lunes, 26 de abril de 2021

Lahav Shani toca y dirige el Tercero de Prokofiev

Morbo a tope con este documento que acaba de subir Medici TV, filmado hace tan solo unos días, concretamente del pasado 15 de abril, a puerta cerrada y con las pertinentes medidas sanitarias. En él Lavah Shani hace el Concierto para piano nº 3 de Prokofiev junto a la Filarmónica de Rotterdam, de la que es titular desde 2018, ¡tocando y dirigiendo al mismo tiempo! Que yo sepa, nadie se había atrevido a hacer semejante barbaridad. Podría uno dejarse llevar por los prejuicios y pensar que nuestro artista iba a ser incapaz de atender a la orquesta y al piano con el mismo cuidado y atención al detalle. Y también que la juventud y contrastada fogosidad del músico israelí le iban a conducir a ofrecer una interpretación efervescente ante todo, llena de fiereza y comunicatividad, pero no del todo profunda ni interesada por los aspectos más introvertidos de esta partitura.

 

Nada de eso ocurre aquí. Por un lado, Lahav Shani no solo demuestra poseer dedos más que suficientes para dar las notas con precisión y riqueza de matices –sin llegar al nivel de un Ashkenazy, una Argerich o un Kissin–, sino también pinceles finos para diseccionar las líneas de la orquesta, gran sentido del color, capacidad para dotar de continuidad al tema con variaciones y mantener el pulso firme en todo momento, controlando muy bien las tensiones y sabiendo pasar con perfecta naturalidad de lo electrizante a lo introvertido y viceversa.

Por otro, acierta plenamente con un estilo Prokofiev cien por cien sin quedarse en la vertiente más o menos “explosiva” de la obra. Antes al contrario: aunque hay también, faltaría más, bastante de incisivo, de irónico y de fogoso en su recreación, lo que más hay que admirar es cómo bucea en el lirismo a ratos inquietante, a ratos nostálgico, siempre agridulce que caracteriza al autor. Y no solo al piano, con un toque variadísimo y pleno de flexibilidad, sino también a la hora de planificar con la orquesta y de motivar a sus primeros atriles. ¡Qué maravilla la sección central del movimiento conclusivo! Claramente, Shani sigue la senda de la que tal vez siga siendo –más por el solista que por la batuta– la mejor interpretación hasta la fecha, la de Kissin dirigido por Ashkenazy. Solo que el muchacho –treinta y dos años– se ha marcado todo un dos por uno haciendo de solista y director. ¡Bravísimo!

sábado, 24 de abril de 2021

Barenboim y Bronfman hacen Brahms con la Filarmónica de Berlín

Canceló a última hora Mikko Franck y acudió Daniel Barenboim, director honorario, a salvar a la Filarmónica de Berlín para el evento –a puerta cerrada, solo para la Digital Concert Hall– de hoy sábado 24 de abril. Se ha mantenido el Concierto para piano nº 1 de Johannes Brahms con Yefim Bronfman de la primera parte, pero el maestro confesó no tener tiempo para prepararse la Quinta de Sibelius –la dirigió hace un par de décadas– y ha subido a los atriles la Primera sinfonía del de Hamburgo, toda una especialidad de la casa.


Tras nada menos que siete registros sentándose al piano –Barbirolli, Kubelik, Mehta, Celibidache, Rattle por duplicado y Dudamel–, el de Buenos Aires nos deja por fin su visión de la op. 15 de Brahms desde el podio. Yo se la escuché en Granada hace muchos años, con Lang Lang como solista, pero apenas recuerdo nada de ella. Esta de ahora no depara ninguna sorpresa, porque es exactamente la que se podía esperar: densa, gótica y de enorme potencia expresiva, tan atenta a la vertiente dramática de la obra como a lo mucho que tiene de reflexivo, pero siempre desde una óptica más interiorizada que combativa. No tiene mucho que ver con la dirección extremadamente rabiosa que le planteó Rattle en aquel concierto en Atenas. Sorprendentemente, o quizá no tanto, a quien se asemeja Barenboim es al Dudamel de su registro con la Staatskapelle de Berlín en 2014. Es decir, una dirección madura y un punto otoñal –ya en la introducción hay algunos portamentos innecesarios–, pero siempre de un estilo perfecto y de una sinceridad aplastante. Y añadiendo una idea muy interesante: el amargor –más que la rebeldía– se impone frente a otras consideraciones, y no solo en un segundo movimiento memorable, sino también en el conclusivo: raras veces ha sonado tan poco afirmativo.

