domingo, 23 de junio de 2024

Varios vídeos de Lorenzo Viotti: ¡atención a la Tercera de Mahler!

Mucho me temo que su calificación como "director de orquesta más sexi del planeta" (sic, leer aquí), su afición al deporte, su tendencia a lucir bíceps en las redes sociales y su trabajo extra haciendo publicidad de relojes y perfumes de lujo está mistificando de manera considerable la percepción de la auténtica valía musical de Lorenzo Viotti (Lausana, 1990), en este preciso momento dirigiendo a la Filarmónica de Viena en Granada. Lo mejor es dejarse de prejuicios y escuchar atentamente estos vídeos, aunque les aviso de un grave problema: todos ellos sufren de comprensión dinámica, particularmente un Ravel en el que hay que estar subiendo y bajando constantemente el volumen.

Vámonos a 2019. Vídeo en YouTube con la Sinfónica de Viena y Yuja Wang. Concierto para piano de Schumann en los atriles. Ya saben, la partitura que a casi nadie le sale realmente bien y con la que se han estrellado muchos de los grandes. Viotti concierta de manera irreprochable. La china toca increíblemente bien. Y entre ambos se establece una interesantísima competición: la de ver quién de los dos está más despistado. Él alterna trivialidad, cursilería y buenos detalles en una recreación tan pulcra como falta de unidad, mientras ella combina de manera no menos incomprensible nerviosismo, ligereza mal entendida, amaneramiento, detalles de gran sensibilidad y frases de enorme categoría. El tercer movimiento es el que sale mejor parado por parte de ambos. 

Saltamos a octubre de 2023, un concierto con Filarmónica de los Países Bajos también disponible de manera gratuita y legal en la red. Comenzó el programa con la Sinfonia da Requiem de Benjamin Britten. Interpretación sensacional: magníficamente trazada, expresiva y sincera, con su toque de elegancia británica, pero no dejando que este se imponga sobre los aspectos más dolientes de la página. Quizá la transición entre el segundo y tercer movimiento podía estar mejor resuelta, pero a la postre creo que el resultado solo cede ante el inolvidable Barbirolli (leer comparativa discográfica). 

Siguió el retorcido y fascinante Concierto para la mano izquierda de Ravel, muy exigente para los primeros atriles de la orquesta: lo hicieron muy bien, aunque se nota que la cuerda no es de primerísima. Lorenzo Viotti ofrece una interpretación particularmente  negra en la que destacaría en tratamiento de las texturas en el arranque y la agresividad con que plantea el "tema bélico". Faltan quizá un poco de voluptuosidad y sensualidad, por no decir de idioma raveliano, reproche que no se puede hacer a un Bertrand Chamayou que deslumbra por virtuosismo y sensibilidad en el toque. Su monumental cadenza la resuelve con mano –nunca mejor dicho– maestra. 

La segunda parte se abre con La tempestad de Tchaikovsky: la obra basada en Shakespeare, mucho ojo, no La tormenta, que es un poema sinfónico distinto. La tendencia a la dulzonería en el arranque de la escena de amor es el único reproche que se le puede poner a esta interpretación de muy buena planta, sólido trazo, excelente idioma y buena sensibilidad para colores y texturas. Ciertamente no llega al nivel de intensidad y de contrastes de las más grandes recreaciones, pero al director suizo se le nota muy cómodo en este repertorio. La orquesta, salvando algún ligero accidente al inicio, se comporta francamente bien dentro de un nivel "de segunda".

De La isla de los muertos de Rachmaninov ya hablé: una hermosa e interesante recreación que no logra convencer debido a que la lentitud considerable de la batuta no va acompañada de una adecuada progresión de las tensiones. Viotti arriesga, pero falla.

Terminamos pegando un salto atrás, al 29 de febrero de 2020 para concretar. Sustitución a última hora de Yannick Nézet-Séguin al frente de la Filarmónica de Berlín y en compañía de Elina Garança para hacer la Tercera sinfonía de Mahler. Sin rodeos: los tres primeros movimientos son los que más me gustan de todos cuantos he escuchado. Vale, ahí está Horenstein, pero con una orquesta inferior. Y tampoco me parece que Viotti se aleje de lo que hizo el director nacido en Kiev, ni en calidad ni en concepto. Es el suyo un Mahler "expresionista", incisivo y vibrante en la tímbrica, muy decidido en la arquitectura, desinteresado por preciosismos y lleno de fuerza expresiva firmemente controlada. Claro, con esos planteamientos el primer movimiento le sale sin problemas, pero lo que interesa es que cuando llegan las florecillas, los pajarillos y los otros animalitos logra borrar de un plumazo toda blandenguería contemplativa sin que por ello la música resulte sosa ni aburrida. Una auténtica maravilla, a la que no es precisamente ajena la musicalidad increíble de los primeros atriles berlineses: aplausos especiales para la trompa de postillón, bien escondida incluso para la cámara –un acierto no sacarla–.

