miércoles, 18 de noviembre de 2015

Nabucco con Domingo, Monastyrska y Luisotti

Por fin he comprado y visto el Blu-ray del Nabucco filmado por Sony Classical en el Covent Garden en marzo de 2013 y protagonizado por Plácido Domingo, Ludmila Monastyrska y el maestro Nicola Luisotti, en producción escénica de Daniele Abbado. Comentario breve y al grano, que no hay tiempo para otra cosa.

Nabucco Domingo Luisotti

Me ha encantado Plácido Domingo en el rol titular: voz bellísima –aun problemática en el registro grave-, estilo verdiano admirable, musicalidad a raudales y, sobre todo, atención plena a la evolución psicológica del rol titular, al que sabe dotar de la adecuada autoridad en la primera parte de la obra para luego poner de manifiesto con enorme humanismo y veracidad sus terribles conflictos de la segunda. Se debe reconocer que hay momentos en los que no está demasiado bien –en el vídeo de más abajo, por ejemplo, tiene problemas en el fraseo–, y en la cabaletta del último acto se queda corto de fuelle, pero en conjunto me parece un Nabucco digno de admiración.

Impresionante, sensacional Ludmila Monastyrska, que con su magnífico instrumento sabe ofrecer no solo la Abigaille fiera a la que estamos acostumbrados, sino también un canto legato de enorme belleza, sensibilidad y carácter emotivo, redondeando así un retrato completísimo y veraz del personaje. Mucho menos interesante el Zaccaria de Vitalij Kowaljow, de línea desigual, poco verdiana, y sin la presencia poderosa que demanda el rol. Marianna Pizzolatto  pone su hermosa y sensual voz al servicio de una Fenena sensible y, por fortuna, no excesivamente cándida, aunque le falte una última vuelta de tuerca en lo que a personalidad y expresión se refiere. Bien a secas el Ismaele del joven Andrea Carè, que cuenta con una voz muy bella. Engolado y tremolante el Sumo Sacerdote de Baal del más que veterano Robert Lloyd, eterno secundario en el emblemático teatro londinense.


El Verdi de Nicola Luisotti está en la línea del de Toscanini y Muti, esto es, rápido, electrizante y de sonoridades más bien rústicas, atento antes al ritmo que a la atmósfera y más teatral que sinfónico. Con respecto a los citados, Luisotti resulta especialmente nervioso, también más flexible e imaginativo, en el caso de Nabucco en general para bien, no dejando de ofrecer la adecuada cantabilidad en un “Va, pensiero” que termina con un largo y sobrecogedor pianísimo muy bien cantado por el Royal Opera Chorus. Irreprochable la orquesta.

En coproducción con Milán, Barcelona y Chicago, Daniele Abbado ofrece un planteamiento moderno pero solo parcialmente conceptual, muy respetuoso con la dramaturgia original y en general bien resuelto, aunque sin nada en particular que decir: por momento suena a “lo de siempre” en los últimos tiempos, mucha chaqueta, mucho gris, mucho inmigrante para allá y para acá, pero escasa garra dramática. Escenografía y figurines, correctos sin más. Mejor la iluminación, responsabilidad de Alessandro Carletti.

No hay subtítulos en castellano. Imagen sensacional y espléndido sonido DTS HD-Master Audio, con surround auténtico que recoge de maravilla la acústica y los ruidos del público del Covent Garden. Recomendabilidad máxima.

martes, 17 de noviembre de 2015

Nelsons en Ibermúsica: gran Mahler, enorme Mozart

Le he escuchado suficientes cosas a Andris Nelsons –tres veces en directo y numerosas grabaciones, muchas más de las que en este blog he tenido tiempo de comentar– como para tener claro que es, con gran diferencia sobre cualquier otro, el más talentoso de todos los directores jóvenes –entiéndase: por debajo de los cuarenta años– que hoy se ponen delante de las formaciones de primera fila. Pero hasta ahora no le había conocido ningún Mozart.