En cuanto a Bronfman, debo reconocer que me ha defraudado relativamente, porque esperaba que rozara el cielo y no lo ha hecho, sobre todo si comparamos con el vuelo poético que quien tenía a dos metros empuñando la batuta ha logrado destilar desde el teclado. En cualquier caso, no solo posee la fuerza física para enfrentarse al monstruo brahmsiano, un sonido ideal para el autor, agilidad más que suficiente y una enorme concentración en los momentos en lo que ello es necesario –todo esto ya es muchísimo–, sino que además sintoniza muy bien con el enfoque de la batuta encontrando más desolación que consuelo entre las notas.

No hay novedad en lo que a la Sinfonía nº 1 se refiere. Barenboim es, sencillamente, el director más grande que ha tenido en su sinfonía. Ya lo demostró en su grabación con Chicago de 1996 y revalidó su perfecta comprensión de esta música con la WEDO en Granada allá por 2006, pero cuando hizo la obra con la Filarmónica de Berlín en 2010 llegó a lo más alto. Con las dos grabaciones –audio y vídeo– de la Staatskapelle dio un paso más, no en calidad –porque ya no se puede– pero sí en exploración de las posibilidades expresivas. La que hoy ha realizado con la Filarmónica se parece a aquellas, sobre todo a la editada en compacto por DG. De nuevo el amargor, lo ominoso y lo hondamente reflexivo son los elementos que más interesan al maestro, pero no por ello deja de ofrecer –antes al contrario– ese carácter combativo que la obra necesita, ni tampoco la afirmación rotunda, llena de grandeza, que aporta el finale (¡verdaderamente incomparable, como siempre en Barenboim!) después de tantos nubarrones. La diferencia la marca la orquesta, menos cálida y más oscura que la Staatskapelle. También más musculada.

Por cierto, que a esta última no la he encontrado en plena forma: ha apreciado más de un desencuentro, gazapos varios y un sonido no del todo depurado en algunas frases de los violines. Dicho esto, hay que descubrirse ante la soberbia calidad global del conjunto y ante la musicalidad de sus primeros atriles, con mención especial para el concertino Daishin Kashimoto, el timbalero Benjamin Forster y –sobre todo– el trompa Stefan Dohr, increíble en la sinfonía.

martes, 20 de abril de 2021

Arrau cuadrafónico: Schumann y Brahms

He comprado en SACD multicanal del sello Pentatone en el que Claudio Arrau interpreta las Escenas de niños de Robert Schumann y las Variaciones Paganini de Johannes Brahms. El registro lo realizó el sello Philips en marzo de 1974 en la Concertgebouw de Ámsterdan. Sonó siempre bien, pero este nuevo formato mejora sustancialmente la audición. Y no principalmente por la espacialidad que otorga haber recuperado la cuadrafonía original, sino sobre todo por el nuevo reprocesado y la escucha a alta resolución: el sonido tiene ahora más presencia, ha perdido en dureza y ha ganado en carnosidad –los armónicos, obviamente–, y además se ha suavizado el notorio soplido de fondo que había antes. Eso sí, se escucha mejor que nunca la consabida respiración del maestro, como también el roce de los dedos contra las teclas.

 

Las interpretaciones son una joya. Las Kinderszenen reciben una lectura que mezcla a la perfección elegancia, inocencia y sensualidad, siempre con un toque de extraordinaria naturalidad y riqueza de matices expresivos. Cierto es que Arrau decide no acentuar contrastes, y que por eso mismo al caballito de madera o a la escena “del coco” le pueden faltar algo del vigor y de la tensión dramática que aportan otros pianistas. A cambio, ofrece un humanismo asombroso en números como el de los ensueños (¡increíble!) o el niño durmiéndose: imposible llegar más lejos en poesía, como también en belleza sonora sin que es esta, felizmente, se acerque un solo paso hacia lo autocomplaciente.

Las muy exigentes Variaciones Paganini no son, en principio, el terreno más apropiado para que nuestro artista luzca sus mejores armas. Ahí está, ciertamente, la incomparable grabación de Kissin. Pero el maestro chileno, incluso aunque la ejecución no sea impecable, logra el milagro de que lo extremadamente difícil parezca fácil. Tal es su capacidad para frasear con naturalidad, dotar de lógica interna al discurso y, sobre todo, poner el enorme virtuosismo al servicio exclusivo de la expresión. Arrau bucea en lo más profundo de las notas para sacar todo el lirismo que se esconde tras ellas, aun sin obviar precisamente los aspectos más poderosos y combativos que también son propios de la música brahmsiana. Le ayuda en este sentido un sonido denso, poderoso y robusto, que despliega toda su carnosidad en este SACD que recomiendo vivamente.

domingo, 18 de abril de 2021

Tercera Sinfonía de Prokofiev: discografía comparada

Actualización.
 
