Tengo 52 años. Siempre he sido de izquierdas. No lo he ocultado. Pero nunca había detectado a mi alrededor, y no hablo ya de redes sociales sino de personas de mi entorno, un grado tal de agresividad hacia mi persona por cuestiones ideológicas. Unos se muerden la lengua y me dicen que no quieren hablar de política conmigo. Otros me provocan con lo del intento de asesinato del líder ultraderechista Alejo Vidal-Quadras –al final resulta que fueron los iraníes, pero ellos ya tenían claro que eran "los rojos"–. Otros me dicen que Pedro Sánchez es un "dictador" y un "psicópata". Y luego están los que me llaman aborregado y no sé qué cosas más.
Si esto está pasando es porque se ha llegado en España a un grado de crispación que no se había conocido en toda la democracia, y que ayer llegó a un punto de no retorno con las manifestaciones multitudinarias organizadas presuntamente para protestar por la amnistía para los independentistas catalanes que se prepara de cara a la formación de gobierno, pero que en realidad eran en contra la continuación de un gobierno de izquierdas. Y eso último es justo lo que han votado las urnas, toda vez que el bloque de PP y VOX, derecha y ultraderecha respectivamente, en modo alguno sumaba.
En su derecho están de manifestarse. Lo que no tienen es derecho a insultarme. Y no me parece razonable contribuir a la crispación diciendo este gobierno es golpista, que estamos en una dictadura o que esto no es lo que querían las urnas. Porque no se puede mentir con el mayor descaro del mundo, por mucho que lo hiciera Donald Trump cuando aquello de "si no gano yo, es que ha habido fraude electoral", y que hoy la ultraderecha haya enarbolado a nivel mundial las consignas de Paz y Libertad.
Golpe de estado, eso sí, es lo que querían algunos –quiero pensar que una minoría muy minoritaria– de los que se manifestaron ayer. Pero golpe de verdad, con los militares en la calle respondiendo a "la voluntad popular", justo a la manera de los pronunciamientos del siglo XIX. Algunos sindicatos de la Guardia Civil ya han insinuado que se prestan a ello, al tiempo que algunos obispos han mostrado su adhesión a la causa. Y todo ello basándose, faltaría más, en los elementos irracionales del ser humano, esto es, en la emoción pura que producen adhesiones y odios. La Patria y todo eso, ya saben.
¿Que se pueden discutir muchas cosas en la acción de Pedro Sánchez? Faltaría más. No seré precisamente el último en reconocerlo (aquí la editorial de hoy de El País, que suscribo en su integridad). Pero no me avergüenzo de ser de izquierdas, de votar al PSOE ni de apoyar el pacto de gobierno. Ni voy a dejar de rogar a toda esa gente que me rodea que deje de desdeñarme, de provocarme ni de insultarme por ello, porque no soy ningún borrego, ningún autoengañado ni ningún traidor. Si lo siguen haciendo, pensaré que los auténticos partidarios de golpes y dictaduras son ellos.






