jueves, 14 de junio de 2012

Bernard Herrmann dirige (genialmente) la Segunda de Ives

Tercero y último de los vinilos de Bernard Herrmann para Decca aún por pasar a compacto que comentamos aquí, después de Great Tone Poems (enlace) y The Impressionist (enlace). La Segunda sinfonía de Charles Ives la grabó el 4 de enero de 1972 al frente de la Sinfónica de Londres –en esta ocasión no la Filarmónica-, beneficiándose de una toma sonora que aparenta ser de primera calidad. Llevarla al disco fue sin duda un empeño personal de un Herrmann que, habiendo sido discípulo del compositor, tuvo la ocasión de realizar la presentación de la partitura en Reino Unido poco después de que Leonard Bernstein ofreciera su estreno mundial en febrero de 1951, ¡medio siglo después de su composición! Precisamente la emisión radiofónica de la propuesta de Lenny ha sido una de las tres versiones que hemos utilizado para calibrar esta de Herrmann; las otras son las dos últimas del compositor de West Side Story, esto es, la filmación de 1987 con la Radio Bávara y el audio del año siguiente con la Filarmónica de Nueva York, ambos editados por DG.

La lentitud es norma en el Herrmann tardío: 47’12’’ frente a los ya de por sí dilatados 46’13 de Bernstein su último registro. Pero lentitud no significa aquí precisamente flacidez: la interpretación posee una fuerza interior extraordinaria. La sonoridad es rocosa, densa, oscura, y en el tratamiento de las maderas recuerda un tanto a Klemperer, un artista con el que el autor de la música para Ciudadano Kane guarda más de un punto de contacto. Más importante aún es la claridad de la polifonía: aunque la ejecución no sea impecable, Herrmann logra que se escuche todo, lo que en una obra tan compleja en este sentido tiene un enorme mérito.

Desde el punto de vista expresivo, ¿cómo es esta interpretación? Lo mejor es compararla. La de Bernstein -me refiero a la última, a mi entender la más excepcional de las tres- es sin duda más bella; lírica y efusiva a más no poder, modelada sobre un legato para derretirse, sabe combinar cantabilidad, rusticidad bien entendida, frescura y sentido lúdico en un enfoque que, recogiendo a la perfección el carácter naif de la obra y encontrando el punto de equilibrio ideal entre Europa y Estados Unidos, mira directamente a Brahms y a Dvorák para hacerlo con el rabillo del ojo a Copland y, por qué no, a él mismo. Para Lenny la obra es una vibrante orgía de melodías y colores en la que solo hay que disfrutar sin prejuicios.

Lo de Herrmann es otra cosa. Aun siendo neoyorquino, a quienes mira él es a Wagner y a Liszt, sobre todo a este último. Quizá también a Elgar. Su enfoque es oscuro, atmosférico, por momentos opresivo, no quiere saber nada de júbilo o desenfado, está marcado por un intensísimo pathos y posee una marcada carga sarcástica. La delectación melódica ha sido sustituida por el drama. El acorde final, travesura de dudoso gusto para culminar una coda dionisíaca a más no poder en manos de Bernstein, es con Herrmann un verdadero jarro de agua fría. Vamos, una interpretación realizada con una mala leche tal que sacaríamos de nuevo a relucir el nombre de Klemperer si no fuera porque, a diferencia de lo que solía hacer el de Breslau, nuestro artista carga los pentagramas de un lirismo agónico que alcanza una fuerza emotiva extraordinaria: las citas a Wagner están con él más claras que nunca.

