martes, 12 de diciembre de 2017

Escuchando la Alpina en París: una experiencia física

He realizado una estancia de tres noches y cuatro días en París. Tercera vez en mi vida que voy a la capital de Francia. Sigue tan hermosa como la recordaba, pero ahora resulta muchísimo más molesta para el turista debido a las tremendas medidas de seguridad. También la he encontrado con los precios más altos, hasta el punto de que se ha convertido en la ciudad más cara que conozco. En cualquier caso, he cumplido el objetivo de disfrutar de ella y de sus monumentos, con especial atención –escapada a Reims incluida– a esa arquitectura de los siglos XII y XIII que tanto me interesa. Aproveché asimismo para asistir a un par de espectáculos musicales, el primero de los cuales fue un concierto de la Orquesta de París la noche del pasado jueves 7.

Un aliciente para el mismo era conocer la Grande Salle Pierre Boulez, inaugurada en enero de 2015 dentro de la nueva Philharmonie de París. Ciertamente hermosa y de sensacional acústica: compré una entrada relativamente cercana al escenario en la que en teoría no se conseguiría el empaste más adecuado, pero les aseguro que allí se escuchaba muchísimo mejor que en el Auditorio Nacional o en el Maestranza en parecida ubicación. Eso sí, hay que invertir un tiempo importante para llegar a la sala desde el centro. Y en algunos aspectos funcionales deja que desear. Por ejemplo, en la calefacción: ¿por qué demonios la ponen a semejante potencia en un día tan frío? ¿Para obligar a todo el mundo a perder un cuarto de hora recogiendo las cosas en la consigna al terminar? Claro que exactamente lo mismo se puede decir de la mayoría de los museos parisinos.



Daniel Harding, a quien un servidor había escuchado en directo aquí mismo en el Teatro Villamarta ya hace años, dirigía a la orquesta en calidad de titular con un programa integrado por el Concierto para violín de Arnold Schoenberg y la Sinfonía Alpina de Richard Strauss. La partitura del autor de Pierrot Lunaire me sigue resultando dura de escuchar, pero lo cierto es que con una recreación tan espléndida resulta mucho más asequible. La labor de Harding me recordó antes a la de Barenboim que a las de Kubelik y Salonen, pues el ya no tan joven maestro se tomó las cosas sin prisas –su lectura se acercó a los 35 minutos–, y en lugar de apostar por el expresionismo puro y duro, procuró llegar a un punto de equilibrio entre las imprescindibles aristas sonoras y la riqueza tímbrica, el sentido de la atmósfera y hasta el lirismo que tan difíciles resultan de sacar a la luz. Aun sin llegar al grado de inspiración del citado Barenboim, el de Oxford realizó un formidable trabajo caracterizado por una perfecta planificación y un apreciable compromiso expresivo en el que la atención a todos esos aspectos antes referidos le permitió no solo convencer, sino incluso entusiasmar al respetable.

Claro que con la respuesta del público también tuvo que ver una Isabelle Faust que es Doctora Jekyll en este repertorio antes que la Mrs. Hyde que aparece cuando usa cuerdas de tripa. ¡Qué diferencia con el flojísimo Mozart que le escuché en los Proms de este verano o con ese bochornoso Mendelssohn comentado aquí mismo hace unos días! Con Schoenberg no hay pedantería ni afectación, sino sensatez a raudales, intensidad bien controlada y gran belleza sonora. En esta obra me sigo quedando con Hilary Hahn, no menos admirable en lo puramente sonoro y más intensa aún en lo expresivo, pero la Faust realiza un acercamiento sobresaliente.

Repaso lo que escribí en este blog sobre el disco de la Sinfonía Alpina de Harding con la Saito Kinen. Le puse entonces un 9 sobre 10, porque no quería usar decimales. Puntuación más exacta sería la de un 8,5, justo la que le pondría a la interpretación escuchada en la segunda parte de esta velada parisina. No encontré en esta ocasión esos portamentos ni esos devaneos con el ternurismo que aprecié en la grabación, pero sí cierta falta de elevación poética en toda la primera parte. He vuelto a echar de menos un grado aún mayor de riqueza tímbrica y de depuración sonora, aun siendo estas muy apreciables. Y lo mejor me sigue pareciendo toda la secuencia final, empezando por una espectacular pero nada efectista tormenta, continuando con un ocaso mucho antes amargo que contemplativo y concluyendo con una noche llena de negrura. Por lo demás, el idioma straussiano que maneja Harding resultó irreprochable y el trazo global de la obra, tan difícil de lograr, se encontró perfectamente conseguido: todo se desarrolló con perfecto pulso, con concentración y sin nerviosismo alguno, alcanzándose los clímax con absoluta lógica y ofreciendo en los mismos grandeza en absoluto confundida con exceso de retórica.

