Un cajón de sastre para cosas sobre música "clásica". Discos, conciertos, audiciones comparadas, filias y fobias, maledicencias varias... Todo ello con centro en Jerez de la Frontera, aunque viajando todo lo posible. En definitiva, un blog sin ningún interés.
miércoles, 19 de diciembre de 2018
Magistral Achúcarro en el Maestranza
Tres fechas, que diría Bécquer: la Iberia de Rafael Orozco de 1992, el Mozart de Barenboim y la WEDO de 2015 y los Preludios de Chopin del pasado lunes 17 por Joaquín Achúcarro. Tres interpretaciones cruelmente destrozadas por el público del Teatro de la Maestranza mediante un aluvión de toses que casi ninca conocieron pañuelo amortiguador. Independientemente de que estuvieran provocadas por alguna enfermedad o, más bien, por una mezcla de aburrimiento y nerviosismo, estamos hablando de una educación sencillamente nula. Y no se piensen que hablamos de cuatro o cinco individuos: el otro día las toses llegaron desde todos los puntos del Maestranza, con timbres muy diversos e intensidad variable, casi siempre demostrando una enorme capacidad para sincronizarse con los momentos más mágicos de la partitura.
Entre una y otra tos algo pudo disfrutarse de la interpretación del pianista bilbaíno, quien a sus ochenta y seis años no solo mantiene una agilidad digital suficiente para abordar tan exigente partitura, sino que además ha alcanzado esa madurez que le permite ofrecer una visión personal y en buena medida reveladora; no la más arrebatada posible, tampoco la más visionaria, y desde luego no la más rica en concepto, pero sí de enorme interés en la mayoría los veinticuatro preludios. En este sentido, poco tengo que añadir a lo ya dicho en lo que escribí aquí acerca del CD con esta misma obra que el maestro grabó el pasado año. Quizá subrayar la flexibilidad de su fraseo, el alejamiento de todo mecanicismo, la lógica interna con que plantea cada frase. Lógica siempre en función del contenido expresivo de cada pieza, nunca jamás en pos de la belleza en sí misma. Achúcarro hace música de verdad.
Ya con los tosedores algo menos activos –aun así, hubo más de un pasaje destrozado por el ruido–, el maestro ofreció una serena y hermosa interpretación de Le plus que lente que a mí, a decir verdad, me hubiera gustado precisamente eso, algo más lenta. Siguieron otras dos obras maestras de Debussy, La puerta del vino y La soirée dans Granade. Interesa comparar esta última con la que acaba de grabar Javier Perianes: mientras el de Nerva se decide por un sonido particularmente aéreo y por subrayar los aspectos más oníricos de la pieza, el bilbaíno mantiene una sonoridad densa, con cuerpo, sin renunciar por ello a la sensualidad embriagadora que desprenden los pentagramas, al tiempo que se mantiene algo más a ras de tierra y opta por la carnalidad voluptuosa, digámoslo así, antes que por la ensoñación. Cerró Achúcarro esta sección de la manera más coherente posible, con el Homenaje a Debussy de Manuel de Falla dicho con la más honda carga expresiva.
No es ningún secreto que Maurice Ravel es el compositor más afín a nuestro artista, y por ello nada debe extrañar que lo mejor del concierto fuera Gaspard de la Nuit. Creo que es la tercera vez que le escucho este genial tríptico en vivo. Antes de escribir estas líneas he vuelto a escuchar la grabación que realizó para el sello Ensayo en 1999. No sabría decir si la recreación sevillana ha sido todavía mejor. Siempre quedo asombrado por cómo el maestro, recrea sin menor prisa las irisaciones acuáticas provocadas por la ondina logrando que se escuche perfectamente diferenciada cada una de las notas sin que se pierdan las texturas sonoras globales ni la progresión –paulatina, siempre natural– de las tensiones, en una recreación que es antes sensual que doliente, pero que en cualquier caso se encuentra llena de belleza. Por cómo mantiene milagrosamente la concentración en el balanceo del ahorcado –nada menos que 6'25'' en el disco– al tiempo que atiende a todo el peso expresivo de los silencios. Y a cómo renuncia a la electricidad y a la brillantez en "Scarbo" para centrarse en los aspectos más atmosféricos de la pieza, bien pertrechado por un increíble dominio de la mano izquierda que le permite obtener como poocos pianistas lo han hecho todas esas sonoridades oscuras creadas por Ravel, todo ello hasta alcanzar un clímax de enorme fuerza dramática.
Quizá ayudado a la hora de adentrarse en la partitura por las explicaciones programáticas que ofreció Achúcarro, quizá también con ganas de compensar el torpedeo al que algunos –demasiados– asistentes al evento habían llevado a cabo con sus toses –y con sus móviles, y con sus caramelitos, y con la caída de objetos muy variados–, el público reaccionó con un entusiasmo fuera de lo común para una página tan recogida. El maestro no se hizo de rogar y ofreció tres propinas. Dos de ellas fueron las mismas que le escuché en Úbeda en 2012: Claro de Luna de Debussy, Preludio para la mano izquierda de Scriabin. Este último resultó particularmente excelso: ¡qué manera de graduar las dinámicas y de darle sentido orgánico al fraseo! Cerrando la velada, y en respuesta al tan fulgurante como merecido éxito, llegó la preciosa Habanera de Ernesto Halffter para enlazar con las obras escuchadas con anterioridad. Una noche para recordar, por lo bochornoso y por lo excelso.
martes, 18 de diciembre de 2018
Siete versiones de las Estampes de Debussy, de Gieseking a Perianes
Mañana miércoles presenta al público Javier Perianes su nuevo disco, que se inserta dentro de la colección que Harmonia Mundi está dedicando a Claude Debussy: el libro primero de los Preludios y las tres Estampas. Pude escuchar un anticipo hace unos días gracias a la plataforma Tidal, lo que me animó a realizar una pequeña comparativa discográfica cuyos resultados les presento ahora, justo en el mismo orden en que realicé la audición, no sin antes recordarles los títulos de estas tres pequeñas joyas escritas en 1903 y estrenadas por Ricardo Viñes: Pagodes, La soirée dans Grenade y Jardins sous la
pluie.