Pues bien también en ese repertorio parece ser un maestro excepcional, a tenor de la Sinfonía nº 36 que le escuché el pasado viernes 13, a la misma hora de los terroríficos atentados de París, en el Auditorio Nacional frente a la Orquesta del Festival de Lucerna. Haciendo uso de una articulación ágil e incisiva, ligeramente influida por los movimientos historicistas –mucho menos que un Rattle o un Adam Fischer, por ejemplo, pero también a distancia considerable del fraseo más legato y las sonoridades densas y cálidas de un Barenboim–, el maestro letón ofreció una interpretación de tensiones perfectamente calculadas, llena de vida, de fuerza y de comunicatividad, en la que cada una de las líneas sonoras, perfectamente clarificadas, se decía con la expresión, la intensidad y la comunicatividad apropiadas, sin que hubiera espacio para la rutina, la indiferencia ni la sosería, pero respetando al máximo el equilibrio clásico tanto en la forma como en el fondo: hubo en esta Linz frescura, luminosidad  y alegría, también chispa, elegancia viril y sentido galante, pero sin olvidar los claroscuros dramáticos ni la emotividad lírica. El segundo movimiento, quizá, podía haber estado más paladeado, pero el enfoque fue coherente con el resto y el conjunto funcionó a las mil maravillas. De diez.


 A mejor altura –o sea, para un nueve, lo que no es precisamente poca cosa– rayó la Quinta sinfonía de Gustav Mahler. Como es lógico, la interpretación discurrió por senderos similares a las dos del propio Nelsons que ya comenté aquí, la que hizo con la Filarmónica de Berlín en abril y la del verano en el propio Festival de Lucerna, pero a mi entender ni esas dos eran del todo parecidas entre sí, ni ésta ha sido un calco de aquéllas: si las citadas lecturas eran muy notables, la de Madrid ha sido aún superior, por aún más sincera, más intensa y más comunicativa. ¿Cuál es mi reparo para no ponerla a la altura de la Linz de la primera parte? Pues que en todos y cada uno de los movimientos, sobre todo en el primero pero también en determinados pasajes de los dos siguientes, hubo una cierta tendencia a quedarse en una belleza preciosista y algo insincera que, como ocurría con Claudio Abbado pero sin llegar en modo alguno a sus extremos, busca sonoridades ingrávidas y algo relamidas.

Por lo demás, una interpretación increíblemente bien planificada, riquísima en el color, brillante a más no poder pero ajena a efectismos, clarísima pese al despliegue decibélico y muy comprometida tanto con los aspectos trágicos de la pieza –tremebundo, desgarrador el segundo movimiento– como con los festivos –irresistible el Finale–, ajena a creatividades innecesarias –esta tarde he escuchado a Gatti: ¿para qué tanto estiramiento?– y adecuadamente concentrada cuando debe, por ejemplo en el Adagietto. Este último me sigue pareciendo en exceso contemplativo en la visión de Nelsons, pero ahora me ha convencido más que en las dos ocasiones anteriores; tampoco resulta fácil resistirse ante el derroche de belleza sonora desplegado, eso desde luego.

La orquesta, absolutamente sensacional y plagada de nombres míticos: a cinco metros de mí tenía al mismísimo Wolfram Christ. Me daban ganas de tocarle a ver si era de verdad. Un motivo más para guardar en la memoria esta concierto que terminó de manera apoteósica. El público, arrebatado pese a ser ya cerca de la una de la madrugada. Y de allí nos fuimos todos a digerir las noticias que seguían llegando desde París.

sábado, 14 de noviembre de 2015

Schubert contra el horror

Estoy en Madrid. Gracias al aviso de un colega bloguero (¡no puedo estar al tanto de toda la programación clásica de la capital de España!) pude acudir hoy sábado por la mañana a los Teatros del Canal a escuchar un concierto que, bajo el título de Schubert contra las cuerdas, ofrecía una única obra en el programa: el Quinteto en Do mayor. Es decir, una de las obras más absolutamente maravillosas (¿conocen la grabación del Melos con Rostropovich?) jamás compuestas. Y una de las músicas más adecuadas para combatir el horror absoluto vivido la noche de ayer en París, porque esta página contiene precisamente todo eso que los monstruos causantes de la barbarie no tienen y nunca tendrán: capacidad para combinar emoción con reflexión y, sobre todo, un infinito amor por el ser humano que inevitablemente nos lleva a ser más comprensivos y tolerantes. Escucharla fue un bálsamo para todos los que nos encontrábamos allí.

