martes, 18 de diciembre de 2018

Siete versiones de las Estampes de Debussy, de Gieseking a Perianes

Mañana miércoles presenta al público Javier Perianes su nuevo disco, que se inserta dentro de la colección que Harmonia Mundi está dedicando a Claude Debussy: el libro primero de los Preludios y las tres Estampas. Pude escuchar un anticipo hace unos días gracias a la plataforma Tidal, lo que me animó a realizar una pequeña comparativa discográfica cuyos resultados les presento ahora, justo en el mismo orden en que realicé la audición, no sin antes recordarles los títulos de estas tres pequeñas joyas escritas en 1903 y estrenadas por Ricardo Viñes: Pagodes, La soirée dans Grenade y Jardins sous la pluie. 



Comienzo escuchando a Perianes. Lo disfruto mucho, particularmente en el segundo movimiento, pero no tomo notas todavía. Sigo con quien en su momento me descubrió el tríptico, Claudio Arrau (Philips). Sigue siendo mi versión favorita. Lo interesante del maestro chileno es que no solo ofrece una pulsación limpísima y de variedad infinita, un fraseo maravillosamente natural y flexible, belleza sonora a raudales y una expresión repleta de sugerencias, de atmósfera y de poesía, sino también un enorme sentido de las tensiones y de los claroscuros, organizando la arquitectura con una construcción de lógica aplastante en la que la fuerza de los acordes y la minuciosidad en las dinámicas consiguen enriquecer la expresión de manera asombrosa. Una toma excepcional redondea una interpretación irrepetible.


Decido continuar con Lilya Zilberstein (DG). Poco o nada interesante, la verdad: la pianista rusa evidencia una solvencia considerable, pero su aproximación resulta algo parca de colorido y limitada en cuanto a matices expresivos, lineal y poco poética, amén de seca en el desarrollo de las atmósferas. En el tercer movimiento, que es donde más puede lucir su agilidad digital, alcanza los mejores resultados.


Mucho más estimulante, por su singularidad, la recreación de Zoltán Kocsis (Philips). Aunque la depuración sonora, la capacidad para la sugerencia y la atención al detalle exquisito sean dignas de admiración, el pianista húngaro ofrece una lectura atípica caracterizada por su electricidad interna y apasionamiento, de un arrebato que roza el nerviosismo en Pagodas, pero también capaz de ofrecer maravillosos rubatos en el segundo movimiento. En el tercero, con más razón que en ninguno, el nervio se pone en primer plano y las aristas quedan admirablemente resaltadas. Una propuesta distinta, sin duda discutible, pero de gran atractivo.


Aun sin llegar a alcanzar la claridad y la depuración sonora de un Arrau, Daniel Barenboim (DG) coincide con el maestro chileno en su aproximación no solo hermosa, sensual e impregnada de misterio, sino también repleta de pliegues expresivos, cargada de tensión en sus acordes y por momentos muy inflamada, aunque siempre bajo el más absoluto control. Admirable el sonido del nuevo “piano Barenboim”, al que su propietario hace sonar otorgando un peso apreciable a las notas, sin dejarse llevar por el tópico del impresionismo etéreo. Enorme recreación.



Aseguran los expertos que Walter Gieseking (EMI) fue uno de los grandes intérpretes de Debussy. Pues vale. El mítico pianista franco-alemán opta por unas interpretaciones rápidas y alejadas del tópico impresionista, sin estar por ello fuera de estilo, pero a mí en absoluto me termina de convencer. El primer movimiento está muy bien tocado y no excluye precisamente el conflicto en su clímax, pero globalmente se echan de menos riqueza en matices y magia sonora. El segundo resulta francamente lineal, incluso insípido. En los Jardines bajo la lluvia, sin todo el encanto posible, hay que agradecer los buenos juegos con la gama dinámica, muy bien recogida por una toma monofónica de 1954 que en la reciente recuperación en HD resulta bastante potable.


Alain Planès (Harmonia Mundi) opta por la lentitud y las sonoridades difuminadas para una interpretación absolutamente francesa y tópicamente impresionista, es decir, sensualísima y evanescente, embriagadora en el color, atmosférica a más no poder y llena de sugerencias. Pero por ello mismo un tanto unilateral y no poco autocomplaciente, también algo artificiosa y no del todo sincera, lo que no impide al pianista ofrecer un clímax muy arrebatado en la velada granadina ni relevarnos frases muy cantables en los jardines para atender a la ternura infantil a la que alude el programa.