Comienzo escuchando a Perianes. Lo disfruto mucho, particularmente en el segundo movimiento, pero no tomo notas todavía. Sigo con quien en su momento me descubrió el tríptico, Claudio Arrau (Philips). Sigue siendo mi versión favorita. Lo interesante del maestro chileno es que no solo ofrece una pulsación limpísima y de variedad infinita, un fraseo maravillosamente natural y flexible, belleza sonora a raudales y una expresión repleta de sugerencias, de atmósfera y de poesía, sino también un enorme sentido de las tensiones y de los claroscuros, organizando la arquitectura con una construcción de lógica aplastante en la que la fuerza de los acordes y la minuciosidad en las dinámicas consiguen enriquecer la expresión de manera asombrosa. Una toma excepcional redondea una interpretación irrepetible.
Decido continuar con Lilya Zilberstein (DG). Poco o nada interesante, la verdad: la pianista rusa evidencia una solvencia considerable, pero su aproximación resulta algo parca de colorido y limitada en cuanto a matices expresivos, lineal y poco poética, amén de seca en el desarrollo de las atmósferas. En el tercer movimiento, que es donde más puede lucir su agilidad digital, alcanza los mejores resultados.
Mucho más estimulante, por su singularidad, la recreación de Zoltán Kocsis (Philips). Aunque la depuración sonora, la capacidad para la sugerencia y la atención al detalle exquisito sean dignas de admiración, el pianista húngaro ofrece una lectura atípica caracterizada por su electricidad interna y apasionamiento, de un arrebato que roza el nerviosismo en Pagodas, pero también capaz de ofrecer maravillosos rubatos en el segundo movimiento. En el tercero, con más razón que en ninguno, el nervio se pone en primer plano y las aristas quedan admirablemente resaltadas. Una propuesta distinta, sin duda discutible, pero de gran atractivo.
Aun sin llegar a alcanzar la claridad y la depuración sonora de un Arrau, Daniel Barenboim (DG) coincide con el maestro chileno en su aproximación no solo hermosa, sensual e impregnada de misterio, sino también repleta de pliegues expresivos, cargada de tensión en sus acordes y por momentos muy inflamada, aunque siempre bajo el más absoluto control. Admirable el sonido del nuevo “piano Barenboim”, al que su propietario hace sonar otorgando un peso apreciable a las notas, sin dejarse llevar por el tópico del impresionismo etéreo. Enorme recreación.
Aseguran los expertos que Walter Gieseking (EMI) fue uno de los grandes intérpretes de Debussy. Pues vale. El mítico pianista franco-alemán opta por unas interpretaciones rápidas y alejadas del tópico impresionista, sin estar por ello fuera de estilo, pero a mí en absoluto me termina de convencer. El primer movimiento está muy bien tocado y no excluye precisamente el conflicto en su clímax, pero globalmente se echan de menos riqueza en matices y magia sonora. El segundo resulta francamente lineal, incluso insípido. En los Jardines bajo la lluvia, sin todo el encanto posible, hay que agradecer los buenos juegos con la gama dinámica, muy bien recogida por una toma monofónica de 1954 que en la reciente recuperación en HD resulta bastante potable.
Alain Planès (Harmonia Mundi) opta por la lentitud y las sonoridades difuminadas para una interpretación absolutamente francesa y tópicamente impresionista, es decir, sensualísima y evanescente, embriagadora en el color, atmosférica a más no poder y llena de sugerencias. Pero por ello mismo un tanto unilateral y no poco autocomplaciente, también algo artificiosa y no del todo sincera, lo que no impide al pianista ofrecer un clímax muy arrebatado en la velada granadina ni relevarnos frases muy cantables en los jardines para atender a la ternura infantil a la que alude el programa.
Y vuelta a Javier Perianes, al que hecho este repaso puedo valorar más adecuadamente. Adoptando una sonoridad más leve –aunque por fortuna no más difuminada– y tempi aún más lentos que los de Planès, el de Nerva también apuesta por la ensoñación, la atmósfera plena de sugerencias y el detalle delicado, mucho antes que por las tensiones y los pliegues tanto sonoros como expresivos, pero lo hace con más propiedad e inspiración que su colega, sin esos detalles de narcisismo que perjudicaban aquella lectura, también –todo hay que decirlo- sin ese arrebato tan interesante que llegaba a alcanzar en el segundo movimiento, pero alcanzando globalmente una mayor magia poética. En los Jardines bajo la lluvia, nuevamente, la inocencia infaltil se impone sobre lo tormentoso.
A tenor de lo dicho, recomiendo a todo el mundo conocer las grabaciones de Claudio Arrau y Daniel Barenboim, aunque asimismo me parece necesario escuchar las propuestas extremadamente distantes entre sí, y por ende complementarias, de Kocsis y Perianes para comprender las muchas posibilidades que alberga esta música maravillosa. Otro día les cuento sobre los Preludios de Javier, aunque antes tendré que hablar sobre el memorable recital de Achúcarro en el Maestranza de ayer lunes, en el que precisamente el pianista vasco interpretó La soirée dans Grenade.
Comienzo escuchando a Perianes. Lo disfruto mucho, particularmente en el segundo movimiento, pero no tomo notas todavía. Sigo con quien en su momento me descubrió el tríptico, Claudio Arrau (Philips). Sigue siendo mi versión favorita. Lo interesante del maestro chileno es que no solo ofrece una pulsación limpísima y de variedad infinita, un fraseo maravillosamente natural y flexible, belleza sonora a raudales y una expresión repleta de sugerencias, de atmósfera y de poesía, sino también un enorme sentido de las tensiones y de los claroscuros, organizando la arquitectura con una construcción de lógica aplastante en la que la fuerza de los acordes y la minuciosidad en las dinámicas consiguen enriquecer la expresión de manera asombrosa. Una toma excepcional redondea una interpretación irrepetible.
Decido continuar con Lilya Zilberstein (DG). Poco o nada interesante, la verdad: la pianista rusa evidencia una solvencia considerable, pero su aproximación resulta algo parca de colorido y limitada en cuanto a matices expresivos, lineal y poco poética, amén de seca en el desarrollo de las atmósferas. En el tercer movimiento, que es donde más puede lucir su agilidad digital, alcanza los mejores resultados.
Mucho más estimulante, por su singularidad, la recreación de Zoltán Kocsis (Philips). Aunque la depuración sonora, la capacidad para la sugerencia y la atención al detalle exquisito sean dignas de admiración, el pianista húngaro ofrece una lectura atípica caracterizada por su electricidad interna y apasionamiento, de un arrebato que roza el nerviosismo en Pagodas, pero también capaz de ofrecer maravillosos rubatos en el segundo movimiento. En el tercero, con más razón que en ninguno, el nervio se pone en primer plano y las aristas quedan admirablemente resaltadas. Una propuesta distinta, sin duda discutible, pero de gran atractivo.
