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Salomé en Les Arts

El universo blogueril (Titus, Maac, Atticus, Ángel Carrrascosa) ya ha dado buena cuenta de la Salomé ofrecida en el III Festival del Mediterrani que celebra el Palau de Les Arts. Evito así describir cómo ha sido la producción propia preparada por Francisco Negrín, y me limito a dejar algunos apuntes sobre cómo la función del sábado 19 de junio (se dice en alguno de los referidos blogs que claramente superior a la del estreno) me ha gustado muchísimo más que la desigual Carmen del día anterior (enlace). Y eso que la dirección de Zubin Mehta, siendo notable, no ha estado a la altura de su talento como director straussiano: tan preocupado estuvo el de Bombay por clarificar texturas, planificar las dinámicas y administrar correctamente las tensiones que le faltaron esa atmósfera turbulenta y ese punto de pasión, visceralidad y “locura”, de compromiso expresivo en suma, que debe desprender esta partitura. Por eso mismo, y siendo un lujo disfrutar tan admirable trabajo técnico puesto en sonidos por una orquesta como la de la Comunitat Valenciana, me parece preferible el escuchado recientemente a un sorprendente Jesús López Cobos en el Teatro Real (enlace).

Estupenda la actuación de Camilla Nylund. Su voz, demasiado lírica, no es la más adecuada, y como resultaba previsible se quedó corta en momentos tan fundamentales como las imprecaciones a Herodes para obtener la cabeza de Jochanaan. Pero la soprano finlandesa, trabajando intensamente –me consta- junto a un entregado Zubin Mehta, logró administrar sus fuerzas y limar esas tiranteces en el agudo que acusa en otras ocasiones para ofrecer un canto de enorme belleza, sensual y matizado en lo expresivo, alejado tanto de la tosquedad de cantantes con instrumentos de mayor envergadura como de la tendencia al parlato de las que no cuentan con medios adecuados. Nylund, beneficiada por un físico idóneo para el papel, evidenció además unas estupendas dotes de actriz, por lo que redondeó una interpretación creíble, hermosa y sincera.

El veterano Siegfried Jerusalem (¡qué ilusión tenía por verle en directo!) convenció más por su contrastada sabiduría escénica que por sus facultades canoras, viéndose limitado por una voz que suena a estas alturas con bastante pobreza tímbrica y se encuentra mermada en el agudo. Lástima que desde mi butaca no se apreciara con detalle su gestualidad. Albert Dohmen cumplió con digna corrección ofreciendo un Jochanaan más bien monolítico. Nikolai Schukoff, mejor aquí que en su Steva madrileño (enlace), hizo gala de una voz de gran belleza y admirable proyección con su Narraboth. Los comprimarios funcionaron bien. Y triunfó por todo lo alto (al menos en la función que a mí me tocó escuchar) la gran Hanna Schwarz gracias a un instrumento que aún suena muy poderoso y a una sabiduría expresiva que le hizo evitar toda truculencia.

Me gustó mucho la propuesta de Francisco Negrín. El regista no tenía aquí la libertad que en Cosa rara (enlace) le ofrecía el débil libreto de Da Ponte, pero logró ofrecer una visión personal sin faltar en exceso a la fidelidad al texto de Wilde y sin entrar en contradicción (salvando momentos puntuales pero tan decisivos como el final) con la partitura. Fue interesante la manera de profundizar en las contradicciones internas de la protagonista, aquí presentada –no soy el primero en señalarlo- mucho antes como víctima que como verdugo. También fue inteligente retratar al profeta como un hombre atractivo mucho antes por la espiritualidad que ofrece que por su físico. Y la danza de los siete velos estuvo resuelta de manera bastante convincente, violación incluida, por mucho que la cámara con que Herodes filma a su hijastra, proyectando su imagen en directo, la vimos hace nada en la propuesta de Robert Carsen de Madrid. Negrín sacó además muy buen provecho del escenario giratorio de Louis Désiré y de las proyecciones más o menos abstractas en el fondo de la celda de Jochanaan. Un enorme éxito de público cerró una magnífica noche de ópera. Con esto de la crisis, ¿cuánto tardaremos en España en ver un Strauss así?

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