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miércoles, 2 de febrero de 2022

Merecido triunfo de Ismael Jordi en Manon

En febrero de 2004 el Teatro Villamarta ofrecía unas funciones de Manon protagonizadas por Ángeles Blancas y Juan Lomba, bajo la dirección de Enrique Patrón de Rueda y en producción escénica que venía del Arriaga. Ahora ha vuelto al título de Jules Massenet en producción propia. Creo que ha conseguido unos resultados musicales netamente superiores, gracias ante todo al trabajo del elenco vocal congregado, si bien la propuesta dramática del madrileño Alfonso Romero resulta desigual.

El regista parte de una idea innecesaria: Manon es una señora de clase media de algún momento indeterminado del siglo XX que, casada con Des Grieux y progenitora de dos niños, se evade de la realidad soñando toda la acción de la novela del Abate Prévost. Ello permite ofrecer una escenografía única marcadamente onírica a cargo de Ricardo Sánchez Cuerda, iluminada de manera muy sugerente por Félix Gama, así como desplegar al figurinista Jesús Ruiz su imaginación más libre y alocada. 

Romero, por su parte, acumula objetos y figurinistas de manera excesiva, combina ideas interesantes con chistes bastante discutibles –el tenor baja al Telepizza y se trae una como cena mientras ella canta “Adieu, notre petite table”– y desatiende la dirección de actores para centrarse en el efecto visual. El resultado a ratos fascina, a ratos divierte y a ratos molesta, hasta llegar a un quinto acto que desentona por completo: la señora vuelve a la realidad y todo transcurre en la grisura de un apartamento moderno con los nenes tomando la sopa, su marido volviendo del trabajo y la protagonista atiborrándose de pastillas, todo ello en flagrante contradicción con una partitura que pide primero atmósfera y luego un grandísimo vuelo romántico. No hay diálogo entre música y escena: la segunda destroza a la primera y el público se queda con dos palmos de narices. ¿Cuántos años tendremos que seguir soportando a esos registas empeñados en cambiar la dramaturgia para ofrecer su propia idea aun a costa de las intenciones expresivas del compositor? Por lo pronto, en el Villamarta habrá que tragarse el Winterreise de Schubert al servicio del divismo insoportable de Rafael Villalobos, que por allí andaba preparando el terreno.

Ismael Jordi firmó una de las mejores noches –hablo de la segunda función, la del domingo 30 de enero– que le recuerdo. En parte, por presentarse en mejores condiciones vocales que nunca: la voz corre ahora mejor por la sala, se han corregido del todo las nasalidades de antaño y hay mayor comodidad en el grave, aunque el instrumento siga siendo muy lírico. Pero creo que la clave está en la sintonía. Todos lo sabíamos desde que comenzó a cantar. Él también lo sabía y supo hacer caso omiso de los cantos de sirenas que le animaban a abordar papeles italianos que demandan instrumentos más pesados y temperamentos más expansivos. Lo suyo, con total claridad, es este repertorio francés. Mi paisano posee exactamente las cualidades que para él se demandan: fraseo muy mórbido y sensual, sentido de lo aéreo y de lo difuminado, un punto de elegancia sofisticada y cierto distanciamiento expresivo bien entendido. La pasión debe estar calculada en su punto justo, siempre en equilibro con más cuidadosa la belleza formal y coqueteando un poco con el preciosismo, mas sin llegar a caer en él.

Así las cosas, Ismael ofreció un Des Grieux canónico, musicalísimo y magistral, a la antigua en el mejor de los sentidos, en el que el estudio, el trabajo esforzado, le ha servido para perfilar determinadas frases y superar los escollos de ciertas limitaciones vocales, pero no para alcanzar el estilo: este lo posee de manera espontánea, por su propia naturaleza de artista. Estuvo bien en el primer acto, destapó el tarro de las esencias en un segundo sublime (¡qué “sueño de Manon”!), compensó su falta de peso vocal en el muy exigente acto de Saint-Sulpice gracias al squillo de su instrumento –el fulgor plateado de su agudo le hace ganar en brillo lo que pierde en morbidez– y llegó a emocionarnos en el final pese al muy inconveniente carácter prosaico de lo que se veía sobre el escenario. El uso de los reguladores resultó tan seguro, sensible y subyugante como siempre. Bravísimo.

A Sabina Puértolas la encontré irregular, pero pienso que su trabajo se merece un fuerte aplauso. Debutaba el papel, y este no es precisamente ninguna tontería: larguísimo, muy exigente en lo vocal y harto complicado a nivel expresivo dada las múltiples facetas psicológicas del personaje. Me gustó muchísimo en los dos primeros actos, en los que hizo gala de un hermosísimo canto ligado y de un muy plausible estilo, además de recrear a la joven sin caer en ñoñerías. Mucho menos me interesó en su complicadísima gavota del tercer acto, en la que la encontré destemplada, no del todo suelta en las agilidades y escasamente seductora. Mejor en el resto de la función, aunque aún deberá solucionar algunos cambios de color en la franja grave y la tendencia al grito en los sobreagudos. Como actriz fue quizá la mejor de todo el elenco.

Magnífico desde el punto de vista vocal, Damián del Castillo fue un Lescaut expresivamente de una pieza. No se puede hacer más dada la extrema ridiculización al que este y el resto de los personajes fueron sometidos por Alfonso Romero y Jesús Ruiz. Contra semejante circunstancia tuvieron que luchar también Javier Castañeda, Manuel de Diego y César San Martín, con resultados musicalmente plausibles. Poquita cosa las tres coquetas.

Una vez más en el foso del Villamarta Carlos Aragón, director “de la casa”. Sinceramente, no sé si admirar la capacidad de trabajo de este señor o si más bien irritarme por la clara prioridad que Isamay Benavente le concede frente a otras posibles batutas. Al maestro le he escuchado cosas buenas, cosas dignísimas y cosas muy discretas, más una Novena de Beethoven que era para ponerle al teatro una denuncia: ¿es posible seguir contratando a una batuta que en una obra como la señalada fuera incapaz de marcar un solo matiz expresivo? Parece ser que sí, que en Jerez es posible si a la señora directora le sale del alma, que para eso es la que manda y tiene sus favoritos. Manon la ha dirigido con discreta corrección, intentando que la Filarmónica de Málaga sonara ajustada –lo consiguió, aunque sonar ajustada no significa sonar bella– y que las voces de un Coro del Teatro Villamarta en baja forma no se fueran de madre más de lo debido. El estilo fue correcto, no hubo excesos decibélicos ni tampoco puntos muertos. Me conformo con todo ello, dadas las circunstancias.

