Quise estar presente el pasado domingo a las doce y media en el concierto ofrecido por iniciativa de los miembros de la Orquesta Sinfónica y Coro de la Radiotelevisión Española, en la Plaza de Oriente de Madrid, como protesta de los brutales recortes –económicos, pero también en lo que a actividad se refiere– emprendidos contra la misma por el gobierno. Suscribo plenamente el manifiesto emitido por los artistas (
enlace), como también, punto por punto, el que leyó el actor Carlos Hipólito al comenzar el acto. Más adelante José Ramón Encinar hizo lo propio con el enviado por el historiador del arte Antonio Bonet Correa en nombre de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. En este último se advertía que el apoyo ofrecido por la referida institución en absoluto supone una toma de postura ideológica. Bueno, pues aquí no lo acabo de comprender.

Porque el acto fue marcadamente político. Pero político no frente a una siglas determinadas, sino contra una ideología un tanto escurridiza pero no por ello menos perniciosa: la neoliberal. Esto es, fue un acto en contra de la desinhibición del estado frente a, entre otras cosas, las manifestaciones culturales. “Pública, pública”, coreábamos una y otra vez los asistentes. Dicen los neoliberales que en España sobran orquestas pagadas entre todos. Que no hay dinero para mantenerlas. “Sí se puede”, era otra de las consignas que nos hartamos de repetir. ¡Y desde luego que se puede! Lo que pasa es que nuestro gobierno tiene otras prioridades. No, no sobran orquestas. Lo que sobran son corruptos, banqueros con sueldos millonarios, indultos a quienes han dañado gravemente nuestra economía, políticos sobre-cogedores y muy diversas redes de clientelazgo por las que se nos escapa el dinero público.
Pero las orquestas jamás pueden sobrar, porque su existencia es necesaria para la difusión de algo tan enriquecedor para el ser humano como es la gran música sinfónica que no puede, a través de los cauces habituales del mercado –ese que adoran cual becerro de oro las hordas neoliberales–, alcanzar la debida difusión entre las capas más desfavorecidas. ¿Son conscientes los señores del gobierno de lo decisiva que es la existencia de una orquesta radiotelevisiva para la cultura de un país? ¿Lo son de la excelente labor que hizo esta misma formación en aquellos programas que hace unas cuantas décadas nos pusieron a muchos en contactos por primera vez con lo que era el repertorio sinfónico? ¿Y se dan cuenta de lo imprescindible que resultan para la difusión de las obras que se escriben hoy día? Sí, claro que se dan cuenta. Lo que pasa es que miran a otro lado.
Así lo han hecho, de manera bochornosa, los directivos tanto del PP como del PSOE que a lo largo de estos últimos lustros han venido menguando la presencia de nuestra orquesta (sí, nuestra: la pagamos entre todos) en la programación televisiva, relegándola a las peores horas posibles. ¿Imaginan que, con un poquito de inteligencia y mano izquierda, les dieran más y mejor espacio en la parrilla? Nunca lo harán, porque la gente empezaría a aficionarse a eso de las sinfonías y ya no les funcionaría esa vieja táctica del dejar languidecer para luego, con la excusa de “no es rentable”, practicar la eutanasia. Vamos, lo mismo que están haciendo con la educación y la sanidad estos señores empeñados en profundizar en las desigualdades sociales para que los grandes empresarios y financieros hagan negocio con lo que antes pertenecía a todos.