Aun sin llegar a alcanzar la claridad y la depuración sonora de un Arrau, Daniel Barenboim (DG) coincide con el maestro chileno en su aproximación no solo hermosa, sensual e impregnada de misterio, sino también repleta de pliegues expresivos, cargada de tensión en sus acordes y por momentos muy inflamada, aunque siempre bajo el más absoluto control. Admirable el sonido del nuevo “piano Barenboim”, al que su propietario hace sonar otorgando un peso apreciable a las notas, sin dejarse llevar por el tópico del impresionismo etéreo. Enorme recreación.
Aseguran los expertos que Walter Gieseking (EMI) fue uno de los grandes intérpretes de Debussy. Pues vale. El mítico pianista franco-alemán opta por unas interpretaciones rápidas y alejadas del tópico impresionista, sin estar por ello fuera de estilo, pero a mí en absoluto me termina de convencer. El primer movimiento está muy bien tocado y no excluye precisamente el conflicto en su clímax, pero globalmente se echan de menos riqueza en matices y magia sonora. El segundo resulta francamente lineal, incluso insípido. En los Jardines bajo la lluvia, sin todo el encanto posible, hay que agradecer los buenos juegos con la gama dinámica, muy bien recogida por una toma monofónica de 1954 que en la reciente recuperación en HD resulta bastante potable.
Alain Planès (Harmonia Mundi) opta por la lentitud y las sonoridades difuminadas para una interpretación absolutamente francesa y tópicamente impresionista, es decir, sensualísima y evanescente, embriagadora en el color, atmosférica a más no poder y llena de sugerencias. Pero por ello mismo un tanto unilateral y no poco autocomplaciente, también algo artificiosa y no del todo sincera, lo que no impide al pianista ofrecer un clímax muy arrebatado en la velada granadina ni relevarnos frases muy cantables en los jardines para atender a la ternura infantil a la que alude el programa.
Y vuelta a Javier Perianes, al que hecho este repaso puedo valorar más adecuadamente. Adoptando una sonoridad más leve –aunque por fortuna no más difuminada– y tempi aún más lentos que los de Planès, el de Nerva también apuesta por la ensoñación, la atmósfera plena de sugerencias y el detalle delicado, mucho antes que por las tensiones y los pliegues tanto sonoros como expresivos, pero lo hace con más propiedad e inspiración que su colega, sin esos detalles de narcisismo que perjudicaban aquella lectura, también –todo hay que decirlo- sin ese arrebato tan interesante que llegaba a alcanzar en el segundo movimiento, pero alcanzando globalmente una mayor magia poética. En los Jardines bajo la lluvia, nuevamente, la inocencia infaltil se impone sobre lo tormentoso.
A tenor de lo dicho, recomiendo a todo el mundo conocer las grabaciones de Claudio Arrau y Daniel Barenboim, aunque asimismo me parece necesario escuchar las propuestas extremadamente distantes entre sí, y por ende complementarias, de Kocsis y Perianes para comprender las muchas posibilidades que alberga esta música maravillosa. Otro día les cuento sobre los Preludios de Javier, aunque antes tendré que hablar sobre el memorable recital de Achúcarro en el Maestranza de ayer lunes, en el que precisamente el pianista vasco interpretó La soirée dans Grenade.
lunes, 17 de diciembre de 2018
Achúcarro, Chopin a los ochenta y cinco
A sus ochenta y seis años de edad, regresa hoy lunes Joaquín Achúcarro al
Teatro de la Maestranza. Lo hace con un programa que en la primera parte ofrece
los veinticuatro Preludios de Chopin, precisamente el plato fuerte del
disco que hace poco lanzó el sello La Dolce Volta recogiendo una grabación
realizada en Oxford entre el 7 y el 8 de septiembre de 2017, cuando el pianista
vasco contaba los ochenta y cinco. Espero acudir esta noche a Sevilla, pero
antes he saciado mi curiosidad discográfica gracias a la plataforma Tidal, a la
que una vez más les animo a suscribirse.
La grabación dura exactamente 42’02. Si acudimos a la lista con puntuaciones
de Ángel Carrascosa (aquí)
comprobamos que la audición no nos engaña: esta es una versión más bien lenta,
solo superada en minutaje por Barenboim, Pogorelich y –sobre todo– Sokolov. Creo
que la lentitud tiene que ver con la idea que el artista tiene de esta música,
no con la dificultad para correr, aunque por otra parte sea cierto -ocultarlo
sería no considerar al maestro como lo que realmente es, uno de los nombres de
oro del piano- que a semejante edad Achúcarro no posee en modo alguno la
agilidad ni la limpieza digital de otros grandes pianistas, independientemente
del mayor o menos acierto expresivo de los mismos en esta fascinante obra.
Porque una sola obra es, como afirma el maestro en la carpetilla, no una
colección de pequeñas piezas. Y como tal la interpreta, siempre dentro de un
concepto tan sensato como personal.
¿Y cuál es el referido concepto? Pues el propio de un señor de ochenta y cinco años que, desde una absoluta madurez expresiva, no necesita demostrar nada, va a la esencia de la música sin dejarse llevar por la tentación de seducir al personal con los aspectos más exteriores de la música y, además, se permite decir cosas nuevas. Cosas que solo puede ver quienes, después de haber experimentado la vida en toda su plenitud, ya están de vuelta de todo. Por eso mismo no encontraremos aquí, en absoluto, esa electricidad de una Argerich, ni esa creatividad extrema de un Pogorelich ni ese fulgor dramático, arrebatado y visionario, de la descomunal, incomparable grabación de Evgeny Kissin.
