Un cajón de sastre para cosas sobre música "clásica". Discos, conciertos, audiciones comparadas, filias y fobias, maledicencias varias... Todo ello con centro en Jerez de la Frontera, aunque viajando todo lo posible. En definitiva, un blog sin ningún interés.
martes, 27 de diciembre de 2016
Se fue Carrie Fisher
Con la muerte de Carrie Fisher se nos va una parte de nuestra infancia. O de la adolescencia, para los que son un poco más mayores. A mí me ha dolido más su fallecimiento que el de algunos músicos famosos, y por eso dejo aquí esta música. La única posible.
lunes, 26 de diciembre de 2016
Ravel por Ozawa: refinamiento extremo
Entre las grabaciones realizadas originalmente en toma cuadrafónica –nunca editadas como tales– por el sello Deutsche Grammophon en los años setenta y ahora recuperadas con la imagen sonora original por Pentatone en SACD, se encuentra esta selección de la completa serie de registros con música de Maurice Ravel que en 1974 realizaron Seiji Ozawa y la Sinfónica de Boston. Hay que descubrirse, porque el sonido es de una naturalidad, de una pureza tímbrica y de un sentido espacial dignos de admiración. Por no hablar de la gama dinámica, aunque esta no sea aquí muy espectacular por la naturaleza de las obras seleccionadas, entre las más digamos "íntimas" de las escritas para orquesta por el autor: Le tombeau de Couperin, Menuet Antique, Ma Mère l'Oye –versión ballet–, Valses nobles et sentimentales y Une barque sur l'ocean.
Frente a los muy irregulares resultados del Daphnis del mismo año comentado en este blog, las interpretaciones son todas de gran altura: aquí el maestro de origen oriental no se deja llevar por el exceso de nerviosismo ni desatiende las texturas. Ahora bien, se pueden no compartir las premisas en las que se basa el Ravel de Ozawa. Y es que éste es ante todo elegante, delicado, sensual y refinado en extremo.
No me vayan a malinterpretar: uno se queda fascinado por el fraseo curvilíneo, diríase que Art Nouveau, del que hace gala la batuta. Por su desarrolladísimo sentido del color, suave y difuminado, nunca incisivo, y por ende perfecto para el impresionismo. Y por las enormes dosis de belleza sonora que sabe extraer de su maravillosa orquesta, que suena aérea sin perder plasticidad ni opulencia cuando la necesita. Pero al final uno puede acabar un poco harto de tanta suavidad y de tan escasos contrastes, y echar de menos lo que exactamente por las mismas fechas hacía Jean Martinon con la Orquesta de París en grabaciones para EMI que todo buen melómano debe tener en su discoteca. Por no hablar de las interpretaciones muy distintas a éstas que en ese mismo año (menuda cosecha la del 74!) registraba Pierre Boulez, por cierto con una toma cuadrafónica bastante más espectacular pero mucho menos limpia que la que ahora recupera Pentatone.
Dicho todo esto, podemos descender un poco al detalle. Le tombeau de Couperin recibe una interpretación fluida y elegante, de enorme depuración sonora, en la que la orquesta suena con un punto de agilidad y ligereza muy adecuado para la obra. Esta además necesita ese toque de coquetería digamos que “rococó” que para un maestro como Ozawa es muy fácil de obtener, aunque uno pueda preferir un punto extra de incisividad. Muy francesa la lectura del Menuet Antique con riqueza de acentos, pero también con su punto de distanciamiento; otra cosa es que Ozawa no se muestre del todo valiente ante las texturas algo socarronas propuestas por el compositor y ofrezca un humor más sutil y bienhumorado que otra cosa.
