Un cajón de sastre para cosas sobre música "clásica". Discos, conciertos, audiciones comparadas, filias y fobias, maledicencias varias... Todo ello con centro en Jerez de la Frontera, aunque viajando todo lo posible. En definitiva, un blog sin ningún interés.
viernes, 30 de agosto de 2019
Mutter-Williams: ¡no se lo compren!
Hoy se ha puesto a la venta el disco Anne-Sophie Mutter interpretando música de John Williams bajo la dirección del compositor. Ya se encuentra disponible en las plataformas habituales. Me lo he escuchado dos veces. ¡Es maravilloso! Pero no se lo compren, por favor. ¿Y eso? Pues porque los simpáticos chicos de Deutsche Grammophon sacan dentro de un mes una edición especial en dos discos con más música. Menos mal que no caí en la trampa...
martes, 27 de agosto de 2019
Kirill Petrenko abre su etapa en Berlín: Beethoven jibarizado
Parece en los primeros acordes que esta va a ser una versión “semi-H.I.P.”, a la manera de las de un Rattle o un Paavo Järvi. Falsa impresión: en sonoridad y en articulación, la Novena de Beethoven ofrecida por Kirill Petrenko en su debut como titular de la Filarmónica de Berlín frente a una audiencia multitudinaria en la Puerta de Brandeburgo el pasado sábado 24 de agosto no atiende a parámetros “históricamente informados”. Pero sí hay un claro deseo por parte del maestro ruso de desafiar a la tradición, o a cierta manera de entender la misma. Adiós a lentitudes, a silencios que pesan como losas y a tensiones que se van acumulando poco a poco. Adiós a la música entendida al mismo tiempo como reflexión espiritual y como experiencia catártica. Adiós al Beethoven atmosférico, lleno de brumas y de carga filosófica, visionario en sus clímax y profundamente panteísta. Bienvenido un Beethoven jovial, ameno y distendido en el que priman la efervescencia, la belleza sonora y los grandes efectos para captar de la manera más rápida la atención del espectador y no exigirle a este que realice esfuerzo para disfrutar de la partitura. Bienvenidos todos a un Beethoven postmoderno, acorde con la sensibilidad y las prioridades de unos tiempos en los que la cultura del esfuerzo y de la reflexión han sido sustituidos por el golpe de efecto y la respuesta rápida e instintiva en forma de like. Bienvenidos a un Beethoven que, lo expresaré suavemente, a mí me ha parecido una puta mierda.
El primer movimiento es una de las cosas más bochornosas que un servidor le haya escuchado a un director famoso en mucho tiempo. En tan solo 14’21’’ se lo despacha un Petrenko que, por cierto, gesticula de manera tan excesiva que verle resulta cargante. No me parece improcedente comparar la duración con grabaciones realizadas por la misma orquesta: Furtwängler (1942) 17’19’’, Jochum 16’21’’, Fricsay 16’41’’, Cluytens 18’10, Karajan en los sesenta 15’30’’, Karajan en los ochenta 15’36, Giulini 17’05’’, Abbado (en DG) 14’24’’, Rattle 15’20’’. Ciertamente va rapidito este hombre, más incluso que Abbado. Pero el problema no es ese. Lo censurable es el carácter lineal con que está interpretada la monumental página, la ausencia de sentido orgánico en su desarrollo, la escasa progresión de las tensiones, la concepción de los clímax como mera acumulación de decibelios y la falta de “aire”, de naturalidad, en un fraseo atropellado y ajeno a cualquier intencionalidad expresiva. Que la ejecución sea formidable y que la batuta clarifique el tejido polifónico con virtuosismo no salvan del desastre a esta ejecución que termina con una coda de vergüenza ajena: ¿se puede decir más de pasada un pasaje tan extremadamente genial?