Interpretaba el Cuarteto Artiduque, integrado por miembros de la Joven Orquesta de la Comunidad de Madrid: Jorge Llamas y Alejandro Ureña en los violines, Pablo Salvá a la viola y Paula Brizuela Natalia Lázaro. Su edad es corta y todavía, a mi entender, les queda mucho por progresar en lo técnico para responder a la demanda de altísimas dosis de belleza sonora que necesita esta obra. Interpretativamente, por el contrario, me parecen ya maduros: no solo hicieron gala de un gusto exquisito, sino que frasearon con un perfecto idioma schubertiano -es decir, mezclando cantabilidad, ternuna y emotividad a partes iguales- y demostraron gran concentración y capacidad para comunicar, particularmente en el sublime Adagio. Se podrán tensar aún más las cosas y alcanzar mayores picos de garra dramática en momentos clave, como también sería necesario inyectar más  fuerza y grandeza al cuarto movimiento, pero estos chicos demuestran ya apreciable sensibilidad. Enhorabuena para todos ellos. Hubo propina de Boccherini, innecesaria.

Ah, antes del concierto una joven realizó una breve, simpática y oportuna presentación de la obra en la que, además, leyó una cita de Leonard Bernstein que me parece maravillosa: "esta será nuestra respuesta a la violencia: hacer música más bella, con mayor intensidad y devoción que antes". Pues eso mismo.

Otro día les cuento algo sobre la (buena) función del musical Cabaret y el (excelente) concierto de Andris Nelsons de la noche anterior.

jueves, 12 de noviembre de 2015

La peor Quinta de Mahler: Abbado, 1993

Cuando se editó esta Quinta de Mahler de Abbado con la Filarmónica de Berlín, registrada en vivo con toma sonora muy natural –pero no todo lo buena que podía haber sido– por los ingenieros de Deutsche Grammophon en mayo de 1993, un famoso crítico de la revista Scherzo la puso por las nubes deshaciéndose en elogios sin fin. En la revista Ritmo una breve reseña, creo que recordar que anónima, la ponía a parir. Bueno, pues esta noche he podido por fin formarme mi propia opinión: la más deplorable interpretación que de esta página le he escuchado a un director famoso.

Mahler 5 Abbado Berlin DG

Basta con escuchar el primer movimiento para encontrarse con todo el catálogo de horrores del Abbado de esos tristes años: sonoridades ingrávidas y relamidas, expresividad a medio camino entre lo insípido y lo melifluo, preciosismos sonoros meramente narcisistas, languideces quejumbrosas, falta de garra dramática… Vamos, un espanto. El segundo sigue en la misma línea, pero se soporta un poco mejor porque aquí abundan las explosiones y en ellas el maestro da buena cuenta de su espectacular técnica de batuta –claridad, riqueza en el color, sensibilidad para las texturas– en unos tutti en los que la orquesta también puede lucir su calidad técnica.

El Scherzo funciona bien, siempre que se acepte la interpretación más bien apolínea y distendida propuesta por el milanés y que se le perdonen los amaneramientos que de vez en cuando nos regala. El Adagietto responde a lo esperado: lento, ingrávido y muy contemplativo, pero poco emocionante y nada sincero.

Lo mejor es el Finale, un triunfo en lo que a construcción de la arquitectura se refiere, aunque se eche de menos la fuerza dionisíaca que imprimen otros maestros (pienso ahora en la incandescente interpretación de Vaclav Neumann en Leipzig, o en las tremebundas de Bernstein), y las ingravideces que de vez en cuando asoman nos recuerden las cursilerías que hemos tenido que aguantar a lo largo de la audición. Por descontado, mil veces mejor la interpretación del propio Abbado en Chicago (1980), así como su filmación en Lucerna (2004), que a mí tampoco me entusiasma pero no resulta tan repelente como esta.

lunes, 9 de noviembre de 2015

La mejor Quinta de Mahler: Bernstein, 1987

Sí, ya sé que prometí no volver a escribir hasta la Quinta de Mahler del próximo viernes en Madrid a cargo de Andris Nelsons. Pero es que he vuelto a escuchar, por enésima vez, otra Quinta de Mahler: Bernstein, claro. No la ya notabilísima de 1963 con la Filarmónica de Nueva York para CBS, ni la magnífica filmación de 1972 con la Filarmónica de Viena para Unitel, sino la grabada en directo frente a esta misma orquesta en octubre de 1987 en la Alte Oper de Frankfurt y recogida por los micrófonos de Deutsche Grammophon. Para muchos, la mejor de la historia del disco.