Próxima parada, Diálogo de Carmelitas en nueva producción escénica a cargo de, oh sorpresa, Francisco López. ¿A nadie se le cae la cara de vergüenza de que este señor siga acaparando una proporción escandalosamente elevada de los encargos del teatro del que fuera director? Dudo que en ningún otro centro lírico del mundo ocurra algo así. Mientras tanto, los críticos tan críticos con otras cosas miran para otro lado, que para algo son fieles a la causa.

jueves, 3 de mayo de 2018

Formidable Cendrillon desde el Met

Nunca había escuchado Cendrillon. Lo confieso: la música de Massenet me interesa poco. Pero el sábado pasado 28 tenía la oportunidad de ver en directo la retransmisión desde el Met de Nueva York de una producción con estupenda pinta musical y escénica. Me acerqué a los cines Yelmo de Jerez –por cierto: calidad de sonido superior a la de la mayoría de las ocasiones en esta misma sala– y salí encantado.


Una maravilla la producción escénica a cargo de Laurent Pelly. Apuntaba el regista parisino que su idea visual era partir de cuento de Perrault. Pero hacerlo del libro propiamente dicho, combinando los colores rojo –de la encuadernación–, blanco y negro –el texto impreso–, y visualizando algunas páginas en la propia escenografía. Estupenda idea admirablemente materializada en la práctica, y reforzada por un vestuario diseñado por él mismo que resultó sensacional en su idea de combinar elegancia y pretenciosidad para todas las escenas de la corte. “Fashion victims”, señalaba Pelly en el intermedio con enorme acierto. En cualquier caso, lo más destacable de la propuesta fueron el diseño del movimiento escénico y la dirección de actores, toda una lección magistral de cómo se puede ser clásico y moderno al mismo tiempo, de cómo se puede atender plenamente a la música y al mismo tiempo ofrecer infinidad de ideas personales y creativas, siempre dentro de una concepción divertidísima pero no saturada de gags, encantadora sin ñoñería alguna y siempre desarrollada con enorme sentido del ritmo escénico. Una maravilla.

Musicalmente el nivel me pareció francamente alto, entre otras cosas porque el irregular Bertrand de Billy estuvo estupendo a la hora de compaginar ese especialísimo sentido de “lo francés” –sensualidad, levedad bien entendida, encanto algo trivial– con una buena dosis de energía bien controlada, de teatralidad y de contrastes, todo ello manteniendo estupendamente el pulso y trabajando a la orquesta con apreciable depuración sonora.

En cualquier caso, la triunfadora de la noche –como no podía ser menos– fue Joyce DiDonato, de agudo algo metálico –por momento algo apurado– pero siempre formidable cantante y excepcional artista, ofreciéndonos una Cenicienta que supo dejar volar sus melodías sin resultar excesivamente ensoñada ni, menos aún, rozar el empalago, por no hablar de su estupenda dicción y de su enorme sabiduría a la hora de moverse sobre las tablas.

Magnífica asimismo Alice Coote en el rol del Príncipe Azul: la inglesa, como siempre, está estupenda en los papeles de travestido tanto en lo vocal como, sorprendentemente, en lo escénico. Kathleen Kim se encargó del Hada, rol para soprano de coloratura que resolvió de manera irreprochable en todas sus agilidades, haciendo gala además de una voz estupendamente timbrada y de un gusto exquisito; que en el grave se quedase algo corta importó bien poco. Stephanie Blythe, tremenda voz de contralto, estuvo francamente divertida como Madame de la Haltière. El punto negro fue Laurent Laouri, estupendísimo actor pero vocalmente tocado.

Bueno, ¿y la música? Más o menos lo que me esperaba: algunos números los encontré deliciosos –dentro de su indisimulada superficialidad– y otros me parecieron poco interesantes. Dudo que con una interpretación menos extraordinaria que la vista y escuchada el otro día desde el Met un servidor pudiera terminar la audición sin que apareciera el aburrimiento.

viernes, 23 de septiembre de 2016

San Silvestre 2015 con Rattle y la Mutter

Sir Simon Rattle decidió dedicar el concierto de San Silvestre –31 de diciembre– de 2015 al repertorio francés. Inapropiado en principio para su personalidad, a la postre el resultado sería artísticamente de lo más satisfactorio. Se abrió el programa con la obertura de L'Étoile de Emmanuel Chabrier, página dedicidamente menor pero simpática en la que Rattle ya demuestra saber compatibilizar la alegría y el desparpajo con la voluptuosidad lírica (¡qué violonchelos!) y el refinamiento en el color.


Aparece a continuación nada menos que Anne-Sophie Mutter para recrear Introduction et Rondo Capriccioso de Camille Saint-Säens. Como era de temer, la violinista alemana encuentra en la introducción la ocasión propicia para desplegar todo un catálogo de sus más insufribles amaneramientos, pero cuando llega el Rondó propiamente dicho, y a pesar de alguna que otra frase en exceso preciosista, demuestra que sabe poner su increíble virtuosismo, tal vez el más grande conocido en semejante instrumento, al servicio de la expresión sincera, fraseando con una garra, una inmediatez y una fuerza expresiva que nos hacen olvidar de inmediato todos los reparos referidos. Rattle acompaña de manera impecable, con convicción y con su habitual entusiasmo y frescura digamos que juveniles, pese a que hace ya tiempo que peina canas.

Las danzas de la ópera Le Cid, de Massenet, las recrea el maestro de manera verdaderamente prodigiosa, ofreciéndonos chispa, salero, color y un muy logrado ambiente festivo –sin duda uno de los puntos fuertes del arte directorial de Rattle–, pero también elegancia, sensualidad, refinamiento bien entendido y ese especial perfume de lo francés imitando a lo presuntamente español que debe evitar tanto la excesiva levedad que a veces asociamos tópicamente con lo primero como el desmelene de la percusión que todavía hoy algunos entienden como propio de lo segundo. Lógicamente, con la excelencia de los resultados tiene mucho que ver la musicalidad de los profesores de la orquesta, que tocan francamente motivados. Nunca imaginé que de esta música se lograra sacar semejante partido.