El Scherzo me ha gustado. Obviamente no se trata, no podría tratarse dadas las circunstancias, de una lectura en clave demoníaca o protobruckneriana. Ni siquiera tiene por qué ser esa la manera más adecuada de ponerlo en sonidos. Se puede leer clave más distendida, festiva incluso, como contraste con los movimientos que lo flanquean, siempre y cuando no resulte pimpante ni escaso de fuelle. Petrenko evita caer en esto último y ofrece una lectura vitalista y contrastada, efervescente en el tratamiento de las maderas y expuesta –pese a la rapidez del tempo adoptado– con una claridad solo reservada a batutas de técnica excepcional. Al trío, eso sí, se le podría sacar más partido en lo expresivo.
Y llega el Adagio molto e cantabile. 12’57’’ le dura a este señor. ¿Comparamos otra vez? Furtwängler 20’06’’, Fricsay 18’00’’, Cluytens 18’10, Karajan en los sesenta 16’35’’, Karajan en los ochenta 15’54, Giulini 18’33’’, Abbado 12’49’’. De nuevo es el milanés el que se más se le aproxima con aquella horrorosa interpretación del año 2000 en el no menos horrendo ciclo grabado para Deutsche Grammophon. Aquí, venturosamente, no hay rastro de las sonoridades ingrávidas de Don Claudio, pero sí detalles propios de la cursilería que alcanzó en la etapa final de su carrera. Lo grave, en cualquier caso, es la mezcla de frivolidad y asepsia con que el maestro aborda la página: los sonidos son bellísimos, pero no se aprecia el menor contenido expresivo detrás de las notas. Por si fuera poco, los dos grandes clímax de la página, momentos de la más excelsa inspiración beethoveniana en los que el compositor nos pone el corazón en un puño preguntándonos sobre el más allá, sobre el más acá o sobre lo que ustedes quieran, están dichos con una clara voluntad de restarles pathos, de hacer como si no estuvieran ahí. Que pasen de largo, no vaya a ser que la gente se haga preguntas incómodas. El resultado es idóneo para tomar café con pastas o para ponerlo de hilo musical en un ascensor, aunque la cámara enfoca a varios espectadores con los ojos cerrados, como si estuvieran en éxtasis ante semejante despliegue de belleza. Lo mismo se estaban durmiendo.
El último movimiento es un verdadero prodigio de virtuosismo (¡qué manera de tensar y de diseccionar la doble fuga!) y Petrenko sabe revestirlo muy adecuadamente de tintes operísticos, pero de nuevo su renuncia a indagar detrás de las notas termina reduciendo esta música a un mero pasatiempo. No es que acentúe en exceso sus valores épicos o cargue las tintas en el espectáculo a la manera de un Karajan, pero de experiencia a la par humanista y panteísta, nada de nada. Tampoco hay espacio para la reflexión: ¡a correr se ha dicho! En el cuarteto vocal destaca el tenor Benjamin Bruns, porque Kwangchul Youn no está ya para muchos trotes, Marlis Petersen lo pasa tan mal en el sobreagudo como casi todas y Elisabeth Kulman no aporta nada especial. El Rundfunkchor Berlin está magnífico, lo mismo que la entregadísima orquesta.
A la postre, los berlineses han conseguido lo que querían: un director titular comprometido con su propio tiempo. Un Beethoven de andar por casa para una era de cerebros jibarizados.
El Scherzo me ha gustado. Obviamente no se trata, no podría tratarse dadas las circunstancias, de una lectura en clave demoníaca o protobruckneriana. Ni siquiera tiene por qué ser esa la manera más adecuada de ponerlo en sonidos. Se puede leer clave más distendida, festiva incluso, como contraste con los movimientos que lo flanquean, siempre y cuando no resulte pimpante ni escaso de fuelle. Petrenko evita caer en esto último y ofrece una lectura vitalista y contrastada, efervescente en el tratamiento de las maderas y expuesta –pese a la rapidez del tempo adoptado– con una claridad solo reservada a batutas de técnica excepcional. Al trío, eso sí, se le podría sacar más partido en lo expresivo.
