miércoles, 6 de mayo de 2026

Segunda sinfonía de Beethoven: discografía comparada

Actualización 6-V-2026

9-08-2011. Esta entrada se publicó originalmente el 21 de julio de 2011, y se renovó en agosto de 2011 y julio de 2021. Con motivo de la interpretación de Kirill Petrenko y la Filarmónica de Berlín del 1 de mayo de 2026, renuevo sustancialmente el contenido añadiendo un buen número de grabaciones y modificando algunos textos. Próximamente añadiré el comentario de la de Petrenko y de algunas más.
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Aunque diste de alcanzar la fama de otras de las de su autor, la Segunda Sinfonía en re mayor op. 36 de Ludwig van Beethoven no es precisamente una página sin interés: se trata sin duda de una verdadera obra maestra que rebosa inspiración, belleza, hondura y comunicatividad. No me extiendo sobre ella porque ya he escrito sobre la misma en otro lugar (enlace). Lo que sí quiero advertir es que esta comparativa va a ser despreciada por gente que conozco. Por unos, porque los directores más valorados son Karl Böhm y Daniel Barenboim. Por otros, por las elevadas puntuaciones que he concedido a gente como Norrington o Herreweghe. Tengo claro que esta obra maravillosa, con un pie en el pasado y otro en el futuro, admite interpretaciones de enfoque ya no diferente, sino opuesto, según se mire hacia detrás o hacia adelante, sin que vacilen los resultados, cosa que desde luego no podría pasar en sinfonías como la Heroica, la Quinta o la Pastoral.




1. Toscanini/Sinfónica de la NBC (1939, varios sellos). Soy de los que piensan que Toscanini fue un maestro sobrevalorado, pero de ahí a negarle su importancia media un abismo. Así, tras una introducción atractiva, densa y con plasticidad, el veterano maestro nos ofreció en su primera grabación de estudio una interpretación que ilustra perfectamente sus virtudes e insuficiencias. Por un lado tenemos su energía, vitalidad, entusiasmo y electricidad, aportando un adecuado toque de jovialidad y también mucha incisividad. Por otro, su fraseo en exceso cuadriculado y rígido, que no deja respirar a la música, carente de cantabilidad, poco matizado y algo machacón. Lo más flojo es el segundo movimiento, poco emotivo, aunque no hay blandura y sí cierta elegancia distanciada. En suma, una versión muy vistosa pero superficial. La orquesta no es precisamente gran cosa. (7)



2. Furtwängler/Filarmónica de Viena (EMI, 1948). El genial maestro alemán nunca grabó la Segunda en estudio, pero conservamos esta toma radiofónica correspondientes a unos conciertos ofrecidos por la Filarmónica de Viena en el Royal Albert Hall londinense. Ya desde la grave introducción se adivina que nos encontramos ante el Beethoven denso de la gran tradición centroeuropea, ofreciéndonos un dinámico Allegro con brio para decepcionar un tanto después con un Larghetto no del todo emocionante, no muy cálido ni desde luego con mucho encanto, aunque por descontado su clímax adquiera un carácter encrespado y rebelde de gran interés. El scherzo es más bien serio, mientras que en el Allegro molto final la batuta se toma las cosas con calma y paladea con extraordinaria cantabilidad el segundo tema de la forma sonata, lo que no le impide conseguir momentos arrebatadores. La conocida flexibilidad furtwaengleriana, por lo demás, es mucho más sutil que en otras ocasiones. Lástima que la toma sonora deje que desear. (8)


3. Toscanini/Sinfónica de la NBC (RCA, 1951). En la misma línea del registro del mismo director comentado anteriormente, nos encontramos una interpretación directa, enérgica, viril, incisiva, también algo tosca y cuadriculada, más preocupada del brío y la electricidad de la poesía. A destacar un tercer movimiento rápido, nada pesado, con adecuada rusticidad. De nuevo la orquesta se queda algo corta, llamando la atención por el protagonismo que cobran sus incisivas maderas. (7)



4. Karajan/Orquesta Philharmonia (EMI, 1953). Suele decirse que el Beethoven del primer Karajan era muy deudor del de Toscanini. Lo cierto es que hay algo toscaniniano en la contundencia y la objetividad, si bien el fraseo del salzburgués es más cantábile y hermoso, ofreciendo un legato muy superior. Por lo demás tenemos una recreación objetiva, rotunda, musculosa, sin devaneos ni narcisismos sonoros, admirablemente expuesta, y de una energía que llega a acumular en el final una fuerza demoledora. Falta, eso sí, una mayor inspiración poética, aunque en contrapartida nos encontramos con una fabulosa ejecución por parte de la orquesta. (8) 



5. Beecham/Royal Philharmonic (EMI, 1957). Como era de esperar, el espíritu de esta sinfonía encaja muy bien con las maneras de hacer del Baronet, pero por desgracia la enorme y muy jubilosa energía que despliega no está acompañada precisamente de la elegancia, la transparencia, la planificación de las dinámicas y la atención al detalle necesarias. El resultado termina siendo excesivamente masivo en la sonoridad, atropellado en el fraseo, carente de todo lirismo y, a la postre, un tanto vulgar. (7)



6. Klemperer/Orquesta Philharmonia (EMI, 1957). Aunque sea un tópico infinitamente repetido, este es un Beethoven de granito. Rocoso, solidísimo, austero. Las líneas están perfectamente definidas. La planificación es milimétrica. No hay el menor interés por la belleza sonora. Solo arquitectura, fuerza, tensión y lógica cartesiana, todo ello servido por una orquesta en estado de gracia. El resultado es de una lógica musical aplastante, aunque no estoy seguro de que semejante rigurosidad case muy bien con el espíritu de la obra. (9)



7. Cluytens/Filarmónica de Berlín (EMI, 1959). Aunque la orquesta de Karajan aporta una sonoridad robusta y musculada, Cluytens se aleja de toda pesadez y ofrece una lectura luminosa, vibrante y entusiasta, llena de fuerza siempre controlada y comunicatividad sin dejar por ello de paladear adecuadamente las melodías y de ofrecer la emotividad lírica necesaria. Podría pedirse algo más de flexibilidad e imaginación, una mayor atención a los pliegues expresivos de la partitura, pero la fogosidad de la batuta y la musicalidad de los solistas de la formación alemana terminan venciendo nuestros reparos. El sonido es francamente bueno para la época. (9) 



8. Walter/Sinfónica de Columbia (Sony, 1959). Haciendo gala de un fraseo muy cantable y de un amplio legato, Walter construye una Segunda serena, efusiva, noble y elocuente, mucho antes otoñal que juvenil, en la que sobresale un Larghetto muy lento, un tanto ensoñado, paladeado con delectación. Eso sí, se puede echar de menos un tratamiento sonoro más incisivo y un poco más de garra dramática. Admirable, por otra parte, el trabajo de análisis orquestal, realzado por una magnífica toma sonora. (9)



9. Leibowitz/Royal Philharmonic (Chesky, 1961). Interesantísima aportación que se aparta del Beethoven denso y centroeuropeo para aligerar tanto texturas como tempi, ofreciendo una visión con nervio, incisiva y transparente que mira en buena medida a Haydn y cuida mucho la elegancia, la chispa y el encanto. Aun así sabe atender a los aspectos épicos y dramáticos de la partitura, ofreciendo en este sentido un Larghetto sin mucho encanto y no todo lo sensual que debería, pero con un cierto regusto amargo, así como dos movimientos extremos llenos de tensión. Impecable la disección orquestal, y soberbia la toma sonora supervisada por el inolvidable productor Charles Gerhardt. (9)




10. Ormandy/Orquesta de Philadelphia (CBS, 1962). Pese al sonido redondo y corpulento de la maravillosa Orquesta de Filadelfia, el eterno titular de la formación norteamericana ofreció, en su único registro de la partitura, una lectura presidida por la agilidad, la chispa y el encanto, lo que por fortuna no significa caer en la trivialidad ni renunciar a los acentos dramáticos. En cualquier caso, un poco más de vuelo lírico no le hubiera sentado nada mal a esta recreación espléndida en su línea. (9)



11. Szell/Orquesta de Cleveland (Sony, 1964). Una magnífica muestra de estilo de Szell, sobrio y no particularmente poético pero lleno de fuerza, ofreciéndonos una lectura realizada de un solo trazo, de sonoridad un tanto rústica pero no tosca, sino de extraordinaria limpieza en la que las tensiones están magníficamente planificadas. Sobresalen en este sentido el primer movimiento y la coda final, el mejor ejemplo de cómo el mayor de los arrebatos no está en absoluto reñido con el rigor de la arquitectura. (9)



12. Jochum/Orquesta del Concertgebouw (Philips, 1967). Magnífico trazo, excelente disección, irreprochable idioma, atención a todos los aspectos expresivos y admirable entusiasmo benefician a esta versión que triunfa sobre todo en los dos primeros movimientos, llenos de vida pero no exentos de garra dramática en el clímax del segundo. El cuarto ofrece una admirable cantabilidad, pero faltan quizá un poco de ligereza y chispa "rossinianas". La musicalidad de la orquesta contribuye a la excelencia de los resultados. (9)



13. Kubelik/Orquesta del Concertgebouw (DVD DG, 1969). Sin ser una lectura personal ni mucho menos visionaria, resultan por completo admirables su belleza apolínea, su elocuencia y la elegancia de su fraseo, en absoluto reñidos con el pathos ni con la intensidad emocional. Impresionante los dos primeros movimientos, mientras que el último adquiere un sabor muy mozartiano. (9)



14. Casals/Orquesta del Festival de Marlboro (Sony, 1969). Tras una introducción grave y solemne, sorprende el escaso contraste con un Allegro con brio considerablemente lento, sonado con muchísimo músculo y, reconozcámoslo, dicho con cierta pesadez, pero recorrido por una fuerza realmente poderosa y muy bien diseccionado: se perciben líneas en la cuerda que generalmente pasan desapercibidas. El meollo del asunto llega en un Larghetto amplio y maravillosamente cantado, impregnado de ese humanismo que habitualmente asociamos a Casals, pero no precisamente exento de conflicto y de tensión dramática; el pathos y la profundidad reflexiva se terminan imponiendo por encima de la belleza sonora. El Scherzo se deja de galanterías y mira claramente al Beethoven futuro, mientras que el Allegro Molto conclusivo potencia esas características dionisíacas y visionarias que se le reprocharon en su momento para nuevamente poner de relieve la modernidad del compositor, siempre en una línea interpretativa de la más pura tradición centroeuropea y, si se quiere, postwagneriana. Los amantes del historicismo, ciertamente, deben de hacerse cruces ante los resultados. Lástima que la orquesta, aun integrando en ella nombres muy ilustres, evidencie más de un desajuste. Sonido bueno para ser en vivo, y tal vez al aire libre. (9)