Vuelve la Mutter para ofrecer Tzigane, pero aquí la partitura le ofrece menos espacio para sus veleidades sonoras. Antes al contrario, demanda al solista sonar con rusticidad zíngara, con temperamento ardiente y con una agilidad arrolladora. Anne-Sophie sabe hacer perfectamente lo primero (¡qué manera de modelar su violín para obtener todo tipo de colores y de texturas!), pone toda la carne en el asador en lo que a lo segundo se refiere y en cuanto a lo tercero, a los dedos, ofrece un espectáculo como pocas veces se ha escuchado. Rattle trabaja con los pinceles finos que demanda Ravel, demuestra enorme sensiblidad para el color y acompaña a la solista con enorme fuerza expresiva, redondeando así una interpretación magistral.


Continua la velada con la suite de Les Biches, infravalorada pero deliciosa página de Francis Poulenc. La sintonía de la personalidad de Sir Simon con ella, justamente esa misma que le convierte en formidable intérprete de Haydn, es total y absoluta. Hay aquí frescura, chispa, desparpajo, jovialidad y muchísimo sentido del humor, este último con su conveniente toque de sorna y rusticidad bien entendida; también hay elegancia, delectación melódica, refinamiento –todo se encuentra minuciosamente expuesto– y una perfecta comprensión del lenguaje del neoclasicismo. Todo ello, por descontado, con la complicidad de una orquesta cuyos miembros se lo pasan en grande. El resultado es sensacional, con permiso de la soberbia grabación del ballet completo que realizara Georges Prêtre allá por 1980.

Finaliza el programa oficial con La Valse. Como era de esperar, el maestro británico lleva la obra a su terreno y en lugar de decantarse por resaltar los aspectos más atmosféricos y turbulentos de la página raveliana, ofrece una recreación extrovertida, luminosa, cálida y entusiasta, también poética y siempre comunicativa, riquísima en el sentido del color y muy sensatamente matizada, con su punto justo de decadentismo –se pasa quizá en alguna frase aislada–, pero sin perder de vista el trazo global. Solo en la recta final de la obra se pueden echar de menos algunos matices en el fraseo y juegos agógicos por los que optan otros directores y de los que Rattle, con la mirada puesta en el empuje y la decisión, decide prescindir. La orquesta, trabajada una minuciosidad que permite discernir todos y cada uno de los trazos de la escritura, rinde de manera impresionante.

Una fogosa Danza húngara nº 1 de Brahms ofrecida como propina cierra este programa editado en Blu-ray por Euroarts con excelente calidad de imagen y sonido, este último en una resolución superior a la de la mayoría de los BR con imágenes.

miércoles, 11 de mayo de 2016

Bizet por Martinon: sensualidad y melancolía

Como he hablado no hace mucho de las suites de La Arlesiana de Bizet a cargo de André Cluytens, traigo ahora la interpretación grabada por Jean Martinon y la Sinfónica de Chicago en abril de 1967, editada en un vinilo cuyo contenido se incluye en una caja editada por RCA con todas las grabaciones realizadas por el maestro de Lyon junto a la formación norteamericana en la etapa en la que fue titular de la misma.


Aun sin entusiasmarme como lo ha hecho la de Cluytens, me ha gustado mucho: con un perfecto estilo francés, y por eso mismo alejado del excesivo pathos sin que esto signifique indiferencia expresiva, el maestro construye interpretaciones marcadas por la sensualidad, la delicadeza bien entendida, la ternura y, sobre todo, la melancolía. Quien ante todo busque luminosidad, sabor popular y frescura posiblemente quedará algo decepcionado –al Preludio le falta electricidad–, pero también descubrirá el lado más intimista y poético del autor. La orquesta, a la que la batuta hace sonar con un punto aéreo muy adecuado sin perder su característica brillantez, realiza una labor formidable, mereciendo especial mención flauta y arpa en un Menuetto delicioso. La toma sonora ofrece relieve y buena definición tímbrica, perdiendo un poco en los tutti, algo saturados y sin suficiente gama dinámica.

Hay dos complementos. Uno, la Meditación de Thaïs de Massenet registrada en diciembre de 1966: interpretación sobria, esencial y despojada, de fraseo muy concentrado y belleza depuradísima, en la que merece un fuerte aplauso el violín de Stephen Staryck. El otro, la obertura de Le Roy d'Ys de Lalo –grabación de mayo de 1967–, página de mucho interés que Martinon recrea con verdadera magia en su introducción para luego desplegar electricidad, fuerza dramática y brillantez –con eso tiene mucho que ver la orquesta– en grandes dosis. Probablemente, lo mejor del disco.

viernes, 31 de octubre de 2014

De cuando Domingo dirigió en el Waldbühne a Sarah Chang

A Plácido Domingo le he escuchado dos cosas extraordinarias en su faceta de director: las Noches en los jardines de España con Barenboim al teclado (editada por Teldec y Arthaus, audio y vídeo respectivamente) y, sobre todo, la Madama Butterfly con Cristina Gallardo-Domas en el Teatro Real (sin edición comercial). En el resto de las ocasiones en que ha empuñado la batuta me ha parecido no el maestro mediocre que quienes siempre le han despreciado han intentado hacernos ver, pero sí el director meramente apañado que hace gala de corrección, sensatez y musicalidad sin muchas cosas interesantes que decir, aunque con algún importante destello de inspiración.

Es justamente lo que quedó en evidencia cuando se puso al frente de una de las más perfectas orquestas del mundo, la Filarmónica de Berlín, en el concierto anual de la formación alemana en el Waldbühne, edición del año 2001 bajo el título Noche española en la que se contó con la colaboración de la violinista Sarah Chang y la soprano Ana María Martínez. Lo vi en su momento por la tele y hace unos días visioné por fin el DVD editado hace ya años por Euroarts

Comenzó la velada al aire libre con el Fandango de Doña Francisquita: Domingo lo dirigió bien, con el carácter popular y un punto bronco que le conviene, pero podía aún haberle sacado mayor partido a esta excelente música. Más difícil era sacárselo a los Aires gitanos de Sarasate, pero aquí vino al rescate una Sarah Chang no solo perfecta virtuosa sino también artista modélica. La Marcha Española de Johann Strauss II no tuvo mucha elegancia vienesa, pero sí un sentido del humor y un garbo muy españoles. En la petenera de La Marchenera, de Moreno Torroba (“Tres horas antes del día…”), Ana María Martínez ofreció buena voz y elevada implicación expresiva, sin llegar a deslumbrar; estuvo correctamente secundada por la batuta del cantante madrileño.