Y llega el Adagio molto e cantabile. 12’57’’ le dura a este señor. ¿Comparamos otra vez? Furtwängler 20’06’’, Fricsay 18’00’’, Cluytens 18’10, Karajan en los sesenta 16’35’’, Karajan en los ochenta 15’54, Giulini 18’33’’, Abbado 12’49’’. De nuevo es el milanés el que se más se le aproxima con aquella horrorosa interpretación del año 2000 en el no menos horrendo ciclo grabado para Deutsche Grammophon. Aquí, venturosamente, no hay rastro de las sonoridades ingrávidas de Don Claudio, pero sí detalles propios de la cursilería que alcanzó en la etapa final de su carrera. Lo grave, en cualquier caso, es la mezcla de frivolidad y asepsia con que el maestro aborda la página: los sonidos son bellísimos, pero no se aprecia el menor contenido expresivo detrás de las notas. Por si fuera poco, los dos grandes clímax de la página, momentos de la más excelsa inspiración beethoveniana en los que el compositor nos pone el corazón en un puño preguntándonos sobre el más allá, sobre el más acá o sobre lo que ustedes quieran, están dichos con una clara voluntad de restarles pathos, de hacer como si no estuvieran ahí. Que pasen de largo, no vaya a ser que la gente se haga preguntas incómodas. El resultado es idóneo para tomar café con pastas o para ponerlo de hilo musical en un ascensor, aunque la cámara enfoca a varios espectadores con los ojos cerrados, como si estuvieran en éxtasis ante semejante despliegue de belleza. Lo mismo se estaban durmiendo.
El último movimiento es un verdadero prodigio de virtuosismo (¡qué manera de tensar y de diseccionar la doble fuga!) y Petrenko sabe revestirlo muy adecuadamente de tintes operísticos, pero de nuevo su renuncia a indagar detrás de las notas termina reduciendo esta música a un mero pasatiempo. No es que acentúe en exceso sus valores épicos o cargue las tintas en el espectáculo a la manera de un Karajan, pero de experiencia a la par humanista y panteísta, nada de nada. Tampoco hay espacio para la reflexión: ¡a correr se ha dicho! En el cuarteto vocal destaca el tenor Benjamin Bruns, porque Kwangchul Youn no está ya para muchos trotes, Marlis Petersen lo pasa tan mal en el sobreagudo como casi todas y Elisabeth Kulman no aporta nada especial. El Rundfunkchor Berlin está magnífico, lo mismo que la entregadísima orquesta.
A la postre, los berlineses han conseguido lo que querían: un director titular comprometido con su propio tiempo. Un Beethoven de andar por casa para una era de cerebros jibarizados.
lunes, 26 de agosto de 2019
Suites de Bach por Karajan
Herbert von Karajan grabó las Suites para orquesta nº 2 y 3 de Johann Sebastian Bach en agosto de 1964 frente a una plantilla, reducida ma non troppo, de su Filarmónica de Berlín. Las he escuchado en un SACD de procedencia japonesa que suena maravilla. Supongo que los Conciertos de Brandeburgo a cargo de los mismos intérpretes son de las mismas fechas, pero yo me he limitado a escuchar las Suites. Esperaba un horror interpretativo, pero no ha sido así.
La verdad es que este Bach, aun con una singularidad que comentaré luego, me ha gustado. Por supuesto que la orquesta es demasiado grande e inapropiada, que la articulación nada tiene que ver con lo que hoy sabemos que tiene que ser, que los tempi a veces son demasiado amplios y que el maestro, como siempre, se recrea en la opulencia y en las filigranas sonoras. Pero también es cierto que la ejecución está cuidadísima, que la cuerda es puro terciopelo, que el resto de las familias –siempre peligrosos los metales en la BWV 1068– empastan a la perfección sin perder brillantez, que las melodías están cantadas con amplitud y vuelo lírico, e incluso que el clave de Edith Pitch-Axenfeld, aun con algunos tics propios de la época, no es tan parco como por entonces se estilaba.
