La otra vez que estuve en la capital alemana pude presenciar espectáculos en la Staatsoper y en la Komische Oper. Me quedó pendiente la Deutsche Oper (la ópera del sector occidental, para entendernos), pero en esta ocasión he saldado la deuda pendiente asistiendo aquí en Berlín, el pasado viernes uno de mayo, a una función de La Traviata que, eso sí, ha resultado de una total grisura. Y no porque cancelase la Georghiu, cosa que se estaba viendo venir, sino porque funcionaron de manera mediocre la escena, los cantantes y, sobre todo, la dirección musical.
Gris fue la propuesta escénica, que debe de ser ya bastante antigua, del mítico Götz Friedrich. Y eso que plásticamente resulta atractiva por su cuidadísima iluminación. Pero tanta oscuridad, mucho antes tristona que dramática, no casa bien con esta obra verdiana. Que la casa de Flora sea un burdel y que ésta ejerza de madame está más visto que el tebeo. La dirección de actores deja que desear. Por cierto, que el concepto mismo de esta producción, basada en una sola escenografía con diferentes puertas que se salen de sus ejes en el último acto, anuncia sospechosamente a los posteriores Cuentos de Hoffmann de Giancarlo del Monaco.
Gris fue el elenco vocal. Cumplió al menos Carmen Giannasttasio en el rol principal, pues su voz, aun con desigualdades, posee una atractiva oscuridad tímbrica, y además la artista hace gala de un legato admirable. Pero ahí acaban sus virtudes. Mal actor y discreto cantante el altísimo James Valenti, por muy bonita que sea su voz; el ridículo agudo que emitió tras la cabaletta le hizo ganarse algunos abucheos, entre ellos el mío. Ismael Jordi ha cantado hace tan solo unos meses en esta misma producción: aunque mi paisano diste de convencerme, lo encuentro muy preferible. El más aplaudido fue Lado Ataneli, aún me estoy preguntando por qué. Será por la voz, en todo caso, porque ni por estilo ni por recreación del personaje es un Germont de altura. El coro estuvo cumplidor sin más.
Y gris tirando a negro fue la dirección musical de Marco Armiliato, seguramente la peor que jamás he escuchado de Traviata. Cuadriculada, plana, flácida, deslavazada, insensible y profundamente aburrida, el hermano de ese buen tenor que es Fabio Armiliato demostró ser un auténtico patán de la batuta. Que la orquesta sonara bastante bien sirvió de poco. Él fue el principal responsable de que esta función berlinesa resultara soporífera. Está bien hacer comparaciones: la floja Traviata sevillana con Arteta y Domingo a la batuta, o la digna del Villamarta con Gallardo-Domas y Jordi fueron superiores sin duda a ésta, por mucho que tenga lugar en Berlín. Por cierto, qué fea la Deutsche Oper.
Un cajón de sastre para cosas sobre música "clásica". Discos, conciertos, audiciones comparadas, filias y fobias, maledicencias varias... Todo ello con centro en Jerez de la Frontera, aunque viajando todo lo posible. En definitiva, un blog sin ningún interés.
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domingo, 3 de mayo de 2009
sábado, 29 de noviembre de 2008
El Falstaff de Friedrich y Solti: pechuga fresca
Aunque ya he terminado de colgar en este blog todo lo que escribí en Ritmo sobre Falstaff (enlace), aprovecho la ocasión para dejar algunas líneas sobre otras versiones interesantes de esta genial obra verdiana. Y empiezo con una que acabo de volver a visionar después de muchos años: la película rodada -en celuloide, no en vídeo- por Götz Friedrich en 1979 para Unitel, que se encuentra hoy editada en DVD por Deutsche Grammophon y se ha podido localizar últimamente a buen precio en nuestras tiendas.
La toma de audio, realizada en septiembre de 1978 con el concurso excepcional de la Filarmónica de Viena, es la segunda de las tres realizadas por Sir Geor Solti, y no sólo por su cronología: aquí han desaparecido ya buena parte de los excesos de su registro de 1963, por otra parte el más trepidante de los tres, pero el inolvidable maestro húngaro aún no ha podido profundizar en la partitura como lo hará en 1993 junto a José Van Dam. Ni que decir tiene que el sentido teatral de la batuta es portentoso y que la claridad que obtiene del entramado orquestal resulta admirable. Notabilísima dirección, pues, que no llega a lo excepcional del joven Karajan, del maduro Bernstein y del anciano Colin Davis (el de su registro para LSO Live).
