domingo, 11 de marzo de 2018

Semiramide desde el Met: excelente, pero con cortes en la transmisión

Salí ayer sábado con mosqueo de la función de Semiramide ofrecida por el Metropolitan de Nueva York a cines de todo el mundo. Porque si uno paga nada menos que veinte euros, tiene derecho a que la transmisión sea técnicamente buena. No es de recibo que la señal se fuera durante aproximadamente dos minutos durante la obertura. Menos aún que se perdieran otros dos más adelante: ¡los del final de la ópera! Imagen y sonido volvieron cuando ya estaban los aplausos. Y desaparecieron una vez más, por cierto, cuando la protagonista salía a saludar. No se fue al traste una parte sustancial de esta página de Gioachino Rossini, pero resulta frustrante no ver cómo acaba el drama. Por no hablar de la corta gama dinámica de la toma sonora o de su precario estéreo, que a mi entender era más bien mono. El problema, se nos asegura, no era de los Cines Yelmo sino del satélite. Los señores del Met pueden jugar a la ley de la oferta y la demanda y exigir una tarifa especial para sus productos, lo que me parece bien, pero por eso mismo los espectadores tenemos derecho a que se cuiden semejantes aspectos técnicos y a que, en caso de anomalías de este calibre, se busque alguna manera de compensar tanto a los espectadores como a las salas cuya imagen se ve perjudicada. Supongo que semejante idea ni se les ha pasado por la cabeza.


Dicho esto, fue una gran función en lo musical. Desde su deslumbrante Ana Bolena en el Teatro de la Maestranza en diciembre de 2016 hasta ahora, Angela Meade ha ganado en quilos (¡cuídese, que la salud es lo primero!), pero también en talento. Y si en la reseña de entonces me deshice en elogios, ahora no puedo sino repetirlos y corroborar que esta joven es una fuera de serie. Se podrá echar de menos un punto mayor aún de morbidez en su línea, unos reguladores aún más imaginativos, algunos filados… Cada cual tendrá su favorita en este terreno, pero a mí la soprano norteamericana me parece una belcantista a la altura de las más grandes, por voz (¡qué brillantes y esmaltados agudos!), por técnica (irreprochables todas las agilidades) y por buen gusto (ornamenta con sensatez, sin narcisismo alguno). También por la expresión: si en el título donizettiano se quedaba un pelín corta, ahora ha puesto toda su carne en el asador, sabiendo atender tanto a la faceta más autoritaria de la mítica reina asiria como a su carácter de enamorada.


Mantuvo el tipo a su lado Elizabeth DeShong, dignísima mezzo de medios relativamente modestos, no del todo expresiva, digamos que antes artesana que artista, pero cantante de sólida técnica y estimable musicalidad: muy bien, lo que en un rol tan comprometido como el de Arsace no es poco. ldar Abdrazakov no es un cantante muy depurado en lo canoro –le cuesta mover su poderoso torrente vocal, lo que en Rossini se nota más aún– ni sutil en la expresión, pero supo ir de menos a más y ofrece grandes dosis de electricidad y tensión psicológica en su protoverdiana escena de las alucinaciones.


Javier Camarena fue un lujo para el papel Idreno: el mexicano aprovechó todo lo que pudo sus escasas intervenciones y volvió a demostrar que un tenor rossiniano no tiene por qué cantar con una voz pequeña ni con una expresión afectada: su instrumento tiene carne, impacta en el agudo –bien que se recrea en ello–, se mueve muy bien en la coloratura –solo un par de roces sin importancia– y se ve acompañado por una enorme dosis de calidez, de ardor viril y de comunicatividad. Ryan Speedo Green cumplió como Oroe, Sarah Shafer estuvo muy bien en el papel de Azema y Jeremy Galyon brilló en la breve pero decisiva aparición del fantasma del rey Nino.


