martes, 30 de enero de 2018

Cuando Lenny encontró a Vienna

Me dicen que mi blog está hoy en plan destroyer. Puede que sea verdad, pero es pura coincidencia: la mayor parte crítica del Fausto del Villamarta estaba escrita desde el mismo domingo por la noche, y hoy martes, cuando le ha terminado, he tenido noticia de los –para mí, claro está– muy decepcionantes festivales de Sevilla y Granada. Para que vean que no soy tan cascarrabias y que sigo disfritranto muchísimo de la música, traigo aquí el disco que he escuchado esta noche. Un viejo conocido que uno no se harta uno de escuchar: junto con el aquí comentado Falstaff que se grabó en la misma sala y durante el mismo mes de marzo de 1966, el primer encuentro discográfico de Leonard Bernstein con la Wiener Philharmoniker. Programa Mozart: Sinfonía nº 36 "Linz" y Concierto para piano nº 15, este último con el propio Lenny al piano.


En este Mozart se produjo una especie de milagro, pues quizá precisamente por el contacto con el sentido del clasicismo –en la más amplia acepción del término– y la enorme belleza sonora de la formación austriaca, el maestro norteamericano logró encauzar ese desbordamiento juvenil de sus primeros años en Nueva York a través de un riguroso control de la arquitectura y de un perfecto equilibrio entre forma y expresión, mas sin perder el impulso juvenil ni la comunicatividad que le caracterizaban.

Prueba de ello es esta Linz fraseada con tanta fuerza como elegancia, dicha con fuego bien controlado y amplia atención a los diferentes aspectos expresivos de la pieza, incluyendo no solo extroversión y luminosidad, sino también sentido dramático y –sobre todo– hondura lírica en un Andante más lento de lo habitual, pero de una inspiración portentosa. Eso sí, quizá por esta voluntad de autocontrolarse Bernstein estuvo un punto más serio de la cuenta: una pizca más de desenfado y picardía en los movimientos impares, subrayando la importante herencia haydiana de esta partitura, no le hubiera venido nada mal a su interpretación.


El concierto para piano, compuesto dos años después que la Linz, recibe una interpretación aún superior a esta: elegancia viril, coquetería bien entendida (¡nada de ingravideces, saltitos ni otras cursiladas!), efusividad lírica y hondura reflexiva se dan de la mano de manera portentosa. El Andante resulta sencillamente sublime. Una única pega: el toque pianístico de Bernstein no es el más variado posible, aunque su portentosa musicalidad termine triunfando. En fin, una verdadera delicia de disco y perfecto ejemplo de ese Mozart que hoy intentan algunos borrar del mapa frotando sus cuerdas de tripa, pero que a mi entender continúa por completo vigente como modelo a seguir.

Ah, si les resulta posible, pillen la remasterización a 192 kHz de procedencia japonesa que circula por ahí. Suena bastante mejor que el primer reprocesado.

En cuanto al FeMÀS...

Me alertan de que se acaba de presentar (programación aquí) el Festival de Música Antigua de Sevilla 2018. Este lo comento rápido: espero escuchar el maravilloso Haendel de Robert King. El resto no me interesa lo más mínimo.

Ah, Fahmi Alqhai vuelve a autoprogramarse. ¿Lo dudaban?

Sobre el Festival de Granada

Pablo Heras-Casado acaba de presentar la próxima edición del Festival de Granada. ¿Voy preparándome para comprar las entradas? Un repaso a vuelapluma por las citas más importantes.
  • Don Pablo se autoprograma en la inauguración: Debussy con Les siécles, es decir, con instrumentos originales. Al día siguiente, la misma formación pero con su titular François-Xavier Roth: Debussy, Franck y Saint-Saëns. ¡Viva la cuerda de tripa! Yo paso.
  • Un recital de Aimard y otro de la Petibon: el Debussy del primero no me gusta, pero a la soprano me encantaría verla. Claro que en día laborable, imposible.
  • Dos conciertos de Gergiev y sus chicos: aunque los programas rusos me encantan (salvo la Duodécima de Shostakovich), la orquesta es malilla y a Valerio lo sigo considerando uno de los peores directores del mundo. El mismo fin de semana, los hermanos Zapico: tengo las Cuatro estaciones "made in Zapico" como uno de los más horrendos discos que haya escuchado en mi vida. O sea, una conjunción espantosa. Les juro que me mantendré muy lejos de Granada en esas fechas.
  • Pierre Hantaï: estupendo, pero es un lunes.
  • Último fin de semana: Heras-Casado vuelve a autoprogramarse con la orquesta local, ofreciendo un programa de Haydn, Mozart y un estreno de Sánchez Verdú que dura ocho minutos para el que se trae a Beczała. Bueno. Asimismo viene La Reverdie (¡bravo!), mientras que la Philharmonia cierra con Salonen y un repertorio disparatado para el director finlandés: Beethoven y Wagner. Un concierto de música medieval no me justifica el desplazamiento.
¿Conclusiones? ¡Qué bien! ¡No tendré que gastar dinero en Granada este verano!