Pero tampoco se trata de una interpretación superficial, menos aún salonesca o decorativa, que busca la belleza sonora en sí misma. Es más bien una lectura honda y reflexiva, particularmente atenta a la atmósfera y al peso de los silencios, distanciada en el mejor de los sentidos, que bucea en el lirismo amargo que albergan los pentagramas sin dejar que el dolor llegue a alterar la sobriedad del acercamiento. Todo ello en los preludios más introvertidos, evidentemente, que son aquellos en los que Achúcarro alcanza un mayor nivel de sintonía expresiva; por ejemplo, en la trascendida nostalgia del n º 13 o en es hermosísimo nº 15, cuya excelsa elevación melódica no impide al maestro subrayar de manera particularmente ominosa los obsesivos acordes de la mano izquierda, planificados con enorme sentido orgánico para alcanzar picos de tensión llenos de desasosiego. En los preludios más extrovertidos, por el contrario, echamos de menos el fuego, las dinámicas extremas, la variedad en el colorido y el fulgor digital de otros pianistas, aunque bien es cierto que el sonido maravillosamente denso y musculado de nuestro artista (¡qué alivio, un Chopin sin excesivas delicadezas ni sonoridades perladas!), de poderosísimo registro grave, le viene de maravilla a la hora de plasmar la vertiente más heroica de esta partitura, que el bilbaíno recrea con ese temperamento viril que le caracteriza. Por no hablar, claro está, de la flexibilidad de su fraseo, la capacidad para hacer volar las melodías o la riqueza de matices por completo ajena a preciosismos: a estas alturas huelga insistir en que estamos ante un artista de enorme categoría.
Los complementos del disco son, a mi entender, lo más conseguido del disco desde el punto de vista interpretativo: los dos preludios adicionales de la serie, la Fantasía-Impromtu, el Nocturno op. 9 nº 2, el Nocturno nº 20 y la sublime Barcarola, dicha con una plasticidad y con un sentido del balanceo para derretirse. Aquí está el mejor Achúcarro posible, o al menos el mejor Achúcarro maduro: el de la íntima confesión personal, el de la poesía serena y acariciadora, el de la ternura sin amaneramientos, el de la reconciliación con el ser humano y con nosotros mismos a través de la aceptación de la vida con sus grandezas y con sus miserias. Dulzura y amargor. Intensidad y contención. Música.
¿Y cuál es el referido concepto? Pues el propio de un señor de ochenta y cinco años que, desde una absoluta madurez expresiva, no necesita demostrar nada, va a la esencia de la música sin dejarse llevar por la tentación de seducir al personal con los aspectos más exteriores de la música y, además, se permite decir cosas nuevas. Cosas que solo puede ver quienes, después de haber experimentado la vida en toda su plenitud, ya están de vuelta de todo. Por eso mismo no encontraremos aquí, en absoluto, esa electricidad de una Argerich, ni esa creatividad extrema de un Pogorelich ni ese fulgor dramático, arrebatado y visionario, de la descomunal, incomparable grabación de Evgeny Kissin.
Pero tampoco se trata de una interpretación superficial, menos aún salonesca o decorativa, que busca la belleza sonora en sí misma. Es más bien una lectura honda y reflexiva, particularmente atenta a la atmósfera y al peso de los silencios, distanciada en el mejor de los sentidos, que bucea en el lirismo amargo que albergan los pentagramas sin dejar que el dolor llegue a alterar la sobriedad del acercamiento. Todo ello en los preludios más introvertidos, evidentemente, que son aquellos en los que Achúcarro alcanza un mayor nivel de sintonía expresiva; por ejemplo, en la trascendida nostalgia del n º 13 o en es hermosísimo nº 15, cuya excelsa elevación melódica no impide al maestro subrayar de manera particularmente ominosa los obsesivos acordes de la mano izquierda, planificados con enorme sentido orgánico para alcanzar picos de tensión llenos de desasosiego. En los preludios más extrovertidos, por el contrario, echamos de menos el fuego, las dinámicas extremas, la variedad en el colorido y el fulgor digital de otros pianistas, aunque bien es cierto que el sonido maravillosamente denso y musculado de nuestro artista (¡qué alivio, un Chopin sin excesivas delicadezas ni sonoridades perladas!), de poderosísimo registro grave, le viene de maravilla a la hora de plasmar la vertiente más heroica de esta partitura, que el bilbaíno recrea con ese temperamento viril que le caracteriza. Por no hablar, claro está, de la flexibilidad de su fraseo, la capacidad para hacer volar las melodías o la riqueza de matices por completo ajena a preciosismos: a estas alturas huelga insistir en que estamos ante un artista de enorme categoría.
Los complementos del disco son, a mi entender, lo más conseguido del disco desde el punto de vista interpretativo: los dos preludios adicionales de la serie, la Fantasía-Impromtu, el Nocturno op. 9 nº 2, el Nocturno nº 20 y la sublime Barcarola, dicha con una plasticidad y con un sentido del balanceo para derretirse. Aquí está el mejor Achúcarro posible, o al menos el mejor Achúcarro maduro: el de la íntima confesión personal, el de la poesía serena y acariciadora, el de la ternura sin amaneramientos, el de la reconciliación con el ser humano y con nosotros mismos a través de la aceptación de la vida con sus grandezas y con sus miserias. Dulzura y amargor. Intensidad y contención. Música.
martes, 11 de diciembre de 2018
Karajan desencadenado: las sinfonías de Beethoven en Blu-ray Audio
Deutsche Grammophon reedita la cuarta de las seis integrales (entre audios y
vídeos) de las sinfonías de Beethoven registradas por Herbert von Karajan, es
decir, la que grabó con la Berliner Philharmoniker en la Philharmonie de la capital alemana entre 1975 y 1977. Y lo hace con
verdadero lujo, en dos Blu-rays Pure Audio con tres pistas: estéreo a 24bit/192
kHz, surround 5.1 a 24bit/192 kHz y Dolby Atmos a 24bit/48 kHz. Para esta última
hace falta una instalación con dos altavoces en el techo; en mi caso
tengo siete más el subwoofer, pero los dos adicionales están colocados detrás,
no arriba, así que no puedo decirles.
Pero sí he comparado las otras dos, y la mejoría con respecto a los antiguos CD es considerable. No por el surround: al contrario que la integral de Kubelik, soberbiamente trasvasada por Pentatone a SACD –salvo la Heroica–, este ciclo no era originalmente cuadrafónico, así que los productores de la reedición se han limitado, como en el reciente rescate de la integral de Bernstein con la Filarmónica de Viena, añadir una ligera reverberación para hacer el sonido más confortable. El cambio viene por la tremenda presencia que adquieren todas las familias instrumentales, por su relieve y su inmediatez, por su tremenda pegada. Particular importancia tiene el peso enorme que adquieren las frecuencias más bajas, liberando la tremenda sonoridad de la cuerda grave berlinesa en la que el maestro siempre se apoyó, por no hablar de la enorme, tremebunda gama dinámica que ahora alcanzan estos registros, acentuando más aún los tremendos contrastes entre pianísimos y fortísimos tan caros al maestro. Dicho de otra manera, esta edición en Blu-rays Pure Audio no hace sino subrayar los rasgos sonoros más propiamente karajanianos, y precisamente en una época, la segunda mitad de los setenta, en la que el de Salzburgo alcanzó las cotas más altas de desmadre. Karajan más Karajan que nunca. Karajan desencadenado.
