sábado, 9 de noviembre de 2024

Ardiente Kirill Petrenko en Rachmaninov, Korngold y Dvorák

El concierto del viernes 9 de noviembre de Kirill Petrenko y la Filarmónica de Berlín, con Vilde Frang como solista invitada, presentaba una curiosa coincidencia con el programa de la gira de la Filarmónica de Viena bajo la dirección de Lorenzo Viotti que yo pude pillar hace unos meses en Sevilla: La isla de los muertos de Rachmaninov y Séptima sinfonía de Dvorák. La diferencia es que el maestro suizo se decantó por Capricho español para completar la duración del programa, mientras que los berlineses han ofrecido el cada día más justamente reconocido Concierto para violín de Korngold.

Si del poema sinfónico del ruso Viotti ofreció una lectura lenta, atmosférica y un tanto tristona, algo escasa de fuelle pero dotada de un amplio aliento lírico y una suntuosidad apabullante, Petrenko se ha ido al extremo opuesto: tempo rápido, sonoridad bronca, pulso muy firme y enfoque dramático, alcanzando clímax particularmente escarpados. En contrapartida, escasa delectación melódica y pobre sentido de la atmósfera. Faltaba incluso ese “balanceo de la barca” (el que otorga el compás 5/8) que hace tan subyugante esta página. Me ha interesado, pero no sé si me ha gustado la propuesta: tendré que escucharla otra vez.

El voluntario alejamiento del decadentismo que mantuvo Petrenko en Rachmaninov se prolongó en Korngold, yo diría que para bien: esta música necesita ese punto de fascinación sonora que es también propio del universo de Richard Strauss y que tan maravillosamente se le da a Petrenko – fabuloso recreador del Rosenkavalier–, pero corre el peligro de que la batuta se deje llevar por divagaciones y no se centre en la intensidad de la música. Y si importante fue el acierto de la batuta, más lejos aún llegó la violinista noruega, a la que podemos considerar una de las más grandes recreadores de esta música. Shaham le hace un poco de sombra en lo que a mezcla de cantabilidad y emoción se refiere (ver discografía comparada), pero la señora Frang hace gala de un sonido de enorme belleza, un dominio increíble de la técnica y una musicalidad de primerísimo orden: desgarro dramático, sensualidad, elegancia, nostalgia, picardía… Lo tuvo todo, y además supo no caer en ninguna de las trampas. Quien haya escuchado a la grandísima Mutter hacer horrores en esta misma obra verá con claridad lo que quiero decir. De propina, una chacona de Antonio Maria Montanari (1776-1737) con la que Vilde Frang demostró no solo un sensacional sentido del ritmo, sino también una plena comprensión del espíritu barroco.

Sorpresa en la segunda parte. Acostumbrados a escucharle a Petrenko malas interpretaciones del repertorio decimonónico, generalmente por su tendencia a las sonoridades ingrávidas y a la expresividad trivial –cuando no amanerada–, ofreció una Séptima de Dvorák que en la que hizo exactamente todo lo contrario: dejarse de pamplinas, hacer sonar a la orquesta con una mezcla de densidad rusticidad muy apropiada e ir al grano. Es la sinfonía más dramática del autor y él, justo como hizo Viotti con la Filarmónica de Viena, lo dejó bien claro. Vale, se puede echar de menos ese lirismo efusivo de la todavía inalcanzada grabación de Giulini con la Filarmónica de Londres (aquí la discografía comparada), y también es verdad que un poquito más de flexibilidad no le hubiera venido mal, pero sonada con semejante fuego controlado, con tanta veracidad y tan intensa comunicatividad convence muchísimo. Si a eso añadimos un sensacional trabajo con planos sonoros, dinámicas y tensiones, solo podemos concluir que se trata de una de las cosas más interesantes que este sobrevaloradísimo maestro ha ofrecido al frente de la orquesta de la que es titular.

viernes, 8 de noviembre de 2024

Shostakovich, mentiroso por necesidad: una reflexión en torno a su Sinfonía nº 14

