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Wozzeck vuelve al Real: triunfo del foso con Cambreling

Estuve el sábado 1 de junio en el Wozzeck de Alban Berg que ofrece estos días el Teatro Real. Tercera vez que veo en directo esta acongojante obra maestra absoluta. Las otras dos ocasiones tuvieron lugar en 1997 con pocos días de diferencias entre ellas. Una fue precisamente en el Real: solvente batuta de Josep Pons, muy excesiva puesta en escena de Calixto Bieito procedente del Liceu (editada en DVD) y notables Jochen Schmeckenbecher y Angela Denoke encabezando el elenco. La otra fue en Lisboa, bien dirigida por Eliahu Inbal, protagonizada por un espléndido Dietrich Henschel y con una tan sobria como fascinante propuesta escénica de Stéphane Braunschweig.


Ojalá hubiese sido esta última la que Mortier hubiese traído a Madrid en este retorno Wozzeck a su escenario, porque la de su admirado Christoph Martaler, procedente de la Ópera de París, me ha convencido tan poco como la de Bieito: el espectáculo está irreprochablemente trabajado desde el punto de vista teatral, pero el regista no tiene en cuenta la diferenciación dramática de cada una de las escenas. Dicho de otra manera: atiende poco al libreto y menos aún a la música. Además, deja evaporarse el intimismo que precisan determinadas situaciones, interfiere gran parte del tiempo con su decisión de colocar a unos niños jugando alrededor de la cantina castrense en la que decide ubicar la acción, a veces cae en la más molesta obviedad (Marie y el Tambor Mayor follando delante de todo el mundo) y, por si fuera poco, no sabe cómo resolver momentos tan fundamentales como la muerte del protagonista o el final con los niños.

Sin embargo, funcionó de maravilla el foso bajo las órdenes de otro nombre muy de Mortier, el de Sylvain Cambreling. Por lo pronto en lo técnico: la Sinfónica de Madrid, salvando quizá a los metales en el gran clímax entre las dos últimas escenas, sonó con un nivel impresionante para tratarse de una obra de semejante dificultad, y desde luego muchísimo mejor que en el reciente Don Giovanni dirigido por Alejo Pérez. Pero es que además el ya veterano maestro francés ofreció una espléndida interpretación que me recordó mucho a una de mis preferidas, la de Dohnányi de 1980: de enorme rigor arquitectónico y gran claridad, reveladora de infinitos detalles en las texturas instrumentales, fraseada con naturalidad –sin nerviosismo alguno, error en el que caía, por ejemplo, un Abbado– y alejada en lo expresivo tanto del romanticismo tardío como del expresionismo más ácido y visceral, pero sin quedarse en el mero análisis intelectual. Digamos que es la suya una interpretación que mira antes a Schoenberg y a Webern que al propio Berg. Obviamente se pueden preferir acercamientos más incandescentes (pienso ahora en Barenboim y Currentzis, por citar dos grandes trabajos discográficos en DVD), pero el de Cambreling me parece incuestionable en su línea. ¿Por qué no se limita Mortier a traerle para estas cosas que hace maravillosamente en lugar de colárnoslo también para las que interpreta con manifiesta mediocridad? No, no hace falta que contesten.


Aunque ya algo mayor y con alguna relativa limitación en lo vocal, estuvo muy bien Simon Keenlyside en el rol titular. Cantó con buena línea, sin apartarse del sprechgesang pero aportándole detalles “tradicionales” interesantes, como unos reguladores muy expresivos, sabiendo además ser sutil en la definición psicológica del personaje evitando tanto el carácter monolítico como la truculencia de otros intérpretes del rol. Además estuvo espléndido en lo escénico. Nadja Michael, de voz poderosísima e innegable implicación expresiva, sacó buen provecho expresivo de las asperezas de su zona aguda, aquí no del todo inconvenientes, un poco en la línea de la Silja; eso sí, se echó de menos la sensualidad que aportan las Marie mezzosopranos. Franz Hawlata, que asumió el rol titular en el referido DVD del Liceu, se ocupaba ahora del Doctor: cada día resulta más insoportable escucharle, aunque al menos le puso ganas al asunto. El Capitán y el Tambor mayor fueron los mismos que la otra vez en el Real: Gerard Siegel y Jon Villars respectivamente, a mi entender mucho mejor el primero que el segundo. Muy correcto el Andrés de Roger Padullés, mientras que el Primer aprendiz de Scott Wilde se quedó en lo aceptable.

Total, una en su conjunto muy buena interpretación musical, bastante más que eso en lo que al foso se refiere, que no se ve acompañada por una escena de la misma altura. Aun así, recomiendo vivamente a quienes tengan la oportunidad –quedan aún unas cuantas funciones– que no dejen de acudir al Real. Teniendo en cuenta la ola de conservadurismo programador que se nos ha venido encima con la excusa de la crisis, podría ser esta la última oportunidad de escuchar Wozzeck en España en bastantes años.

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