Y vuelta a Javier Perianes, al que hecho este repaso puedo valorar más adecuadamente. Adoptando una sonoridad más leve –aunque por fortuna no más difuminada– y tempi aún más lentos que los de Planès, el de Nerva también apuesta por la ensoñación, la atmósfera plena de sugerencias y el detalle delicado, mucho antes que por las tensiones y los pliegues tanto sonoros como expresivos, pero lo hace con más propiedad e inspiración que su colega, sin esos detalles de narcisismo que perjudicaban aquella lectura, también –todo hay que decirlo- sin ese arrebato tan interesante que llegaba a alcanzar en el segundo movimiento, pero alcanzando globalmente una mayor magia poética. En los Jardines bajo la lluvia, nuevamente, la inocencia infaltil se impone sobre lo tormentoso.

A tenor de lo dicho, recomiendo a todo el mundo conocer las grabaciones de Claudio Arrau y Daniel Barenboim, aunque asimismo me parece necesario escuchar las propuestas extremadamente distantes entre sí, y por ende complementarias, de Kocsis y Perianes para comprender las muchas posibilidades que alberga esta música maravillosa. Otro día les cuento sobre los Preludios de Javier, aunque antes tendré que hablar sobre el memorable recital de Achúcarro en el Maestranza de ayer lunes, en el que precisamente el pianista vasco interpretó La soirée dans Grenade.

lunes, 17 de diciembre de 2018

Achúcarro, Chopin a los ochenta y cinco

A sus ochenta y seis años de edad, regresa hoy lunes Joaquín Achúcarro al Teatro de la Maestranza. Lo hace con un programa que en la primera parte ofrece los veinticuatro Preludios de Chopin, precisamente el plato fuerte del disco que hace poco lanzó el sello La Dolce Volta recogiendo una grabación realizada en Oxford entre el 7 y el 8 de septiembre de 2017, cuando el pianista vasco contaba los ochenta y cinco. Espero acudir esta noche a Sevilla, pero antes he saciado mi curiosidad discográfica gracias a la plataforma Tidal, a la que una vez más les animo a suscribirse.


La grabación dura exactamente 42’02. Si acudimos a la lista con puntuaciones de Ángel Carrascosa (aquí) comprobamos que la audición no nos engaña: esta es una versión más bien lenta, solo superada en minutaje por Barenboim, Pogorelich y –sobre todo– Sokolov. Creo que la lentitud tiene que ver con la idea que el artista tiene de esta música, no con la dificultad para correr, aunque por otra parte sea cierto -ocultarlo sería no considerar al maestro como lo que realmente es, uno de los nombres de oro del piano- que a semejante edad Achúcarro no posee en modo alguno la agilidad ni la limpieza digital de otros grandes pianistas, independientemente del mayor o menos acierto expresivo de los mismos en esta fascinante obra. Porque una sola obra es, como afirma el maestro en la carpetilla, no una colección de pequeñas piezas. Y como tal la interpreta, siempre dentro de un concepto tan sensato como personal.

¿Y cuál es el referido concepto? Pues el propio de un señor de ochenta y cinco años que, desde una absoluta madurez expresiva, no necesita demostrar nada, va a la esencia de la música sin dejarse llevar por la tentación de seducir al personal con los aspectos más exteriores de la música y, además, se permite decir cosas nuevas. Cosas que solo puede ver quienes, después de haber experimentado la vida en toda su plenitud, ya están de vuelta de todo. Por eso mismo no encontraremos aquí, en absoluto, esa electricidad de una Argerich, ni esa creatividad extrema de un Pogorelich ni ese fulgor dramático, arrebatado y visionario, de la descomunal, incomparable grabación de Evgeny Kissin.

