Un cajón de sastre para cosas sobre música "clásica". Discos, conciertos, audiciones comparadas, filias y fobias, maledicencias varias... Todo ello con centro en Jerez de la Frontera, aunque viajando todo lo posible. En definitiva, un blog sin ningún interés.
La gran víctima de este conflicto bélico es el pueblo ucraniano. Pero no la única. Hoy quiero acordarme de la población rusa. Dentro de ella, sobre eso parece no haber duda (¿verdad, Gergiev?), hay quienes son partidarios del militarismo expansionista, pero también millones de personas que no hacen sino pagar las consecuencias de las acciones de Vladimir Putin y de la élite financiera que apoya su dictadura.
Está escrito en la historia de Rusia. Ya lo dijo Mel Brooks en la letra de la canción Hope for the Best, Expect de Worst, de aquella película llamada El misterio de las doce sillas que protagonizaran Frank Langella y un inolvidable Ron Moody. Allá por 1970 no había manera de adivinar el futuro, pero sí de intuirlo. La nación de Tolstói está condenada a sufrir a un canalla tras otro. Por cierto, ya se darán cuenta de la música no se debe precisamente del director de la cinta, aunque tampoco sea –eso también lo saben ustedes– de Johannes Brahms.
Finalmente Anna Netrebko, putiniana de toda la vida, nos ha sorprendido a todos con una declaración (leer aquí) oponiéndose a la guerra. Pero la diva rusa añade, en clarísima referencia a su mentor Valery Gergiev, que “no se puede forzar a ningún artista, ni a ninguna figura pública, a dar a conocer sus opiniones políticas ni a denunciar a su patria”. Te equivocas, querida Anita. Hay algunas ocasiones, afortunadamente muy pocas, en que sí se puede. Es justo lo que ocurre cuando un país invade a otro violando la legalidad internacional e inicia un conflicto que va a causar muerte y destrucción a gran escala, además de infinito sufrimiento –represión, pérdida de hogares, deportaciones– a muchísimas personas inocentes. Y no digamos cuando el líder de los invasores amenaza a quienes pretendan ayudar a sus víctimas con iniciar una guerra nuclear.
El posicionamiento público ya resulta por completo irrenunciable, oh gran diva del Mariinski, cuando en tu carrera ha sido fundamental el apoyo económico y logístico del criminal en cuestión y tú has aireado siempre a los cuatro vientos tu apoyo a la política de ese señor.
Por otra parte, la ideología política no es necesariamente algo privado. No tiene que ver con si eres del Madrid o del Barça, de León de Aranoa o de Almodóvar, de la cerveza Alhambra o de la Cruzcampo. Ideología política es tu postura ante cómo debe funcionar las relaciones entre los seres humanos y las sociedades que estos conforman. Cuando está muriendo mucha gente por la avaricia de unos pocos, cuando el sufrimiento va a ir a más y cuando se vislumbra la posibilidad real de que iniciemos la mayor conflagración que jamás se haya conocido, si quien se ha posicionado muchas veces a favor del agresor no lo hace ahora, está dando a entender que apoya lo que está haciendo. Por eso mismo ninguno de nosotros puede consentir, señora Netrebko, que ese mal director y mala persona que es Valery Gergiev acuda a Occidente a ser aplaudido. Porque él mismo ha escogido ser cómplice del genocidio.
Afortunadamente, muchos de los artistas importantes en el campo de la clásica sí han tomado partido declarado. También rusos, como Kirill Petrenko o AlexanderMelnikov. Y Gustavo Dudamel, tan vinculado en otros tiempos a un régimen que, bochornosamente –aunque no inesperadamente–, se ha puesto a favor de Vladimir Putin. La Segunda sinfonía de Mahler que dirigió anoche la dedicaron, él y la Filarmónica de Berlín, a los fallecidos en la contienda. Quiero volver a verla cuando la pongan en 4K, porque la transmisión de la Digital Concert Hall estuvo plagada de clics, pero adelanto que el último movimiento no solo me pareció superior a los cuatro anteriores, sino también uno de los mejores (¿el mejor?) que yo haya escuchado.
Sí, ya sé que el compositor es ruso. Y que por aquellas fechas a este territorio se le conocía como “Pequeña Rusia”. Pero esta preciosa obrita, con su homenaje al folclore local, me parece una buena manera de mostrar mi solidaridad a una nación, la de Ucrania, que está siendo pisoteada por un gobierno repugnante desde cualquier punto de vista.