18. IV. 2021
 
Esta entrada se publicó originalmente el 22 de noviembre de 2009. Muchas cosas han cambiado desde entonces. He reformado una gran cantidad de los comentarios, añadiendo una buena cantidad de grabaciones adicionales: Chailly en DG, Kitajenko en Phoenix, Ashkenazy, Gergiev en vídeo, Karabits, Gaffigan, Alsop y Jurowski.
 
He tenido que quitar las líneas dedicadas a la toma radiofónica de Muti con Chicago: aunque esa edición llegó a estar anunciada oficialmente, nunca se supo de ella. Una pena, porque se trata de la interpretación que más me gusta de todas.

Aún me quedan audiciones por realizar y textos por retocar, pero creo que basta por hoy. Estoy ahora mucho más contento con esta entrada.
 


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Estrenada en mayo de 1929 por Pierre Monteux en la Salle Pleyel de París, la Tercera Sinfonía de Prokofiev reutiliza temas de la ópera El ángel de fuego para elaborar una partitura de corte expresionista, virulenta y telúrica, que demanda una batuta que no solo sepa estar a la altura de la violencia exigida sin caer en el mero efectismo, sino también atender a la atmósfera turbulenta, de erotismo malsano, que desprenden los pentagramas. Ni que decir tiene que las demandas de virtuosismo a la orquesta son abrumadoras.

Afortunadamente, la mayor parte de las grabaciones que circulan son de alto nivel. En esta lista se recogen casi todas las que han salido en compacto; únicamente lamento no haber podido escuchar el segundo registro de Kitajenko, recién aparecido en el mercado. He añadido, por su elevado interés, dos grabaciones no comerciales protagonizadas por Riccardo Muti, la segunda de las cuales aparecerá probablemente en el futuro editada en formato comercial.

 
1. Leinsdorf/Sinfónica de Boston (Testament y Sony, 1966). Una lástima que RCA nunca llegara a editar en LP esta interpretación en la que el irregular Leinsdorf, al frente de una orquesta sensacional, demuestra una extraordinaria capacidad para lograr la mayor tensión interna sin caer en el efectismo, como también para ofrecer una sonoridad rústica y rocosa sin resultar tosco. Pero además, y esto es fundamental en la presente partitura, el maestro vienés sabe asimismo crear atmósferas malsanas y alcanza un gran vuelo lírico cuando es necesario. Aunque al final se precipite un tanto, el resultado es acongojante. El sello Testament puso finalmente en circulación esta joya, acompañanda de una referencial e imprescindible Quinta Sinfonía, pero quizá lo más recomendable sea hacerse con la caja de serie barata editada recientemente por Sony. (9)



2. Rozhdestvensky/ Gran Orquesta Sinfónica de la Radiotelevisión de la URSS (Melodiya, 1966). Para tratarse de la primera interpretación que circuló por el mercado, hay que reconocer que el maestro soviético realizó una espléndida labor, trazando una lectura de pulso firme y espléndido idioma. El enfoque, como no podía ser menos tratándose de Rozhdestvensky, es de corte expresionista, pero no solo no hay intención de epatar con la acumulación de decibelios sino que, además, los aspectos misteriosos y sensuales de la obra están perfectamente atendidos. Hay hallazgos que luego no encontraremos en otras lecturas, como el tratamiento de las figuras de la cuerda en el tercer movimiento. Por desgracia la orquesta se queda corta, y Rozhdestvensky no ha trabajado con ella lo suficiente en lo que a la claridad se refiere. La grabación, lejana y difusa, no ayuda precisamente en este sentido. El resultado, pues, es muy vistoso pero un tanto tosco. (8)
 

 

3. Abbado/Sinfónica de Londres (Decca, 1969). Aun sin llegar al la excelsitud de las suites de Romeo y Julieta y El bufón que grabó con la misma orquesta tres años antes, con este registro el joven Abbado demostró ser un extraordinario intérprete de Prokofiev, no ya por obtener de la Sinfónica de Londres esa sonoridad tan característica del compositor –especialmente en lo que al tratamiento de las maderas se refiere–, sino también por renunciar al efectismo para atender ante todo a la sensualidad, a la claridad de las texturas orquestales y –en esta obra en particular– a la creación de atmósferas turbulentas. Sensacional, en este sentido, su lectura del segundo movimiento, creativa a más no poder y seguramente insuperada a día de hoy. En contrapartida, en los movimientos extremos se echa de menos una mayor dosis de visceralidad, electricidad y garra dramática. (9)
 