Los otros tres movimientos son magníficos, "solo" eso: les falta sensualidad para alcanzar el mayor nivel posible. Por lo demás, lo tienen todo: concentración el lied –Albrecht Mayer ofrece los complicadísimos glissandi del oboe requeridos por Mahler–, sentido de lo inquietante el coro angelical –muy áspero su clímax, como debe ser– y gran intensidad emotiva el monumental Finale. La Garança, exquisita en el canto y musicalísima en la expresión; también un poquito distanciada. Sensacionales los coros. ¿Versión de referencia? Pues sí. Y si no me creen, suscríbanse a la Digital Concert Hall y escúchenla, aunque tampoco se hagan especiales ilusiones en lo que a la tecnología se refiere: aunque hay imagen 4K y sonido Dolby Atmos, también sufre un poco de compresión dinámica. Suban el volumen en el clímax final, por favor.

sábado, 22 de junio de 2024

Nabucco: ¿Muti o Sinopoli?

He querido escuchar en dos días consecutivos las dos más celebradas grabaciones del Nabucco de Verdi que existen, por aquello de aclarar ideas: la de Riccardo Muti al frente de la New Philharmonia registrada por EMI en el Kingsway Hall de Londres entre 1977 y 1978, y la de Giuseppe Sinopoli en la Deutschen Oper de Berlín que grabó DG en 1982.

La de Londres está muy marcada por la personalidad del director, aquí más Muti que nunca: electrizante e incisiva a más no poder, áspera en el buen sentido, con ese sonido "a banda italiana" que le conviene al joven Verdi y dotada de una altísima temperatura teatral, pero sin que ello le impida al maestro napolitano cantar las melodías como se debe. Dicho de otra manera, una dirección con todas las virtudes de la línea de Toscanini, pero ninguno de sus defectos. Impresionante la orquesta, y no menos el asombroso Ambrosian Opera Chorus.

Matteo Manuguerra ofrece un Nabucco rocoso y de buena planta, nada más. Nicolai Ghiaurov despliega su inmenso talento, pero la voz aparece ya un poco cansada. Veriano Lucchetti está muy bien. Algo indiferente Elena Obratzsova –qué cosas–, mientras que a Robert Lloyd no le pondría ninguna pega. ¿Y Renata Scotto? Pues con una voz no muy adecuada para Abigaille, pero sorteando las insuficiencias con una inteligencia musical de primerísimo orden: su manera de decir, de matizar expresivamente el texto para atender a los pliegues psicológicos de un personaje que tiene que ofrecer muchas más cosas que fiereza, son un verdadero prodigio de canto. De canto italiano de la más pura ley, habría que añadir.

Los conjuntos de Sinopoli no poseen la calidad de los de Muti, y la dirección del veneciano palidece ante la de su colega en lo que a nervio y teatralidad se refiere. Pero es de muy buen nivel, sobresaliendo por su sentido del color, su sensualidad, su belleza sonora y –particularmente– por su sentido del canto. Los ingenieros de sonido del sello amarillo realizan una labor sensacional que realza las virtudes de la batuta.


Piero Capucilli nunca ha sido mi barítono verdiano favorito, pero la voz es preciosa y su estilo no admite discusión. Está muy bien. Ghena Dimitrova sí posee el instrumento que le corresponde al personaje, utilizándola para componer una Abigaille de rompe y rasga. Impresiona, pero me quedo con la riqueza de matices de la Scotto. Evgeny Nesterenko no posee la emisión más italiana posible, pero la belleza de su timbre y la nobleza de su linea de canto, más "religiosa" y menos autoritaria que la de Ghiaurov, arroja nuevas luces sobre el sacerdote. Magníficos Plácido Domingo y Lucia Valentini Terrani, flojo Kurt Rydl y lujosísimo cameo de Lucia Popp como Anna.

¿Conclusión? Por la toma sonora me quedo con la de Sinopoli, pero las dos versiones son de altísimo nivel. Por cierto, la de Callas sigue sonando fatal tras el reprocesado de 2017.

viernes, 21 de junio de 2024

Revista Ritmo: García Asensio mucho antes que Barenboim

El día 11 de junio se presentó en Madrid el libro Conversaciones con el Maestro García Asensio, escrito por el musicólogo Fernando Pérez Ruano. Hoy día 21 publica la noticia (leer). El que yo escribí sobre Daniel Barenboim se lo envió mi editorial hace meses al redactor jefe, Gonzalo Pérez Chamorro. Ni acuse de recibo, ni las gracias ni, menos aún, un mísero recuadro anunciando su publicación. Por cierto, no es la primera vez que la revista que hoy lleva el citado crítico jiennense recoge una noticia sobre Pérez Ruano (ver aquí). Sin comentarios.

Un día de coros y corales en Leipzig (V): inolvidable Gächniger Cantorey

Cuando el 25 de mayo pasado asistí a un concierto en la Thomaskirche de Leipzig, de esos semanales a tres euros, me senté abajo: se venía y se escuchaba mal. Para mi retorno el 15 de junio a las ocho de la tarde me aseguré de comprarla arriba. Fueron más de cien euros, pero mereció la pena: si bien un pilar gótico me tapó durante todo el tiempo al director, se vio a una buena parte de la formación coral e instrumental y, sobre todo, se escuchó muchísimo mejor. Que tenga mucho ojo el visitante: para acceder al piso alto no se puede entrar por la plaza de la iglesia, sino por la portada neogótica que hay a los pies.

