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lunes, 23 de febrero de 2026

Noseda y la London Symphony Orchestra en Sevilla: reflexiones a posteriori

El concierto se había ofrecido dos veces en el Barbican de Londres dentro de la programación de abono: la segunda función es la que retransmitió Stage+ y pueden ustedes ver en espléndida imagen 4K si están suscritos a la misma. Luego la London Symphony y Gianandrea Noseda empezaron su gira y ofrecieron este mismo programa en Valencia, recalando más tarde en el Teatro de la Maestranza de Sevilla. Como en esta otra entrada ya realicé un comentario de los resultados de lo que se puede ver en la plataforma arriba citada, no puedo añadir mucho más sobre lo dicho entonces, toda vez que las cosas han discurrido de manera similar. 

 

Divertimento de El beso del hada magnífico, emotivo e irónico al mismo tiempo sin traicionar el neoclasicismo de Stravinsky. Concierto para piano nº 2 de Chopin dirigido con mucha solidez y fabulosamente tocado por un Seong-Jin Cho que se decidió por una interpretación eminentemente lírica, apolínea en el mejor de los sentidos, muy ágil y un punto aérea, ricamente matizada sin caer en preciosismos vacuos y, en cualquier caso, más hermosa (¡hermosísima!) que emotiva. Luego vino una propina de la que hablaré al final. En la otra mitad del programa, Sinfonía nº 2 de Borodin enérgica y bronca, rápida en los tempi, sanamente rústica, quizá también -lo añado ahora- más rígida de la cuenta, pero cargada de electricidad y fabulosamente desmenuzada. También hubo propina: Polonesa de Eugenio Oneguin de Tchaikovsky

Lo que sí quiero es verter aquí las reflexiones que no dejaron de llegar a mi mente mientras escuchaba el concierto. Reflexiones que de manera inevitable giraban en torno a la muy sustancial diferencia con lo que solo cuarenta y ocho horas antes escuché en el mismo teatro a la Sinfónica de Sevilla bajo la batuta de György Ráth. A ver, no es que el nivel en directo de la London Symphony me fuera desconocido. Si no me fallan las cuentas, primero la escuché en los Proms con Gergiev, también con Haitink y López Cobos en Granada; más tarde en el Barbican con Colin Davis y la Uchida, unos cuantos años después en Úbeda con Temirkanov, luego otra vez en el Barbican con Rattle y Kozhukhin, y finalmente en Madrid con Pappano y Alice Sara Ott. ¿Por qué me ha deslumbrado ahora de manera especial? Con independencia de que Noseda ha realizado un trabajo técnicamente superlativo, hay una fácil explicación: en todos esos casos quien a ustedes se dirige iba a un "acontecimiento especial" en un sitio poco habitual, pero ahora era el Maestranza "de toda la vida" a solo dos días de escuchar a la orquesta "de siempre", con la misma acústica y todo eso. Lo siento, pero la diferencia entre una formación y la otra es brutal.

Mucho ojo, no quiero caer en la estupidez de "lo que tenemos no vale un pimiento, lo bueno es lo de fuera". La ROSS sonó bien con Räth, salvando una sección de metales que, a pesar de realizar una labor maś que meritoria en el dificilísimo Segundo de Bartók -justo lo que escuché con Rattle en el Barbican, aquí tienen una muestra-, no terminaron de empastar. Por otra parte, la London Symphony no es una orquesta cualquiera. Pasados los tiempos de gloria de la Philharmonia de Klemperer y Muti, hoy es la mejor de las tierras británicas. En Europa solo la superan las tres grandes: Berlín, Viena y Ámsterdam, citadas sin orden de preferencia. Es equiparable a las dos Staatskapelle, como también a la maravilla que hay en Leipizig, por mucho que no posea la personalidad de ninguna de ellas. Es aún mejor que a las grandes formaciones de la radio alemana. No es inferior a la Orquesta de París -que se encuentra en un momento de dulce-, se muestra más homogénea y segura que la Filarmónica Checa, y supera ampliamente a lo que hay en latitudes meridionales, España incluida. Finalmente, debemos recordar que detrás de la LSO no se encuentra solo una de las ciudades más musicales del mundo, sino también muchísimo dinero respaldando el proyecto.

