Lo siento, chicos, no lo he podido resistir: he invertido mucho esfuerzo e ilusiones en esta publicación, cuyo lanzamiento quiero compartir con todos vosotros.
Un cajón de sastre para cosas sobre música "clásica". Discos, conciertos, audiciones comparadas, filias y fobias, maledicencias varias... Todo ello con centro en Jerez de la Frontera, aunque viajando todo lo posible. En definitiva, un blog sin ningún interés.
lunes, 3 de febrero de 2014
Yo he venido aquí a....
... hablar de mi libro. Desde hoy, a la venta en las librerías más selectas por 10 euritos.
Lo siento, chicos, no lo he podido resistir: he invertido mucho esfuerzo e ilusiones en esta publicación, cuyo lanzamiento quiero compartir con todos vosotros.
Lo siento, chicos, no lo he podido resistir: he invertido mucho esfuerzo e ilusiones en esta publicación, cuyo lanzamiento quiero compartir con todos vosotros.
sábado, 1 de febrero de 2014
Soberbia integral sinfónica de Messiaen por Cambreling
Siento verdadera vergüenza ajena al leer por ahí (¡en pleno siglo XXI!) comentarios despreciativos a la obra de Olivier Messiaen (1908-1992). El problema no es que haya melómanos a las que les aburre la obra del autor de San Francisco de Asís: cada uno tiene sus gustos. El problema es que esas mismas personas hacen mofa y escarnio del genial compositor francés, en plan chistoso y dándoselas de entendidos que no se dejan tomar el pelo. Auténtica paletez, vamos. Paletez hispánica por más señas, a la manera de uno de esos personajes que encarnaba Paco Martínez Soria.
Como muy probablemente usted no se parece a semejante clase de aficionado, me permito recomendarle esta caja editada por el sello Hänssler que hace poco he tenido la oportunidad de terminar: integral sinfónica de Messiaen a cargo de Sylvain Cambreling y la Sinfónica de la SWR de Baden-Baden y Friburgo, desde Les Offrandes oubliées (1930) hasta Éclairs sus l’Au-Delá (1991) pasando por la emblemática Sinfonía Turangalila (1948) en grabaciones que casi todos los casos presentan soberbia toma de sonido realizadas entre 1999 y 2008. Música de enorme calidad, marcada por esa intensísima religiosidad de corte franciscano que caracterizaba al compositor, mística y espiritual a más no poder, pero también con más aspectos inquietantes de lo que a simple vista pueda parecer.
Indagar en estos últimos es precisamente el gran acierto de esta integral. Ya apunté algo de eso cuando en este mismo blog comenté la Turangalila que se ofrece en esta caja, pero ahora que he completado las audiciones lo tengo más claro: el maestro francés, además de clarificar el entramado sonoro con mano maestra, hace gala de una angulosidad tímbrica y una tensión sonora considerables, ofreciendo lecturas marcadas por su incisividad, su sentido del ritmo y su tensión dramática, alejándose al mismo tiempo del hedonismo sensual –colores pastel, contornos difuminados– que habitualmente asociamos a esta música. En cierto modo es como si la batuta quisiera subrayar que la creación de Messiaen no está emparentada solo con el impresionismo francés, sino que también debe no poco a Stravinsky por un lado y a la Segunda Escuela de Viena por otro.
La relativa heterodoxia de semejante enfoque no le impide a Cambreling, por otro lado, resultar particularmente extático y concentrado en los pasajes meditativos, si bien esta intensa espiritualidad resulta probablemente menos confiada y más anhelante de lo que el propio Messiaen, católico fervoroso de los pies a la cabeza, quiso que sonase: a veces la contemplación del Más Allá tiene algo –o mucho– de imponente y aterrador, aunque al final se termina imponiendo la visión de la bondad divina que se manifiesta a través de la naturaleza, particularmente a través de esos pájaros fielmente pasados a la partitura por el ornitólogo Messiaen y recreados de manera admirable por la exactitud rítmica de Cambreling y, también, por el magnífico toque de Roger Muraro en las partituras con piano.