Oscuro y aburrido Fausto en el Villamarta

Si la tarde del sábado 27 me aburrí soberanamente con la Tosca del Met en el cine, la del domingo lo hice con el Fausto del Villamarta en directo. Pero esta vez la culpa no fue de la interpretación, sino más bien del señor Charles Gounod. A mí esta ópera me gusta solo a ratos. La encuentro débil –incluso ridícula– en su libreto e irregular en su inspiración. Cierto es que hay algunas melodías pegadizas, a veces incluso muy hermosas. Que la orquestación es muy notable y que la escritura evidencia la profesionalidad de quien fue un músico importante. Pero el conjunto se resiente de superficialidad, de preciosismo de cara a la galería y de escasa garra dramática. Compárese con ese Verdi relativamente menor que es Un ballo in maschera, estrenado el mismo año de 1859: no hay color. Así las cosas, o se ofrece una recreación musical de primera fila, o uno termina desinteresándose lo que escucha. Y la del Villamarta a mí me pareció muy meritoria para el presupuesto con que ahora cuenta el teatro jerezano, pero en modo alguno excepcional.


La función giraba en torno a la estrella local, Ismael Jordi, que se ofrecía a debutar el papel en su tierra antes de hacerlo en el Real. Ya no es una joven promesa a la que hay que estimular. Hace tiempo que canta papeles de protagonista en teatros de primerísima categoría junto a artistas de relevancia. Por eso mismo he tenido que realizar una profunda reflexión sobre qué debo escribir y cómo debo decirlo. Ismael ha evolucionado y yo también lo he hecho.

Miren ustedes, debo confesar que a mí cada día me interesa menos la manera de entender el canto en la que lo bello prima sobre lo expresivo. Una cosa es cantar bonito –Ismael canta muy, pero que muy bonito– y otra muy distinta construir un personaje a través no solo de la belleza, sino también de una serie de acentos expresivos que hagan psicológicamente creíble las diferentes situaciones del libreto. Pasé años haciéndome creer a mí mismo que me gustaba Alfredo Kraus, hasta que perdí la vergüenza y logré confesar que siempre he encontrado al tenor canario frío, distante y un punto redicho. Ismael fue alumno de Kraus y es heredero de esa escuela, circunstancia que ha quedado bien clara en su encarnación de Fausto.

Su “Salut!, demeure chaste et pure”, de una belleza sobrecogedora, fue una buena demostración de la herencia de Kraus, de quien nuestro tenor fue alumno aventajado: se canta más con la inteligencia que con la voz, siendo posible soslayar las limitaciones canoras para ofrecer ese canto ligado mórbido y sensual, un punto distinguido –tan diferente de la inmediatez y la carnalidad italianas–, que exige la ópera francesa. Me gustó muchísimo Ismael en el aria: estilo perfecto, belleza en los labios y gusto exquisito. Pero ahí quedó la cosa. Me aburrí con él durante el resto de la función. Y no solo por la inadecuación de una voz bonita pero pequeña, sin carne suficiente en el centro y corta en el grave para este papel, sino también por lo insulso de su canto. Vuelvo a lo de antes: no es lo mismo ofrecer un aria hermosísimamente cantada que levantar psicológicamente un personaje para el que se carece de autoridad vocal y de variedad expresiva. Por si fuera poco, su actuación escénica dejó muchísimo que desear. Ni lo que se escuchaba ni lo que se veía resultaba mínimamente creíble.