Las cosas, a la postre, funcionan bastante bien, al menos en una Suite nº 2 que se beneficia de flauta portentosa de Karlheinz Zöller, que ornamenta de manera abundante, exquisito gusto y portentosa agilidad en una Bandinerie muy alada. A la Suite nº 3 se le pueden poner más reparos. Lo han adivinado: en el Aria Karajan se pone en plan “adagiodealbinoni”. Cierra los ojos, detiene el tiempo y entra en un presunto éxtasis místico con resultados sonoros increíblemente bellos, pero desprendiendo insinceridad por los cuatros costados, amén de por completo fuera de estilo. Las secciones inicial y final de la obertura me parecen, por su parte, en exceso lentas e hinchadas. Y lo demás está bastante bien, siempre que aceptemos estos presupuestos interpretativos hoy demonizados por los talibanes de la cuerda de tripa.
La verdad es que este Bach, aun con una singularidad que comentaré luego, me ha gustado. Por supuesto que la orquesta es demasiado grande e inapropiada, que la articulación nada tiene que ver con lo que hoy sabemos que tiene que ser, que los tempi a veces son demasiado amplios y que el maestro, como siempre, se recrea en la opulencia y en las filigranas sonoras. Pero también es cierto que la ejecución está cuidadísima, que la cuerda es puro terciopelo, que el resto de las familias –siempre peligrosos los metales en la BWV 1068– empastan a la perfección sin perder brillantez, que las melodías están cantadas con amplitud y vuelo lírico, e incluso que el clave de Edith Pitch-Axenfeld, aun con algunos tics propios de la época, no es tan parco como por entonces se estilaba.
Las cosas, a la postre, funcionan bastante bien, al menos en una Suite nº 2 que se beneficia de flauta portentosa de Karlheinz Zöller, que ornamenta de manera abundante, exquisito gusto y portentosa agilidad en una Bandinerie muy alada. A la Suite nº 3 se le pueden poner más reparos. Lo han adivinado: en el Aria Karajan se pone en plan “adagiodealbinoni”. Cierra los ojos, detiene el tiempo y entra en un presunto éxtasis místico con resultados sonoros increíblemente bellos, pero desprendiendo insinceridad por los cuatros costados, amén de por completo fuera de estilo. Las secciones inicial y final de la obertura me parecen, por su parte, en exceso lentas e hinchadas. Y lo demás está bastante bien, siempre que aceptemos estos presupuestos interpretativos hoy demonizados por los talibanes de la cuerda de tripa.
viernes, 23 de agosto de 2019
Cuarta de Shostakovich por Michael Sanderling
Michael Sanderling (Berlín, 1967) ha grabado la integral de las sinfonías de Shostakovich al frente de la Filarmónica de Dresde para Sony Classical. Como tenía gran curiosidad por saber si es tan gran intérprete del autor de La nariz, me he decidido por escuchar una de mis preferidas de entre las quince, y desde luego una de las más exigentes en las que a técnica de batuta y expresión se refiere: la Sinfonía nº 4. Me ha decepcionado, aunque sea relativamente.
En el lado positivo, hay que admirar la atentísima, minuciosa y clarificadora labor de análisis orquestal que realiza el maestro, que va desgranando la partitura sin la menor prisa y sin intención alguna de epatar, poniendo de relieve la excelencia de la escritura y obteniendo el mejor provecho de una orquesta estupendamente recogida por una toma sonora de gran naturalidad tímbrica y de apreciable relieve. A nivel interpretativo las cosas no funcionan con igual fortuna. Es perfectamente válido que Sanderling hijo se aparte de la visceral mirada expresionista de un Rozhdestvensky y se aproxime a las fantasmagorías de Rostropovich. Por ende, no es de reprochar que la tímbrica no sea particularmente incisiva ni se subrayen los aspectos más grotescos de la música. Pero lo cierto es que la atmósfera malsana no está del todo conseguida, ni los momentos escalofriantes logran ponernos los pelos de punta, ni se aprecian los adecuados contrastes expresivos en una obra que está llena de ellos. Particularmente defrauda el tercer movimiento, quizá llevado con excesiva lentitud y con unas tensiones que, sencillamente, no progresan como debieran; la escalofriante cola, que aquí alcanza casi los seis minutos, sí que está conseguida, aunque desde un ángulo antes misterioso que nihilista.
No sé si encontraré tiempo de escuchar más de la integral. Veremos.