Pero tampoco se trata de una interpretación superficial, menos aún salonesca o decorativa, que busca la belleza sonora en sí misma. Es más bien una lectura honda y reflexiva, particularmente atenta a la atmósfera y al peso de los silencios, distanciada en el mejor de los sentidos, que bucea en el lirismo amargo que albergan los pentagramas sin dejar que el dolor llegue a alterar la sobriedad del acercamiento. Todo ello en los preludios más introvertidos, evidentemente, que son aquellos en los que Achúcarro alcanza un mayor nivel de sintonía expresiva; por ejemplo, en la trascendida nostalgia del n º 13 o en es hermosísimo nº 15, cuya excelsa elevación melódica no impide al maestro subrayar de manera particularmente ominosa los obsesivos acordes de la mano izquierda, planificados con enorme sentido orgánico para alcanzar picos de tensión llenos de desasosiego. En los preludios más extrovertidos, por el contrario, echamos de menos el fuego, las dinámicas extremas, la variedad en el colorido y el fulgor digital de otros pianistas, aunque bien es cierto que el sonido maravillosamente denso y musculado de nuestro artista (¡qué alivio, un Chopin sin excesivas delicadezas ni sonoridades perladas!), de poderosísimo registro grave, le viene de maravilla a la hora de plasmar la vertiente más heroica de esta partitura, que el bilbaíno recrea con ese temperamento viril que le caracteriza. Por no hablar, claro está, de la flexibilidad de su fraseo, la capacidad para hacer volar las melodías o la riqueza de matices por completo ajena a preciosismos: a estas alturas huelga insistir en que estamos ante un artista de enorme categoría.

Los complementos del disco son, a mi entender, lo más conseguido del disco desde el punto de vista interpretativo: los dos preludios adicionales de la serie, la Fantasía-Impromtu, el Nocturno op. 9 nº 2, el Nocturno nº 20 y la sublime Barcarola, dicha con una plasticidad y con un sentido del balanceo para derretirse. Aquí está el mejor Achúcarro posible, o al menos el mejor Achúcarro maduro: el de la íntima confesión personal, el de la poesía serena y acariciadora, el de la ternura sin amaneramientos, el de la reconciliación con el ser humano y con nosotros mismos a través de la aceptación de la vida con sus grandezas y con sus miserias. Dulzura y amargor. Intensidad y contención. Música.

martes, 11 de diciembre de 2018

Karajan desencadenado: las sinfonías de Beethoven en Blu-ray Audio

Deutsche Grammophon reedita la cuarta de las seis integrales (entre audios y vídeos) de las sinfonías de Beethoven registradas por Herbert von Karajan, es decir, la que grabó con la Berliner Philharmoniker en la Philharmonie de la capital alemana entre 1975 y 1977. Y lo hace con verdadero lujo, en dos Blu-rays Pure Audio con tres pistas: estéreo a 24bit/192 kHz, surround 5.1 a 24bit/192 kHz y Dolby Atmos a 24bit/48 kHz. Para esta última hace falta una instalación con dos altavoces en el techo; en mi caso tengo siete más el subwoofer, pero los dos adicionales están colocados detrás, no arriba, así que no puedo decirles.


Pero sí he comparado las otras dos, y la mejoría con respecto a los antiguos CD es considerable. No por el surround: al contrario que la integral de Kubelik, soberbiamente trasvasada por Pentatone a SACD –salvo la Heroica–, este ciclo no era originalmente cuadrafónico, así que los productores de la reedición se han limitado, como en el reciente rescate de la integral de Bernstein con la Filarmónica de Viena, añadir una ligera reverberación para hacer el sonido más confortable. El cambio viene por la tremenda presencia que adquieren todas las familias instrumentales, por su relieve y su inmediatez, por su tremenda pegada. Particular importancia tiene el peso enorme que adquieren las frecuencias más bajas, liberando la tremenda sonoridad de la cuerda grave berlinesa en la que el maestro siempre se apoyó, por no hablar de la enorme, tremebunda gama dinámica que ahora alcanzan estos registros, acentuando más aún los tremendos contrastes entre pianísimos y fortísimos tan caros al maestro. Dicho de otra manera, esta edición en Blu-rays Pure Audio no hace sino subrayar los rasgos sonoros más propiamente karajanianos, y precisamente en una época, la segunda mitad de los setenta, en la que el de Salzburgo alcanzó las cotas más altas de desmadre. Karajan más Karajan que nunca. Karajan desencadenado.