Alexander Vinogradov, al igual que Ismael, despertó enormes aplausos entre el respetable. Lo entiendo, porque su voz es soberbia, amén de por completo adecuada para el personaje. Y el bajo ruso cantar, lo que se dice cantar, canta estupendamente. Tenerle en Jerez –la primera vez que le escuché fue haciendo Daland con Barenboim– es un verdadero lujo. Pero Mefistófeles necesita una cantidad de matices que a este señor se le escapan: ironía, sarcasmo, chispa, crueldad… Tiene que resultar al mismo tiempo atractivo y repelente, algo nada sencillo de conseguir. Moverse por la escena sí que lo hizo estupendamente, y en este sentido fue el rey de la función.

Me ha hecho muchísima ilusión escuchar por primera vez en directo a Isabel Rey, una señora del canto seria, profesional y musicalísima. Obviamente su instrumento ya no es el de hace veinte años: ha perdido esmalte y sufre en el agudo. Pero también se ha ensanchado, ganando el peso y el cuerpo necesarios para cantar a Margarita. Se desenvolvió con suficiencia en el aria de las joyas, evitó riesgos innecesarios y se mostró en todo momento irreprochable en el estilo, amén de sensible y cuidadosa. Como además es muy buena actriz, logró realizar un retrato completo y bastante digno de su personaje, al que para mi gusto aún le faltaba una dosis de emotividad, de fuerza expresiva, para terminar de convencer.

Francamente bien Alexandra Rivas como Siebel. Entiendo que la punta metálica de su voz pueda desagradar, pero expresivamente la encontré entregadísima, por completo convincente. Además, quizá por su larga experiencia en papeles travestidos, la mezzo vienesa –vinculada desde hace mucho al Villamarta– resulta de lo más creíble haciendo de chico. ¡Brava! Xavier Mendoza cantó de manera aceptable a Valentín y lo encarnó admirablemente en lo escénico. Gran dignidad en Mireia Pintó y Pablo López, Marta y Wagner respectivamente. Sin embargo, no fue la noche del Coro del Teatro Villamarta: hubo momentos muy buenos por su parte, pero también considerables desajustes y apreciables insuficiencias canoras, sobre todo en la parte masculina de la agrupación. Al público no le pareció así, porque lesaplaudió muchísimo.

La Filarmónica de Málaga, a mi entender la menos satisfactoria de las cuatro grandes orquestas andaluzas, ofreció una de sus mejores actuaciones en su ya muy larga lista de representaciones en el foso del Villamarta. Con ello debió de tener mucho que ver la presencia del veterano maestro brasileño Luiz Fernando Malheiro, que la hizo sonar con suficiente empaste y apreciable belleza. Su fraseo, además, fue amplio y cantable, atento a las posibilidades melódicas de la escritura orquestal, irreprochable en el estilo y de exquisito gusto. Eché de menos un toque adicional de chispa, de nervio y de entusiasmo, de convicción expresiva, pero todo estuvo en su sitio y la musicalidad se encontraba garantizada.

Me resulta extremamente difícil valorar la puesta en escena, porque me pareció ver en ella triunfos considerables junto evidentes insuficiencias y errores garrafales. El planteamiento de Alfonso Romero (web oficial), aun con algunos elementos más o menos simbólicos, es mayormente naturalista. Pero naturalista de muy exiguo presupuesto, lo que significa que hay que prescindir de escenografía y echar mano de proyecciones sobre telones, de cuatro elementos de atrezo y de una iluminación que consiga efectos dramáticos. Si todo eso no se hace muy bien, la sensación de pobreza termina imperando, y eso es justo lo que aquí ocurre: un telón que subía y bajaba, una farola comprada en “los chinos”… Y oscuridad, muchísima oscuridad. Visualmente esta producción de los Amigos Canarios de la Ópera me parece feísima.