En el celebérrimo Capricho español de Rimsky-Korsakov se evidenció el desencuentro entre un director que se limitaba a marcar el compás y unos solistas dispuestos a hacer música por todo lo alto: funcionó a ratos, incluso por momentos deslumbró, pero hacía falta mucha mayor implicación desde el podio. Con la romanza de Los claveles, de Serrano, la soprano puertorriqueña hizo gala de sus virtudes y de sus relativas limitaciones; me hubiera gustado un punto más emotiva, o al menos más matizada.

Mejor aquí que cuando dirigió el título de Bizet en 1992 en el Teatro de la Maestranza, Domingo sacó adelante la Fantasía sobre temas de Carmen de Sarasate poniéndose a los pies de una Sarah Chang pletórica. Sorprendentemente, Plácido destapó el tarro de las esencias en Huapango, del mexicano José Pablo Moncayo; espoleada por una batuta por fin inspirada y fogosa, la Berliner Phiharmoniker puso todo su virtuosismo al servicio de una recreación brillante en el mejor de los sentidos, llena de garra y de electricidad.

Tres propinas, empezando con Pablo Luna. La canción española de El niño judío la dijo Martínez sin mucho salero. De la Chang se esperaba algo muy brillante como despedida, pero sin embargo ofreció la Méditation de Thais con resultados para quedarse de piedra: ¡qué afinación, qué belleza sonora, qué registro grave, qué fraseo más cantable, qué concentración…! Ahí Domingo echó los restos para seguidamente limitarse hacer un poco el ganso cantando –era de esperar– en la tradicional Berliner Luft conclusiva, que con él sonó, en la orquesta, más bien tosca y vulgar.

¿Conclusión? Un DVD imprescindible para amantes del violín.

lunes, 5 de noviembre de 2012

Thaïs con Domingo, de Valencia a Sevilla

Ya dejé aquí constancia de lo bien que lo pasé en la tercera y última función de la Thaïs ofrecida por el Teatro de la Maestranza, la del miércoles 31 de octubre. Me toca ahora decir algo con más calma y establecer las inevitables comparaciones con la que escuché en el Palau de Les Arts el pasado mes de abril (enlace) con la misma producción e idéntico protagonista, un Plácido Domingo que retorna a Sevilla después de demasiados años de ausencia tras un Le Cid -también Massenet, vaya casualidad- no del todo brillante y de una Traviata rutinariamente dirigida desde el foso.


Sobre la propuesta escénica, procedente de Suecia, creo que puedo repetir las mismas palabras que ya escribí en este blog. Comparaba entonces esta producción con la del Met que circula en DVD (con una fabulosa Reneé Fleming) y decía que “la que hemos visto en Valencia me ha parecido muy superior a la del coliseo neoyorquino. Coincide con ésta en la traslación de la acción hasta fechas recientes -primera mitad del XX en la propuesta de John Cox, segunda mitad del XIX en la que viene de Gotemburgo-, pero acierta mucho más en el tratamiento de escenografía y vestuario, voluntariamente sobrecargados y excesivos (más obvio de la cuenta lo de las dunas a base de senos). La decadente atmósfera finisecular (Thäis se estrenó en 1894) a medio camino entre el simbolismo y el modernismo me pareció lograda. Se sacó además un excelente partido de la plataforma giratoria a la hora de plasmar la travesía por el desierto del monje Atanaël y de la cortesana -aquí actriz de prestigio- reconvertida a la vida espiritual (…). No me convenció tanto que la directora de escena Nicola Raab mezclase una narración naturalista con elementos más bien conceptuales, porque el equilibro no estaba conseguido y algunos planteamientos resultaban ininteligibles”.

Puedo añadir ahora que sigo sin comprender la escena en la que la protagonista, mucho antes del momento “oficial” de su muerte, asciende a los cielos, arropada por las monjas, en una vestimenta de ave que recordaba a la del momento de su aparición en el primer acto. El dúo final, eso sí, lo he entendido ahora claramente como una alucinación de Athanaël: los personajes nunca se miran entre ellos y permanecen en planos distintos. La segunda visión me ha permitido, además, reparar en algunos detalles que me habían pasados desapercibidos en la otra ocasión, entre ellos el deterioro de los trajes de los cenobitas en su última aparición o el hecho de de que las ruinas del desierto no sean sino las del teatro donde la diva vivió sus grandes éxitos. Sin ser redonda, me sigue pareciendo una producción bastante satisfactoria. Sobre la belleza visual de la misma dan buena cuenta las fotografías de Julio Rodríguez que he robado descaradamente de su blog.


Musicalmente el nivel me ha parecido muy alto, más aún que en Valencia a pesar de que, indiscutiblemente, la orquesta y coro de allí fueran de una calidad técnica muy superior a la -solo notable- de los del Maestranza, violín solista incluido. La diferencia la ha marcado Pedro Halffter con una dirección menos extrovertida y brillante que la de Patrick Fournillier, pero mucho más mórbida, más sensual y más mística -no hay contradicción alguna- al mismo tiempo, dotada de unas texturas vaporosas de lo más adecuadas y de un fraseo cantable, elegante y concentrado; una dirección más en estilo, por tanto, además de más hermosa, comunicativa y emocionante. La justamente célebre Meditación -lo mejor de la ópera- fue sublime.

Malin Byström lo hizo bien en Valencia, pero Nino Machaidze, por cierto no menos increíblemente hermosa que su colega, canta con mayor morbidez, refinamiento y temperatura emocional, siempre dentro de una línea perfecta para la ópera francesa, como ya advertimos en su maravillosa Juliette de Salzburgo (enlace). Eso sí, a su hermosísimo registro central -sólido y muy esmaltado- le falta la compañía de un grave holgado -insuficiencia que solo se notó en alguna frase aislada- y de un sobreagudo solvente: sus chillidos fueron más numerosos que los de la Byström, pero en ninguno de los dos casos semejante limitación arruina las enormes virtudes que atesoran las sopranos.