 

Dicho esto, la comparación nos hace poner los pies en la tierra. Los melómanos no llenaron el Maestranza para escuchar a la London, mientras que la Sinfónica de Sevilla cuenta con suficientes abonados para realizar dos funciones por programa. Ahora bien, los que estuvieron reaccionaron con un entusiasmo delirante -incluyendo palmas por sevillanas-, nada habitual en los conciertos sinfónicos. Sencillamente, se dieron cuenta de que aquello era aplastantemente superior en lo técnico a lo que se escucha cada semana a la ROSS. La cuerda es una gloria bendita, un conjunto maravillosamente homogéneo que suena con singular tersura y ductilidad. Las maderas, muy notables en lo expresivo, tocaron con agilidad y limpieza portentosa el segundo movimiento de la sinfonía de Borodin. La percusión, no muy importante en este programa, estuvo muy medida. Y los metales dieron todos ellos una tremenda lección: potencia, redondez, equilibrio entre ellos, empaste con la orquesta... ¡Qué trombones en Borodin, cielo santo!

¿A qué quiero llegar con esto? Uno: es imprescindible que las grandes formaciones europeas sigan desfilando por el Maestranza, una iniciativa que está marcando de manera altamente positiva la labor de Javier Menéndez como director del teatro. Dos: la Sinfónica de Sevilla tiene que aspirar a más. Necesita condiciones laborales estables y atractivas para que los mejores músicos no vuelen a otros sitios. Necesita añadir nuevos músicos del máximo nivel posible. Necesita solistas invitados de altura que hagan atractivo el proyecto. Y necesita, sobre todo, un trabajo técnico intenso, echando las horas que haga falta -pagadas, por supuesto- con directores de primera.

Echen un vistazo, por ejemplo, a la Filarmónica de Gran Canaria: mientras György Ráth ofrecía con la ROSS una mediocre obertura de Egmont, allí tenían a Ton Koopman haciendo la Militar de Haydn. Miren su programación y examinen la relación de batutas y solistas. ¿Acaso Las Palmas de Gran Canaria, con 381.000 habitantes, es una ciudad más grande y rica que Sevilla, que cuenta con 688.000? ¿Qué demonios ocurre en la ciudad de la Giralda? ¿Qué les pasa a nuestros políticos, a nuestros potenciales patronos, a los programadores, a todos los implicados en general? ¿Escaso presupuesto? ¿Corta agenda de contactos por parte de los directores artísticos? ¿Desinterés de los empresarios? ¿Conformismo del público? Quizá todo ello a la vez. Nunca podremos aspirar por aquí, ni sería remotamente sensato plantearlo, a financiar una orquesta de primerísima fila, pero el nivel que ahora tenemos con la ROSS que queda en lo correcto. Los que estuvimos el sábado en el Maestranza lo percibimos con meridiana claridad, y luego bien que lo comentamos.

Más pies en la tierra: la London Symphony tampoco es infalible. La propina tchaikovskiana estuvo dirigida por Noseda con muchísima garra -y alguna frase mas dulce de la cuenta en la cuerda-, pero en ella la claridad de texturas no fue óptima, mientras que la sección de metales no empastó con la debida corrección. Nadie es perfecto,salvo quizá esa Filarmónica de Berlín que podemos escuchar casa semana a través de la Digital Concert Hall y que raramente comete fallo. Y cuando los hay, dicho sea de paso, bien que los corrigen en la edición posterior, justo como hace la London Symphony en el sello LSO Live. Lógico y natural.

 

Se me quedaba en el tintero la propina del solista: Vals Op. 64 nº 2 de Chopin, nada menos. Fue lo mejor de la noche. Ahí el surcoreano no se conformó con ofrecer belleza infinita dentro de la más estricta ortodoxia chopiniana, como había hecho durante el concierto. Seong-Jin Cho quiso también crear, ofrecer una opinión personal. Por ello, adoptando un tempo lento (¡nada de exhibicionismo!) y especialmente flexible, se decidió a jugar con la agógica y la dinámica para ofrecer una recreación matizada con tanta creatividad como acierto en la que, comprendiendo a la perfección el carácter orgánico del discurso musical, nos reveló la confesión más íntima y sincera de la escritura chopiniana.

