He realizado una estancia de tres noches y cuatro días en París. Tercera vez en mi vida que voy a la capital de Francia. Sigue tan hermosa como la recordaba, pero ahora resulta muchísimo más molesta para el turista debido a las tremendas medidas de seguridad. También la he encontrado con los precios más altos, hasta el punto de que se ha convertido en la ciudad más cara que conozco. En cualquier caso, he cumplido el objetivo de disfrutar de ella y de sus monumentos, con especial atención –escapada a Reims incluida– a esa arquitectura de los siglos XII y XIII que tanto me interesa. Aproveché asimismo para asistir a un par de espectáculos musicales, el primero de los cuales fue un concierto de la Orquesta de París la noche del pasado jueves 7.
Un aliciente para el mismo era conocer la Grande Salle Pierre Boulez, inaugurada en enero de 2015 dentro de la nueva Philharmonie de París. Ciertamente hermosa y de sensacional acústica: compré una entrada relativamente cercana al escenario en la que en teoría no se conseguiría el empaste más adecuado, pero les aseguro que allí se escuchaba muchísimo mejor que en el Auditorio Nacional o en el Maestranza en parecida ubicación. Eso sí, hay que invertir un tiempo importante para llegar a la sala desde el centro. Y en algunos aspectos funcionales deja que desear. Por ejemplo, en la calefacción: ¿por qué demonios la ponen a semejante potencia en un día tan frío? ¿Para obligar a todo el mundo a perder un cuarto de hora recogiendo las cosas en la consigna al terminar? Claro que exactamente lo mismo se puede decir de la mayoría de los museos parisinos.

Daniel Harding, a quien un servidor había escuchado en directo aquí mismo en el Teatro Villamarta ya hace años, dirigía a la orquesta en calidad de titular con un programa integrado por el
Concierto para violín de Arnold Schoenberg y la
Sinfonía Alpina de Richard Strauss. La partitura del autor de
Pierrot Lunaire me sigue resultando dura de
escuchar, pero lo cierto es que con una recreación tan espléndida resulta mucho
más asequible. La labor de Harding me recordó antes a
la de Barenboim que
a las de Kubelik y Salonen, pues el ya no tan joven maestro se tomó las cosas
sin prisas –su lectura se acercó a los 35 minutos–, y en lugar de apostar por el
expresionismo puro y duro, procuró llegar a un punto de equilibrio entre las
imprescindibles aristas sonoras y la riqueza tímbrica, el sentido de la
atmósfera y hasta el lirismo que tan difíciles
resultan de sacar a la luz. Aun sin llegar al grado de inspiración del citado
Barenboim, el de Oxford realizó un formidable trabajo caracterizado por una
perfecta planificación y un apreciable compromiso expresivo en el que la
atención a todos esos aspectos antes referidos le permitió no solo convencer,
sino incluso entusiasmar al respetable.
Claro que con la respuesta del público
también tuvo que ver una Isabelle Faust que es Doctora Jekyll en este repertorio
antes que la Mrs. Hyde que aparece cuando usa cuerdas de tripa. ¡Qué diferencia
con el flojísimo Mozart que le escuché
en
los Proms de este verano o con ese bochornoso Mendelssohn comentado
aquí
mismo hace unos días! Con Schoenberg no hay pedantería ni afectación, sino
sensatez a raudales, intensidad bien controlada y gran belleza sonora. En esta
obra me sigo quedando con Hilary Hahn, no menos admirable en lo puramente sonoro
y más intensa aún en lo expresivo, pero la Faust realiza un acercamiento
sobresaliente.
Repaso lo que escribí
en
este blog sobre el disco de la
Sinfonía Alpina de Harding con la
Saito Kinen. Le puse entonces un 9 sobre 10, porque no quería usar decimales.
Puntuación más exacta sería la de un 8,5, justo la que le pondría a la
interpretación escuchada en la segunda parte de esta velada parisina. No
encontré en esta ocasión esos portamentos ni esos devaneos con el ternurismo que
aprecié en la grabación, pero sí cierta falta de elevación poética en toda la
primera parte. He vuelto a echar de menos un grado aún mayor de riqueza tímbrica
y de depuración sonora, aun siendo estas muy apreciables. Y lo mejor me sigue
pareciendo toda la secuencia final, empezando por una espectacular pero nada
efectista tormenta, continuando con un ocaso mucho antes amargo que
contemplativo y concluyendo con una noche llena de negrura. Por lo demás, el
idioma straussiano que maneja Harding resultó irreprochable y el trazo global de
la obra, tan difícil de lograr, se encontró perfectamente conseguido: todo se
desarrolló con perfecto pulso, con concentración y sin nerviosismo alguno,
alcanzándose los clímax con absoluta lógica y ofreciendo en los mismos grandeza
en absoluto confundida con exceso de retórica.
En cualquier caso, debo reconocerlo, hubo en esta experiencia algo impactante
que tiene que ver poco que ver con lo expresivo y mucho con lo puramente
sensorial: el placer de escuchar en directo, con una acústica excelente y tocada
por una orquesta no excepcional –la Orquesta de París no es la Filarmónica de
Berlín o de la Viena, ni la del Concertgebouw– pero sí magnífica, una obra como
la
Sinfonía Alpina. Pese a lo mucho que han avanzado los medios de
reproducción domésticos –escuchen cómo suena la grabación de Luisi en SACD, por
ejemplo–, nada hay comparable a la audición en una gran sala de conciertos y en
una butaca de buena ubicación. Insisto: al margen de cuestiones sobre
interpretación, la sensación puramente física de tener ahí las masas sonoras,
desatando una gama dinámica extrema (¡qué tremendas las entradas del órgano!), y
haciéndolo bajo las órdenes de una batuta que sabe tratarlas con perfecto
empaste y enorme plasticidad, resulta una auténtica gozada y un verdadero
privilegio. Mereció la pena.