Se daba la casualidad de que en el foso se encontraba la misma batuta que acompañó a Meade en Sevilla: Maurizio Benini. Lo hizo estupendamente, no tanto en lo que se refiere a ese particular nervio y carácter bullicioso de la música de Rossini como en lo que respecta a cantabilidad. El maestro italiano no se dejó llevar por los aspectos más epidérmicos de esta música, dejó que esta respirase con amplitud y se integró de manera admirable con los cantantes sin que el fraseo perdiera naturalidad. Lo menos bueno fue la obertura, lastrada por solistas algo problemáticos –trompa, flautín– y pobremente planificada en los crescendi. Tampoco es que la orquesta fuera nada del otro jueves. Y el coro, la verdad, se queda en lo correcto: ¿de verdad que no hay voces mejores en toda Nueva York?

La producción era la del regista británico John Copley, ya filmada y editada comercialmente hace años con Anderson, Horne y Ramey en el elenco. Un bodrio, qué quieren que les diga: toneladas de brillos, de dorados y de bisutería a granel sin que existiera la menor dirección de actores. Todos los cantantes estuvieron mal en este sentido, con la excepción de Abdrazakov. Por cierto, el Met despidió a Copley hace pocas semanas por sus supuestas insinuaciones sexuales a un miembro del coro: lo deberían haber despedido por hortera. En cualquier caso, su propuesta escénica no llegó a impedir el disfrute de una interpretación musical que, con los reparos antedichos, fue de altísimo nivel.

¿Lo peor de todo? Aparte de los referidos cortes en la retransmisión, que tras estas representaciones el caché de la Meade subirá tanto que ya no podremos escucharla por aquí en directo. Pero eso se veía venir.

viernes, 9 de marzo de 2018

La Jeremiah por Barenboim

A raíz de mi penúltima entrada, un amabilísimo lector ha tenido la gentileza de subir esa maravilla interpretativa que es la Sinfonía nº 1, Jeremiah, de Leonard Bernstein, a cargo de Daniel Barenboim y la Sinfónica de Chicago. Desde aquí le doy las gracias y a ustedes les invito a escucharla.





jueves, 8 de marzo de 2018

Prokofiev por Denève: bodrio supremo

Los señores de Deutsche Grammophon llevan ya tres décadas intentando tomarnos el pelo. Primero fue con James Levine y Neeme Järvi: les hicieron grabar absolutamente de todo, sirvieron los productos con diseños gráficos espectaculares y se empeñaron en hacernos creer que esas grabaciones eran oro molido cuando en realidad, con algunas contadas excepciones, no valían un pimiento. Luego llegaron Pletnev y Minkowski: más de lo mismo. Vendieron como churros y todavía hoy hay quienes creen que estos dos terriblemente mediocres músicos albergan algún talento. Y ahora podrían estar planteándose hacer lo mismo con el francés Stéphane Denève (n. 1971), un maestro que ha sido titular de la Royal Scottish National Orchestra y de la actualmente disuelta Sinfónica de Stuttgart, es principal director invitado de la Orquesta de Filadelfia (¡nada menos!) y detenta la titularidad de la Filarmónica de Bruselas. Tras algunos discos en Naxos dedicados a Roussel aterriza en el sello amarillo, en el que ha grabado un CD dedicado al compositor contemporáneo Guillaume Connesson y otro a Saint-Saëns y Poulenc, este último con la mismísima Orquesta del Concertgebouw. Y ahora llega un monográfico Prokofiev que incluye suites realizadas por el propio maestro –siguiendo un orden bastante discutible– de esas dos enormes obras maestras que son Romeo y Julieta y La Cenicienta, en este caso con el concurso de la citada formación belga. Los resultados me han parecido calamitosos.


