Suele ser común durante la promoción de un libro que se adelante un capítulo por las redes justo antes de la aparición del volumen en formato físico. Pues aquí va. La idea sobre qué capítulo escoger me la ha dado una pregunta en la entrada anterior.
Un cajón de sastre para cosas sobre música "clásica". Discos, conciertos, audiciones comparadas, filias y fobias, maledicencias varias... Todo ello con centro en Jerez de la Frontera, aunque viajando todo lo posible. En definitiva, un blog sin ningún interés.
domingo, 10 de marzo de 2024
sábado, 9 de marzo de 2024
Segunda de Mahler con la Sinfónica de Viena: impacto sensorial
Tras los conciertos de la Filarmónica de Viena y de la English Chamber Orchestra comentados en entradas anteriores, acudí una vez más el domingo 25 de febrero a la Musikvrein de la capital austriaca –siete y media de la tarde– para un tercer acontecimiento musical: Sinfonía nº 2 de Gustav Mahler con la Wiener Symphoniker y Alain Altinoglu. Hubo tres razones extramusicales por las que disfruté menos. Una, el comprensible cansancio tras la paliza anterior. Dos, que esta vez tenía entrada en el anfiteatro –mitad inferior–, y allí la visibilidad es deficiente: al maestro solo le veía de vez en cuando. ¿Y cómo es esto posible, si las butacas están escalonadas? Pues no sé, pero les aseguro que no era fácil seguir visualmente lo que pasaba en el escenario.
La tercera razón es de más peso, y sobre ella quiero reflexionar un poco: la calor –perdonen que hable en gaditano– que hacía allí arriba, en verdad sofocante. ¿Puede Europa permitirse, con la que estamos pasando, un gasto energético tan innecesario como disparatado? Porque no fue la Musikverein precisamente el único recinto en el que el aire acondicionado llegaba a ser molesto. Miren ustedes, si hace frío fuera y la gente ya viene abrigada, pongan el interior a una temperatura en la que uno pueda dejar la prenda más incómoda en la guardarropía y quedarse con el resto. Pero claro, si aquí en España hay gilipuertas que en invierno quieren estar dentro de su casa en mangas de camisa y en verano llevar jersey, qué le vamos a decir a los de otras latitudes.
La acústica sí que era maravillosa, y eso quedó bien claro en cuanto la orquesta empezó a sonar. ¡Qué impresión! Ciertamente estos señores y señoras no alcanzan la calidad sobrenatural de sus compañeros Wiener Philharmoniker que escuché por la mañana en el mismo recinto, pero a todas luces la Sinfónica de Viena es una espléndida formación, equiparable –por ejemplo– a las grandes orquestas londinenses, y bastante por encima de la media de las de latitudes meridionales. Empaste, redondez y belleza sonora son dignos de elogio, como también su virtuosismo en una obra no poco complicada como es esta Sinfonía Resurrección.
¿Y la interpretación propiamente dicha? Repaso mis notas de voz y les cuento: una lectura fluida, fresca y directa, en la que la batuta del maestro francés se mantuvo voluntariamente alejada de esos preciosismos y amaneramientos que pueden ser beneficiosos aplicados en su justa medida, pero que demasiadas veces se pasan de la raya. Ahora bien, también es cierto que la inspiración de Altinoglu me pareció bastante desigual. El primer movimiento, por su rapidez y carácter antes combativo que gótico, me recordó un tanto a lo de Sir Georg Solti en Chicago, pero lejos de ofrecer la garra extraordinaria de aquel milagro. Sin interés el segundo: aquí la rapidez y el deseo de no caer en languideces condujeron a la asepsia pura y dura. Bien el tercero, estupendamente diseccionado y dicho con una adecuada dosis de animación. El cuarto se vio muy lastrado por la voz tremolante de Nora Gubisch; tampoco la batuta voló con suficiente poesía.
Todas la secuencia de la resurrección estuvo muy bien llevada, con convicció, ajena a excesos y sin caídas de pulso. Bien la soprano Chen Reiss, y un lujo la presencia de los Wiener Singverein. Ya pueden imaginar que todo el final, con independencia de las cuestiones interpretativas, resultó impactante desde el punto de vista sensorial con semejantes orquesta y coro, más la suma de un órgano perfectamente empastado. Disfrutar en directo de esta música con una calidad técnica así, ofreciendo los enormes contrastes dinámicos exigidos por Mahler, haciéndolo sin roce alguno en la ejecución y con una irreprochable claridad en la exposición, es una experiencia que un melómano no disfruta todos los días. ¡Ni todos los años! Eso sí, yo hubiera disfrutado mucho más con un poco de visibilidad y cinco grados menos de temperatura.