Luego está la cuestión del concepto. Romero apuesta por dejar a un lado el confort del libreto original para optar por la pesadilla alucinada, lo que me parece un completo acierto. Pero de nuevo esas cosas hay que saber hacerlas. El género del terror resulta harto difícil de llevar a la práctica, porque la línea que separa lo horrendo de lo ridículo es muy delgada. Creo que fue muy desagradable, y por ello adecuado, ver cómo Margarita ahoga en la bañera a su hijo y luego intenta suicidarse rebanándose el cuello. También fue una idea brillantez visualizar la paliza que previamente Valentín ha propinado a su hermana. No fueron pocas las cosas que estuvieron fenomenalmente resueltas y demostraron talento teatral. Pero otras no funcionaron. Mefistófeles nunca llegaba a dar miedo. Con su cara pintada recordaba más bien al Joker de los Batman de Christopher Nolan, mientras que sus dos demoníacos asistentes, con las cabezas enfundadas en sacos, eran un trasunto del Scarecrow –el personaje de Cillian Murphy– de la misma serie. La orgía satánica de Walpurgis parecía montada por una escuela de ursulinas: Fausto acariciaba a las chicas con la misma lascivia con que yo acaricio a mi gato –ninguna, no se vayan ustedes a pensar–, mientras que entre los demonios deambulaba el payaso de It. Más referencias cinematográficas: en la escena final en la cárcel, aquí un ciertamente inquietante hospital psiquiátrico, colgaban del techo numerosos ganchos que parecía referencia directa a Hellraiser.

De los soldados vestidos a la manera de la I Guerra Mundial con la bomba atómica de fondo, ni hablemos. Aunque sí tenemos que dejar testimonio de la extrema ridiculez de la escena de la iglesia, en la que varios personajes –incluidos el Cristo y la Virgen de una Piedad– asustaban a la chica mostrando ojos de un rojo intenso fosforescente y labios de las mismas características. El final, que presentaba a Margarita ahorcándose para seguidamente reencontrarse con su hijo en el más allá, dejaba igualmente que desear. A la postre, parece que no fue el pobre Gounod el único culpable de que la velada se me hiciera eterna.

domingo, 28 de enero de 2018

Aburrirse con Tosca

Me gusta tanto Tosca que es difícil que me aburra viendo esta ópera, pero eso es justo lo que me pasó ayer en los cines Yelmo con la transmisión en directo desde el Metropolitan de Nueva York. Principal responsable fue la batuta de Emmanuel Villaume: todo en su sitio –orquesta en plena forma–, pero ni rastro de esa particular mezcla de cantabilidad y sensualidad un punto decadentista de la escritura pucciniana. La increíble paleta de colores desplegada por el de Lucca se redujo aquí al blanco y negro, las diferentes atmósferas se encontraron indiferenciadas y muchas frases maravillosas fueron dichas con total indiferencia expresiva. Por si fuera poco, hubo algún zurriagazo en los timbales y numerosos lloriqueos en el violonchelo de “E lucevan le stelle” que bien se podía haber ahorrado. Así las cosas, hubiera preferido escuchar al inicialmente previsto James Levine. Pero claro, los señores del Met han descubierto ahora (¡menuda panda de hipócritas!) lo que muchos sabíamos desde hace décadas, es decir, que Jimmy realizaba –presuntamente– prácticas sexuales muy censurables y han decidido romper los compromisos previstos. Pues qué bien.


A Sonya Yoncheva la pude escuchar en directo hace algunos años en la Traviata de Valencia con Mehta (leer reseña). Sin duda es una buena cantante, por voz –carnosa, con cuerpo–, por línea y por sensibilidad. Ofreció un notable “Vissi d’arte”, pero me parece que globalmente no termina de encontrarle el punto al personaje en lo que a matices expresivos se refiere; el asesinato de Scarpia fue feroz, pero también un tanto vulgar, mientras que se le escaparon muchos pliegues de la compleja psicología de esta diva que se mueve entre el erotismo, el capricho, la entrega absoluta y la ferocidad. En cualquier caso, se mostró bastante musical y muy alejada de excesos.

Al público neoyorquino le encantó Vittorio Grigolo. A mí no: me parece un cantante correcto sin más. Pone empeño y cumple, pero de ahí no pasa. Sus dos arias pasaron sin pena ni gloria; quizá más expresiva la segunda, pero con algún gimoteo –sí, como el referido chelo– poco grato. En cuanto a Željko Lučić, entiendo que si le contratan es por sus soberbias dotes actorales, porque esa voz velada y esa expresividad plana no son precisamente dignas de admiración.