Pero bueno, ¿cómo son estas interpretaciones?. Ustedes ya saben de qué va el
asunto. Y yo, aunque de esta integral creo que con anterioridad no había
escuchado ninguna sinfonía, también lo sabía antes de empezar la audición:
versiones de sonoridad robusta que se recrean en la belleza más inmediata y
apuestan por la brillantez antes que por la reflexión filosófica. Dicho esto, he tomado notas para
matizar.
La Sinfonía nº 1 es quizá la que sale mejor parada: interpretación poderosa y amplia, de sonoridades ora opulentas y musculadas, ora de sensuales y refinadas a más no poder, dicha con entusiasmo y con momentos muy teatrales –francamente operístico el arranque del cuarto movimiento–, que pone en evidencia la evolución de Karajan desde parámetros toscaninianos hacia la suntuosidad de la última época. Quizá supera a sus registros inmediatamente anteriores –el audio en DG y la filmación para Unitel– y hasta convencería por completo si no fuera porque se nota demasiado la autocomplacencia en los grandes contrastes sonoros y la falta de un mensaje más o menos claro: este es un Beethoven que no mira al pasado sino al futuro romántico, pero a la postre su espíritu combativo es antes burgués que revolucionario con todas las consecuencias.
En la Sinfonía nº 2 es una verdadera lástima que Karajan no deje explayarse todo lo que debería a un Larghetto hermoso pero demasiado rápido, porque el resto de la interpretación es un prodigio de fuerza (¡tremendos los movimientos extremos!), de comunicatividad y de lenguaje beethoveniano.
Aun de enfoque antes épico que dramático, el primer movimiento de la Heroica resulta admirable por su empuje bien controlado, por la portentosa plasticidad con que están tratadas las masas sonoras –empaste perfecto, robustez sin excesos, densidad sin merma de la claridad–, por su brillantez bien entendida y, sobre todo, por la convicción que desprende. No tan bien funciona la marcha fúnebre: sensualísima en la sonoridad e increíblemente bella en su canto, pero poco o nada rebelde en sus clímax, menos aún visionaria, sino más bien pacífica y resignada, cuando no erróneamente opulenta. El Scherzo está dicha con una perfecta mezcla de músculo y elegancia, aun sin resultar del todo electrizante. Y toda la primera parte del Finale resulta luminosa, jovial y optimismo a más no poder para luego decantarse por la grandilocuencia glorificadora, sin rastro de la tragedia anterior ni de pliegues expresivos: a Napoleón le hubiera encantado.
Una introducción maravillosamente sensual pero también un punto desmayada nos advierte que Karajan, frente a las magníficas dos realizaciones anteriores con la misma orquesta, se encamina poco a poco hacia una visión en exceso autocomplaciente de la Sinfonía nº 4. Y efectivamente, esta es una lectura soberbiamente tocada y de incuestionable lenguaje beethoveniano, pero que oscila entre momentos de excesiva corpulencia y otros de una languidez un punto narcisista, o por lo menos carente de poesía sincera.
La Sinfonía nº 5 es presunta especialidad de la casa, pero lo cierto es que no termina de convencer. Muy en la línea de su filmación para Unitel algo anterior, Karajan no logra repetir el importantísimo logro de su registro de 1962. Sobran rigidez, marcialidad, y retórica vacua, faltan calidez, flexibilidad y, sobre todo, convicción expresiva. El conjunto resulta en exceso teatrero y volcado en el puro espectáculo. Como advertíamos al principio, la audición en el Bluy-ray no hace sino acentuar los contrastes dinámicos extremos propuestos por el maestro, aunque a cambio en los pasajes más recogidos ofrece una limpieza y una presencia sonora de un detallismo –pizzicati del tercer movimiento– digno de admiración.
Un fiasco la Sinfonía nº 6: todo se encuentra meridianamente expuesto, pero la asepsia es absoluta. Tampoco es que se trate, como alguna vez se ha dicho, de una Pastoral pastoril”. No, no es eso. No hay narcisismos ni cursilería. Es que la poesía se halla ausente. Solo se salvan una danza de los pastores entusiasta y una tormenta más bien exterior y algo aparatosa, eso es verdad, pero sin duda sobrecogedora.
Tal vez la mejor de las recreaciones que Karajan realizó de la Sinfonía nº 7 sea la de la presente integral. Cierto es que, como en el resto de las sinfonías, vuelven a echarse de menos tanto vuelo poético como carácter verdaderamente visionario en una recreación que también resulta un punto lineal, no todo lo flexible e imaginativa que podía haber sido. Pero también es verdad que la que la portentosa técnica del maestro y el músculo por entonces sin parangón de la orquesta berlinesa se ponen al servicio de una admirable síntesis entre emoción sincera y brillantez bien entendida. Un espectáculo, esta vez en el mejor sentido del término.
El primer movimiento de la Sinfonía nº 8 es magnífico, por su soberbiamente delineada arquitectura y por su carácter gozoso, sin excluir el adecuado carácter combativo y tempestuoso del genial clímax escrito por el de Bonn. Los movimientos intermedios están francamente bien, a falta de un punto más de sal y pimienta en el segundo y de encanto en el tercero. Y el cuarto es un descalabro: no solo precipitado sino también rígido y cuadriculado, incluso machacón.
Queda la Sinfonía nº 9. El motivo en la cuerda con que arranca la obra está expuesto con una increíble claridad, como si Karajan quisiera borrar todo rastro de misterio del mismo. Y así parece ser en el desarrollo, desatento al peso de los silencios –una constante en sus diferentes interpretaciones fonográficas de la página– y volcado en extremar las dinámicas de lo fortísimo a lo casi inaudible, pero construyendo la arquitectura de tensiones y distensiones de manera tan milimétrica como lineal. El resultado apabulla, mas carece de sinceridad. Algo mejor funciona el Scherzo, dicho con virtuosismo insuperable y bien recorrido por nervio interno, aunque a la postre igualmente mecánico; las trompetas, como en toda la interpretación, adquieren excesivo protagonismo. El Adagio molto e cantabile ofrece una belleza sonora suprema y está maravillosamente fraseado, pero entre tanto hedonismo la reflexión y la hondura (¿dónde están el lirismo agridulce y los clímax punzantes de Furtwängler y de otros grandes recreadores de la obra?) apenas se entrevén.