Ma Mère l'Oye es en manos de Ozawa pura filigrana, destilando además una buena dosis de ternura, encanto y poesía, aunque siempre desde un punto de vista más
contemplativo que narrativo y con una expresividad algo más naif de lo acostumbrado. En Valses nobles et sentimentales la óptica vuelve a ser distinguida y algo distanciada, y por ende no hay particular chispa ni arrebato, pero en cualquier caso el idioma es perfecto y la obra se encuentra soberbiamente planificada y ejecutada. ¡Qué maravilla era ya por esa época la Boston Symphony, y qué bien acostumbrada al idioma raveliano la había tenido Charles Munch! Para terminar, Une barque sur l'ocean en interpretación lenta, estática, de
una belleza incomparable, pero en exceso
contemplativa y sin ese carácter tempestuoso que la obra necesita.
A la postre, recomendaría este disco muy especialmente a los amantes de la alta fidelidad, porque el trabajo de los ingenieros de sonido de la Deutsche Grammophon de aquella época y el de los de Pentatone en fechas mucho más recientes es de quitarse el sombrero. Pero que conste que el contenido musical, con todos los reparos expuestos, es de enorme calidad. Merece la pena la compra.
Frente a los muy irregulares resultados del Daphnis del mismo año comentado en este blog, las interpretaciones son todas de gran altura: aquí el maestro de origen oriental no se deja llevar por el exceso de nerviosismo ni desatiende las texturas. Ahora bien, se pueden no compartir las premisas en las que se basa el Ravel de Ozawa. Y es que éste es ante todo elegante, delicado, sensual y refinado en extremo.
No me vayan a malinterpretar: uno se queda fascinado por el fraseo curvilíneo, diríase que Art Nouveau, del que hace gala la batuta. Por su desarrolladísimo sentido del color, suave y difuminado, nunca incisivo, y por ende perfecto para el impresionismo. Y por las enormes dosis de belleza sonora que sabe extraer de su maravillosa orquesta, que suena aérea sin perder plasticidad ni opulencia cuando la necesita. Pero al final uno puede acabar un poco harto de tanta suavidad y de tan escasos contrastes, y echar de menos lo que exactamente por las mismas fechas hacía Jean Martinon con la Orquesta de París en grabaciones para EMI que todo buen melómano debe tener en su discoteca. Por no hablar de las interpretaciones muy distintas a éstas que en ese mismo año (menuda cosecha la del 74!) registraba Pierre Boulez, por cierto con una toma cuadrafónica bastante más espectacular pero mucho menos limpia que la que ahora recupera Pentatone.
Dicho todo esto, podemos descender un poco al detalle. Le tombeau de Couperin recibe una interpretación fluida y elegante, de enorme depuración sonora, en la que la orquesta suena con un punto de agilidad y ligereza muy adecuado para la obra. Esta además necesita ese toque de coquetería digamos que “rococó” que para un maestro como Ozawa es muy fácil de obtener, aunque uno pueda preferir un punto extra de incisividad. Muy francesa la lectura del Menuet Antique con riqueza de acentos, pero también con su punto de distanciamiento; otra cosa es que Ozawa no se muestre del todo valiente ante las texturas algo socarronas propuestas por el compositor y ofrezca un humor más sutil y bienhumorado que otra cosa.
A la postre, recomendaría este disco muy especialmente a los amantes de la alta fidelidad, porque el trabajo de los ingenieros de sonido de la Deutsche Grammophon de aquella época y el de los de Pentatone en fechas mucho más recientes es de quitarse el sombrero. Pero que conste que el contenido musical, con todos los reparos expuestos, es de enorme calidad. Merece la pena la compra.
domingo, 25 de diciembre de 2016
El Oratorio de Navidad por Karl Richter
Casi todos los años por estas fechas escucho alguna versión del Oratorio de Navidad. Esta vez ha tocado la segunda de las interpretaciones de Karl Richter, la registrada frente a sus habituales conjuntos bávaros, Coro y Orquesta Bach de Múnich, en la Herkules-Saal muniquesa en febrero, marzo y junio de 1965 para el sello Archiv. La conocía solo muy parcialmente, y lo cierto es que no me terminaba de gustar, quizá por estar en exceso acostumbrado a las maravillosas grabaciones –en audio y vídeo– de John Eliot Gardiner. Ahora le he encontrado grandes valores: hay aquí musicalidad a raudales, mucha comunicatividad y una atención plena a los diferentes valores expresivos de la obra, desde el júbilo no poco profano del increíble coro inicial que J. S. Bach se tomó prestado a sí mismo de su cantata Resonad, Timbales BWV 214 –gran parte de la obra sigue la fórmula de la parodia– hasta la poesía íntima y sensual de no pocos de los números, además de espiritualidad en absoluto naif y mucha intensidad en los corales, que buscan la fuerza y la convicción mucho antes que la mera belleza sonora. Y hay, sobre todo, una clara apuesta por los valores melódicos de la partitura, lo que tiene mucho que ver con el uso del legato y, en general, de la articulación adoptada.