Prokofiev_Martinon

4. Martinon/Nacional de la ORTF (Vox, 1971). Hay que agradecerle a Martinon su deseo de defender esta música, pero lo cierto es que su interpretación –como ocurre con el resto de su integral– resultó muy irregular: junto a momentos obsesivos muy notables, encontramos otros dichos un tanto de pasada, cuando no descontrolados y tendentes al escándalo gratuito. Se echa de menos claridad, lo que en parte puede deberse a las limitaciones de la orquesta, como también a la deficiencias de una muy discreta toma sonora. (5) 
 


5. Kondrashin/Concertgebuw (Philips, 1975). El inolvidable maestro ruso se mostró aquí perfecto en el estilo y muy centrado en lo expresivo, atendiendo tanto a la vertiente escarpada de la obra como a la atmosférica. De todas formas, y aun haciendo gala de muy buenos detalles en el tratamiento de las maderas, aún podría sacar más jugo de la partitura, sobre todo en los movimientos extremos: se precipita un tanto. El tercero, sin embargo, es tan formidable como la orquesta holandesa. Lástima que el registro se encuentre descatalogado desde hace años. (8)

 

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6. Kondrashin/Chicago (CSO, 1976). En esta toma radiofónica, que se contiene en una edición especial en una caja de 10 CD editada por la propia orquesta, Kondrashin vuelve a mostrarse muy bien encaminado, atendiendo a todas las facetas posibles de la obra y manteniendo tanto la tensión como el misterio, pero de nuevo sucumbe un tanto a la precipitación en los movimientos extremos. También se puede hilar más fino, obtener más claridad y ser más creativo. (8)

 

7. Weller/Filarmónica de Londres (Decca, 1977). Una pena que el ciclo de Walter Weller haya obtenido tanta difusión comercial, porque le hace un flaco favor a la música de Prokofiev. He aquí una lectura tan plana, deslavazada y aburrida como la del resto de las sinfonías, si bien se puede destacar cómo el maestro se recrea en los pasajes lentos, que le suenan antes evocadores que siniestros. La orquesta londinense se encuentra desaprovechada. (5)

 

 

8. Chailly/Junge Deutsche Philharmonie (DG, 1981). A sus veintiocho años de edad, el maestro milanés dejaba claras dos cosas. La primera, una técnica de batuta excepcional que le permite obtener ricos colores, diseccionar con mano maestra el entramado orquestal y jugar a su antojo con la agógica –flexible pero llena de coherencia expresiva– sin que el edificio se venga abajo. La segunda, unas enormes ganas de hacer música que se traducen no solo en una apreciable intensidad dramática, sino también en la plena atención a los aspectos más misterioros y sensuales de la partitura, así como en la riqueza de matices. No todo es óptimo, en cualquier caso: los dos últimos movimientos pierden un poco de fuelle frente a los dos primeros, mientras que la orquesta, pese a su excelente labor, no es comparable a las más grandes que han grabado esta sinfonía. La toma sonora no está a la altura de la época. (8) 

 


9. Järvi/Nacional de Escocia (Chandos, 1985). Sorpresa: el tantas veces superficial y rutinario Järvi padre se tomó aquí las cosas con calma, paladeó los pentagramas con un primor por momentos celibidachiano, derrochó potencia y electricidad en los momentos telúricos, recreó maravillosamente la atmósfera enrarecida de los pasajes oníricos, hizo gala de una convicción expresiva y se permitió realizar numerosos hallazgos, todo ello sin ninguna concesión de cara a la galería. Solo hay que lamentar que la orquesta no fuera de nivel excepcional y que la batuta no terminase de obtener claridad en los tutti. La toma sonora, reverberante y algo confusa, no ayuda en absoluto. (9)


Prokofiev_3_Kitajenko

10. Kitajenko/Filarmónica de Moscú (Melodiya, 1985). Esta primera grabación del maestro ruso es una electrizante, sincera y –en suma– espléndida versión, llena de fuerza y realizada en una línea particularmente aristada y sarcástica, que sabiamente evita caer en la vulgaridad ni en el efectismo. Muy sensual el segundo movimiento. La orquesta, sin ser ninguna maravilla, logra una sonoridad muy a Prokofiev, destacando de manera especial el tratamiento de la madera grave. Se debe, eso sí, pedir un mayor control de la arquitectura. (8)
 