En el lado positivo, hay que admirar la atentísima, minuciosa y clarificadora labor de análisis orquestal que realiza el maestro, que va desgranando la partitura sin la menor prisa y sin intención alguna de epatar, poniendo de relieve la excelencia de la escritura y obteniendo el mejor provecho de una orquesta estupendamente recogida por una toma sonora de gran naturalidad tímbrica y de apreciable relieve. A nivel interpretativo las cosas no funcionan con igual fortuna. Es perfectamente válido que Sanderling hijo se aparte de la visceral mirada expresionista de un Rozhdestvensky y se aproxime a las fantasmagorías de Rostropovich. Por ende, no es de reprochar que la tímbrica no sea particularmente incisiva ni se subrayen los aspectos más grotescos de la música. Pero lo cierto es que la atmósfera malsana no está del todo conseguida, ni los momentos escalofriantes logran ponernos los pelos de punta, ni se aprecian los adecuados contrastes expresivos en una obra que está llena de ellos. Particularmente defrauda el tercer movimiento, quizá llevado con excesiva lentitud y con unas tensiones que, sencillamente, no progresan como debieran; la escalofriante cola, que aquí alcanza casi los seis minutos, sí que está conseguida, aunque desde un ángulo antes misterioso que nihilista.
No sé si encontraré tiempo de escuchar más de la integral. Veremos.
martes, 20 de agosto de 2019
Bruckner digital de Kubelik
En los albores de la era digital, un ya anciano Rafael Kubelik registró dos sinfonías de Anton Bruckner al frente de su Sinfónica de la Radio Bávara para el sello CBS, hoy Sony: la Cuarta en noviembre de 1979 y la Tercera en octubre de 1980. Actualmente se encuentran disponibles en una caja de siete compactos, absolutamente recomendable, en la que también se incluye el maravilloso Idilio de Sigfrido que en elepé acompañaba a la Romántica.
¿Y cómo es este Bruckner? Pues uno en la antípoda del que por las mismas fechas –acababa de acceder a la titularidad de la Filarmónica– empezaba a hacer Sergiu Celibidache en la propia ciudad de Múnich. Si el del maestro rumano es ante todo denso y atmosférico, organístico en la sonoridad, filosófico en su lirismo y visionario en unos clímax cargados de potencia, el del checo destaca por su fluidez, su lirismo apolíneo, su carácter luminoso y su ligereza bien entendida. Ligereza, que no superficialidad. No encontramos aquí grandes masas sonoras luchando la una contra la otra en una polifonía cargada de tensiones armónicas, sino un discurso ágil y de perfecta lógica en su planificación en el que se pasa de la concentración contemplativa a lo encrespado con una naturalidad pasmosa –portentoso dominio de las transiciones–, en el que las melodías están cantadas con un humanismo efusivo pero nada agónico –todo lo contrario de Celi– y en el que no hay espacio para la pesadez, como tampoco para lo épico o lo terriblemente trágico, sin que semejante postura conduzca a la merma de tensión interna ni de fuerza expresiva.
Kubelik nos ofrece, así, una Romántica bucólica en el mejor de los sentidos posibles, en el punto justo de equilibrio entre el goce juvenil y la contemplación otoñal, holgada en su fraseo, cálida en la sonoridad mas ajeno a densidades, perfecta en el empaste polifónico y hermosísima en su canto. Modélica, en definitiva, dentro del enfoque antes apuntado, que no siendo el que mejor saca a la luz los aspectos más geniales del compositor, resulta irreprochable así materializado.
En la Wagneriana las cosas no funcionan igual de bien. Haciendo uso, como Haitink y Barenboim, de la edición Oeser, el maestro checo nuevamente construye una interpretación ante todo fluida y muy ágil, no nerviosa pero sí alejada del exceso de pesadez y de densidad sin que se pierda el estilo, que en lo expresivo desprende naturalidad y un enorme equilibrio entre frescura, vuelo lírico, reflexión y sentido dramático. Pero claro, el espíritu de esta sinfonía no es el mismo que el de la Cuarta. Y eso significa que, por su renuncia a meterse a fondo en los aspectos más agónicos y visionarios de esta música, Kubelik no terminar de explorar todas las posibilidades de la partitura, lo que no impide alcanzar momentos puntuales muy encendidos en el primer movimiento –quizá el más flojo– y alcanzar un Finale –lo mejor– con grandeza pero sin retórica, amén de soberbiamente hilado. El segundo movimiento es antes bello que emotivo, mientras que el Scherzo está dicho con luminosa rusticidad.