 

Fotografías: Guillermo Mendo/Teatro de la Maestranza 

viernes, 20 de febrero de 2026

Stravinsky, Chopin y Borodin por Noseda y la London Symphony: ¡ni se les ocurra perdérselo!

Mañana sábado 21 la gira de Gianandrea Noseda y la Sinfónica de Londres recala en el Teatro de la Maestranza. Corresponde a Sevilla el primero de los programas: el Divertimento de El beso del hada de Stravinsky, el Concierto para piano nº 2 de Chopin con Seong-Jin Cho (¡nos libramos de la muy insufrible Kopatchinskaja haciendo el Berg!) y Sinfonía nº 2 de Borodin. La gracia es que seguidamente les puedo ofrecer la crítica, o algo que se le puede parecer mucho. ¿Cómo es tal cosa posible? Pues porque exactamente el mismo concierto se ofreció el domingo en Londres, pude escuchar la segunda parte de este en el coche y ahora he podido finamente verlo entero, a través de la plataforma Stage+, en lujuriante -que diría Forges- imagen 4K. Vamos a ello, aunque casi prefiero empezar por la conclusión: ni se les ocurra perdérselo, si es que tienen la oportunidad de acudir.

Para El beso del hada Stravinsky partió de material temático de Tchaikovsky. Por tanto, un director debe atender al espíritu folclórico, al vuelo lírico y a la magia feérica al tiempo que hace que la cosa suene con esa articulación incisiva, rítmica y un tanto sarcástica propia del mundo stravinskiano, añadiendo además un toque de sentido del humor. El maestro milanés no solo lo consigue en esta suite, sino que lo hace con mucha convicción e intensidad expresiva. ¿Por qué dijo Stravinsky, una tanta entre sus múltiples majaderías, de que su música no hay que interpretarla? Perfecta cómplice es una LSO en estado de gracia que, después de haber pasado una oscura etapa bajo la titularidad de Valery Gergiev, ha sido bien engrasada y puesta a punto por Pappano y Rattle. Las maderas, aquí esenciales, ponen toda la carne en el asador para conseguir limpieza y expresividad, aunque la cuerda aporta mucha belleza tímbrica en el hermoso paso a dos.

Del primer concierto escrito por Chopin, numerado como segundo, ya teníamos dos versiones con Cho y Noseda: las comenté aquí. No hay mucho que añadir. El surcoreano no quiere poner el dedo en la llaga, no bucea en los aspectos más lacerantes de la música; se diría incluso que apuesta por una ligereza bien entendida, pero tampoco ofrece una interpretación salonesca. Menos aún mecánica o de cara a la galería: su fraseo es natural, flexible, muy ágil, musicalísimo siempre y lleno de detalles de enorme clase. Su sonido es rico en matices -dinámicas, colores, acentos- y derrocha belleza sin que eso le conduzca a la tentación del narcisismo. Cuando lo considera oportuno, inyecta nervio y busca contrastes que otorguen riqueza expresiva a la partitura, que por lo demás interpreta con sensibilidad extrema. Noseda arranca sin especial fortuna, pero luego se centra y ofrece momentos de enorme intensidad; en el segundo movimiento deja la música volar y en el tercero permite que lo lúdico entre en el juego sin por ello trivializar la música. La orquesta le suena francamente bien, evitando densidades que no cuadrarían con el enfoque del pianista.

No hay propinas en el vídeo, pero como el directo terminó a las diez y diez, tengo la sospecha de que las hubo y han sido eliminadas por cuestión de derechos. No sé, pero me encantaría escucharle algo de su notabilísimo Ravel.

Se agradece mucho que se interprete la Segunda sinfonía de Borodin. Esta música que posee dos vertientes: una rústica, fogosa y dramática, otra altamente melódica, sensual y ensoñada. Se puede caer en la tentación de llamarlas "versión rusa" y "versión occidentalizada", pero me parece simplificador. En cualquier caso, Noseda se decidió por potenciar la primera de ellas. Por eso mismo el primer movimiento le sonó impetuoso, bronco y muy oscuro tanto en concepto expresivo como en sonoridad. ¡Qué cuerda grave la de la London Symphony! ¡Y qué metales más seguros, redondos y empastados!