Pero aquí está, precisamente, lo que para mí es el problema de la interpretación, no tanto el volumen de las fuerzas congregadas o el uso de instrumentos tradicionales –ya sabe el lector que no soy en absoluto taliban en este sentido– como la excesiva suavidad del fraseo, la falta de incisividad y de un ritmo más marcado. En cualquier caso, cualquier melómano exento de prejuicios –quedan excluidos los papanatas de la cuerda de tripa– disfrutará sobremanera de la dirección de Herr Richter. Como los amantes de las voces se lo pasarán en grande con Gundula Janowitz –un tanto agria en el sobreagudo–, Christa Ludwig, Fritz Wunderlich y Franz Crass, nada menos. Por no hablar del cameo de la trompeta de Maurice André, aunque a mi entender esta cobra excesivo protagonismo en la toma sonora. Esta última ha sido remasterizada en fechas recientes en HD: esta es la versión que he escuchado y la que a ustedes les recomienzo.
sábado, 24 de diciembre de 2016
El Cascanueces por André Previn
Si la pasada Navidad les traje a ustedes un Cascanueces, concretamente el filmado en el Covent Garden bajo la batuta Rozhdestvensky, esta vez traigo dos: el registrado por la Sinfónica de Londres en 1972 y el de la Royal Philharmonic de 1986, en ambos casos para el sello EMI y bajo la dirección de uno de los maestros más injustamente olvidados en la actualidad: André Previn. El primero, que quien esto escribe no conocía, he podido escucharlo en su reciente reprocesado en alta definición. El segundo fue la primera grabación del genial ballet de Tchaikovsky que tuve en mi discoteca. He escuchado ambos en días consecutivos y me han hecho disfrutar un montón.
No es en absoluto personal el Tchaikovsky de Previn. Tampoco es creativo ni tiene una especial garra. ¿Entonces? Creo que, como escribí en la comparativa del Romeo y Julieta tchaikovskiano, el secreto reside "en la convergencia de un gran dominio técnico, conocimiento del
idioma, sensatez, buen gusto, pulso en absoluto nervioso y una
apreciable dosis de inmediatez y comunicatividad". Yo añadiría ahora la portentosa capacidad de que hace gala el maestro berlinés para conseguir la máxima delectación melódica sin que se venga la tensión abajo ni se caiga en el preciosismo. Independientemente de lo perfecto del empaste entre las diferentes familias instrumentales, con metales brillantes pero no broncos –gran diferencia aquí con la escuela rusa de los Mravinsky, Rozhdestvensky– y unas maderas muy bien delineadas, aquí se impone el canto bellísimo, amplio y natural de una cuerda sedosa y cálida. Puede que en algún número se eche de menos un sentido del humor con mayor retranca, o una dosis más grande de chispa, de vitalidad y de extroversión. Y desde luego los resultados nada tienen que ver con el dramatismo de un Mravinsky –me refiero a su memorable selección del primer acto– ni con la tan discutible como genial y reveladora relectura Barenboim, pero es difícil superar a Previn en su ortodoxia ajena a cualquier tipo de efectismo o amaneramiento.
