serenata para cuerdas, una muy notable interpretación, hermosa e irreprochablemente trazada, dicha sin la menor melifluidad y por completo ajena a tópicos. Ciertamente no ofrece la opulencia, la tersura sonora ni el entusiasmo de Karajan con la Filarmónica de Berlín, ni en modo alguno la tensión dramática de Barbirolli con la Sinfónica de Londres, pero globalmente los resultados son satisfactorios y lo serían aún más si no fuera porque el último movimiento se queda corto en vitalidad y fuerza expresiva.

jueves, 1 de agosto de 2019

Savall y las tres últimas sinfonías de Mozart

Siento una enorme admiración por Jordi Savall. Tengo una buena cantidad de discos suyos y le he escuchado bastante en directo. Casi todo lo que hace me gusta mucho, no solo como gambista y como director de conjuntos de música medieval y renacentista, sino también empuñando la batuta en el repertorio barroco: su Lully, su Rameau o su Purcell me parecen excepcionales. De ahí que me haya entristecido escuchar estas versiones de las tres últimas sinfonías de Wolfgang Amadeus Mozart registradas al frente de Le Concert des Nations en junio de 2017 y junio de 2018, editadas por su sello Alia Vox. Porque me han gustado regular, por no decir muy poco en el caso de la Sinfonía nº 39.


Ya desde el primer minuto de esta obra quedan en evidencia algunos de los problemas de esta interpretación: fraseo raquítico en la cuerda, claro desequilibrio de esta frente a los vientos y, sobre todo, unos molestísimos timbales en primer plano enturbiando el discurso y que, además, se ven realzados por una acústica reverberante –Colegiata de Cardona– inconveniente para esta música. A partir de ahí, Savall despliega energía, teatralidad y entusiasmo en todo el Allegro, pero haciendo gala de una planificación tosca, alentando toda clase de excesos, e incluso subrayando algunas líneas que no son sino relleno armónico mientras que algunas de las más importantes quedan injustamente relegadas. Claro que peor aún es el Andante con moto, dicho con ese fraseo pimpante, saltarín y frívolo de las malas interpretaciones historicistas –o influidas por el historicismo, como las de Abbado en sus últimos años–, que no se debe confundir con la articulación necesariamente ágil e incisiva que debe tener toda interpretación "históricamente informada”. Estaría bien el Menuetto dicho con rapidez –marcando el compás de tres negras en un solo movimiento de brazo, tal y como dejó claro Harnoncourt–, si no fuera una vez más por la omnipresencia de los timbales; se escuchan muy gratamente las ornamentaciones del clarinete, que hacen que la pieza suene más landler que nunca. El último movimiento, en la línea del primero.

La interpretación de la Sinfonía nº 40 es bastante menos insatisfactoria que la de la anterior, no solo porque aquí no hay timbales, sino porque Savall parece más centrado en la expresión, como también más atento al equilibrio de planos y menos volcado al exceso: el de Igualada está atento al contenido dramático de la página, pero tampoco se cuenta -venturosamente– entre los que creen que hacerlo significa caer en el nerviosismo o subrayar asperezas. Ahora bien, en una obra muy exigente en depuración y en sutilezas queda en evidencia que la orquesta, por mucho que congregue a algunos nombres importantes, no es ninguna maravilla, y que la batuta de Savall tampoco es precisamente el colmo del refinamiento. A la postre, una interpretación un tanto tosca y superficial, amén de aburrida en su maravilloso Andante, no así en un movimiento conclusivo vibrante y dicho con entusiasmo.

