jueves, 14 de agosto de 2014

Atractivo, clase, elegancia… Ninguna como ella.

Este vídeo no necesita comentarios. Bueno, quizá señalar que el arreglo de la canción original de Kurt Weill corrió a cargo de Stephen Sondheim, y que la presentadora del evento, para quienes no la reconozcan, es Beverly Sills. Hasta siempre, Lauren.

lunes, 11 de agosto de 2014

El Beethoven (y Boulez) de Barenboim y la WEDO en los Proms, jornada tercera

En julio de 1012, Daniel Barenboim y la Orquesta del West-Eastern Divan ofrecieron el ciclo de las sinfonías de Beethoven en los Proms de Londres, intercalando entre las partituras beethovenianas diversas obras de Pierre Boulez. Las filmaciones de la BBC circularon pronto por la red y sobre ellas realicé en este blog comentarios sobre las jornadas primera y segunda del ciclo de conciertos. Y ahí me quedé.

Como esta misma semana viajo a Londres para asistir a los Proms y escuchar, entre otros, al maestro argentino con su WEDO, me ha parecido oportuno cerrar los comentarios con unos apuntes sobre las tres últimas jornadas de aquel 2012, puntualizando que lo hago ahora sobre la edición en DVD realizada por Decca, con imagen y sonido admirables, si bien las obras de Boulez siguen estando disponibles solo en las transmisiones televisivas. ¡Lástima que no hayan conocido difusión comercial!


El programa del lunes 23 de julio se abre con la Sinfonía Pastoral. La verdad es que Barenboim sigue terminar de convencerme en esta obra: por descontado que la sonoridad es beethoveniana al cien por cien, el fraseo tan natural como bello y la impronta humanística muy evidente, pero los dos primeros movimientos siguen resultando algo fríos y distanciados, sin la inspiración suprema que podríamos esperar de quien es sin duda el más grande intérprete de Beethoven en los últimos cien años. En la escena junto al arroyo, como ya pasaba en Colonia, sobra algún portamento. Sorprendentemente apolínea y reflexiva la danza de los pastores, irreprochable la tormenta y espléndida la acción de gracias, finalmente, por su combinación de elegancia clásica y carácter extático.


Tras la Pastoral y antes de la Quinta, dos obras de Boulez. Primero viene …explosante-fixe… (Originel), que no es sino la breve sección final de una extensa página desarrollada durante años por el francés que ha conocido muy diversas variantes en su instrumentación. El fragmento que aquí escuchamos es para flauta y orquesta de cámara sin elaboración electrónica, y en él el israelí Guy Eshed, bien secundado por solistas de la WEDO y el propio Barenboim, demuestra una altísima categoría técnica y artística.


Antes del intermedio se tocó la otra obra de Boulez, Messagesquisse, para un violonchelo solista y otros seis acompañándole. La oportunidad de lucimiento vino esta vez para el egipcio Hassan Moataz El Molla, que acaso pudo alcanzar mayor tensión dramática en la sección rápida central pero aun así se mostró ágil, sutil y muy sensible. Barenboim coordinó a sus colegas para que estos desplegaran con admirable perfección las poéticas y exquisitas texturas, a veces irisados reflejos del solista, diseñadas por el excepcional compositor francés.


Lejos ya de su visión a tumba abierta en Chicago en 1996, Barenboim aborda la Quinta beethoveniana de una manera cada vez más madura y contenida. Por ende, los que busquen aquí rabia, electricidad y dramáticos claroscuros quedarán defraudados, sobre todo en un primer movimiento que va de menos a más pero dista de alcanzar la rebeldía y fuerza visionaria que adquiere con otros directores. Por el contrario, hay cantabilidad, ternura, reflexión y un aliento humanístico de muy altos vuelos, además de un empaste beethoveniano cien por cien, un fraseo de naturalidad pasmosa y grandeza maravillosamente controlada en el final. Admirable.

sábado, 9 de agosto de 2014

Argerich y Barenboim, encuentros en Berlín (y II): Mozart, Schubert, Stravinsky

“Mira, Martha, el Mozart lo hacemos a tu manera pero el Schubert lo tocamos como a mí me gusta”. Algo así debió de decirle Daniel Barenboim a la Argerich en los ensayos del esperado recital que, tras su reencuentro unos meses atrás, ofrecieron conjuntamente el sábado 19 de abril en la Philharmonie de Berlín y acaba de publicar Peral Music. O al menos esa es la sensación que he tenido al realizar las comparaciones pertinentes.

