
Este es además el único registro para disfrutar del Falstaff de Gabriel Bacquier, algo gastado en lo vocal, quizá sin la voz idónea pero inmenso recreador del personaje tanto en la parte musical como en la dramática: es un actor soberbio. El resto del elenco resulta cumplidor sin más, sobresaliendo quizá la Alice de Karan Armstrong por encima del Ford de Richard Stilwell y la Quickly de Marta Szirmay; muy sosita la pareja de enamorados encarnada por Jutta-Renate Ihloff y Max-René Cosotti. La presencia de los Niños Cantores de Viena es un lujazo que se deja notar en la parte musical.
La parte escénica está rodada en estudio sobre decorados simpáticos pero muy de cartón piedra. La filmación, por su parte, deja bastante que desear desde el punto de vista del lenguaje cinematográfico, y el playback resulta molestísimo para un espectador de hoy, acostumbrado a las buenas filmaciones en vivo. Ahora bien, el malogrado Friedrich tenía un talento extraordinario, y eso se deja ver en una dirección de actores fabulosa, llena de hallazgos en lo que a la conjunción de música y escena se refiere: he aquí un director de escena que sabía escuchar a la partitura mucho antes que a sí mismo, y que al mismo tiempo sabía no confundir estar al servicio del compositor con limitarse a dejar hacer a los cantantes. Sólo chirría un tanto la escena de las hadas, en la que tiende un tanto a la cursilería. Por lo demás, muchas sensibilidades agradecerán la generosidad de los escotes de las cuatro féminas, que ofrecen una abundante ración de pechuga fresca que, en el caso de la Meg de Sylvia Lindenstrand, roza lo lujurioso.
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