No sé por dónde empezar. ¿La orquesta? Mediocre tirando a mala. La batuta la trata con considerable vulgaridad, sin atender apenas a la limpieza de planos sonoros; se aprecia más de un desajuste. ¿Las interpretaciones? Por completo equivocadas. Denève se interesa sobre todo por la delicadeza que albergan estos pentagramas; pero bajo su batuta se trata de una delicadeza más bien frágil, tímida, carente de verdadera emotividad. Las sonoridades tienden a lo pringoso y se advierten aquí y allá portamentos fuera de lugar. La tendencia a la cursilería resulta evidente. Pero lo peor no es eso, sino la absoluta falta de tensión sonora, de contrastes y de fuerza dramática en los pasajes que exigen mayor temperamento. Nunca jamás he escuchado versiones tan blandengues, flácidas y aburridas de esta música. Y espero no volver a escucharlas. La marcha fúnebre tras la muerte de Teobaldo no puede sonar más pobretona, mientras que el Vals de la medianoche de Cenicienta resulta por completo deslavazado. En este último ballet sí que hay, algo es algo, un apreciable sentido del humor –no especialmente corrosivo: nada que ver con Rozhdestvenski–, pero los resultados globales no son menos irritantes que en la pieza basada en Shakespeare. Por si fuera poco, la toma sonora está muy lejos de los estándares de hoy día, incluso escuchando el registro en alta definición.

No sé si me dejo algo. Ah, sí: paupérrima la entrevista del libretillo. A la postre, a este producto no se le puede calificar sino de bodrio supremo. Que algo así haya visto la luz no dice nada bueno de la Deutsche Grammophon. ¿Qué se apuestan a que en los próximos meses vemos a orquesta y director en nuevas grabaciones de otras obras de repertorio? Así están las cosas.

miércoles, 7 de marzo de 2018

Cinco versiones de la Sinfonía Jeremiah

Confieso no sentir lástima por perderme la mayoría de los espectáculos que está ofreciendo el FeMÀS –he llegado a un punto de total hartazgo ante determinadas maneras de interpretar la música–, pero sí que lamento no poder asistir al estreno en Sevilla de la Sinfonía nº 1, Jeremiah, de Leonard Bernstein, no diré magistral pero sí muy interesante pieza para mezzosoprano y orquesta que merece más atención de la que usualmente recibe. He decidido escuchar a lo largo de esta mañana cinco grabaciones comerciales de la referida partitura, y ahora me permito compartir con ustedes los resultados de dicha comparativa.


La obra fue compuesta en 1942 por un Bernstein de tan solo veinticuatro años de edad. No salió victoriosa de la competición del Conservatorio de Nueva Inglaterra al que se presentó, pero en seguida fue reconocida por el público, la crítica y el mismísimo Frizt Reiner, a la sazón uno de los maestros del joven artista. No he podido localizar el testimonio fonográfico de aquellos tiempos editado por el sello Pearl: la St. Louis Symphony Orchestra y la mezzo Nan Merriman dirigidos por el propio compositor. Así que me conformo con la primera grabación oficial, la de Bernstein y la Filarmónica de Nueva York registrada por CBS el 20 de mayo de 1961.

 
Se trata, a todas luces, de una espléndida interpretación. Lenny todavía no había alcanzado por aquellas fechas su madurez como director –lo haría a finales de los sesenta, después del primer encuentro con la Filarmónica de Viena–, pero a la hora de dirigir su propia música no solo sabía inyectar el carácter vibrante, la inmediatez y la comunicatividad que ya caracterizaban sus interpretaciones, sino también algo que, en otros repertorios, solo conseguiría con el paso del tiempo: autocontrol. De este modo logra ofrecer un primer movimiento, “Prophecy”, impregnado de fatalismo y de garra dramática; en el segundo, “Profanation”, exhibe una frescura y una chispa que dejan claros los vínculos de este pasaje con el mundo del musical y del ballet tan caros al creador de West Side Story; en el tercero y último, “Lamentation”, paladea la música con la concentración y la hondura filosófica que requiere el carácter programático del mismo, que no es otro que el de las lamentaciones de Jeremías. La parte solista corre a cargo de la mezzo de origen ruso-judío Jennie Tourel, tan vinculada al compositor: su instrumento vocal me interesa más bien poco, pero su expresión resulta tan doliente como sincera.