Si hacemos un breve recorrido cronológico por cada una de las piezas, acudiendo a Les Offrandes oubliées podemos calibrar ya las características de las interpretaciones de Cambreling. De este modo la primera parte, “la Cruz”, sabe ser no solo mística sino también inquietante, cosa que asimismo ocurre en la tercera, “la Eucaristía”, llevada con lentitud y una gran concentración. Muy fiera la sección central, “el Pecado”, en una línea salvaje que hasta cierto punto se emparenta con La consagración de la Primavera.
En L’Ascensión (1944), aun siendo el estilo irreprochable, sorprende la enorme tensión dramática, expectante y con cierta congoja más que puramente mística o transfigurada, que el director imprime al cuarto movimiento. También hay un desarrollado sentido de la incisividad tímbrica, intentando no conformarse con la sensualidad de “lo francés”, y una colorista extroversión en los momentos más tradicionales de la partitura.
Los Poèmes pour Mi (1948) cuentan con la participación de la mezzo Yvonne Naef, notable aunque un punto fría. Por su parte, Cambreling subraya la fascinación que ejercen las texturas tímbricas, sabiendo sonar áspero y rabioso cuando debe y también mostrándose capaz de desplegar una concentrada elevación poética sin caer en el mero hedonismo.
La Sinfonía Turangalila ya la comenté con cierto detalle en otra entrada. Dije entonces que Muraro no destacaba particularmente, pero la cosa mejora de manera sustancial en Réveil des oiseaux (1953), donde se desenvuelve a la perfección junto a una batuta angulosa e incisiva. Solista y director repiten enfoque y excelencia interpretativa en Oiseaux exotiques (1956), partitura que no es sino complemento de la anterior.
En Chronochromie (1960) hay más más “crono” que “cromie” debido a una interpretación aristada, obsesiva, de enorme exactitud y vigor rítmicos, admirable en el tratamiento de las texturas, y desde luego dicha con mucha garra expresiva e inmediatez: todo muy lejos de lo meramente intelectual.
La magistral Et Expecto resurrectionem mortuorum (1964) está expuesta con toda su solemnidad y sentido del misterio, con una portentosa construcción de planos sonoros –concentrada, sobria, sin nerviosismos– y apreciable tensión interna. El muy dilatado oratorio La Transfiguration de Notre-Seigneur Jésus-Christ (1969) se me hace demasiado largo, esa es la verdad; interpretación en cualquier caso irreprochable, con muy buenos solistas instrumentales y un espléndido EuropaChorAkademie.
No menos larga pero a mi entender mucho más fascinante es la partitura de Des Canyons aux étoiles (1974), toda una ocasión de lucimiento para las dotes de Roger Muraro, anguloso y tenso a más no poder en “el ruiseñor”. Tremebunda en este mismo sentido la interpretación de ese breve concierto para piano que es La Ville d’En-Haut (1987): puro expresionismo. En Un Sourire (1989) Cambreling vuelve a demostrar como sabe moverse entre la angulosidad y el éxtasis más concentrado.
Para terninar tenemos Éclairs sus l’Au-Delá, obra postrera que alcanza asombrosas cotas de belleza en el movimiento lento central y en el final, recibiendo una interpretación lentísima pero muy bien construida que consigue el equilibrio justo entre belleza sonora, misticismo y tensión dramática. Impresionante.
Como muy probablemente usted no se parece a semejante clase de aficionado, me permito recomendarle esta caja editada por el sello Hänssler que hace poco he tenido la oportunidad de terminar: integral sinfónica de Messiaen a cargo de Sylvain Cambreling y la Sinfónica de la SWR de Baden-Baden y Friburgo, desde Les Offrandes oubliées (1930) hasta Éclairs sus l’Au-Delá (1991) pasando por la emblemática Sinfonía Turangalila (1948) en grabaciones que casi todos los casos presentan soberbia toma de sonido realizadas entre 1999 y 2008. Música de enorme calidad, marcada por esa intensísima religiosidad de corte franciscano que caracterizaba al compositor, mística y espiritual a más no poder, pero también con más aspectos inquietantes de lo que a simple vista pueda parecer.