Me queda comentar el segundo concierto de Welser-Möst, que fue toda una sorpresa: Novena de Bruckner muchísimo más satisfactoria de lo esperado. Otro día les cuento.
jueves, 7 de marzo de 2024
El libro de Barenboim está ya impreso...
... pero aún se retrasa un poquito, porque debido a su grosor hay que encuadernarlo con una máquina distinta a la habitual. La verdad es que me he pasado con el tamaño: casi quinientas páginas son muchas páginas.
Prometo que el segundo volumen será mucho más delgado. Si es que llega a haber segundo volumen, claro está, porque ya me lo ha advertido un amigo que es colaborador de una célebre revista especializada: "Te van a despellejar". Pongámosle a la cosa un poquito de suspense: aquí va la primera página del capítulo quinto. En cualquier caso, me han prometido que en cuatro o cinco días tengo los primeros ejemplares en mis manos. Les tendré al corriente.
miércoles, 6 de marzo de 2024
La English Chamber visita la Musikverein con Julian Rachlin
Tan solo dos horas después del primer concierto de Welser-Möst con la Filarmónica de Viena comentado en la entrada anterior, me tocaba regresar a la Musikverein para escuchar a la English Chamber Orchestra, que venía liderada por el violinista Julian Rachlin para hacer un programa integrado por obras de Mozart y Mendelssohn. La pregunta estaba en el aire: ¿conserva esta mítica formación la calidad de aquellos dorados años sesenta y setenta? La respuesta es un rotundo sí. Sigue siendo un verdadero prodigio de virtuosismo y, sobre todo, de depuración sonora, aunque también es cierto que no se debe perder de vista el contexto histórico: la calidad de las formaciones orquestales a nivel global ha mejorado de manera considerable desde aquellos tiempos. Vamos, que hoy tiene más competencia que antaño.
Dicho esto, fue un placer escuchar a la ECO en este repertorio tan adecuado para ella. Al menos, en lo que al compositor salzburgués se refiere. ¿Y cómo fue su Mozart? Pues muy británico, pero no en la línea de pulcritud a veces un tanto insípida de un Sir Neville Marriner con sus colegas de la Academy, sino más bien en esa maravillosa mezcla de vitalidad, luminosidad y elegancia que con la English Chamber "antigua" hacía un Raymond Leppard –músico que cada vez me gusta menos en el Barroco, dicho sea de paso, pero que para el Clasicismo me sigue pareciendo enorme–. Ni que decir tiene, poco que ver con el músculo y la densidad que esa misma "Vieja English" ofrecía con Barenboim en este repertorio.
Por todo lo expuesto, pienso que no debió de haber ni un solo espectador en la Musikverein que no disfrutara muchísimo de lo que allí se escuchaba: ni los partidarios de la más conservadora tradición ni los radicales de las maneras HIP podían discutir el perfecto equilibrio entre agilidad en la articulación, naturalidad en el fraseo y sentido del canto que desplegaron los músicos bajo la dirección de un Rachlin que primero tocó el Concierto para violín nº 3 con enorme sensatez y musicalidad –quizá le quedó un poquito más distante de la cuenta–, para luego dirigir la Sinfonía Haffner con una convicción y una fuerza expresiva abrumadoras. Y sí, los tempi fueron rápidos, pero no hubo la menor caída en el nerviosismo, en la blandura ni en la frivolidad, cosa que sí le ha ocurrido (¿han escuchado lo de Abbado?) a otros maestros mucho más famosos. ¡Bravo por Rachlin!
Harina de otro costal fue la Sinfonía Italiana de Mendelssohn de la segunda parte. Una vez más hubo agilidad bien entendida, nitidez en la articulación y muchísima sensatez, amén de una ejecución de esas que quitan el hipo, pero ya se sabe que a este compositor es bien difícil cogerle el punto: al segundo movimiento le faltó esa sensualidad tan particular, al mismo tiempo acariciadora y amarga, que la convierte en una de las páginas más inspiradas del compositor. Vistosísimo, lleno de electricidad y de un virtuosismo insuperable el Saltarello conclusivo, pero a mi entender no es suficiente.