Argerich Barenboim Peral

Empezó la velada con la Sonata en Re mayor para dos pianos K. 448 de Mozart. Como se trata de una partitura que tengo poco trabajada, me he vuelto a escuchar varias veces la única interpretación que tenía en discos, la de Alicia De Larrocha y André Previn registrada para RCA en 1993: lectura clásica en el mejor sentido del término, apolínea pero no trivial ni volcada en la mera belleza sonora, sino dicha con elegancia, equilibrio expresivo, fraseo natural y apreciable cantabilidad, sobre todo en un segundo movimiento de gran vuelo lírico. Se echa de menos un grado mayor de creatividad, incluso de emotividad, pero en su línea los resultados son admirables.

La de Argerich y Barenboim es muy diferente. Con tempi considerablemente más rápidos y un fraseo mucho más rico en claroscuros dinámicos y acentos expresivos, los dos artistas porteños ofrecen una interpretación ante todo vitalista y luminosa, menos interesada por esa peculiar melancolía mozartiana que sí atienden sus colegas y más por el sentido del humor, la electricidad y la chispa. Lectura más dionisíaca, más inmediata y con más garra, para entendernos, en la que la agilidad y la efervescencia del fraseo parecen confirmar, sobre todo en un Allegro molto fraseado con mucho nervio y quizá más prisas de la cuenta, lo que decíamos al principio: quien lleva la voz cantante es Argerich.

De todas formas, que nadie se piense que con semejante planteamiento el Andante central pierde profundidad. Cierto es que está paladeado con menos amplitud que en la grabación de RCA y que no posee su capacidad evocadora, pero una enorme imaginación a la hora de ofrecer matices hace que nuestros dos artistas alcancen asimismo altas cotas de intensidad poética.


En las Variaciones sobre un tema original D. 813 de Schubert, escrita para piano a cuatro manos, se impone hasta cierto punto la personalidad de Barenboim: hay aquí elegancia, encanto, ternura y una enorme cantabilidad, porque de lo contrario no sonaría a Schubert, pero también encontramos cierta densidad tanto sonora como expresiva, además de sentido dramático y mucha decisión.

Con todo, se aprecian algunas diferencias con respecto a la grabación que el propio Barenboim realizó años atrás con Radu Lupu para Teldec: aquella era más poderosa y escarpada en lo clímax, también más filosófica, mientras que en esta el fraseo es algo más nervioso, también más espontáneo y variado, concediéndose mayor espacio a lo lúdico e incluso lo coqueto. Influencia en buena medida de Argerich, qué duda cabe, aunque no debemos olvidar que la evolución del propio Barenboim a lo largo de los últimos años también apunta en este sentido. Sea como fuere, la poesía de altos vuelos está garantizada de principio a fin en esta lectura en la que los dos artistas, pese a sus diferencias, tocan absolutamente compenetrados.

Argerich vuelve a imponerse en la segunda parte con La consagración de la primavera, en este caso por exigencias del guión, pues la genial partitura stravinskiana resulta la ideal para que nuestra artista haga gala de todas sus señas de identidad. Ya saben: sonoridad percutiva, poderosísimo sentido del ritmo, riqueza de colorido, acentos muy fieros, agilidad, extroversión, incisividad… Claro que también pone de su parte Barenboim, por ejemplo en lo que a la creación de atmósferas y sentido del misterio se refiere, pero sobre todo con su manera de planificar las tensiones con más concentración y menos nerviosismo del que habitualmente hace gala su compañera. Por otra parte, los dos artistas coinciden en la búsqueda de esos elementos que, tal y como nos han ido enseñando varios directores de orquesta en las últimas décadas, son herencia del mundo impresionista: en determinados pasajes parece que estemos escuchando a Debussy, sin que en ningún momento la interpretación deje de sonar a Stravinsky cien por cien.