Más que correcto el primer movimiento de la Júpiter, con todo en su sitio y certero en lo expresivo; nos obstante, me hubiera gustado una cuerda más carnosa, de fraseo más efusivo y matizado. El problema viene con el Andante cantabile, que ni es Andante –algo más rápido de la cuenta– ni llega a ser cantabile, porque las melodías no ofrecen ese vuelo lírico ni esa mezcla tan peculiar de elegancia, sensualidad y amargor que albergan los geniales pentagramas; la articulación “H.I.P.” resultará frívola a los aficionados más tradicionales –no a mí–, y horrorizará –aquí sí que me cuento entre los afectados– en algunas soluciones que Savall podía haber adoptado con mayor moderación. Ágil e incisivo el Menuetto, quizá más nervioso de la cuenta y enturbiado por la reverberación de los timbales. En la inmensa doble fuga final el maestro vuelve a aportar vitalidad y sentido de los contrastes, acertando en la expresión luminosa que la página debe tener, pero aquí el descuido en las líneas de la polifonía –las maderas a veces pasan desapercibidas– y un cierto desaliño en el tratamiento de las masas orquestales terminan lastrando el resultado, vistoso pero un tanto primario.

De propina, la Música fúnebre masónica en la grabación de 1991 que en su momento acompañaba el Réquiem, correcta pero poco escalofriante. ¿Han escuchado ustedes a Frans Brüggen o, mejor todavía, a Karl Böhm? Pues eso. Si quieren saber algo más sobre mis gustos, ahí están mis discografías comparadas de la 39 y de la 40.

martes, 30 de julio de 2019

El Wagner apolíneo de Rafael Kubelik

¿Es posible interpretar satisfactoriamente desde una óptica mayormente apolínea la música de un compositor tan claramente dionisíaco como Richard Wagner? Rafael Kubelik logra demostrar que sí lo es, en este disco con la Filarmónica de Berlín registrado por Deutsche Grammophon en marzo de 1963, que he vuelto a escuchar después de unos cuantos años y que me ha gustado ahora más que antes.


Se abre el programa con un soberbio preludio del acto I de Meistersinger: pocos directores –o ninguno– habrán conseguido desgranar esta pieza con mayor unidad entre sus diferentes secciones con que lo hace aquí el maestro checo, que traza la arquitectura con lógica, fluidez y naturalidad aplastantes dentro de el referido enfoque apolíneo en el mejor de los sentido, “clásico” si se quiere, lo que significa ajeno al arrebato e incluso un punto distanciado, pero en todo momento lleno de fuerza y de convicción. Se podrán preferir lecturas con mayor sentido del humor, también más visionarias, pero es difícil no rendirse ante la mezcla de nobleza y grandeza ajena a toda pompa que consigue Kubelik en esta recreación, por cierto que algo envejecida en lo que a la calidad de la toma se refiere.

Naturalidad, concentración y una perfecta lógica en la arquitectura de tensiones son las principales bazas de una interpretación del preludio del acto I de Lohengrin hermosa sin el menor narcisismo, que alcanza un clímax no del todo electrizante ni emotivo, pero sí revestido de esa particular combinación, presente también en Maestros, de elegancia y retórica sin pesadez.

El Idilio de Sigfrido recibe una lectura de apreciable depuración sonora y tan tierna como serena expresividad, alcanzando momentos verdaderamente mágicos de concentración y exquisitez, sobre todo hacia el principio y hacia el final; sin embargo, está bastante menos paladeada que la que el propio Kubelik grabó en 1979 para CBS (20’28'', frente a los 18’55'' de esta), con resultados referenciales.

Tristán e Isolda para terminar. El maestro checo nos sorprende con un preludio del acto I francamente lento (12'27'') y concentrado; se encuentra dicho con la lógica constructiva que caracteriza a su Wagner, pero extrañamente, y al mismo tiempo aunque resulte una paradoja, evidencia alguna frase un punto parsimoniosa. En lo expresivo también es una interpretación singular porque, siempre alejado del arrebato y de la vehemencia, ofrece una curiosa mezcla de pesimismo y dulzura. La Liebestod, de gran depuración sonora y muy paladeada (7’39), resulta estática antes que extática, pero en cualquier caso está dicha con singlar belleza y desde una distante serenidad contemplativa. Algo así como un Wagner “de anciano director”, sin realmente serlo: Don Rafael contaba cuarenta y nueve años.

domingo, 28 de julio de 2019

Jean Martinon frente a Peter Mennin

Por fin he escuchado completo el álbum editado por RCA-Sony Classical en el que se incluyen las grabaciones de Jean Martinon al frente Sinfónica de Chicago. Pese a la relativa decepción del Ravel, notable pero inferior al que más tarde grabaría el maestro con la Orquesta de París, su adquisición me parece absolutamente recomendable. Incluso en lo visual es muy atractivo, porque reproduce las portadas originales de los vinilos.