La relativa heterodoxia de semejante enfoque no le impide a Cambreling, por otro lado, resultar particularmente extático y concentrado en los pasajes meditativos, si bien esta intensa espiritualidad resulta probablemente menos confiada y más anhelante de lo que el propio Messiaen, católico fervoroso de los pies a la cabeza, quiso que sonase: a veces la contemplación del Más Allá tiene algo –o mucho– de imponente y aterrador, aunque al final se termina imponiendo la visión de la bondad divina que se manifiesta a través de la naturaleza, particularmente a través de esos pájaros fielmente pasados a la partitura por el ornitólogo Messiaen y recreados de manera admirable por la exactitud rítmica de Cambreling y, también, por el magnífico toque de Roger Muraro en las partituras con piano.
Si hacemos un breve recorrido cronológico por cada una de las piezas, acudiendo a Les Offrandes oubliées podemos calibrar ya las características de las interpretaciones de Cambreling. De este modo la primera parte, “la Cruz”, sabe ser no solo mística sino también inquietante, cosa que asimismo ocurre en la tercera, “la Eucaristía”, llevada con lentitud y una gran concentración. Muy fiera la sección central, “el Pecado”, en una línea salvaje que hasta cierto punto se emparenta con La consagración de la Primavera.
En L’Ascensión (1944), aun siendo el estilo irreprochable, sorprende la enorme tensión dramática, expectante y con cierta congoja más que puramente mística o transfigurada, que el director imprime al cuarto movimiento. También hay un desarrollado sentido de la incisividad tímbrica, intentando no conformarse con la sensualidad de “lo francés”, y una colorista extroversión en los momentos más tradicionales de la partitura.
Los Poèmes pour Mi (1948) cuentan con la participación de la mezzo Yvonne Naef, notable aunque un punto fría. Por su parte, Cambreling subraya la fascinación que ejercen las texturas tímbricas, sabiendo sonar áspero y rabioso cuando debe y también mostrándose capaz de desplegar una concentrada elevación poética sin caer en el mero hedonismo.
La Sinfonía Turangalila ya la comenté con cierto detalle en otra entrada. Dije entonces que Muraro no destacaba particularmente, pero la cosa mejora de manera sustancial en Réveil des oiseaux (1953), donde se desenvuelve a la perfección junto a una batuta angulosa e incisiva. Solista y director repiten enfoque y excelencia interpretativa en Oiseaux exotiques (1956), partitura que no es sino complemento de la anterior.
En Chronochromie (1960) hay más más “crono” que “cromie” debido a una interpretación aristada, obsesiva, de enorme exactitud y vigor rítmicos, admirable en el tratamiento de las texturas, y desde luego dicha con mucha garra expresiva e inmediatez: todo muy lejos de lo meramente intelectual.
La magistral Et Expecto resurrectionem mortuorum (1964) está expuesta con toda su solemnidad y sentido del misterio, con una portentosa construcción de planos sonoros –concentrada, sobria, sin nerviosismos– y apreciable tensión interna. El muy dilatado oratorio La Transfiguration de Notre-Seigneur Jésus-Christ (1969) se me hace demasiado largo, esa es la verdad; interpretación en cualquier caso irreprochable, con muy buenos solistas instrumentales y un espléndido EuropaChorAkademie.
No menos larga pero a mi entender mucho más fascinante es la partitura de Des Canyons aux étoiles (1974), toda una ocasión de lucimiento para las dotes de Roger Muraro, anguloso y tenso a más no poder en “el ruiseñor”. Tremebunda en este mismo sentido la interpretación de ese breve concierto para piano que es La Ville d’En-Haut (1987): puro expresionismo. En Un Sourire (1989) Cambreling vuelve a demostrar como sabe moverse entre la angulosidad y el éxtasis más concentrado.