No corresponde hacer una valoración artística del concierto propiamente dicho, entre otras cosas porque el viento que soplaba en esa desapacible mañana y la deficiente amplificación electrónica del sonido no jugaron a su favor. Interpretaciones, en cualquier caso, en la línea que es de esperar en este tipo de eventos populares. El programa se abría con el inevitable "O Fortuna" de los
Carmina Burana de Orff bajo la dirección de José Luis Temes. Todo un morbazo (¿imaginan juntos a Pierre Boulez y Paul Mauriat?) ver a alguien tan comprometido con la música más exigente al lado de quien vino a dirigir las tres siguientes piezas: el mismísimo Luis Cobos, que hacía acto de presencia en calidad de presidente de la
Asociación de interpretes y ejecutantes. Al parecer fue él una pieza clave a la hora de materializar el concierto, así que no podemos sino mostrarle nuestro agradecimiento. Ofreció, obviamente en plan Luis Cobos pero sin ritmos electrónicos, la
Danza del sable, el Mambo de
West Side Story y aquello de "Por ser la Virgen de la Paloma" de la estupenda zarzuela de Bretón.
José Ramón Encinar prolongó el ambiente zarzuelero con el siempre agradecido intermedio de
La boda de Luis Alonso. Me pareció muy adecuado subrayar el compromiso de la orquesta con la creación más reciente incluyendo una pieza del aun joven compositor madrileño Hermes Luaces,
Drops, que al parecer proviene de su
Segunda sinfonía. Pieza de agradable escucha, de corte minimal/new age, que gustó a los muchos melómanos que nos encontrábamos de pie frente a la carpa montada junto al Palacio Real. Eso sí, hubiera sido adecuado conocer el nombre de la solista vocal, como también de la soprano y el tenor que hicieron respectivamente de Violetta y Alfredo en el brindis de
La Traviata que se interpretó a continuación. Encinar cerró su intervención con una vistosa página sinfónico-coral de la banda sonora de
Alatriste, de Roque Baños.
Fernando Velázquez nos regaló seguidamente –por cierto, este compositor da la impresión de dominar muy bien la técnica directorial– una conmovedora pieza de su música para la película
Lo imposible, para luego ofrecer el tema principal de
Memoria de África, que a mí me sonó un poco raro: la orquestación original de John Barry, que incluso los que somos sus fans reconocemos que es un tanto simplona, estaba sustituida por un arreglo de Luis Cobos.
Con el
Aleluya de Haendel comenzó la parte más propiamente clásica del concierto, y ahí el numerosísimo público congregado comenzó poco a poco a disminuir, en parte porque la ausencia de asientos hacía la mañana un poco cansada. Una pena, porque el preludio de
La Revoltosa fue sensacional: ¡qué manera de cantar las melodías, de jugar con la agógica y de acumular tensiones! El autor del prodigio fue el venezolano Manuel Hernández Silva, maestro al que unos cuantos ignorantes gestores españoles han decidido ningunear, porque se trata de una batuta de primer orden. Esto último quedó bien claro en el "lacrimosa" del
Réquiem mozartiano que vino a continuación; interpretación llena de pathos sin ser pesada ni "romántica", que además estuvo muy bien cantada por el coro de la RTVE.
Para ir concluyendo volvió al podio José Luis Temes con las deliciosas
Dos rimas infantiles de la madrileña María Rodrigo (1888-1967), una especie de
Juegos de niños de Bizet a la española, cerrando el programa oficial con un muy discutible arreglo del cuarto movimiento de la
Novena de Beethoven (¡sin solistas vocales!) que bien se podían haber ahorrado, aunque supongo que primaba el simbolismo de acabar con el
Himno a la Alegría. El entusiasmo popular era grande, así que las propinas no se hicieron de rogar:
Va pensiero por Temes
, Dies Irae verdiano por Encinar y de nuevo la pieza de Bernstein con Luis Cobos marcando al público los "Mambo".
En fin, supongo que la extrema chulería del actual gobierno español se pasará esta protesta ciudadana por el mismo sitio por el que se pasa las otras, pero supongo que este concierto habrá servido para que muchos madrileños recuerden que esta orquesta todavía sigue existiendo, que es de todos, que sale por la tele a tempranas horas de la mañana y que por poco dinero la pueden escuchar gran parte del año tocando en el Teatro Monumental. No es poco. Ah, el concierto lo pueden escuchar y descargar en el siguiente
enlace.