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martes, 6 de noviembre de 2012

Il prigionero y Suor Angelica en el Real: a medio camino

Ya mostré en otra entrada mi entusiasmo ante la idea de ver en directo Il prigionero de Dallapicolla y Sour Angelica de Puccini. Fue quizá por culpa del mismo por lo que salí relativamente defraudado (digo relativamente porque el nivel medio fue estimable) de la función ofrecida por el Teatro Real el pasado sábado tres de noviembre, no terminándome de convencer ni la doble propuesta escénica de Lluís Pasqual, ni la dirección musical de Ingo Metzmacher ni las voces congregadas. Estas últimas, por cierto, las del segundo reparto, con Georg Nigl como el prisionero y Julianna Di Giacomo en el rol de la monja; René Kollo había cancelado días atrás por estado vocal al parecer comatoso y fue sustituido por el carcelero del primer elenco, Donald Kaasch. Pero vayamos por partes.

Il prigionero

En esta primera mitad de la velada lo que más me gustó fue la vertiente escénica, pues Lluís Pasqual no solo sintonizó a la perfección con el espíritu siniestro, opresivo y anticlerical –eso también- de la fascinante obra de Luigi Dallapiccola, sino que además sacó un enorme provecho teatral de las plataformas giratorias en las que se basaba su propuesta, creando una especia de laberinto de rejas que parece no tener final y del cual la única escapatoria (presunta escapatoria: “¿la libertad?”, se pregunta el prisionero tras sonar los últimos compases) es la inyección letal que le administra -con infinita educación y cariño- el sacerdote responsable de la prisión. Que la acción estuviese trasladada desde tiempos de Felipe II hasta un futuro no demasiado lejano me parece una aportación plausible. Menos conveció la escena de represión carcelaria en el primer interludio coral: no parece que fuera esa la idea del compositor.

Teatro Real Madrid Prigionero Pasqual

Ingo Metzmacher –hace poco triunfador al frente de la Filarmónica de Berlín en un concierto que comenté por aquí- hizo sonar a la Sinfónica de Madrid muy por encima de su nivel habitual. Dirigió además con un portentoso sentido del color y de las texturas, algo fundamental en este título, y acertó a la hora de recrear la atmósfera malsana que desprende la partitura. Si le pongo algún reparo es porque, quizá en un intento de tender un puente hacia la obra de Puccini –como el maestro afirma en la entrevista de YouTube colocaba más abajo, los dos compositores parten de la misma base-, acentuó la vertiente lírica de la página  en detrimento de la más ácida, visceral e implacable: la comparación con lo que hizo Salonen en su registro para Sony le deja en evidencia.

En cualquier caso fue la de Metzmacher una muy buena dirección, y si el título de Dallapiccola quedó cojo fue por culpa de los cantantes: Georg Nigl y Donald Kaasch se mostraron muy discretos desde el punto de vista técnico, de tal modo que a veces ni se les oía (y eso que yo estaba en un sitio con excelente acústica de la segunda planta). Tampoco estuvo muy lucida Deborah Polaski en el breve pero muy exigente rol de la madre, todo lo intensa en lo expresivo que suele pero lastrada por ese agudo destemplado que desde hace ya lustros le conocemos cuando la soprano norteamericana tiene una mala noche. En realidad quienes mejor funcionaron fueron Gerardo López y David Rubiera en sus breves intervenciones como sacerdotes/carceleros. En suma, muy bien la escena y el foso, flojos los cantantes.

 

Suor Angelica

A la vista de la críticas alcanzadas por Veronika Dzhioeva, parece que acerté –había buscado vídeos por la red- con Julianna Di Giacomo, una voz homogénea, rica en vibraciones, más cerca de lo lírico que de lo ligero, al servicio de una línea netamente italiana y de una expresividad sincera, sin blandenguerías ni excesos veristas, aunque todavía por explorar los recursos canoros para alcanzar la riqueza en matices propia de una gran cantante. Por eso mismo me dejó un poco con la miel en los labios. O será quizá que tengo todavía en mente la conmovedora recreación que ofreció en versión de concierto hace años en Jerez Cristina Gallardo-Domas. En cualquier caso, es de justicia destacar el alto voltaje emocional alcanzado por Di Giacomo no en el aria, sino en la dramática plegaria final tras la ingesta del veneno.

El papel de la tía princesa está escrito para contralto. Podía esperarse un desastre por parte de la Polaski, pero no fue así: como sus problemas serios los tiene arriba y no abajo, logró una recreación muy digna en la que no hubo lugar para truculencias y sí para las buenas dotes escénicas de esta Brunilda reconvertida en severísima puritana. El nivel medio de las monjas fue bastante alto, cosa que no siempre ocurre en otros teatros más importantes; especialmente destacable la participación de Marina Rodríguez-Cusí como la celadora.

Metzmacher dirigió con magnífica técnica, sensatez, buen gusto e irreprochable estilo, pero a mi parecer se quedó muy por debajo en inspiración de los enormes logros que han logrado directores como Bartoletti, Maazel, Bonynge, Chailly o Pappano: se puede ir más allá en sensualidad, en emotividad y –sobre todo- en magia sonora. Solvencia, pues, pero nada más por parte del maestro en una página bastante ajena al repertorio en que se mueve cómodo.