Producción escénica nueva, tradicional por los cuatro costados. John Macfarlane ha diseñado escenografía y vestuarios: indisimuladamente espectaculares, pero lejos del molesto recargamiento zeffirelliano y beneficiándose de una sensible iluminación a cargo de David Finn. Ahora bien, la dirección escénica de Sir David McVicar ha sido más bien floja, por no decir inexistente. En realidad, las únicas aportaciones personales fueron dos errores de bulto: hacer que Scarpia diga delante de todos sus subalternos –no solo de Spoletta– que el fusilamiento va a ser fingido e iniciar el tercer acto con un fusilamiento, en absoluta contradicción con la música. Los cantantes fueron a su aire, con resultados desiguales: maravilloso Lučić (al menos en cine: ¡qué primeros planos más sutiles y reveladores!), solvente Grigolo y muy desigual Sonya Yoncheva, cuyo primer acto le hace merecedora de haber figurado en la recién publicada lista de nominaciones a los Razzies. Desatadísimo el sacristán de Patrick Carfizzi.

En fin, una tarde y 22 euros perdidos. Otra vez será.

viernes, 26 de enero de 2018

Yo me lo guiso, yo me lo como: más sobre el Villamarta

Mañana viernes y el domingo 28 el Teatro Villamarta lleva a la escena la ópera Fausto. Veo en Diario de Jerez una galería fotográfica (aquí) de un sarao en torno al espectáculo que se ha realizado en la propia redacción. En dos de las imágenes aparece Paco López. ¿Qué hace este señor ahí, si hace tiempo que dejó de ser, al menos oficialmente, tanto director del teatro jerezano como presidente de su ahora extinta fundación? ¿Una simple invitación de cortesía?

Tonto estoy por no haberme dado cuenta antes. La producción que se verá del título de Gounod viene de los Amigos Canarios de la Ópera, o sea, de Las Palmas. Y precisamente esta asociación presenta el próximo mes de mayo (ver temporada) la Carmen de Bizet en producción del Teatro Villamarta. Típico intercambio. La gracia es que la referida producción, que por cierto encuentro digna (ver mi reseña), la dirige precisamente López. Es decir, el señor que se la encargó a sí mismo cuando llevaba las riendas de nuestro teatro. Supongo que las dos instituciones no se cobrarán nada por el intercambio. Pero los directores de escena, como es natural, sí que cobran cuando sus respectivas producciones salen de gira. Y las del Villamarta han salido muchas veces.



¿Ilegal o ilegítimo? Nada. ¿Reprobable? A mi entender, mucho. Porque el señor López no dejó de encargarse una y otra producción escénica, acaparando la gran mayoría de las que el Villamarta realizaba "desde dentro", es decir, de las que se presentaban como propias. Entre estas y las que él ya había realizado fuera y se trajo a su nuevo teatro, el regista cordobés ha dirigido aquí nada menos que Los amantes de Teruel, Maruxa, Don Pasquale, La Traviata, La canción del olvido, Romeo y Julieta, Orfeo y Eurídice, El elixir de amor, Rigoletto, Don Giovanni, Suor Angelica, Carmen, Doña Francisquita, La Flauta mágica, El trovador, Aida y Norma, además diversos espectáculos de danza española y crossover. Su sucesora Isamay Benavente sigue contando con él para todo: ella le encargó el Bellini y le repone, la próxima temporada, la susodicha Carmen con el demencial debut de la Arteta en el papel de la cigarrera.

Francisco López, a quien se le llenaba siempre la boca hablando de su reivindicación de los cantantes españoles y de la necesidad de que el dinero público atienda a la cantera vocal patria, podía haber encargado buena parte de esas producciones a jóvenes y no tan jóvenes directores de escena españoles en busca de oportunidad –entiendo que los consagrados tienen un caché excesivo–, ofreciendo al mismo tiempo la necesaria pluralidad de enfoques estéticos que parece propia de un teatro público. En su lugar se realizó los encargos a sí mismo con la excusa de que nos salía más barato "al no cobrarle al Villamarta" por ese concepto, pero con otras consecuencias que ustedes pueden imaginar. Entre ellas, hacernos contemplar una y otra vez sus rancios conceptos estéticos en lugar de abrir perspectivas diferentes a un público sin apenas tradición operística.