11. Rostropovich/Nacional de Francia (Erato, 1987). En la que sigue siendo la integral de referencia, Rostropovich quiso desmontar los tópicos que circulaban sobre la creación sinfónica del genial compositor y reivindicó un Prokofiev mucho antes emotivo que espectacular. En consecuencia, valiéndose de unos templi muy amplios y renunciando por completo al espectáculo sonoro, el de Baku ofreció una Tercera especialmente atmosférica y sensual, poco expresionista –se echan de menos incisividad, violencia y garra dramática– y muy atenta a subrayar los lazos que unen a esta música con el mundo impresionista. Lástima que la claridad no sea toda la deseable –la grabación tiene que ver con ello– y que la orquesta, rindiendo mejor que con Martinon, diste de ser una maravilla. (8)


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12. Ozawa/Filarmónica de Berlín (DG, 1990-91). Como era de esperar, al refinado maestro oriental no le apetece demasiado desenvolverse en atmósferas maléficas y obsesivas. Tampoco es que Ozawa recorte las aristas, ni muchísimo menos: aunque los golpes de timbal del tercer movimiento deberían ser más imponentes, la tensión se respira de principio a fin –sin efectismo alguno– y la tímbrica despliega todas sus aristas. Lo que ocurre es que en su hermoso y mágico lirismo se echa de menos un poco más de azufre, de carácter demoníaco. En contrapartida, ofrece Ozawa un asombroso trabajo técnico de disección orquestal, especialmente en lo que al análisis de texturas se refiere. La asombrosa ejecución de la Filarmónica de Berlín es la otra gran baza de este registro muy bien grabado. (9)
 

Prokofiev_3_Muti
13. Muti/Philadelphia (Philips, 1991). Esta es, de todas las interpretaciones comentadas, la número uno. Verdadera lectura de referencia, poderosa, arrolladora y brillante, pero también muy atmosférica, que cuenta con una fabulosa orquesta y una batuta que suena muy a Prokofiev. La tensión es implacable en todo momento, aunque nunca se confunde con el ruido ni el efectismo. La disección de las texturas orquestales es extraordinaria, aun sin llegar a la claridad de Ozawa. A destacar especialmente el “lirismo siniestro” del segundo movimiento, atmosférico a más no poder, y la fuerza desasosegante del tercero. El cuarto movimiento es también impresionante, desarrollándose de manera implacable hasta alcanzar final abrumador. (10)
 


14. Chailly/Concertgebouw (RCO, 1991). El firme pulso de la batuta, la notable claridad de las texturas, el sentido del color, el equilibrio entre lo telúrico y lo atmosférico y la soberbia calidad de la formación de la que entonces era titular le permiten a Chailly ofrecer una lectura espléndida, tanto o más que la que realizó años atrás en Berlín. Pero para alcanzar lo excepcional falta un último punto de compromiso expresivo, así como una sonoridad más idiomática, más adecuada para Prokofiev. Como la toma radiofónica deja que desear y la compra sale muy cara –hay que adquirir una caja de catorce compactos dedicada al maestro italiano–, resulta muy preferible la edición oficial de Decca, grabada tan solo unos meses más tarde con mucho mejor sonido. (8)


Prokofiev_3_Chailly
15. Chailly/Concertgebouw (Decca, 1991). No se aprecian diferencias interpretativas con respecto al registro en vivo comentado: aunque siga sin mostrarse especialmente personal ni creativo, Chailly sabe atender a los múltiples pliegues expresivos de la obra –lo telúrico, lo ominoso, lo turbulento, lo evocador– y hacer gala de una soberbia técnica de batuta que le permite trazar una arquitectura irreprochable y obtener una enorme claridad de su fabulosa orquesta del Concertgebouw. (8)


16. Muti/Sinfónica de la Radio Bávara (YouTube, 2003). De nuevo nos encontramos ante una dirección sensacional, idiomática a más no poder, de extraordinario sentido del color y de las texturas, y adecuadamente siniestra y telúrica. Asombrosas la sensualidad y la atmósfera del segundo movimiento, aunque en el resto –sensacional– puede que no tenga tanta garra como su versión de estudio. La orquesta no es tan asombrosa como la de Filadelfia, aunque Muti hace sonar a las maderas con una carnosidad muy adecuada. Lástima que haya algún desajuste propio del directo. (10)


Prokofiev_Gergiev
17. Gergiev/Sinfónica de Londres (Philips, 2004). La orquesta londinense ofrece, treinta y cinco años después, una lectura radicalmente opuesta a la que realizó con Abbado. La lentitud de los tempi se ve aquí sustituida por el frenesí; la atención a la claridad por el descontrol; la creación de atmósferas por el más brutal efectismo. Eso sí, no podemos regatearle a Gergiev su sentido de la teatralidad, la fogosidad con que dirige y su capacidad para generar espectáculo. De ahí que esta lectura sea, pese a los reparos expuestos, lo único salvable de su mediocre ciclo grabado –con toma sonora mejorable– por el sello Philips. (7)