Quien menos convenció en esta obra, a mi entender, fue Lluís Pasqual. Pero no por reutilizar la escenografía de Paco Azorín para Il prigionero, porque al fin y al cabo la heroína pucciniana también vive un encierro contra su voluntad, sino porque la misma resulta excesivamente austera y siniestra para lo que pide una partitura que, sin llegar a la cursilería, rezuma lirismo, melancolía y ensoñación poética. Además, la dirección de actores resultó bastante convencional, con pocas buenas ideas y más de un tópico que se podía haber evitado. Eso sí, al menos no pone a bailar a las monjas en plan Sonrisas y lágrimas (como hace Jack O’Brien en la tan espectacular como despistada producción del Met) y tampoco cae en la tentación de eliminar el milagro final: aunque no sale la Virgen, Suor Angelica sí muere con su hijo en los brazos al tiempo que el fondo negro hasta entonces imperante se torna luminoso. Escena floja, dirección plausible y buenos cantantes, en definitiva. Parece que no se puede tener todo, aunque al menos hemos podido disfrutar en directo de dos magníficas óperas que se programan mucho menos de lo que deberían.

miércoles, 24 de octubre de 2012

Suor Angelica más Il Prigionero, gran idea

Hace mucho que conozco Suor Angelica. ¿Pastelosa, cursi y lacrimógena? Pues si los “expertos” lo dicen, así será. Yo no tengo problema alguno en reconocer que no solo me encanta, sino que me emociona intensamente si la interpretación es buena. Il Prigionero, de Luigi Dallapiccola (1904-1075), no la he escuchado hasta esta misma tarde, concretamente en la espléndida interpretación dirigida por Esa-Pekka Salonen para Sony Classical. Me ha gustado muchísimo. Y debo decir que la idea que ha tenido Gerard Mortier de presentarlas juntas en el Teatro Real -tengo entrada para el día 3- me parece ahora felicísima.


Las relaciones entre ambas son acusadas. Para empezar se trata de obras breves en un acto, de unos cuarenta y cinco minutos la de Dallapiccola y rondando la hora la del autor de Tosca. Ambas están en la lengua de Dante (aquí tienen el libreto en castellano de Il Prigionero). Las dos presentan como protagonistas a personajes encarcelados: en una se trata de un flamenco rebelde en tiempos de Felipe II encerrado en la cárcel de la Inquisición en Zaragoza, en la otra tenemos a una joven de familia noble que lleva siete años en un convento por haber cometido esa al parecer terrible falta que es quedarse embarazada siendo soltera. En ambos casos la Iglesia Católica ejerce de represora y hasta de verdugo aun ofreciendo la apariencia de ser refugio y consuelo. Los relatos presentan una relación materno-filial como uno de los principales ejes dramáticos de la acción. Y en las dos historias -así lo afirma con enorme lucidez el director de escena Lluis Pascual en el vídeo promocional del teatro madrileño- las correspondientes víctimas sufren la intensa tortura de alimentar la esperanza para no desembocar en otra cosa que en la muerte como liberación, independientemente de que la redención final que viene del cielo en el caso de Angélica nos ofrezca un final mucho menos siniestro.


Luego se supone que desde el punto de vista del lenguaje formal las dos obras son muy distintas. Pues sí, pero no tanto. La de Puccini, estrenada en 1918, es muchísimo menos arcaizante de lo que algunos indocumentados llenos de prejuicios pueden pensar, sobre todo por el tratamiento de la armonía. La de Dallapiccola, compuesta entre 1944 y 1948, es en gran medida dodecafónica, pero la línea de canto tiene poco que ver con el Sprechgesang de la Segunda Escuela de Viena y bastante con la tradición lírica italiana; desde luego se escucha bien, sin necesidad de realizar esfuerzo alguno si se está medianamente acostumbrado a escuchar música del siglo XX. Por otra parte, las dos obras descansa su peso no en la voz (¡y eso que el aria destinada a Suor Angelica es de  una belleza sobrecogedora!) sino en el foso, presentando ambas una orquestación magistral en el tratamiento del color y, sobre todo, de las texturas. Lo dicho, una gran idea juntar las dos óperas. Estoy deseando verlas seguidas en escena.

Ah, un par de detalles curiosos con respecto a Il Prigionero. El primero: Mortier es flamenco en tierra española, como el protagonista, aunque a él no le persigue la Inquisición sino La Razón, que por cierto es un diario de corte poco menos que inquisitorial hacia quienes “piensan distinto”, y cuyo Gran Inquisidor de la lírica invita al gestor a marcharse con la mismas buenas maneras que el personaje correspondiente en la ópera conduce al pobre prisionero a la hoguera.