El Scherzo fue espléndido, aunque a mí me hubiera gustado un poco menos rápido, que dejara volar la melodía de su breve Trío. El Andante respetó el tempo marcado por la partitura: tampoco voy a ocultar mi deseo de que se hubiese paladeado la música con más amplitud y efusividad, aunque ciertamente la cuerda estuvo excelsa y las maderas tuvieron musicalísimas intervenciones. Lo que me interesó muchísimo, en cualquier caso, es que la batuta potenció al máximo los aspectos escarpados de este movimiento: hubo en él aspereza, rebeldía, dolor, marcados claroscuros y mucha intensidad dramática. El Finale siguió la misma línea sabiendo aunar garra expresiva con esa brillantez que la música también demanda.

En fin, que estoy deseando de escuchar esto en persona, a ver si me quito el agridulce sabor de boca del Beethoven y el Tchaikovsky que Rath con la Sinfónica de Sevilla. Lo dicho, no se lo pierdan.

lunes, 16 de febrero de 2026

¿Cómo será el Número 2 de Chopin por Seong-Jin Cho y Noseda?

Mañana martes en Barcelona y el sábado en Sevilla sonará el Concierto para piano nº 2 de Chopin ya saben, el primero de los que escribió- por Seong-Jin Cho, Gianandrea Noseda y la Sinfónica de Londres. ¿Cómo saldrá? No podemos saberlo, pero sí hacernos una idea aproximada porque los dos artistas lo han grabado ya dos veces. Bueno, en realidad tres.

La primera vez lo hicieron en audio para DG en 2016, exactamente con la London Symphony que ahora nos visita. El pianismo de Seong-Jin Cho no se caracteriza por su efusividad ni por su humanismo. Menos aún por bucear en los aspectos más inquietantes de la música. Lo suyo es la belleza apolínea, elegante, refinada en el mejor de los sentidos, pero no por ello insulsa ni trivial. Como además pone su portentoso virtuosismo al servicio de la expresión -no hay ni una frase mecánica, ni carreritas de cara a la galería-, su recreación de la página, sin ser la más conmovedora, se disfruta plenamente, sobre todo cuando se trata de descubrir aquí y allá detalles exquisitos de perfecto estilo chopiniano. Noseda dirige bien, con decisión pero sin precipitaciones, dejando que la música respire, si bien le falta un punto adicional de personalidad, como también de sal y pimienta.

La segunda fue un vídeo, disponible con discreta calidad en YouTube y con una muy superior en Stage+. Año 2018, en la Konzerthaus de Berlín con la Orquesta Joven de la Unión Europea. La parte orquestal no sale tan bien como antes: la formación no es tan espléndida como la LSO y Noseda incorpora en la introducción algunos detalles que convencen poco. Magnífico Cho en los “interrogantes” del segundo movimiento, aunque también hay que elogiar especialmente la flexibilidad y belleza de un fraseo que sabe ser brillante sin dejarse llevar por el numerito de cara a la galería. ¡Que espléndido pianista es!

Dije que había una tercera. Pues sí: la ayer domingo, otra vez con la London Symphony, y filmada igualmente por Stage+. Desdichadamente no pude seguirla en directo, porque en ese momento estaba escuchando a Volodos, en el Maestranza, pero parece que dentro de unos días la tendremos disponible. 

martes, 1 de octubre de 2024

Desigual Cuarta de Shostakovich por Noseda

Una fugaz oferta de Amazon, de la que me avisó un amigo, me hizo comprar el SACD de la Sinfonía nº 4 de Shostakovich en interpretación de la Sinfónica de Londres bajo la batuta de Gianandrea Noseda, toma en vivo realizada en el problemático Barbican Hall los días 1 y 4 de noviembre de 2018. No me arrepiento de la adquisición, porque hay cosas interesantes en el disco que arrojan nuevas luces sobre esta escalofriante obra maestra del sinfonismo del sigo XX, pero lo cierto es que me ha parecido una lectura de lo más irregular.

El maestro pone las cartas sobre la mesa desde el arranque: interpretación seca, hosca y violenta, más preocupada por buscar la aspereza que por explorar los muy inquietantes misterios que se esconden detrás de las notas. Hasta cierto punto en la línea de Rozhdestvensky, por tanto, pero sin ofrecer en modo alguno el sentido de lo grotesco, de la virulencia y del sarcasmo que sabía destilar el llorado maestro ruso en sus numerosos registros de la partitura. Y no es solo cuestión de opción expresiva: Noseda se muestra un tanto lineal, matiza poco y en ocasiones se precipita. Solo al final del primer movimiento se toma las cosas con más calma y empieza a interesarse ya no tanto por lo que nos golpea el estómago, sino por lo que nos pone los pelos de punta.