En fin, una genial recreación que termina por demostrar que al final de su vida Herrmann logró convertirse en lo que, paradójicamente, siempre quiso ser por encima de compositor para la pantalla grande: un enorme director de orquesta. Esperemos que Decca la pase a compacto de una vez. Mientras tanto, recurran a la excelente recuperación realizada por The Phase 4 Stereo Blog (enlace), a la que el firmante de estas líneas queda inmensamente agradecido.

martes, 12 de junio de 2012

Barenboim, Celibidache y los conciertos de Brahms

Daniel Barenboim y Sergiu Celibidache grabaron en vídeo los conciertos para piano de Brahms en 1991. El resultado, unánimemente alabado por la crítica, pudimos en su momento conocerlo en VHS y Laser Disc. Ahora tenemos las filmaciones por fin pasadas a DVD por Euroarts con imagen y sonido notables para la época, aunque por debajo de los estándares de hoy día. Hay que tenerlo en la estantería, en cualquier caso, porque nos encontramos ante la confluencia entre dos genios de la interpretación que fusionan sus estilos para ofrecer lecturas con toda la riqueza posible, ofreciendo humanismo, atmósfera, tensión, rebeldía, sensualidad y luminosidad a partes iguales. La polifonía es asombrosa, como también el sonido brahmsiano de piano y orquesta, densos, poderosos y claros a la vez. Ni una frase hay mecánica o descuidada; todo es natural, flexible, lógico y lleno de significado. Hay muchas grandes versiones por ahí, pero pocas se habrán escuchado con semejante grado de fusión entre incandescencia extrema -pero controladísima- y hondura poética.

Celibidache Brahms conciertos piano DVD Euroarts

Dicho esto, me gustaría hacer alguna matización. A mi modo de ver, la mayor compenetración entre los artistas se consigue en el Primero, toda vez que no solo Barenboim hace suyo el singular temperamento de Celibidache (cuando le escuché la obra en Granada dirigiendo a Lang Lang esto se evidenció también en su batuta), sino que el maestro rumano inyecta a su otras veces muy contemplativo y esencial Brahms tardío una buena dosis del carácter dramático, escarpado y rebelde del de Buenos Aires: impresionantes en este sentido los clímax del Maestoso, sin arrebatos pero de una tensión inigualable. Tampoco podemos desdeñar precisamente al Adagio y su singular mezcla de poesía, dolor y elevación espiritual. El tercer movimiento, cómo no, posee la brillantez y el encanto requeridos, si bien tomándose las cosas con calma y analizando a la perfección el entramado orquestal.


En el Segundo, siendo igualmente excelso, las cosas no funcionan exactamente igual. Y es que aunque los dos artistas coinciden en comprender a la perfección el estilo brahmsiano, con lo que tiene de densidad sonora, naturalidad en el fraseo, nobleza expresiva y hondura filosófica, no se establece un diálogo tan rico entre el enfoque sereno y otoñal -aunque siempre lleno de fuerza- de Celibidache, que se mantiene hasta cierto punto analítico y distanciado, y el mucho más tempestuoso y dramático de un Barenboim rico e imaginativo en los acentos, inflamado sin perder el control pero más variado, imaginativo y comprometido en lo expresivo. Lo diré de otra manera: el pianista, que alcanza aquí uno de sus más geniales logros fuera del terreno beethoveniano, aporta aún más a la interpretación que el maestro.


La Filarmónica de Múnich realiza una muy buena labor, pero no logra disimular que no se encuentra entre las primeras del orbe, sobre todo por la calidad de algunos solistas: el chelo del tercer movimiento del Segundo es el caso más significativo. ¿Qué hubiera sido esto con las filarmónicas de Berlín o Viena? En cualquier caso, no es necesario insistir en que nos encontramos ante un documento de valor extraordinario. Si saben ustedes buscar, lo encontrarán por ahí a buen precio. Y si no, siempre tienen los youtubes.

domingo, 10 de junio de 2012

El crítico es un imbécil o está resentido

Sin necesidad de hacer más comentarios, me permito ofrecer aquí un texto de Victoria Combalía reproducido en la página 139 del excelente libro de Juan Antonio Ramírez Cómo escribir sobre arte y arquitectura (Ediciones del Serbal, 1996).
“Muchos artistas, comisarios de exposiciones, galeristas, directores de museos, gerentes culturales (…) casi nunca están satisfechos con lo que dicen sobre los asuntos de su interés: cuando el comentario resulta positivo es “porque se lo merecen”, y de ahí que los elogios les parezcan casi siempre insuficientes; si la valoración resulta negativa, el crítico “es un imbécil o está resentido”; suelen pensar, en cualquier caso, que el “gacetillero” no ha comprendido bien de lo que habla.”
Insisto, sobran añadidos. ¿O necesitan que les dé una lista de músicos, directores de escena y/o gestores sin necesidad de salir de nuestras fronteras?