Alguien se preguntará si hay grandes diferencias entre las dos interpretaciones. Yo no las he encontrado. En la segunda hay algún número más lento, como la danza árabe –auténtica magia sonora– o el maravilloso paso a dos del segundo acto; este último es quizá, en la interpretación con la Royal Philharmonic, aquel donde el maestro alcanza su más alto grado de inspiración gracias a una portentosa mezcla entre carnalidad en el fraseo e incandescencia dramática. ¡Y qué música más extraordinaria! Por lo demás, da la impresión de que esta segunda lectura gana con respecto a la otra en depuración sonora, aunque tal impresión quizá se deba a una toma sonora muy superior: si la realizada en el Kingsway Hall ofrecía muy buen equilibrio pero sufría un ligero punto de distorsión y una gama dinámica constreñida, la registrada en Abbey Road es más natural en la tímbrica, posee mayor sentido espacial y se siente mucho más liberada en los clímax más decibélicos.
¿Otras posibilidades? Además de la de Rozhdestvensky, he comentado aquí las grabaciones de Gergiev, Barenboim, y Rattle. La de Ozawa, de la que tengo excelentes referencias, no la conozco. ¡Feliz Navidad!
Alguien se preguntará si hay grandes diferencias entre las dos interpretaciones. Yo no las he encontrado. En la segunda hay algún número más lento, como la danza árabe –auténtica magia sonora– o el maravilloso paso a dos del segundo acto; este último es quizá, en la interpretación con la Royal Philharmonic, aquel donde el maestro alcanza su más alto grado de inspiración gracias a una portentosa mezcla entre carnalidad en el fraseo e incandescencia dramática. ¡Y qué música más extraordinaria! Por lo demás, da la impresión de que esta segunda lectura gana con respecto a la otra en depuración sonora, aunque tal impresión quizá se deba a una toma sonora muy superior: si la realizada en el Kingsway Hall ofrecía muy buen equilibrio pero sufría un ligero punto de distorsión y una gama dinámica constreñida, la registrada en Abbey Road es más natural en la tímbrica, posee mayor sentido espacial y se siente mucho más liberada en los clímax más decibélicos.
¿Otras posibilidades? Además de la de Rozhdestvensky, he comentado aquí las grabaciones de Gergiev, Barenboim, y Rattle. La de Ozawa, de la que tengo excelentes referencias, no la conozco. ¡Feliz Navidad!
jueves, 22 de diciembre de 2016
Los Cuadros de Dudamel en Viena: piloto automático
Con las evaluaciones de esta mañana y las clases que por la tarde ponen punto y final al primer trimestre quedo temporalmente descargado del enorme trabajo de las últimas semanas, así que en estas fiestas espero actualizar el blog con más frecuencia. Comienzo con un disco recién salido al mercado: Cuadros de una exposición de Mussorgsky/Ravel en interpretación de Gustavo Dudamel y la Filarmónica de Viena registrada por los ingenieros de Deutsche Grammophon en la Musikverein de la capital austríaca en abril de este mismo año. Sin especial acierto técnico, a decir verdad: la orquesta suena con naturalidad pero un poco difusa y sin mucha pegada, incluso en la descarga en alta definición que he tenido la oportunidad de escuchar.
¿Y la interpretación? Conociendo a Dudamel, me esperaba una lectura extrovertida, llena de vida y color, de elevado sentido descriptivo; también un poco superficial, más "música de cine" que otra cosa, y quizá algo efectista. Pues no, nada de eso. Todo lo contrario. Es la suya una interpretación de trazo fino, elegante y cuidadosa, dicha con exquisito gusto, no exenta de sensualidad ni de poesía digamos que raveliana, pero falta de garra, de potencia expresiva, de sentido teatral de contrastes expresivos e incluso de matices: quitando algún detalle interesante aquí y allá, da la impresión de que el maestro venezolano hubiera puesto el piloto automático. Que el Gnomo esté dicho un tanto de pasada, Bydlo suene algo alicaído – impresionante la tuba, eso sí– y a la bruja le falte fuerza no deja de decepcionar; en contrapartida, las Tullerías o los Pollitos estén dichos con adecuado encanto, mientras que el Mercado de Limoges se desarrolla con una enorme agilidad.