Hace ahora tres años (¡cómo pasa el tiempo, y cuánto he tardado en escuchar la caja!) comenté el elepé dedicado a Bizet. De todos los demás he tomado notas pero, por puro estrés, me voy a limitar a escribir en este blog tan solo de un disco, grabado en 1967 con estupenda toma sonora, que me ha llamado  la atención no por cuestiones interpretativas, sino por incluir una partitura del propio maestro: su Sinfonía nº 4, "Altitudes".

Estrenada en 1965 para conmemorar el 75 aniversario de la orquesta, se trata de una obra que pone de manifiesto –ya desde un arranque que puede recordar en cierto modo a Honegger y a Messiaen– la escuela francesa de Martinon, particularmente en lo que se refiere a su mezcla de elegancia y sensibilidad tímbrica, aunque eso no supone reparos a la hora de desplegar decibelios e intensidad dramática. Por desgracia la inspiración, que toma como referencia la pasión del maestro por el alpinismo –sin tratarse una obra programática– y su fe en Dios, resulta más bien mediana. Lo más logrado es el muy sugerente Andante misterioso central, ni que decir tiene que interpretado de manera insuperable.

La otra cara del vinilo original contenía la Sinfonía nº 7 en un movimiento, "Variation Symphony", de Peter Mennin. Encargo de la orquesta de Cleveland y George Szell que conociera su estreno allá por enero de 1964, a mi juicio se trata de una obra mucho más interesante que la del propio Martinon. Su escritura virtuosística y extrovertida que busca conectar de la manera más inmediata posible con el público no muy abierto a la vanguardia que se desarrollaba en la vieja Europa no se queda en una mera fachada: aquí hay garra dramática, fuerza expresiva y sinceridad en las emociones. Martinon se vuelca en todo ello y da, junto con unos chicagoers verdaderamente formidables –no tendrían que esperar a Solti para elevarse a lo más alto–, una verdadera lección de compromiso expresivo. A la postre, el maestro triunfa mucho antes como director que en su faceta de compositor.

viernes, 26 de julio de 2019

La Sinfonía doméstica por Maazel y Mehta: The Mama & the Papa

Dos versiones de la Sinfonía doméstica de Richard Strauss: la de Mehta y la Filarmónica de Berlín grabada para CBS en 1985 y la de Lorin Maazel y la Filarmónica de Viena registrada por Deutsche Grammophon dos años atrás. Cada una de ellas adopta una perspectiva distinta para este retrato familiar hecho en música: en la primera toma protagonismo el papá, en el segundo la mamá.


La del maestro indio es una inflamadísima pero, aun así, admirablemente controlada interpretación en la que la fusión entre la sonoridad opulenta y oscura de la orquesta que aún era de Karajan y la batuta de un Mehta amante del empaste recio y poco interesado por preciosismos dan como resultado una visión en la que parece primar el carácter de un Herr Strauss particularmente viril, decidido e inflamable, por momentos muy tempestuoso, sexualmente más “avasallador” que tierno, sin menoscabo de que los otros miembros de la familia también encuentren su lugar: la batuta sabe frasear con delectación y atender a la sensualidad, el vuelo lírico y la magia poética que esta música demanda. Al estar realizada a bajo volumen, la toma ofrece la amplia gama dinámica que pide la partitura, si bien los tutti podrían sonar con un poco más de sentido espacial. Soberbia opción para conocer la obra, en cualquier caso, sin olvidarnos de la no menos impresionante lectura que los mismos intérpretes ofrecieron en 2009 y se encuentra disponible en la Digital Concert Hall.