viernes, 8 de junio de 2012

Bernard Herrmann y los impresionistas

El segundo de los vinilos con repertorio clásico grabados por Bernard Herrmann para Decca que aún quedan total o parcialmente por salir en CD, no tan excepcional como el comentado hace unos días (enlace) pero aun así bellísimo, estuvo dedicado a Satie, Debussy, Ravel, Fauré y Honegger. The Impressionist fue grabado en el Kingsway Hall de la capital británica en un solo día, el 21 de diciembre de 1970, y contó con la participación de la Filarmónica de Londres tan querida por el compositor y director neoyorquino. Enorme lentitud en los tempi –a veces al borde del precipicio-, marcadísimo sentido del color y, sobre todo, una emotividad de fuerte melancolía que se pone por encima de la sensualidad impresionista, son el denominador común que comparten estas singulares recreaciones.

Bernard Herrmann The Impressionists

La cara A arranca con las Gimnopedias nº 1 y 2 de Satie, en subyugantes recreaciones que sí habían tenido la oportunidad de asomarse en compacto un par de veces: la primera en la serie barata Weekend Classics y la segunda, ya remasterizada, completando la duración del vinilo que en su momento se llamó Erik Satie and his friend Darius Milhaud, que no sabemos por qué sé se pasó a formato digital siendo bastante menso interesante –por la música incluida- que el que comentamos.

Emotivo e intenso, más que evanescente, el Claro de luna de Debussy que viene a continuación. Este también había aparecido en CD, concretamente dentro de un batiburrillo titulado Music for Relaxation 1 - Nocturne que me compré únicamente por Herrmann. Lo que hasta ahora no había salido (y sigue sin salir: hablamos de un vinilo ripeado) es La plus que lente, del mismo autor, de nuevo en una recreación poco francesa –no hay más que compararla con la de Martinon- pero pese a ello (mejor dicho: precisamente por eso) de enorme vehemencia expresiva.

El Fox-Trot de las cinco en punto, transcripción de uno de los momentos más deliciosos de la ópera El niño y los Sortilegios, nos trae al Herrmann más claramente sarcástico, burlón y aficionado al humor negro –verdadera marca de la casa como compositor-, pero nuestro artista tampoco descuida la elegancia, el encanto y la cantabilidad que demanda la música de Ravel. Una maravilla que, por suerte, teníamos en CD acompañando el contenido del vinilo The Four Faces of Jazz.

Music for Relaxation 1 - Nocturne

De nuevo en Music for Relaxation encontrábamos la Pavana de Fauré que abre la cara B, por cierto en su versión sin coro. Interpretación lenta, lentísima. Quizá demasiado. Pero también llena de fuerza expresiva, con unos clímax hirientes y desazonadores. Se cierra el disco con la Pastoral d’Ete de Honegger, inédita en compacto. Mágica recreación, por una vez claramente impresionista, muy sensual y difuminada, pero también de un lirismo de altos vuelos que por momentos nos traen aires de las bandas sonoras más románticas del propio Herrmann, sobre todo de la hermosísima para El fantasma y la señora Muir (1947).

¿A qué demonios espera Decca para pasar en su integridad esta maravilla a compacto? Conformémonos mientras tanto con lo que nos ofrece el blog The Phase 4 Stereo (enlace), al que estamos inmensamente agradecidos.

miércoles, 6 de junio de 2012

Bernard Herrmann, magnífico director de ¡Liszt y Sibelius!

Llevo más de veinte años deseando escuchar todas las grabaciones que Bernard Herrmann, que se consideraba a sí mismo antes director de orquesta que compositor, llevó a cabo con obras del repertorio clásico puro y duro para Decca/London entre 1969 y 1972. Los registros, realizados con el espectacular y no poco artificioso sistema Phase 4, son los siguientes: Great Tone Poems (1969), The Impressionists (1970), Los planetas de Holst (1970), The Four Faces of Jazz (1971), Erik Satie and his friend Darius Milhaud (1972) y la Segunda Sinfonía de Charles Ives (del mismo año). Hasta el final de sus días (falleció el 24 de diciembre de 1975 en su Nueva York natal a poco de concluir las sesiones de grabación de Taxi Driver) siguió grabando música cinematográfica suya y ajena para el mismo sello, pero sus grabaciones clásicas en Decca terminaron ahí; alguna cosa hizo para Unicorn y Lyrita, pero esa es otra historia.