No menos bien ha estado el tenor alicantino Antonio Gandía en Sevilla -elegantísimo e irreprochable en su línea de canto- que Paolo Fanale en Valencia, aunque compartan ambos las limitaciones a la hora de proyectar la voz; que la regie les obligara a veces a cantar en el fondo de la escena no les ha beneficiado en absoluto. Sin embargo, en Les Arts estuvo estupendo Gianluca Buratto como Palémon mientras que en Sevilla la rotunda voz de Stefano Palatchi -que se conoce perfectamente un papel que llegó a grabar para Decca- se ha visto seriamente afeada por un molesto trémolo. Muy bien Micaëla Oeste como Crobyle, espléndida Marifé Nogales en los roles de Myrtale y Albine, y admirable pese a la brevedad de su aparición David Lagares como el sirviente. Entre los cenobitas -miembros del coro, como el cantante citado en último lugar- hubo de todo, bueno y no tan bueno.


Y Plácido. Nunca he ocultado que se trata de mi cantante favorito, pese a que decirlo conduce inmediatamente a que te miren por encima del hombro. Sobre todo en España, donde existe toda una línea de críticos guardianes de las presuntas esencias de la no menos presuntamente verdadera tradición canora que se han empeñado en ningunear al tenor madrileño. Claro, el tiempo ha puesto las cosas en su sitio, y podría ocurrir que alguien de quienes hasta no hace mucho afirmaban que Domingo se encuentra acabado desde mediados de los ochenta (!) ahora le contrate para cantar Siegmund y cosas así. Aunque a decir verdad, ni quienes somos sus fans imaginábamos que a sus setenta y dos años oficiales (setenta y seis como mínimo, me aseguran por ahí) iba a estar así de voz, con un timbre inmaculado que lo hace perfectamente reconocible en cuanto abre la boca, un grave -me refiero al grave de tenor- de una solidez indiscutible y un volumen que sigue siendo apreciable. Agudo no hay, desde luego, y de ahí que tenga que cantar roles baritonales con las comprensibles insuficiencias que ello conlleva.

En el caso de Athanaël, sería ridículo no reconocer que en el primer acto hay momentos en los que los pasa mal y el resultado es deficiente. Con todo, canta con su habitual buen gusto, permanece ajeno a la vulgaridad (aunque a quien suscribe le gustaría una visión más negra del personaje), evita caer en el ridículo truco del engolamiento y hasta se reserva para ofrecer alguna exhibición de fiato. Luego la cosa mejora y a partir del segundo acto -perdónenme por volver a copiar lo que escribí sobre la producción valenciana- tenemos “al gran Domingo, con su timbre de siempre (¡a semejante edad!), un fiato aun suficiente, un legato bellísimo y una enorme calidez expresiva. Al contrario de lo que algunos pudieran pensar, matizó bastante las dinámicas. Y nada de tendencias veristas, por cierto: su francés no es precisamente modélico, pero el estilo de canto tuvo toda la morbidez y distinción que Massenet reclama, sin subterfugios de cara a la galería. Algunas frases -la despedida de Thaïs al finalizar el primer cuadro del tercer acto- fueron de una belleza verdaderamente sublime”.

¿Hace falta añadir que en la tercera función sevillana, aun evidenciando cierta fatiga en el dúo final, se mostró más seguro y convincente que en Valencia? Si el papel se lo aprende con un año de antelación o en el ensayo general, es algo que me importa un bledo cuando los resultados son de semejante altura. Domingo sigue cantando con la belleza y la emoción en los labios. Tampoco es necesario recordar que como actor sigue siendo solvente y que su increíble forma física le permite adaptarse a la perfección a cualquier demanda de la dirección escénica. Enorme artista, enorme función de ópera. Noche para el recuerdo.

jueves, 1 de noviembre de 2012

Plácido, otra vez

He estado esta noche en la tercera y última función de la Thaïs que ha ofrecido el Teatro de la Maestranza. No tengo ni tiempo ni fuerzas para escribir ahora. Espero hacerlo más adelante, quizá después del puente. Pero sí quiero dejar constancia de dos cosas. La primera, que siendo la misma producción que ya presencié en Valencia, en Sevilla las cosas han funcionado aún mejor por obra y gracia de la batuta de un Pedro Halffter que ha demostrado sintonizar plenamente con la peculiar mezcla de sensualidad y espiritualidad del título irregular de Massenet; estupenda por otro lado Nino Machaizde a pesar de sus problemas con los sobreagudos.

La segunda, que Plácido Domingo me ha vuelto a emocionar profundamente. Ha tenido -como ocurrió en Valencia- momentos malos y momentos buenos, pero sin duda el saldo ha sido muy positivo. Además, para quienes somos admiradores del artista madrileño esta actuación ha sido ese “una vez más” por el que siempre suspiramos cada vez que le vemos en escena, temiendo que la presente ocasión pueda ser la última. Pero no, el milagro se prolonga, y esta vez ha sido en Sevilla y en un teatro al que quienes nos hemos criado musicalmente en él estábamos deseando que volviera. La próxima, I due Foscari en Valencia. Hasta pronto, maestro.

miércoles, 10 de octubre de 2012

Excelente Massenet de Frémaux

Vuelvo a ofrecer otra recomendación para los amantes del multicanal: el disco con música orquestal de Jules Massenet grabado por Louis Frémaux para el sello EMI recuperado con admirable espacialidad cuadrafónica en el blog The Dreaming-Spires Quadraphonic Archive. Por descontado que se trata de música de segunda fila, pero así de bien interpretada se escucha con sumo placer, porque el compositor de Manon fue un excelente melodista y escribía con enorme dominio del oficio. Las Escenas pintorescas conforman su Suite para orquesta nº 4; datan de 1874, momento en el que el artista aún no había conocido ninguno de sus grandes éxitos, y nos lo muestran como un perfecto conocedor de lo que se estilaba no ya en el mundo sinfónico sino sobre las tablas de los escenarios de su tierra. El último sueño de la Virgen es la página más frecuentada de su oratorio La Vierge, que desconozco; música hermosa y de sabor indiscutiblemente francés, pertenece ya a 1880. Cinco años posterior, y por ende de primera madurez, es el ballet de su ópera Le Cid, una monumental españolada que si uno se quita los prejuicios de encima permite pasar un rato distraído.


Fremáux dirige francamente bien, ofreciendo brillantez en su punto justo y un sabor francés -refinado en el fraseo, mórbido en el color- que por suerte no conoce asomo de blandura ni afectación. En la breve página procedente del oratorio sabe además frasear con un intenso y muy sincero aliento lírico que le sienta de maravilla. Lo más sorprendente para quien esto suscribe es la actuación de una Sinfónica de la Ciudad de Birmingham que ya por entonces alcanzaba un espléndido nivel. Solo unos años más tarde los músicos se pelearían con el maestro francés, que por entonces era su titular, para terminar sustituyéndole -tras un bienio sin nadie ocupando el cargo- por un jovencito llamado Simon Rattle, quien sin duda debió de mostrar enorme mérito pero a quien no debería atribuírsele, a tenor de lo aquí escuchado, la consecución por parte de la orquesta de un nivel técnico que ya parecía tener de antemano.