Este es además el único registro para disfrutar del Falstaff de Gabriel Bacquier, algo gastado en lo vocal, quizá sin la voz idónea pero inmenso recreador del personaje tanto en la parte musical como en la dramática: es un actor soberbio. El resto del elenco resulta cumplidor sin más, sobresaliendo quizá la Alice de Karan Armstrong por encima del Ford de Richard Stilwell y la Quickly de Marta Szirmay; muy sosita la pareja de enamorados encarnada por Jutta-Renate Ihloff y Max-René Cosotti. La presencia de los Niños Cantores de Viena es un lujazo que se deja notar en la parte musical.
La parte escénica está rodada en estudio sobre decorados simpáticos pero muy de cartón piedra. La filmación, por su parte, deja bastante que desear desde el punto de vista del lenguaje cinematográfico, y el playback resulta molestísimo para un espectador de hoy, acostumbrado a las buenas filmaciones en vivo. Ahora bien, el malogrado Friedrich tenía un talento extraordinario, y eso se deja ver en una dirección de actores fabulosa, llena de hallazgos en lo que a la conjunción de música y escena se refiere: he aquí un director de escena que sabía escuchar a la partitura mucho antes que a sí mismo, y que al mismo tiempo sabía no confundir estar al servicio del compositor con limitarse a dejar hacer a los cantantes. Sólo chirría un tanto la escena de las hadas, en la que tiende un tanto a la cursilería. Por lo demás, muchas sensibilidades agradecerán la generosidad de los escotes de las cuatro féminas, que ofrecen una abundante ración de pechuga fresca que, en el caso de la Meg de Sylvia Lindenstrand, roza lo lujurioso.
La toma de audio, realizada en septiembre de 1978 con el concurso excepcional de la Filarmónica de Viena, es la segunda de las tres realizadas por Sir Geor Solti, y no sólo por su cronología: aquí han desaparecido ya buena parte de los excesos de su registro de 1963, por otra parte el más trepidante de los tres, pero el inolvidable maestro húngaro aún no ha podido profundizar en la partitura como lo hará en 1993 junto a José Van Dam. Ni que decir tiene que el sentido teatral de la batuta es portentoso y que la claridad que obtiene del entramado orquestal resulta admirable. Notabilísima dirección, pues, que no llega a lo excepcional del joven Karajan, del maduro Bernstein y del anciano Colin Davis (el de su registro para LSO Live).Este es además el único registro para disfrutar del Falstaff de Gabriel Bacquier, algo gastado en lo vocal, quizá sin la voz idónea pero inmenso recreador del personaje tanto en la parte musical como en la dramática: es un actor soberbio. El resto del elenco resulta cumplidor sin más, sobresaliendo quizá la Alice de Karan Armstrong por encima del Ford de Richard Stilwell y la Quickly de Marta Szirmay; muy sosita la pareja de enamorados encarnada por Jutta-Renate Ihloff y Max-René Cosotti. La presencia de los Niños Cantores de Viena es un lujazo que se deja notar en la parte musical.
La parte escénica está rodada en estudio sobre decorados simpáticos pero muy de cartón piedra. La filmación, por su parte, deja bastante que desear desde el punto de vista del lenguaje cinematográfico, y el playback resulta molestísimo para un espectador de hoy, acostumbrado a las buenas filmaciones en vivo. Ahora bien, el malogrado Friedrich tenía un talento extraordinario, y eso se deja ver en una dirección de actores fabulosa, llena de hallazgos en lo que a la conjunción de música y escena se refiere: he aquí un director de escena que sabía escuchar a la partitura mucho antes que a sí mismo, y que al mismo tiempo sabía no confundir estar al servicio del compositor con limitarse a dejar hacer a los cantantes. Sólo chirría un tanto la escena de las hadas, en la que tiende un tanto a la cursilería. Por lo demás, muchas sensibilidades agradecerán la generosidad de los escotes de las cuatro féminas, que ofrecen una abundante ración de pechuga fresca que, en el caso de la Meg de Sylvia Lindenstrand, roza lo lujurioso.
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