jueves, 27 de agosto de 2020

Barenboim, Pires y la más grande Cuarta de Schumann

Este concierto lo transmitió en directo la Digital Concert Hall el 8 de junio de 2019. Celebraba los 50 años (¡ahí es nada!) de Daniel Barenboim poniéndose al frente de la Orquesta Filarmónica de Berlín con el mismo programa de aquella ocasión: Sinfonía nº  95 de Haydn, Concierto nº 4 de Beethoven y Sinfonía nº 4 de Schumann. Suponía, además, el primer encuentro entre el músico de Buenos Aires y Maria João Pires, tras una cancelación a última hora de Radu Lupu por enfermedad. Los resultados me impactaron tanto que fue incapaz de escribir. Lo voy a intentar ahora que he vuelto a ver el concierto, esta vez en mi nuevo televisor 4K: fue filmado con esa tecnología y ahora ofrece una imagen excepcional, además de una toma sonora que felizmente se realizó a volumen muy bajo, y por ello no sufre esa compresión de la gama dinámica que se aprecia en algunas filmaciones de esta plataforma.

 

La descomunal interpretación de Haydn es toda una bofetada en la cara a los que consideran que las maneras “históricamente informadas” son necesariamente más adecuadas. Está claro que esta Sinfonía nº 95 no suena en absoluto como sonaba en vida del compositor, pero esto no quiere decir que no se haga justicia a su música. Todo lo contrario. Este es un Haydn con carne sonora y sangre expresiva, ajeno a esas anemias con la que algunos artistas –HIP o no– abordan este maravilloso universo sonoro. Un Haydn que, además, suena precisamente a eso, a Haydn, con toda su rusticidad bien entendida (¡no confundir con falta de refinamiento!), con su elegancia viril, su humor jocoso, su reconfortante calidez humana –nada que ver con el sabor agridulce de Mozart– y también con sus claroscuros teatrales: el Finale alcanza una potencia que parece anunciar a Beethoven, lo que en absoluto resulta un disparate. Que no encontremos aquí el pathos que hallaba un Klemperer es lo de menos: el de Breslau, siempre punto y aparte, es demasiado personal como para ser comparado con cualquier otro. La orquesta está increíble (¿cuántas décadas hará que no ofrece un Haydn así?), empasta maravillosamente y se entrega por completo en la expresión, al tiempo que el violonchelista Ludwig Quandt demuestra enorme altura en sus importantes intervenciones.

Podía haber sido muy desafortunado este encuentro de dos artistas tan distintos entre sí, al menos en Beethoven, como Barenboim y la Pires. Felizmente, ambos pusieron de su parte y nos entregaron una interpretación maravillosamente apolínea en la que Barenboim recreó la obra de manera mucho más lírica de lo en él habitual, menos teatral y menos contrastada, sin grandes fogosidades en el movimiento conclusivo, al tiempo que se centraba en el vuelo lírico, la belleza sonora y el equilibrio, mientras que Pires se dejaba de preciosismos, de delicadezas y de blanduras y se concentraba mucho más a la hora de destilar poesía, haciendo gala de un perfecto dominio de la pulsación y de una cantabilidad maravillosa; aún así, una mayor tensión interna y un más desarrollado sentido de los claroscuros, por no decir una más amplia variedad expresiva, hubieran sido bienvenidas por su parte. Los portentosos solistas de la orquesta cantaron en absoluta sintonía y redondearon una interpretación de enorme altura. De propina, y enlazando con la segunda parte del concierto, una curvilínea recreación de “El pájaro profeta” de Schumann.

En la Sinfonía nº 4 de este último autor el maestro da una vuelta más de tuerca al enfoque de su registro para Teldec dieciséis años anterior. Obviamente esta es una versión que no quiere saber nada de ese Schumann alado y esquizofrénico que se viene últimamente a reivindicar. Antes el contrario, Barenboim entronca con la pura tradición interpretativa centroeuropea de localizar en él las semillas de Brahms, incluso de Bruckner, y por ello reivindica aspectos tan denostados por las maneras HIP como pueden ser la densidad sonora y expresiva, la nobleza en el fraseo, la atmósfera cargada, la hondura meditativa y la grandeza visionaria, además de un concepto que viene directamente de Furtwängler como es el tratamiento orgánico del fraseo, concibiendo la partitura como una única transición desde la primera nota hasta la última. Ningún disparate para esta obra en concreto, claro está: recuerden cómo está escrita esta op. 120.