La siguiente grabación la realizó Bernstein para Deutsche Grammophon: registro en la Philharmonie de Berlín del 23 de agosto de 1977, con la Filarmónica de Israel y nada menos que Christa Ludwig. Dada la evolución de nuestro artista en su faceta de director, podríamos esperar una recreación más lenta y paladeada. Pues no: ahora son 24’43’’ frente a los 25’35’’ del registro en Nueva York, notándose poco la diferencia en el segundo movimiento pero sí bastante en el tercero (10’37’’ en esta ocasión, 11’19’’ diecicéis años atrás). Creo que en él se pierde algo de carácter siniestro, al menos en los compases finales, pero globalmente no creo que se trate de una lectura inferior: quizá ahora resulte un punto más depurada. En cuanto a la inmensa Christa Ludwig, nadie puede discutir la calidez ni la emotividad de su canto, pero en esta ocasión suena un poco castagna in bocca. Existe un registro videográfico paralelo comercializado solo en Norteamérica (Zona 1): es un auténtico espectáculo ver a Lenny defendiendo su obra, pero se pierde mucho en calidad sonora, considerable en la recientemente restaurada copia en HD que está comercializando Deutsche Grammophon.


Sorpresa: los siguientes artistas son Daniel Barenboim y la Sinfónica de Chicago, toma en concierto editada por la propia orquesta –la copia me la ha pasado un amigo que tuvo que encargar el doble CD directamente a los EEUU– correspondiente a los días 15 y 16 de febrero de 1996. La dirección del de Buenos Aires me ha gustado mucho más que la del propio Bernstein, ya desde los primeros compases: dramatismo, rabia, fuerza expresiva… Todo alcanza un grado superior aquí, lo que tiene mucho que ver con la calidad de una formación mucho mejor que las de Nueva York e Israel, pero también con el talento de un Barenboim que se cree esta obra de la primera a última nota, la paladea sin prisas (alcanza los 26’16’’) y da una verdadera lección de cómo plasmar en sonidos la más absoluta convicción expresiva. Convicción extrema: nunca le había escuchado mugir tantísimo en el podio. En el segundo movimiento el maestro se olvida de musicales y borra todo lo que de lúdico pueda encontrarse en esta música para mirar cara a cara al título de la página: “Profanation”. Y lo interpreta con toda la rabia, la saña y la mala leche que se podría esperar, claro está. Así las cosas, la “Lamentation” lo es más que nunca: ¡qué tremendo su clímax dramático! Todavía queda una sorpresa: Birgitta Svendén canta su parte con una voz espléndida, técnica irreprochable y una mezcla de amargura y rebeldía que llegan al alma. Lástima que la toma adolezca de cierta compresión dinámica.


El siguiente registro lo dirige Gustavo Dudamel y corresponde a la temporada 2010/11 de la Filarmónica de Los Ángeles. Lo ha editado Deutsche Grammophon dentro de su serie DG Concerts y yo lo he podido escuchar a través de la plataforma Tidal (ustedes pueden hacer lo propio en Spotify, con menos calidad técnica). El maestro venezolano se extiende nada menos que hasta los 27’55’’, pero por ventura no hay ninguna caída de pulso y sí mucha garra dramática, particularmente en un primer movimiento sensacional. En el segundo queda claro que ese sentido del ritmo, ese rico colorido y esa extroversión que caracterizan la batuta del muy irregular Dudamel son una baza importantísima, pero aquí se echa de menos el carácter combativo de Barenboim; en cualquier caso, admirable la atención al entramado polifónico de las maderas. En un paladeadísima “Lamentation” (11’55’’) el enfoque es muy distinto del de las versiones anteriores: en lugar de doliente desazón, contemplación distanciada y un punto consoladora, aunque sin regatear carácter escarpado al clímax. La mezzo norteamericana Kelley O'Connor está francamente bien, pero no alcanza a ninguna de sus compañeras. Bueno sonido, sobre todo a la hora de recoger las frecuencias más graves.