Para terninar tenemos Éclairs sus l’Au-Delá, obra postrera que alcanza asombrosas cotas de belleza en el movimiento lento central y en el final, recibiendo una interpretación lentísima pero muy bien construida que consigue el equilibrio justo entre belleza sonora, misticismo y tensión dramática. Impresionante.
jueves, 30 de enero de 2014
El Tristán e Isolda de Viola, en Helsinki
Pillé hace tiempo –ya no se encuentra disponible en la red, me parece– una filmación del Tristán e Isolda que se ofreció en Helsinki en agosto del pasado año con la Sinfónica de la Radio Local bajo la dirección de Esa-Pekka Salonen, una versión semi-escenificada de la célebre producción de Peter Sellars y Bill Viola, esto es, la que estos días se anda ofreciendo en el Teatro Real de Madrid y yo espero ver el 8 de febrero. ¿Semi-escenificada, he dicho, de una producción de la que todo el mundo dice que, representada “al completo”, es casi una versión de concierto? Pues sí, y me explico: la función se celebra en una enorme sala sinfónica, con la orquesta sobre el escenario y las proyecciones del videocreador norteamericano detrás de ella; los cantantes se mueven no solo en la parte delantera del escenario sino también por los pasillos siguiendo las instrucciones de Sellars, interactuando entre ellos con mayor soltura que en una versión de concierto propiamente dicha –no llevan partitura– pero sin llegar a teatralizar sus papeles por completo, salvando el monólogo de Marke al final del segundo acto.
Así las cosas, no puedo en absoluto juzgar el trabajo de Sellars, del que aquí solo podemos ver una parte (por eso mismo aparece como “colaborador artístico” y no como director de escena, aunque al final sale a recoger aplausos). Pero sí puedo juzgar las videocreaciones de Viola: no me terminan de convencer, al menos en los dos primeros actos. Es verdad que son plásticamente muy bellas, que su lentísimo desarrollo no interfiere con el discurrir de la música (sí lo harían imágenes atropelladas en plan videoclip), y que en su espiritualidad ritual y trascendida ofrecen paralelismos con el afán de elevación poética de algunos momentos de la música, pero en la partitura hay también una enorme cantidad de pasión, de carne y de sangre, de visceralidad, de desgarro, de odio, de deseo físico, de pasiones extremas en definitiva, que van mucho más allá del éxtasis neoplatónico –o budista, o lo que se quiera– que propone Viola. Lo diré de otra manera: el problema no es que las proyecciones no cuenten la historia del libreto –no tienen por qué hacerlo– , sino que no dialogan con la partitura. Van cada una por su lado.
En el tercer acto el asunto cambia. Aquí sí que las imágenes de sol y fuego riman a la perfección con las alucinaciones de Tristán, mientras que el sublime liebestod está (¡por una vez!) perfectamente sincronizado en su clímax con la bellísima imagen de “desintegración en la eternidad” diseñada por Viola. Eso sí, la principal idea dramática de este acto –la visión de Isolda como un espejismo– está directamente copiada de la célebre aparición del personaje de Omar Sharif en Lawrence de Arabia. En cualquier caso, insisto, hay que esperar a ver la propuesta escénica completa, con todo el trabajo de Sellars, para poder valorar la producción en su conjunto.
Salonen juega literalmente en casa (nación en Helsinki en 1958). No convence en absoluto en el preludio: lento y estático, ajeno a algo tan fundamental en Wagner como es el drama. Luego la cosa mejora de manera muy sustancial y nos ofrece una espléndida recreación que, siendo mejorable en estilo –sobre todo en lo que a la sonoridad orquestal se refiere–, ofrece intensidad bien controlada, excelente pulso y variedad expresiva. Al menos en los dos primeros actos, porque en el tercero, de nuevo tras un preludio lentísimo y extremadamente desolado, pierde el sentido teatral y el resultado, irreprochable desde el punto de vista meramente sinfónico, dista de sonar convencer desde el punto de vista operístico.