15. Klemperer/New Philharmonia (Blu-ray BBC, 1970). Trece años después de su registro en estudio, Klemperer vuelve a la obra en el mítico ciclo en el Royal Festival Hall en el que fue más Klemperer que nunca. El resultado, una interpretación monumental en todos los sentidos que posiblemente tenga poco que ver con las intenciones beethovenianas, o al menos con la frescura, la agilidad y el encanto que parecen consustanciales a esta música, pero que gracias a un portentoso análisis de la arquitectura, a una extrema tensión de las líneas de fuerza y a una milagrosa manera de dejar volar las melodías sin dejarse llevar por la “emotividad romántica” –para la historia el Larghetto– consigue sacar a flote los aspectos al tiempo más hondos y más modernos que subyacen la partitura. (10)



16. Böhm/Filarmónica de Viena (DG, 1972). Una toma sonora con cuerpo, espacialidad y muy natural –intenten localizar en aguas corsarias la versión en SACD– permite disfrutar a tope del prodigioso trabajo técnico del de Graz con los Wiener: imposible ir más allá en empaste, equilibrio de planos, disección del entramado orquestal, y especialmente en una belleza sonora que es puro Viena sin dejar el menos espacio al preciosismo, ni siquiera a la seducción sonora. El proverbial distanciamiento de Böhm está ahí, siempre vigilante de no hacer concesiones al oyente. ¿Como Klemperer? No, en absoluto es eso, ni siquiera a pesar de que los dos maestros apuestan por un humor más sarcástico que chispeante, porque lo que se nos ofrece es una lectura honda y clásica en el mejor sentido del término, que alcanza una perfecta síntesis entre tensión y control, entre lo frívolo y lo épico, entre alegría y drama. El vuelo poético del Larghetto, ciertamente expuesto tomándose su tiempo, es de una serena, profunda y acongojante belleza. (10)



17. Kempe/Filarmónica de Munich (EMI, 1972). Un Larghetto maravillosamente paladeado y no ajeno a los acentos dramáticos es el gran triunfo de esta lectura noble, cálida y elocuente, a la que se le podrían pedir algo más de nervio y claridad en el primer movimiento y le sobra contundencia en el Scherzo. (9)



18. Karajan/Filarmónica de Berlín (DVD DG, 1972). Ya en los primeros compases queda uno impresionado por la suntuosa y bellísima sonoridad que Karajan extrae de su orquesta, refinada al mismo tiempo que robusta, empastada con absoluta perfección sin desatender a la claridad, pero también se advierte que el maestro va a atender más al sonido que al contenido expresivo de los pentagramas. Con todo, esa tendencia de la batuta a buscar la espectacularidad mediante contrastes dinámicos y a caer en la excesiva opulencia o en la dulzonería, indistintamente, solo en contadas ocasiones hace acto de presencia en esta lectura llena de fuerza y admirablemente comunicativa. (9)



19. Kubelik/Orquesta del Concertgebouw (DG y Pentatone, 1974). Pocos años después de su registro en audio y al frente de la misma orquesta, de tan sensual sonoridad, el maestro checo nos vuelve a ofrecer una elegante y luminosa recreación que mira más a Mozart que a Haydn. ¿Qué quiere decir esto? Pues que no encontramos mucha incisividad, rusticidad ni humor irónico, pero sí un equilibrio apolíneo cálido y comunicativo. Hay que destacar la plasticidad en el tratamiento de la orquesta dúctil por excelencia, cuyas maderas cantan de manera prodigiosa en un excelso segundo movimiento. La naturalidad y la lógica del discurso, por lo demás, son encomiables. Impresionante, un punto distorsionada pero enormemente cálida y confortable, la toma sonora en el SACD cuadrafónico. (9)




20. Karajan/Filarmónica de Berlín (DG Blu-ray Audio, 1975-77). Una lástima que Karajan no deje explayarse todo lo que debería a un Larghetto sin duda hermoso, pero demasiado rápido, porque el resto de la interpretación es un prodigio de fuerza (¡tremendos los movimientos extremos!), de comunicatividad y de lenguaje beethoveniano, aun siempre dentro de la línea opulenta y volcada en los grandes contrastes sonoros tan cara al maestro. Espléndida toma sonora en Blu-ray audio. (8)



21. Bernstein/Filarmónica de Viena (DG DVD, Blu-ray Audio y CD, 1978). Quizá no se trate de la interpretación ideal, porque el segundo movimiento está tratado con una parsimonia que por momentos roza lo amanerado, pero es difícil imaginar un ejemplo más elocuente de la increíble combinación entre la sonoridad de la Filarmónica de Viena y la técnica de batuta de un Bernstein que es capaz de extraer la mayor belleza sonora de la formación austríaca para ofrecernos una lectura apolínea en el mejor sentido del término, transparente, refinadísima, sedosa en la tímbrica, sutilmente coloreada, llena de fuerza cuando debe –sin ser particularmente electrizante– pero también de una cantabilidad fuera de lo común. Para derretirse el comienzo del segundo movimiento. Su registro en audio para DG es el mismo que el de esta filmación, y ha sido recuperado no hace mucho en sonido multicanal: destacar el soberbio juego tímbrico y expresivo de las maderas en el cuarto movimiento, así como la manera en la que el reprocesado cuadrafónico realza la belleza de la orquesta. (9)



22. Böhm/Sinfónica de la Radio de Stuttgart (SWR, 1979). En este registro en vivo –buen sonido– los tempi son menos lentos que en su grabación oficial de Viena siete años anterior, pero el maestro vuelve a dictar lección beethoveniana demostrando cómo se pueden aunar densidad y transparencia, músculo y agilidad, vuelo lírico y tensión dramática, todo ello bajo su óptica apolínea en la que belleza sonora, equilibrio y elegancia no van precisamente en contra, más bien todo lo contrario, de la indagación en las profundidades expresivas de la partitura. A destacar el carácter lacerante del clímax del Larghetto (¡qué soberbio dominio de las transiciones!) y la manera en la que subraya las posibilidades líricas del Finale sin que este pierda su potencia interna. (9)



23. Böhm/Filarmónica de Viena (DVD NHK, 1980). Siguiendo la misma línea que en su registro oficial de audio, el de Graz nos ofrece una aún más asombrosa interpretación que aúna el más sereno, apolíneo y equilibrado clasicismo, de hondísimo vuelo lírico en el Larghetto, de un recogimiento casi mozartiano, con una fuerza expresiva poderosa e implacable que mira claramente al futuro. No deja de ser curioso que los resultados recuerden de nuevo a Klemperer, aunque con menos mala leche y mayor belleza sonora. A destacar la portentosa disección del entramado orquestal y, pese a algún gazapo puntual propio del directo, el estupendo rendimiento de la Filarmónica de Viena. Impagable el rostro de Böhm al escuchar las estruendosas toses que irrumpen en el segundo movimiento. Lástima que este DVD, de notable calidad de imagen y buen sonido estereofónico, solo se pueda adquirir en Japón. (10)

24. Sanderling/Philharmonia (EMI, 1981). Sorprende que sea un director de tan sereno y hondo humanismo, quien haciendo gala de tempi muy amplios, sonoridades graníticas y un fraseo de tensión interna tan intensa como controlada, nos ofrezca una de las versiones más amargas, rotundas y dramáticas de la Segunda Sinfonía, obteniendo unos resultados muy cercanos a los que obtuvo años atrás Klemperer con la misma orquesta. La diferencia es que mientras el de Breslau se mantiene siempre dentro de un analítico distanciamiento, Sanderling sí hace gala de esa cantabilidad, esa elegancia y esa calidez imprescindibles en la música beethoveniana. Lástima que la toma sonora deje que desear para la época. (10)



25. Tilson Thomas/English Chamber Orchestra (CBS, 1982). Si no me fallan los datos, el maestro norteamericano fue el primero que se atrevió a grabar esta música con una orquesta de tamaño más acorde con lo que se acostumbraba en tiempos de Beethoven. Hay que agradecerle el esfuerzo, como también su cuidado a la hora de tratar líneas y planos sonoros con precaución y de no dejarse llevar por el nerviosismo dentro de una visión inequívocamente clásica y no muy contrastada que mira al pasado inmediatamente anterior y, en cierto modo, enlaza con el mundo bullicioso de Rossini. Dicho esto, los resultados son irregulares. La introducción al primer movimiento, por ejemplo, es el colmo de la insipidez. El segundo está muy bien paladeado, y escuchar el canto de las maderas de la ECO es una auténtica gloria, pero esta sublime página le suena más amable de la cuenta. En el Scherzo interesa la disposición antifonal de los violines, mientras que el Finale se disfruta plenamente siempre y cuando el oyente deje a un lado la idea del Beethoven sanguíneo y rugiente: esta manera de entender la partitura no solo es válida en sí misma, sino también necesaria para entender al compositor en toda su complejidad. (8)



26. Karajan/Filarmónica de Berlín (DG, 1984). Como ocurriera en anteriores ocasiones, Karajan se queda corto en un Larghetto bellamente sonado pero no del todo paladeado, más bien alicorto en humanismo y en vuelo poético. Por lo demás, músculo a tope, suntuosidad sonora, energía y comunicatividad garantizadas en una interpretación antes seductora que profunda. (8)



27. Hogwood/Academy of Ancient Music (Decca, 1984).
 Meritorio por parte de Hogwood, aunque fuera a petición del sello y con fines manifiestamente crematísticos, que se atreviera a renovar la praxis beethoveniana en unos momentos, por cierto que coincidentes con la paulatina publicación de la integral de Tilson Thomas, en los que hacerlo era mucho antes objeto de vituperio que de aplauso. Se mostró como un músico sensato –más que un Norrington o, poco después, un Gardiner– pero bastante soso, amén de primario desde el punto de vista técnico. Su Segunda se encuentra bien planteada desde el punto de vista expresivo, posee el empuje y el carácter dionisíaco apropiados, y además está dicha con ganas, pero necesita un trabajo mucho más atento a la disección de la orquesta y bastante mayor atención al vuelo lírico: cojea seriamente el segundo movimiento. Los otros tres no están mal, pero ahí queda la cosa. Interesante la incorporación de un fortepiano el continuo. (5)