Muchísimo mejor las propinas. No recibe Noche en el monte pelado –versión Rimsky, por supuesto– la interpretación más electrizante o escarpada posible –increíbles Rostropovich/París y Muti/Philadelphia–, pero su claridad resulta admirable y en la sección final nos atrapa una flauta que frasea de manera excepcional sobre el color plateado de la cuerda vienesa. Y vuelve a ser la sonoridad de la Wiener Philharmoniker la principal baza del Vals de El lago de los cisnes, dirigido de manera irreprochable por una batuta de enorme talento que debería dedicar más tiempo al estudio y menos a ser una estrella mediática.
¿Y la interpretación? Conociendo a Dudamel, me esperaba una lectura extrovertida, llena de vida y color, de elevado sentido descriptivo; también un poco superficial, más "música de cine" que otra cosa, y quizá algo efectista. Pues no, nada de eso. Todo lo contrario. Es la suya una interpretación de trazo fino, elegante y cuidadosa, dicha con exquisito gusto, no exenta de sensualidad ni de poesía digamos que raveliana, pero falta de garra, de potencia expresiva, de sentido teatral de contrastes expresivos e incluso de matices: quitando algún detalle interesante aquí y allá, da la impresión de que el maestro venezolano hubiera puesto el piloto automático. Que el Gnomo esté dicho un tanto de pasada, Bydlo suene algo alicaído – impresionante la tuba, eso sí– y a la bruja le falte fuerza no deja de decepcionar; en contrapartida, las Tullerías o los Pollitos estén dichos con adecuado encanto, mientras que el Mercado de Limoges se desarrolla con una enorme agilidad.
Muchísimo mejor las propinas. No recibe Noche en el monte pelado –versión Rimsky, por supuesto– la interpretación más electrizante o escarpada posible –increíbles Rostropovich/París y Muti/Philadelphia–, pero su claridad resulta admirable y en la sección final nos atrapa una flauta que frasea de manera excepcional sobre el color plateado de la cuerda vienesa. Y vuelve a ser la sonoridad de la Wiener Philharmoniker la principal baza del Vals de El lago de los cisnes, dirigido de manera irreprochable por una batuta de enorme talento que debería dedicar más tiempo al estudio y menos a ser una estrella mediática.
lunes, 19 de diciembre de 2016
Huracán Radvanovski en el Maestranza
Tras la excelsitud de Angela Meade en las cuatro funciones de Anna Bolena, llega al Teatro de la Maestranza el huracán Sondra Radvanovsky. Hay quienes han entrado en el juego de una comparación cualitativa que a mí me parece improcedente. En realidad, lo único que comparten las dos sopranos es haber nacido en Estados Unidos y ser reconocidas recreadoras de la música de Gaetano Donizetti. Porque el instrumento no tiene absolutamente nada que ver, mucho más caudaloso el de la Radvanovsky, también más pesado, más rico en vibraciones –para mi gusto en exceso–, más robusto tanto en el grave como en el agudo, más lleno de armónicos y mucho más penetrante merced a una abundante capa de esmalte. Tampoco la técnica se parece, a mi entender más propiamente belcantista la Meade por su legato, su control de las grandes líneas melódicas, sus increíbles filados y su sensibilidad para los adornos. Por no hablar de la expresividad: Meade sensual, lírica y exquisita, Radvanovsky todo temperamento, sentido dramático y fuerza comunicativa.
Así las cosas, no debe extrañar que en su
actuación del pasado sábado 17 la soprano californiana, independientemente de
su derroche de expresividad escénica en un recital con piano, defraudara en
“Oh Nube! Che lieve per l'aria t'aggiri” de Maria Stuarda: resultó un
tanto brusca, destemplada incluso, amén de no del todo belcantista. Y tampoco
debe sorprender que a partir de ahí la velada se elevara, con sus más y sus
menos, a alturas estratosféricas, porque el repertorio se adecuaba mucho más a
su tipología vocal y a sus maneras de hacer.
