lunes, 11 de octubre de 2021

Madama Butterfly en el Maestranza: al servicio de Puccini

Acudí a la última de las funciones -sábado 9 de octubre- de Madama Butterfly con el que el Teatro de la Maestranza recuperaba el cien por cien de su aforo pensando que me iba a encontrar con una de esas veladas operísticas que tanto le gustan a muchos aficionados: una voz de nivel mayúsculo y el resto discreto sin más. Pues no. Ni Ermonela Jaho, aun espléndida, alcanzó el nivel de lo sublime, ni el resto se quedó en la medianía. Fue una de esas raras producciones en la que todo se movió entre lo solvente y lo notabilísimo, sin que flojeara absolutamente nada. Quien salió beneficiado de semejante circunstancia fue Giacomo Puccini, cuya obra no fue utilizada ni por el divo o la diva de turno deseando exhibirse, ni tampoco por el director de escena más o menos genialoide (¡ay Dios mío, lo que ha hecho Rafa Villalobos con Tosca parece que se verá pronto por aquí!) que viene a contarnos su historia destrozando la dramaturgia original y montando otra que ver con la idea del compositor y con su música. Lo que vimos fue una Butterfly equilibrada, sólida y de dignísimo nivel que pasó como un suspiro y fue calurosamente aplaudida por el respetable durante largos minutos.

A mí lo que más me gustó fue la producción escénica, quizá la mejor que he visto –en directo o en filmación de este título–. Seguir el libreto al pie de la letra puede ser peligroso: se puede caer tanto en el tópico como en la cursilería. Recuérdese que de esta última ni siquiera se libró el mismísimo Jean-Pierre Ponnelle –con audio sublime de Freni, Domingo y Karajan, eso sí–. Tampoco sirve el distanciamiento, como se pudo apreciar en la reflexión metalingüística que proponía Mario Gas con aquella propuesta en la que asistíamos al rodaje de una película sobre Butterfly. Joan Anton Rechi hace lo más sencillo y, a su vez, lo más difícil: ofrecer una perfecta mezcla de sensatez, buen gusto y dominio de los recursos teatrales. Trasladar la historia hasta el momento de la bomba atómica sirve a efectos dramáticos sin convertir el asunto en un mero panfleto contra el imperialismo estadounidense, mientras que las ruinas entre las cuales se desarrolla la acción pone de relieve la crudeza del drama sin caer en el feísmo. Al personaje de Pinkerton se le retrata con todo su merecido cerdismo sin pasarse de rosca. Orientalismo de tarjeta postal, el justo: escena de la boda. Personajes como Suzuki o el Bonzo están muy bien tratados, mientras que la protagonista es cualquier cosa menos una adolescente frágil e ingenua: tras la caída de la bomba –fin del acto primero– es todo entereza, firmeza en los ideales y sacrificio por los demás. La dirección de actores, espléndida, lo mismo que la utilización de la plataforma giratoria. Buena la escenografía de Alfons Flores, irreprochable el vestuario de Mercè Paloma y maravillosa la iluminación de Alberto Rodríguez, que apostó por un tenebrismo lleno de sentido. Las magníficas fotos que le he robado a Julio Rodríguez y su blog A través del cristal les darán una idea de lo que digo.

Bien a secas la batuta de Alain Guingal, con dos excepciones: el flácido y deshilachado fugato inicial y toda la escena del suicidio, mucho antes decibélica –por no decir vulgar– que desgarrada. Pero quitando ese arranque y ese final, el maestro francés concertó con enorme solvencia, sacó buen partido a una Sinfónica de Sevilla que sigue todavía sufriendo los efectos de la era Axelrod y llevó la obra con nervio y pulso interno suficientes. Se echaron de menos un tratamiento más refinado de la tímbrica y, sobre todo, mayor magia poética en determinados momentos clave.

 

Ermonela Jaho fue de menos a más en un rol de exigencia extrema. La soprano posee un buen instrumento de carácter lírico y canta con técnica de enorme solidez, pero en el primer acto ni su voz se encuentra cómoda ni su temperamento expresivo termina de encajar con la recién casada: en el dúo se muestra más bien fría. A partir de ahí, se crece de manera considerable y ofrece una Cio-Cio-San que aun no siendo no del todo italiana, careciendo esa morbidez en el canto tan especial de la sublime Freni, sabe alcanzar un perfecto equilibrio entre belleza canora e intensidad expresiva, todo ello hasta alcanzar un final de enorme carga dramática. Me recordó un tanto, por concepto, a Renata Scotto con Barbirolli. El éxito entre el respetable estuvo más que justificado.