27. Norrington/London Classical Players (EMI, 1986). La integral beethoveniana de ese músico atrevido, renovador y de gustos a veces abominables que es Roger Norrington resultó extremadamente irregular, pero esta Segunda pertenece al grupo de interpretaciones muy estimables. En el primer movimiento tenemos la sensación de encontrarnos ante un descubrimiento merced a la sonoridad incisiva y rústica de los instrumentos originales, que nos revela un colorido completamente nuevo en el mundo sinfónico beethoveniano, a un equilibrio de planos que concede mucha más importancia a metales y percusión, y al tratamiento ágil, contrastado, vivaz, travieso y muy chispeante -cercana por momentos a las peripecias de un dibujo animado- de una batuta que en esta ocasión sabe no caer en la tosquedad sonora, si bien la transición podría estar aún mejor resuelta. En el segundo la cosa cambia, porque se echan mucho de menos el vuelo lírico y la emoción humanista de las grandes versiones tradicionales. El tercero acierta a descubrirnos -todos los historicistas seguirán este camino- una rusticidad de lo más adecuada y el cuarto vuelve a ser muy bueno, aunque un punto más nervioso de la cuenta. La toma sonora resulta admirable. La reciente nueva integral de Norrington, ya con instrumentos modernos, no la conozco. (8)



28. Muti/Orquesta de Philadelphia (EMI, 1987). Con diferencia, esta es la sinfonía de Beethoven más afín al carácter de Ricardo Muti. Al menos, si se la interpreta mirando antes al futuro dionisíaco que al pasado más o menos galante, lo que casi equivale a dar la razón a los que en tiempos del estreno –ya saben, lo de la serpiente herida que se retuerce y todo eso– se lanzaron contra la partitura. Sonoridad poderosa y musculadísima (¡tremenda la cuerda grave de Philadelphia!), carácter sanguíneo, valentía –incluso chulería– mediterránea, sentido del humor rústico, voluptuosidad... También un tremendo impulso rítmico, así como capacidad para mantener la cantabilidad sin que la música –les pasa a muchos– suene atropellada. Se diría que el maestro napolitano toma lo mejor de Karajan y lo más interesante de Toscanini sin llevarse ninguno de sus defectos, consiguiendo resultados en verdad excepcionales en los movimientos impares. El Larghetto se encuentra muy bien paladeado, pero no alcanza el vuelo poético de las más grandes versiones, mientras que en el Finale, aun siendo una gozada, se podría pedir algo menos de rigidez y mayor atención a las frases líricas. (9)



29. Abbado/Filarmónica de Viena (DG, 1987). Los años ochenta fueron una época de transición entre el enorme director que era el joven Abbado con el amanerado y superficial sucesor de Karajan al frente de la Filarmónica de Berlín. En esta interpretación perteneciente a su primera integral, el milanés ofrecido una Segunda muy bien puesta en sonidos, de buen trazo y muy centrada en lo expresivo, que no termina de convencer por centrarse más en la búsqueda del refinamiento –incomparable de nuevo la Filarmónica de Viena– y de los grandes contrastes sonoros que en la exploración del contenido expresivo. El espíritu de Karajan, del peor Karajan, empezaba a dejar su huella. (7)



31. Dohnányi/Cleveland (Telarc, 1988). Tenemos aquí una versión de magnífica ortodoxia, sensata y musical, con una orquesta de peso suficiente pero nada pesante, cálida y bien fraseada, ajena a devaneos sonoros, a la que le faltan un poco de personalidad, imaginación y compromiso expresivo. A destacar, con todo, la fuerza del último movimiento. La grabación, algo turbia, podría ser mejor. (8)



32. Brüggen/Orquesta del Siglo XVIII (Philips, 1988). El holandés supo demostrar en su espléndida integral (solo pincha la Novena) que se puede compatibilizar la utilización de instrumentos originales y el seguimiento de parámetros sonoros históricamente informados con el mantenimiento de toda la riqueza y profundidad expresivas que hacen que estas sinfonías sean lo que son, es decir, piedras miliares en la evolución de la Historia de la Música, y no un mero divertimento. Convence por mirar no atrás sino adelante, renunciando a la coquetería y al encanto para ofrecer un Beethoven dramático, áspero, con unos metales estridentes que resultan más dramáticos que épicos y un carácter sombrio que sobrevuela por toda la interpretación. Lástima que el segundo movimiento no posea toda la efusividad que debiera, aunque desde luego evita la frivolidad y es coherente con el resultado global. (8)



33. Solti/Sinfónica de Chicago (Decca, 1990). En una línea toscaniniana pero más flexible, chispeante y cantable, el inolvidable Solti ofreció en su segundo registro una rutilante realización que deslumbra por su fuerza, tensión indesmayable, sentido del color, claridad, equilibrio de los planos sonoros y vuelo poético, aunque alejada tanto del sarcasmo y como del dramatismo. En este sentido se puede echar de menos algo de profundidad, como también pueden resultar discutibles ciertas figuras en los violines, algo nerviosas, que no dejan de recordar a Rossini. Asombrosa la toma de sonido. (9)



34. Harnoncourt/Orquesta de Cámara de Europa (Teldec, 1990-91). Siempre empeñado en luchar contra cualquier dogmatismo, el fundador del Concentus Musicus Wien se decidió a mezclar una orquesta mayormente moderna con metales y percusión de la época napoleónica para ofrecer interpretaciones de línea claramente historicista –pese a los instrumentos– en la que ese sentido del claroscuro, esa incisividad y esos ataques violentos propios del maestro dejan su huella. Por desgracia no acertó en la Segunda, una interpretación tramposa que puede enganchar por su electricidad, pero que resulta algo precipitada y escasa de vuelo lírico, y a la que además le sobra brutalidad gratuita. Muy flojo, por aséptico y cuadriculado, el tercer movimiento. (6)



35. Gardiner/Orquesta Revolucionaria y Romántica (DG, 1991). Deutsche Grammophon-Archiv tardó en subirse al carro del Beethoven con instrumentos originales, y lo hizo con una integral en la que hay de todo. De la Segunda Sinfonía ofrece Gardiner una recreación sanguínea, vitalista y teatral, dotada de un buen sentido del humor británico y de una sana rusticidad, aunque también un tanto precipitada, cuadriculada y contundente, sin el suficiente vuelo lírico. ¿Toscanini con cuerdas de tripa? Algo así. (7)



36. Giulini/La Scala (Sony, 1991). Cuando abordó su casi-integral milanesa –faltó la Novena–, el genial maestro se encontraba ya en su fase de apacible espiritualidad. Nos ofrece así una Segunda efusiva, cálida y llena de cantabilidad, comunicativa y con sentido del humor, mucho antes que dramática o visionaria, en la que sólo se puede reprochar una articulación algo blanda y cierta falta de vivacidad en el último movimiento, insuficiencias compensadas con el maravilloso lirismo que desprende la batuta. (9)



37. Colin Davis/Staatskapelle de Dresde (Philips-Newton Classics, 1992). En plena renovación de la interpretación beethoveniana, Davis ofreció la versión en él esperable, noble y apolínea, elegantísima siempre, muy atenta al equilibro expresivo y a la belleza sonora, quizá en exceso otoñal y con algún detalle aislado un punto narcisista. Lo menos conseguido es el tercer movimiento, algo soso, mientras que al segundo le vendría bien un poco más de desparpajo. Admirable por lo demás la sensualísima sonoridad de la orquesta, aunque la claridad no está del todo conseguida. (7)



38.Celibidache/Múnich (EMI, 1996). La fecha de grabación nos indica que nos encontramos ante el Celibidache tardío, es decir, el de los tempi amplios y una profunda carga espiritual. Por fortuna lo que se nos ofrece no es un Beethoven heterodoxo, sino una Segunda muy de anciano maestro, tradicional, despaciosa, cálida y muy comunicativa, admirablemente diseccionada –la polifonía era uno de los puntos fuertes del rumano– y de portentosa poesía en un segundo movimiento fraseado con mano maestra. Decepciona el cuarto, algo pesadote y sin mucha energía. Los dos extremos son espléndidos, aunque este enfoque quizá no haga justicia a la vitalidad que deberían desplegar. (9)



39. Zinman/Tonhalle de Zurich (Arte Nova, 1998). Si los datos no me fallan, la de David Zinman fue la primera integral que grabó la nueva y muy elogiada edición de las partituras a cargo de Jonathan del Mar –aunque el musicólogo ya había prestado su colaboración en la integral de Gardiner–. Lo hizo siguiendo los pasos de Harnoncourt, añadiendo a una orquesta de instrumentos digamos convencionales, en este caso la antiquísima Tonhalle de Zurich, metales y percusión de carácter histórico. Fraseo y articulación deben también mucho al músico berlinés, aunque sin caer en su excesiva agresividad ni en su sequedad característica. La tímbrica resultante es atractiva y el maestro neoyorquino le inyecta una buena dosis de energía a la partitura. ¿Donde está el problema, entonces? Pues en que Zinman dirige con brocha gorda, va deprisa y corriendo sin dejar respirar a la música y pasa de largo ante el vuelo lírico y la emotividad del Larghetto, en el que por cierto las maderas ornamentan a placer. Los dos últimos movimientos están quizá más logrados, pero el resultado se termina pareciendo al de Beecham más de la cuenta. (7)



40. Barenboim/Staatskapelle de Berlín (Teldec, 1999). Al frente de una orquesta que ofrece una sonoridad oscura, densa y empastada muy distinta de la de la emblemática Filarmónica de Viena, pero en cualquier caso inmejorable para realizar una lectura de estas sinfonías desde la óptica de la gran tradición centroeuropea, el de Buenos Aires ofrece una Segunda enérgica, sanguínea, muy épica, llena de pasión, pero sin nunca perder el control, que mira sin complejos hacia el Beethoven maduro. Increíble en este sentido el primer movimiento, todo fuerza y robustez. El segundo no alcanza la hondura contemplativa de Böhm, pero su clímax es aún más hiriente. En los otros dos el empuje dionisíaco termina de imponerse frente a los aspectos más dieciochescos de la escritura. (10)



