Estoy en un momento de ánimos muy sensibles en
cuestiones de valoración musical. Son ya muchas, demasiadas las veces que sufro
las ironías de ciertos melómanos por opinar lo que opino: en este caso
concreto, por mi defensa de Pedro Halffter como director musical. Conozco
además muy bien lo que piensan ciertos articulistas de mí –“crítico de cuarta
fila” y “profundo ignorante” me llamó en su momento el autor de aquel
bochornoso “manifiesto anti-Halffter”–, he tenido noticias de cómo algunos otros
críticos andan emitiendo informes negativos sobre mi persona, y hasta tengo que sufrir que uno en concreto –el que en su momento me
vetó en cierto periódico– me vuelva la cara en los pasillos del Maestranza para no tener que
saludarme.
La verdad es que si sigo escribiendo reseñas de espectáculos
en directo es por mí mismo, para recordar en el futuro lo que me ha parecido
cada cosa. El tiempo me ha demostrado que esa y no otra es la gran utilidad de este blog.
Así que voy a ello no sin antes rogarles a los posibles lectores que consideren
las siguientes líneas como lo que son: las opiniones personales de alguien con
unos gustos muy distintos a los del público de esa ciudad, Sevilla, en la que
se afirma alegremente que Barenboim es
mucho mejor pianista que director o se consideran anticuados el Mozart y
el Beethoven de éste, al tiempo que gente supuestamente informada, incluyendo reputados
músicos profesionales, aplauden a rabiar interpretaciones para mi gusto tan
irrisorias como la Sinfonía nº 88 de
Haydn a cargo del –también para mí, claro– hortera, pretencioso y profundamente
mediocre Enrico Onofri. Si usted es de esos, le ruego que no pierda ni un
segundo en leer mis escritos, porque absolutamente nada le podrán aportar.
Me gustó la labor de batuta de
Pedro Halffter ayer sábado 31
de octubre en
Otello. Me gustó
bastante, y convencido estoy de que éste ha sido su mejor Verdi hasta la fecha.
Obviamente en esta partitura carece de la electricidad de un Toscanini, un
Kleiber, un Solti o un Muti en determinados momentos clave; tampoco posee el
sentido de la atmósfera, de la cantabilidad y del color del que hizo gala un
admirable
Zubin
Mehta en Valencia hace un par de años; pero el maestro madrileño dirigió
concertando muy bien a la
Sinfónica de Sevilla que tanto parece detestarle,
fraseando con amplitud melódica sin perder el pulso, analizando con detalle la
magistral orquestación verdiana, atendiendo a la sensualidad de la música y
alcanzando momentos de muy especial inspiración, como una conclusión del
segundo acto particularmente opresiva o todo el acto final, trabajado con un
refinado lirismo. Únicamente me decepcionó el coro de homenaje a Desdémona en
el segundo acto,
demasiado rápido y sin
mucha magia (tampoco estaban las mandolinas, por cierto). Los presuntos excesos
decibélicos que algunos criticaban en los pasillos no los oí en ningún momento:
estaré sordo… o algunos andan demasiado afectados por los prejuicios de
siempre, esos mismos que con dudosas intenciones se empezaron a difundir cuando
nadie aún le había escuchado en la ciudad.
Gregory Kunde estuvo en la misma línea que en Valencia hace
dos años en la referida interpretación de Mehta: brillante en el “Exultate”,
frío y no muy cómodo en el maravilloso dúo del primer acto y a partir de ahí
cada vez mejor hasta culminar de manera vibrante en el en el dúo “Sì, pel ciel
marmoreo giuro”. En el último acto muy bien, pero solo eso. Las razones de estas irregularidades son fáciles
de explicar: el agudo es brillantísimo pero, habida cuenta de su edad avanzada,
en el resto de la tesitura la voz evidencia deterioro y sufre
estrangulamientos, desigualdades e insuficiencias varias. En cualquier caso, el
saldo es muy positivo: ¿hay hoy un Otello mejor en todo el mundo?
Segunda vez que escucho en directo a
Julianna Di Giacomo,
después de su
Suor
Angelica en Madrid. La voz esta vez me ha parecido la de una lírica plena,
carnosa, rica en armónicos, de línea voluptuosa y sensual y
canto muy sensible; es más profesional que artista auténtica, eso es cierto, y
cuando intenta ofrecer detalles belcantistas se evidencian importantes
limitaciones técnicas –desafortunado final del “Ave María”–, pero aun así
ofreció momentos de gran canto verdiano. Globalmente fue la mejor de cantante
de la noche.
Ángel Ódena tuvo como grandes virtudes una voz muy sonora y
un apreciable empeño por resultar expresivo y sincero. Su fraseo, eso sí, no es
muy pródigo en matices, y aunque tampoco resulta obligatorio enfocar el
personaje como lo hacía un Fischer-Dieskau, dentro de su línea “Iago feroz” se
han escuchado artistas con de corte más noble, más elocuente y con más claroscuros:
me refiero, sin ir más lejos, al malagueño Carlos Álvarez.
Francisco Corujo lució una voz muy bella y una línea
impecable como Cassio, al igual que hizo Mireia Pintó en el rolo de Emilia. Tampoco
se puede reprochar nada al Roderigo de Manuel de Diego. La orquesta, muy bien aunque
lejos de una primera fila. El coro, aceptable tirando a regular: las señoras no
anduvieron esta vez muy finas, particularmente en sus decisivas intervenciones
en la escena de la embajada de Venecia. Sí que estuvo irreprochable la
Escolanía de Los Palacios. En cualquier caso, ha sido este un Otello de nivel
musical notable, sin nada con especial brillo pero bastante homogéneo, que
funcionó bien en su primera mitad y bastante mejor aún en la segunda. Habida
cuenta de las dificultades del título, un incuestionable triunfo para el
Maestranza. O casi.
Ese casi se debe, claro está, a la puesta en escena, que venía de
los teatros de Palermo y Nápoles bajo la firma de Henning Brockhaus: simplona y
convencional en el fondo, pobremente trabajada con los cantantes –casi todos
actuaron mal, quizá con la excepción de Corujo–, y en general fea desde el punto de vista plástico, salvando el "telón de fondo" del cuarto acto. Molestó el grupo de máscaras
venecianas que con sus monerías sin sentido estropeaban algunas de las escenas
claves de la obra, y también lo hizo el añadido de algún que otro elemento conceptual de difícil
–o inexistente– interpretación que intentaban darle un barniz moderno a un planteamiento dramático en realidad bastante escaso de buenas
ideas. Y claro, una cosa así no se puede hacer con un libreto tan
extraordinario como el de Boito: Otello tiene que estar bien dirigido y bien cantado,
pero también ha de ser escenificado con un mínimo de carácter teatral y de
intensidad expresiva. Nada de eso hubo y la representación quedó coja.
Y ahora, me aparto del blog por una temporada. Volveré para tomar notas sobre la actuación de Andris Nelsons en Madrid.