En cuanto a los aspectos técnicos se refiere, hay que quitarse el sombrero: tanto ella como él están muy bien de dedos, regulan a la perfección las dinámicas y coordinan con perfecto ajuste sus dificilísimas partes. Lo más asombroso, en cualquier caso, es cómo le sacan partido a sus instrumentos, desde los más atronadores acordes a cuatro manos hasta las veladuras más delicadas. La audición termina resultando una experiencia reveladora.

El concierto de momento está disponible solo en iTunes al poco atractivo precio –tratándose de una descarga con compresión– de 10 euros; así es como yo lo he conseguido. Más tarde lo sacará en CD Deutsche Grammophon, y como EuroArts lo tiene filmado, es de suponer que finalmente saldrá en DVD y quizá Blu-ray. Quieren que repitamos la compra, pues. Luego se preguntan por qué la gente piratea discos…


miércoles, 6 de agosto de 2014

Heras-Casado y la Segunda de Mendelssohn: decepcionante

Creo que a muchos nos ha dejado perplejo Pablo Heras-Casado con dos circunstancias no precisamente musicales que han tenido lugar hace pocas semanas. La primera, ser portada de la revista rosa Lecturas, por haberse convertido en pareja de Anne Igartiburu, conocida presentadora de un programa "del corazón" en la televisión española. La segunda, aparecer anunciando relojes de marca, algo que ya habían hecho artistas como Kiri Te Kanawa o el recientemente fallecido Lorin Maazel. Bien, el joven maestro granadino sabrá qué tipo de imagen quiere dar al público. Personalmente no creo que necesite semejante promoción una trayectoria hasta ahora fulgurante a la que algunos aficionados habíamos dado nuestro pleno apoyo, porque nos parecía adivinar en él un enorme talento.


Lo que ocurre es que no hace mucho las cosas empezaron a cambiar, concretamente hace dos años en Granada con su Tercera de Schubert luego pasada al disco. Siempre para mi gusto, claro. Y ahora sigue la mala racha, aunque sin un descalabro tan grande como el anterior, con esta –para mí, insisto– decepcionante Segunda sinfonía, "Lobgesang", de Mendelssohn, grabada en 2012 asimismo para Harmonia Mundi; en esta ocasión no con instrumentos originales, sino con la mismísima Sinfónica de la Radio de Baviera a su servicio. Nada menos.

Es la suya una lectura extrovertida, vibrante, luminosa y de carácter marcadamente épica, admirablemente planificada y muy bien tocada, faltaría más. El problema es que Heras-Casado dedica mucho más tiempo a derrochar energía y entusiasmo que a atender a la vertiente lírica de la obra, a destilar la particular ternura ensoñada mendelssohniana e incluso a enriquecer su trazo decidido con matices expresivos. Incluso va un poco más aprisa de la cuenta, cosa que ya queda en evidencia en un primer movimiento –me refiero a la primera parte de la llamada “sinfonía”– apremiante y un punto machacón que apenas deja espacio para respirar.

El segundo, que con un Claus Peter Flor, por ejemplo, ofrece sensualidad y poesía embriagadoras, con el de Granada se queda en un mero interludio sin sustancia; al menos no es un cúmulo de amaneramientos a la manera de Abbado. Mucho mejor el Adagio religioso, en el que por fin nuestro artista encuentra la inspiración y hasta ofrece, en la sección central, aires dramáticos muy adecuados.

En la segunda mitad de la obra –la parte coral– nos sorprende el uso de un coro altamente nutrido, como también la opulencia de la cuerda y el protagonismo de los metales; y aunque la articulación es ágil, un punto incisiva –resabio de la actividad historicista del director–, a la postre la sonoridad resulta masiva. Todo ello, unido a la evidente búsqueda de la brillantez por parte del granadino, hace pensar que nuestro artista confunde esta obra con una especie de híbrido entre el Te Deum de Bruckner y El sueño de Geroncio. El resultado es vistoso e impactante, pero poco emotivo y no muy sincero, con la excepción de una vehemente sección dramática central que, además, se beneficia de la buena intervención del tenor Michael Shade; Christiane Karg resulta algo aniñada y Christina Landshamer cumple con corrección en su brevísima parte.