Traigo esta Sinfonía n.º 2 de Tchaikovsky, Ucraniana, en interpretación de Yevgueni Svetlánov y la Orquesta Sinfónica de la Federación de Rusia registrada en junio de 1993. Personalísima y tal vez genial, aunque no poco discutible en lo que al segundo movimiento se refiere: increíblemente lento, revelador desde el primer hasta el último compás, creativo a más no poder –recuerda a las maneras de Celibidache–, muy alejado del carácter algo frívolo con que suele sonar, pero por momentos algo más suave de la cuenta. El resto es menos heterodoxo, y aunque se puedan preferir enfoques más rústicos, de mayor nervio e incisividad, es difícil no rendirse ante el fraseo cálido, elocuente, lleno de nobleza al tiempo que de pathos, de densidad y de fuerza trágica, por no hablar de la plasticidad en el tratamiento de la cuerda –soberbia, no así los metales– y de la portentosa disección de todas y cada una de las líneas del entramado sinfónico.
Desde aquí, mi solidaridad con el pueblo ucraniano y con cualquier otro que sea agredido violando la legalidad internacional.
Confieso haber vivido demasiado tiempo de espaldas al Bach de Murray Perahia. Hace algunas semanas descubrí sus Suites inglesas y quedé maravillado, así que ha sido el momento de volver a escuchar las Variaciones Goldberg que, con soberbia toma sonora, realizó en 2000 para Sony Classical. No están a la increíble altura que aquellas, pero se trata de una muy importante recreación.
Compararla con la de Beatrice Rana de la que he escrito en la entrada anterior ha sido de lo más interesante. Si la italiana busca una lógica en el discurso expresivo subrayando los contrastes entre una variación y otra, haciendo que cada una sea vista como una consecuencia de la anterior, el británico apuesta por un hilo conductor más fluido y natural, más homogéneo y con menos claroscuros. Si ella decide caer en cierto mecanicismo en alguna de las variaciones, o al menos no jugar en exceso con la dinámica para subrayar las esencias clavecinísticas, él intenta siempre matizar con tanta sutileza como sensibilidad. Y si la joven artista se atreve a subrayar el pathos de los números más cruciales e incluso de profundizar en cuestiones más o menos filosóficas, el británico hace gala de un lirismo de menor vuelo, más pegado a las sensualidades terrenales, con mayor dosis de encanto e incluso de coquetería. Perahia resulta menos incisivo en el ritmo –que controla a la perfección– y se muestra más relajado, aunque cuando le toca ponerse efervescente lo hace con apreciable entusiasmo.
En definitiva, una interpretación muy hermosa presidida por la fluidez, la elegancia y, sobre todo, la naturalidad. La música discurre con perfecta lógica y se disfruta desde la primera nota hasta la última a lo largo de los 73 minutos por los que se extiende. Gran disco.
Beatrice Rana grabó las Variaciones Goldberg en noviembre de 2016, cuando solo contaba veintitrés años. La crítica aplaudió con entusiasmo. Cuando escuché por primera vez el registro quedé encantado, aun sin gustarme tantísimo como los dos que conozco de András Schiff (Euroarts 1990 y EMC 2001, sobre todo este último). También hubo quien opinó que no había para tanto. Yo he vuelto esta misma noche y confirmo mi impresión inicial: independientemente de que sea un prodigio tocar de manera impecable a semejante edad una partitura como esta, la versión resultante es de altísimo nivel artístico.
Otra cosa es que me siga resultando difícil explicar los porqués. Quizá el asunto, en el fondo, sea bastante sencillo: esta chica se encuentra dotada de una portentosa musicalidad. Porque se puede tocar igual de bien, increíblemente bien, y hacer una monumental chorrada, que es justo lo que le pasa –o creo que le pasa, aún no he sido capaz de escuchar completa su propuesta– al señor Lang Lang en su doble registro –en estudio y en vivo– para DG. La italiana usa un piano y aprovecha plenamente los recursos del instrumento, pero no saca los pies del plato. No “romantiza” la música hinchándola cuando no debe, sin que ello le impida volar con excelsa poesía en momentos clave como la Variación XV.
Tampoco se empeña Rana en imitar al clave a la manera de un Glenn Gould, si bien es cierto en algunas variaciones opta por hacerlo y da la impresión de resultar un tanto mecánica, incluso de ir más rápido de la cuenta. Creo que es una decisión voluntaria basado en algo tan fundamental en el Barroco como es la búsqueda del contraste. ¿Significa esto que cada variación está entendida de manera independiente? En absoluto: creo que precisamente esas discutibles decisiones en lo que se refiere al tempo y al fraseo tienen como objetivo otorgar sentido orgánico al portentoso diseño de J. S. Bach, que en sus manos adquiere una admirable inmediatez comunicativa.