Pero que nadie se piense que estamos ante una visión eminente gótica, menos aún masiva o pesadota. Volver a escucharla me ha permitido reparar en que, a pesar de todo lo expuesto, hay mucho de clasicismo en esta lectura. Particularmente en un primer movimiento lleno de equilibrio, denso pero al mismo tiempo pleno de agilidad, hermosísimo en lo sonoro sin que haya delectación alguna, apolíneo pese a estar recorrido por la emoción. Barenboim quiere mirar tanto el futuro como al pasado. El Andante tampoco quiere cargar las tintas y encuentra el balance perfecto entre vuelo lírico, ternura y amargor, fraseando con perfecta lógica y añadiendo  algunos asombrosos descubrimientos. Tras un irreprochable Scherzo viene una transición todavía más genial que las que hasta ahora le habíamos escuchado, en no sé ya cuantos conciertos, discos y retransmisiones, al maestro porteño; toda una demostración de técnica de batuta y de virtuosismo por parte de la increíble formación berlinesa, que supera no solo a la Staatskapelle de Berlín, sino también a todas cuantas orquestas se han acercado a esta sinfonía. Se les veía satisfechos, por cierto, como diciendo “por fin hacemos una interpretación normal de esta partitura, y no lo de Rattle”.

Tras un Finale rebosante de energía, de fuerza y de emoción –aquí sí, el maestro se pone más Florestán que Eusebio–, aunque sin ceder al arrebato, sino manteniendo siempre un perfecto control, la obra se cierra con una coda electrizante. El público estalla en medio de su prolongado acorde final y se entrega con un entusiasmo muy superior al que se suele escuchar en esta misma Digital Concert Hall. Y es que el respetable tenía clarísimo que lo que había presenciado no era nada “normal”, si siquiera dentro de la altísima calidad media que preside las interpretaciones de la Berliner Philharmoniker. Se trataba, quizá, de la más modélica e indiscutible Cuarta de Schumann que se haya escuchado.

domingo, 23 de agosto de 2020

Karajan, despistadísimo en Bach y Stravinsky

El nombre de Herbert von Karajan no suele encontrarse asociado a los de Johann Sebastian Bach e Igor Stravinsky. Con razón, me temo. Buen ejemplo de ello lo tenemos en este disco que el maestro grabó para Deutsche Grammophon al frente de su Filarmónica de Berlín entre 1975 y 1979: Magníficat –versión revisada– del primero y Sinfonía de los salmos del segundo.

 

En Bach Karajan despliega sonoridades poderosas y musculadas, brillantez y enorme fuerza expresiva, como también sensualidad, refinamiento y gran cantabilidad cuando ello es necesario. Sencillamente ideal para el Magnificat, en principio, pero hoy día uno no puede dejar de desear una articulación más incisiva, menos laxa, así como un diferente equilibrio de masas instrumentales: en los coros inicial y final, la cuerda berlinesa no deja escuchar apropiadamente los diseños de las maderas. En cualquier caso, el principal problema de esta interpretación está en el Coro de la Deutschen Oper, bastante por debajo de lo deseable. Anna Tomowa-Sintow y Benjamin Luxon están bien, mejor aún Agnes Baltsa, pero Peter Schreier, tantas veces sensacional en este repertorio, no está a su nivel habitual. ¿Cómo es eso posible en una grabación que se realizó, agárrense, en febrero de 1975, diciembre de 1977, enero de 1978 y enero de 1979? ¿De verdad no hubo fecha para obtener una toma mejor?

La Sinfonía de los salmos sí que se realizó de un tirón, en febrero de 1975. Karajan apuesta por un carácter marcadamente gótico, lo que produce fascinantes resultados en la primera parte del tercer salmo, pero su acercamiento global muestra un despiste estilístico supino: sonoridades difuminadas, blanduras diversas y falta de atención a la incisividad rítmica esencial en el compositor. El coro, mostrando todavía con mayor crudeza sus limitaciones, termina relegando esta interpretación a una muy discreta segunda fila. 