El bueno de Dimitri Shostakovich tuvo dos maneras de sortear las presiones estéticas del régimen soviético. Una, escribirle bodrios musicales satisfacer sus demandas. ¡Vaya si lo hizo! La otra, engañarle. Y eso también lo hizo muy bien. Tanto fue así que no solo picaron el anzuelo los vigilantes del llamado “realismo socialista”, sino también presuntos especialistas y hasta grandes intérpretes musicales. Uno de estos últimos, ya lo saben ustedes, fue Yevgueni Mravinsky, pero luego la lista continúa hasta Sir Georg Solti como mínimo, pasando (¡ay!) por el mismísimo Leonard Bernstein, que se creyó el que Finale de la Quinta sinfonía iba en serio. El libro Testimonio ha contribuido no poco a la mistificación. Hoy los investigadores han demostrado que, como presuntas memorias del compositor, el texto no es otra cosa que una falsificación realizada por Solomon Volkov, pero no es menos cierto –escúchese lo que dijeron gente como Rostropovich o Sanderling, que conocieron bien al artista– que la idea que en ese libro se ofrece sobre el contenido expresivo de su música se acerca a la realidad. ¿Compositor antisoviético? No, tampoco es eso. No creo que haya que escuchar el acercamiento de la amenaza estalinista en la marcha de la Leningrado –innecesario buscarle tres pies al gato: esa sinfonía habla de la guerra–, ni menos aún vislumbrar un retrato del dictador en el segundo movimiento de la Décima.

Lo que sí hay que hacer es restar “carácter oficial” a aquello que de manera obvia ofrece una visión altamente pesimista del ser humano y de la sociedad bajo un envoltorio pensado para el despiste. Y para eso, claro, hay que ir más allá de las notas. Ver “música pura” en Shostakovich puede ser aceptable en obras como la Décima sinfonía o buena parte de sus cuartetos, pero eso no es posible hacerlo en la Octava o la Novena. Por ello estoy en profundo desacuerdo con las notas al programa que José Luis García del Busto ha escrito (leer aquí) para una reciente interpretación a cargo de la OFGC de la Sinfonía nº 9 de Dimitri Dmítrievich. De ella dice lo siguiente:

“Escribí más arriba “pura música”, y así estimo que conviene enfocar la escucha de la Novena de Shostakovich; sin embargo, no faltan quienes ven en la obra cierto carácter teatral, como si se tratara de una mini-comedia en cinco actos, incluso con sus actores destacados (léase solos instrumentales). Sinceramente, me parece excesivo.”

En su derecho está en expresar su opinión, como yo lo estoy en decir que ver aquí “música pura” me parece no enterarse de lo que ahí está pasando. No hace falta ser un lince para darse cuenta de que los movimientos extremos son dos parodias muy grotescas de marchas militares, y que la música se escribió en un contexto, el del fin de la Segunda Guerra Mundial, no poco significativo. Súmenle ustedes lo que nos dice la sinfonía inmediatamente anterior –auténticos “desastres de la guerra”– y lo que sabemos del pensamiento político de Shostakovich, expresado –enseguida vuelvo sobre ello– en los textos cantados que fue utilizando al final de su vida. ¿Que podemos interpretar esa Op. 70 como una página distendida, de humor suave, en la que el cuarto movimiento no es más que un momento de tinieblas que precede a la salida de la luz, al desenfado y al carácter festivo del Finale? Hombre, se puede hacer así. Solti lo hizo, y con un talento tan descomunal que casi nos convence, pero lo cierto es que ante un oyente más o menos inquieto la música no termina de funcionar: le parecerá insulsa y trivial, cuando no insincera. Ahora bien, Herr Otto Klemperer (leer discografía comparada) supo hacernos ver que detrás de las notas había otro asunto muy distinto y, aun teniendo que apechugar con una orquesta horrorosa, hizo una versión de plena coherencia y convicción expresivas: aquí lo que hay es una burla a Stalin, al militarismo y a las exaltaciones patrias en toda su cara. ¿Acaso hay que extrañarse de que al compositor volvieran a relegarle después de estrenar semejante bomba?

Confieso que Shostakovich también me ha engañado a mí, concretamente en el caso de la obra que espero escuchar mañana en directo en el Teatro Villamarta: la Sinfonía nº 14. Decía él allá por el estreno en 1969 que iba sobre la muerte. ¡Y yo me lo creí! Sí, nuestro artista también mentía de palabra. ¿Recuerdan la barbaridad esa de que el primer movimiento de la Decimoquinta transcurre en una juguetería? No había por donde cogerlo, claro, pero el pobre quiso evitar represalias y dejar que el tiempo se encargarse de poner la música en su sitio.