De propina, una obertura de Las bodas de Fígaro que más efervescente que propiamente teatral. No me convenció del todo, pero a esas alturas ya daba igual. El público vienés, que algo sabe de Mozart, aplaudió a rabiar, así que los británicos se fueron más contentos que unas pascuas. Y yo me largué a airearme un poco –y tomar un Aperol spritz– antes de que llegara el tercer y último concierto de la musicalmente agotadora jornada dominical: Segunda de Mahler.
lunes, 4 de marzo de 2024
Franz Welser-Möst reapareció en Viena... y yo estuve allí (I)
La prensa musical da buena cuenta de la reaparición de Franz Welser-Möst tras su batalla contra el cáncer. Fue en Viena, donde ofreció dos programas diferentes con la Wiener Philharmoniker que ahora mismo anda ofreciendo –junto con un tercero: Sinfonía nº 9 de Mahler– en gira estadounidense. Pues bueno, yo estuve allí, en la Musikverein de la capital austriaca, y puedo dar buena cuenta de que, contra todo pronóstico sabiendo cómo se las gasta –o se las gastaba– el director vienés, fueron dos magníficos conciertos.
El del domingo 25 de febrero tuvo lugar a las once de la mañana. Nada más salir el maestro hubo intensas ovaciones: no se celebraba su mera aparición, sino su recuperación y vuelta a casa. Se lo merecía, qué duda cabe. Comenzó con una obra poco popular en la que se prescindía de la parte más preciada de la mítica formación a cuyo frente se ponía: la Konzertmusik für Blasorchester, op. 41 de Paul Hindemith. Importó poco, porque los metales vieneses demostraron estar en plenísima forma –redonda, empastada, potente– y el maestro dirigió esta música con toda la vitalidad, el ritmo, la incisividad, la ironía y el sentido del humor que la partitura demanda.
Formidable, pero el peso pesado venía a continuación: la Fantasía sinfónica sobre La mujer sin sombra de Richard Strauss. Confieso que, tras los “Keikobad” con que arranca la partitura y al arrancar el tema lírico, se me saltaron las lágrimas. También reconozco las razones: allí estaba yo, sentado en el patio de butacas de esa sala de esa ciudad, escuchando esa música precisamente a esa orquesta. ¿Comprenden? Y aunque esta Wiener Philharmoniker no es en modo alguno –no puede serlo, han pasado demasiados años– la que realizó aquella magistral grabación de la ópera completa para Decca con Sir Georg Solti, sigue siendo una orquesta de tímbrica maravillosa.
Pero es que, además, Welser-Möst dirigió centradísimo en el estilo, con decadentismo muy moderado y un buen equilibrio entre brillante y refinamiento. También con inspiración, mucha inspiración. Solo un reproche, no poco importante: en el gran clímax previo a la sublime sección final hubo mucho más decibelio que claridad, por no decir que, lisa y llanamente, cayó en la vulgaridad que tantas veces ha sido marca de la casa.
No fueron nada vulgares, antes al contrario, las Variaciones para orquesta de Arnold Schönberg que abrieron la segunda parte. Me traía la obra muy preparada desde casa, que para eso hice la comparativa que aquí mismo les pude presentar a ustedes. En ella me quejaba de que pocos directores atendían lo suficiente al sentido de la atmósfera que anida en la difícil partitura. Pues bien, Welser-Möst me ha parecido de los que más se han acercado a ello, en buena medida porque se tomó las cosas con calma, atendió al peso de los silencios y supo ver más allá de las notas. Además, clarificó el entramado orquestal de manera magistral. Sí: magistral. Otra cosa es que echemos de menos el ímpetu y la comunicatividad de Solti, o el refinamiento tímbrico de Boulez y Barenboim. Dicho esto, creo que la lectura que allí escuchamos fue de altísimo nivel, por mucho que el público (¡precisamente el de Viena, y a estas alturas del siglo XXI!) no pareciera apreciarlo.