Los ingenieros de sonido tomaron la afortunada decisión de realizar la toma a un volumen bajo, gracias a lo cual se pudo recoger esa amplia gama dinámica que esta música demanda. La definición tímbrica es asimismo muy buena, aunque a cambio se echa en falta un mayor relieve, más "pegada" en estas tempranas tomas digitales que, en cualquier caso, se han conservado bien.
¿Y cómo es este Bruckner? Pues uno en la antípoda del que por las mismas fechas –acababa de acceder a la titularidad de la Filarmónica– empezaba a hacer Sergiu Celibidache en la propia ciudad de Múnich. Si el del maestro rumano es ante todo denso y atmosférico, organístico en la sonoridad, filosófico en su lirismo y visionario en unos clímax cargados de potencia, el del checo destaca por su fluidez, su lirismo apolíneo, su carácter luminoso y su ligereza bien entendida. Ligereza, que no superficialidad. No encontramos aquí grandes masas sonoras luchando la una contra la otra en una polifonía cargada de tensiones armónicas, sino un discurso ágil y de perfecta lógica en su planificación en el que se pasa de la concentración contemplativa a lo encrespado con una naturalidad pasmosa –portentoso dominio de las transiciones–, en el que las melodías están cantadas con un humanismo efusivo pero nada agónico –todo lo contrario de Celi– y en el que no hay espacio para la pesadez, como tampoco para lo épico o lo terriblemente trágico, sin que semejante postura conduzca a la merma de tensión interna ni de fuerza expresiva.
Kubelik nos ofrece, así, una Romántica bucólica en el mejor de los sentidos posibles, en el punto justo de equilibrio entre el goce juvenil y la contemplación otoñal, holgada en su fraseo, cálida en la sonoridad mas ajeno a densidades, perfecta en el empaste polifónico y hermosísima en su canto. Modélica, en definitiva, dentro del enfoque antes apuntado, que no siendo el que mejor saca a la luz los aspectos más geniales del compositor, resulta irreprochable así materializado.
En la Wagneriana las cosas no funcionan igual de bien. Haciendo uso, como Haitink y Barenboim, de la edición Oeser, el maestro checo nuevamente construye una interpretación ante todo fluida y muy ágil, no nerviosa pero sí alejada del exceso de pesadez y de densidad sin que se pierda el estilo, que en lo expresivo desprende naturalidad y un enorme equilibrio entre frescura, vuelo lírico, reflexión y sentido dramático. Pero claro, el espíritu de esta sinfonía no es el mismo que el de la Cuarta. Y eso significa que, por su renuncia a meterse a fondo en los aspectos más agónicos y visionarios de esta música, Kubelik no terminar de explorar todas las posibilidades de la partitura, lo que no impide alcanzar momentos puntuales muy encendidos en el primer movimiento –quizá el más flojo– y alcanzar un Finale –lo mejor– con grandeza pero sin retórica, amén de soberbiamente hilado. El segundo movimiento es antes bello que emotivo, mientras que el Scherzo está dicho con luminosa rusticidad.
Los ingenieros de sonido tomaron la afortunada decisión de realizar la toma a un volumen bajo, gracias a lo cual se pudo recoger esa amplia gama dinámica que esta música demanda. La definición tímbrica es asimismo muy buena, aunque a cambio se echa en falta un mayor relieve, más "pegada" en estas tempranas tomas digitales que, en cualquier caso, se han conservado bien.
sábado, 17 de agosto de 2019
Barenboim, Argerich y la WEDO en Salzburgo, 2019: el triunfo llegó con Lutoslawski
Mi suscripción a Medici TV me ha permitido ver, con estupenda calidad de imagen y no tanta de sonido, la filmación del concierto que este miércoles 14 de agosto ofrecieron Daniel Barenboim, Martha Argerich y la West-Eastern Divan Orchestra en el Festival de Salzburgo. Resultados de alto nivel, como era de esperar, pero con importantes desigualdades.