Sí, la Decimocuarta habla de la muerte… pero no es una sinfonía sobre ella. Su carácter es abiertamente político. Yo lo he ido viendo cada vez más claro a medida que, a lo largo de los últimos diez días, he ido escuchando una grabación tras otra de la obra. Lean los textos. Lean también los de Yevstushenko utilizados en la sinfonía inmediatamente anterior, la Babi Yar. Ahí no vale que cada uno interprete lo que quiera: Shostakovich habla no solo con las notas, sino también con unas palabras muy concretas. Y los textos de Apollinaire, Rilke y Küchelbecker apuntan en la misma dirección: la guerra como farsa, la lucha contra la tiranía, el desprecio a los opresores, el arte como única manera de seguir resistiendo, el artista prisionero o muerto. De ahí la presencia de Lorca: con tantísimos poetas que han escrito sobre la muerte, ¿creen ustedes que es casualidad que Shostakovich escogiera precisamente al granadino?

Hay una intensa negrura en esta obra, pero a pesar de todo el compositor deja abierto un espacio para la dignidad: la del artista que hizo lo que pudo para luchar contra el tirano, la del que supo resistir en un contexto hostil. Es por eso por lo que en estos tiempos nuevos en los que estamos entrando, los tiempos en los que millones de personas en el mundo votan libremente a favor de regímenes dictatoriales, xenófobos y basados en el más absoluto egoísmo, esta sinfonía sigue siendo más necesaria que nunca. Porque nos mueve a aceptar el destino manteniendo la dignidad.

Ah, la discografía comparada la presentaré pronto, pero no hay cambios con respecto a lo que ya todos sabemos: Rostropovich sigue siendo la referencia absoluta.

miércoles, 6 de noviembre de 2024

Dedicado a Donald Trump

Por cierto, muy pronto presentaré aquí una discografía comparada de esta obra: la Sinfonía nº 14 de Dimitri Shostakovich.

domingo, 3 de noviembre de 2024

La nueva Cuarta de Brahms por Barenboim en Berlín, según Pedro González Mira

Me envía Pedro González Mira las siguientes líneas a propósito del concierto de Barenboim y la Filarmónica de Berlín que intenté comentar en la entrada anterior. Me ha permitido que las publique, con la condición de que lo haga tal cual, íntegramente, porque "no quiero que parezca lo que no es, una crítica, pues es solo una impresión dicha a un amigo de gustos comunes". Pues vale, pero a mí me parece que no solo es una crítica musical, sino que es un modelo de esa crítica que se está perdiendo a pasos agigantados: la que sale de quien, con mucha experiencia de por medio, sabe ir más allá de las notas, es decir, de cómo están puestas esas notas. Somos muchos, demasiados, los que nos quedamos en aquello de la duración, del número de instrumentos utilizados, de la articulación y la ornamentación, de la mayor o menor ortodoxia o heterodoxia con respecto a la tradición o a lo "históricamente informado" o, peor aún, de qué bien se escucha este detalle o aquel otro si la música se hace de esta manera. 

Por eso mismo no quiero que ustedes se confundan e interpreten que publico estas líneas por aquello de "miren ustedes qué listo fui yo cuando dije lo genial que era esta Cuarta de Brahms, si hasta Pedro González Mira lo reconoce". Para nada. Las publico porque él sí se ha enterado de lo que otros no logramos enterarnos, y además ha sabido escribirlo divinamente y con emoción. Muchísimas gracias, Pedro.

Ah, una petición a los lectores: ¿alguien sabe si circula por ahí alguna grabación de la gira que actualmente está haciendo Barenboim y la WEDO, Cuarta de Mendelssohn y Cuarta de Brahms en los atriles? Gracias de antemano.

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Querido Fernando:

Sabía que me ibas a pedir que viera este concierto, cómo no. Te lo agradezco de corazón; alegrías como esta me reconfortan. Entre mi enfermedad y lo que veo por televisión sobre el desastre valenciano, mi estado de ánimo está por los suelos. Lo escuché enseguida, por supuesto, y desde luego no me extrañó nada el resultado del concierto: un auténtico tsunami musical. Pero antes de contestarte dándote mi parecer he preferido volver a escucharlo, porque me apetece precisar algunas cosas.

            Como ya te he dicho alguna vez, cada vez soy más reacio a calificar como “la mejor versión de” a la última de turno. Aplicándome a ello te diré que la versión del Concierto me ha encantado, pero no me ha tentado a romper la regla. Me ha parecido el resultado de, sencillamente, juntar a una pianista muy inspirada y un director que en esta ocasión ha optado por una interpretación cuyo fundamento (un maravilloso sentido del último clasicismo en Beethoven) él mismo ya había desgranado en ocasiones anteriores, desde el podio y el mismo piano. Una –otra– pequeña maravilla, pero no una maravilla nueva.