El Himno a la Alegría ofrece una doble fuga magistral, pero aquí el de Salzburgo apenas puede disimular su tendenciosidad ideológica y se lanza en plancha no ya a por la marcialidad y la afirmación épica sin rastro de sentido trágico, de elevación espiritual o de carácter visionario, sino a por el decibelio puro y duro, hasta rematar en un final que es puro bombo y platillo. Regular los Wiener Singverein, y sensacional el cuarteto: Anna Tomowa-Sintow, Agnes Balsta, Peter Schreier y José van Dam.
Lo dicho: Karajan elevado a la enésima potencia. Por lo bueno y por lo malo, no se lo pierdan.
Pero sí he comparado las otras dos, y la mejoría con respecto a los antiguos CD es considerable. No por el surround: al contrario que la integral de Kubelik, soberbiamente trasvasada por Pentatone a SACD –salvo la Heroica–, este ciclo no era originalmente cuadrafónico, así que los productores de la reedición se han limitado, como en el reciente rescate de la integral de Bernstein con la Filarmónica de Viena, añadir una ligera reverberación para hacer el sonido más confortable. El cambio viene por la tremenda presencia que adquieren todas las familias instrumentales, por su relieve y su inmediatez, por su tremenda pegada. Particular importancia tiene el peso enorme que adquieren las frecuencias más bajas, liberando la tremenda sonoridad de la cuerda grave berlinesa en la que el maestro siempre se apoyó, por no hablar de la enorme, tremebunda gama dinámica que ahora alcanzan estos registros, acentuando más aún los tremendos contrastes entre pianísimos y fortísimos tan caros al maestro. Dicho de otra manera, esta edición en Blu-rays Pure Audio no hace sino subrayar los rasgos sonoros más propiamente karajanianos, y precisamente en una época, la segunda mitad de los setenta, en la que el de Salzburgo alcanzó las cotas más altas de desmadre. Karajan más Karajan que nunca. Karajan desencadenado.
La Sinfonía nº 1 es quizá la que sale mejor parada: interpretación poderosa y amplia, de sonoridades ora opulentas y musculadas, ora de sensuales y refinadas a más no poder, dicha con entusiasmo y con momentos muy teatrales –francamente operístico el arranque del cuarto movimiento–, que pone en evidencia la evolución de Karajan desde parámetros toscaninianos hacia la suntuosidad de la última época. Quizá supera a sus registros inmediatamente anteriores –el audio en DG y la filmación para Unitel– y hasta convencería por completo si no fuera porque se nota demasiado la autocomplacencia en los grandes contrastes sonoros y la falta de un mensaje más o menos claro: este es un Beethoven que no mira al pasado sino al futuro romántico, pero a la postre su espíritu combativo es antes burgués que revolucionario con todas las consecuencias.
En la Sinfonía nº 2 es una verdadera lástima que Karajan no deje explayarse todo lo que debería a un Larghetto hermoso pero demasiado rápido, porque el resto de la interpretación es un prodigio de fuerza (¡tremendos los movimientos extremos!), de comunicatividad y de lenguaje beethoveniano.
Aun de enfoque antes épico que dramático, el primer movimiento de la Heroica resulta admirable por su empuje bien controlado, por la portentosa plasticidad con que están tratadas las masas sonoras –empaste perfecto, robustez sin excesos, densidad sin merma de la claridad–, por su brillantez bien entendida y, sobre todo, por la convicción que desprende. No tan bien funciona la marcha fúnebre: sensualísima en la sonoridad e increíblemente bella en su canto, pero poco o nada rebelde en sus clímax, menos aún visionaria, sino más bien pacífica y resignada, cuando no erróneamente opulenta. El Scherzo está dicha con una perfecta mezcla de músculo y elegancia, aun sin resultar del todo electrizante. Y toda la primera parte del Finale resulta luminosa, jovial y optimismo a más no poder para luego decantarse por la grandilocuencia glorificadora, sin rastro de la tragedia anterior ni de pliegues expresivos: a Napoleón le hubiera encantado.
Una introducción maravillosamente sensual pero también un punto desmayada nos advierte que Karajan, frente a las magníficas dos realizaciones anteriores con la misma orquesta, se encamina poco a poco hacia una visión en exceso autocomplaciente de la Sinfonía nº 4. Y efectivamente, esta es una lectura soberbiamente tocada y de incuestionable lenguaje beethoveniano, pero que oscila entre momentos de excesiva corpulencia y otros de una languidez un punto narcisista, o por lo menos carente de poesía sincera.
La Sinfonía nº 5 es presunta especialidad de la casa, pero lo cierto es que no termina de convencer. Muy en la línea de su filmación para Unitel algo anterior, Karajan no logra repetir el importantísimo logro de su registro de 1962. Sobran rigidez, marcialidad, y retórica vacua, faltan calidez, flexibilidad y, sobre todo, convicción expresiva. El conjunto resulta en exceso teatrero y volcado en el puro espectáculo. Como advertíamos al principio, la audición en el Bluy-ray no hace sino acentuar los contrastes dinámicos extremos propuestos por el maestro, aunque a cambio en los pasajes más recogidos ofrece una limpieza y una presencia sonora de un detallismo –pizzicati del tercer movimiento– digno de admiración.
Un fiasco la Sinfonía nº 6: todo se encuentra meridianamente expuesto, pero la asepsia es absoluta. Tampoco es que se trate, como alguna vez se ha dicho, de una Pastoral pastoril”. No, no es eso. No hay narcisismos ni cursilería. Es que la poesía se halla ausente. Solo se salvan una danza de los pastores entusiasta y una tormenta más bien exterior y algo aparatosa, eso es verdad, pero sin duda sobrecogedora.
Tal vez la mejor de las recreaciones que Karajan realizó de la Sinfonía nº 7 sea la de la presente integral. Cierto es que, como en el resto de las sinfonías, vuelven a echarse de menos tanto vuelo poético como carácter verdaderamente visionario en una recreación que también resulta un punto lineal, no todo lo flexible e imaginativa que podía haber sido. Pero también es verdad que la que la portentosa técnica del maestro y el músculo por entonces sin parangón de la orquesta berlinesa se ponen al servicio de una admirable síntesis entre emoción sincera y brillantez bien entendida. Un espectáculo, esta vez en el mejor sentido del término.
