sábado, 29 de noviembre de 2008

El Falstaff de Friedrich y Solti: pechuga fresca

Aunque ya he terminado de colgar en este blog todo lo que escribí en Ritmo sobre Falstaff (enlace), aprovecho la ocasión para dejar algunas líneas sobre otras versiones interesantes de esta genial obra verdiana. Y empiezo con una que acabo de volver a visionar después de muchos años: la película rodada -en celuloide, no en vídeo- por Götz Friedrich en 1979 para Unitel, que se encuentra hoy editada en DVD por Deutsche Grammophon y se ha podido localizar últimamente a buen precio en nuestras tiendas.

La toma de audio, realizada en septiembre de 1978 con el concurso excepcional de la Filarmónica de Viena, es la segunda de las tres realizadas por Sir Geor Solti, y no sólo por su cronología: aquí han desaparecido ya buena parte de los excesos de su registro de 1963, por otra parte el más trepidante de los tres, pero el inolvidable maestro húngaro aún no ha podido profundizar en la partitura como lo hará en 1993 junto a José Van Dam. Ni que decir tiene que el sentido teatral de la batuta es portentoso y que la claridad que obtiene del entramado orquestal resulta admirable. Notabilísima dirección, pues, que no llega a lo excepcional del joven Karajan, del maduro Bernstein y del anciano Colin Davis (el de su registro para LSO Live).

Este es además el único registro para disfrutar del Falstaff de Gabriel Bacquier, algo gastado en lo vocal, quizá sin la voz idónea pero inmenso recreador del personaje tanto en la parte musical como en la dramática: es un actor soberbio. El resto del elenco resulta cumplidor sin más, sobresaliendo quizá la Alice de Karan Armstrong por encima del Ford de Richard Stilwell y la Quickly de Marta Szirmay; muy sosita la pareja de enamorados encarnada por Jutta-Renate Ihloff y Max-René Cosotti. La presencia de los Niños Cantores de Viena es un lujazo que se deja notar en la parte musical.



La parte escénica está rodada en estudio sobre decorados simpáticos pero muy de cartón piedra. La filmación, por su parte, deja bastante que desear desde el punto de vista del lenguaje cinematográfico, y el playback resulta molestísimo para un espectador de hoy, acostumbrado a las buenas filmaciones en vivo. Ahora bien, el malogrado Friedrich tenía un talento extraordinario, y eso se deja ver en una dirección de actores fabulosa, llena de hallazgos en lo que a la conjunción de música y escena se refiere: he aquí un director de escena que sabía escuchar a la partitura mucho antes que a sí mismo, y que al mismo tiempo sabía no confundir estar al servicio del compositor con limitarse a dejar hacer a los cantantes. Sólo chirría un tanto la escena de las hadas, en la que tiende un tanto a la cursilería. Por lo demás, muchas sensibilidades agradecerán la generosidad de los escotes de las cuatro féminas, que ofrecen una abundante ración de pechuga fresca que, en el caso de la Meg de Sylvia Lindenstrand, roza lo lujurioso.

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