41. Abbado/Filarmónica de Berlín (DVD TDK y Stage+, 2001). El Beethoven que al frente de la Filarmónica de Berlín registró en el cambio de siglo Claudio Abbado, primero en audio para DG y poco después en vídeo para TDK (registro este último que ha sido pasado a CD por el propio sello amarillo) marcó uno de los puntos más bajos de la trayectoria del director milanés. Con todo, en la Segunda es quizá donde sale mejor parado, ofreciendo una interpretación muy ágil, magníficamente sonada, dentro de una línea de Beethoven “revisado”, esto es, mucho antes grácil, chispeante y aéreo que denso y/o dramático, una opción que en realidad no sería censurable de no ser porque –y aquí está el problema de la integral– Abbado no sólo matiza poco en lo expresivo, sino que se limita a ofrecer espectáculo sonoro y de vez en cuando se le escapan esas insoportables sonoridades ingrávidas y relamidas marca de la casa. (7) 



42. Rattle/Filarmónica de Viena (EMI, 2002). El británico tuvo la osadía de registrar el frente de los mismísimos Wiener Philharmoniker una integral que, basándose en la edición de Jonathan del Mar, pretendía fundir las aportaciones del mundo historicista con la gran tradición centroeuropea. Los resultados fueron calificados sabiamente por José Luis Pérez de Arteaga como un “quiero y no quiero”, oscilando entre una Sexta y Novena impresentables hasta una Primera, una Segunda o una Cuarta espléndidas: las más clásicas, no es casualidad. La que nos ocupa recibe una lectura fresca, luminosa, juvenil, que rebosa vida, alegría y entusiasmo partiendo desde un principio muy evidente: mirar con descaro al universo de Franz Joseph Haydn, con todo lo que tiene de risueño, pícaro y sanamente rústico, también de teatralidad y de sentido de los contrastes, y dejarse por una vez de explorar el doliente pathos beethoveniano. Lo hace con mano maestra en lo técnico, subrayando lo atrevido de la escritura orquestal beethoveniana y aportando matices que le alejan del mecanicismo, pero también es verdad que el fraseo resulta con frecuencia precipitado, cuando no pimpante, que algunas frases de la cuerda suenan más aéreas de la cuenta y que al oyente acostumbrado a las versiones tradicionales el enfoque le resultará en exceso unilateral. En cualquier caso, hay que escucharla. La toma, sin ser la mejor de las posibles, suena muy bien en el streaming de alta definición. (9)

 

43. Haitink/Sinfónica de Londres (LSO, 2005). Nunca ha alcanzado reconocimiento el ya anciano maestro holandés como intérprete de Beethoven. En esta integral registrada en vivo –tenía otra anterior con la Concertgebouw– confirma su falta de afinidad con el autor de Fidelio con una Segunda correctamente expuesta, con todo en su sitio, pero parca en lo que a la tensión sonora se refiere, escasa de idioma y más bien indiferente –cuando no tímida– en lo expresivo. Faltan nervio, elocuencia, emotividad... El resultado es muy aburrido. (5)



44. Van Immerseel/Anima Eterna (Zig-zag, 2006). Haciendo uso de instrumentos originales y planteamientos tanto estilísticos como expresivos muy sensatos, el artista flamenco construye una versión irreprochablemente sonada y presidida por la objetividad, el equilibrio y el buen gusto, pero por desgracia los matices, la creatividad y el compromiso expresivo no aparecen por ningún lado, así que el resultado termina siendo aburrido. Nada nuevo en Van Immerseel. (5)



45. Mackerras/Scottish Chamber Orchestra (Hyperion, 2006). El maestro australiano fue un músico ambivalente y desconcertante en lo que respecta a los planteamientos historicistas. En su segunda integral beethoveniana, la registrada en el Festival de Edimburgo, se quedó en un extraño medio camino entre la tradición y la renovación, tanto en lo que a las fórmulas interpretativas se refiere como en el uso solo parcial de la edición de Jonathan del Mar. Esta Segunda, que recibe sabia fresca del mundo “históricamente informado” en lo que a la agilidad de la articulación se refiere, está presidida por la vivacidad, el entusiasmo, el carácter risueño y una coquetería que miran mucho antes al mundo del más luminoso clasicismo que a las densidades del Beethoven más maduro. Le sobra un poco de tosquedad en general y le falta calidez en el Larghetto. (7)



46. Paavo Järvi/Deutsche Kammerphilharmonie (RCA, 2007). En su sobrevalorada integral, el hijo de Neeme ofrece de las sinfonías de Beethoven una visión muy deudora de Harnoncourt, no solo por la combinación de instrumentos antiguos y modernos, sino también por su sonoridad rústica, su incisividad y su reivindicación de los valores de los metales y la percusión. En lo que a la Segunda se refiere, toda la versión tiene fuerza, está dicha con entusiasmo, pero desprende superficialidad. Faltan el contenido, el espíritu beethoveniano, la dimensión poética… Hay incluso cierto mecanicismo. Pincha sobre todo en el sublime Larghetto, donde el clímax pasa sin pena ni gloria. La toma sonora podría ser mejor. (7)



47. Vänskä/Orquesta de Minnesota (BIS, 2008). Una estimable interpretación en la que la orquesta norteamericana realiza un correcto trabajo y la batuta dirige con visible entusiasmo. Haría falta, en cualquier caso, una planificación más cuidadosa, un poco más de imaginación, perfilar mejor los timbres –sobre todo en lo que al tratamiento de las maderas se refiere– y evitar alguna frase suelta algo más liviana de la cuenta. (7)



48. Herreweghe/Royal Flemish Philharmonic (Pentatone, 2009). Incorporando la atractiva sonoridad de las trompetas naturales y los timbales históricos a su orquesta flamenca, el belga construye una interpretación de trazo firme y clarificador de texturas en la que los aspectos más agresivos de la opción pseudohistoricista escogida, como la relevancia de los metales y la percusión o la incisividad del fraseo, logran no resultar forzados e integrarse en una visión que también logra ofrecer elegancia y densidad dramática, todo ello con la sal y pimienta en su dosis justa. Ahora bien, sería necesario un trabajo más minucioso y creativo tanto en lo técnico –la transición del primer movimiento no está bien resuelta– como en lo expresivo –el segundo movimiento es poco sensual y desprende trivialidad– para alcanzar lo excepcional. (8)



49. Chailly/Gewandhaus de Leipzig (Decca, 2009). Pese a la rapidez de los tempi, la agilidad generalizada y el un tanto epidérmico entusiasmo que parece desprender la batuta, la interpretación aburre por su carácter cuadriculado, superficial y a menudo atropellado, escaso de refinamiento y nulo en cantabilidad, todo ello dentro de un concepto que mezcla churras y merinas evidenciando el monumental lío mental del maestro milanés en su intento por ser hacer algo distinto sin tener claro qué. Lo peor, un trivial segundo movimiento. Lo menos malo, un cuatro bastante correcto. Que la orquesta esté espléndida sirve de poco ante este híbrido imposible entre lo tradicional y lo presuntamente renovador. (6)



50. Antonini/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2010).
Esta filmación es de auténtico morbo: el enfant terrible del Barroco de los noventa haciendo Beethoven con la Filarmónica de Berlín, realizando una lectura de corte bastante historicista que destaca por su altísimo sentido de la teatralidad y de los contrastes; un tanto en la línea de Harnoncourt, pero sin su agresividad ni aspereza. Sí que resulta Antonini un tanto cuadriculado, incluso algo tosco, no atendiendo todo lo debido a la claridad y confundiendo, en un segundo movimiento sin el vuelo lírico debido, la elegancia con la coquetería. En conjunto, una lectura muy vistosa y encendida pero superficial, con más ruido que nueces, sin el poso humanista debido y de una teatralidad insincera. La altísima musicalidad y el virtuosismo de los músicos de la orquesta realizan aportaciones positivas al resultado. (7) 



51. Barenboim/WEDO (Decca, 2011). Obteniendo de la orquesta multicultural un sonido tan maravillosamente beethoveniano como el de la Staatskapelle de Berlín y ofreciendo un fraseo quizá ahora más flexible y lleno de matices, Barenboim realiza una lectura en la misma línea a la de su acercamiento doce años anterior, pero con la gran diferencia de un Larghetto considerablemente más rápido que, arrancando con un inesperado portamento, resulta bastante menos adusto, ofrece menor hondura dramática y no alcanza semejante rebeldía en sus clímax, al tiempo que alcanza un encanto, una cantabilidad y una efusividad humanística muy superiores. (9)



52. Brüggen/Orquesta del siglo XVIII (The Grand Tour, 2011). El maestro holandés repite y mejora su acercamiento de veintitrés años atrás haciendo uso de unos tempi más amplios que le permiten paladear mejor la música y, sobre todo, añadir la poesía que entonces le faltaba a un segundo movimiento que ahora sí que está bastante conseguido. El resultado, una admirable fusión entre la sonoridad historicista y la expresividad tradicional que demuestra que los instrumentos originales pueden resultar óptimos para esta música si el maestro de turno sabe realmente lo que se trae entre manos. (9)



53. Barenboim/WEDO (DVD Decca, Proms 2012). Como era de esperar, esta lectura se parece bastante a la del año anterior en Colonia –los portamenti siguen aquí, dicho sea de paso–, resultando aún más satisfactoria por un segundo movimiento que, sin alcanzar al de Teldec, se encuentra ahora mejor paladeado. Por lo demás, una interpretación de libro en la que asombran particularmente la manera en que todas las secciones de la orquesta frasear con sentido orgánico, respiran con naturalidad y de dialogan entre ellas. Una pena que no haya salido en Blu-ray, si bien la alta definición se ha podido disfrutar –y descargar, si se sabe cómo hacerlo– en algunos servicios de streaming. (10)



54. Gardiner/Orquesta Revolucionaria y Romántica (Soli Deo Gloria, 2013). En este y en otros repertorios, el maestro británico ha radicalizado sus maneras de hacer a lo largo de los últimos años. Ahora los tempi son todavía más rápidos al menos, en los dos movimientos iniciales, el fraseo más rígido, la articulación más seca y marcada, los contrastes más bruscos, la violencia más acentuada. El objetivo es no solo apartarse lo más posible de la “contaminación wagneriana” la expresión es del propio Gardiner que presuntamente ensucia la interpretación de este repertorio, y que no es otra que la concepción orgánica del fraseo, sino también acercarse de nuevo habla el intérprete a la deuda con la música mozartiana. A mí me sigue pareciendo que lo que hace es volver a Toscanini, pero no le voy a negar enorme limpieza en la ejecución, muchísima electricidad y valentía a la hora de poner de relieve tanto las audacias tímbricas del compositor sí, mejor con instrumentos originales como el carácter dramático léase operístico, no trágico de esta genial sinfonía. La toma, realizada en vivo y disponible en streaming de alta resolución, es espléndida. (7)