La iglesia estaba a rebosar, y eso que en el mismo marco de la Bachfest en otro lugar se ofrecía una Pasión según San Juan escenificada. Supongo que escuchar música junto a la tumba de Bach era uno de los grandes atractivos para el turista, pero también entiendo que la gente iba a escuchar a la Orquesta Barroca de Friburgo y a los Gächinger Cantorey de Stuttgart. Sí, el coro con el que Helmut Rilling grabara tantos discos bachianos.

Recuerdo haberles escuchado una o dos veces en Sevilla hace ya años. Ya eran impresionantes, pero esto ha sido otra cosa: no exagero si les digo que ha sido una de las actuaciones corales en directo más impresionantes que he escuchado. Sí, vale, el Monteverdi Choir es aún más pulcro y exacto, y los de Tenebrae se mueven en un nivel sobrenatural, pero estos señores y señoras, además de cantar divinamente, ofrecieron una expresión que mezclaba espiritualidad, sensualidad y sentimiento con una excelsitud conmovedora, haciéndolo ya desde el motete de Brahms Warum ist das Licht gegeben dem Mühseligen que interpretaron abriendo el programa. No parece haber duda de que gran parte del mérito corresponde a su actual titular, Hans-Christoph Rademann


Si el Brahms fue un mazazo para el melómano, los motetes de Mendelssohn O Haupt voll Blut und Wunden y Ach Gott, von Himmel sieh darein confirmaron la absoluta excelencia de la agrupación coral. Y qué decir cuando llegaron los pesos pesados, las cantatas Christ lag in Todesbanden BWV 4 y Ich hatte viel Bekümmernis BWV 21 de Johann Sebastian, dos páginas especialmente luctuosas que tuve la oportunidad de repasar en casa para ir preparado. Pues bien, insisto en que nunca he escuchado un Bach coral tan bello y, al mismo tiempo, tan lleno de emotividad como este de los Gächinger Cantorey. Y tan en el punto justo, sin minimalismos ni pesadeces. Las maneras masivas, por fortuna, pasaron a la historia. Las otras no. Tampoco ha desaparecido la perfección gélida que afecta a determinados intérpretes: recuerdo ahora (reseña aquí) esa Pasión Según San Mateo de 2023 en el Maestranza con Vox Luminis y la Orquesta Barroca de Friburgo que durmió a las ovejas.

¿Pero no dice usted que en la Tomaskirche estaba también esa misma orquesta? Pues sí, y a su concertino-directora Petra Müllejans la veía con claridad desde mi asiento. Pero la formación parecía otra. O al menos, parecía salida del aturdimiento de aquel Domingo de Ramos hispalense. Normal, lo mismo le pasan a la Sinfónica de Chicago o a la Filarmónica de Viena cuando las dirigen un director malo y un director bueno. La explicación me parece muy simple: aunque los de Friburgo presuman de "tocar solos", Hans-Christoph Rademann les debió de dar muchísimas indicaciones expresivas. La orquesta sonó a ella misma, con esa acidez que la caracteriza, pero también con una moderación en la articulación y una musicalidad expresiva que nos hizo olvidar los horrores de, por ejemplo, el Schumann con Heras-Casado.

Muy alto el nivel de las voces solistas: Susanne Bernhard, Patrick Grahl y Kresimir Strazanak. Tenía que haber tomado notas para poder decir algo más, pero lo cierto es que tampoco encontré en ellos nada particular: solo canto depurado, sensible y muy en estilo.

Hacía calor y aquello terminó –sin que hubiera pausa de por medio– cerca de las diez de la noche. Aun así, el público aplaudió a rabiar mientras Bach sonreía bajo su lápida. Y seguidamente nos fuimos corriendo y sin cenar –digo "nos" porque me reencontré con caras ya vistas en la Tomaskirche– al concierto de las diez y media de Chouchane Siranossian y Leonardo García Alarcón. Qué vicio, oigan.

Lorenzo Viotti, al desnudo: Rimsky, Rachmaninov y Dvorák con la Filarmónica de Viena

¡Menuda la que arma Lorenzo Viotti con sus fotos de Instagram! Y vaya reacciones mojigatas la del personal. Personalmente me gusta poco que los artistas nos den gato por liebre, es decir, carne –aunque sea de la buena– por música, pero también me parece lamentable que haya mucha gente mosqueada porque este señor, que al parecer es boxeador semiprofesional, luzca con frecuencia su cuerpo fornido en Instagram. ¿Y a estas alturas nos escandalizamos porque también enseñe el culo? Al fin y al cabo, Viotti lo hace solo en las redes sociales, mientras que Yuja Wang se muestra bastante aireada en el escenario mismo mientras toca Tchaikovsky o Rachmaninov.


En fin, son los tiempos que corren. Yo insisto en que cada uno puede enseñar mucho, poco o nada según le plazca, pero que cuando se sube al escenario tiene que ofrecer música con mayúsculas. ¿Lo hace Viotti? Escucharle con la Filarmónica de Viena en esta gira europea que le trae a España es buena ocasión para comprobarlo, porque –lo he escrito muchas veces– cuando se tiene delante una orquesta de esas "que tocan solas" el melómano o crítico de turno ya no tiene que reparar en el empaste, el equilibrio de planos, las entradas y esas cositas. Ya no se trata de si logra que los músicos suenen bien. El asunto es ver qué es lo que hace con las partituras que tiene en el atril. Ahí es cuando un director queda completamente "al desnudo": es el momento en el que se comprueba si la batuta tiene algo interesante que decir y, además, sabe cómo decirlo.