El moderado con molto, ese movimiento que según acertadas palabras de Pérez de Arteaga hace que la obra se encuentre "genialmente desequilibrada", hubiera estado bien si no fuera porque hay algunas aportaciones de la batuta muy desafortunadas, por estar fuera de estilo y por su mal gusto. La marcha del tercer movimiento empieza de manera despistada, sin misterio alguno, y culmina bastante peor: decibelios y brutalidad gratuita en lugar de rabia. A partir de ahí, Noseda empieza a deambular por las diversas fantasmagorías de manera unilateral, sin captar lo mucho que de mahleriano hay en la página: recuerdos agridulces, inocencia, ironía, sentido de lo gamberro, malos presagios... Alguna metedura de pata hay, y solo la faceta más angustiosa de la escritura parece interesarle. El gran clímax, menos mal, se encuentra muy bien planteado, y la larga coda está dicha con la lentitud y el carácter siniestro que aquí resultan imprescindibles.

¿La toma? No es óptima, y de hecho contribuye a reforzar la sensación de sequedad que desprende la interpretación, pero a cambio ofrece la más amplia gama dinámica que haya conocido esta partitura en discos.

domingo, 18 de julio de 2021

Gianandrea Noseda en Florencia

Aprovechando los precios disparatadamente bajos de los vuelos (¡diez euros ida y vuelta Sevilla/Pisa!), he tenido la oportunidad de realizar una fugaz visita a Florencia. Solo dos noches, sin llegar a las cuarenta y ocho horas: aun así, más tiempo del que tuve la oportunidad de estar en mis cuatro visitas anteriores a la capital de la Toscana. Sumando las cinco, resultan por completo insuficientes para paladear como se merece la que quizá sea la ciudad más llena de belleza en todo el planeta. Las incomodidades derivadas de la crisis sanitaria han sido enormes –papeles por aquí y por allá, miedo en el cuerpo–, y muy grande el esfuerzo físico de dedicar horas y horas sin descanso al arte, pero aun así ha merecido la pena. Primera vez, sin ir más lejos, que he podido entrar en el Palacio Pitti y en el Médici-Riccardi, mientras que lugares tan emblemáticos como la Galería de la Academia, los Uffizi, San Lorenzo, Santo Spirito y El Carmine no los visitaba desde 1991. 


Daba la casualidad que se celebraba –en fecha inhabitual, por culpa del coronavirus– el Maggio Musicale. Yo había estado una vez, en 2008, viendo la Carmen de Zubin Mehta y Carlos Saura en el Teatro Comunale. El concierto del pasado jueves 15 de julio tuvo lugar, por el contrario, en el nuevo Teatro del Maggio: edificio más bien frío, acústica excelente en las butacas de arriba. La orquesta del festival estaba dirigida por Gianandrea Noseda, quien a la sazón se ocupaba de las funciones de Siberia, de Giordano, que protagonizaba Sonya Yoncheva. A la ópera no pude asistir, pero el evento sinfónico lo disfruté. Interpretativamente le voy a poner reparos, pero insisto en que lo disfruté. En buena medida porque he tenido la oportunidad de volver a escuchar en directo una orquesta muy grande –con sus ocho violonchelos, cinco trompas y cuatro percusionistas–, y de vivir esa experiencia especial que es tener delante a una formación de gran tamaño soltando decibelios en piezas de fuste del gran repertorio.

¿Gran repertorio, Witold Lutoslawski? Yo quiero pensar que sí, que a estas alturas se reconoce al polaco como uno de los más geniales compositores del siglo XX, y a su relativamente temprano Concierto para orquesta (1954) como una página imprescindible para cualquier orquesta y nada difícil de digerir por el público. El maestro milanés dirigió en buena medida pensando en este, lo que quiere decir que ofreció una interpretación muy vistosa y comunicativa, pero también un tanto superficial: los tempi fueron rápidos, la sonoridad expresionista, el decibelio generoso. El propio compositor y –sobre todo– Daniel Barenboim nos han enseñado que no solo no es necesario desplegar tanta agresividad, sino también que conviene explorar los aspectos más atmosféricos de la música, que los pentagramas contienen una buena dosis de poesía y que no hay que desdeñar el sabor folclórico. Noseda hizo sonar francamente bien a la orquesta en una página de lo más exigente, pero su aproximación resultó excesivamente nerviosa y unilateral. Impactó, mas no emocionó.