En el elenco hay dos cantantes que repiten ahora en Madrid: Violeta Urmana y Jukka Rasilainen. La cantante lituana, a despecho de algún roce sin importancia y de un agudo que ya no está en óptimas condiciones en sus alturas más comprometidas, es una Isolda vocalmente suntuosa, muy valiente en el canto, que en lo expresivo se centra, como no podía ser menos, en la faceta más vengativa del personaje –lo “amoroso” nunca ha sido lo suyo– sin caer en la truculencia ni en la ferocidad, sino manteniendo siempre una musicalísima línea de canto. Rasileinen, por su parte, es un Kurwenal del montón, tanto por una voz de tímbrica poco atractiva como por una expresividad más voluntariosa que inspirada.
Decepcionante la actuación de Ben Heppner como Tristán: la clase, el temperamento bien controlado y el saber decir siguen ahí, pero la voz ha perdido muchos enteros y ahora los gallos y las desafinaciones son abundantes. Sencillamente fantástica la Brangania de Michele de Young, que ya nos deslumbrara en el segundo acto bajo la dirección de Barenboim (y precisamente junto a Heppner) en Granada hace años. Claro que lo mejor de la filmación de Helsinki está en el más grande –en todos los sentidos– de los cantantes finlandeses que se conocen: Matti Salminen. La voz está ya algo tocada (normal, tiene 67 años en este vídeo), pero como recreador emocional de Marke es el número uno. ¡Y no digamos como actor! Por una vez Sellars establece contacto físico entre los personajes –está claro que para él Tristán y el rey son algo más que tío y sobrino– y Salminen, con gafas y ropa moderna, nos conmueve hasta lo más profundo de las entrañas
Total, un Tristán con sus más y sus menor pero con demasiadas cosas de interés como para pasarlo por alto. A ver si hay suerte y sale en DVD.
Así las cosas, no puedo en absoluto juzgar el trabajo de Sellars, del que aquí solo podemos ver una parte (por eso mismo aparece como “colaborador artístico” y no como director de escena, aunque al final sale a recoger aplausos). Pero sí puedo juzgar las videocreaciones de Viola: no me terminan de convencer, al menos en los dos primeros actos. Es verdad que son plásticamente muy bellas, que su lentísimo desarrollo no interfiere con el discurrir de la música (sí lo harían imágenes atropelladas en plan videoclip), y que en su espiritualidad ritual y trascendida ofrecen paralelismos con el afán de elevación poética de algunos momentos de la música, pero en la partitura hay también una enorme cantidad de pasión, de carne y de sangre, de visceralidad, de desgarro, de odio, de deseo físico, de pasiones extremas en definitiva, que van mucho más allá del éxtasis neoplatónico –o budista, o lo que se quiera– que propone Viola. Lo diré de otra manera: el problema no es que las proyecciones no cuenten la historia del libreto –no tienen por qué hacerlo– , sino que no dialogan con la partitura. Van cada una por su lado.
En el tercer acto el asunto cambia. Aquí sí que las imágenes de sol y fuego riman a la perfección con las alucinaciones de Tristán, mientras que el sublime liebestod está (¡por una vez!) perfectamente sincronizado en su clímax con la bellísima imagen de “desintegración en la eternidad” diseñada por Viola. Eso sí, la principal idea dramática de este acto –la visión de Isolda como un espejismo– está directamente copiada de la célebre aparición del personaje de Omar Sharif en Lawrence de Arabia. En cualquier caso, insisto, hay que esperar a ver la propuesta escénica completa, con todo el trabajo de Sellars, para poder valorar la producción en su conjunto.
Salonen juega literalmente en casa (nación en Helsinki en 1958). No convence en absoluto en el preludio: lento y estático, ajeno a algo tan fundamental en Wagner como es el drama. Luego la cosa mejora de manera muy sustancial y nos ofrece una espléndida recreación que, siendo mejorable en estilo –sobre todo en lo que a la sonoridad orquestal se refiere–, ofrece intensidad bien controlada, excelente pulso y variedad expresiva. Al menos en los dos primeros actos, porque en el tercero, de nuevo tras un preludio lentísimo y extremadamente desolado, pierde el sentido teatral y el resultado, irreprochable desde el punto de vista meramente sinfónico, dista de sonar convencer desde el punto de vista operístico.