         Para, sin embargo, acercarme mejor a esta Cuarta de Brahms, he necesitado volver a ella, para, a pesar de todo, desdiciéndome, comprobar si podía encontrar otra manera de valorarla que no supusiera recuperar la afirmación “mejor versión nunca escuchada”, que es la expresión que el cuerpo me había pedido utilizar para de alguna manera calificarla al escucharla por primera vez.  Ahora, tras la segunda escucha, quiero añadir algo más a esa primera impresión. He tratado de vencerla, en todo caso, poniendo en primer plano otra idea: creo que es una versión absoluta y radicalmente sorprendente. Y probablemente única.  

            Para ello ha sido muy determinante el haber podido “verla”, además de escucharla. Creo guardar algunos recuerdos parecidos a determinadas impresiones recibidas ahora: Klemperer dirigiendo por última vez las sinfonías de Beethoven; Celibidache ante la Séptima de Bruckner en su reencuentro con la OFB; Karl Böhm dirigiendo la versión musical de la película con el montaje de Jean Pierre Ponnelle para Las bodas de Fígaro… En todos los casos directores muy mayores pero con las suficientes fuerzas físicas para comunicarse con sus músicos a través del gesto. Ver ahora a Barenboim, sentado y sin apenas poder gesticular, enormemente mermado, extraordinariamente vulnerable, haciendo esfuerzos hasta para poder dirigir una mirada o levantar un brazo, me ha impresionado mucho. Pero fuera de determinadas emociones, me ha invitado a reflexionar sobre un asunto que, muy equivocadamente, he manejado como crítico durante bastantes años: la relación entre el gesto del director y los resultados expresivos de su interpretación. Muchos críticos españoles a los que considero mis maestros han llenado mucho papel refiriéndose a esto. Pues bien, tras contemplar esta Cuarta de Brahms se me ha hecho añicos cualquier teoría relacionada con el asunto. He visto a un director inmóvil lanzando llamaradas de fuerza expresiva sobre una orquesta que recibía sin pestañear todos esos estímulos, imperceptibles  porque no había ningún mensaje físico directo hacia los músicos, pero que, sin embargo, conseguían que el conjunto de ellos emitiera un mensaje emocional increíblemente poderoso.

        Por todo ello creo que esta versión tendría que ser valorada de otra manera a la habitual. Diré, de entrada, dos cosas. La primera que, como Barenboim dirige apenas ahora, parece que se ha dedicado a un reestudio exhaustivo de sus músicas de cabecera para transformarlas de arriba abajo en lo que se refiere a su andamiaje expresivo. Y la segunda que sí, se sienta en el podio, pero el trabajo con sus músicos está hecho muy de antemano. Es como si estos hubieran recibido antes una formidable clase magistral acerca de lo que han de hacer, para, después, en el concierto, simplemente hacerlo. Bajo la presencia moral, claro, del hacedor de toda la idea. Habría que añadir, por supuesto, que tal posibilidad sería irrealizable de no contar con una máquina de hacer música con solo el estímulo de la presencia del director. Ver hacerlo a la Filarmónica de Berlín me ha impresionado profundamente. Lo conseguido me ha dejado anonadado.

         En cualquier caso, y bajando a la propia arena de la interpretación, te podría añadir alguna cosa más. Hay tres que me han llamado mucho la atención. La primera, su aproximación técnica, algo que tiene que ver directamente con las capacidades de la gran Filarmónica de Berlín. Pero también con las exigencias del director: los famosos arranques desde el silencio en el primer movimiento que tanto nos fascinaron en su momento en las versiones de Furtwängler alcanzan aquí un grado de perfección técnica y expresiva inauditos. La segunda es el regalo que Barenboim parece querer hacer a sus músicos al invitarle a todos ellos y sin excepción a una auténtica fiesta de la participación. El resultado es como una especie de sinfonía para solistas, lo que a su vez implica un grado de generosidad sin límites al verdadero protagonista de todo, que es el propio sonido.