El primer movimiento de la Sinfonía nº 8 es magnífico, por su soberbiamente delineada arquitectura y por su carácter gozoso, sin excluir el adecuado carácter combativo y tempestuoso del genial clímax escrito por el de Bonn. Los movimientos intermedios están francamente bien, a falta de un punto más de sal y pimienta en el segundo y de encanto en el tercero. Y el cuarto es un descalabro: no solo precipitado sino también rígido y cuadriculado, incluso machacón.
Queda la Sinfonía nº 9. El motivo en la cuerda con que arranca la obra está expuesto con una increíble claridad, como si Karajan quisiera borrar todo rastro de misterio del mismo. Y así parece ser en el desarrollo, desatento al peso de los silencios –una constante en sus diferentes interpretaciones fonográficas de la página– y volcado en extremar las dinámicas de lo fortísimo a lo casi inaudible, pero construyendo la arquitectura de tensiones y distensiones de manera tan milimétrica como lineal. El resultado apabulla, mas carece de sinceridad. Algo mejor funciona el Scherzo, dicho con virtuosismo insuperable y bien recorrido por nervio interno, aunque a la postre igualmente mecánico; las trompetas, como en toda la interpretación, adquieren excesivo protagonismo. El Adagio molto e cantabile ofrece una belleza sonora suprema y está maravillosamente fraseado, pero entre tanto hedonismo la reflexión y la hondura (¿dónde están el lirismo agridulce y los clímax punzantes de Furtwängler y de otros grandes recreadores de la obra?) apenas se entrevén.
El Himno a la Alegría ofrece una doble fuga magistral, pero aquí el de Salzburgo apenas puede disimular su tendenciosidad ideológica y se lanza en plancha no ya a por la marcialidad y la afirmación épica sin rastro de sentido trágico, de elevación espiritual o de carácter visionario, sino a por el decibelio puro y duro, hasta rematar en un final que es puro bombo y platillo. Regular los Wiener Singverein, y sensacional el cuarteto: Anna Tomowa-Sintow, Agnes Balsta, Peter Schreier y José van Dam.
Lo dicho: Karajan elevado a la enésima potencia. Por lo bueno y por lo malo, no se lo pierdan.
sábado, 8 de diciembre de 2018
Gergiev vuelve a Berlín: Impresionismo en el punto de mira
He quedado sorprendido esta tarde al presenciar la entrada de Valery Gerviev en el concierto de la Filarmónica
de Berlín que he podido seguir en directo a través de la Digital Concert
Hall: mitad calvo, mitad canoso. Cierto es que le he visto envejecer tanto en
filmaciones como en vivo, pero no me lo esperaba tan estropeado. ¡Qué diferencia
con la imagen que tengo de él de aquellas portadas de los discos de Philips de
sus mejores tiempos, o de aquél autógrafo que me firmó allá por 1992 en
Sevilla! Pero centrémonos: programa integrado por Debussy, Rimsky-Korsakov,
Prokofiev y Stravinsky, con la clara intención de subrayar los lazos que unen a
los citados autores en general y las obras programadas en particular, y siempre con el Impresionismo en el punto de mira.
Preludio a la siesta
de un fauno para empezar: muy buena realización del maestro ruso, quien sin
ofrecer una recreación particularmente inspirada ha sabido destilar importantes
dosis de erotismo y planificar muy bien las tensiones. Memorable la flautista –desconozco
el nombre, no estoy seguro de que fuera Jelka
Weber– y fatal el gran Albrecht
Mayer por una metedura de pata histórica que invalida toda la versión. Duda
que la suban al archivo sin arreglarla.
Muy hermosa la suite de El
gallo de Oro, dicha con rico sentido del color y apostando por subrayar los
aspectos más sensuales de esta música, difuminando aristas y mirando de manera
decidida al mundo francés: quizá por eso se echada de menos un punto de
intensidad dramática.
Ya en la segunda parte, Gergiev se mostró como el director
mediocre que suele ser en la selección de La
Cenicienta: insufribles portamentos, languideces varias y escasa
incisividad caracterizaron una interpretación globalmente fallida en la que
solo interesó, por su voluptuosidad y ensoñación bien encaminadas, el paso a
dos entre el príncipe y la protagonista. Fatal el Vals de la medianoche, mal
cerrado con unas campanadas dichas sin el carácter ominoso que merecen.
Nada en particular en la suite de El pájaro de fuego: todo en su sitio, por descontado que con
memorables solos por parte de la orquesta –aquí sí estuvo formidable Mayer–,
dentro de una lectura de nuevo con el mundo impresionista en el punto de
mira, y que por ende convenciendo más en los momentos líricos que en los
dramáticos. Muy digna interpretación, en cualquier
caso, cerrando un concierto muy irregular.
Escalofriante Música fúnebre
Conocía la Musique funèbre de Lutoslawski en dos realizaciones, la grabación del propio compositor para EMI y la filmación de Haitink al frente de la Filarmónica de Berlín. En ninguna de las dos, aun siendo soberbias, había quedado tan hondamente impresionado como en el registro de Christoph von Dohnányi y la Orquesta de Cleveland realizado por Decca en 1990 que escuché anoche y he vuelto a escuchar esta mañana: una recreación particularmente sombría y atmosférica por descontado que llena de tensión cuando corresponde, pero dicha con una depuración
sonora exquisita y sin precipitarse un pelo, sino atendiendo plenamente al peso
dramático de los silencios. He visto que está en YouTube y aquí se la dejo a ustedes: mientras escribía estas líneas he repasado la de Haitink y efectivamente, esta del maestro alemán me gusta todavía más.
La Sinfonía nº 10 de Shostakovich que constituye el plato fuerte del disco está muy buen, pero solo eso: aquí Dohnányi nos muestra su faceta habitual de maestro antes gran profesional de la batuta que la de artista personal o inspirado, ofreciendo una lectura de formidable solidez y magnífico trazo, certera siempre en la expresión y despojada de cualquier retórica vacua, a la que le falta un punto más de compromiso expresivo –atmosfera siniestra, rebeldía, sarcasmo y mala leche– para terminar de funcionar. La toma es excelente en lo tímbrico, pero se echa de menos un punto más de gama dinámica
Lo dicho: escuchen a Lutoslawski. De escalofrío.