Por lo demás, Rana evidencia enorme talento a la hora de modelar el sonido, incisivo o acariciador en función de las circunstancias, como también a la hora de pasar de un fraseo rebosante de efervescencia a la concentración absoluta sin caer en lo esquizofrénico. Más que sensato el uso del pedal, y muy apropiada para este repertorio la mamera de ornamentar. Espléndida la toma, realizada por Teldex Studios.
He escuchado este disco en repetidas ocasiones. Primero en casa, cuando salió al mercado. Más tarde en el coche de camino al trabajo, muchas veces. Y ahora otra vez en mi equipo, esta vez en Dolby Atmos (a través de Tidal y haciendo uso de la Fire TV Stick de Amazon: es largo de explicar). Se titula The Fellini Album, se registró en junio de 2017, y en él Riccardo Chailly y la Orquesta de la Scala interpretan selecciones de las más famosas partituras compuestas por Nino Rota para el cineasta con quien más trabajó, y en buena medida al que supo dotar de alma musical: Federico Fellini. El programa es una verdadera preciosidad, y apenas conoce alternativas discográficas excepción hecha de las bandas sonoras oficiales: suite de Amarcord en sus orquestaciones originales, suite de Otto e mezzo, suite de La dolce vita orquestada por William Ross, suite de Il Casanova en arreglo de Bruno Moretti –se prescinde de la armónica de cristal que en su momento incorporó CarloSavina– y suite de I Clowns en su escritura original para banda de música. ¿Dónde anda La strada, se preguntarán algunos? Pues aquí no está, pero el maestro ya dio buena cuenta de esta música junto a la Filarmónica de Berlín en el Blu-ray de la Waldbühne de 2011.
Desde el punto de vista artístico, el resultado es una maravilla, muy distinto y por completo complementario al de los dos discos grabados por Riccardo Muti para Sony al frente de la misma orquesta: si la selección y las maneras del napolitano incidían en la vertiente más sinfónica, más clásica y también más operística del compositor, el milanés lo hace en lo mucho que su música escrita para Fellini posee de popular, de chaplinesco, de circense e incluso de vulgar. Sí, la vulgaridad bien entendida es parte esencial del universo felliniano, y ese componente aquí se respeta tanto en las orquestaciones como en la labor de batuta.
Claro que también encontramos al mejor Rota, y al mejor Fellini, en los momentos más oníricos de La dolce vita y –claro está–, en todo Il Casanova, posiblemente la obra cumbre de los dos artistas. Con esta partitura Chailly se muestra absolutamente genial, y solo en un momento, hacia al final del acongojante primer número (3:38), hace su asomo esa blandura que tanto le afecta en esta triste última etapa como director a la que hicimos referencia en la anterior entrada.
Por lo demás, la capacidad melódica de la batuta (¡imprescindible en Rota!) queda bien de manifiesto, como también de su sabiduría cuando se trata de hacer referencias a la música de Stravinsky. Ideal la orquesta, con ese punto rústico tan conveniente en los pasajes más “bandísticos”. Y todo un detalle incluir en el libreto una foto de un jovencísimo Chailly dirigiendo al propio compositor en agosto de 1974.
Mi opinión, después de tantas audiciones, la tengo bastante clara: este es uno de los más mejorables discos dedicados a la música de cine que conozco. Y son muchísimos.
Brevísima reseña de un disco Tchaikovsky grabado por Riccardo Chailly al frente de la Orquesta de Cleveland en abril de 1984: Romeo y Julieta y Francesca da Rimini.+
La admirable labor de ingeniería de Decca –natural, equilibrada,
transparente– ponen de relieve las grandes virtudes de estas recreaciones,
que no son sino las puramente formales: trazo perfectamente controlado,
depuración sonora, naturalidad con vuelo lírico en el fraseo y una excelente
planificación hacia los grandes picos dramáticos. En este sentido, los pasajes que narran las confrontaciones entre Montescos y Capuletos funcionan francamente bien, como también el gran clímax antes del retorno a los infiernos en el otro poema sinfónico.
¿Qué falta para alcanzar la excepcionalidad? Pues esa peculiarísima mezcla de sensualidad y carácter agónico que los pasajes líricos necesitan. En cualquer caso, ni rastro de excesivas ligerezas, blanduras ni amaneramientos. Y es que aquel Chailly de treinta y un años no era, afortunadamente, el Chailly de ahora. Me encantaría saber qué le hicieron a este señor en Leipzig para que pegara tan monumental giro a peor.