 

 

18. Kitajenko/Gürzenich-Orchester Köln (Phoenix, 2005-07). En esta nueva lectura discográfica, beneficiada de una toma sonora soberbia, el maestro ruso vuelve a acertar en un segundo movimiento curvilíneo y misterioso, muy bien paladeado, mientras que en el resto ofrece claridad sin efectismos y un perfecto equilibro entre los aspectos más explosivos de la página y sus recovecos introvertidos, todo ello haciendo gala de excelente gusto y un irreprochable conocimiento del idioma. Le falta un colorido algo más desarrollado, mayor emotividad lírica en algunos pasajes y, sobre todo, un carácter más trágico e implacable en los momentos más demoníacos. (8) 


 

19. Ashkenazy/Sinfónica de Sidney (Exton, 2009). Ni ambientes de pesadilla en referencia a la ópera El ángel de fuego, ni gaitas: precipitación, trazo lineal –agógica por completo plana–, tímbrica poco variada –la estridencia, que en esta partitura no se encuentra precisamente contraindicada, debe ir acompañada por múltiples sutilezas–, nerviosismo y vulgaridad efectista son sus signos de identidad, al menos en los movimientos extremos. El segundo está bien, sin que termine de destilar esa particular mezcla de espiritualidad y erotismo que necesita, mientras que el tercero se limita a resultar anguloso, desaprovechando por completo sus inquietantes remansos. Insuficiente la orquesta, trabajada con pinceles gruesos. (3)

 


20. Gergiev/Mariinski (DVD Euroarts, 2011).
No podemos dudar que el enfoque de Gergiev sea es el más adecuado, es decir, expresionista, teatral y altamente electrizante. Tampoco de que el maestro ruso sepa obtener el color adecuado para el compositor y obtener las texturas más interesantes de la cuerda en los “maullidos” del tercer movimiento. Pero a la postre su tendencia al decibelio, la brutalidad y el más desaforado efectismo terminan lastrando esta interpretación que, pese a las virtudes apuntadas, termina resultando tosca, precipitada y superficial. Por si fuera poco la orquesta deja en evidencia su mediocridad, no tanto por las numerosas pifias que comete sino por la pobreza del sonido. (6)

 

21. Kirill Karabits/Sinfónica de Bournemouth (Onyx, 2013). Interpretación expresionista por excelencia, incisiva y visceral, que engancha desde la primera a la última nota tanto por su tensión interna magníficamente controlada –hay decibelios y descargas electrizantes, pero no brocha gorda– como por la asombrosa claridad con que la batura revela la cuidadosa orquestación de la obra. Ahora bien, la comparación con otras interpretaciones deja bien claro que el maestro deja en exceso al margen la sensualidad al mismo tiempo atmosférica y ominosa que proponen los pentagramas, pasando de largo frente a numerosas frases que podían estar más trabajada y no logrando destilar el peculiar ambiente, digamos que de “pesadilla erótica”, de la ópera El ángel de fuego. Brillante pero superficial, pues. De enorme claridad la toma. (8)

 

 

22. Gaffigan/Sinfónica de la Radio de los Países Bajos (Challenge, 2013): esta interpretación se parece un tanto a la de Karabits. Es decir, es la que podríamos asociar –quizá tópicamente– con un director joven, con ganas de comunicar y más ganas todavía de impactar, pero aún con un largo camino por recorrer para alcanzar la madurez. Lectura vistosa y con nervio, pues, pero muy desatenta a las diferentes atmósferas que la página necesita. La diferencia la marca el tratamiento orquestal menos cuidadoso por parte del maestro norteamericano, que no trabaja mal las texturas pero tampoco se preocupa mucho que digamos de aclarar el complejo entramado orquestal ni de diferenciar colores; ni siquiera termina de convencer su tratamiento de la cuerda, que carece del peso suficiente y se ve algo desdibujada frente a los metales. (7)


23. Alsop/Sinfónica del Estado de Sao Paulo (Naxos, 2014). La directora neoyorquina acierta a la hora de apartarse de todo efectismo y dejar a un lado las grandes explosiones sonoras para en su lugar atender a los momentos más líricos que albergan estos pentagramas, pero lo cierto es que ni la atmósfera enrarecida de estos se encuentra del todo conseguida -hay más contemplación que desasosiego- ni los aspectos demoníacos, obsesivos y virulentos quedan bien reflejados. Se aprecian también problemas a la hors de dotar de continuidad a la página, y el trabajo con la orquesta, siendo notable, se encuentra muy por debajo del que ofrecieron un Abbado, un Muti o un Ozawa. Tampoco la toma está a la altura, aun escuchada en alta resolución. (7)