En el elenco hay dos cantantes que repiten ahora en Madrid: Violeta Urmana y Jukka Rasilainen. La cantante lituana, a despecho de algún roce sin importancia y de un agudo que ya no está en óptimas condiciones en sus alturas más comprometidas, es una Isolda vocalmente suntuosa, muy valiente en el canto, que en lo expresivo se centra, como no podía ser menos, en la faceta más vengativa del personaje –lo “amoroso” nunca ha sido lo suyo– sin caer en la truculencia ni en la ferocidad, sino manteniendo siempre una musicalísima línea de canto. Rasileinen, por su parte, es un Kurwenal del montón, tanto por una voz de tímbrica poco atractiva como por una expresividad más voluntariosa que inspirada.
Decepcionante la actuación de Ben Heppner como Tristán: la clase, el temperamento bien controlado y el saber decir siguen ahí, pero la voz ha perdido muchos enteros y ahora los gallos y las desafinaciones son abundantes. Sencillamente fantástica la Brangania de Michele de Young, que ya nos deslumbrara en el segundo acto bajo la dirección de Barenboim (y precisamente junto a Heppner) en Granada hace años. Claro que lo mejor de la filmación de Helsinki está en el más grande –en todos los sentidos– de los cantantes finlandeses que se conocen: Matti Salminen. La voz está ya algo tocada (normal, tiene 67 años en este vídeo), pero como recreador emocional de Marke es el número uno. ¡Y no digamos como actor! Por una vez Sellars establece contacto físico entre los personajes –está claro que para él Tristán y el rey son algo más que tío y sobrino– y Salminen, con gafas y ropa moderna, nos conmueve hasta lo más profundo de las entrañas
Total, un Tristán con sus más y sus menor pero con demasiadas cosas de interés como para pasarlo por alto. A ver si hay suerte y sale en DVD.
miércoles, 29 de enero de 2014
El final de la alpina: más vale una imagen...
Coincidencias: estuve esta tarde escuchando la Sinfonía Alpina (de cara a una comparativa que me parece nunca terminaré de modo satisfactorio) y al concluir descubro que está nevando. Tras salir a la calle y recibir los copos de nieve sobre mi cuerpo –estas tonterías nos hacen ilusión a los que somos de costa, aunque llevemos unos cuantos años ya en la montaña–, he podido sacar desde la ventana de mi dormitorio una fotografía que es la mejor descripción posible del final del poema sinfónico straussiano. Cuánta belleza, y también cuánta reflexión sobre nosotros mismos, podemos encontrar encerrada en la naturaleza...
martes, 28 de enero de 2014
Barenboim y La Scala por Abbado: impresionante
Siguiendo una tradición del siglo pasado, el Teatro alla Scala ha rendido homenaje a antiguo titular Claudio Abbado ofreciendo la marcha fúnebre de la Sinfonía Heroica con la sala vacía y las puertas abiertas. En esta ocasión, claro, como las circunstancias tecnológicas son ya otras, se han instalados altavoces para que los aficionados que lo deseasen pudiesen seguir la pequeña pero altamente simbólica y emotiva ceremonia. También se ha retransmitido a todo el mundo por los canales habituales y se ha colgado en YouTube.
Impresionante, sin duda, escuchar esta genial música beethoveniana viendo la sala sin público. Y más impresionante aún escucharla dirigida por su actual titular, un Daniel Barenboim que, aparte de abordarla de manera muy distinta a como lo hubiera hecho el Abbado de los últimos años, alcanza con esta pieza una sintonía muy especial: solo a Furtwängler y a Klemperer se le han escuchado interpretaciones de este movimiento equiparables a las que ofrece el argentino, quien en esta especial ocasión ha sonado –o al menos eso me ha parecido a mí– un punto menos rebelde que en otras ocasiones –tremebundos, aun así, los clímax– y más lírico, más… ¿despidiéndose de un buen amigo desde la ternura, no con desesperación ante la muerte? Algo así.