Ah, si quieren saber más sobre esta obra genial de Stravinsky, pueden consultar la siguiente entrada de Ángel Carrascosa.

sábado, 22 de agosto de 2020

Se abren los comentarios (... o no)

Esta entrada es para anunciar que vuelvo a abrir el blog a comentarios. Me vi obligado a cerrarlo –lo he tenido que hacer varias veces– por culpa de los graves insultos recibidos por parte de algunos lectores, como también por la insistencia de algún troll que viene de Úbeda y que últimamente, por algún otro sitio, se hace pasar por argentino (!).

Por ello mismo voy a dejar las cosas claras: quien quiera provocarme u ofenderme, puede hacerlo libremente EN SU PROPIO BLOG o EN SUS REDES SOCIALES. En esta que es mi casa virtual, NO SE LO CONSIENTO. Lo mismo va para trolls y agitadores diversos, con o sin pseudónimo. Si las cosas vuelven a ir mal, cierro de nuevo. He dicho.

viernes, 21 de agosto de 2020

Jerusalén, ciudad de las dos Paces: Savall por la Paz

En la entrada anterior hablé de patrias y banderas. De mi absoluta descreencia en todas ellas, en tanto que sean sinónimos de sumisión incondicional, de obligaciones sentimentales impuestas por el nacimiento, de falta de reconocimiento de los valores de la alteridad –cuando no desinterés o abierto desprecio–, o de la invocación a esos conceptos como medio de someter y/o movilizar a la población para conseguir determinados fines que a veces pueden ser imprescindibles para el bienestar de la colectividad, a veces ocultan los oscuros intereses de las oligarquías de turno. Y también dejé claro que no por todo ello dejo de sentirme parte de la colectividad en la que me integro –Andalucía, España y Europa– ni de un universo cultural –el legado del mundo clásico más la herencia judeocristiana– que me parece maravilloso.

Ahora quisiera añadir algo más: mi firme creencia en la necesidad de desarrollar los valores espirituales del ser humano y de las sociedades. Valores que no necesariamente implican una concepción teísta del universo, ni menos aún la adscripción a una fe determinada. Se puede ser agnóstico –es mi caso– o ateo y desarrollar por completo esos valores, al igual que uno puede ser estricto en las prácticas de su religión y carecer por completo de esa dimensión espiritual.

Supongo que no hará falta decirles que considero el arte en general y la música en particular como puntos clave para el desarrollo de esa dimensión. Sí, ya sé que los ejemplos del uso de la creación artística para apoyar las más repugnantes acciones de unos seres humanos sobre otros ha sido una constante en la historia. Pero no es menos cierto que es esa misma labor creativa –pienso ahora en la Novena de Beethoven, manipulada por Hitler y sus secuaces– una de las principales herramientas para enfrentarnos a ellas, para reconocer que muy por encima de las circunstancias que nos hacen diferentes a unos de otros, se encuentra un único Espíritu. Ese arte y esa música no solo nos hacen verdaderamente humanos, elevándonos muy por encima de la mera animalidad de la que partimos: son el punto de encuentro con esa alteridad que en realidad no es tal.

 

Perfecta plasmación de este ideario la encuentro en uno de los discos más hermosos que yo haya escuchado nunca: Jerusalén, la ciudad de las dos Paces. Se trata de uno de los libros-disco de Jordi Savall en torno a determinados temas históricos; a mi entender, del mejor de ellos. El contenido viene en dos SACD de soberbia toma sonora registrados entre 2007 y 2008 al frente de sus habituales conjuntos instrumental (Hespérion XXI) y vocal (La Capella Reial de Catalunya) más una no pequeña serie de músicos invitados procedentes de casi todos los países en torno al Mediterráneo. El resultado es un ensemble más all-stars que nunca: uno no puede sino derretirse escuchando a gente como Andrew Lawrence-King, Dimitris Psonis, Pierre Hamon, Begoña Olavide –en doble cometido vocal e instrumental–, Pedro Estevan, y un largo etcétera. Incluso Arianna Savall y Fahmi Alqhai realizan sendos cameos. Más la voz de la malograda Montserrat Figueras y el arco del propio Jordi Savall, eso por descontado.