Bernstein Mahler 5 DG

No es para menos. En el extremo opuesto de la sobriedad dramática y concentrada de un Barbirolli, Bernstein decide extremar el mundo de constrastes sonoros y anímicos propuestos por el compositor sin tener miedo del exceso y jugando sin complejos con lo decadente, lo narcisista e incluso lo amanerado, pero sin llegar a caer nunca en estos extremos: tal es la sinceridad expresiva con que lleva a cabo su propuesta.

Resultan portentosos los dos primeros movimientos, lentos y paladeadísmos, mostrando desbordante imaginación para aportar mil y un acentos y descubrir detalles que suelen pasar desapercibidos, haciéndolo con un pulso tan flexible como bien sostenido que alcanza unos clímax visionarios y arrolladores; todo ello lo hace, como no podía ser menos, exhibiendo un pasmoso sentido del color, una insuperable claridad y un alucinante manejo del rubato, además de una perfecta fusión entre hedonismo y garra dramática.

El Scherzo ha perdido algo de fuerza, rusticidad y velocidad con respecto a la filmación antes referida, pero ha ganado en elegancia, refinamiento, variedad tímbrica y claridad, ofreciendo además pasajes líricos de enorme belleza; la trompa de Friedrich Pfeiffer, memorable. El Adagietto, antes un tanto extrovertido e inflamado, resulta ahora lento, sobrio y recogido, un punto distanciado incluso, pero sigue siendo bellísimo y su decadentismo no llega a caer en lo empalagoso: la desolación se encuentra aquí despojada de adherencias. El Finale también ha perdido frenesí –sigue siendo arrebatador, por descontado– y gana en refinamiento y claridad, permitiendo el lucimiento, bajo un control absoluto desde el podio, de una orquesta en estado de gracia que no solo exhibe su inigualable belleza tímbrica, sino que también se implica al máximo en cada una de las intervenciones solistas.

La grabación es técnicamente extraordinaria para tratarse de un CD, aunque en este sentido poca competencia le puede hacer a la increíble toma de sonido del Blu-ray con Chailly en Leipzig editado hace poco por Accentus. En cualquier caso, lo dicho antes: la de Bernstein es probablemente la mejor interpretación llevada al disco. Si alguien que pasa por aquí no la ha escuchado aún, le recomiendo que lo haga cuanto antes. Toda una experiencia, se lo aseguro.

sábado, 7 de noviembre de 2015

Lo último de Nelsons en Berlín: Shostakovich y Strauss

Me encuentro en una situación tal de estrés que en la última entrada prometí no volver a escribir en este blog hasta que le llegara el turno a la próxima actuación de Andris Nelsons en Madrid, que tendrá lugar la semana que viene dentro del ciclo de Ibermúsica. Sin embargo, no me resisto a decir algo sobre el concierto que el maestro ofreció frente a la Filarmónica de Berlín (hay que insistir: ¡menuda oportunidad perdida no haberle nombrado titular!) hace tan solo unos días, el pasado 30 de octubre, que acaba de colgar en la red la Digital Concert Hall de la formación alemana. Concierto para violín nº 1 de Shostakovich y Sinfonía Alpina de Strauss en los atriles, contando en la primera de las partituras con la participación de unas de las violinistas favoritas de Nelsons, Baiba Skride.

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La interpretación de la obra de Shostakovich se sitúa muy cerca de la cima de una discografía amplia y bien servida, sobre la que ya dejé por aquí algunos comentarios. El maestro letón, irregular en sus interpretaciones de la música de este autor, realiza aquí una lectura soberbia que, además de beneficiarse –como ya hicieran Abbado, Rattle y Bychkov– de la impresionante sonoridad de la cuerda grave de la formación berlinesa, ofrece sinceridad expresiva, hondura y alto voltaje dramático, además de una buena dosis de visceralidad en un scherzo en el que, eso sí, se podía haber ahorrado los acelerones en el tempo.

En cualquier caso, quien se termina llevando el gato al agua es su compatriota Baiba Skride, quien convence no solo por la enorme belleza de su carnoso y cálido sonido, profundo en el registro grave, y por la concentración y la cantabilidad de su fraseo, sino también por su manera de conjugar congoja, humanismo y consuelo sin que este último ingrediente le lleve a resultar excesivamente lírica o contemplativa ni, menos aún, meliflua en la expresión. Se podrán preferir enfoques más rebeldes y desgarradores –tampoco se queda precisamente corta en visceralidad en el segundo movimiento–, pero en esta línea reflexiva Skride se ha convertido en una de las más grandes recreadoras de la partitura.