Los que en su momento compramos butacas del Teatro de la Maestranza para este lunes –o los que lo hicieron para sus visitas a Oviedo y Granada, sábado y domingo respectivamente– no tenemos que esperar, porque gracias a un amable lector tenemos aquí un par de enlaces (uno y dos) que nos permite escuchar el podcast de la ORF de cuando se ofreció el concierto en la propia Musikverein. ¿Y hay para tanto, finalmente, con el señor Viotti? Parece que sí.


Capricho español es una maravillosa chorrada de Rimsky Korsakov que se disfruta muchísimo si la versión es de primer nivel. He ahí el problema: he hecho una comparativa discográfica –no he podido publicarla aún, lo siento– y solo Barenboim con la Sinfónica de Chicago (DG) alcanza la perfección. Entre él y los otros directores más satisfactorios hay un escalón. Pues bueno, justo ahí entre ese pequeño grupo de elegidos –Szell, Ormandy en estéreo, Markevitch– está Lorenzo Viotti con su filmación de 2021 al frente de la Filarmónica de Múnich disponible en Medici TV. En ella todo se encuentra magníficamente construido y expuesto, el carácter festivo está bajo control y el Tema con variaciones –el corazón de la obra– se encuentra mucho mejor atendido de lo que suele. Lo menos bueno es el Canto gitano, un poquitín envarado: en él y en el Fandango asturiano podía haber matizado con algún juego agógico. En la sección final hay muchísimo fuego y la cosa está a punto de desmadrarse: Viotti juega con los límites sin llegar a pasarse de la raya. ¿Y la versión de Viena? Diría que todavía mejor. Quizá la variación más extrovertida resulte demasiado ardiente, pero ofrece concentración y poesía a raudales en toda la introducción del Canto gitano. Eso sí, al sensacional primer violín –a tenor de las fotografías, parece que es Volkhard Steude– no se le puede perdonar un portamento insoportable; la concertino de Múnich no lo hacía.

La isla de los muertos sí que no es ninguna obra menor: estamos ante una de las mejores páginas sinfónicas de la primera mitad del sigo XX. Viotti trata a la orquesta de maravilla y obtiene una belleza sonora extraordinaria, pero me parece que no conecta con el espíritu de Rachmaninov. Ya le pasaba en la interpretación comentada en mi comparativa sobre esta obra: la lentitud extrema con que aborda la partitura no va acompañada de la suficiente tensión sonora ni, menos aún, del carácter bronco que esta música necesita. El maestro confunde lo fúnebre con lo alicaído –por momentos, incluso con lo blando–, así que la interpretación solo convencerá a los que prefieran una visión mucho antes lírica que dramática de la partitura. Dicho esto, el podcast sufre una comprensión de la gama dinámica que no permite apreciar el verdadero juego de la batuta: es posible que en directo los fortísimos sí que alcancen la potencia que necesitan y que, por tanto, los clímax resulten más satisfactorios. 

Séptima de Dvorák: todavía estoy con el subidón. La filmación de 2021 con la Filarmónica de Múnich que comenté en la comparativa correspondiente ya me pareció muy notable, pero esta es aún mejor. ¿Cosa de la orquesta? En parte sí, pero no creo que sea lo fundamental. Aquella lectura se hizo durante la pandemia y sin público. Esta se ha ofrecido ante una Musikverein particularmente receptiva, y eso se nota en el resultado. Hay "comunicación" con el público. Siendo el enfoque expresivo el mismo, esto es, equilibrado entre lirismo y carácter patético sin escorarse en ninguno de los sentidos, la implicación parece ahora mayor: puro fuego, pero controlado. El cuarto movimiento es de infarto. De hecho, me interesa esta recreación más que la que allá por los años ochenta hizo Maazel con la misma orquesta, y solo se me ocurren cuatro versiones que me gusten claramente más que esta de Viotti con la Filarmónica de Viena: Giulini, Giulini, Giulini y Giulini. 


No hace falta decir que las "locuras" temperamentales que plantea Viotti en Dvorák solo son posibles con una orquesta que responda con virtuosismo supremo. La Wiener Phiharmoniker, aunque ya no sea la de la sonoridad inconfundible de los citados tiempos de Maazel (ay, aquellos violonchelos), lo ofrece en grado superlativo. Pero no se trata solo de eso, claro, sino también del carácter expresivo de las intervenciones de los solistas: lo de Capricho español es una exhibición de esas que no se olvidan. Qué flauta, qué arpa, qué clarinete... De volverse loco.

¿Conclusión? Si usted vive en una de las ciudades citadas, pille una entrada al precio que sea. Estas cosas no se escuchan todos los días. Ni todos los años.