Pero bueno, ¿cómo son estas interpretaciones?. Ustedes ya saben de qué va el asunto. Y yo, aunque de esta integral creo que con anterioridad no había escuchado ninguna sinfonía, también lo sabía antes de empezar la audición: versiones de sonoridad robusta que se recrean en la belleza más inmediata y apuestan por la brillantez antes que por la reflexión filosófica. Dicho esto, he tomado notas para matizar.

La Sinfonía nº 1 es quizá la que sale mejor parada: interpretación poderosa y amplia, de sonoridades ora opulentas y musculadas, ora de sensuales y refinadas a más no poder, dicha con entusiasmo y con momentos muy teatrales –francamente operístico el arranque del cuarto movimiento–, que pone en evidencia la evolución de Karajan desde parámetros toscaninianos hacia la suntuosidad de la última época. Quizá supera a sus registros inmediatamente anteriores –el audio en DG y la filmación para Unitel– y hasta convencería por completo si no fuera porque se nota demasiado la autocomplacencia en los grandes contrastes sonoros y la falta de un mensaje más o menos claro: este es un Beethoven que no mira al pasado sino al futuro romántico, pero a la postre su espíritu combativo es antes burgués que revolucionario con todas las consecuencias.

En la Sinfonía nº 2 es una verdadera lástima que Karajan no deje explayarse todo lo que debería a un Larghetto hermoso pero demasiado rápido, porque el resto de la interpretación es un prodigio de fuerza (¡tremendos los movimientos extremos!), de comunicatividad y de lenguaje beethoveniano.

Aun de enfoque antes épico que dramático, el primer movimiento de la Heroica resulta admirable por su empuje bien controlado, por la portentosa plasticidad con que están tratadas las masas sonoras –empaste perfecto, robustez sin excesos, densidad sin merma de la claridad–, por su brillantez bien entendida y, sobre todo, por la convicción que desprende. No tan bien funciona la marcha fúnebre: sensualísima en la sonoridad e increíblemente bella en su canto, pero poco o nada rebelde en sus clímax, menos aún visionaria, sino más bien pacífica y resignada, cuando no erróneamente opulenta. El Scherzo está dicha con una perfecta mezcla de músculo y elegancia, aun sin resultar del todo electrizante. Y toda la primera parte del Finale resulta luminosa, jovial y optimismo a más no poder para luego decantarse por la grandilocuencia glorificadora, sin rastro de la tragedia anterior ni de pliegues expresivos: a Napoleón le hubiera encantado.

Una introducción maravillosamente sensual pero también un punto desmayada nos advierte que Karajan, frente a las magníficas dos realizaciones anteriores con la misma orquesta, se encamina poco a poco hacia una visión en exceso autocomplaciente de la Sinfonía nº 4. Y efectivamente, esta es una lectura soberbiamente tocada y de incuestionable lenguaje beethoveniano, pero que oscila entre momentos de excesiva corpulencia y otros de una languidez un punto narcisista, o por lo menos carente de poesía sincera.

La Sinfonía nº 5 es presunta especialidad de la casa, pero lo cierto es que no termina de convencer. Muy en la línea de su filmación para Unitel algo anterior, Karajan no logra repetir el importantísimo logro de su registro de 1962. Sobran rigidez, marcialidad, y retórica vacua, faltan calidez, flexibilidad y, sobre todo, convicción expresiva. El conjunto resulta en exceso teatrero y volcado en el puro espectáculo. Como advertíamos al principio, la audición en el Bluy-ray no hace sino acentuar los contrastes dinámicos extremos propuestos por el maestro, aunque a cambio en los pasajes más recogidos ofrece una limpieza y una presencia sonora de un detallismo –pizzicati del tercer movimiento– digno de admiración.

Un fiasco la Sinfonía nº 6: todo se encuentra meridianamente expuesto, pero la asepsia es absoluta. Tampoco es que se trate, como alguna vez se ha dicho, de una Pastoral pastoril”. No, no es eso. No hay narcisismos ni cursilería. Es que la poesía se halla ausente. Solo se salvan una danza de los pastores entusiasta y una tormenta más bien exterior y algo aparatosa, eso es verdad, pero sin duda sobrecogedora.