 

 

24. Jurowski/State Academic Symphony Orchestra of Russia (Pentatone, 2016). Lectura eminentemente oscura, diabólica y terrorífica, de sonoridades virulentas –impresionantes texturas de las maderas en el tercer movimiento–, fraseo tan anguloso como obsesivo, atmósferas alucinadas y tensiones implacables. Expresionismo puro y duro, incluyendo dentro del mismo una buena dosis de humor negro –madera grave llenas de socarronería–. También hay, aun sin llegar a las recreaciones de Muti, también espacio para la atmósfera: muy lento el final del primer movimiento y embriagador a más no poder el segundo. Si no se lleva la máxima calificación es por la orquesta, que no es sino la Estatal de la URSS de toda la vida: la cuerda en más de un momento me ha parecido rígida, mientras que el metal posee esa particularísima sonoridad “soviética”, algo vacilante y poco empastada. Sea como fuere, el maestro la trata a su formación diseccionando con verdadera maestría: nunca he escuchado una interpretación todavía más clara que la presente. Soberbia la toma, que se disfruta a tope en SACD multicanal. (9) 

sábado, 17 de abril de 2021

Vaughan Williams por Pappano: nihilismo en estado puro

Su apresurado nombramiento como nuevo titular tras la muy comprensible marcha de Sir Simon Rattle ha llevado a la Sinfónica de Londres a lanzar –ayer mismo– un SACD protagonizados por Antonio Pappano. El programa es ideal: la dos sinfonías más dramáticas de Ralph Vaughan Williams, Cuarta y Sexta para concretar. Yo lo he escuchado vía streaming de alta calidad y, antes que nada, debo constatar la fabulosa calidad de las grabaciones, realizadas respectivamente en 2019 y 2020: nada que ver con aquellos primeros lanzamientos del sello LSO Live. Las interpretaciones me han parecido de mucha altura.


Sin necesidad de acentuar en lo puramente sonoro los aspectos expresionistas, Sir Antonio nos ofrece una interpretación particularmente negra de la Sinfonía nº 4 (1935). Dramática, severa y sin concesiones. Ni a la brillantez orquestal ni tampoco al júbilo. Ni siquiera al posible humor negro del Finale. Tampoco al lirismo de un segundo movimiento que, bajo su batuta, genera una atmósfera de lo más inquietante. No diré que sea la versión de referencia, pero tampoco tengo claro si alguna me gusta más. Quizá la de Haitink (EMI, 1996), por decir algo.

Pasa algo parecido a la demoledora Sinfonía nº 6 (1948). Pappano no se interesa por la calidez y el humanismo del maravilloso tema lírico del primer movimiento –paladeado, no obstante, con admirable elegancia británica–. Tampoco le seduce especialmente esa mezcla de nervio, desparpajo jazzístico y mala leche que anida entre las notas. Lo que pretende el maestro londinense es subrayar el nihilismo de esta música. Y lo consigue, de nuevo sin verse obligado a subrayar los aspectos sonoros más combativos: lo que hace es trasmitir de maravilla la infinita desolación que recorre esta sinfonía de principio a fin, sobre todo en un movimiento conclusivo lentísimo –11’32’’ frente a los 10’17’’ de Previn o los 10’29’’ de Barbirolli, por ejemplo– y por decididamente nihilista, en el cual se ponen más que nunca en evidencia los lazos con los escalofriantes adagios de Dmitri Shostakovich. Gran versión, a la postre, aunque mi favorita sigua siendo la de Barbirolli (Orfeo, 1970).

A destacar el increíble rendimiento de una London Symphony que parece en su mejor momento. La perfecta planificación global de Pappano y el cuidadoso trazo en los detalles demuestran la categoría de una batuta que puede hacer grandes cosas como nuevo titular.

jueves, 15 de abril de 2021

El Villamarta recibe a Dmytro Choni. ¿El nuevo Horowitz?