55. Rattle/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall y BP Blu-ray Audio, 2015). Trece años después de su ciclo en Viena, Sir Simon acentúa el componente historicista de su acercamiento híbrido a esta música. Lo hace con técnica suprema y con la complicidad de unos solistas de excelsa musicalidad, aprovechando además una cuerda grave ideal aun con tratamiento “históricamente informado” para subrayar los atrevimientos del de Bonn en esta partitura, pero a la postre las cosas no funcionan igual de bien. Al menos, para quienes somos melómanos más tradicionales: mayor precipitación, excesiva incisividad, fraseo demasiado saltarín. Lo mejor de esta, en cualquier caso, efervescente, luminosa y comunicativa recreación es un Finale cargadísimo de electricidad que sabe mirar tanto a Haydn como al futuro del propio Beethoven. Glorioso el sonido en el BR-Audio multicanal editado por la propia orquesta. También hay versión en vídeo en la Digital Concert Hall, lógicamente. (8)



56. Nelsons/Filarmónica de Viena (DG, 2019). El maestro letón propone una interpretación sensual y gozosa, bañada por una luz cálida que la mantiene alejada de claroscuros tanto sonoros como expresivos, pero no por ello ajena a la potencia expresiva y al pathos que debe ofrecer la música beethoveniana. Ahora bien, la enorme belleza lírica del Larghetto, fraseada con efusividad encomiable y con una cantabilidad para derretirse, no ofrece el sabor agridulce con que otros directores han abordado este movimiento, e incluso por momentos resulta algo más acariciadora de la cuenta. En el resto de la página, los aspectos carnales y gozosos se imponen por encima de cualquier otra consideración. (9)



57. Nézet-Séguin/Orquesta de Cámara de Europa (DG y Stage+, 2021). El aún joven maestro canadiense decide actualizar la aproximación de Harnoncourt haciendo uso de la misma orquesta y combinando igualmente instrumentos “originales” y “modernos”. La energía que desprende su aproximación es incuestionable, como también la limpieza de ejecución y la solidez del trazo, aportando igualmente un enfoque más risueño, menos “cabreado” que el de don Nikolaus. Pero el problema de fondo sigue siendo el mismo: grave rigidez en el fraseo, parquedad en los matices expresivos, excesos de agresividad y, sobre todo, incapacidad en el caso de Yannick no parece que se trate de una decisión voluntaria para desplegar la sensualidad, la efusividad poética e incluso la amabilidad que esta música desprende. La comparación con lo que hace Rattle, no muy distinto en concepto, deja en mal lugar a esta. Aunque el registro circula sobre todo en CD, recomiendo la versión en vídeo: imagen de gran calidad y admirable sonido en Dolby Atmos. (7)




58. Kirill Petrenko/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 1 mayo 2026). Interpretación muy sanguínea, vitalista y gozosa que, aunque en lo formal no pretende seguir ningún parámetro “históricamente informado”, parece tomar algo de la incisividad de un Harnoncourt, de lo bullicioso de un Leibowitz o un Norrington, de la frescura y picardía de un Rattle, pero sin llegar a redondear los resultados. El primer movimiento resulta tan efervescente como nervioso; el fraseo es algo cuadriculado y la música no respira como es debido. El segundo movimiento, carnal y de increíble belleza en la forma (¡qué primeros atriles!) pasa de largo ante las posibilidades poéticas de la música: queda como un delicioso guiño de espíritu rococó, y ya está. Formidable el Scherzo, pese a los excesivos timbales. El Allegro molto conclusivo está muy bien, la música nos atrapa y hay un buen número de contrastes, pero de nuevo se echa de menos una respiración más flexible y natural. La dirección se lleva un siete; el ocho es por la orquesta. (8)
 

59. Kirill Petrenko/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, mayo 2026). Una semana después la interpretación se repite en la Philharmonie de Berlín. Sin novedad en el frente, aunque quizá ahora la toma de sonido sea más satisfactoria. (8)

martes, 5 de mayo de 2026

Bruckner, Sinfonía nº 4, "Romántica": discografía comparada

Actualización 5-IV-2026

La entrada original es del 29 de septiembre de 2023. Como parece que dentro de poco podré escuchar esta página en directo a Claus Peter Flor, actualizo la discografía con la filmación de Daniel Harding y la Filarmónica de Berlín.

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Anton Bruckner escribió su Sinfonía nº 4, "Romántica" en 1874, pero de momento no la estrenó. Entre 1878 y 1880 realizó una sustancial revisión en la que el cambio fundamental era un Scherzo completamente nuevo, muy distinto del anterior; el antiguo solo puede conocerse en contadas recreaciones discográficas, si bien yo mismo tuve la oportunidad de escuchárselo en directo a Jesús López Cobos. Tras el estreno de esta revisión en 1881 vinieron más modificaciones que han dado lugar a las diferentes ediciones e la partitura que se conocen, pero en esa cuestión no voy a entrar: todas las grabaciones que se comentan a continuación corresponden a la versión revisada, es decir, a la que estamos acostumbrados a escuchar. Quien quiera más información sobre a qué edición corresponde cada registro, puede consultar en este enlace.

 

1. Furtwängler/Filarmónica de Berlín (DG, 1951). ¿Hasta qué punto puede permitirse un director atentar contra la una arquitectura catedralicia, es decir, de dimensiones colosales y tensiones milimétricamente calculadas, para dejarse llevar por la emoción? Porque si esta es la sinfonía “Romántica”, Furt la hace “ultrarromántica”. Eso sí, desde su muy personal punto de vista: adiós –excepto en el Trío– a la contemplación paisajística, a la sensualidad y al lirismo panteísta, bienvenidos los más tempestuosos conflictos existenciales. Habrá unos cuantos directores que sigan esta línea: sus resultados serán igual de discutibles, pero no tan interesantes, por la sencilla razón de que el mítico maestro alemán dominaba como nadie el arte de la transición, del desarrollo orgánico de una fuerza telúrica que no sale del podio, sino del sonido mismo, y que la batuta no puede sino ir encauzando mediante un enfrentamiento extremo que pone a las tres partes –la música, el director y la orquesta– al borde del precipicio. Que la edición sea la Löwe del estreno –con platillos en el Finale– es lo de menos en medio de semejante torrente de emociones. La toma de este concierto en Stuttgart recoge con suficiente gama dinámica los resultados del encuentro. (8)

 

 

2. Bruno Walter/Sinfónica de Columbia (CBS, 1960). Es esta una hermosa, lírica y contemplativa recreación, dicha con la nobleza propia del Walter anciano, en la que sobresale un primer movimiento admirablemente planificado y materializado. Al Andante le falta un poco más de efusividad y de calidez, aunque se encuentra paladeado con enorme naturalidad. En el Scherzo pincha seriamente un Trío tan suave que llega a irritar, mientras que el Finale arranca más nervioso de la cuenta y no termina de conseguir toda la unidad que necesita el monumental edificio sonoro. La orquesta tampoco es que sea muy allá, la verdad sea dicha. El nuevo reprocesado demuestra que la toma sonora sí que estuvo a la altura. (8)

 

 

3. Klemperer/Orquesta Philharmonia (EMI, 1964). No hay sorpresa, tratándose de quien se trata: la arquitectura es tan asombrosa como la ejecución orquestal, pero el enfoque resulta muy discutible por eliminar toda sensualidad y toda atmósfera para limitarse a subrayar los aspectos más escarpados de la página. Eso sí, nada que ver con la elasticidad de Furtwängler: aquí la arquitectura es de una severidad extrema. Quizá demasiado: el primer movimiento resulte aséptico mientras que el segundo, de interesante sabor amargo, esté bien a secas. El Scherzo, lento e interpretado a mala leche, es por el contrario sensacional, con un Trio en absoluto edulcorado pero lleno de cantabilidad. El Finale comienza demasiado rápido, para luego alcanzar unas dosis descomunales de fuerza telúrica y hasta de carácter visionario. A la postre, hay que conocer esta interpretación. (8)

 

 

 4. Mehta/Filarmónica de Los Ángeles (Decca, 1970). Le quedaban dos semanas al maestro de Bombay para cumplir los treinta y cuatro. Hay que admirar que a esa edad lograse levantar con semejante solidez un edificio sonoro tan complicado como la Romántica, haciéndolo con una lógica constructiva tan indiscutible, con tan meridiana claridad de planos sonoros, desgranando la partitura con enorme naturalidad y manteniéndose ajeno tanto a blanduras más o menos pastoriles como al nerviosismo. Desdichadamente, ya desde el arranque se evidencia una absoluta desconexión de Mehta con el contenido espiritual de la obra. No es que el resultado sea frío, no es eso. Simplemente, la poesía, la sensualidad y la elevación espiritual no aparecen por ningún lado. Mejor, en cualquier caso, los dos últimos movimientos que los primeros, francamente flojos. (7)

 


5. Karajan/Filarmónica de Berlín (EMI, 1970). La tremenda espectacularidad de los contrastes dinámicos, la opulencia y brillantez de la orquesta y la capacidad para matiz refinado no ocultan que se estemos de una interpretación altamente superficial, bastante insincera, escasa en calado poético e incluso discontinua en las tensiones, incluyendo alguna caída puntual en la blandura. En definitiva, todo un desmadre made in Karajan. A olvidar. (6)

 

 

6. Kubelik/Filarmónica de Viena (DVD DG, 1971). El maestro checo nos ofrece una interpretación de total ortodoxia y gran sensatez pero, extrañamente, no termina de frasear con la concentración y la magia poética que demanda el primer movimiento, pese al perfecto equilibrio que alcanza entre los aspectos contemplativos y los dramáticos de esta música. Mejor el segundo, expuesto con transparente y nada meliflua belleza. Magníficos en su ortodoxia los otros dos, todo un modelo de fluidez, calidez, naturalidad y sentido de la arquitectura. La orquesta, cosa extraña, no está muy allá, mostrándose los metales bastante inseguros: probablemente se trate de una filmación sin retoques posteriores. Medici TV recorta la imagen a 16:9 y la trasvasa a alta definición, pero el sonido adolece de mucha compresión dinámica. (8)