Sí que se aplaudió mucho tras La valse, página que cerraba el programa con total coherencia al tiempo que enlazaba con el otro programa de los mismos intérpretes –las Tres piezas de Alban Berg también incluyen un vals distorsionado–. No sé decirles si la recreación de Welser-Möst sonó más a Viena que a Maurice Ravel. Sí que sé –porque he "hecho trampa" y acabo de escuchar la toma radiofónica de ese mismo día– que hubo un gran trabajo de timbres y texturas, como también una buena dosis de brillantez, de empuje y de comunicatividad, por no hablar de la increíble belleza sonora desplegada. Pero también se hizo presente algún detalle blandengue, cierta falta de continuidad entre las secciones y un tercio final con clímax tendentes a la vulgaridad. Quizá se trataba de eso, de que el público saliera contento tras una buena dosis de dodecafonismo.
En otro momento comentaré el segundo programa, el que incluía la Novena de Bruckner. Antes quiero escribir sobre los otros dos conciertos de ese mismo domingo: English Chamber Orchestra y Sinfónica de Viena. Ahí es nada.
PS. La foto del maestro la he tomado del Facebook oficial de la orquesta.
domingo, 3 de marzo de 2024
Mi primera visita a la Konzerthaus de Viena: recital de Kirill Gerstein
Aquí sigo. Ni feliz, ni animado, ni con ganas de escribir. Pero quiero dejar testimonio de los conciertos que escuché en Viena, sobre los que tomé notas de voz que ahora me van a servir para contarles qué me pareció todo aquello. Ya dije algo del último que presencié, el de la Filarmónica de Londres, Karina Canellakis y Christian Tetzlaff (aquí). Vamos ahora por el primero: el recital pianístico de Kirill Gerstein en la Konzerthaus que tuvo lugar el sábado 4 de febrero.
Confieso que no acudí interesado por el pianista de origen ruso, sino por la mítica sala de conciertos. Y aquí me llevé un enorme chasco: resulta que mi evento era en la Sala Mozart, que no es la famosa de las grandes columnas, sino una de mediano tamaño –setecientas butacas– que, eso sí, es muy hermosa y mereció la pena disfrutar.
Gerstein comenzó con la Polonesa-Fantasía op. 61 de Frédéric Chopin: todo muy en su sitio, pero implicándose poco en aspectos como la elasticidad del fraseo, el rubato y cosas así. El pedal pe pareció que emborronaba un tanto el discurso, aunque la impresión pudo deberse a que un servidor no estaba acostumbrado a la acústica de la sala.
El Nocturno nº 13 de Gabriel Fauré resultó tan apasionado que me pareció fuera de estilo. Mucho más me interesaron los tres Intermezzi de Francis Poulenc, porque no fueron tratados como música superficial, sino con una buena dosis de compromiso expresivo. Cerrando la primera parte, la Polonesa nº 2 de Franz Liszt. Fue lo que más gustó al público y a quien escribe estas líneas, porque ofreció una oportunidad para que el artista desplegara no solo un formidable virtuosismo digital, sino también –y sobre todo– un sonido musculado y “orquestal” que le venía maravillosamente al autor de Los preludios; la interpretación propiamente dicha, sobria y no particularmente inspirada, pero ajena tanto al mero exhibicionismo como al grave peligro del atropellamiento. Muy bien.
Todo lo contrario la Fantasía op. 49 de Chopin que abrió la segunda parte: la tocó como si fuese un alumno, ciertamente pleno de facultades técnicas, al que en ese momento le hubieran puesto frente a sus ojos la partitura por primera vez. Bochornoso tocar de manera tan lineal una obra sublime. Vino a continuación un homenaje a la ciudad: nada menos que Carnaval de Viena. No estoy seguro de que sonara del todo a Robert Schumann, pero hubo mucha pasión en los dedos del pianista: es decir, más Florestán que Eusebio. Era de esperar, porque hasta ese momento Gerstein no había demostrado especial sensibilidad lírica en ninguno de los compositores interpretados.
Hubo virtuosismo muy bien controlado en la Liebeslied de Fritz Kreisler transcrita por Rachmaninov, y a continuación se cerró el programa con el Grande Valse brillante op. 42 de Chopin dicho de la misma manera. Pero claro, lo que vale para un compositor no es suficiente para el otro, que demanda una dosis muchísimo mayor de inspiración poética.
Total, un recital altamente irregular, globalmente poco interesante, que al menos sirvió para quitarme la espinita de entrar en la Konzerthaus. ¡Impresionante el gran salón que da acceso a las diferentes salas! Al día siguiente, nada menos que tres conciertos en la Musikverein, el primero de ellos con Welser-Möst y la Filarmónica de Viena. Pero esa es otra historia.
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