PS. La fotos de Viena proceden del Facebook oficial de la orquesta.

miércoles, 19 de junio de 2024

Un día de coros y corales en Leipzig (IV): visita a la Gewandhaus con música de Reinecke

Podía haber continuado mi estancia en Leipzig con el recital de órgano en la Nikolaikirche dentro del Bachfest, pero preferí salirme por la tangente y acudir a un concierto de la para mí desconocida Camerata Lipsiensis y el Coro de la Gewandhaus con música de un señor llamado Carl Reinecke (1824-1910), del que tampoco conocía nada. ¿Por qué tal elección? Fácil: entrar por primera vez en mi vida de melómano en la sala de la Gewandhaus. No la antigua, ojo, que esa desapareció hace mucho. Tampoco la "moderna", la que conocieron Furtwängler y compañía, porque esa voló durante la Segunda Guerra Mundial. Esta es la tercera, la inaugurada en 1981 en los tiempos en los que Kurt Masur era el gran protagonista –e impulsor– de la vida musical de la ciudad.

Me ha gustado mucho el edificio. Lo cierto es que por fuera solo interesa de noche, cuando la fachada de cristales permite ver el interior del foyer y los pasillos, pero por dentro es espléndido: arquitectura contemporánea de la buena, que en la RDA alguna hubo. El órgano es verdaderamente impresionante. Muy cómodos los asientos, distribuidos con sensatez. Lo de la acústica no lo tengo tan claro, porque en discos el asunto es variable. No me olvido, desde luego, que el ciclo Mahler de Chailly en Blu-ray posee una de las tomas de sonido más impresionantes que haya escuchado nunca. Cuando estuve el pasado sábado compré en primer fila y quedé moderadamente satisfecho, pero necesitaría escuchar conciertos en varias ubicaciones para hacerme una idea mas clara.

¿Y el concierto? Largo e interesante, solo eso. El evento se integraba dentro de una serie de homenajes a Reinecke por haber sido este director de la Orquesta de la Gewandhaus nada menos que entre 1860 y 1895. Se ofrecía en la primera parte una obra sinfónico-coral de una hora de duración llamada Sommertagsbilder. Me sonó a Felix Mendelssohn, quizá no por casualidad: el domicilio del autor de la Sinfonía Lobgesang se encontraba a cinco minutos. Eso en cuanto a la escritura, porque en el espíritu me vino a la mente –a lo mejor es un diparate– Frederick Delius: paisajístico, ensoñado y también –por qué no decirlo– un poco plasta.

El más breve oratorio Belsazar ocupaba la segunda parte. No pude pillas las notas al programa, así que en principio no sabia de que iba el asunto, pero al rato la música lo dejó claro: aquello era lo del Festín de Baltasar que inmortalizó Rembrandt uno de los mejores lienzos y que mucho más tarde inspiraría a William Walton su propio oratorio. Disfruté de la partitura, que además se benefició de una interpretación de apreciable nivel. La orquesta era buena, pero lo asombroso fue el Coro de la Gewandhaus, que por cierto esa misma noche actuaba enfrente haciendo Rigoletto. ¡Qué nivel, Maribel!

Dirigía los conjuntos un señor llamado Gregor Meyer. Me llamó mucho la atención su renuncia al vibrato continuo. Nada que ver con la incisividad de un Harnoncourt ni con las ligerezas de un Norrington, en absoluto, pero allí se vibró poco. Decisión respetable que a mí no me pareció desacertada, pero es posible que la música hubiera ganado con una sonoridad más cálida. Magníficos los dos solistas vocales que cargaban con el peso de la obra, el tenor Florian Siebers y el bajo Bernhard Hansky. Muy correctas las chicas, Anja Pöche y Nora Steuerwald

El concierto terminó a las seis y media de la tarde. Estaba muy cansado, pero respiré un poco y me fui a casa del matrimonio Schumann, a ver cómo era por fuera. Dentro estaban haciendo las Suites francesas, pero no se podía estar en todas partes. De hecho, este recital se superponía con otras dos cosas entre las que, por si fuera poco, había que escoger: una Pasión según San Juan escenificada o un programa con la Orquesta Barroca de Friburgo en la Thomaskirche. Tenia entrada para este último y acerté plenamente, porque creo que fue el mejor concierto Bach que he escuchado en mi vida. Ya les contaré.

Sinfonía nº 7 de Antonin Dvorák: discografía comparada

Compuesta en 1885, la Sinfonía nº 7 de Dvorák pasa por ser la más dramática de su autor. También por la mejor, aunque ahí el asunto es más discutible: yo quizá me quede con la Octava, pero esta es también una verdadera obra maestra. Otra cosa es lo que los intérpretes de turno quieran ver en ella, y de hecho parece apreciarse una evolución en esta cata de grabaciones que he podido realizar: los directores más antiguos parecen priorizar su vertiente sombría, amén de su rusticidad sonora, mientras que los recientes apuestan por la belleza, la luminosidad y hasta una cierta distensión contemplativa. Que las dos posibilidades sean válidas no hace sino confirmar la riqueza de la partitura.

Por descontado, en la siguiente lista faltan grabaciones que serán echadas en falta por numerosos melómanos: Monteux, Kubelik con Viena y Berlín, Colin Davis con la LSO, Chung con Viena... Espero que sepan perdonarme.

