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Argerich y Barenboim, encuentros en Berlín (y II): Mozart, Schubert, Stravinsky

“Mira, Martha, el Mozart lo hacemos a tu manera pero el Schubert lo tocamos como a mí me gusta”. Algo así debió de decirle Daniel Barenboim a la Argerich en los ensayos del esperado recital que, tras su reencuentro unos meses atrás, ofrecieron conjuntamente el sábado 19 de abril en la Philharmonie de Berlín y acaba de publicar Peral Music. O al menos esa es la sensación que he tenido al realizar las comparaciones pertinentes.

Argerich Barenboim Peral

Empezó la velada con la Sonata en Re mayor para dos pianos K. 448 de Mozart. Como se trata de una partitura que tengo poco trabajada, me he vuelto a escuchar varias veces la única interpretación que tenía en discos, la de Alicia De Larrocha y André Previn registrada para RCA en 1993: lectura clásica en el mejor sentido del término, apolínea pero no trivial ni volcada en la mera belleza sonora, sino dicha con elegancia, equilibrio expresivo, fraseo natural y apreciable cantabilidad, sobre todo en un segundo movimiento de gran vuelo lírico. Se echa de menos un grado mayor de creatividad, incluso de emotividad, pero en su línea los resultados son admirables.

La de Argerich y Barenboim es muy diferente. Con tempi considerablemente más rápidos y un fraseo mucho más rico en claroscuros dinámicos y acentos expresivos, los dos artistas porteños ofrecen una interpretación ante todo vitalista y luminosa, menos interesada por esa peculiar melancolía mozartiana que sí atienden sus colegas y más por el sentido del humor, la electricidad y la chispa. Lectura más dionisíaca, más inmediata y con más garra, para entendernos, en la que la agilidad y la efervescencia del fraseo parecen confirmar, sobre todo en un Allegro molto fraseado con mucho nervio y quizá más prisas de la cuenta, lo que decíamos al principio: quien lleva la voz cantante es Argerich.

De todas formas, que nadie se piense que con semejante planteamiento el Andante central pierde profundidad. Cierto es que está paladeado con menos amplitud que en la grabación de RCA y que no posee su capacidad evocadora, pero una enorme imaginación a la hora de ofrecer matices hace que nuestros dos artistas alcancen asimismo altas cotas de intensidad poética.


En las Variaciones sobre un tema original D. 813 de Schubert, escrita para piano a cuatro manos, se impone hasta cierto punto la personalidad de Barenboim: hay aquí elegancia, encanto, ternura y una enorme cantabilidad, porque de lo contrario no sonaría a Schubert, pero también encontramos cierta densidad tanto sonora como expresiva, además de sentido dramático y mucha decisión.

Con todo, se aprecian algunas diferencias con respecto a la grabación que el propio Barenboim realizó años atrás con Radu Lupu para Teldec: aquella era más poderosa y escarpada en lo clímax, también más filosófica, mientras que en esta el fraseo es algo más nervioso, también más espontáneo y variado, concediéndose mayor espacio a lo lúdico e incluso lo coqueto. Influencia en buena medida de Argerich, qué duda cabe, aunque no debemos olvidar que la evolución del propio Barenboim a lo largo de los últimos años también apunta en este sentido. Sea como fuere, la poesía de altos vuelos está garantizada de principio a fin en esta lectura en la que los dos artistas, pese a sus diferencias, tocan absolutamente compenetrados.

Argerich vuelve a imponerse en la segunda parte con La consagración de la primavera, en este caso por exigencias del guión, pues la genial partitura stravinskiana resulta la ideal para que nuestra artista haga gala de todas sus señas de identidad. Ya saben: sonoridad percutiva, poderosísimo sentido del ritmo, riqueza de colorido, acentos muy fieros, agilidad, extroversión, incisividad… Claro que también pone de su parte Barenboim, por ejemplo en lo que a la creación de atmósferas y sentido del misterio se refiere, pero sobre todo con su manera de planificar las tensiones con más concentración y menos nerviosismo del que habitualmente hace gala su compañera. Por otra parte, los dos artistas coinciden en la búsqueda de esos elementos que, tal y como nos han ido enseñando varios directores de orquesta en las últimas décadas, son herencia del mundo impresionista: en determinados pasajes parece que estemos escuchando a Debussy, sin que en ningún momento la interpretación deje de sonar a Stravinsky cien por cien.

En cuanto a los aspectos técnicos se refiere, hay que quitarse el sombrero: tanto ella como él están muy bien de dedos, regulan a la perfección las dinámicas y coordinan con perfecto ajuste sus dificilísimas partes. Lo más asombroso, en cualquier caso, es cómo le sacan partido a sus instrumentos, desde los más atronadores acordes a cuatro manos hasta las veladuras más delicadas. La audición termina resultando una experiencia reveladora.

El concierto de momento está disponible solo en iTunes al poco atractivo precio –tratándose de una descarga con compresión– de 10 euros; así es como yo lo he conseguido. Más tarde lo sacará en CD Deutsche Grammophon, y como EuroArts lo tiene filmado, es de suponer que finalmente saldrá en DVD y quizá Blu-ray. Quieren que repitamos la compra, pues. Luego se preguntan por qué la gente piratea discos…


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