De todo este material solo una parte había salido en compacto: Jazz, Satie-Milhaud y Los planetas en su integridad, más alguna cosa suelta de los otros registros por aquí y por allá. Todo con cuentagotas, porque la singular recreación de la obra de Holst que aquí tuve la oportunidad de comentar (enlace) no salió hasta hace unos meses. Lo demás sigue en los archivos de Decca. Pero hete aquí que he descubierto un blog (enlace) en el que un alma caritativa está colocando, con sonido aceptable, una impresionante colección de trasvases de Lps de Phase 4 donde se incluye todo el material que faltaba. ¡Imaginen mi alegría! Voy a comentar aquí los tres que se echaban parcial o totalmente en falta, empezando por el más temprano de ellos en el tiempo: Great Tone Poems. La Filarmónica de Londres estuvo en esta ocasión a su servicio.

La primera, en la frente: he aquí una de las mejores interpretaciones de de Finlandia que servidor haya escuchado. ¿Tiene algo que ver que el mayor intérprete de Sibelius de todo el siglo XX fuera amigo íntimo de Herrmann? Probablemente sí, porque ambos coinciden en su visión áspera, rocosa y dramática de la partitura, por completo en las antípodas de las de grabaciones de Karajan, pero lo cierto es que Sir John Barbirolli –porque obviamente a él me estaba refiriendo- resulta mucho más electrizante e implacable, además de más rápido. Herrmann, como en casi todas sus grabaciones tardías, se toma los tempi con mucha calma (9’12’’, todo un récord), ofreciendo una lectura sombría, poco épica y nada risueña, en cualquier caso llena de fuerza interior, que culmina en un final lleno de grandeza trágica pasando antes por una sección lírica (la del “himno”, para entendernos) de una emotividad patética sin igual: ni a los dos directores antes referidos, enormes recreadores de este poema sinfónico, le he escuchado algo tan excepcional en el referido pasaje.

El aprendiz de brujo es lo único que había salido en compacto de este vinilo, y lo hizo en 1989 en un lanzamiento de la serie Cinema Gala que recopilaba música de la película Fantasía. Increíble la versión: sombría, dramática y a muy mala leche, de un marcado humor negro, con un contrafagot extremadamente sarcástico y una trompeta hiriente en la última sección de desarrollo. No es difícil reconocer la personalidad del Herrmann compositor en esta recreación, eso está claro. Admirable por lo demás la claridad, facilitada por una lentitud en absoluto exenta de fuerza interna. ¿La referencia? Probablemente.

La Bacanal de Sansón y Dalila no apareció en la primera edición del vinilo, sino en una reedición de 1977; los especialistas afirman (enlace) que debió de ser grabada al mismo tiempo que el resto o, si no, con el álbum The Impressionists. Sea como fuere, fenomenal Saint-Säens: interpretación paladeada sin prisas, admirablemente desmenuzada, de enorme riqueza tímbrica, subyugante sensualidad orientalista en la sección central y una fuerza controladísima en las dos extremas, de tal modo que en el final no le hace falta acelerar el tempo para obtener un clímax impactante.

Los preludios para terminar, nada menos. De nuevo el neoyorquino se toma las cosas con tiempo. Para que se hagan una idea: 18’42’’ frente a los 16’43’’ de un Fricsay o los 16’00’’ de Barenboim/Chicago. Con tiempo pero no con relajación: la tensión interna está garantizada y nos conduce sin el menor altibajo desde un arranque particularmente sombrío hacia un final de una grandeza opresiva abrumadora. Entre medias, una versión abiertamente “gótica”, es decir, marca de la casa Herrmann, que suena más agónica y desasosegante que nunca en la primera sección lírica para a continuación, en el arranque de “la tormenta”, ofrecer un marcado carácter siniestro y hasta macabro, emparentando el pasaje con la Sinfonía Fausto del propio Liszt. Las secciones épicas, por descontado, están tratadas con todo el carácter vibrante que deben, aunque aquí hay que reconocer que la Filarmónica de Londres no es precisamente la Sinfónica de Chicago ni la Filarmónica de Berlín.