 


1. Barbirolli/Orquesta Hallé (EMI, 1957). Como era de esperar, el maestro londinense ofrece interpretación de un solo trazo, muy bien tensada, sonada con la rusticidad adecuada y muy atenta a los aspectos escarpados y dramáticos de la obra, particularmente en los dos últimos movimientos. Por desgracia, descuida un tanto el lado lírico –incluso pintoresco– de la misma: lástima que no volviera a grabar la página un poco más adelante, porque en ese paso de los años cincuenta a los sesenta Barbirolli mejoró de manera considerable. La toma deja que desear. (8)

 

 

2. Szell/Orquesta de Cleveland (Sony, 1960). Hay que agradecer al maestro de origen húngaro que, en unos momentos en los que esta partitura distaba de recibir la atención discográfica merecida, realizase una reivindicación con esta lectura soberbiamente trazada, muy bien clarificada y de irreprochable gusto, dicha además con ese punto de rusticidad que Dvorák necesita. En cualquier caso, se aprecian desigualdades. Funciona muy bien el primer movimiento por su elevado sentido de la tensión interna y de la garra dramática, aunque por momentos resulta algo rígido y carezca de la efusividad necesaria. Y es justo ese consabido distanciamiento emocional de Szell lo que le hace pinchar en un Poco adagio hosco y en exceso unilateral: la poesía contemplativa, que también es un ingrediente de esta música, no hace acto de presencia. Nuevamente más brío que belleza sonora en el Scherzo, para luego pasar a un Finale lleno de fuerza muy bien controlada, sin precipitaciones ni excesos, manteniéndose el maestro en todo momento ajeno al triunfalismo y evidenciando una demoledora sinceridad emocional. Lástima en que la coda se precipite y no ofrezca esa grandeza desgarrada que necesita. (8)

 

 

3. Kertész/Sinfónica de Londres (Decca, 1964). La personalidad del maestro encaja especialmente en la que es la sinfonía más trágica de Dvorák, lo que queda bien patente en los dos últimos movimientos, de una fuerza expresiva abrumadora, pero también en un Poco adagio que bajo su batuta suena especialmente dramático y escarpado. Eso sí, tanto en él como en el primero se echa de menos ese lirismo sensual y efusivo característico del autor, aunque globalmente la vehemencia bien controlada y la rusticidad sonora de Kertész terminen ganando la partida. Muy buen sonido tras el reciente rescate en alta definición. (9)

 

4. Giulini/Sinfónica de Chicago (CSO, 1967). Esta toma en vivo comercializada en edición limitadísima por la propia orquesta es una verdadera joya, porque nos permite escuchar a un Giulini de cincuenta y dos años interpretando la obra con una potencia dramática, un carácter escarpado, una rabia y hasta una violencia que no acostumbramos a asociar con el director de Barletta. Aquí, ciertamente, su visión es ante todo trágica y sombría, lo que no le impide frasear las melodías con esa naturalidad, esa cantabilidad y esa elegancia que le caracterizan, ni tratar a las masas sonoras con un equilibrio y una claridad portentosa. Ni que decir tiene que los chicagoers están maravillosos y contribuyen en buena medida a la excelencia de los resultados. Por si fuera poco, la toma sonora posee relieve en el grave y se beneficia de una gama dinámica amplia: poco o nada que envidiar a las grabaciones de estudio de la época. (9)

 

 

5. Mehta/Filarmónica de Israel (Decca, 1968). La manera en la que el joven maestro indio subraya el trémolo del arranque deja bien claro que la suya va a ser una lectura particularmente sombría, amén de detallista y bien desmenuzada. Lo lleva a cabo tratando a la orquesta con toda la robustez sinfónica que a Mehta le gusta, pero también dejando que la música fluya con naturalidad y sentido del canto, sin necesidad de caer en el nerviosismo ni de resultar particularmente bronco ni conflictivo. En contrapartida, y como hemos visto que le ocurría a otros directores, le interesa muy poco –o no consigue sacar a flote, por limitaciones de su batuta– la vertiente lírica de la página, con toda esa carga de efusividad y de poesía a flor de piel que es necesaria para contrastar con los planteamientos dramáticos que establece el compositor. La notable toma de sonido, realizada en el Kingsway Hall de Londres, realza la notabilísima disección de planos sonoros realizada desde el podio, pero la lectura solo alcanza lo sobresaliente en un muy poderoso movimiento conclusivo. (8)


6. Giulini/Filarmónica de Berlín (Testament, 1973). Solo han pasado seis años desde su testimonio de Chicago, pero las cosas han cambiado de manera considerable. Adoptando unos tempi bastante más amplios que los de entonces en todos los movimientos, Giulini profundiza en los aspectos líricos de la partitura, frasea con esa ternura y ese humanismo que todos asociamos con su arte, conjuga la calidez de su batuta con el sonido profundo y oscuro de la formación berlinesa y, restando parte de la vehemencia y del carácter combativo de la ocasión anterior pero manteniendo una potencia dramática abrumadora, redondea una interpretación que integra todas las posibilidades expresivas de la partitura con la mayor convicción posible. Lástima que la toma sonora sea mucho menos buena que la de Chicago. (10)

 

 

7. Colin Davis/Orquesta del Concertgebouw (Philips, 1975). En los años setenta el aún relativamente joven director británico no era todavía el maestro ante todo noble y elegante por el que ha pasado a la posteridad, sino que albergaba en su batuta una considerable dosis de fuerza, de nervio y hasta de rusticidad bien entendida. Componentes ideales para Dvorák, claro está, pero de los que aquí se le va un poco la mano en los dos movimientos postreros, un Scherzo resuelto de manera muy discutible y un Finale en exceso estentóreo, aunque también poseedor de garra y veracidad dramática. Sea como fuere, y aunque también sea cierto que la interpretación no alcanza la emotividad lírica que debería destilar –podría ir más lento–, el nivel global es muy alto merced a la enorme categoría del artista y al trabajo que realiza la portentosa formación holandesa. Toma más que notable para la época. (7)