Pero lo más impresionante no es eso, no, sino ver la plaza delante del teatro absolutamente atestada de melómanos –llevarían ahí horas, bajo un frío considerable– para rendir homenaje a su paisano. Algunos comentarios que me han realizado en este blog me dejan la duda de si, efectivamente, Abbado ha sido uno de los más grandes, como escribí en su momento, o simplemente uno de los importantes directores de los últimos cincuenta años, sin más. Pero lo que está clarísimo es que en Milán le adoran, además de tener en altísima consideración a los grandes artistas de la música. Ojalá fuera así en todas partes.
Impresionante, sin duda, escuchar esta genial música beethoveniana viendo la sala sin público. Y más impresionante aún escucharla dirigida por su actual titular, un Daniel Barenboim que, aparte de abordarla de manera muy distinta a como lo hubiera hecho el Abbado de los últimos años, alcanza con esta pieza una sintonía muy especial: solo a Furtwängler y a Klemperer se le han escuchado interpretaciones de este movimiento equiparables a las que ofrece el argentino, quien en esta especial ocasión ha sonado –o al menos eso me ha parecido a mí– un punto menos rebelde que en otras ocasiones –tremebundos, aun así, los clímax– y más lírico, más… ¿despidiéndose de un buen amigo desde la ternura, no con desesperación ante la muerte? Algo así.
Pero lo más impresionante no es eso, no, sino ver la plaza delante del teatro absolutamente atestada de melómanos –llevarían ahí horas, bajo un frío considerable– para rendir homenaje a su paisano. Algunos comentarios que me han realizado en este blog me dejan la duda de si, efectivamente, Abbado ha sido uno de los más grandes, como escribí en su momento, o simplemente uno de los importantes directores de los últimos cincuenta años, sin más. Pero lo que está clarísimo es que en Milán le adoran, además de tener en altísima consideración a los grandes artistas de la música. Ojalá fuera así en todas partes.
domingo, 26 de enero de 2014
Tercera Sinfonía de Lutoslawski: discografía comparada
Este post lo publiqué originalmente el 15 de septiembre de 2009. Aprovechando que ayer se cumpleron 101 años del nacimiento del genial compositor polaco, he ampliado la comparativa sobre esta fascinante sinfonía con cuatro registros adicionales: Lutoslawski 1992, Blaszczyk, Gardner y Rattle. Además. he vuelto a escuchar la de Lutoslawski 1985 y la de Barenboim. La primera de ellas sigue siendo mi interpretación favorita. A la segunda he decidido subirle del 9 al 10, no solo porque me ha gustado ahora aún más que antes, sino también porque la de Rattle, magnifica pero un poco menos personal que la del argentino, me anima a "empujar" a la de éste hacia arriba. No he cambiado nada en los textos ya escritos.
_____________________
El próximo sábado la Orquesta Nacional de España ofrece en Alicante la Sinfonía nº 3 de Witold Lutoslawski, una verdadera obra maestra que no parece interesar mucho a nuestros programadores. Como me he animado a visitar el Festival de Música Contemporánea, he considerado oportuno realizar un repaso de todas las grabaciones discográficas a mi disposición, seis en total.Me faltan dos: la de Miroslaw Blaszczyk con la Orquesta Nacional de Silesia para el sello Dux y la de Edward Gardner con la Sinfónica de la BBC para Chandos.
La obra fue un encargo de la Sinfónica de Chicago y se escribió durante un dilatado periodo de tiempo, siendo estrenada por la formación norteamericana bajo la dirección de Sir Georg Solti el 29 de septiembre de 1983. Escrita con mano maestra y un lenguaje tan hermético como comunicativo -tal paradoja es posible en la música del autor-, resulta destacable la utilización de técnicas aleatorias que ponen a prueba la intuición y el virtuosismo de los intérpretes. Ni que decir tiene que las demandas hacia la orquesta son extraordinarias y que, por ende, la calidad de la misma determina en gran medida el resultado interpretativo. Aquí va, como aportación adicional, una relación de las duraciones de los diferentes registros comentados abajo.