En fin, todo esto lo he dicho ya muchas veces en este blog. Lo seguiré repitiendo mientras la situación se perpetúe con semejante descaro. La gracia es que, siendo esto lo mismo que empezó a hacer Davide Livermore en Valencia, lo que suscitó no pocas y justificadas reprobaciones, en Andalucía nadie le ha tosido nunca a López ni a Benavente. Ni siquiera los críticos que van de cañeros con con artistas que hacen cosas parecidas, aunque lo hagan en bastante menor grado. ¿Por qué será?

Decididamente, el Villamarta necesita un cambio de aires. Pero me dicen que Isamay se ha ganado completamente a la alcaldesa, así que tenemos Paco López y "yo me lo guiso, yo me lo como" para rato.

jueves, 25 de enero de 2018

Tchaikovsky por Klemperer: guardando las distancias

Otto Klemperer grabó las tres últimas sinfonías de Tchaikovsky para EMI al frente de su fabulosa Philharmonia Orchestra: la Sexta en septiembre de 1961, la Quinta en enero de 1963 y la Cuarta pocos días después de esta última. Sensualidad y emotividad a flor de piel son dos de las características más habitualmente asociadas al mundo del compositor. También una cierta dosis de flexibilidad a la hora de plantear la arquitectura. Ninguno de estos conceptos es precisamente afín a las personalísimas maneras de hacer del Klemperer tardío, lo que significa que estas van a ser recreaciones altamente hererodoxas y discutibles. Efectivamente, aunque a veces para bien y a veces para mal. Concretemos.


En la Patética es el primer movimiento el que menos convence: la solidez de su construcción es admirable y no hay espacio alguno para los trucos de cara a la galería, pero una inconveniente frialdad termina imperando. El Allegro con grazia funciona muy bien pese a las insuficiencias derivadas del planteamiento del maestro, resultando muy emotivo al tiempo que por completo ajeno a la melifluidad. Experimento genial el de la marcha, dicha con lentitud, tocada con asombrosa perfección y explicada con meridiana claridad –se oyen muchas cosas que habitualmente pasan inadvertidas–, amén de dicha con la mala leche propia del de Breslau. E impresionante el Adagio lamentoso, severísimo pero de una fuerza dramática abrumadora: solo por él ya hay que escuchar esta interpretación.

La Quinta es la mejor diseccionada que uno se pueda imaginar. No solo se identifican a la perfección las diferentes líneas instrumentales –el dominio de la polifonía es asombroso– y se escuchan todos y cada unos de los detalles de la orquestación, sino que en muchos momentos uno se pregunta si "eso ha estado siempre en la partitura". El edificio sonoro se encuentra construido con una lógica asombrosa: la unidad del trazo es absoluta. Por si fuera poco, la Philharmonia toca con una perfección insultante, con especial mención para su inconfundible grupo de maderas. Ahora bien, desde el punto de vista expresivo el empeño del maestro por resultar antirromántico termina haciendo discutibles los resultados. El primer movimiento se escucha con interés, pero algunas frases decisivas andan muy escasas de calidez, de comunicatividad y de poesía. El segundo guarda en exceso las distancias, lo que no impide tensar de manera admirable sus grandes clímax. El tercero sabe ser elegante sin caer en preciosismos. En el cuarto, finalmente, nos encontramos con otro de los experimentos del maestro, quien se olvida de triunfalismos y nos suelta un “ahora os vais a enterar” de los que hacen historia.

En la Cuarta el primer movimiento resulta severo en exceso y carece de garra, amén de resultar poco emotivo, lo que no le impide resultar impresionante en lo que a construcción arquitectónica se refiere. El segundo, increíblemente bien analizado (¡sensacionales nuevamente las maderas!) da gusto escucharlo tan despojado de sentimentalismo y al mismo tiempo tan bien cantado. El tercero resulta más bien aburrido, y ni siquiera el peculiar sentido del humor del maestro hace su aparición en su sección central para decir algo nuevo. El cuarto decididamente Klemperer no se lo cree, planteándolo no ya carente carácter festivo –así o había hecho en la Quinta–, sino alejado de toda comunicatividad.

En cualquier caso, y por todo lo antedicho, estas versiones hay que conocerlas. Demasiadas cosas admirables hay en ellas como para perdérselas.

Dos grabaciones de Aida: Karajan 1959 y Abbado 1981

Aprendí a amar Aida de Verdi con la mítica grabación de Karajan y la Filarmónica de Viena de 1959 para Decca. De hecho, fue una de las prim...