¿Y la música? Exactamente lo esperable: remotísima tradición hebrea, canciones sefardíes, conductus, cantigas de Santa María, invocaciones musulmanas, marchas turcas… y una escalofriante oración por los fallecidos en Auschwitz registrada en 1950 por un cantante que se libró de la cámara de gas precisamente por cómo cantó la plegaria cuando iba a ser ajusticiado. A todos esos ingredientes se añaden las “trompeta de Jericó” (sic) dispuestas a derribar las “barreras del espíritu”. Todo ello lo mete el de Igualada en la coctelera de su habitual e inconfundible sonido, echándole muchísima (¿demasiada?) fantasía al asunto y procurando limar diferencias para acercar unas músicas a las otras, pero siempre haciéndolo con exquisito gusto, virtuosismo extremo en todos y cada uno de los componentes del ensemble y enorme capacidad para dialogar, para escucharse, algo tan fundamental en la música antigua como en la que no lo es tanto.

En realidad, estamos muy cerca de los planteamientos de Daniel Barenboim y su West-Eastern Divan. No se trata solo de juntar a artistas de procedencias y creencias diferentes y hasta enfrentadas entre sí, sino de hacerles dialogar en lo musical. El de Buenos Aires lo ha dicho mil veces: es imposible hacer una buena interpretación si los intérpretes no saben escucharse de verdad. La música no es sino una metáfora. Solo escuchando, comprendiendo y encontrando una réplica sensata para el discurso del otro –lo que no significa darle la razón, el maestro también ha insistido en ello– se pueden alcanzar la Armonía –el equilibrio entre las partes y el todo, entre el individuo y la colectividad, según el concepto de la Grecia clásica– y, por ende, la estabilidad, la integración y la Paz. Y esta última palabra es, precisamente, el eje de todo el proyecto musical de Savall. ¿Que es independentista catalán? Pues sí, en su derecho está. Tampoco conozco a muchas personas que hayan hecho tanto por el patrimonio musical de España (sí, de Es-pa-ña) a lo largo de los últimos cuarenta años.

Escuchen este disco. Está en las plataformas habituales, pero les recomiendo la compra: la presentación es una maravilla visual y ofrece muchísima información para comprender, para reconocer y también para amar a todas estas músicas, a estas religiones y a estas culturas. Solo así, insisto, reconociendo y amando, seremos seres humanos en toda la dimensión que nos corresponde.

jueves, 20 de agosto de 2020

Sobre patrias y banderas

Esta mañana he tenido una conversación con un amigo en la que este en un momento dado, para criticar a determinada persona, me apostillaba sobre que “además, independentista”. A raíz de la réplica que realicé he decidido escribir estas líneas. Porque me parece necesario dados los tiempos que corren, y también porque –quién sabe si estoy en mis últimos meses de vida– cada vez le pongo menos reparos a decir las cosas tal y como las siento. No, ya no le tengo miedo a comentarios como el que una vez me hizo un (ex) compañero de trabajo acusándome de “no amar a la patria” por no sentir en mi fuero interno ascos hacia el independentismo catalán.

 

Miren ustedes, eso del amor a la patria, a la bandera, a sus símbolos y a toda la parafernalia que la rodea no es en absoluto un deber. En todo caso, fue una necesidad en otros tiempos, aquellos en los que era necesario articular ideológicamente e inyectar emocionalmente una serie de valores que sirviesen para que la colectividad no solo actuase de manera decidida y compacta a la hora de defender las fronteras del propio territorio, sino también a las de invadir el espacio ajeno sin otra justificación que la de la grandeza de la nación propia. Lo que implica, por si alguien no se había dado cuenta, que los jóvenes y no tan jóvenes habrían de garantizar la plena disponibilidad de sus personas y de sus vidas para defender o dar lustre a esa patria a la que supuestamente se debían.