A Jorge de León ya le conocemos bien virtudes e insuficiencias: valentía en el canto, brillantez en el agudo y entrega expresiva por un lado, insuficiencias técnicas, escasa atención al matiz y discreto sentido de la cantabilidad por otro. Así las cosas, se entiende que sirviera a la perfección el lado chulesco del personaje –magnífico el tenor tinerfeño durante toda la conversación con Sharpless– al tiempo que se quedaba corto a la hora de disfrazarse de tierno y amoroso ante su víctima. Por cierto, ¿es su bigotito una referencia de esta producción escénica al propio Puccini, no precisamente un ejemplo de buen trato a las mujeres en la vida real?


Damián del Castillo se enfrentó a Sharpless con un instrumento más lírico de lo necesario, pero resolvió la papeleta más que satisfactoriamente haciendo gala de una línea de canto muy cuidada y de fina sensibilidad. Gemma Coma-Alabert hizo una más que correcta Suzuki, muy bien cantada y quizá algo impersonal. El Coro de la A.A. del Teatro de la Maestranza no lo hizo mal, pero en el celebérrimo “Coro a bocca chiusa” eché mucho de menos las maravillas que hicieron los de Valencia allá por diciembre de 2009 bajo la batuta de un tal Lorin Maazel. Qué tiempos aquellos…

viernes, 8 de octubre de 2021

La Madama Butterfly de Barbirolli, maravillosamente restaurada

¡Menuda restauración le ha hecho los señores de Warner a la Madama Butterfly que grabó Sir John Barbirolli para EMI en el Teatro de la Ópera de Roma allá por 1966! Escuchado el streaming de alta resolución, la música ofrece una presencia, una naturalidad y una vida sorprendentes para tratarse de un registro de cierta antigüedad. Los graves suenan redondos, ricos en armónicos. Los agudos son prístinos y el soplido de fondo apenas se nota. Por otra parte, la toma original recogía una gama dinámica suficiente y estaba atenta al equilibro de planos. Así las cosas, es una verdadera experiencia escuchar la labor del maestro londinense al frente de la orquesta romana. No solo todo está en su sitio, sin desajuste alguno: es que el análisis de líneas y planos sonoros es un prodigio, lo mismo que la sensibilidad a la hora de difuminar o afilar timbres según proceda.

Desde el punto de vista expresivo, podría pensarse que el adusto y dramático Sir John carga las tintas. No es del todo cierto: aunque el tercer acto va destilando poco a poco una atmósfera de lo más negra hasta alcanzar en la conclusión unas dosis considerables de desgarro, hay también muchísimo de delicadeza, sensualidad y lirismo en su lectura. Y hay, sobre todo, eso tan difícil de definir como inconfundible que se llama cantabilità. Karajan –en el registro con Freni– ofrecerá mayor opulencia sinfónica y refinamiento tímbrico, Sinopoli –también con la de Módena– tratará las texturas con magia insuperable y derrochará elevada poesía, pero Barbirolli supera a ambos en lo que al tratamiento “vocal” del fraseo se refiere: esa manera tan singular de trazar los arcos melódicos es justamente la que asociamos con el canto de Carlo Bergonzi, no en balde el Pinkerton de este registro. Matizadísimo, por cierto, aunque yo prefiero una visión menos complaciente del personaje.

En cualquier caso, lo que importa del elenco es que Renata Scotto es una de las más grandes recreadoras de Cio-Cio-San. Canta muy bien –algún sobreagudo gritado importa poco–, pero lo sobresaliente es cómo esta señora otorga credibilidad dramática a su personaje, marcando su evolución sin caer en la más mínima concesión de cara a la galería. Con ella no hay lugar para la fragilidad, para el ternurismo, ni para la lágrima. Ni siquiera se humedecen los ojos. Pero la Scotto nos deja, literalmente, con el corazón en un puño. Todo ello ofreciendo una visión muy convincente del personaje, todo dignidad y entereza. Aunque no podemos olvidar el timbre más cremoso y el canto más mórbido de la inolvidable Freni, aquí hay una Butterfly de referencia.

Anna di Stasio es una Susuki tan sólida como impersonal. Rolando Panerai hace un Sharpless lleno de humanidad, y Piero de Palma acierta por completo con un Goro en absoluto histriónico ni caricaturizado. En fin, un registro indispensable que gracias a la tecnología recupera ahora todo su esplendor.

sábado, 2 de octubre de 2021

James Bond y Bernarda Alba

Dos breves. Ojo, que hay SPOILER.