Inacabada o Incompleta –como prefieran– de Franz Schubert para empezar. Treinta y cinco años no pasan en balde, y si en su grabación con la Filarmónica de Berlín para CBS el maestro no lograba destilar esa sensualidad y ese peculiar lirismo que exige el universo schubertiano, y además se escoraba en exceso ante la vertiente dramática de la página, ahora la experiencia con sus sonatas le permite ofrecer una recreación más idiomática. También más equilibrada, menos extrovertida y más atenta a la belleza sonora, alejándose de densidades excesivas y enriqueciendo el fraseo de sutilísimos matices propios del gran maestro que es. Por desgracia, los resultados siguen sin ser ser redondos. El primer movimiento me ha gustado bastante, pese a que haya un cierto exceso de portamenti, se aprecie algún desajuste en los ataques de las cuerdas o la batuta no termine de descubrir la magia poética que alberga su acongojante final. Pero no, no me ha convencido el Andante con moto: aun fraseado con incuestionable belleza formal, está dicho con una prisa excesiva y no ofrece el adecuado contraste entre vuelo melódico y desgarro dramático.
Concierto para piano nº 1 de Tchaikovsky para continuar. A estas alturas de la película, estaba claro que Argerich no iba a cambiar su manera de acercarse a esta página, la que tenía en tiempos de sus grabaciones con Dutoit (1970), Groves (1977) o Kondrashin (1980) o Abbado (1994). Y no lo hace: su aproximación sigue siendo ante todo impetuosa y agitada, extrovertida a más no poder, llena de electricidad y un punto demoníaca. Pero en esta velada salzburguesa –no tanto en Buenos Aires unos días atrás– la solista parece encontrarse menos nerviosa, menos efectista y con mayor voluntad de controlarse para hacer gran música. Quizá también se muestre menos rígida, más flexible en el sonido y menos mecánica cuando se echa a correr. ¿Solo quizá? Esta misma mañana he comparado con el citado registro de Abbado –que parece dirigido desde la banqueta del piano, por cierto– y, efectivamente, aquí nuestra artista está bastante más centrada y musical.
Sea como fuere, el resultado es espléndido dentro de la "línea Argerich", y venturosamente se ve acompañado por una dirección que sabe fusionar brillantez, emoción y vuelo melódico, al tiempo que invita a cantar con enorme musicalidad a los solistas de la orquesta, tratada con singular plasticidad. Tengo un reparo, sin embargo: el Andantino está llevado por Barenboim con bastante menos lentitud que en su soberbia grabación con Lang Lang, en la que alcanzaba ahí lo sublime. Eso sí, intervenciones como las de la flauta o el oboe son memorables. De propina a cuatro manos, el prodigioso Rondo D 951, de Schubert, interpretado con la misma excelsitud que ya alcanzaba la pareja en anteriores ocasiones.
Es tras el descanso del concierto cuando el maestro, ya sin las irregularidades de Schubert y Tchaikovski, alcanza unos resultados redondos ofreciendo una descomunal recreación del Concierto para orquesta de Lutoslawski. Ya lo era en su grabación con la Sinfónica de Chicago de 1992 que comenté aquí mismo. Para no repetirme, me limito a añadir que la Orquesta del West-Eastern Divan no se queda en absoluto corta: más depurada en lo sonoro que en la primera parte de la velada salzburguesa, todas sus familias dan una verdadera lección de virtuosismo y de compromiso expresivo, como lo hace también un Barenboim que maneja planos sonoros con soltura, construye clímax con perfecta lógica y es capaz de tratar las texturas propias del autor –bullicioso, agilísimo segundo movimiento– manteniendo la claridad.
Cuando salga la correspondiente edición comercial, esta filmación merecerá la pena por el Lutoslawski. Y también por la que es probablemente las más redonda aproximación de la Argerich al Tchaikovski.