En comparación con la digamos que “muy viril” visión de Mehta, con Lorin Maazel la esposa y el bebé tienen una importancia decisiva. Ternura, delicadeza, vuelo lírico y refinamiento muy bien entendido –distinción antes que decadentismo-, elementos que probablemente tienen mucho que ver con la presencia de una Filarmónica de Viena en su mejor momento, son las señas de identidad de esta lectura que, pese a lo dicho, sabe también ofrecer timbres incisivos, claroscuros dramáticos y una buena dosis de electricidad cuando debe. Por lo demás, uno no deja de asombrarse por la manera en que el maestro maneja la arquitectura, consiguiendo claridad y empaste al mismo tiempo, así como el modo en que frasea con naturalidad, cantando de maravilla las melodías y acumulando tensiones –admirable la escena de amor– con una lógica y sensualidad arrebatadoras. Lástima que la toma, realizada en vivo en la Musivkerein entre septiembre y octubre de 1983, resulte un punto más plana de la cuenta, aunque a cambio posee una enorme gama dinámica y una tímbrica muy transparente.

La cosa está clara: aunque personalmente me decanto por Mehta, hay que escuchar a los dos directores para conocer lo que puede dar de sí esta partitura.

miércoles, 24 de julio de 2019

La vida breve por Maazel y Del Monaco, en Bluy-ray

El sábado 17 de abril de 2010 (¡madre mía, cómo pasa el tiempo!) tuve la oportunidad de ver en el Palau de Les Arts de Valencia un programa doble integrado por La vida breve y Cavalleria rusticana a cargo de Lorin Maazel en lo musical y de Giancarlo del Monaco en lo escénico. Titulé mi crónica en este blog “Inspiración y pretenciosidad”, adjudicando el primer adjetivo a la interpretación del título de Mascagni y el segundo a la de Manuel de Falla. Advertí entonces que este último se filmaba esa misma noche para su edición comercializada. Hasta esta misma mañana no he podido disfrutar del Blu-ray editado por CMajor.


Resumo lo entonces escrito. Haciendo gala de tempi lentos pero sosteniendo perfectamente el pulso y sin caer en excentricidades –o sea, todo lo contrario de lo que haría un rato más tarde en Cavalleria–, un Maazel de soberbia técnica y pinceles muy finos ofrece una interpretación atmosférica, sensual y de gran hondura trágica que, amén de descubrirnos –literalmente– las maravillas que contiene la orquestación falliana, da buena cuenta de la fuerza expresiva de muchos pasajes de esta desigual pero, ahora queda claro, interesantísima partitura. La comparación con las dos realizaciones discográficas más difundidas, las de Frühbeck de Burgos y García Navarro, deja a aquellas muy atrás. La Orquesta de la Comunidad Valenciana y el Coro de la Generalitat están espléndidos.

Cristina Gallardo-Domâs, hoy desdichadamente retirada de la ópera, ofreció una sensacional recreación de Salud, muy sólida en lo vocal y de una expresividad tan intensa como sincera, sin arrebatos más o menos raciales, pero también sin caer en una excesiva fragilidad. Victoria de los Ángeles y Teresa Berganza no llegan, por diferentes motivos, a la altura de la soprano chilena. Añadamos que ahora en la filmación se puede apreciar su soberbio trabajo actoral, lleno de exigencias en una propuesta escénica que le hace estar todo el tiempo sobre las tablas, toda vez que buena parte de la acción parece desarrollarse en la mente de la protagonista.

Están bastante bien Jorge de León y Felipe Bou como Paco y el tío Salvaor, respectivamente, y mejor todavía la abuela de María Luisa Corbacho. A la cantaora Esperanza Fernández se la oye mucho mejor en la grabación que en directo, mientras que Isaac Galán logra llamar la atención en el brevísimo rol de Manuel.

El irregular Giancarlo del Monaco logra convencer plenamente con una propuesta opresiva y onírica, en buena medida conceptual, llena de ideas felices y capaz de ser personal sin atentar en ningún momento contra la dramaturgia de Carlos Fernández Shaw, bien apoyado por la inquietante luminotecnia rojiza de Wolfgang von Zoubeck, el hermoso vestuario de Jesús Ruiz y las ortodoxas coreografías de Goyo Montero, aceptando sin problemas lo "folclórico" pero sin caer en el tópico ni en lo meramente decorativo.