        En este sentido, sí tengo pocas dudas acerca del enorme paso adelante que se percibe en el último Barenboim, al encuentro del sonido como responsable último en la búsqueda de la excelencia musical. Nos podemos empeñar lo que queramos en que sonido y emoción pueden solaparse en una misma percepción, pero a mí personalmente esto me parece menos interesante, porque descarga demasiada responsabilidad sobre la emoción, que al fin y al cabo es la que sentimos nosotros al escuchar, sin que necesariamente sea la misma que la sentida por el que la emite. En otras palabras, y en un rizar el rizo último, esta búsqueda del sonido emocional puro no estaría tan lejos de las concepciones sonoras del último Klemperer, que también defiende el sonido como fin último por más que desde y por un camino opuesto en el sentido pero paralelo en la dirección. Y una tercera y última cosa (aunque habrían unas cuantas más, pero no quiero aburrirte): la Passacaglia me ha parecido, al fin, no una apología de lo romántico sino una puesta al día del espíritu de la Chacona bachiana de la que procede. O mejor dicho, una metamorfosis entre la solemnidad de un acto de gracias y un grito a la vida, que huye como de la peste de todo tipo de celebración o triunfo.    

         Total. Música, música y más música, que a buen seguro a más de uno gustará poco por pensar que se aparta de los cánones clásicos, cuando la realidad es que se trata de un soberbio homenaje a sus mejores valores. Un auténtico canto a lo clásico como valor permanente, estructurado desde el amor y el respeto a la creación del pasado más inmediato.

P.

viernes, 1 de noviembre de 2024

Barenboim y Argerich, en el mejor momento de su carrera: concierto en Berlín con Beethoven y Brahms

Escuché el concierto de Daniel Barenboim, Martha Argerich y la Filarmónica de Berlín del pasado sábado 26 de octubre, retransmitido en directo por la Digital Concert Hall, haciendo uso del móvil y los auriculares mientras caminaba por las calles de Parma. Ahora lo he visto en casa disfrutando de soberbia imagen 4K y una excelente calidad de sonido (aquí puede comprar su ticket). Vamos a por ello.

El Concierto para piano nº 1 de Beethoven es una versión corregida y aumentada del que hicieron los dos artistas en 2014 junto a la WEDO, publicado en DVD por Euroarts. Es decir, un perfecto ejemplo de fusión de dos maneras de hacer distintas, como si batuta y piano renunciaran a parte de su personalidad característica para lograr una interpretación tan perfcta como indiscutible. Lo lograron, pero ahora van todavía a más. ¿A más en qué? Pues en eso tan resbaladizo que se llama inspiración.

De hecho, esta es la que más me gusta de las no sé ya cuántas que le he escuchado al señor Barenboim, incluyendo una en directo en el Teatro de la Maestranza en 1992 con la misma orquesta. Las cosas ahora han cambiado, hasta el punto de que ni el más radical detractor de la “vieja tradición centroeuropea” podrá realizar reproche alguno. Y no porque el maestro opte por baquetas duras en los timbales –ya lo había hecho, muy sensatamente, con su Staatskapelle–, sino porque no hay rastro aquí de “densidades germánicas”, visiones otoñales ni nada parecido. Su interpretación es un prodigio de clasicismo, dejando bien claro hasta qué punto en los últimos años de su carrera ha logrado un incomparable entendimiento del estilo: hay aquí mucho de elegancia, de frescura, de agilidad, de ligereza incluso, también de chispa y desparpajo, coquetería y hasta de sana frivolidad, por no hablar de una altísima dosis de belleza sonora, pero sin por ello renunciar a lo que la música pide de tensiones internas, de contrastes, de efusividad poética y de hondura humanística. Todo ello, galvanizado por eso que es precisamente la esencia del clasicismo: el más absoluto equilibrio. ¿Que pueden preferirse visiones más ásperas, tensas y dramáticas, bien sea desde la óptica “contaminada por Wagner” o desde el historicismo combativo? Cierto es, pero yo creo que con esta felicísima síntesis la música muestra mejor todas sus facetas expresivas. Ni que decir tiene que buena parte del éxito corresponde a los primeros atriles de una orquesta en estado de gracia: luego volveré sobre ello.

De Argerich puedo decir exactamente lo mismo. Si en 2014 ya controlaba su tendencia al nerviosismo y a soltar alguna que otra frase mecánica, ahora se muestra todavía más inspirada, al tiempo que consigue sintetizar todas experiencias desde aquellos tiempos en los que era auténtica tigresa hasta el momento en que grabó esta misma partitura con un Érard de 1849 bajo la vigilancia de Frans Brüggen. Lo que aquí ofrece es realmente un “todo Beethoven”, con sus claroscuros y sus tensiones, con la sublime poesía de un Largo en el que sus dedos matizan con verdadera exquisitez, y también con una buena dosis de cachondeo. La anécdota: en el último movimiento la de Buenos Aires metió la pata de manera escandalosa en el acorde conclusivo de una de las frases del tercer movimiento. Recuerdo mi estupor allí en Parma. Luego las redes comentaron que iban a editar el gambazo, y efectivamente así ha sido: la versión colgada en la plataforma corrige el error. Me da un poco de pena, porque se pierde la espontaneidad del asunto, pero por otro lado ahora sí se puede decir aquello de “escuchen ustedes esta versión, porque estamos ante una referencia absoluta”. La propina es la de siempre, “Traumes-Wirren” de las Fantasiestücke op. 12 de Schumann. O sea, Argerich al cubo.