En cualquier caso, debo reconocerlo, hubo en esta experiencia algo impactante que tiene que ver poco que ver con lo expresivo y mucho con lo puramente sensorial: el placer de escuchar en directo, con una acústica excelente y tocada por una orquesta no excepcional –la Orquesta de París no es la Filarmónica de Berlín o de la Viena, ni la del Concertgebouw– pero sí magnífica, una obra como la Sinfonía Alpina. Pese a lo mucho que han avanzado los medios de reproducción domésticos –escuchen cómo suena la grabación de Luisi en SACD, por ejemplo–, nada hay comparable a la audición en una gran sala de conciertos y en una butaca de buena ubicación. Insisto: al margen de cuestiones sobre interpretación, la sensación puramente física de tener ahí las masas sonoras, desatando una gama dinámica extrema (¡qué tremendas las entradas del órgano!), y haciéndolo bajo las órdenes de una batuta que sabe tratarlas con perfecto empaste y enorme plasticidad, resulta una auténtica gozada y un verdadero privilegio. Mereció la pena.

6 comentarios:

Nemo dijo...

Muchas gracias por su magnífica crónica.
En una entrevista preguntaron a Boulez: "dicen que la nueva sala de conciertos es una monstruosidad arquitectónica". Respuesta de Boulez: "Sí, pero no lo suficiente".

Fernando López Vargas-Machuca dijo...

Gracias por compartir la anéctoda, Nemo. Lo que no entiendo muy bien es qué quiso decir Boulez. Porque bien grande es. Y si por monstruisa entendemos fea... Vamos a ver, por fuera no me termina de convencer (aunque la vi de noche), pero por dentro está bastante bien, sin que sea la más hermosa sala de conciertos que haya visto. Entre los auditorios contemporáneos de interior más atractivo recuerdo la Philharmonie de Múnich y, sobre todo, la de Colonia. Saludos.

Nemo dijo...

Al parecer la cosa venía de los enormes costes del edificio, no solo es una sala de conciertos enorme, sino que incluye distintas salas más pequeñas, salas de conferencias, salas de ensayo... una especie de ciudad de la música. El proyecto original se recortó, según creo recordar, pero aún así, el tamaño del edificio, los costes, su localización, desató enormes críticas en Francia a lo largo de su gestación y ejecución. Y eso que los franceses son muy dados a estos megaproyectos (todos los presidentes quieren dejar su sello en Paris: RadioFrance de De Gaulle, el Centro Pompidou, la Biblioteca de Mitterrand, etc.).

El caso es que parte de esas críticas iban de forma al menos indirectas hacia Boulez, pues la iniciativa había surgido de los contactos del compositor con el Ministro de turno. Dicho de otra forma, aquello era "culpa" de Boulez. Al proyecto se le calificó de "monstruosidad", de ahí la mala leche de la pregunta. La salida de Boulez no podía ser más francesa.

Eso es lo que recuerdo del caso, que seguí un poco, pero tirando de memoria.

Fernando López Vargas-Machuca dijo...

Ah, vale, queda aclarado el sentido de la respuesta. Sin embargo, no me terminan de encajar las piezas. Por lo que veo en Wikipedia, la Ciudad de la Música de París donde se integra la nueva sala se remonta a 1995. Lo que ocurre es que la gran sala de conciertos se había quedado pequeña, así que a la postre han tenido que construir junto a ella la Philharmonie, que incluye esta otra sala con mucho mayor aforo.

Nemo dijo...

Sí, me refería a la La Cité, no específicamente a la Philharmonie.

Aquí he encontrado recogida la anécdota:

https://elpais.com/cultura/2015/03/26/actualidad/1427388004_707126.html

Perdona las imprecisiones, pero es lo que tiene la memoria de los ancianetes como yo.



Bruno dijo...

Boulez era muy aficionado a las boutades. Muy moderno y provocador. Puso a parir a Mahler y Bruckner, y a alguno más, en su juventud como caminos errados de la música para acabar interpretándolos. Todo lo que no era serialismo y conexos era herejía. No podían existir todas esas cosas al mismo tiempo.
Se me ocurre lo de la Alpina como un indicador del nivel de vida. Antes en los libros aparecía como marginal en el catálogo de Strauss. Ahora ya nos podemos permitir que muchas orquestas la interpreten con soltura y resulta que es bastante buena y resultona. No es casualidad que fuera primer en el mundo digital.