Ganador del Concurso Internacional de Piano de Santander de 2018, Dmytro Choni (Kyiv, Ucrania, 1993) acaba de ofrecer en el Villamarta uno de los mejores recitales pianísticos de la historia reciente de un teatro por el que han desfilado artistas como Pires, Ashkenazy, Gavrilov o Sokolov, además de nuestros De Larrocha, Achúcarro o Perianes. Su pianismo, que no tiene nada que ver con el de un Arrau o un Barenboim –mis favoritos–, se alinea en esa escuela rusa que tantos grandes –y no tan grandes– nombres ha dado a la historia del instrumento, recordándome muy en especial al de otro ucraniano, el mítico Vladimir Horowitz. Al mejor y más centrado Horowitz, quiero decir. Hay en Choni un claro deseo de desplegar todo su tremendo potencial virtuosístico, como también de impactar con el fulgor de un sonido especialmente nítido, muy bien perfilado, más brillante que denso, y con el nervio, la garra interna y la incisividad que es capaz de inyectar en el fraseo. Pero ese deseo no es de los que se imponen a toda costa, cosa que sí le pasaba a veces a Horowitz y que en la actualidad le pasa a otros pianistas rusos no tan interesantes como Choni –el notabilísimo Trifonov o el discreto Matsuev, por ejemplo–. Nuestro artista no es un correcaminos sobre el teclado, no se deja llevar por el nerviosismo, controla con la cabeza y se pone al servicio de la emoción.

Comenzaba la velada con Debussy: Et la lune descend sur le temple qui fût y L'Isle joyeuse. La primera página se benefició de un toque bello y sensible, pero quizá se pueda aún ganar en poesía. La segunda sonó particularmente jubilosa, por momentos arrebatada, como si Choni quisiera apartarse de las brumas impresionistas para mirar a los compositores con los que continuaría el programa. Es una opción, pero quizá esta música necesite más misterio y más sosiego a la hora de explorar el tejido de notas, por lo demás impecablemente expuesto.

La Sonata para piano nº 4 de Scriabin se encuentra medio camino entre la etapa “romántica” del compositor y su lenguaje de madurez. Con total coherencia con respecto a lo escuchado en Debussy, Choni miró más hacia el pasado que hacia el futuro en una temperamental, intensísima recreación en la que, sin dejarse llevar por el virtuosismo, supo planificar los grandes arcos de tensión, graduar dinámicas y poner acentos.

Pero lo tremendo vino con Franz Liszt y su Sonata Dante. No creo que actualmente haya en el globo terrestre muchos pianistas capaces de servirla alcanzando un nivel tan alto al mismo tiempo en lo técnico y en lo expresivo. Esta semana me he repasado las formidables grabaciones de Barenboim –quien, dicho sea de paso, las pasa canutas a la hora de dar las notas– y confieso que me quedo con el concepto del de Buenos Aires, por más sinfónico en la sonoridad y más filosófico en concepto; pero en una línea electrizante, arrebatada y demoníaca, atrevida a la hora de tirarse sin red al infierno pero también muy concentrada, hermosa y transfigurada cuando corresponde acercarse al cielo, es difícil hacerlo mejor que como lo ha hecho hace tan solo un rato este señor. Ya les digo, como Horowitz en sus momentos de mayor control e inspiración. Pura pasión romántica.

Tras semejante experiencia, es normal que la notable recreación de la Novelette nº 8 de Robert Schumann con que se abría la segunda parte no me haya dejado especial huella: la “esquizofrenia” del compositor estuvo muy bien expuesta, pero entiendo que escorándose en exceso a lo impetuoso. Aquí nuestro artista aún podrá madurar. Y ya cerrando el programa oficial, una Sonata nº 2 de Rachmaninov –la versión revisada, si no me equivoco– que calificaría de excepcional si no fuera porque el lunes pasado descubrí que Lugansky la había vuelto a grabar con resultados yo diría que históricos. Tampoco alcanza nuestro joven artista la poesía infinita que en el segundo movimiento destila Grimaud en su segundo registro, el de Deutsche Grammophon. En cualquier caso, Choni se ha elevado a una enorme altura demostrando un estilo perfecto –con agilidad y nervio, como el propio compositor al teclado–, pasión muy sincera y un perfecto control de uno medios técnicos extraordinarios. El público aplaudió con entusiasmo. De propina, una página sobre el vals de El murciélago –no pillé el nombre del autor– y la canción Daisies –arreglo para piano solo– de Rachmaninov.


Para terminar, felicitaciones al Teatro Villamarta por el enorme acierto a la hora de contratar a este más que prometedor artista, y tirón de orejas a los responsables del programa de mano por el modo chapucero y equívoco con que han mencionado las dos obras de Debussy. Supongo que andan muy escasos de personal y enfrentándose a multitud de problemas logísticos, pero no se tarda más de dos minutos en comprobar en internet que L'Isle joyeuse es una página distinta a Et la lune… y no pertenece a Images. No es solo ausencia de conocimiento, sino también de profesionalidad.

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