 

 

7. Barenboim/Sinfónica de Chicago (DG, 1972). Un tanto a la manera de Furtwängler, el joven maestro se decanta por una lectura escarpadísima, extraordinariamente tensa, incandescente y furiosa, que por ende ofrece una imagen muy atractiva de la obra, pero que lleva tan a extremo sus planteamientos que a la postre resulta demasiado unilateral. La arquitectura se resiente de tanto ímpetu, yuxtaponiéndose momentos de gran intensidad sin que se encuentren correctamente planificados los grandes arcos de tensiones. Lo mejor, un Andante que alcanza un clímax muy escarpado. Lo peor, un Scherzo bordea el disparate. La orquesta está fabulosa y responde al cien por cien a las locuras que plantea la batuta. (8)

 

 

8. Böhm/Filarmónica de Viena (DG, 1973). Clásica en el mejor de los sentidos, este es la interpretación canónica y referencial de la página, renunciando el maestro a cualquier tipo de personalismo, a la creatividad arriesgada o a subrayar unos aspectos de la partitura por encima de otros para limitarse a trazar con absoluta perfección una arquitectura tan lógica y natural como elegante, clara y bien tensada, así como puramente bruckneriana en su sonoridad. Consigue así albergar con irreprochable equilibrio toda la espiritualidad, el sentido contemplativo, el vuelo lírico, la sensualidad y –por descontado– el drama a veces desgarrador que sobrevuela entre las notas sin renunciar a la más alta dosis de belleza. Particularmente impresionante el Finale, tenso y visionario a más no poder sin necesidad de resultar escarpado ni de perder esa elegancia marmórea tan característica del maestro de Graz. La orquesta, ideal e impresionante. En Blu-ray audio suena de manera admirable. (10)

 

9. Jochum/Staatskapelle de Dresde (EMI, 1975). Toma con amplia gama dinámica en la Lukaskirche de Dresde para una interpretación comprometida y vehemente, amén de irreprochable en el idioma, en la que Jochum se alinea con los maestros que proponen una visión de la página mucho antes dramática que contemplativa. Ello le lleva a flexibilizar el tempo a la manera de un Furtwängler sin importarle la uniformidad de la arquitectura, y he ahí precisamente el problema: el primer movimiento incurre en el nerviosismo, resulta discontinuo y carece de grandeza. Andante amargo y con desazón, intenso más no del todo poético. Bien a secas el Scherzo, dando paso a un Finale en la misma línea que el movimiento inicial, pero más aquilatado en su discurso. Lo metales de la orquesta no son muy allá. (8)

 

 

10. Kubelik/Sinfónica de la Radio Bávara (Sony, 1979). Este es un Bruckner en la antípoda del que por las mismas fechas –acababa de acceder a la titularidad de la Filarmónica– empezaba a hacer Sergiu Celibidache en la propia ciudad de Múnich. Si el del maestro rumano es ante todo denso y atmosférico, el del checo destaca por su fluidez, su lirismo apolíneo, su carácter luminoso y su ligereza bien entendida. Ligereza, que no superficialidad. No encontramos aquí grandes masas sonoras luchando la una contra la otra en una polifonía cargada de tensiones armónicas, sino un discurso ágil y de perfecta lógica en su planificación en el que se pasa de la concentración contemplativa a lo encrespado con una naturalidad pasmosa –portentoso dominio de las transiciones–, en el que las melodías están cantadas con un humanismo efusivo pero nada agónico –todo lo contrario de Celi– y en el que no hay el menos espacio para la pesadez, como tampoco para lo épico o lo terriblemente trágico, sin que semejante postura conduzca a la merma de tensión interna ni de fuerza expresiva. Kubelik nos ofrece, así, una Romántica bucólica en el mejor de los sentidos, en el punto justo de equilibrio entre el goce juvenil y la contemplación otoñal, holgada en su fraseo, cálido en la sonoridad, perfecto en el empaste polifónico y hermosísima en su canto. Temprana toma digital de amplia gama dinámica –volumen bajo– y buena definición tímbrica, aunque algo escasa de relieve. (9)

 

11. Solti/Sinfónica de Chicago (Decca, 1980). Grabación de extraordinaria limpieza y nitidez propia de los primeros tiempos digitales de Decca para una interpretación no menos nítida, como era de esperar de una batuta y una orquesta de virtuosismo extraordinarios, pero en la que falla la inspiración de un Sir Georg Solti tan brillante como superficial. El problema no es, como en la interpretación de Barenboim con la propia CSO ocho años anterior, el nerviosismo y el desbordamiento provocados por la incandescencia emanadas desde el podio; aquí todo está bajo férreo control, incluso en un Finale más rápido de la cuenta, pero aun así muy bien trazado. Simplemente, Solti se queda en la superficie y no indaga en el misterio, la poesía, la sensualidad ni la reflexión humanística que anidan en la partitura. Ni siquiera los aspectos escarpados de la misma quedan bien reflejados, porque la brillantez sonora –extrema sin caer en excesos– no posee una idea expresiva detrás, cosa que queda bien de manifiesto en una coda a la que, claramente, le falta grandeza visionaria. (7)

 

 

12. Celibidache/ Filarmónica de Múnich (Euroarts DVD, 1983). Ya hemos dicho algo sobre el concepto del maestro rumano al hablar de Kubelik, su antípoda. Aquí tenemos una típica interpretación celibidachiana de tempi lentísimos –salvando el Scherzo–, extraordinaria claridad polifónica, grandeza sin grandilocuencia y un carácter contemplativo que no elude momentos de verdadera rebeldía. Ahora bien, en esta ocasión no consigue el carácter visionario de sus mejores interpretaciones brucknerianas, lo que no impide que encontremos hallazgos como el Trio del Scherzo, o toda la coda del Finale. (9)

 

 

13. Muti/Filarmónica de Berlín (EMI, 1984). Tiene su morbo que el joven Muti le cogiera la orquesta a Karajan para hacer un repertorio tan asociado al salzburgués. Con ella nos entrega una interpretación tan musculada y poderosa como las suyas, pero muchísimo menos narcisista, menos retórica, más sincera y directa al grano, siempre dentro de una óptica –la esperable en el milanés– en la que los aspectos dramáticos se ponen en primer plano y hay espacio para la blandura ni el preciosismo. Se puede echar de menos una dosis superior de espiritualidad, como también de espíritu contemplativo –si varios directores se pasan de rosca con la sensualidad del Trio, Muti se queda más bien corto–, pero la planificación es tan admirable, y tan soberbia la respuesta orquestal, que no hay más remedio que descubrirse ante el resultado. Toma en la Jesus Christus Kirche no muy allá. (9)

 

 

14. Blomstedt/Sinfónica de San Francisco (Decca, 1988). El maestro sueco-estadounidense suele ser considerado antes como un artesano que como un artista creativo y arriesgado. Con razón, esa es la verdad, pero habría que especificar: su artesanía es de primera calidad. Esta Romántica es un perfecto modelo de sus maneras: equilibrio en la arquitectura –no hay espacio para arrebatos temperamentales–, pulcritud en el trazo, naturalidad en el fraseo y moderación en los aspectos expresivos, todos ello perfectamente atendidos pero sin ese “más allá” de poesía, de reflexión y de conflictos que convierta la audición en esa experiencia especial, por momentos al borde del abismo, que convierten a esta música en una obra maestra. Todo en su sitio, pues, y magníficamente grabado. Ideal para acercarse a la obra, insuficiente para comprenderla en toda su dimensión. (8)

 

 

15. Celibidache/Filarmónica de Múnich (EMI, 1988). Otra gran interpretación de Celi plagada de momentos mágicos, como el arranque de los movimientos extremos, plenos de misterio; o la coda del Finale, un prodigio de cómo alcanzar la más increíble mezcla entre transfiguración espiritual y fuerza dramática a través de una increíblemente lógica, minuciosa y amplia construcción de las tensiones. Sin embargo, la comparación con el testimonio que nos dejará Celi al año siguiente relega este registro a un segundo plano. (9)

 

 

16. Celibidache/Filarmónica de Múnich (Sony, 1989). Ahora Celi se alarga hasta unos increíbles 82’30’’ para ofrecernos una lección magistral de dominio de las más complicadas arquitecturas de tensiones y distensiones, de clarificación las complejas polifonías y de matización de la gama dinámica, todo ello al servicio de una idea expresiva de una elevación poética portentosa –mágico arranque de los dos primeros movimientos–, de un carácter contemplativo que sabe estar lleno de desazón como también de sensualidad –asombroso una vez más el Trío– y de una grandeza incomparable –abrumador clímax del Andante–. En cualquier caso, lo que más le deja a uno con la boca abierta, contradiciendo todos los tópicos sobre el carácter supuestamente espiritual del Bruckner del maestro rumano, es la tremenda fuerza dramática, llena de rabia y hasta de terror, que la batuta imprime a todo el Finale, que arranca abriendo las puertas del mismísimo Infierno y termina en una coda llena de interrogantes. Como único reparo musical, una orquesta que, a pesar de tocar al límite de sus posibilidades, no logra ocultar sus limitaciones. La toma sonora no es la mejor posible, pero ofrece una amplísima gama dinámica que resulta ideal en una obra como esta. (10)

 

 

17. Abbado/Filarmónica de Viena (DG, 1990). Hay aquí belleza sonora a raudales, calidez, sensualidad, contemplación paisajística, inquietud espiritual y grandes dosis de sentido teatral, pero lo cierto es que el maestro milanés no se cree la obra en ningún momento. Todo lo contrario: su enorme técnica se pone al servicio de un evidente narcisismo que le lleva a ofrecer numerosas frases en exceso suaves, languideces varias, contrastes dinámicos tan exagerados como innecesarios y opulencia desatada. La arquitectura se resiente por completo, y el resultado es una lectura tan vistosa, seductora y espectacular como discontinua, trivial e insincera. La toma tampoco ayuda. Por cierto, la interpretación se encuentra filmada y circula por la red. (7)

 