Nelsons ya tenía dos registros de la Sinfonía Alpina: la filmación con la Orquesta de París de 2012, comentada aquí, y la toma para disco compacto realizada dos años antes para el sello Orfeo junto a la Orquesta Ciudad de Birmingham. Ahora, con una formación superior a las dos citadas aunque no exenta de algunas leves vacilaciones propias del directo, Nelsons vuelve a demostrar su excelencia a la hora de interpretar la obra ofreciendo un trazo global sencillamente perfecto, fuerza expresiva controlada con mano maestra, apreciable sentido narrativo y brillantez tan comunicativa como ajena a la retórica. Quizá la visión resulte no tan extrovertida y algo más madura que antes, y si el resultado final no llega a la altura de las más grandes recreaciones fonográficas de la pieza es porque –como en sus grabaciones anteriores– se echa de menos un trabajo aún más minucioso con los detalles y con las texturas; también porque sobra alguna frase algo más sentimental de la cuenta en la primera parte de la obra y, sobre todo, por la circunstancia de que la meditación final resulta un punto más resignada, digamos religiosa en el sentido más tópico del término, de lo que hubiera sido preferible. O así me lo ha querido a mí parecer.

La toma sonora no ayuda, porque se queda algo corta a la hora de recoger la amplia gama dinámica que exige la partitura: el audio sigue siendo el punto débil de la Digital Concert Hall, aparte de los molestísimos parones que sufre quien no disponga de una conexión lo suficientemente rápida. En la actualidad no suelo encontrarme con ninguno, pero hace tiempo les aseguro que resultaba enervante.

domingo, 1 de noviembre de 2015

Otello en Sevilla: muy notable en lo musical, mediocre en la escena

Estoy en un momento de ánimos muy sensibles en cuestiones de valoración musical. Son ya muchas, demasiadas las veces que sufro las ironías de ciertos melómanos por opinar lo que opino: en este caso concreto, por mi defensa de Pedro Halffter como director musical. Conozco además muy bien lo que piensan ciertos articulistas de mí –“crítico de cuarta fila” y “profundo ignorante” me llamó en su momento el autor de aquel bochornoso “manifiesto anti-Halffter”–, he tenido noticias de cómo algunos otros críticos andan emitiendo informes negativos sobre mi persona, y hasta tengo que sufrir que uno en concreto –el que en su momento me vetó en cierto periódico– me vuelva la cara en los pasillos del Maestranza para no tener que saludarme.

La verdad es que si sigo escribiendo reseñas de espectáculos en directo es por mí mismo, para recordar en el futuro lo que me ha parecido cada cosa. El tiempo me ha demostrado que esa y no otra es la gran utilidad de este blog. Así que voy a ello no sin antes rogarles a los posibles lectores que consideren las siguientes líneas como lo que son: las opiniones personales de alguien con unos gustos muy distintos a los del público de esa ciudad, Sevilla, en la que se afirma alegremente que Barenboim  es mucho mejor pianista que director o se consideran anticuados el Mozart y el Beethoven de éste, al tiempo que gente supuestamente informada, incluyendo reputados músicos profesionales, aplauden a rabiar interpretaciones para mi gusto tan irrisorias como la Sinfonía nº 88 de Haydn a cargo del –también para mí, claro– hortera, pretencioso y profundamente mediocre Enrico Onofri. Si usted es de esos, le ruego que no pierda ni un segundo en leer mis escritos, porque absolutamente nada le podrán aportar.

Me gustó la labor de batuta de Pedro Halffter ayer sábado 31 de octubre en Otello. Me gustó bastante, y convencido estoy de que éste ha sido su mejor Verdi hasta la fecha. Obviamente en esta partitura carece de la electricidad de un Toscanini, un Kleiber, un Solti o un Muti en determinados momentos clave; tampoco posee el sentido de la atmósfera, de la cantabilidad y del color del que hizo gala un admirable Zubin Mehta en Valencia hace un par de años; pero el maestro madrileño dirigió concertando muy bien a la Sinfónica de Sevilla que tanto parece detestarle, fraseando con amplitud melódica sin perder el pulso, analizando con detalle la magistral orquestación verdiana, atendiendo a la sensualidad de la música y alcanzando momentos de muy especial inspiración, como una conclusión del segundo acto particularmente opresiva o todo el acto final, trabajado con un refinado lirismo. Únicamente me decepcionó el coro de homenaje a Desdémona en el segundo acto, demasiado rápido y sin mucha magia (tampoco estaban las mandolinas, por cierto). Los presuntos excesos decibélicos que algunos criticaban en los pasillos no los oí en ningún momento: estaré sordo… o algunos andan demasiado afectados por los prejuicios de siempre, esos mismos que con dudosas intenciones se empezaron a difundir cuando nadie aún le había escuchado en la ciudad.