La Sinfonía nº 10 de Shostakovich que constituye el plato fuerte del disco está muy buen, pero solo eso: aquí Dohnányi nos muestra su faceta habitual de maestro antes gran profesional de la batuta que la de artista personal o inspirado, ofreciendo una lectura de formidable solidez y magnífico trazo, certera siempre en la expresión y despojada de cualquier retórica vacua, a la que le falta un punto más de compromiso expresivo –atmosfera siniestra, rebeldía, sarcasmo y mala leche– para terminar de funcionar. La toma es excelente en lo tímbrico, pero se echa de menos un punto más de gama dinámica
Lo dicho: escuchen a Lutoslawski. De escalofrío.
viernes, 7 de diciembre de 2018
Trifonov viaja a Rachmaninov
Hace ahora más de dos años que comenté la primera entrega del ciclo Rachmaninov que están grabando para Deutsche Grammohopon Daniil Trifonov y Yannick Nézet-Séguin junto a la Orquesta de Filadelfia: me pareció muy notable, sin más. Ahora ha salido una segunda, así que antes de escucharla he visto el Concierto para piano nº 3 que tenía en la Digital Concert Hall de la Filarmónica de Berlín en la compañía de Sir Simon Rattle, correspondiente a la velada de San Silvestre de 2016 de la formación alemana. La interpretación me ha gustado mucho. Mejor dicho: me ha interesado bastante, por distinta y por admirablemente realizada.
Sentado impasible ante el teclado, tocando con facilidad insultante y haciendo gala de una limpieza sonora extrema, el pianista ruso logra ofrecer a sus veinticinco años una interpretación no solo magníficamente tocada, sino también original en su concepto mayormente apolíneo; tenso y contrastado, pero ajeno al arrebato y a las altas temperaturas emocionales, sobre todo en un primer movimiento quizá más distante de la cuenta. Perfecto por el contrario el segundo, en perfecta sintonía con un Rattle extremadamente sensual y voluptuoso, cargado de esa nostalgia propia del autor pero sin caer en decadentismos. El tercero, desgranado con enorme amplitud –en general, toda la interpretación es más bien lenta– sin que resulte pesante, ambos artistas vuelven a guardar distancias, para triunfar por todo lo alto en una entregadísima recapitulación final. La excelencia de la orquesta –formidables solos de Pahud y compañía tras la cadenza– contribuye a redondear los resultados.
Y vamos ya por el nuevo disco, que bajo el título Destination Rachmaninov ofrece los Conciertos para piano nº 2 y 4. El primero de los citados se ha grabado en el mes de abril de este mismo año 2018. Se encuentra en la línea del nº 3, pero me ha gustado menos: el pianista ofrece una interpretación nuevamente apolínea, clásica en el mejor de los sentidos, de una impresionante depuración sonora, de apabullante claridad –la lentitud de los tempi ayuda– y muy bien planificada en sus tensiones, que mantiene demasiado las distancias y se encuentra en exceso alejada de la pasión. El maestro canadiense se amolda al concepto y refrena de manera considerable el ímpetu de su batuta, pero lo hace sabiendo ser voluptuoso, sensual y emotivo desde un absoluto control de lo que tiene por delante.
El Concierto nº 4 se grabó en vivo el mismo año que la Rapsodia Paganini del anterior disco, en 2015. Y es en esta página en la que más acierta el pianista ruso, más comprometido aquí en lo expresivo, menos distante, aunque no por ello menos dominador de los medios: el equilibrio al que llega entre control y pasión es perfecto, como también lo es su manera de atender a los aspectos más dramáticos del Largo, muy bien respaldado por un Nézet-Séguin que paladea la música con holgura y sabe ofrecer la pátina nostálgica y sombría que necesita el movimiento. El resultado es una de las mejores lecturas que conozco de la página, aunque por detrás de la maravilla de Ashkenazy con Previn.
Como propina del disco, tres números de la Partita para violín BWV 1006 de Bach en transcripción de Rachmaninov, interpretados por Trifonov con pulcritud extrema. Estaremos atentos a su devenir artístico.
Sentado impasible ante el teclado, tocando con facilidad insultante y haciendo gala de una limpieza sonora extrema, el pianista ruso logra ofrecer a sus veinticinco años una interpretación no solo magníficamente tocada, sino también original en su concepto mayormente apolíneo; tenso y contrastado, pero ajeno al arrebato y a las altas temperaturas emocionales, sobre todo en un primer movimiento quizá más distante de la cuenta. Perfecto por el contrario el segundo, en perfecta sintonía con un Rattle extremadamente sensual y voluptuoso, cargado de esa nostalgia propia del autor pero sin caer en decadentismos. El tercero, desgranado con enorme amplitud –en general, toda la interpretación es más bien lenta– sin que resulte pesante, ambos artistas vuelven a guardar distancias, para triunfar por todo lo alto en una entregadísima recapitulación final. La excelencia de la orquesta –formidables solos de Pahud y compañía tras la cadenza– contribuye a redondear los resultados.
Y vamos ya por el nuevo disco, que bajo el título Destination Rachmaninov ofrece los Conciertos para piano nº 2 y 4. El primero de los citados se ha grabado en el mes de abril de este mismo año 2018. Se encuentra en la línea del nº 3, pero me ha gustado menos: el pianista ofrece una interpretación nuevamente apolínea, clásica en el mejor de los sentidos, de una impresionante depuración sonora, de apabullante claridad –la lentitud de los tempi ayuda– y muy bien planificada en sus tensiones, que mantiene demasiado las distancias y se encuentra en exceso alejada de la pasión. El maestro canadiense se amolda al concepto y refrena de manera considerable el ímpetu de su batuta, pero lo hace sabiendo ser voluptuoso, sensual y emotivo desde un absoluto control de lo que tiene por delante.
El Concierto nº 4 se grabó en vivo el mismo año que la Rapsodia Paganini del anterior disco, en 2015. Y es en esta página en la que más acierta el pianista ruso, más comprometido aquí en lo expresivo, menos distante, aunque no por ello menos dominador de los medios: el equilibrio al que llega entre control y pasión es perfecto, como también lo es su manera de atender a los aspectos más dramáticos del Largo, muy bien respaldado por un Nézet-Séguin que paladea la música con holgura y sabe ofrecer la pátina nostálgica y sombría que necesita el movimiento. El resultado es una de las mejores lecturas que conozco de la página, aunque por detrás de la maravilla de Ashkenazy con Previn.
Como propina del disco, tres números de la Partita para violín BWV 1006 de Bach en transcripción de Rachmaninov, interpretados por Trifonov con pulcritud extrema. Estaremos atentos a su devenir artístico.
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