Terminamos el recorrido con el sello Naxos y la Sinfónica de Baltimore dirigida por Marin Alsop. La discípula de Bernstein es la que va con más prisas (24’14’’), pero lo cierto es que tal circunstancia no se nota, tal es la naturalidad de su muy sensible y elegante fraseo. Por desgracia, tampoco se evidencia una especial garra dramática en su enfoque. Antes al contrario: Alsop es quien menos logra tensar el discurso, y de ahí que la audición, tras las de las interpretaciones arriba comentadas, resulte un punto aburrida. Jennifer Johnson Cano canta con intensidad, pero su voz no es tan homogénea como la de las otras mezzos que se han enfrentado a esta parte. En cuanto a la toma sonora –noviembre de 2014–, ofrece mucha más gama dinámica que las cuatro anteriores y recoge muy bien la percusión, aunque la cuerda suena algo canija. ¿Culpa de los ingenieros o de la propia orquesta?

El asunto lo tengo claro: me quedo con la versión de Barenboim (escuchar aquí). Con diferencia.

martes, 6 de marzo de 2018

Michael Barenboim y Vasily Petrenko debutan con la Filarmónica de Berlín

Michael Barenboim debutó hace pocas semanas al frente de la Berliner Philharmoniker. Con el Concierto para violín de Schoenberg, nada menos. Iba a dirigir el evento Zubin Mehta –con el que en su momento estaba previsto que hiciera la obra en Valencia–, pero a la postre el maestro indio canceló y fue sustituido por Vasily Petrenko: debut por partida doble, pues. Seguí el concierto en directo el 17 de febrero a través de la Digital Concert Hall, pero he esperado a volver a ver la primera parte para realizar alguna comparación y así escribir  con más propiedad.


En lo que al concierto de Schoenberg se refiere, no he repetido la audición del registro que Michael tenía con su padre dirigiendo, que comenté en su momento, pero sí que he repasado la de Hilary Hahn con Salonen. Pues bien, sigo quedándome con el sonido denso y carnoso de la sensacional violinista norteamericana, pero en lo que a la interpretación se refiere creo que esta no le va a la zaga. No sé si es que entre 2012 y 2018 nuestro artista ha madurado todavía más su acercercamiento a la complicadísima –en lo técnico y en lo expresivo– partitura  o quizá es que ha mí me ha cogido más receptivo. Lo cierto es que Barenboim hijo realiza una formidable teatralización de la parte solista, que entiene como un encendido diálogo –por no decir discusión– consigo mismo: las maneras de dotar de significado expresivo a cada una de las frases, diríase incluso que de otorgarle matices propios del lenguaje hablado, es de no dar crédito. Diríase que con esta lectura es menos complicado que nunca entender esta página, tal es el grado de comuniatividad y convicción que alcanza su labor. Por no hablar, claro está, de la parte puramente técnica: ¿quién fue el que dijo, en España, que Michael Barenboim era un violinista de conservatorio? Hay que ser acémila para afirmar tal cosa.

En cuando a Vasily Petrenko, su labor en Schoenberg resulta cuanto menos notable: hay vida y colorido en su lectura, también nervio bien entendido, pero asimismo un formidable control de los medios. Todo ello, como confiesa en la entrevista complementaria, aprendiéndose la partitura en un tiempo récord, lo que tiene mucho más mérito. Que se pueda preferir la más cálida y plural dirección de Daniel Barenboim es otro cantar. De propina, Michael interpretó el segundo movimiento de la Sonata para violín solo de Bartók, que ya había grabado en su formidable primer disco para el sello Accentus aquí comentado.

El programa se había abierto con la obertura de Rosamunda. La interpretación de salva por la calidad de la orquesta, porque la dirección me gusta más bien poco. La introducción resulta más bien aséptica, y el resto se deja llevar por el nervio y carece de elegancia. Inlcuso los tutti suenan más bien vulgares. ¡Qué difícil es hacer bien Schubert! Pero la segunda parte, dedicada íntegramente a Maurice Ravel, funcionó mucho mejor.

Ya desde el arranque de La valse, soberbiamente trabajado en la tímbrica y en la expresión –decididamente siniestra–, se aprecia la gran afinidad del maestro de San Petersburgo con la música raveliana, a la que sabe dotar del fraseo curvilíneo, el rico colorido y la sensualidad que le corresponde, mas sin caer en lo decadente o en lo hedonista, sino dotando a la página de pulso y sentido dramático. Solo le falta resolver mejor la continuidad entre algunos pasajes –algo harto complicado en esta obra, a decir verdad– para alcanzar lo excepcional.