El segundo: el “malo” en la sombra de esta ópera, aunque no le veamos nunca en escena, es nuestro Felipe II, que aquí aparece con el nombre con que bien le conocemos los amantes de Verdi: Filippo.

lunes, 7 de febrero de 2011

Heras-Casado triunfa con la Radio de Berlín

Cuando la prensa no especializada recoge noticias de que un músico español ha triunfado en tal o cual sitio allende nuestras fronteras, en general hay que hacer poco caso: se trata de noticias escritas por personas que no han asistido a los eventos que se recogen y que, en general, no hacen sino reelaborar las notas escritas y enviadas por las propias agencias a la que los artistas pertenecen. Pero este no es el caso. Yo no estuve en la Philharmonie de Berlín el pasado 5 de diciembre, eso es verdad, pero sí que he podido escuchar –un par de veces, y realizando unas cuantas comparaciones- la retrasmisión radiofónica del concierto en el que Pablo Heras-Casado dirigió a la Deutsche Symphonie-Orchester (la antigua Sinfónica de la RIAS de Fricsay en cuya titularidad se han sucedido Maazel, Chailly, Ashkenazy, Nagano y Metzmacher). Y puedo afirmar tranquilamente que el director granadino ha conocido un considerable triunfo artístico en su debut al frente de la espléndida orquesta alemana, lo que no hace sino confirmar el enorme talento que guarda el joven maestro.

La primera parte estaba dedicada al Impresionismo de aires hispanos. Tanto la Iberia de Debussy como las Noches en los jardines de España de Falla conocieron en sus manos unas recreaciones interesantísimas en las que no solo se ofrece el sentido del misterio y la sensualidad en las texturas esperables en este repertorio, sino también una tímbrica más incisiva de lo acostumbrado –un poco a la manera de Boulez, pero sin su frialdad- y un enfoque que pone de relieve los aspectos más inquietantes y hasta conflictivos de esta música (tremendo el clímax de “En los jardines de la sierra de Córdoba”) sin caer por ello en el nerviosismo ni en la falta de concentración.

La única pega viene por parte del solista en la página de Falla. Saleem Abboud-Ashkar, joven pianista palestino bien conocido por los que hemos seguido la evolución del West Eastern-Divan de Barenboim, toca con gran solvencia técnica y sabe no sacar los pies del plato, pero en lo expresivo se muestra muy ajeno al mundo falliano, resultando su lectura bastante plana, cuadriculada e insípida. Tiene que trabajar mucho más en matices y en estilo para estar a la altura. En cuanto a la Iberia, se trata en conjunto (con permiso de Celibidache, inalcanzable en este repertorio) de una recreación de primera magnitud, con un movimiento inicial radiante, un segundo más inquietante que sensual o contemplativo y un tercero brioso, aristado y -como el resto de la interpretación- de admirable claridad. ¡Chapeau!

La segunda parte se abría con una breve pero fascinante obra de Luigi Dallapiccola curiosamente inspirada en Antonio Machado, la Piccola Musica Notturna; Heras-Casado la recreó con convicción y un marcado trazo expresionista. Y para terminar un peso pesado, la Tercera Sinfonía de Mendelssohn, un autor siempre difícil en su complicado equilibrio entre elegancia y fuerza dramática. La mayoría de los directores se pasan o no llegan. El granadino no triunfa por completo (es más bien de los que “se pasan”), pero consigue una lectura a mi entender bastante superior a varias de las que he escuchado para la ocasión, entre ellas dos tan recientes como la muy rutinaria de Chailly (Decca) y la liviana, banal y relamida de Thomas Fey (Hänssler), pero también la del mismísimo Karajan (DG), insuperable desde el punto de vista técnico pero volcada -cómo no- en el narcisismo.

Heras-Casado se sitúa por encima de todos ellos ofreciendo una lectura extrovertida, fogosa y escarpada, electrizante aunque también un punto nerviosa, pero en cualquier caso muy intensa y por completo alejada de la blandura, la trivialidad o la afectación. Además la orquesta está trabajada con admirable plasticidad y se atiende particularmente a la claridad de líneas. Eso sí, hay algunas desigualdades en su desarrollo. La introducción resulta sin duda magnífica, pero a continuación es tanto el ardor juvenil de la batuta que no se termina de destilar toda la magia que desprenden los pentagramas a lo largo del movimiento. Fogosísimo es también el segundo, y quizá por ello algo más tosco de la cuenta. Espléndido el tercero, en el que el granadino acierta tanto en los aspectos líricos, haciendo cantar a la cuerda de manera increíblemente bella, como en los más dramáticos, en los que aporta la dosis adecuada de rebeldía. En el cuarto el maestro da en la diana de nuevo al combinar entusiasmo y sinceridad, cerrándolo con una coda sin retórica alguna. Total, una Escocesa de notable alto, muy por encima de la media (el sobresaliente, que yo sepa, se lo llevan tan solo Klemperer y el Solti de 1976). ¿Alguien sigue dudando aún que Pablo Heras-Casado es el más prometedor director español del momento?

El concierto, como tantos otros, se encuentra a disposición de los suscriptores –no hay que pagar un euro- a la lista de correo Concertarchive (enlace). Lástima que la toma sonora presente una fuerte compresión dinámica. Espero con impaciencia más entregas del artista granadino.

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