Inacabada o Incompleta –como prefieran– de Franz Schubert para empezar. Treinta y cinco años no pasan en balde, y si en su grabación con la Filarmónica de Berlín para CBS el maestro no lograba destilar esa sensualidad y ese peculiar lirismo que exige el universo schubertiano, y además se escoraba en exceso ante la vertiente dramática de la página, ahora la experiencia con sus sonatas le permite ofrecer una recreación más idiomática. También más equilibrada, menos extrovertida y más atenta a la belleza sonora, alejándose de densidades excesivas y enriqueciendo el fraseo de sutilísimos matices propios del gran maestro que es. Por desgracia, los resultados siguen sin ser ser redondos. El primer movimiento me ha gustado bastante, pese a que haya un cierto exceso de portamenti, se aprecie algún desajuste en los ataques de las cuerdas o la batuta no termine de descubrir la magia poética que alberga su acongojante final. Pero no, no me ha convencido el Andante con moto: aun fraseado con incuestionable belleza formal, está dicho con una prisa excesiva y no ofrece el adecuado contraste entre vuelo melódico y desgarro dramático.
Concierto para piano nº 1 de Tchaikovsky para continuar. A estas alturas de la película, estaba claro que Argerich no iba a cambiar su manera de acercarse a esta página, la que tenía en tiempos de sus grabaciones con Dutoit (1970), Groves (1977) o Kondrashin (1980) o Abbado (1994). Y no lo hace: su aproximación sigue siendo ante todo impetuosa y agitada, extrovertida a más no poder, llena de electricidad y un punto demoníaca. Pero en esta velada salzburguesa –no tanto en Buenos Aires unos días atrás– la solista parece encontrarse menos nerviosa, menos efectista y con mayor voluntad de controlarse para hacer gran música. Quizá también se muestre menos rígida, más flexible en el sonido y menos mecánica cuando se echa a correr. ¿Solo quizá? Esta misma mañana he comparado con el citado registro de Abbado –que parece dirigido desde la banqueta del piano, por cierto– y, efectivamente, aquí nuestra artista está bastante más centrada y musical.
Sea como fuere, el resultado es espléndido dentro de la "línea Argerich", y venturosamente se ve acompañado por una dirección que sabe fusionar brillantez, emoción y vuelo melódico, al tiempo que invita a cantar con enorme musicalidad a los solistas de la orquesta, tratada con singular plasticidad. Tengo un reparo, sin embargo: el Andantino está llevado por Barenboim con bastante menos lentitud que en su soberbia grabación con Lang Lang, en la que alcanzaba ahí lo sublime. Eso sí, intervenciones como las de la flauta o el oboe son memorables. De propina a cuatro manos, el prodigioso Rondo D 951, de Schubert, interpretado con la misma excelsitud que ya alcanzaba la pareja en anteriores ocasiones.
Es tras el descanso del concierto cuando el maestro, ya sin las irregularidades de Schubert y Tchaikovski, alcanza unos resultados redondos ofreciendo una descomunal recreación del Concierto para orquesta de Lutoslawski. Ya lo era en su grabación con la Sinfónica de Chicago de 1992 que comenté aquí mismo. Para no repetirme, me limito a añadir que la Orquesta del West-Eastern Divan no se queda en absoluto corta: más depurada en lo sonoro que en la primera parte de la velada salzburguesa, todas sus familias dan una verdadera lección de virtuosismo y de compromiso expresivo, como lo hace también un Barenboim que maneja planos sonoros con soltura, construye clímax con perfecta lógica y es capaz de tratar las texturas propias del autor –bullicioso, agilísimo segundo movimiento– manteniendo la claridad.
Cuando salga la correspondiente edición comercial, esta filmación merecerá la pena por el Lutoslawski. Y también por la que es probablemente las más redonda aproximación de la Argerich al Tchaikovski.
Asunto Plácido
De todo lo que he leído hasta ahora sobre el asunto que amenaza con enfangar muy seriamente la carrera de Pácido Domingo, el que más me gusta es este de Joaquín Pérez Azaústre. Estoy cien por cien de acuerdo con lo que dice. No tengo más que añadir.
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