Tal vez la mejor de las recreaciones que Karajan realizó de la Sinfonía nº 7 sea la de la presente integral. Cierto es que, como en el resto de las sinfonías, vuelven a echarse de menos tanto vuelo poético como carácter verdaderamente visionario en una recreación que también resulta un punto lineal, no todo lo flexible e imaginativa que podía haber sido. Pero también es verdad que la que la portentosa técnica del maestro y el músculo por entonces sin parangón de la orquesta berlinesa se ponen al servicio de una admirable síntesis entre emoción sincera y brillantez bien entendida. Un espectáculo, esta vez en el mejor sentido del término.

El primer movimiento de la Sinfonía nº 8 es magnífico, por su soberbiamente delineada arquitectura y por su carácter gozoso, sin excluir el adecuado carácter combativo y tempestuoso del genial clímax escrito por el de Bonn. Los movimientos intermedios están francamente bien, a falta de un punto más de sal y pimienta en el segundo y de encanto en el tercero. Y el cuarto es un descalabro: no solo precipitado sino también rígido y cuadriculado, incluso machacón.

Queda la Sinfonía nº 9. El motivo en la cuerda con que arranca la obra está expuesto con una increíble claridad, como si Karajan quisiera borrar todo rastro de misterio del mismo. Y así parece ser en el desarrollo, desatento al peso de los silencios –una constante en sus diferentes interpretaciones fonográficas de la página– y volcado en extremar las dinámicas de lo fortísimo a lo casi inaudible, pero construyendo la arquitectura de tensiones y distensiones de manera tan milimétrica como lineal. El resultado apabulla, mas carece de sinceridad. Algo mejor funciona el Scherzo, dicho con virtuosismo insuperable y bien recorrido por nervio interno, aunque a la postre igualmente mecánico; las trompetas, como en toda la interpretación, adquieren excesivo protagonismo. El Adagio molto e cantabile ofrece una belleza sonora suprema y está maravillosamente fraseado, pero entre tanto hedonismo la reflexión y la hondura (¿dónde están el lirismo agridulce y los clímax punzantes de Furtwängler y de otros grandes recreadores de la obra?) apenas se entrevén.

El Himno a la Alegría ofrece una doble fuga magistral, pero aquí el de Salzburgo apenas puede disimular su tendenciosidad ideológica y se lanza en plancha no ya a por la marcialidad y la afirmación épica sin rastro de sentido trágico, de elevación espiritual o de carácter visionario, sino a por el decibelio puro y duro, hasta rematar en un final que es puro bombo y platillo. Regular los Wiener Singverein, y sensacional el cuarteto: Anna Tomowa-Sintow, Agnes Balsta, Peter Schreier y José van Dam.

Lo dicho: Karajan elevado a la enésima potencia. Por lo bueno y por lo malo, no se lo pierdan.

sábado, 8 de diciembre de 2018

Gergiev vuelve a Berlín: Impresionismo en el punto de mira


He quedado sorprendido esta tarde al presenciar la entrada de Valery Gerviev en el concierto de la Filarmónica de Berlín que he podido seguir en directo a través de la Digital Concert Hall: mitad calvo, mitad canoso. Cierto es que le he visto envejecer tanto en filmaciones como en vivo, pero no me lo esperaba tan estropeado. ¡Qué diferencia con la imagen que tengo de él de aquellas portadas de los discos de Philips de sus mejores tiempos, o de aquél autógrafo que me firmó allá por 1992 en Sevilla! Pero centrémonos: programa integrado por Debussy, Rimsky-Korsakov, Prokofiev y Stravinsky, con la clara intención de subrayar los lazos que unen a los citados autores en general y las obras programadas en particular, y siempre con el Impresionismo en el punto de mira.


Preludio a la siesta de un fauno para empezar: muy buena realización del maestro ruso, quien sin ofrecer una recreación particularmente inspirada ha sabido destilar importantes dosis de erotismo y planificar muy bien las tensiones. Memorable la flautista –desconozco el nombre, no estoy seguro de que fuera Jelka Weber– y fatal el gran Albrecht Mayer por una metedura de pata histórica que invalida toda la versión. Duda que la suban al archivo sin arreglarla.