En cualquier caso, si hasta ahora mi versión favorita de la pieza (comparativa) era la de Barenboim con la última orquesta citada (en DVD), seguida por la del argentino en Chicago y la de Fricsay, a partir de ahora la de Herrmann se convierte en mi preferida. ¿Quieren decidir por sí mismos? Hagan click aquí y aprovéchense del magnífico blog arriba citado. No olviden darle las gracias.

lunes, 4 de junio de 2012

Perianes y Hernández Silva, genialidad a la francesa

Concierto redondo el que clausuraba el pasado sábado 2 de junio la vigésimo cuarta edición del Festival de Música Ciudad de Úbeda. Por todo: por la en general espléndida labor de la Orquesta Ciudad de Granada, por la notabilísima y por momentos genial dirección de Manuel Hernández Silva y, sobre todo, por un Javier Perianes inspiradísimo pese a que ha tenido que ensayar y tocar inmediatamente después del desdichado fallecimiento de su madre el miércoles de la misma semana: toda una muestra de entereza y profesionalidad por su parte, dicho sea de paso.

Falla, Ravel y Debussy en los atriles, en enfoque interpretativo marcadamente impresionista todos ellos, incluido el español. Por eso mismo el Concierto en Sol que abrió la velada no sonó en esta ocasión nada jazzístico, ni incisivo, ni descarado, sino mayormente sensual, difuminado, elegante y emotivo, más propiamente "raveliano" que nunca, tanto por parte de la batuta como por la del solista, ofreciendo este último un segundo movimiento de verdadero infarto; tampoco le salieron precisamente mal los dos extremos, toda vez que supo alejar el fantasma del virtuosismo superficial para otorgar pleno sentido a cada una de las frases. A destacar los maravillosos trinos, muy naturales y nada mecánicos, tan increíblemente difíciles de hacer. ¿Se los habrá enseñado Barenboim?

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Estas Noches en los jardines de España de Perianes me han gustado más que las del disco de Harmonia Mundi. La diferencia la ha marcado la batuta: mientras Josep Pons optó por la brillantez, la angulosidad, el nervio y un carácter digamos racial que sonaba bastante insincero, Hernández Silva ha apostado por el impresionismo puro y duro, sonando los pentagramas más sensuales, embriagadores y llenos de embrujo que nunca. ¿Es esta mejor opción? No necesariamente, pero lo que está clarísimo es que el pianista onubense se siente más a gusto en ella, porque con esta batuta su pianismo, algo constreñido y no del todo inspirado en el compacto referido, respiró en la velada ubetense con toda la naturalidad, elocuencia y hondura deseables, permitiendo paladear las melodías con mayor aliento poético y matizar mucho más a conciencia. Los resultados, excepcionales.

De propina ofreció Perianes el Nocturno nº 20 de Chopin. No exagero: la interpretación fue extremadamente genial. Más tarde me enteré de que era la pieza preferida de su madre.

La segunda parte se abrió, tras entrega de premios e inevitable desfile de políticos, con la orquestación de la Petite Suite de Debussy. No es lo mejor del autor, seguramente. ¡Pero vaya recreación! Es verdad que los movimientos pares sonaron un poco espesitos, pero en los impares, sobre todo en el primero, parecía que estuviesen dirigiendo Giulini o Celibidache, tal fue el grado de sensualidad, humanismo, ternura y poesía que consiguió Hernández Silva extraer de los pentagramas -manteniendo el pulso pese a la lentitud- con la colaboración de una orquesta ideal para esta música.