También fue ese sometimiento incondicional a la bandera un recurso imprescindible para que los individuos no replicasen a la hora de someterse la oligarquía de turno, ni se atreviesen a poner en duda el sistema económico, social y político establecido. Obedecer es muchas veces difícil. Pero si esa obediencia se transforma en la sumisión que viene dada por el amor, por la creencia irracional –ajena a la crítica a partir de análisis racionales– en una serie de “verdades reveladas” que no pueden discutirse, porque presuntamente vienen dadas a partir del nacimiento y la pertenencia a un determinado colectivo, entonces el mantenimiento de un determinado orden –mejor o peor– y el impulso de las empresas bélicas –necesarias o no– resulta mucho más sencillo.

¿Implica este razonamiento que resulta ridículo identificarse con los valores de nuestra colectividad, desear lo mejor para quienes nos rodean o defender nuestras fronteras en caso de necesidad? En absoluto. Lo que sí quiero decir es que nadie tiene sentirse obligado por el mero hecho de su nacimiento, ni menos aún tiene que conducir a despreciar a quienes sientan de manera diversa, para ser un “verdadero patriota”. Para quien esto firma, lo importante no es amar a ese concepto llamado “patria”, sino desear y procurar la felicidad para lo demás seres humanos con los que comparte espacio y, por ende, organización social y política. Ello implica reconocer la pluralidad –cualquier pluralidad: política, sexual, religiosa, folclórica o lo que haga falta– y ser tolerante con ella dentro de esos límites razonables que no permitan que el exceso de tolerancia conduzca a justamente lo contrario.

Por todo ello, no siento ni reconozco ninguna patria andaluza, ni patria española ni patria catalana, al mismo tiempo que me siento plenamente andaluz y plenamente español, estoy por completo satisfecho de serlo –no cambiaría por mi nacionalidad por ninguna otra– y comprendo que una persona que se haya criado en el País Vasco o en Cataluña ame una presunta patria llamada Euskadi o Catalunya y piense –creo que muy erróneamente– que otra nación llamada España les tenga invadidos y sometidos desde hace tiempo. Y pareciéndome negativo el fenómeno de desarticulación del actual estado español, jamás creeré que el odio visceral a quienes impulsan este proceso centrífugo sea una buena forma de paliarlo. Todo lo contrario: si amásemos a los demás seres humanos –en sus peculiaridades, en sus grandezas y en sus miserias– muy por encima de las banderas que supuestamente nos representan, se acabarían esos problemas nacionalistas de aquí, de allí y de mucho más allá que tantísimos males han traído y seguirán trayendo.

 

PD. En la foto, de hace ya algunos años, estoy tomando cerveza y salchicha en Múnich, una de mis "patrias" preferidas. A mucha honra.

martes, 18 de agosto de 2020

Sinfonía nº 2 de Mahler por Klemperer: la cuadratura del círculo

He vuelvo a escuchar, por enésima vez, la interpretación que de la Sinfonía nº 2 de Gustav Mahler grabó Otto Klemperer en noviembre de 1961 y marzo de 1962 en el Kingsway Hall de Londres al frente de la formidable Philharmonia Orchestra y del no menos increíble Philharmonia Chorus, a la sazón dirigido por Wilhelm Pitz. Un verdadero clásico del disco ante el cual nada interesante puede un servidor añadir. Sin embargo, no me resisto a escribir estas líneas para manifestar mi asombro ante la manera en que este señor, a sus setenta y seis años de edad, se ingenió para conseguir la cuadratura del círculo, es decir, para luchar contra la propia esencia de una música que es ante todo “romántica”, apasionada, extrema en los contrastes, refinadísima y vulgar al mismo tiempo, elegante y alucinada, lírica y estruendosa, con frecuencia reiterativa, narcisista en extremo, y todas esas cosas que ustedes ya saben; luchar contra ella, decía, y no solo salir ileso del enfrentamiento, sino conseguir además subrayar los valores más interesantes de la partitura, decir cosas nuevas e incluso (¿es posible mayor contradicción?) resultar emotivo. 