 

 

8. Giulini/Filarmónica de Londres (EMI, 1976). En la plenitud de su talento artístico, y antes de desarrollar su otoñal estilo tardío, Giulini ofrece no solo la que es su más redonda interpretación de la página, sino también la que sigue manteniéndose como referencia discográfica. Una lectura tan bella como comprometida que encuentra el punto justo de equilibrio entre lo lírico y lo dramático; de apreciable cantabilidad, ternura y poesía (¡qué segundo movimiento!), pero asimismo llena de garra, de fuerza y de sentido trágico. Todo ello nos lo entrega el de Barletta haciendo gala de un fraseo tan noble y elegante como decidido, ajeno a cualquier morosidad o preciosismo, desmenuzado con maestría el tejido sinfónico –verdaderamente se escucha todo– y logrando que la orquesta suene a Dvorák, más no a Brahms, como le ocurrirá en sus interpretaciones más tardías de este autor. Deficiente el primer trasvase a CD: muchísimo mejor el SACD de 2025. (10)

 


9. Kubelik/Sinfónica de la Radio Bávara (DVD, Dreamlife, 1978). El maestro consigue una interesante conjunción: cantabilidad y luminosidad por un lado, rusticidad y el sabor checo, por otro. ¿Atiende a los aspectos dramáticos? Pues sí, y sin necesidad de cargar las tintas, pero no es menos cierto que la interpretación va de menos a más, resultando no del todo densos los primeros movimientos –sí tiene garra el clímax del segundo–, y alcanzando un grado mayor de tensión los otros dos. (8)

 

 

10. Levine/Sinfónica de Chicago (RCA, 1983). Interpretación vistosa, extrovertida, llena de decisión y de comunicatividad, que está muy atenta al carácter trágico del último movimiento y recrea este con considerable garra, pero que no logra disimular la tendencia del maestro a enfatizar los metales en busca de la grandilocuencia y a pasarse de rosca con la percusión, como tampoco sus dificultades a la hora de desplegar lirismo. En cualquier caso, hay que reconocer que el tercer movimiento es magnífico. (7)

 

 

11. Maazel/Filarmónica de Viena (DG, 1983). Maazel se aparta por completo de la línea de sonoridades rústicas y expresividad hosca de otros maestros para decantarse por una visión eminentemente lírica, soleada y contemplativa en la que, haciendo uso de su técnica prodigiosa para trabajar con pinceles muy finos a una orquesta en su mejor momento, alcanzar el más alto grado posible de belleza sonora. Por eso mismo puede parecer un tanto superficial el primer movimiento, sólidamente trazado, pero sin la densidad dramática que parece pedir. Lentísimo e increíblemente hermoso el Poco adagio, aunque no del todo efusivo y carente de la desazón que otras batutas han sabido transmitir. En el Scherzo hay que destacar el admirable análisis de planos sonoros, y en el Finale una buena dosis –por fin– de tensiones y conflictos, si bien la batuta procura no hacer la conclusión en exceso pesimista. Toma de sonido plana, sin carne. (9)

 

 

12. Previn/Filarmónica de Los Ángeles (Telarc, 1988). El exmarido de Mia Farrow no solo ofrece la solidez en el trazo, la atención tanto a la globalidad como al detalle y la sensatez expresiva que caracterizan su arte directorial. Hay también aquí sensualidad, voluptuosidad bien entendida y una cierta melancolía otoñal que le sienta francamente bien a esta partitura, sin que por ello Previn pierda de vista el carácter abiertamente dramático de esta Op. 70. Así las cosas, el equilibrio entre vuelo lírico, pathos y fuerza vital termina presidiendo esta espléndida recreación, no del todo bien grabada por los ingenieros de Telarc. (9)

 

 

13. Mackerras/Filarmónica de Londres (EMI, 1991). No seré yo quien ponga en duda el enorme amor de Sir Charles hacia la música checa. Tampoco quien niegue que sabe dotar a esta partitura precisamente de ese sabor rústico y un punto descarnado que demanda. Ni que interpreta la obra con vigor –enorme la fuerza desplegada en el Finale– y convicción. Pero su acercamiento me resulta un tanto grueso en lo sonoro, parco en matices e incluso en claridad –la toma no ayuda–, rozando en algunos pasajes la vulgaridad. Tampoco la poesía levanta mucho el vuelo. Disco innecesario. (7)

 

14. Giulini/Orquesta del Concertgebouw (Sony, 1993). Este es ya otro Giulini, muy distinto del de sus anteriores grabaciones de la página. Se dejó por el camino buena parte de la rusticidad y del carácter escarpado que la música demanda para decantarse por una interpretación eminentemente lírica y efusiva, de maravilloso legato, frases construidas con la más admirable cantabilidad, sonoridad aterciopelada –y no poco brahmsiana–, tensiones planificadas con enorme naturalidad y ese punto de nobleza, humanismo y elegancia en absoluto narcisista que caracterizaron el arte del maestro en sus últimos años. ¿Lo ideal para esta obra? Probablemente no, e incluso se pueden reprochar algunas frases más blandas de la cuenta en los movimientos extremos, pero resulta imposible no derretirse ante la mezcla de belleza sonora y sinceridad expresiva que derrocha una batuta que, pese a todo lo antedicho, construye la arquitectura con toda la fuerza, la garra y la grandeza necesarias. En resumen, una interpretación de anciano y grandísimo director. (10)