Ayer viernes vi No Time To Die. Me gustaron mucho los dos primeros tercios de la cinta, no tanto el último por culpa del villano, desdibujado en el guion y discretamente interpretado por el actor Rami Malek. La película termina como ya muchos estábamos imaginando. Lo que nadie podía esperar es que el homenaje a John Barry que realiza su banda sonora, de la que hablé en una entrada anterior, iba a continuar en los títulos finales con inclusión de We Have all Time in The World no ya como cita en la partitura de Hans Zimmer, sino en su versión original completa dirigida por Barry y cantada por Louis Amstrong, tal y como fue grabada para el disco de On Her Majesty’s Secret Service. Si aquella cinta protagonizada por George Lazenby, probablemente la mejor de toda la saga, ha terminado siendo referencia directa de esta otra que la cierra, no puede haber mejor broche musical que una canción que se cuenta entre las más hermosas que se hayan compuesto. Hasta siempre, James.


He decidido no acudir a La casa de Bernarda Alba esta noche. Primero, porque Miquel Ortega no me gusta como músico y creo que lo voy a pasar mal. Segundo, porque en la puesta en escena interviene Paco López, una persona que me desprecia profundamente. Tercero, porque estoy harto del Villamarta y de sus artistas predilectos. Lo he dicho muchas veces, de ahí la inquina antes referida: su directora Isamay Benavente utiliza el dinero público para beneficiar una y otra vez a la misma persona, que no es otra que su antecesor y maestro el susodicho Paco López. Lo lleva haciendo durante años. ¿Hay algún teatro del mundo en el que un solo nombre acapare tal cantidad de producciones? Entiendo que la señora Bevanente no va a renunciar de manera voluntaria a su cargo, pero como jerezano que paga sus impuestos tengo todo el derecho a desear su inmediata destitución. ¡Ya está bien de tanto descaro! El Villamarta necesita un soplo de aire fresco cuanto antes.

lunes, 27 de septiembre de 2021

Bernarda Alba, ¿ir o no ir?

Este viernes se presenta en el Teatro Villamarta de mi ciudad la ópera La Casa de Bernarda Alba. Estoy desojando la margarita: ¿acudir o quedarme en casa? Veamos pros y contras.

He escuchado bastantes veces a Miquel Ortega en calidad de director de orquesta. Me parece muy malo. Y me irrita que, en determinadas ocasiones, nos lo hayamos tenido que tragar porque "va en el lote" de Carlos Álvarez. Ya saben como funcionan estas cosas: si quieres al barítono malagueño, a lo largo de la temporada tienes que incorporar a determinado número de artistas de mi agencia. Todavía recuerdo cómo Daniel Lipton, imposición del agente de Álvarez y del propio cantante, destrozó de manera inmisericorde la que podía haber sido una de las más grandes funciones del Teatro de la Maestranza, aquel Macbeth con una impresionante Violeta Urmana que acabó –me lo dijo en persona en una firma de autógrafos– muy enojada por culpa del citado batutero. Por no hablar del caso inexplicable, o más bien "perfectamente explicable", de la soprano sevillana Rocío Ignacio, otro nombre aupado a fuerza de agencia.


En calidad de compositor, he escuchado algunas canciones de Miquel Ortega. Me gustan regular tirando a poco: "neoandalucismo" sin interés. No sé cómo le habrá salido la ópera. De las críticas que circulan por ahí desconfío, porque no son pocos los que, por diferentes razones, quieren llevarse bien con Carlos Álvarez y su poderosa agencia. Y en cuanto a los participantes en foros, me consta que algunos son amigos y hasta familiares del compositor y director. Pero por otro lado he descubierto, echando un vistazo a Facebook, que Miquel Ortega es una persona de inteligencia y calidad humana extraordinarias con la que, además, sintonizo en muchas cosas. ¿Le doy una oportunidad?

Luego está el elenco canoro, de enorme atractivo: nada menos que Ana Ibarra, Maribel Ortega, Luis Cansino, Carmen Romeu, la actriz Helena Dueñas... Rotundamente sí, las voces invitan a acudir.

La producción la dirige Javier Hernández, al que creo que nunca le he visto nada. Jesús Ruiz, salvo desmadre que creo que esta ocasión no se producirá –por el argumento de la obra lorquiana–, garantiza la excelencia del vestuario. La luminotecnia corre a cargo de Francisco López, que supongo no es otro que el Paco López de toda la vida, el exdirector del Villamarta que ha acaparado y sigue acaparando una enorme cantidad de producciones propias de lírica, de danza española y de los crossovers que haga falta. Quienes me hayan leído ya saben la extremadamente negativa opinión que tengo de este señor en no pocos sentidos. También como iluminador: cuando se reserva esta parcela en sus propias producciones escénicas, el resultado suene ser de una fealdad supina.