Sinfonía nº 4 de Johannes Brahms en la segunda parte. El maestro la había grabado en los noventa con la Sinfónica de Chicago: interesantísima versión por su intento de conjugar lo otoñal con la gravedad dramática, pero todavía por madurar. Qué quieren que les diga, el primer movimiento no resultaba inspirado, mientras que al Finale le faltaba unidad. Muchos años más tarde se la escuché en Huelva al frente de la WEDO: alto nivel sin nada que destacar. En 2017 llegó su registro con la Staatskapelle de Berlín: ahí sí, la genial Passacaglia conclusiva ya alcanzaba la estratosfera, pero todavía ese primer movimiento se le escapaba al maestro, justo como ocurrió poco después en su filmación en Buenos Aires. ¿Y ahora? Pues no solo le sale una interpretación completamente redonda, sino que se eleva hasta lo más alto de la discografía.

Claro, desde 2017 hasta 2024 nuestro artista ha sufrido una transformación. Lo dije en su momento, y lo sigo diciendo: a partir de su enfermedad Barenboim, que dirige con gesto mínimo y absoluta complicidad con unos músicos que saben exactamente lo que él quiere, es otro Barenboim. Más lento, más transfigurado y más genial. Una de las tres cimas absolutas de la dirección de orquesta, junto con el Furtwängler tardío y el Klemperer de sus últimos quince años.

Tampoco hace falta ser muy listo para darse cuenta de la considerable diferencia ente esta nueva recreación y las que hizo con la Staatskapelle de Berlín. No solo es cuestión de tempi. Hay algo más: mayor naturalidad en el trazo global –ahora más lógico–, sensualidad más desarrollada, dosis más importante de elevación poética… Y sí, caigamos en el tópico: un enfoque menos escarpado y más espiritual, sin que ello signifique la renuncia al músculo sonoro, a la densidad armónica ni al sentido trágico. El discófilo me entenderá enseguida si le digo que a la grabación que más me recuerda es a la de Giulini con la Filarmónica de Viena, una de mis preferidas junto a la del italiano en Chicago, a la de Carlos Kleiber y a la piratada que por ahí circula con Bernstein y los Wiener. Esta de Berlín la pongo ahora junto a ellas.

Lo de la orquesta es increíble. Karajan, que la hizo sonar maravillosamente brahmsiana en sus grabaciones –no muy inspiradas–, se caería de espaldas si escuchara lo que ahora estas personas son capaces de hacer. No por Barenboim, ojo, sino por la manera en la que ha ido subiendo el nivel, aunque tampoco está de más comparar con la horrible Cuarta (aquí comentada) que en 2024 hicieron con su titular Petrenko: con el de Buenos Aires la Berliner Philharmoniker suena mucho más a lo que es ella realmente, a esa gloriosa tradición centroeuropea que aún no se halla completamente perdida. Por cierto, ¡menudo flautista Sébastian Jacot!

jueves, 31 de octubre de 2024

Sin palabras

Perdonarán ustedes que continúa sin escribir nada por aquí. Esta vez no es por falta de tiempo, sino por algo mucho más serio: no me siento con fuerzas de hablar de música con la catástrofe natural que muchos han sufrido aquí en España. No encuentro palabra alguna de solidaridad, ni de consuelo, ni nada que se le parezca. Solo queda el horror, mudo. Descansen en paz los fallecidos.

lunes, 28 de octubre de 2024

En stand by

Estimados lectores, he estado este fin de semana en Módena, Mantua y Parma, así que tengo bastante trabajo acumulado y ahora mismo no puedo dedicarle tiempo al blog. Lo siento mucho. Por cierto, escuché el concierto de la Filarmónica de Berlín del sábado a través de los auriculares: confirmación de que tanto Daniel Barenboim como Martha Argerich se encuentran en el momento más inspirado de su carrera. 



Sensacional debut discográfico de Lahav Shani y Múnich

En 2019 quedé hondamente impresionado por el Pelleas und Melisande de Schönberg que vi en un video, actualmente no disponible, en el que en...