Gregory Kunde estuvo en la misma línea que en Valencia hace dos años en la referida interpretación de Mehta: brillante en el “Exultate”, frío y no muy cómodo en el maravilloso dúo del primer acto y a partir de ahí cada vez mejor hasta culminar de manera vibrante en el en el dúo “Sì, pel ciel marmoreo giuro”. En el último acto muy bien, pero solo eso. Las razones de estas irregularidades son fáciles de explicar: el agudo es brillantísimo pero, habida cuenta de su edad avanzada, en el resto de la tesitura la voz evidencia deterioro y sufre estrangulamientos, desigualdades e insuficiencias varias. En cualquier caso, el saldo es muy positivo: ¿hay hoy un Otello mejor en todo el mundo?

Segunda vez que escucho en directo a Julianna Di Giacomo, después de su Suor Angelica en Madrid. La voz esta vez me ha parecido la de una lírica plena, carnosa, rica en armónicos, de línea voluptuosa y sensual y canto muy sensible; es más profesional que artista auténtica, eso es cierto, y cuando intenta ofrecer detalles belcantistas se evidencian importantes limitaciones técnicas –desafortunado final del “Ave María”–, pero aun así ofreció momentos de gran canto verdiano. Globalmente fue la mejor de cantante de la noche.

Ángel Ódena tuvo como grandes virtudes una voz muy sonora y un apreciable empeño por resultar expresivo y sincero. Su fraseo, eso sí, no es muy pródigo en matices, y aunque tampoco resulta obligatorio enfocar el personaje como lo hacía un Fischer-Dieskau, dentro de su línea “Iago feroz” se han escuchado artistas con de corte más noble, más elocuente y con más claroscuros: me refiero, sin ir más lejos, al malagueño Carlos Álvarez.

Francisco Corujo lució una voz muy bella y una línea impecable como Cassio, al igual que hizo Mireia Pintó en el rolo de Emilia. Tampoco se puede reprochar nada al Roderigo de Manuel de Diego. La orquesta, muy bien aunque lejos de una primera fila. El coro, aceptable tirando a regular: las señoras no anduvieron esta vez muy finas, particularmente en sus decisivas intervenciones en la escena de la embajada de Venecia. Sí que estuvo irreprochable la Escolanía de Los Palacios. En cualquier caso, ha sido este un Otello de nivel musical notable, sin nada con especial brillo pero bastante homogéneo, que funcionó bien en su primera mitad y bastante mejor aún en la segunda. Habida cuenta de las dificultades del título, un incuestionable triunfo para el Maestranza. O casi.

Ese casi se debe, claro está, a la puesta en escena, que venía de los teatros de Palermo y Nápoles bajo la firma de Henning Brockhaus: simplona y convencional en el fondo, pobremente trabajada con los cantantes –casi todos actuaron mal, quizá con la excepción de Corujo–, y en general fea desde el punto de vista plástico, salvando el "telón de fondo" del cuarto acto. Molestó el grupo de máscaras venecianas que con sus monerías sin sentido estropeaban algunas de las escenas claves de la obra, y también lo hizo el añadido de algún que otro elemento conceptual de difícil –o inexistente– interpretación que intentaban darle un barniz moderno a un planteamiento dramático en realidad bastante escaso de buenas ideas. Y claro, una cosa así no se puede hacer con un libreto tan extraordinario como el de Boito: Otello tiene que estar bien dirigido y bien cantado, pero también ha de ser escenificado con un mínimo de carácter teatral y de intensidad expresiva. Nada de eso hubo y la representación quedó coja.

Y ahora, me aparto del blog por una temporada. Volveré para tomar notas sobre la actuación de Andris Nelsons en Madrid.

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