La entrada está entre 20 y 50 euros. Me lo iré pensando y decidiré en el último minuto. En este preciso momento, redactando estas líneas, creo voy a abstenerme.

sábado, 25 de septiembre de 2021

Emotivo homenaje de Hans Zimmer a John Barry en No Time To Die

Soy fan de toda la saga de películas de James Bond –toda ella, desde Connery hasta Craig–, y me gustan muchísimo las canciones y la música incidental –pese a irregularidades y limitaciones no poco importantes– compuestas por John Barry para muchas de esas películas. Tras el aburrimiento supremo de Thomas Newman en las dos últimas entregas, tenía la esperanza de que volviera David Arnold para No Time To Die. Se me pusieron los pelos como escarpias cuando me enteré de que corría a cargo de Hans Zimmer, porque este me parece un señor capaz de lo mejor y de lo peor, de maravillas como Inception o Interstellar y de bodrios como los Piratas del Caribe o los Batman de Christopher Nolan.

 

He tenido la oportunidad de escuchar “de tapadillo” el disco que sale el viernes que viene, justo el día en que se estrena, después de muchísimos meses de espera debido a la crisis sanitaria, la quinta y última película protagonizada por Daniel Craig. Tras un gunbarrel (aquí lo pueden ver y escuchar de manera oficial) que sabiamente quiere enlazar con la tradición, el corte número dos, Matera, se abre con texturas y desarrollos orquestales para mí inconfundibles: ¡Zimmer imitando a Barry, qué maravilla! A llegar al segundo cuarenta se me humedecieron los ojos. No podía creer lo que escuchaba. Lento y paladeado, en cuerdas puramente “barrinianas”, allí estaba el tema de amor más hermoso de todos los compuestos por el británico para la saga, aquel We Have Alll Time In The World que cantaba Louis Amstrong –la grabación final de su carrera– en la que para muchos –desde el citado Nolan hasta un servidor– sigue siendo la mejor película de toda la saga, On Her Majesty’s Secret Service (Peter Hunt, 1969). No solo eso: el breve corte 11, Good to Have You Back, es una orquestación lenta y sinfónica del no menos inolvidable tema principal de aquella película que protagonizara George Lazenby. Vamos, que Zimmer no solo conoce y ama este universo sonoro, sino que sabe dónde se encuentra lo mejor de este y ha decidido homenajearlo con el mayor cariño posible.


¿Bueno, y el resto del disco? La primera mitad me parece formidable, porque el compositor alemán asimila plenamente la lección de David Arnold –en las tres últimas películas de Pierce Brosnan y en las dos primeras de Craig– y ofrece una idónea fusión entre el sonido Bond “de verdad”, es decir, el de John Barry, y el suyo propio. Por supuesto, hay guiños aquí y allá al celebérrimo tema de James Bond de Monty Norman –también al arpegio de guitarra que lo cerraba–, y hay muchos metales estridentes que aluden de manera directa al Barry style. Con la excepción de la horterada de Cuba Chase, el resultado es formidable. Y la otra mitad –parece que los tracks están secuenciados siguiendo el orden de la película- es más claramente Zimmer. Y no del mejor posible: bajo rítmico eterno y machacón, acordes de sintetizador traducidos a la orquesta sinfónica, altisonancia fuera de lugar… En cualquier caso, no le voy a negar capacidad para trabajar con materiales sonoros muy diversos ni para generar atmósferas de tensión.

La canción, compuesta por una tal Billie Eilish que al parecer es famosísima, ya la conocíamos de justo antes de que llegara a nuestras vidas el coronavirus. Me parece correcta sin más. A lo largo de la saga las hay infinitamente mejores, pero también mucho peores. Se escucha con cierto agrado y cuenta con un buen arreglo orquestal del propio Zimmer, quien a su vez integra la melodía con considerable acierto en varios momentos de su propia partitura. También en el final, que…

SPOILER GRANDE AQUÍ

 

… parece indicar tanto por el título del corte, Final Ascent, como por la música propiamente dicha, que ocurrirá lo que muchos andamos sospechando: quizá haya que decir a James Bond adiós para siempre.

lunes, 20 de septiembre de 2021

Comienzo de curso

Esta entrada es simplemente para pedirles disculpas por la poca actividad que está conociendo el blog. La razón es muy sencilla: el comienzo del curso escolar resulta muy complicado y me exige plena dedicación. Espero publicar en unos días una discografía comparada del Concierto para piano nº 1 de Tchaikonsky. Mientras tanto, me pueden ver explicando el Doríforo. Gracias y hasta pronto.



Sensacional debut discográfico de Lahav Shani y Múnich

En 2019 quedé hondamente impresionado por el Pelleas und Melisande de Schönberg que vi en un video, actualmente no disponible, en el que en...