El Blu-ray ofrece una soberbia calidad de imagen y una toma sonora de gran calidad. Los subtítulos en castellano son apoyo importantísimo para disfrutar de un visionario a todas luces obligatorio. No se lo pierdan.

lunes, 22 de julio de 2019

La Heroica de Giulini en Los Ángeles

He repasado la Heroica beethoveniana que registró Carlo Maria Giulini al frente de la Filarmónica de Los Ángeles para Deutsche Grammophon en noviembre de 1978, esta vez en la descarga en alta resolución que, con toma sonora que ya era espléndida antes y ahora llega a deslumbrar, circula desde hace poco por la red. Confirmo mi idea inicial sobre la misma: una muy notable interpretación en la que hay cosas interesantísimas, pero globalmente no a la altura de quien fue uno de los más grandes maestros del pasado siglo.


Cierto es que la elegancia, la naturalidad y la claridad son asombrosas –revelador juego de maderas en el movimiento inicial, sin ir más lejos–, pero a mi modo de ver parte de la recreación se ve lastrada por una extraña blandura, sobre todo en el primer tema del referido Allegro con brio y, sorprendentemente, en un Scherzo dicho con elegancia y con la misma admirable depuración sonora de la que el maestro italiano hace gala a lo largo de toda la obra, pero escaso de la fuerza y de la vitalidad que necesita.

La marcha fúnebre comienza algo tristona, pero luego adquiere la suficiente elocuencia poética. Obviamente Giulini no pretende ofrecer una lectura rebelde o escarpada de esta música, sino más bien esa mezcla de dolor, reflexión y sentido humanístico, revestida de la más exquisita belleza formal y contenida por un desarrolladísimo sentido de la mesura digamos “clásica”, que caracteriza su personalidad interpretativa.

El último movimiento, expuesto con perfecta lógica y admirable transparencia, vuelve a ser antes apolíneo que dionisíaco y llega a resultar un punto distanciado, lo que no le impide a Giulini alcanzar verdadera excelsitud lírica en la variación nº 9 (¡escuchen desde 6’47’’!) y luego alcanzar enorme grandeza en la nº 10, cuya atmósfera digamos “gótica” (desde 11’23’’) también se encuentra admirablemente conseguida. La coda está llena de fuerza sin necesidad de ceder al arrebato. A la postre, y pese a los reparos antes expuestos, la interpretación hay que conocerla.

¿Mis intérpretes favoritos de la obra? Fürtwangler, Klemperer, Barbirolli, Kubelik y Barenboim.

miércoles, 17 de julio de 2019

El Prokofiev de Previn para Philips

Después de grabar al frente de la Sinfónica de Londres una importante serie de discos dedicados a Serguei Prokofiev para el sello EMI, incluyendo muy logradas grabaciones completas de Romeo y Julieta y La Cenicienta, André Previn comenzó junto a la Filarmónica de Los Ángeles una integral de las sinfonías del autor de Pedro y el lobo editada por Philips. Nunca llegó a terminarla, porque solo salieron tres compactos. Vamos a repasarlos.



El más conocido, que llegó a reeditarse en serie media, es la que incluye las sinfonías nº 1 y 5. Sobre la interpretación de la Sinfonía clásica ya la comenté en una discografía comparada:
"Lógicamente mejor grabada que su recreación con la London Symphony, esta nueva grabación de Previn vuelve a dar en la diana en lo que a transparencia e idioma se refiere, ganando quizá ahora un punto de agilidad pero pinchando en el segundo movimiento, cuya sección central resulta en exceso rápida y está tratada de modo pimpante."
Le puse de nota un ocho. Un punto más le pondría a la Sinfonia º 5. Doce años después de su registro previo en Londres de la misma partitura, Previn vuelve a dejar testimonio de su absoluta sintonía con el lenguaje de Prokofiev, de su enorme capacidad para planificar la arquitectura, de su absoluta atención a los detalles sin perder de vista el trazo global, como también de su perfecta mezcla de frescura y convicción expresiva, en una lectura de inmejorable ortodoxia y muy alto nivel. Ahora bien, da la impresión de que el maestro no se encuentra ahora igual de inspirado que en aquella memorable ocasión, sobre todo en un primer movimiento ligeramente más rápido, más lineal y bastante menos opresivo. El segundo, siendo magnífico, parece haber perdido un poco de mala leche. El tercero vuelve a resultar antes dramático que atmosférico, y en el cuarto Previn vuelve a convencer por completo sabiendo bucear en los pliegues de la página hasta conducirla a un final cargado de dobles intenciones, aunque no sé si ligeramente menos cargado de ponzoña que en la anterior ocasión. La toma sonora sí que es ahora muchísimo mejor: transparente, natural y de una amplísima gama dinámica. Eso sí, hay que poner el volumen bien alto.



