jueves, 9 de noviembre de 2017

La flor de piedra: Prokofiev en horas bajas

Hace poco he tenido la oportunidad de escuchar por primera vez La flor de piedra, el último de los ballets de Sergei Prokofiev. Escrito en 1948 a partir de un cuento de hadas que le permitía mantenerse al margen de la peligrosa censura estalinista, no conoció su estreno sino de manera póstuma. La audición me ha producido sentimientos encontrados. Por una parte, el placer de encontrarme con dos horas y media de música sinfónica de un compositor al que adoro. Música maravillosamente escrita que sintetiza toda la trayectoria del artista, recogiendo tanto las maneras incisivas, gamberras y más o menos brutales de su primera madurez con el lirismo de altos vuelos, en la mejor tradición tchaikovskiana, del que pudo hacer gala en épocas ya más avanzadas; todo ello dejando bien patente la intensísima melancolía, en absoluto disimulada por su peculiar sentido de la ironía, que caracteriza sus maneras creativas. Hay en esta partitura ritmo, vida y un riquísimo color; hay refinamiento y hay explosiones sonoras; hay magia poética y sentido del drama; sabor folclórico y un inmenso respeto a la tradición musical rusa, como también una marcada personalidad propia.



Pero por otro lado, justo es reconocer que la inspiración del creador es aquí inferior a la de otras obras mucho más conocidas. Entiéndaseme: esta es buena música y un buen ballet. Simplemente, queda muy por debajo de esa creación maravillosa, una de las más grandes obras sinfónica que se hayan compuesto, que es el Romeo y Julieta escrito por el propio Prokofiev trece años antes. Ni tampoco alcanza el vuelo poético de su Cenicienta, aunque no sea difícil reconocer en La flor de piedra el lirismo onírico y esencializado de esta última partitura. Uno termina un tanto triste pensando en lo que podía haber sido y no fue.

La versión que he escuchado es la que grabaron Gianandrea Noseda y la Filarmónica de la BBB en Mánchester en enero de 2003 para el sello Chandos. Me ha encantado, porque el irregular maestro italiano demuestra un buen conocimiento del lenguaje, trabaja con trazo fino y atiende a todos los aspectos de la partitura, desde los más líricos a los más virulentos, logrando un buen equilibrio entre ellos y apartándose tanto de la blandura a la que invitan los primeros como del escándalo decibélico que son la gran tentación en los últimos.

La orquesta responde de manera fenomenal y la labor de los ingenieros de sonido es sencillamente soberbia, aunque hay que poner el volumen bien alto: la toma es muy baja para permitir una espectacular amplitud dinámica. ¿Recomendable? Sí, pero no es una música para escuchar repetidamente.

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