Si les interesa descargar este disco, acudan a la siguiente página.

jueves, 7 de abril de 2011

Decepcionante Werther en el Real

Flojo, muy flojo, el Werther que dejó programado Antonio Moral para el Teatro Real. O al menos a mí me lo pareció en la función del pasado domingo 3, porque fallaron los dos pilares fundamentales: dirección musical y escénica. La producción de Willy Decker es buen teatro, incluso excelente teatro: personal, inteligente, muy atractiva desde el punto de vista plástico (interesante la escenografía de Wolfgang Gussmann) y bien realizada. Pero una cosa es hacer un buen espectáculo teatral y otra muy distinta ofrecer un buen Massenet. Planteamientos así, a medio camino entre el expresionismo y lo conceptual, pueden funcionar maravillosamente (y funcionan: recuerdo ahora la soberbia Lulu que le vimos en Sevilla) en otros repertorios, mas no en este. El melodrama romántico tiene sus reglas, y lo que se veía sobre la escena no encajaba con lo que se escuchaba.

Emmanuel Villaume sí parecía dominar medianamente el lenguaje massenetiano -la morbidez, la elegancia más o menos indolente y todo eso-, pero la inspiración no apareció por ningún lado. Todo sonó gris, rutinario, incluso por momentos algo machacón. Y no hace falta irse a la genial dirección de Michel Plasson en el DVD con Kaufmann: Julius Rudel realizó una soberbia labor hace años en este mismo teatro (no estuve presente pero conservo la emisión televisiva, que le recomiendo busquen por Internet).


Así las cosas, poco podían hacer los cantantes. Por eso no lució Sophie Koch, tan admirable como en el citado DVD de Plasson: voz, estilo y una perfecta gradación de la expresividad la convierten en una Charlotte de referencia. La admiración que siento por José Bros (más por la seriedad de su carrera que por sus maneras de hacer) la he dejado ya clara en este blog (enlace). Lamentablemente su Werther me defraudó: elegantísimo siempre, de un gusto exquisito, le encontré incómodo en lo vocal y plano en su recreación del protagonista. Alguien dirá que hacer el personaje con una voz y una línea así implica semejante distanciamiento expresivo. Pues miren, no es así: escuché hace ya lustros en el Maestranza a cierto tenor de Las Palmas de Gran Canaria al que se le escuchaba muchísimo mejor -con más potencia y solidez- y que supo inyectar mucha más intensidad al personaje. La comparación, más que odiosa, me temo que es necesaria.

Ángel Ódena me pareció un Albert innecesariamente sombrío y monolítico. Más me interesó la Sophie de Auxiliadora Toledano, una voz ciertamente prometedora. Mediocre Jean-Philippe Lafont, ya muy mayor para salir al escenario. E irregulares los dos comparsas de la obra, Schmidt y Johann, que siempre he encontrado un tanto molestos en este título. Y es que, para ser sinceros, hay que reconocer que pese a sus instantes de mágica belleza (el dúo del primer acto, gran parte del tercero), la inspiración de Massenet conoce serios baches que solo pueden ser superados por una interpretación de primer orden. Esta del Teatro Real distó de serlo.

En cualquier caso, les animo a leer una opinión muy diferente en el blog La Verbena (enlace).

domingo, 19 de diciembre de 2010

Manon en Valencia: cancela la batuta, cancela el tenor

En todas partes son habituales cancelaciones y cambios repentinos en el elenco, pero el Palau de Les Arts se lleva la palma: dudo que se haya visto en el mundo lírico algo semejante a los del teatro valenciano en los pocos años que lleva de funcionamiento. Lo de la Manon de ayer sábado 18 fue la reoca. En vez de Lorin Maazel -que anuló su compromiso con la obra de Massenet por presunta recomendación médica- estuvo en el foso Jordi Bernàcer (Alcoy, 1976), previsto inicialmente solo para dos funciones. Y en lugar de Vittorio Grigolo, que ha sufrido una repentina indisposición que suponemos provocada por la lectura de la crónica del estreno realizada por Atticus (enlace), tuvimos al francés Jean François Borras, quien había aterrizado en Valencia pocas horas antes de la función para salvar in extremis los papeles al Palau. Qué quieren que les diga, uno se siente estafado, sobre todo cuando se ha invertido bastante tiempo y dinero para acudir a la función.


Una función que, digámoslo ya, recibió una muy calurosa acogida por parte del público, pero que a mí me resultó soporífera. Un poco por todo, pero creo que el principal responsable fue el señor de la batuta. Su gestualidad, muy hermosa y detallista, denotaban a un director responsable y con ganas de hacer bien las cosas, pero los resultados dejaron mucho que desear en una lectura que fue -o a mí me pareció- muy plana y cuadriculada, poco emotiva, carente de refinamiento y, sobre todo, muy decibélica, cuando no abiertamente ruidosa. La orquesta no sonó ni muchísimo menos de la manera en que suele hacerlo: estuve sentado en la misma localidad que en la Aida de Maazel y la diferencia fue abismal. Los solistas anduvieron a su aire; el chelo, bastante más dulzón de la cuenta en el preludio del primer acto. Tampoco el coro alcanzó el refinamiento de otras ocasiones.

Muy irregular me pareció Ailyn Pérez. Su voz no me agrada en lo tímbrico y no resulta homogénea. Su técnica no es del todo sólida, con problemas en las agilidades y naufragando en unos sobreagudos muy estridentes. Pero la soprano estadounidense frasea con gusto y tiene detalles de gran clase, siendo capaz de ofrecer algunos muy hermosos reguladores e incluso instantes de notable belleza, particularmente su "Adieu notre petite table". Pero la gavotta pasó sin pena ni gloria y en el acto cuarto no se la oyó. De evolución del personaje, ni hablemos. Escénicamente se desenvuelve con soltura y posee un físico muy adecuado: sus piernas fueron casi tan espectaculares como las que lucía la Netrebko en esta misma producción escénica.

