A nivel técnico, diría todavía más: nunca se había tocado esta partitura tan increíblemente bien como lo hicieron el otro día las personas que integraban la formación berlinesa. Nunca. Mérito de todas ellas en primerísimo lugar, pero también de una directora que supo tratar a la orquesta con enorme finura de trazo –compatible con las asperezas que exige este compositor– y con un idioma por completo apropiado. A nivel puramente interpretativo el nivel me ha parecido altísimo, con alguna ligera irregularidad y siempre teniendo presente que aquí y allá se pueden encontrar recreaciones fenomenales de este o aquel número.
Tras una introducción no del todo lograda, la directora lituana se marca una interpretación imponente de Montescos y Capuletos en la que se atreve, como Celibidache, a ralentizar muchísimo el interludio lírico. En La pequeña Julieta asombra la enorme agilidad y limpieza del tratamiento orquestal, consiguiendo incluso que se repare en líneas que suelen pasar desapercibidas. La ironía de Máscaras se encuentra muy bien captada, sobresaliendo la sonoridad muy a Prokofiev de la formación berlinesa. En la Escena del balcón Gražinytė-Tyla alcanza un perfecto equilibrio entre control y pasión gracias a un fenomenal dominio de la agógica. La muerte de Teobaldo se beneficia de una cuerda rugiente y unos metales para caerse de espaldas, claro está; interesante apuesta de la directora espaciando progresivamente los célebres golpes de timbal.
Tras un Fray Lorenzo de apreciable sensualidad viene una Danza de las parejas en la que la directora consigue ligereza y picardía bien entendidas para ventilar un poco el enrarecido ambiente. Acierto pleno en la Danza de las muchachas con lirios: se evitan las prisas en la que incurren otras batutas y se crea un ambiente a medio camino entre lo sensual y lo inquietante, aportándose además magistrales detalles agógicos y un primer violín de ensueño. Notabilísimo el Funeral de Julieta, que se cierra con unas maderas graves que no sé si he escuchado nunca tan lóbregas. Hermosa y apasionada, con su toque de inocencia perdida, la Muerte de Julieta, si bien aquí me resulta imposible quitarme de la cabeza lo que hico en este número concreto Seiji Ozawa en su registro del ballet completo. Da igual: el nivel de esta recreación berlinesa es tan alto que, desde ya mismo, se convierte en una referencia para la partitura.

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