 

 

15. Marin Alsop/Sinfónica de Baltimore (Naxos Blu-Ray Audio, 2009). Frescura, espontaneidad y un fraseo natural, cantable y muy bello son las mejores armas de esta notable interpretación, sincera y comunicativa. Lástima que le falte un poco de garra y de atención a los decisivos aspectos dramáticos de la página –el enfoque es mayormente lírico– para terminar de convencer. Toma algo difusa, con un zumbido de fondo, que en DTS resulta excesiva en los graves. (8)

 

 

16. Flor/Sinfónica de Malasia (BIS, 2011). Es esta una interpretación de trazo natural, flexible y lleno de lógica, muy bien planificada en tensiones y distensiones, sensual en la sonoridad –admirable el empaste– y hermosísima en el canto, dentro de una visión de la música de Dvorák en la que los aspectos más líricos y –digámoslo así– paisajísticos se ponen por encima de otras consideraciones. ¿El problema? Que en esta sinfonía semejante enfoque deja un tanto relegados los aspectos sombríos y amargos de esta música, y eso se nota sobre todo en los dos movimientos iniciales, que yo hubiera deseado algo más vigorosos y escarpados; quizá también, en alguna frase, algo menos suaves. Los dos últimos, sin ser los más desgarrados que uno se pueda imaginar, sí que están muy bien planteados y resueltos, y a la postre equilibran positivamente la balanza de una interpretación en la que no hay que desatender a las muy buenas cualidades de la formación malaya. (8)

 

17. Belohlavek/Filarmónica Checa (Decca, 2012). Si los dos movimientos iniciales resultan irreprochables dentro de su magnífica ortodoxia sin aportar nada especial, los dos últimos se elevan a lo más alto por su perfecta mezcla de rusticidad bien entendida, impulso rítmico y fuerza dramática, siempre dentro de una visión que sabe poner de relieve los aspectos más desgarrados de esta música sin descuidar elementos esenciales como la cantabilidad o el lirismo. Toma borrosa, incluso escuchándola en alta definición. (9)

 

18. Dudamel/Filarmónica de Los Ángeles (DG, 2020). El venezolano decide obviar toda “rusticidad eslava” en la sonoridad y dejar a un lado que se encuentra ante una sinfonía considerablemente amargas. Lo que hace es ofrecer una interpretación eminentemente lírica y tornasolada, fraseada con enorme sensualidad –legato para derretirse– y delectación melódica, que resulta contemplativa en el mejor de los sentidos y por momentos llega a resultar embriagadora en su goce paisajístico. Además, está dotada de un punto muy adecuado de nostalgia y, venturosamente, no le resta pathos dramático al Poco adagio ni incurre en excesos de suavidad. También hay que subrayar que se encuentra expuesta con enorme depuración sonora y gran sensibilidad para los matices, sobre todo en lo que a las gradaciones dinámicas se refiere. Soberbio sonido en Dolby Atmos. (9)

 

 

19. Lorenzo Viotti/Filarmónica de Múnich (Stage +, 2021). A puerta cerrada por culpa de la pandemia, el hijo de Marcello ofrece una recreación que funciona sin particulares problemas gracias al cuidadoso equilibrio de sus componentes expresivos: rusticidad, elegancia, vuelo lírico y potencia dramática. Cierto que va de menos a más, y también sin alcanzar en modo alguno la excelsa inspiración de los Giulini y compañía, pero sí que ofrece todo ello en un grado suficiente como para ofrecer un retrato adecuado y completo de lo que alberga la partitura. También hay que destacar que todo está bien desmenuzado, el fraseo no conoce ni languideces ni precipitaciones, y el Finale funciona de manera admirable en una interpretación a la postre muy notable que va de menos a más. Imagen en 4K y muy buena toma de sonido. (8)

 

20. Măcelaru/Sinfónica de la WDR (YouTube, 2024). El maestro rumano Cristian Măcelaru parece confirmar que los jóvenes directores se decantan por la vertiente lírica de la obra mucho antes que por la dramática. No hay problema en eso. Otra cuestión es la irregularidad que manifiesta a la hora de enfrentarse a la obra. Demuestra un gran talento en el movimiento inicial, magníficamente explicado merced a una batuta pulcra, transparente y atenta al detalle; si no se hubiese dejado llevar por la “pasión romántica" en la sección agitada antes de la coda, necesitada de carácter dramático pero también de control, los resultados hubieran sido redondos. A medio camino el Poco adagio: mucho portamento y escasa sustancia poética, a pesar de encontrarse francamente bien paladeado. Flojísimo el Scherzo: comienza saltarín y continúa con demasiado nerviosismo. Como sorpresa, un admirable Finale en el que por fin el intérprete sintoniza con el espíritu de la obra y materializa la idea con esa excelencia que ya había demostrado en el movimiento inicial. Un ocho para los extremos, seis para los centrales. (7)

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