La toma sonora recoge muy bien el carácter masivo de la interpretación, con una gran atención a las frecuencias graves y al órgano. Pese a ello, no me parece un disco que pueda recomendar abiertamente. Como explicaré en la comparativa que estoy preparando, Claus Peter Flor es la opción ideal, aunque tampoco están nada mal Wolfgang Sawallisch y Peter Maag. En cuanto a Heras-Casado, seguiremos su futuro discográfico con atención: en su nuevo disco El maestro Farinelli dirige de manera admirable, así que no debemos tirar la toalla.

martes, 5 de agosto de 2014

Alerta de fraude telefónico

Esta entrada no tiene nada que ver con la música, pero me parece obligatoria para ayudar a los ciberlectores.

Esta mañana me han intentado timar con una llamada telefónica, en inglés, que decía proceder de Microsoft, California (sic). Primero desconfié seriamente. Luego me dieron el supuesto número de licencia de mi Windows (tengo el programa oficial, no pirateado) y empecé a seguirles el juego buscando ciertos registros erróneos en mi software. Pero cuando me dijeron que instalara un programa llamado TeamWiewer, que sirve nada menos que para conectar dos ordenadores entre sí, les corté la llamada. Un simple rastreo en la red me ha permitido confirmar que se trata de un fraude. Pueden leer la noticia aquí.

Así que ya saben: si les llaman diciendo que son técnicos que Microsoft, contesten “fuck off”, versión inglesa del muy gaditano “ar carajo”.

domingo, 3 de agosto de 2014

Nelsons dirige Mozart, Wagner y Shostakovich en Berlín

El muy talentoso Andris Nelsons ha realizado ya siete apariciones al frente de la Filarmónica de Berlín, disponibles todas ellas en la Digital Concert Hall de la orquesta alemana, pero hasta ahora aquí solo he comentado dos de ellas: el debut en 2010 con Berg y Shostakovich y el programa Brahms-Richard Strauss de 2012. Como su disco con Zaratustra, Till y Don Juan –comentado en su blog por Ángel Carrascosa– me dejó anonadado cuando lo escuché hace unas semanas, me apresuré a escuchar algún concierto más, dejando el resto para mucho más adelante porque, por cuestiones que ahora no hacen al caso, no volveré a disponer de la DGC con buena calidad –o sea, con televisor y equipo de música en condiciones– hasta dentro de un tiempo.


Escogí el programa del 8 de marzo de 2013: Mozart, Wagner y Shostakovich. Me encantó su visión de la Sinfonía nº 33 del Salzburgués: una interpretación clásica y equilibrada como debe ser, pero no severa, ni distanciada, ni menos aún sosa, sino llena de vida, de color, de sensualidad y de sentido de los contrastes; incluso de picardía, particularmente en un final lleno de jovialidad y de sentido del humor. Lo mejor es la manera en que Nelsons trata a la orquesta, eliminando su habitual robustez y haciéndola sonar con la ligereza de la mejor orquesta de cámara imaginable, pero sin confundir esto con la molesta ingravidez por la que con la misma formación optaba Abbado en este repertorio. Creo que es la versión de las que más me gusta de todas cuantas he escuchado, incluidas las espléndidas de gente tan distinta entre sí como Böhm, Tate, Pinnock, Muti o Carlos Kleiber.


La obertura de Tannhäuser es un mundo por completo diferente, pero de nuevo Nelsons convence con una recreación de admirable ortodoxia en su lenguaje y espléndido desarrollo, de fraseo natural, sonido cálido más que opulento y grandeza no confundida con grandiosidad ni con decibelios, en la que destaca la enorme carga sensual que extrae de la partitura, no solo en la sección del Monte de Venus –cuya parte central le suena muy impresionista–, sino también en las dos extremas, cuyo misticismo suena más carnal que propiamente metafísico. Se han escuchado cosas aún mejores en esta genial página (Solti, por ejemplo), pero lo de Nelsons es admirable.