Muy hermosa la suite de El gallo de Oro, dicha con rico sentido del color y apostando por subrayar los aspectos más sensuales de esta música, difuminando aristas y mirando de manera decidida al mundo francés: quizá por eso se echada de menos un punto de intensidad dramática.

Ya en la segunda parte, Gergiev se mostró como el director mediocre que suele ser en la selección de La Cenicienta: insufribles portamentos, languideces varias y escasa incisividad caracterizaron una interpretación globalmente fallida en la que solo interesó, por su voluptuosidad y ensoñación bien encaminadas, el paso a dos entre el príncipe y la protagonista. Fatal el Vals de la medianoche, mal cerrado con unas campanadas dichas sin el carácter ominoso que merecen.

Nada en particular en la suite de El pájaro de fuego: todo en su sitio, por descontado que con memorables solos por parte de la orquesta –aquí sí estuvo formidable Mayer–, dentro de una lectura de nuevo con el mundo impresionista en el punto de mira, y que por ende convenciendo más en los momentos líricos que en los dramáticos. Muy digna interpretación, en cualquier caso, cerrando un concierto muy irregular.

Escalofriante Música fúnebre

Conocía la Musique funèbre de Lutoslawski en dos realizaciones, la grabación del propio compositor para EMI y la filmación de Haitink al frente de la Filarmónica de Berlín. En ninguna de las dos, aun siendo soberbias, había quedado tan hondamente impresionado como en el registro de Christoph von Dohnányi y la Orquesta de Cleveland realizado por Decca en 1990 que escuché anoche y he vuelto a escuchar esta mañana: una recreación particularmente sombría y atmosférica por descontado que llena de tensión cuando corresponde, pero dicha con una depuración sonora exquisita y sin precipitarse un pelo, sino atendiendo plenamente al peso dramático de los silencios. He visto que está en YouTube y aquí se la dejo a ustedes: mientras escribía estas líneas he repasado la de Haitink y efectivamente, esta del maestro alemán me gusta todavía más.



La Sinfonía nº 10 de Shostakovich que constituye el plato fuerte del disco está muy buen, pero solo eso: aquí Dohnányi nos muestra su faceta habitual de maestro antes gran profesional de la batuta que la de artista personal o inspirado, ofreciendo una lectura de formidable solidez y magnífico trazo, certera siempre en la expresión y despojada de cualquier retórica vacua, a la que le falta un punto más de compromiso expresivo –atmosfera siniestra, rebeldía, sarcasmo y mala leche– para terminar de funcionar. La toma es excelente en lo tímbrico, pero se echa de menos un punto más de gama dinámica

Lo dicho: escuchen a Lutoslawski. De escalofrío.

viernes, 7 de diciembre de 2018

Trifonov viaja a Rachmaninov

Hace ahora más de dos años que comenté la primera entrega del ciclo Rachmaninov que están grabando para Deutsche Grammohopon Daniil Trifonov y Yannick Nézet-Séguin junto a la Orquesta de Filadelfia: me pareció muy notable, sin más. Ahora ha salido una segunda, así que antes de escucharla he visto el Concierto para piano nº 3 que tenía en la Digital Concert Hall de la Filarmónica de Berlín en la compañía de Sir Simon Rattle, correspondiente a la velada de San Silvestre de 2016 de la formación alemana. La interpretación me ha gustado mucho. Mejor dicho: me ha interesado bastante, por distinta y por admirablemente realizada.



Sentado impasible ante el teclado, tocando con facilidad insultante y haciendo gala de una limpieza sonora extrema, el pianista ruso logra ofrecer a sus veinticinco años una interpretación no solo magníficamente tocada, sino también original en su concepto mayormente apolíneo; tenso y contrastado, pero ajeno al arrebato y a las altas temperaturas emocionales, sobre todo en un primer movimiento quizá más distante de la cuenta. Perfecto por el contrario el segundo, en perfecta sintonía con un Rattle extremadamente sensual y voluptuoso, cargado de esa nostalgia propia del autor pero sin caer en decadentismos. El tercero, desgranado con enorme amplitud –en general, toda la interpretación es más bien lenta– sin que resulte pesante, ambos artistas vuelven a guardar distancias, para triunfar por todo lo alto en una entregadísima recapitulación final. La excelencia de la orquesta –formidables solos de Pahud y compañía tras la cadenza– contribuye a redondear los resultados.