Jean François Borras logró salvar la función, e incluso tal vez mejoró los resultados de Grigolo. No me gustó su técnica -tiene la voz atrás-, pero sí que me convenció su estilo, sencillamente perfecto para Massenet, sabiendo aunar sensualidad, elegancia y morbidez en el fraseo sin caer en un excesivo belcantismo ni en tics veristas. No hubo el menor exceso ni salida de tono alguna. Claro que de ahí a hacer un buen Des Grieux hay un trecho: este señor sin duda puede recorrerlo, pero tiene que hacer un esfuerzo. En escena anduvo muy rígido y despistado, aunque no es culpa suya sino de la imposibilidad de ensayar.

Preocupante el Lescaut de Artur Rucinski, porque con semejante tosquedad no sé cómo podrá el barítono polaco enfrentarse a Eugenio Oneguin en el mismo teatro valenciano el próximo enero, por mucho que venga de cantar el papel con Barenboim. Me gustó el Conde de Raymon Aceto, y no tanto el Brétigny de Andrea Porta. Cumplidor el incombustible Emilio Sánchez como Guillot (este hombre no defrauda nunca) y dignas las tres cocottes.


La puesta en escena no me ha entusiasmado tanto como cuando la vi en el DVD correspondiente, el de Barenboim dirigiendo a Netrenko y Villazón (enlace). Plásticamente deja que desear (exceso de cartón-piedra, discreta iluminación) y hay más convenciones de la cuenta en el movimiento de masas, circunstancia que tal vez haya que achacar al director de la reposición, Mark Streshinsky. En cualquier caso la propuesta original de Vicent Parterson realizada para Los Ángeles y Berlín (o sea, por encargo de Domingo y Barenboim al alimón) sigue funcionando bien, tanto en el concepto -la chica que ve su vida como una filmación cinematográfica- como en la definición de personajes y situaciones, muy respetuosa con el original pese al cambio de ubicación temporal. Provocaciones, ni una.

Los aplausos de un público que casi llenaba la gran sala del Palau -solo había algún hueco en el patio de butacas- fueron intensos, especialmente para la pareja protagonista y para la batuta. Yo me aburrí muchísimo, ya les digo. Qué le voy a hacer. A ver si hoy mejora la cosa con Aida, aunque el que Marcelo Álvarez haya cancelado su Radamés (debería estar haciendo el Des Grieux y dejarse de tonterías) ya le hace a uno acudir con cierto cabreo. Pero claro, hablamos de Les Arts, y ya se sabe que en él los cambios en el elenco son un rasgo de identidad propio.

viernes, 30 de enero de 2009

Manon Por Fleming, Álvarez y López-Cobos

MASSENET: Manon. Renée Fleming, Marcelo Álvarez, Jean-Luc Chaignaud, Alain Vernhes, Michel Sénechal, Franck Ferari, Jaël Azzaretti, IsabelleCals, Delphine Haidan, Christophe Fel, Josep Miquel Ribot, Nigel Smith, Sandrine Seubille.
Coro y Orquesta de la Ópera Nacional de París. Dirección: Jesús López-Cobos

Arthaus 107 003
2 DVDs 164’
DDD
Ferysa
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Arthaus continúa con su política de reeditar los primeros DVDs que en su momento lanzó TDK y ahora le llega el turno a esta Manon que se ofreció en 2001 en la Ópera de París con protagonismo absoluto de Renée Fleming y Marcelo Álvarez. Manon_Lopez_CobosComo han aparecido hace poco otras dos interpretaciones en este formato, las de la Staatsoper berlinesa y el Liceu barcelonés (DG y Virgin respectivamente), filmadas con pocas semanas de diferencia entre abril y junio de 2007, la comparación parece procedente.

Sensual, pícara, seductora y también desgarrada -sin aspavientos- cuando corresponde, es precisamente Fleming la que más me gusta de las tres protagonistas, pues luce un instrumento de mayor calidad y belleza aún que el de Anna Netrebko, un tanto sosa en las funciones berlinesas, y una capacidad para el matiz expresivo casi tan grande como la de ese animal escénico que es Natalie Dessay, lógicamente más ligera que sus colegas -y no muy cómoda en lo vocal- en Barcelona.

Rolando Villazón evidenció -como siempre- una emisión un tanto heterodoxa y cierta tendencia al exceso, no encontrándose del todo bien de voz en las funciones de la ciudad condal, donde además matizó menos que en Berlín. Marcelo Álvarez, tampoco impecable en lo canoro, se mostraba bastante más centrado en el estilo, elegante y refinado, pero en su Des Grieux se echan de menos la calidez y el apasionamiento del mexicano.

En la producción parisina, el Lescaut de Alain Vernhes parece preferible a un Alfredo Daza y un Manuel Lanza más bien toscos. Tanto Jean-Luc Chaignaud como el “barenboiniano” Christof Fischesser son preferibles en el rol del Conde al en otros tiempos grandísimo Samuel Ramey, que paseó los restos de su voz por el Liceu. Los secundarios de París alcanzan un gran nivel, sobresaliendo el veteranísimo Michel Sénechal como un Guillot tan divertido como indeseable.

De las tres realizaciones de foso sobresale con mucho la genial de Barenboim, llena de vuelo lírico y fuerza dramática. El siempre profesional Víctor Pablo Pérez se limita a cumplir. Y López Cobos, un director que a mí en general me gusta bien poco, da la talla en este doble DVD con una dirección irreprochable en el plano técnico y de perfecto estilo por su elevado sentido del color, mórbido fraseo y expresividad contenida (lo que no ha de confundirse con la sosería en la que otras veces cae el maestro).

Sin embargo, el otras veces admirable Gilbert Deflo no acertó en la capital francesa a la hora de insertar el bellísimo vestuario de William Orlandi en un concepto escénico convincente. Me quedo con la propuesta más teatral e imaginativa de Vincent Paterson en Berlín, y encuentro ambas muy preferibles a la fea de David McVicar que se vio en el Liceu.

En conclusión: imprescindible el DVD de la Staatsoper, muy recomendable este de París por su excelente apartado musical (para él son las cuatro estrellas) y de interés, por la acongojante recreación de la Dessay, el de Barcelona.
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Artículo publicado en el número de febrero de 2009 de la revista Ritmo, con muy ligeras amputaciones debido a la falta de espacio.