Todavía mejor la suite nº 2 de Daphnis et Chloé. Frente a los reparos de La Valse, aquí no hay ninguno: conozco un buen puñado de recreaciones a la misma altura, pero ni una sola claramente superior. Claro está, no es mérito solo del excepcional trabajo que Petrenko realiza con las texturas –prodigioso el amanecer–, de su riquísimo sentido del color, de su excelente equilibrio entre brillantez y depuración sonora, de su prodigiosa manera de jugar con el fraseo sin caer en amaneramientos o del estupendo pulso narrativo de que hace gala, sino también de una orquesta que es un verdadero prodigio en tanto en sus diferentes familias como en todos y cada uno de sus solistas. Mención especial para Mathieu Dufour, el antiguo flautista de la Sinfónica de Chicago, en la bellísima Pantomima.

Solo una pega: en la retransmisión en directo hay algo de compresión dinámica que perjudica el disfrute. Esperemos que la Digital Concert Hall se vaya poniendo las pilas en este sentido. 

sábado, 3 de marzo de 2018

Notable debut de Dima Slobodeniouk con la Filarmónica de Berlín

Dima Slobodeniouk (Moscú, 1975), actual titular de la Sinfónica de Galicia, debutó hace un mes nada menos que frente a la Filarmónica de Berlín con un repertorio por completo afín a sus raíces musicales, a medio camino entre Finlandia y Rusia: Sibelius, Shostakovich y Prokofiev. Pude seguir el concierto del día 3 de febrero en directo a través de la Digital Concert Hall y tomé notas tras la retransmisión, pero he demorado la edición de esta entrada para volver a verlo y realizar algunas comparaciones. Pues bien, ya lo he hecho y aquí va el resultado, no sin antes advertir una importante circunstancia técnica: la emisión en diferido reduce sensiblemente, aunque no del todo, la molesta compresión dinámica que afecta al directo.

Se abrió el programa con Tapiola, en versión rápida –poco más de dieciocho minutos–, nerviosa y dramática que atiende a la vertiente más encrespada de la partitura dejando un tanto a un lado el lirismo desolado y contemplativo que asimismo alberga, pero en cualquier caso demostrando buen idioma y una excelente técnica para manejar las masas sonoras de una orquesta que, como ya demostrara en las grabaciones de Herbert von Karajan –sobre todo en la última, tan distinta a esta– resulta la mejor posible para esta página: la cuerda es suntuosa, los metales de una seguridad apabullante, las maderas todo lo incisivas que deben sin perder belleza.


Siguió el Concierto para violín nº 2 de Shostakovich. Solo un año posterior al Concierto para violonchelo nº 2, tiene en común con este tanto su orquestación extremadamente esencial, como su carácter fantasmagórico en el que los diálogos del solista con otros instrumentos de la plantilla, mucho antes que con el tutti, se convierte en vertebradores del discurso. Por desgracia, la inspiración de esta op. 129 resulta mucho menor que la de aquel. O al menos a mí me parece una obra más bien insípida y aburrida, diría incluso que interminable, a la que solo una interpretación de primerísima línea como la de Oistrakh con Kondrashin o la de Vengerov con Rostropovich puede salvar. Esta de Berlín ha sido muy notable. Slobodeniouk fraseó con concentración, Baiba Skride –que había dejado una extraordinaria lectura del Concierto para violín nº 1 en esta misma Digital Concert Hall junto a Nelsons– lució su carnoso sonido violinístico al tiempo que lograba aunar lirismo con desgarro. Los formidables solistas de la orquesta berlinesa dejaron en evidencia su enorme categoría, con especial mención para la trompa de Stefan Dohr. Y sin embargo, todo ello no me ha librado de sufrir cierto tedio, quizá porque todavía hacía falta una última vuelta de tuerca en lo que a compromiso expresivo se refiere.

