Ayer viernes se publicó este disco en el que
Lisa Batiashvili, junto a la
Chamber Orchestra of Europe bajo la dirección de
Yannick
Nézet-Séguin, interpreta los dos conciertos para violín de
Sergei
Prokofiev, y anoche mismo lo pude escuchar en streaming, pero con calidad
CD, a través de la plataforma Tidal, de la que estoy francamente satisfecho.
Otro día les hablaré de ella: ahora toca hacerlo sobre los resultados artísticos
de este registro, que por cierto se beneficia de la mejor toma sonora que hayan
recibido estas dos estupendas obras del autor de
Pedro y el lobo.
Resultados más que notables, incluso diríase que sobresalientes en el caso del
nº 2, pero a mi entender no referenciales.
El disco se abre con una verdadera declaración de intenciones: una áspera,
tensa e incluso desgarrada interpretación de la
Danza de los caballeros
del
Romeo y Julieta en arreglo para violín y orquesta de
Tamás
Batiashvili, el padre de una artista que en esta ocasión quiere dejar bien
claro que está dispuesta a enriquecer sus habitualmente líricas maneras con una buena dosis de aristas tanto sonoras como expresivas. Y efectivamente
así ocurre con el
Concierto nº 1 (ver
discografía comparada), dicho con extraordinaria belleza en la
forma y un fraseo tan natural como cantable, sino también con una importante
intensidad dramática en la que lo afilado del sonido violinístico –riquísimo en
colores– y la tensión lacerante, a veces –desarrollo del primer movimiento– de
una angustia y una agitación en verdad irresistibles sin que haya lugar
alguno al descontrol, ponen de relieve los aspectos más combativos de la página.
Lo onírico, lo lírico y lo dramático, en esquizofrénica unión muy característica
de Prokofiev, saben ser atendidos por nuestra artista desde la más absoluta
sinceridad y, eso por descontado, haciendo gala de un virtuosismo asombroso: no creo que nadie haya tocado aún mejor esta obra.
En realidad, si la violinista georgiana no termina de redondear su
aproximación se debe a la dirección de Nézet-Séguin. Y eso que a la labor del
maestro franco-canadiense no le faltan virtudes: apreciable sentido
del ritmo, transparencia, colorido tan variado como incisivo, amplia gama de
acentos y una gran intensidad en la expresión. El problema es que esta resulta
un tanto unidireccional. Yannick acierta por completo al subrayar el lado más
anguloso, combativo y dramático de esta música repleta de dolor, pero se
equivoca al negarle sus raíces románticas. Su lectura carece de la suficiente
dosis de calidez, de sensualidad y de vuelo lírico: escúchese a Rostropovich
para comprender como una cosa no está reñida con la otra. Resulta además en
exceso rápida y nerviosa en el tercer movimiento, no terminando de descargar la
suficiente fuerza trágica en su gran clímax (a partir de 6:05) al no encontrarse
este lo suficientemente preparado. Eso sí, resulta difícil no descubrirse ante
el refinadísimo trabajo de texturas y colores del joven director, perfectamente
sintonizado con la estupenda orquesta, en toda la fantasmagórica sección final.
Sigue el Gran vals –no el de la medianoche– de
La cenicienta, de nuevo
en arreglo de Tamás Batiashvili, perfecta ocasión para que nuestra artista
demuestre que cantar, lo que se dice cantar, es capaz de hacerlo como nadie,
pero sin dejar de hacerlo con ese trazo curvilíneo y esa mezcla de ironía y
lirismo agridulce que necesita el compositor ruso.
El
Concierto nº 2 recibe una interpretación más satisfactoria que el
primero, por la sencilla razón de que su escritura, pese a la cercanía en el
tiempo con
Romeo y Julieta, resulta menos “romántica” que la de aquel, y
por ende sintoniza mejor con el planteamiento nervioso, tenso y afilado de
Batiashvili y Nézet-Séguin. Pero claro, si uno repara en el logro singular de
Vengerov y Rostropovich de 1996 –yo he realizado la comparación mientras
escribía estas líneas–, se dará cuenta de que en primer movimiento hay frases a
las que se le podría sacar mucho más partido –tampoco entiendo muy bien por qué
la solista exagera los portamentos de 0:56), mientras que el Andante assai, aun
ofreciendo una considerable intensidad dramática, podría encontrarse mucho
más paladeado (9:16 frente a los 10:44 del citado registro de Teldec) y ofrecer
mayor calidez lírica sin merma de los acentos dolientes que esta página
necesita. El Allegro ben marcato conclusivo sí que es sensacional: virtuosismo
extremo por parte tanto de la batuta como de la violinista, virulencia en su
punto justo y una buena dosis de mala leche –ni rastro del Prokofiev
supuestamente juguetón– son sus señas de identidad.
Una particularmente ácida marcha de
El amor de las tres naranjas pone
punto y final a un disco en el que nuestra querida Lisa Batiashvili deja bien
claro que ella también sabe sacar las uñas.