PS. En este blog tuve la oportunidad de escribir con más detalle sobre las interpretaciones dirigidas por Daniel Barenboim y Víctor Pablo (enlace).

miércoles, 3 de diciembre de 2008

Doble Manon: Netrebko, Dessay, Villazón

Dicen que las comparaciones son odiosas, pero a veces resultan necesarias para aclarar ideas. Y estas dos versiones en DVD de la Manon de Massenet grabadas en la Staatsoper berlinesa y en el Liceu de Barcelona con pocas semanas de diferencia (del 26 de abril al 19 de mayo de 2007 la primera, del 24 al 30 de junio la segunda), editadas por Deutsche Grammophon y Virgin respectivamente, bien que se prestan a ello. Incluso cuando ambas cuentan con idéntico protagonista, un Rolando Villazón que cada día desata más pasiones a favor y en contra, hasta el punto de que resulta muy difícil manifestar una opinión ajena a estos dos extremos sin ganarse al mismo tiempo la furia tanto de quienes le adoran como de quienes le detestan.

Villazón me parece un buen e interesante tenor con virtudes indiscutibles, pero también con limitaciones -mejor dicho, defectos- bastante evidentes. Entre las primeras se encuentran una voz de muy buena calidad, una línea extrovertida, muy latina y comunicativa, y una gran sinceridad tanto en el plano vocal como el escénico. Entre los segundos tenemos una técnica muy alejada de la ortodoxia, sobre todo en lo que a la emisión se refiere, por su tendencia a abrir el sonido y ese oscurecimiento artificioso del timbre con el que busca parecerse más aún a su admirado Plácido Domingo; pero también se le debe reprochar, y en no menor medida, su habitual inclinación a sustituir los matices canoros por una hiperexpresividad que le lleva a ofrecer retratos más bien monolíticos de sus personajes, a los que suele encarnar como si estuvieran en un perpetuo estado de arrebato pasional.

Teniendo en cuenta semejantes circunstancias, a nadie debería extrañar que Villazón sea poco menos que el Demonio -con pezuñas y rabo- para los que en la lírica valoran ante todo la belleza, pureza y ortodoxia del canto; que guste bastante a quienes aplauden la comunicatividad y la calidez expresiva por encima de otras circunstancias; y que entusiasme a los fans incondicionales de Plácido Domingo, por mucho que el genial tenor madrileño supere ampliamente al mexicano por técnica, autocontrol y capacidad para el matiz psicológico.

Yo me sitúo entre sus admiradores mas no entre sus entusiastas, pues a mi modo de ver son muy reprochables los defectos arriba señalados. Concretando en el título de Massenet, me ha gustado bastante su Des Grieux por la calidez con la que canta, por la emoción sincera que desprende su encarnación del personaje, pero no me parece ideal debido a su falta de estilo (lo “francés” no ha de significar blandura ni cursilería, pero sí elegancia, sutileza, morbidez y una buena dosis de introversión) y a sus consabidos problemas canoros, por otra parte más evidentes en la grabación de Barcelona -donde además está menos atento al matiz- que en la de Berlín.

Anna Netrebko tiene una voz más cálida y sensual que Natalie Dessay. Y chilla bastante menos. Pero la soprano francesa se come con patatas a la rusa, una cantante muy correcta pero más bien sosa e impersonal, en lo que a interpretación se refiere: gracias a una gama mucho más variada de recursos vocales y a una inteligencia artística superior, la Manon de la Dessay está más matizada en lo expresivo, mejor trazada en su evolución psicológica; es más inocente cuando tiene que serlo, y más coqueta, más frívola y también más trágica cuando corresponde. Y además está más en el estilo, aunque la rusa desde luego no carece de morbidez en el fraseo. Por otro lado, y siendo la Netrebko una sin duda estupenda actriz, la Dessay la supera también desde el punto de vista escénico con una interpretación de acongojante sinceridad.

Ninguno de los dos Lescaut convence: tanto Alfredo Daza en Berlín como Manuel Lanza en Barcelona se muestran más bien toscos y vulgares. En cuanto al Conde Des Grieux, no hay duda: muy preferible el barenboiniano Christof Fischesser que un Samuel Ramey engoladísimo y tremolante. Escuchar a este último supone un trauma a los que hemos sido sus rendidos admiradores.

Barenboim, al parecer, llegó en una sustitución de última hora. Jamás lo hubiera imaginado dirigiendo este título en principio tan poco afín a sus maneras de enfocar el hecho musical. Y el repertorio francés, en general, nunca ha sido su fuerte. Sin embargo el de Buenos Aires ofrece aquí una dirección magistral, llena de fuego y garra, tan apasionada como en él se podía esperar, pero también, y he aquí la relativa sorpresa, controlada en todo momento, muy variada en su paleta de colores, muy clara en la orquestación y con la suficiente dosis de elegancia en el fraseo y de intimismo; vamos, una dirección inflamadísima pero no fuera de estilo. Comparado con él, un aquí muy rutinario, plano y cuadriculado Víctor Pablo Pérez no tiene nada que hacer, y menos aún con una orquesta como la del Liceu.

En la Staatsoper Unter den Linden se ofrece una coproducción con la Ópera de los Ángeles que, no en balde, rinde homenaje a mundo del cine, con una Manon que cree vivir continuamente dentro de un película cuyo final terminará siendo uno muy distinto al esperado. Por mucho que la acción se traslade a los años cincuenta del pasado siglo, los protagonistas y las situaciones son las de Massenet. Vincent Paterson define de manera maravillosa a los personajes y ofrece una dirección de actores y de masas trabajadísima. Los cortes que infringe a la partitura no sólo no son graves desde el punto de vista musical, sino que además benefician a la fluidez dramática. En conjunto, una producción escénica sobresaliente.

David McVicar, en una producción que en origen fue de la English National Opera, realiza una propuesta de teatro dentro del teatro que, pese a su magnífica dirección de actores, no termina de funcionar, quizá en parte por la fealdad y oscuridad plástica que singulariza a su único escenario. Los toques de presunta procacidad, por su parte, no escandalizan hoy a nadie. Aburre.

En conclusión: el DVD de Barenboim, que además es el que mejor se ve y suena, se lo recomiendo vivamente a todo el que ame la ópera como espectáculo global de música y drama, salvo que deteste profundamente a Villazón. El del Liceo, por el contrario, queda muy en segunda fila y solo merece la pena para disfrutar de la Dessay. ¡Ojala hubiera estado ella en la producción de la Staatsoper!

Otra valoración del DVD de Barenboim y clips de la filmación en el blog de Pablo Vayón (enlace)

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