 

Todo ello, además, haciéndolo desde el pleno conocimiento de lo que se tiene entre manos. Podrán venir muchos intérpretes “históricamente informados” a decirnos que esto se ha de hacer de esta manera o de otra, pero Klemperer tuvo la oportunidad de dirigir la banda interna con el mismísimo Mahler en el podio. ¿Acaso se puede estar más “históricamente informado”? Otra cosa es que el de Breslau, genio y figura, se pasara en mayor o menor medida las indicaciones del compositor por el forro. Él se lo podía permitir.

Así las cosas, Herr Klemperer decide ofrecer un primer movimiento poco o nada gótico, es decir, todo lo contrario de lo que se suele esperar de esta música. Nada de lentitudes, atmósferas cargadas, sonoridades oscuras y amenazantes, silencios que pesan como losas, juegos infinitos con la agógica y la dinámica… Nada de nada. Tempo rápido, poca flexibilidad, sonoridades virulentas y muchísima mala leche. No hay luto ni cambios de estado anímico, y sí una batalla implacable, decidida y perdida de antemano contra el destino inevitable que nos espera a todos. Las líneas de tensión, esas magistrales líneas de tensión diseñadas por Mahler, se evidencian, se tensan y nos atrapan desde el primer compás.

A continuación, un Andante moderato rápido y nada complaciente. Ni rastro de trivialidad, de dulzura ni –menos aún– de cursilería, pero sin dejar de cantar las melodías con plena luminosidad ni de subrayar los aspectos más atormentados de la página. Lo mejor, como era de esperar, llega con el tercer movimiento: Klemperer está en su salsa destilando humor negro y mala leche, y no digamos su orquesta (¡qué maderas, únicas e incomparables, tuvo la Philharmonia!). En cualquier caso, uno no sabe si admirar más cómo el maestro y sus músicos interpretan los pentagramas o cómo los diseccionan, porque no se puede ir más allá en claridad y precisión.

En el lied Klemperer no baja la guardia y se mantiene en la distancia, procurando que suene lo menos acaramelado posible. Hace bien, pero hubiera sido imprescindible la intervención de Janet Baker, presente en su registro en vivo de 1965, para terminar de convencer: Hilde Rössl-Majdan necesita una voz con más cuerpo y mayor emotividad en la expresión. Y el gran monumento final, pues ya se sabe, granítico e imponente, sobrio y directo al grano, con todo bajo control y pocas libertades, pero siempre con una tensión tan soterrada como constante y una perfecta planificación global de la arquitectura. ¿Y cómo ve la resurrección este maestro judío, católico, agnóstico y rabiosamente ateo? Pues más desde la tierra que mirando al cielo, pero con una intensísima necesidad de creer en más allá hay algo más. Elisabeth Schwarzkopf está maravillosa, lo mismo que el coro.

La grabación sonó siempre mal en compacto. Ahora he tenido la oportunidad de escuchar un SACD editado en Japón por Tower Records y la mejoría es escandalosa. ¿No podrían los señores de EMI distribuir comercialmente un nuevo y más decente reprocesado en Europa?

domingo, 16 de agosto de 2020

John Williams en Viena: el Blu-ray

En la entrada anterior comenté el contenido de la edición en “solo audio”, disponible en CD y en las plataformas de streaming habituales, de John Williams in Vienna. Voy ahora a por la edición “de luxe”, que tuve la precaución de reservar en Amazon hace meses: los que se han apuntado a última hora tendrán que esperar.

 

¿Qué contiene exactamente este lanzamiento? Deutsche Grammophon no ha sido muy explícita al respecto, a decir verdad. Trae dos discos. Uno es el CD “normal”, con trece pistas que suman 75 minutos de música. El otro es un Blu-ray que contiene al mismo tiempo “audio solo” y vídeo. En “audio solo” se reproduce exactamente el contenido del CD, pero en tres pistas de sonido: estéreo DTS-HD MA a 96 kHz, 5.1 DTS-HD MA a 48 kHz y Dolby Atmos 7.1 asimismo a 48 kHz. Es decir, que el CD en principio sobra, porque aquí tenemos lo mismo con muchísima más calidad técnica. Hay que advertir que la última pista solo ha de ser útil a aquellos privilegiados que tengan un amplificador que reproduzca tal sistema y, además, un equipo de cajas acústicas ad hoc, es decir, con dos de ellas en el techo o bien encima de las cajas frontales mirando hacia arriba; no es mi caso, que tengo un 7.1 “tradicional” con cajas laterales y traseras. Yo he escuchado las otras dos, y no hay color: infinitamente mejor la 5.1 que la 2.0. ¡Todavía hay quienes se empeñan en hacer ascos al multicanal! En fin, ellos se lo pierden.