Y vamos ya por el nuevo disco, que bajo el título Destination Rachmaninov ofrece los Conciertos para piano nº 2 y 4. El primero de los citados se ha grabado en el mes de abril de este mismo año 2018.  Se encuentra en la línea del nº 3, pero me ha gustado menos: el pianista ofrece una interpretación nuevamente apolínea, clásica en el mejor de los sentidos, de una impresionante depuración sonora, de apabullante claridad –la lentitud de los tempi ayuda– y muy bien planificada en sus tensiones, que mantiene demasiado las distancias y se encuentra en exceso alejada de la pasión. El maestro canadiense se amolda al concepto y refrena de manera considerable el ímpetu de su batuta, pero lo hace sabiendo ser voluptuoso, sensual y emotivo desde un absoluto control de lo que tiene por delante.


El Concierto nº 4 se grabó en vivo el mismo año que la Rapsodia Paganini del anterior disco, en 2015. Y es en esta página en la que más acierta el pianista ruso, más comprometido aquí en lo expresivo, menos distante, aunque no por ello menos dominador de los medios: el equilibrio al que llega entre control y pasión es perfecto, como también lo es su manera de atender a los aspectos más dramáticos del Largo, muy bien respaldado por un Nézet-Séguin que paladea la música con holgura y sabe ofrecer la pátina nostálgica y sombría que necesita el movimiento. El resultado es una de las mejores lecturas que conozco de la página, aunque por detrás de la maravilla de Ashkenazy con Previn.

Como propina del disco, tres números de la Partita para violín BWV 1006 de Bach en transcripción de Rachmaninov, interpretados por Trifonov con pulcritud extrema. Estaremos atentos a su devenir artístico.

jueves, 6 de diciembre de 2018

El desigual Debussy de Harmonia Mundi

Heterogénea, incoherente y desigual la serie Debussy que está presentando Harmonia Mundi, circunstancia de la que da buena cuenta este volumen que incluye las tres sonatas más una serie de piezas tardías para piano solo. Arranca con la Sonata para violín y piano en interpretación de Isabelle FaustAlexander Melnikov: Sasha está estupendo haciendo gala de una muy rica pulsación y de un perfecto estilo impresionista, pero la tantas veces desconcertante Faust, de sonido hermosísimo y técnica a prueba de bombas, se lo pasa en grande de portamento en portamento. El resultado es un Debussy meramente ornamental, sobrecargado de curvas art nouveau, amable mucho antes que evocador, en el que la complacencia en lo sensorial se pone por encima de la evocación poética.


Muchísimo mejor la Sonata para flauta, viola y arpa a cargo de Magali Mosnier, Antoine Tamestit y Xavier de Maistre; aunque el viola arranca con un portamento algo exagerado, aquí se aprecian un sentido de las tensiones, de las aristas y del compromiso expresivo que se echaba en falta en la obra anteriormente citada, lo que no impide a los artistas ofrecer la luminosidad, la delicadeza y la depuración sonora que sin duda esta música también necesita.

La Sonata para Violonchelo y piano cuenta con un Javier Perianes formidable, muy entregado, hermosísimo en el toque al tiempo que valiente e intenso, pero aquí vuelven de nuevo los portamentos (¡qué suplicio!), esta vez de la mano de un Jean-Guihen Queyras cuyo sonido increíblemente bello no disimula su tendencia a lo autocomplaciente. Magnífico él, como también el pianista onubense, a la hora de recrear el humor negro del segundo del sorprendente segundo movimiento.

Tanguy de Williencourt se encarga de las piezas para piano solo. Está francamente bien en la Berceuse héroïque, en la Pièce pour l'oeuvre du ‘Vêtement du blessé y en Les Soirs illuminés par l'ardeur du charbon, pero la Élégie no la hace ni “lent” ni “douloureux”. Lo dicho, un disco extraño. Como el resto de la serie.

Sensacional debut discográfico de Lahav Shani y Múnich

En 2019 quedé hondamente impresionado por el Pelleas und Melisande de Schönberg que vi en un video, actualmente no disponible, en el que en...