18. Wand//Sinfónica de la NDR (DVD TDK, 1990). No es esta la mejor recreación de quien fue un gran bruckneriano. En el primer movimiento se agradece el enfoque no desatento con los aspectos más escarpados de la música, pero el conjunto resulta nervioso y alcanza poco aliento poético. El Andante, correcto sin más, resulta a la postre aséptico. Solvente el Scherzo, de Trío dulce y hasta naif. El Finale, pese sus desigualdades, sí que alcanza la garra y el carácter visionario deseables. No ayudan ni la calidad de la orquesta ni la acústica de la iglesia en que se realizó la filmación. Hay que esperar para que el maestro nos legue su gran testimonio sobre esta partitura. (7)

 

 

19. Barenboim/Filarmónica de Berlín (Teldec y Digital Concert Hall, 1992). Recientemente recuperada con imágenes en la Digital Concert Hall, esta es una recreación en la que Barenboim, sin renunciar a lo temperamental del enfoque que había adoptado en Chicago, demuestra hasta qué punto la experiencia wagneriana de los años ochenta le permite desarrollar la habilidad de encauzar las tensiones concibiendo el discurso de manera orgánica, como una única transición plena de lógica arquitectónica. El resultado es así tan ardiente como hermoso, visionario en los clímax pero también muy efusivo, de manera particular en un segundo movimiento que desprende un carácter anhelante muy revelador. A destacar asimismo un Scherzo que él entiende de manera particularmente impetuosa sin caer en la precipitación. ¿Falta algo? Sí: la magia y la profundidad panteísta que el de Buenos Aires sabrá destilar más adelante. (9)

 

 

20. Wand/Filarmónica de Berlín (RCA, 1998). Aunque al igual que su lectura ocho años anterior los resultados van de menos a más, ahora el maestro alemán sí que está a la altura de las circunstancias, quizá no tener que dedicar el tiempo a lidiar con las limitaciones de la orquesta y poder concentrarse en ofrecer “su” versión. ¡Y vaya si lo hace! En los tres primeros movimientos, evitando caer en los riesgos de una visión meramente tempestuosa, se mueve a medio camino entre la naturalidad, la frescura y el lirismo de un Kubelik y la grandeza marmórea de un Böhm, aprovechando siempre la musculada sonoridad de la formación berlinesa y tratándola con un sonido cien por cien bruckneriano, empastadísimo y redondo, muy carnoso en la cuerda y poderosísimo en unos metales de resonancias organísticas. En el Finale logra el milagro de controlar la fuerza telúrica de la música, equilibrar su potencia tanto sonora como expresiva de esta música con una buena dosis de concentración, hondura y grandeza, dando como resultado una de las más imponentes recreaciones discográficas que se recuerdan. Impresionante la toma en vivo. (9)

 

 

21. Rattle/ Filarmónica de Berlín (EMI, 2006). Las primeras grabaciones de Rattle en Berlín intentaron consagrarle como director de gran repertorio, pero en el caso de la Romántica se enfrentaba a un reto considerable: las grabaciones de la orquesta inmediatamente anteriores fueron las espléndidas de Barenboim y Wand. Demasiada competencia. Lo cierto es que les igualó en solidez de la planificación, en naturalidad del arco de tensiones y, sobre todo, en belleza sonora. No así en emotividad: ahí el británico evidencia una cierta falta de conexión con esta música muy exigente también desde el punto de vista expresivo. Hay además alguna frase demasiado bonita en el Andante. El Trío del Scherzo es poquita cosa, mientras que en el Finale vuelve a aparecer una blandura que por momentos (escúchese a partir de 7:40) llega a ser inaceptable. La coda, por el contrario, es espléndida. Toma algo espesa. (8)

 

22. Thielemann/Filarmónica de Múnich (DVD CMajor, 2008). Hay que admirar en el berlinés su buen lenguaje bruckneriano, su sonoridad adecuadamente organística, su atención al peso de los silencios y a la atmósfera en general, así como su capacidad para ofrecer tanto sensualidad como opulencia trabajando con plasticidad a una orquesta que no es comparable a las mejores en este repertorio. Sin embargo, hay algo que no acaba de funcionar. El maestro apuesta por lentitudes no celibidachianas (67’41’’ frente a 73’09’’, para que nos hagamos una idea) que le plantean problemas a la hora de levantar el edificio y, sobre todo, de otorgar continuidad al mismo. Es precisamente por lo que el primer movimiento parece más un conjunto de secuencias muy bellas yuxtapuestas una detrás de la otra sin alcanzar sentido orgánico. En el Andante la batuta apuesta por la seducción, pero su enfoque resulta en exceso ensimismado, atento antes a la contemplación que a los conflictos dramáticos, desarrollándose sin toda la fluidez deseable, por no decir que con excesiva parsimonia; el gran clímax puede apabullar en lo sonoro, pero no se encuentra del todo bien preparado. El Scherzo está francamente bien, aun echándose de menos garra y extroversión y llegando a ser molesta la blandura con la que Thielemann plantea el Trío. En el Finale se alternan momentos espléndidos con pasajes rebuscados, culminando en una coda majestuosa, pero más externa que verdaderamente visionaria. La toma sonora, en surround auténtico, es soberbia por definición, relieve, gama dinámica y sentido espacial. (7)

 

 

23. Barenboim/Staatskapelle de Berlín (Blu-ray Accentus, 2010). Si sus anteriores registros de esta obra se caracterizaban por su carácter escarpado, incandescente y dramático, esta última lo hace por su naturalidad, lógica constructiva y sentido cantable. Y eso que los tempi no son precisamente ahora más lentos, sino todo lo contrario. Lo que ocurre es que Barenboim domina ahora mucho mejor la planificación de las tensiones y, además, se ha vuelto consciente de que la obra encierra otras facetas expresivas que antes quedaban arrinconadas por su ardor extremo. Podría dar la impresión de que se ha perdido intensidad, pero no es exactamente eso. En realidad, se ha limado la energía que sobraba y se ha planificado de manera más sutil el ascenso a los clímax de tensión. De este modo, y contando con la baza de una orquesta formidable tanto por su belleza sonora como por su adecuación al idioma del compositor –polifonía perfecta, con un idóneo equilibrio entre las familias–, amén de por la musicalidad de la que hace gala, Barenboim ofrece una interpretación perfecta en su concepto que sabe seguir ofreciendo ardor visionario en el clímax del primer movimiento, regusto amargo en el segundo, garra antes dramática que “de caza” en el tercero y grandeza sin retórica en el Finale, pero también una buena dosis de lirismo, sensualidad, elegancia y hasta ensoñación pastoril: escúchese el Trío del Scherzo. Excelente filmación a cargo de Andreas Morell. (10)

 

24. Haitink/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2014). Como era de esperar, el holandés ofrece una interpretación objetiva y poco personal, pero absolutamente portentosa por su arquitectura, de una claridad y una fuerza interna descomunales, al tiempo que atentísima al detalle –absoluto control de las dinámicas, perfecto equilibrio de planos- y de un idioma netamente bruckneriano. Eso sí, en lo expresivo va de menos a más, flojeando el primer movimiento por su relativa falta de vuelo poético. Tampoco el segundo es particularmente emotivo, si bien sus clímax están construidos de manera pasmosa y alcanzan una tensión imponente. Sobrio y viril el Scherzo, contrastando con un Trío sorprendentemente suave –que no blando- y ensoñado. Tremendo el Finale, construido con una grandeza ajena a la retórica y una fuerza controlada a la que resulta imposible resistirse. La enorme calidad de una orquesta adecuada a más no poder termina haciendo que, pese a las relativas desigualdades de la batuta, los resultados alcancen el sobresaliente. (9)

 

25. Janowski/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2017). No necesariamente tener a la orquesta más adecuada del mundo para esta música significa alcanzar grandes resultados. Janowski pincha en dos primeros movimientos gélidos: increíblemente bien planificados, tensos y claros en la polifonía, atentamente matizados en la dinámica, ajenos al preciosismo y al amaneramiento, pero sin alma. Ni vuelo lírico, ni poesía panteísta, ni delectación contemplativa, ni inquietud ante lo desconocido. Todo suena con una perfección aséptica, incapaz de conmover. Mucho mejor el Scherzo, no precisamente efusivo, pero sí vibrante y decidido. El Finale empieza nervioso y apresurado, pasando luego a secciones en las que el maestro hace gala de un fraseo "pastoril" a todas luces inapropiado. Poco a poco se va centrando y logra picos de tensión de admirable incandescencia, siempre beneficiados por el fulgor increíble de unos metales potentísimos y de una cuerda robusta a más no poder. Aun así, el movimiento no logra evitar serias irregularidades en su arquitectura; culmina sin grandeza ni fuerza visionaria. (6)


26. Harding/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2024). Difícil explicar por qué los tres primeros movimientos no acaban de convencer. El discurso es fluido, con nervio y sin nerviosismo, el equilibrio polifónico se encuentra cuidadísimo, el trazo de las tensiones en general resulta irreprochable –hay algún tirón innecesario en el Scherzo– y se ofrecen acentos valientes que generan adecuados claroscuros: Harding parece tener claro que esta música debe sonar dramática, no solamente bella o mística. El problema es la ausencia de sensualidad, de vuelo poético, de alma… ¿Y qué demonios es eso tan subjetivo? ¿Cómo se manifiesta de manera audible? No lo sé, no soy director de orquesta. Tiene que ver con el fraseo, desde luego, quizá también con la relativa moderación del vibrato, pero tendría que venir alguien a explicarlo con cuestiones técnicas que probablemente ni a usted ni a mí nos interesan. Solo sé que a mí me han dejado un tanto frío. Lo del Finale sí es más sencillo de explicar. En él la emoción está mucho más a flor de piel, la garra dramática se impone, hay momentos electrizantes, pero el británico falla en la construcción general: las transiciones suelen resultar más bruscas de la cuenta, resultando el edificio más una yuxtaposición de secciones contrastadas que un conjunto orgánico. La orquesta, imponente y muy bien captada por la toma Dolby Atmos. (7)

Celestial Bruckner de Blomstedt en Berlín... ¡a los noventa y ocho!

Acontecimiento el pasado sábado 2 de mayo en la Filarmónica de Berlín: con andador y llevando nada menos que noventa y ocho años a sus espaldas, Herbert Blomstedt se marcó una Séptima de Bruckner gloriosa. Largo silencio al terminar y prolongadísimos aplausos del respetable, que me parece que no eran solo por la interpretación, sino también como homenaje a la carrera del maestro noruego-estadounidense. Gran recreación, insisto, que ya mismo se pone entre las más grandes de las últimas décadas. Vamos a matizar, empezando por la orquesta.