El siguiente disco, grabado en marzo de 1987, incluye de plato fuerte la extraña Sinfonía nº 6. En ella el maestro se olvida de los aspectos más externos de esta música y va directamente al lirismo, la melancolía y el espíritu pesimista que anida en los pentagramas, recreándolo con ese perfecto conocimiento que tiene del lenguaje del compositor y trabajando a la orquesta con su espléndido dominio de la batuta. Falta, lástima, un punto más de intensidad emotiva, como también de carácter opresivo, para redondear los resultados. La de Rostropovich y, en menor medida, la de Ozawa, son mis grabaciones favoritas.

Como complemento viene la Suite escita. A priori, ideal para las maneras de Previn, pero a la postre una soberana decepción. Por descontado, el maestro hace gala de tanto de su incuestionable conocimiento del idioma de Prokofiev como del sentido del color y de la narración que le caracterizan, pero lo cierto es que en comparación con los prodigios obrados aquí por Abbado y Celibidache se queda bastante corto, al menos en los dos números iniciales: el primero de ellos parece planificado de manera superficial, sin calcular bien la potencialidad expresiva de las tensiones ni analizar a fondo el entramado orquestal, mientras que el segundo parece confundir el sentido de “la brutalidad” con lo tosco o lo precipitado. Mucho mejor el tercero, rico en las texturas aunque lejos de los dos maestros arriba citados, y no hay apenas reparos para un cuarto de magnífica ortodoxia y muy convincente, aun sin llegar en su clímax final a lo visionario. La toma, a volumen muy bajo, es bastante buena pero no llega a ser excepcional

 

El tercer y último disco de la serie se registró en 1989. En el programa, la Sinfonía concertante para violonchelo y la Sinfonía nº 7. En la primera de las obras referidas, el maestro ofrece otra vez una dirección perfecta de estilo (¡eso por descontado!), dicha con absoluta lógica, claridad y plena atención a las texturas orquestales, particularmente a aquellas en las que el autor despliega su particular sentido onírico, pero siempre dentro de una visión que, necesitada quizá de un punto mayor de intensidad, se interesa más por los aspectos líricos de esta música que por sus ángulos, por su humor corrosivo o por sus aspectos dramáticos. Bueno, es una posibilidad. Heinrich Schiff comulga plenamente con esta visión, pero el problema, aun sin que se le puedan negar las buenas intenciones expresivas, es el de siempre en este chelista: un sonido bonito pero no del todo rico al servicio de una expresividad un punto blanda y falta de carácter.

Para la Sinfonía nº 7 Previn se inclina, desafortunadamente, por la versión con ese "final feliz" que el compositor escribió por compromiso. En su registro con la London Symphony ya había alcanzado un buen nivel. Adoptando tempi ligeramente más lentos, salvo en un Andante expressivo ahora menos paladeado, lo cierto es que en Los Ángeles no mejora su primer acercamiento discográfico a la partitura con esta nueva aproximación, más lírica y quizá también más refinada, pero un punto menos intensa y vibrante que la anterior.

Muy en resumen, interpretaciones de notable alto que solo en el caso de la Sinfonía nº 5 alcanzan el sobresaliente, y que en la Suite escita se quedan bastante por debajo. Discos para muy amantes de Prokofiev, entre los que me cuento. Los demás pueden prescindir de ellos.