Lo menos impresionante, la breve Suite nº 1 del Sombrero de tres picos que cerró la noche: comenzó estupendamente, con una atmósfera sensualísima, llena de embrujo, pero más adelante se echaron de menos nervio e incisividad, aquí más necesaria que en las Noches... También hubiera sido adecuada una dosis mayor de depuración sonora y un tratamiento mucho más expresivo del solo de fagot, único momento en el que se pudo reprochar algo a la espléndida sección de maderas de la orquesta granadina. Aun así, notable recreación que cerró un concierto soberbio.

domingo, 3 de junio de 2012

Achúcarro, cristal de roca

Me habían comentado, a raíz de su reciente filmación para el sello Euroarts, que Joaquín Achúcarro –ochenta años nada menos- había perdido parte de la pasmosa agilidad digital que hasta hace poco le caracterizaba. También que su concentración empezaba a ser un tanto irregular. Cierto: las dos circunstancias se evidenciaron en el recital ofrecido en el Hospital de Santiago de Úbeda el pasado viernes 2 de junio. Pero fue, pese a todo, un espléndido concierto, porque el bilbaíno sigue siendo –por si alguien no se había enterado aún- uno de los grandes pianistas del mundo.

De Achúcarro me fascina su sonido: muy duro –en el buen sentido-, de contornos definidos, en absoluto difuminado, poderosísimo cuando debe, pero capaz de adelgazarse hasta el límite sin perder solidez y de ofrecer las más delicadas filigranas sonoras. Diríase que se encuentra tallado en cristal de roca. Un sonido admirable, sí, siempre al servicio de un concepto interpretativo sensato, musical y coherente en el que no hay espacio para el narcisismo, la blandura o el arrebato espontáneo, porque todo está dicho desde la objetividad, la sinceridad expresiva y una perfecta unión entre cálculo y emotividad, entre mente y corazón. Todo ello con una elegancia digamos viril, sin afectaciones, que otorga a su pianismo una enorme clase.

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El recital ubetense comenzó con dos piezas de Falla: una Montañesa dicha con serena objetividad y una Danza del fuego seriamente enturbiada por las actuales limitaciones técnicas del pianista. Seguía el estreno mundial de un encargo del propio Festival Internacional de Música y Danza: Sonata en forma de cármenes de Tomás Marco. Conozco poco la obra de este señor, aunque quizá lo suficiente para saber que no me gusta. En esta ocasión no me partí de risa ante lo escuchado, un pastiche entre el universo sonoro del propio Marco y el mundo de Manuel de Falla, entendido éste a su vez como fusión entre lo impresionista y lo jondo. No quiero decir que la obra me pareciera buena, pero al menos encontré en el autor un apreciable intento por resultar cálido y comunicativo. Probablemente Achúcarro hizo mucho por potenciar esto último.

Vinieron a continuación tres Preludios de Debussy. El artista recreó de manera irreprochable la esencialidad de las Danzarinas de Delfos y el erotismo de la Puerta del vino –en los espléndidos comentarios que realizó a viva voz de cada una de las piezas insistió mucho en este aspecto-, pero donde dio la campanada fue en Fuegos de artificio, que con los dedos ya “calientes” recreó con agilidad y sutileza pasmosas.

La segunda parte, globalmente más satisfactoria, se abrió con una Barcarola de Chopin dicha con enorme nobleza. Volvió Debussy con una sensual recreación de La plus que lente y de La soiree dans Grenade, tocando a continuación sin solución de continuidad el impresionante Homenaje a la tumba de Debussy del compositor gaditano. De nuevo magistral. Cerrando oficialmente el programa, una Fantasía bética elegante, no particularmente racial pero con estilo, y de enfoque mucho antes clásico que cercano al carácter visionario que le imprime Javier Perianes, presente en la sala, en su sensacional grabación para Harmonia Mundi. El público reaccionó con justificado entusiasmo y un Achúcarro risueño como un niño se lanzó a ofrecer tres propinas recreadas de manera portentosa: Claro de Luna de Debussy, Preludio para la mano izquierda de Scriabin y el Estudio patético del mismo autor.

Sensacional debut discográfico de Lahav Shani y Múnich

En 2019 quedé hondamente impresionado por el Pelleas und Melisande de Schönberg que vi en un video, actualmente no disponible, en el que en...