Sexta sinfonía de Shostakovich en la segunda parte. Le tenía un poco de miedo porque la Octava que hizo con la misma orquesta en 2010 me pareció deslavazada. Por fortuna, ahora las cosas funcionan mucho mejor. Siempre con admirable trazo y perfecto estilo, en el primer movimiento Nelsons sostiene admirablemente las tensiones durante sus casi veinte minutos de duración, logrando alcanzar altas cotas de dolor y desolación bien secundado por un impresionante Andreas Blau en los acongojantes solos de flauta. En el segundo sabe ser furioso sin perder claridad, y en el tercero acierta al combinar carácter burlesco con mala uva. Únicamente la comparación con la hondura humanística de un Sanderling, un Bernstein o un Rostropovich en la primera parte de la obra –el primer movimiento– o con la fuerza de un Kondrashin o un Rozhdestvensky en la segunda –los dos últimos– hace palidecer relativamente a esta espléndida recreación. Seguiremos informando.

viernes, 1 de agosto de 2014

Malikian, showman y mucho más

Ayer jueves 31 de junio se presentaba en el patio del Alcázar de Jerez de la Frontera, dentro del ciclo Noches de verano que organiza el ayuntamiento, el violinista de origen armenio Ara Malikian en compañía del guitarrista y compositor de Buenos Aires Fernando Egozcue, con un recital centrado exclusivamente en obras de este último. Precios muy asequible, cutrez organizativa –ni un papelito con biografías de los intérpretes–, sonido inevitablemente amplificado, ambiente muy relajado, jaleo excesivo entre el público y una agradable brisa de poniente, todo ello con un entorno medieval de lo más sugestivo, conformaron la típica serie de pros y contras que se pueden esperar en un espectáculo de estío al aire libre.

Malikian Egozcue

Malikian vestía ropa muy informal –perfectamente estudiada–, luciendo biceps con tatuaje y una muy abundante pelambrera. Deambuló continuamente por el escenario, saltó, brincó, se arrodilló y desarrolló una amplísima gestualidad que inmediatamente hace pensar en su admiradísima figura de Paganini y, en general, en todos los artistas románticos, en tanto que el virtuosismo y la teatralidad escénica se convierten en fines en sí mismos. Ofreció además largas elocuciones presuntamente explicativas que en realidad eran descacharrantes números humorísticos un tanto en la línea, para que se hagan una idea, de las presentaciones que realiza Marcos Mundstock en el conjunto Les Luthiers.

La cuestión es: ¿hay detrás de toda esta parafernalia, ya digo que no mero complemento sino ingrediente fundamental, un músico todo lo intenso, entregado y comunicativo como lo aparentan sus movimientos en el escenario? Rotundamente, sí. Si uno cierra los ojos lo que escucha es un violín en estado de incandescencia perpetua pero controlado por una técnica portentosa, no solo en lo que a agilidad digital –tremenda– se refiere, sino también en lo que respecta a la belleza del sonido –muy carnoso–, al despliegue de colores, a la administración de las tensiones y a la capacidad para hacer volar las melodías con una enorme intensidad. Irreprochablemente respaldado por la guitarra muy personal del propio compositor, Malikian sacó un extraordinario provecho de las eclécticas músicas de Egozcue para hacernos pasar un rato estupendo y, además, tocarnos la fibra sensible con las dos o tres páginas en las que su colega despliega esa melancolía típicamente porteña tan difícil de describir como fácil de reconocer.

Si tienen ustedes la oportunidad de ver este espectáculo, se lo recomiendo abiertamente, como ya hice con su Pagagnini comentado tiempo atrás. No lo duden.

Sensacional debut discográfico de Lahav Shani y Múnich

En 2019 quedé hondamente impresionado por el Pelleas und Melisande de Schönberg que vi en un video, actualmente no disponible, en el que en...