Cuadros de una exposición de Mussorgsky/Ravel en la segunda parte. Buena interpretación, pese a que empezó con un gnomo algo caprichoso en el que se revelaron cosas nuevas al tiempo que se nos desconcertaba en otras. A partir de ahí hubo ortodoxia y sensatez, además de un trabajo técnico cuidadoso que, con todo, no pudo evitar más de un desajuste. Muy sensible el saxofón en el viejo castillo. Samuel Goldberg resultó demasiado ampuloso frente a un Schmuyle más quejica que humillado. Bydlo me resultó en exceso pesante: me hubiera gustado más decisión, como también una gama dinámica más extrema, aunque en contrapartida la tuba estuvo formidable.

Lo más flojo fue el mercado de Limoges, sin electricidad ni chispa. Muy bien los metales de las catacumbas y de la cabaña con patas de gallina. Para terminar, una Gran Puerta de Kiev en verdad impresionante en la que Noseda derrochó grandeza sin caer en el efectismo y la orquesta, muy trabajada por la batuta, puso lo mejor de sí misma y rindió no como una formación de primera, que nunca lo ha sido, pero sí con nivel suficiente para conseguir fuertes y merecidísimos aplausos por parte del público, no muy abundante, que ocupaba las butacas. Lo dicho, un concierto para disfrutar.

domingo, 13 de enero de 2019

Magnífica Adriana desde el Met con Netrebko y Rachvelishvili

Incierto futuro el de las óperas del Metropolitan en los cines Yelmos de Jerez con solo treinta personas ayer en la transmisión de Adriana Lecouvreur. De acuerdo con que el título de Cilea no es el más comercial posible, pero el elenco congregado debería haber reunido a muchos más de esos melómanos que no hace tanto clamaban por la necesidad de seguir representando óperas en el Villamarta: Netrebko, Beczala, Rachvelishvili y Maestri, nada menos. Los resultados han estado a la altura de lo que prometía semejante agrupación de estrellas, permitiéndonos disfrutar muchísimo de esta música a todas luces desigual y desequiibrada, pero con bellezas en su interior que emocionan profundamente cuando son servidas por artistas de categoría.


Anna Netrebko no posee esa italianidad que asociamos al personaje, pero su voz suntuosa –cada vez más ensanchada–, su creciente solidez técnica –ya no se le nota la respiración como antes– y la muy considerable intensidad dramática con que canta la convierten en una fenomenal Adriana. Eso sí, si en “Io son la umile ancella” estuvo colosal, en “Poveri fiori” se quedó algo corta en los pianísimos, que deberían sonar más mórbidos y difuminados. En lo que a la faceta puramente actoral se refiere, esta señora se mueve muy bien en escena, pero no resuelve de manera convincente las escenas en las que el personaje tiene que demostrar sus dotes de gran dama del teatro: la rusa suena en exceso exagerada y grandilocuente, poco sincera.

Piotr Beczala tampoco es el cantante más italiano posible, pero su enorme técnica, su valentía en los agudos –timbradísimos, refulgentes– y su perfecto equilibrio entre elegancia y entrega expresiva le han hecho triunfar por todo lo alto en un rol que es muy largo y muy difícil, pero mucho menos lucido que el de las dos damas.

Absolutamente sensacional Anita Rachvelishvili, que con su Princesa de Bouillon confirma ser una de las voces (¡y de las intérpretes!) más prometedoras de la actualidad. Impresionante por todo: instrumento, técnica, entrega, musicalidad –hacer de mala no significa caer en truculencias–, desenvoltura sobre el escenario… No tengo palabras.

Estupendo Ambrogio Maestri recreando al pobre de Michonnet. Perfecto Carlo Bosi como el Abad. Gastadísimo Maurizio Muraro para encarnar al Príncipe: único lunar de un elenco casi perfecto. Bien el coro.