Sinfonía nº 2 de Prokofiev en la segunda parte. Una obra interesantísima que se programa con poca frecuencia, quizá porque muchas orquestas la encuentran difícil de tocar. No hay problema en ese sentido con la Berliner Philharmoniker, que en 1990 registraba bajo la batuta de Ozawa una lectura admirable. He querido repasarla, como también la no menos espléndida de Rostropovich; además he escuchado la nueva grabación de Kitajenko –notable- y las recientes de Jurowski –magnífica– y Ashkenazy –deplorable– para así juzgar con mayor perspectiva. Tras las comparaciones y la referida segunda audición, creo que Slobodeniouk alcanza un nivel notable, sin llegar a lo excepcional.

El maestro ruso acierta por completo en el primer movimiento, demostrando su batuta, aun sin llegar al nivel de depuración sonora ni de riqueza tímbrica del maestro oriental, poseer virtuosismo más que suficiente como para mover las tremendas masas del maquinista y decibélico sin que aquello resultara un caos, planificando con enorme virtuosismo y apreciable atención al detalle. Y lo hace, además, sin caer en la vulgaridad ni en la machaconería, sin precipitarse ni dejarse llevar por el nervio, aunque se puedan preferir enfoques más viscerales: ya les hablaré de la grabación de Jurowski.

En ese largo tema con variaciones que es el segundo movimiento, Slobodeniouk convenció algo menos. Cierto es que hubo trazo fino y se dejó a la música respirar, como también que se diferenciaron correctamente los diferentes universos expresivos, desde la nostalgia onírica hasta la violencia alucinada pasando por la fina ironía y el humor grotesco, pero a mi entender faltó una pizca de emotividad lírica en la exposición del tema y en su retorno final –pese al magnífico el oboe de Markus Weidmann–, al tiempo que se necesitaba una dosis adicional de magia, misterio y vuelo poético en las variaciones más introvertidas. Una tímbrica más contrastada y con mayores significaciones expresivas hubiera asimismo servido para redondear una lectura de alto nivel que se vio beneficiada por una orquesta cuya potencia y carnosidad sonora (¡tremenda cuerda grave!) son sencillamente ideales para Prokofiev, por no hablar de su insuperable virtuosismo y su enorme implicación emocional. A la postre, notable concierto.

viernes, 2 de marzo de 2018

La Arlesiana, un gran logro de Abbado

Cuando hace poco puse a caldo la grabación de La Arlesiana de Bizet por Minkowski cité de paso la grabación de Clauddio Abbado, es decir, la que el milanés registró para Deutsche Grammophon al frente de la Sinfónica de Londres allá por 1980, vieja conocida por todo buen melómano. He vuelto a escucharla y de nuevo he quedado maravillado. ¡Lástima que la toma no fuera aún mejor!


El acierto del maestro consiste en aportar una buena dosis de músculo, de empaque sinfónico y de tensión sonora al mismo tiempo que mantiene, de manera milagrosa, todo el sentido de la delicadeza, de la levedad bien entendida, del encanto y de la picardía que esta música pide. Y en llevarlo a la práctica con un virtuosismo de batuta verdaderamente asombroso: la naturalidad en el fraseo, la matización de las dinámicas, el cuidado de las transiciones, la transparencia y la enorme finura (¡sin rastro de amaneramiento!) con que maneja a una Sinfónica de Londres en estado de gracia son de no dar crédito.

Solo falta, lástima, ese punto último de morbidez y sensualidad en el color de algunas versiones más entroncadas en la tradición francesa, léase Cluytens, Beecham o Martinon, pero globalmente la de Abbado no desmerece en absoluto de las mismas. Ah, se me olvidaba: no se olviden de la magnífica heterodoxia de Barenboim en esta página.

Dos grabaciones de Aida: Karajan 1959 y Abbado 1981

Aprendí a amar Aida de Verdi con la mítica grabación de Karajan y la Filarmónica de Viena de 1959 para Decca. De hecho, fue una de las prim...