La ascendencia eslava de la artista tuvo mucho que ver con la perfección estilística con que abordó cuatro canciones de Rachmaninov, dichas además con una apreciable intensidad. Y si en “Pleurez, pleurez, mes yeux” de Le Cid se puede discutir su sintonía con la sensibilidad francesa, nadie podrá negar la mezcla de exquisito gusto y sinceridad expresiva con que abordó la página massenetiana.
La ascendencia eslava de la artista tuvo mucho que ver con la perfección estilística con que abordó cuatro canciones de Rachmaninov, dichas además con una apreciable intensidad. Y si en “Pleurez, pleurez, mes yeux” de Le Cid se puede discutir su sintonía con la sensibilidad francesa, nadie podrá negar la mezcla de exquisito gusto y sinceridad expresiva con que abordó la página massenetiana.
En las tres canciones de Bellini que abrían la segunda parte se podría esperar otro relativo desencuentro belcantista, pero aquí nos dio la sorpresa mostrando no solo una línea mucho más cuidada sino también una enorme sensibilidad para la expresión recogida y exquisita. Virtud ideal para la increíblemente bella “Canción a la luna” de Rusalka, lo que unido a su voz timbradísima, llena de carne, refulgente en el agudo y de enorme solidez en los pianisimos, dio como resultado una interpretación colosal.
Las Three Old American Songs de
Copland no plantean problema técnico ni expresivo alguno. Dichas con adecuado
desparpajo y una dicción inmejorable, sirvieron para descansar un poco y
prepararse para la traca final. Primero “La mamma morta” y luego,
como propina número uno, “Io
son l'umile ancella”.
Adriana y Maddalena de Coigny, dos auténticos pesos pesados del repertorio
verista ideales para líricas anchas de temperamento tan intenso como
controlado. Acompañada muy correctamente por Anthony V. Manoli, Radvanovsky
lució esplendor vocal y emotividad a flor de piel, deslumbrándonos asimismo con
agudos espectaculares y reguladores de quitar el hipo. El entusiasmo se
desbordó entre el respetable, con toda la razón.
Comunicativa, espontánea y chispeante en las alocuciones con que iba
presentando cada una de las piezas, no resultó nada extraño que la segunda propina
fuera la maravillosa “I could have danced all night” de My Fair Lady, dicha con una desenvoltura que la alejaban del
tópico de la diva metida a cantar musicales. Siguiendo la misma línea, una tan
intrascendente como agradable melodía navideña compuesta para la actriz Deanna Durbin cerró una velada para el recuerdo.
PS. Tremendo despiste el mío: me acabo de acordar de que entre las propinas estuvo un espectacular, memorable Vissi d'arte. Mil perdones.
PS. Tremendo despiste el mío: me acabo de acordar de que entre las propinas estuvo un espectacular, memorable Vissi d'arte. Mil perdones.
viernes, 16 de diciembre de 2016
¿Y ahora qué hago?
Esta mañana intenté descansar un poco escuchando la versión en SACD (edición japonesa conseguida "vía Rusia") de esta Trilogía romana de Respighi en interpretación grabada por Seiji Ozawa y la Sinfónica de Boston en 1977. Suena tan increíblemente bien que he tenido que dejarlo: la gama dinámica es tan brutal y los graves resultan tan rotundos que los vecinos me pueden decir algo. ¿Y ahora que hago?
No, bajar el volumen no vale: los pianísimos serían casi inaudibles. Y la pared con el piso de al lado ya la tengo relativamente insonorizada con material aislante especial comprado en el Leroy Merlín. Supongo que la única solución es insonorizar a lo bestia, es decir, levantando suelos y demás para colocar aislantes en la vigas. A quien me pueda dar pistas sobre este proceso, con qué tipo de empresa contratar y sobre cuánto puede costar, le quedaría muy agradecido.
PD. Al final puse un DVD de Schubert por Alfred Brendel, que comentaré otro día.
PD. Al final puse un DVD de Schubert por Alfred Brendel, que comentaré otro día.
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