Soy de los quienes piensan que la labor del director es la determinante, pero parece obvio que la Filarmónica de Berlín tuvo muchísimo que ver con la circunstancia de que Sergiu Celibidache y Daniel Barenboim lo hicieran particularmente bien allá por 1992 en sus referenciales recreaciones. Lo mismo puede decirse ahora, con el añadido de que esta nueva orquesta –de aquellos tiempos no debe de quedar casi nadie– es todavía mejor que la de entonces, aunque parezca imposible. Mejor en empaste, en solidez de ejecución (¡impresionantes metales!), en depuración sonora, en implicación expresiva de los primeros atriles (¡qué flauta la de Emmanuel Pahud!). También en maleabilidad, y justo aquí quería yo llegar: al señor Blomstedt la formación berlinesa no le ha sonado exactamente como suele, sino un tanto a orquesta sajona, más concretamente a la Gewandhaus de Leipzig de la que el maestro fue titular. Creo que es voluntario. Blomstedt quiere hacer un Bruckner sonado sin tanta densidad, más luminoso, más terso en la cuerda, sin tanto músculo, de metales especialmente empastados y gran tersura. Quiere hacerlo, sabe hacerlo y además convence a la orquesta para que lo haga.

Tales decisiones tienen que ver con la idea expresiva. ¿Bruckner otoñal? Si por ello entendemos lentísimo, desmaterializado, más pacífico que rebelde y un tanto resignado, pues no. Rotundamente no. Tempi normales, tensión dramática plena cuando es necesario –implacable, soberbio Scherzo– y ninguna resignación. Ahora bien, sí que es cierto que lo de Blomstedt se aparta de la línea digamos escarpada y combativa de un Furtwängler, un Walter, un Jochum o un Barenboim para acercarse a esa otra en la que podemos clasificar a Giulini, a Celibidache, a Ozawa y, curiosamente, a Sir Georg Solti, cuya grabación en audio de Chicago fue comentara en Ritmo con enorme lucidez por Luis Gago hace siglos: un Solti "disfrazado" que no parece él mismo.

¿Y qué línea es esa? Pues la de un Bruckner lírico, claro está. Ni lo épico ni lo trágico –esta obra tiene más de lo primero que de lo segundo– se ponen en primer plano. La música se ve desde cierta abstracción digamos que "clásica", relativamente apartada del gran pathos "romántico", pero las tensiones están ahí. Y también el amargor: impresionante arranque del Adagio, que si no es la mejor música de la historia, como decía Böhm, bastante se le acerca. Lo importante es que, aun moviéndose en terrenos parecidos, Blomstedt no cae en el error de Andris Nelsons, precisamente en su registro con la Gewandhaus: confundir lo lírico con lo pacífico, con la ausencia de claroscuros y con lo en exceso meditativo.

El secreto del "archiveterano" maestro se encuentra en el estudio de las tensiones. Lo que decía Barenboim acerca de concebir el discurso como una única transición, lo consigue Blomstedt con una aparente facilidad que asombra. No hay ni rastro de ese nerviosismo que afecta a tantísimos maestros en este repertorio, el de Buenos Aires incluido. Tampoco caídas en el discurso ni puntos muertos, el otro gran peligro. Todos los ascensos a los picos de tensión suenan con la mayor naturalidad, como si se llegara a ellos sin esfuerzo. Nada de forzar a los metales ni de recurrir al decibelio y la opulencia sonora. ¡Qué distinto suena este Finale de los tan imponentes como artificiales que ofrecía Karajan!

Total, una versión increíblemente bien tocada y de enorme altura expresiva que sigue los pasos de una que hasta ahora no he citado, la de Haitink con la misma orquesta de 2019, pero que alcanza un grado de inspiración –por su cercanía y humanismo– aún mayor que aquella. Suena y se ve de maravilla. No se la pierdan.

domingo, 3 de mayo de 2026

Triunfo absoluto de Mirga Gražinytė-Tyla con Prokofiev en Berlín

Ha pedido disculpas la Filarmónica de Berlín por el corte en la trasmisión del concierto de Mirga Gražinytė-Tyla del sábado 18 de abril, cuya primera parte comenté por aquí, y nos ha enviado un pase gratuito de siete días que a los abonados a la Digital Concert Hall nos sirve de poco. Se agradece, pero en cualquier caso lo importante es que ya se encuentra disponible el concierto completo en la plataforma. Confirmo lo que se intuía antes de que se interrumpiera por completo la emisión: la selección de Romeo y Julieta de Prokofiev, que se terminó extendiendo hasta los cuarenta y cinco minutos es una interpretación sensacional. De hecho, creo que es la mejor que he escuchado junto a las de Riccardo Muti en Philadelphia y Chicago. 


A nivel técnico, diría todavía más: nunca se había tocado esta partitura tan increíblemente bien como lo hicieron el otro día las personas que integraban la formación berlinesa. Nunca. Mérito de todas ellas en primerísimo lugar, pero también de una directora que supo tratar a la orquesta con enorme finura de trazo –compatible con las asperezas que exige este compositor– y con un idioma por completo apropiado. A nivel puramente interpretativo el nivel me ha parecido altísimo, con alguna ligera irregularidad y siempre teniendo presente que aquí y allá se pueden encontrar recreaciones fenomenales de este o aquel número.

Tras una introducción no del todo lograda, la directora lituana se marca una interpretación imponente de Montescos y Capuletos en la que se atreve, como Celibidache, a ralentizar muchísimo el interludio lírico. En La pequeña Julieta asombra la enorme agilidad y limpieza del tratamiento orquestal, consiguiendo incluso que se repare en líneas que suelen pasar desapercibidas. La ironía de Máscaras se encuentra muy bien captada, sobresaliendo la sonoridad muy a Prokofiev de la formación berlinesa. En la Escena del balcón Gražinytė-Tyla alcanza un perfecto equilibrio entre control y pasión gracias a un fenomenal dominio de la agógica. La muerte de Teobaldo se beneficia de una cuerda rugiente y unos metales para caerse de espaldas, claro está; interesante apuesta de la directora espaciando progresivamente los célebres golpes de timbal. 

Tras un Fray Lorenzo de apreciable sensualidad viene una Danza de las parejas en la que la directora consigue ligereza y picardía bien entendidas para ventilar un poco el enrarecido ambiente. Acierto pleno en la Danza de las muchachas con lirios: se evitan las prisas en la que incurren otras batutas y se crea un ambiente a medio camino entre lo sensual y lo inquietante, aportándose además magistrales detalles agógicos y un primer violín de ensueño. Notabilísimo el Funeral de Julieta, que se cierra con unas maderas graves que no sé si he escuchado nunca tan lóbregas. Hermosa y apasionada, con su toque de inocencia perdida, la Muerte de Julieta, si bien aquí me resulta imposible quitarme de la cabeza lo que hico en este número concreto Seiji Ozawa en su registro del ballet completo. Da igual: el nivel de esta recreación berlinesa es tan alto que, desde ya mismo, se convierte en una referencia para la partitura.

viernes, 1 de mayo de 2026

Kirill Petrenko en Esterházy

Intento devolverle el pulso a este blog con un breve comentario del tradicional concierto europeo de la Filarmónica de Berlín del 1 de mayo, que acaba de retrasmitirse por la Digital Concert Hall y Medici TV. Ha tenido lugar en el mismísimo Palacio de Esterházy, encargándose de empuñar la batuta el actual titular de la formación alemana.

Me ha gustado muchísimo la Obertura en Re mayor, Hob. Ia:7 de Franz Joseph Haydn, vibrante y perfecta en un estilo tan alejado de las pesadeces de antaño como del exceso de ligerezas y de la falta de equilibrio clásico con que nos castiga parte de movimiento historicista.

La suite de Pulcinella de Igor Stravinsky nos ha obligado a caer de rodillas, por enésima vez, ante la increíble musicalidad de los solistas berlineses y la formidable técnica de Kirill Petrenko, pero aquí el ruso, que como ustedes saben no es santo de mi devoción, me ha gustado menos. En la parte positiva, una dosis muy especial de incisividad, de sentido de los contrastes y hasta de humor gamberro que le sienta estupendamente a la partitura. En la negativa, un exceso de efervescencia y carácter saltarín que por momentos ha llegado a irritar y que, sobre todo, ha impedido que la música desplegue la sensualidad y la poesía que alberga en su interior.

Sin reparo alguno para la dirección de las Variaciones rococó de Tchaikovsky: ahí sí que las melodías han volado como es debido, haciéndolo sin blanduras y sin confundir lo rococó con trivialidad. Soberanamente respaldado por una cuerda suntuosa y unas maderas replicando con sensibilidad infinita, Gautier Capuçon ha sido un solista de lujo. Belleza sonora, melancolía agridulce puramente tchaikovskiana, chispa y desparpajo cuando corresponde... Una maravilla. De propina, "por la paz en el mundo, como hacía Pau Casals", una muy dulce y sentida recreación del Cant del Ocells.

En la otra mitad del programa, Segunda sinfonía de Beethoven. Aquí Petrenko ha hecho lo esperable, una mezcla entre Toscanini, Leibowitz y Norrington de la que sale una interpretación rápida, agilísima, cargada de electricidad, pero sin espacio para que la música respire, más suave de la cuenta y con una considerable tendencia a lo pimpante. A muchos les habrá encantado. A mí el movimiento inicial me ha disgustado –Beethoven "a lo Pixie y Dixie", como dice un amigo mío–, el segundo me ha aburrido y los dos últimos me han dado la sensación de que estaban bien, pero tampoco sabría decirles. Lo confieso: mi mente desconectó, porque ya ando harto de estas cosas. 

miércoles, 29 de abril de 2026

Pidiendo disculpas

Simplemente, pedir disculpas a los seguidores de este blog por las escasas actualizaciones recientes. Se han encadenado tres problemas familiares de diferente índole y, justo después, me ha venido un problema gastrointestinal que me ha dejado completamente fuera de juego. Lo siento mucho. Intentaré volver lo antes posible, aunque sea poco a poco.

Sensacional debut discográfico de Lahav Shani y Múnich

En 2019 quedé hondamente impresionado por el Pelleas und Melisande de Schönberg que vi en un video, actualmente no disponible, en el que en...