Luego está, en ese mismo Blu-ray, lo verdaderamente interesante: la filmación del concierto –una de las dos veladas con el mismo programa– que John Williams, Anne-Sophie Mutter y la Filarmónica de Viena ofrecieron en enero de 2020 en la Musikverein entre un público muy, pero que muy distinto de aquel que acude el 1 de enero: generación de los setenta, con toda claridad y con absoluta lógica, pues los más grandes admiradores del compositor norteamericano somos los que nos criamos con Star Wars, Indiana Jones y E.T. Dos horas y ocho minutos de concierto, con mucha música que se quedó fuera del CD. ¿Cuál? Pues todo lo de la Mutter, con excepción de The Witches of Eastwick, que sí que había salido. En concreto, aquí podemos escuchar a la violinista alemana luciendo su increíblemente bello sonido y su alucinante virtuosismo desgranando temas de Harry Potter, Sabrina, Far and Away, Cinderella Liberty, The adventures of Tintin y Schindler’s List. Todo ello tal y como aparecía en el disco Across the Stars, grabado asimismo para el sello amarillo y ya comentado aquí: no voy a repetirme. Lo que sí conviene advertir es que, en las piezas sin Mutter, lo que se escucha en la filmación no es exactamente lo mismo que en el “solo audio”: allí las piezas están grabadas sin público, o al menos sin aplausos, muy probablemente mezclando los ensayos con los conciertos (así es como se suele hacer: lo pude comprobar cuando asistí a las sinfonías de Beethoven por Barenboim en Colonia). En el vídeo –obviamente– hay público, hay aplausos y hay locuciones de Williams al respetable, aunque subtituladas tan solo en inglés y alemán.

Y ahora viene lo mejor. La calidad de sonido es sensacional, yo diría que óptima, particularmente cuando se escucha en surround: la acústica de la sala está perfectamente recogida, y hasta se percibe con claridad la reverberación del violín de Mutter cuando en solitario toca las cadenzas. La Filarmónica suena espaciada y con unos graves impresionantes. Para escuchar una orquesta sinfónica grabada con la misma calidad hay que acudir a los lanzamientos en Blu-ray del sello CMajor: Bruckner de Barenboim, Mahler de Chailly y cosas así. Pero lo de la imagen va más allá. Les aseguro a ustedes que nunca, nunca he visto una filmación de música clásica con semejante calidad: definición, iluminación, contraste… El color negro es asombroso. Y no, no se trata de 4K, sino de un Blu-ray normal y corriente.

De propina, media hora de entrevistas –subtítulos de nuevo en inglés y alemán– bastante más interesantes que las que venían en Across the Stars. Me ha llamado la atención lo que dice Mutter del Concierto de Alban Berg: que funciona mejor en estudio que en directo. Y Williams confiesa que no fue decisión suya incluir la “Marcha Imperial”, sino una petición a última hora de la orquesta, cuyos metales –de ellos venía la solicitud– tenían ganas de soltarse la melena. Pues nada, todos contentos.

Creo que no hace falta decir más. Quien haya leído hasta aquí ya sabrá que debe olvidar el CD y optar por esta edición, más cara pero muchísimo más jugosa. Obligatoria para todo aficionado a la música de cine y muy, pero que muy recomendable para cualquier clase de melómano. Y digno broche final a una carrera longeva y jalonada por merecidísimos éxitos. Te queremos, John.

Sensacional debut discográfico de Lahav Shani y Múnich

En 2019 quedé hondamente impresionado por el Pelleas und Melisande de Schönberg que vi en un video, actualmente no disponible, en el que en...