Gianandrea Noseda es un profesional de enorme solidez, raramente un artista inspirado. Ayer dirigió con acierto, con muy buen pulso, elevado sentido teatral y pincelada muy fina, delineando de manera excelente la exquisita orquestación de la partitura. Dicho esto, se quedó bastante corto en sensualidad, en delectación melódica y en vuelo lírico, particularmente a la hora de recrear la atmósfera cargada de nostalgia y pesadumbre del cuarto acto. Notable, en cualquier caso.

Me gustó muchísimo la producción de David McVicar, un señor con el que me he reconciliado después del bochornoso Don Giovanni que se atrevió a ofrecer en Valencia. Esta Adriana está claramente pensada para agradar al conservador público del Met, pero resulta todo un modelo de cómo lo muy tradicional y lo muy apegado al libreto puede llevarse a la práctica con tanta inteligencia como creatividad y acierto. La acción, tan complicada en el libreto y nada fácil de resolver, se desarrolla con la suficiente claridad, los personajes están muy bien definidos y hay multitud de detalles de interés. Lo menos logrado es quizá el ballet, aunque es atractivo el deseo de no ofrecer danza propiamente dicha sino más bien una buena dosis de ironía. Una escenografía espectacular y un vestuario no en exceso recargado termiunaron de redondear una extraordinaria noche de ópera. Si saliera en DVD o Blu-ray, recomendabilidad absoluta.

jueves, 9 de noviembre de 2017

La flor de piedra: Prokofiev en horas bajas

Hace poco he tenido la oportunidad de escuchar por primera vez La flor de piedra, el último de los ballets de Sergei Prokofiev. Escrito en 1948 a partir de un cuento de hadas que le permitía mantenerse al margen de la peligrosa censura estalinista, no conoció su estreno sino de manera póstuma. La audición me ha producido sentimientos encontrados. Por una parte, el placer de encontrarme con dos horas y media de música sinfónica de un compositor al que adoro. Música maravillosamente escrita que sintetiza toda la trayectoria del artista, recogiendo tanto las maneras incisivas, gamberras y más o menos brutales de su primera madurez con el lirismo de altos vuelos, en la mejor tradición tchaikovskiana, del que pudo hacer gala en épocas ya más avanzadas; todo ello dejando bien patente la intensísima melancolía, en absoluto disimulada por su peculiar sentido de la ironía, que caracteriza sus maneras creativas. Hay en esta partitura ritmo, vida y un riquísimo color; hay refinamiento y hay explosiones sonoras; hay magia poética y sentido del drama; sabor folclórico y un inmenso respeto a la tradición musical rusa, como también una marcada personalidad propia.



Pero por otro lado, justo es reconocer que la inspiración del creador es aquí inferior a la de otras obras mucho más conocidas. Entiéndaseme: esta es buena música y un buen ballet. Simplemente, queda muy por debajo de esa creación maravillosa, una de las más grandes obras sinfónica que se hayan compuesto, que es el Romeo y Julieta escrito por el propio Prokofiev trece años antes. Ni tampoco alcanza el vuelo poético de su Cenicienta, aunque no sea difícil reconocer en La flor de piedra el lirismo onírico y esencializado de esta última partitura. Uno termina un tanto triste pensando en lo que podía haber sido y no fue.

La versión que he escuchado es la que grabaron Gianandrea Noseda y la Filarmónica de la BBB en Mánchester en enero de 2003 para el sello Chandos. Me ha encantado, porque el irregular maestro italiano demuestra un buen conocimiento del lenguaje, trabaja con trazo fino y atiende a todos los aspectos de la partitura, desde los más líricos a los más virulentos, logrando un buen equilibrio entre ellos y apartándose tanto de la blandura a la que invitan los primeros como del escándalo decibélico que son la gran tentación en los últimos.

La orquesta responde de manera fenomenal y la labor de los ingenieros de sonido es sencillamente soberbia, aunque hay que poner el volumen bien alto: la toma es muy baja para permitir una espectacular amplitud dinámica. ¿Recomendable? Sí, pero no es una música para escuchar repetidamente.

Sensacional debut discográfico de Lahav Shani y Múnich

En 2019 quedé hondamente impresionado por el Pelleas und Melisande de Schönberg que vi en un video, actualmente no disponible, en el que en...