Solti (sin contar los aplausos): 26’14’’
Salonen: 31’24’’
Lutoslawski 1985: 30’22’’
Wit I: 27’50’’
Lutoslawski 1992: 30’28’’
Barenboim: 27’23’’
Wit II: 31’37’’
Otaka: 34'31''
Blaszczyk: 30'58''
Gardner: 30’50’’
Rattle: 29'16''

1. Solti/Sinfónica de Chicago (CSO, 1 de octubre de 1983). En la ocasión del estreno, Solti hizo gala de su poderosísima personalidad y ofreció una versión electrizante, muy angulosa e incisiva, agresiva en el tratamiento de los metales y en buena medida “expresionista”, lo que no le impide hacer gala de un rico colorido y de un buen sentido de las texturas, aunque sí le lleva a desatender al peso de los silencios, a no ofrecer la flexibilidad suficiente y a pasar por encima de los aspectos más líricos y atmosféricos de la obra, que –como demostrarán otros directores– también los tiene. En cualquier caso la comunicatividad y brillantez propias del maestro enganchan desde el principio y no dejan respiro a lo largo de esta interpretación que parece ideal para acercar la obra a quienes más les cuesta acercarse a la música contemporánea. Por desgracia solo se puede adquirir en una edición especial editada por la propia orquesta a un precio bastante elevado (enlace). (8)

2. Salonen/Filarmónica de Los Ángeles (CBS-Sony, 1985). En la primera grabación de la obra que se editó comercialmente, el aún joven Salonen ofrece la interpretación “didáctica” por antonomasia. Todo está maravillosamente expuesto y explicado, con asombrosa claridad y solidísima arquitectura, guiándonos por todos los recovecos de la obra, clarificando todos los puntos que pueden quedar oscuros y sorprendiéndonos con un tratamiento de las texturas que emparentan la página con Ligeti. El problema es que con tanta atención a los árboles se pierde de vista el bosque; por momentos se echa en falta una dosis mayor de comunicatividad y -por qué no- de emoción. El final, en cualquier caso, es admirable. (8)
3. Lutoslawski/Filarmónica de Berlín (Philips, 1985). La visión personal del compositor, mucho más atento al análisis, al misterio y a los aspectos sensuales de la página que a la electricidad o la espectacularidad, se encuentra mucho más cerca de Salonen que de Solti, solo que aportando frente al maestro finés una dosis mucho mayor de flexibilidad, colorido, imaginación y riqueza de matices expresivos, haciendo además respirar a la música con mayor naturalidad y demostrando que esta obra contiene, pese a su carácter aparentemente hermético, una intensa dosis de humanismo y hasta de emotividad. La orquesta de Karajan se rinde incondicionalmente entregando todo su virtuosismo y musicalidad, y los ingenieros de Philips ponen la guinda con una espléndida toma sonora. (10)
4. Wit/Orquesta Sinfónica Nacional de la Radio Polaca de Katowice (Polskie Nagrania, 1988). Al igual que “era necesario” que el compositor dejara su visión de la obra en el podio, estaba cantado que “hacía falta” una versión con denominación de origen. Curiosamente Antoni Wit ofreció una recreación muy distinta a la del propio Lutoslawski para acercarse, aunque con unos parámetros expresivos mucho más moderados, a las posiciones de un Solti, no tanto por la premura de los tempi sino por su carácter nervioso, la angulosidad del trazo y la -solo relativa- agresividad que desprende. Por desgracia Wit no es capaz de ofrecer la solidez de la arquitectura ni de la electricidad del maestro húngaro, como tampoco la capacidad de análisis y el refinamiento de un Salonen, y su notable orquesta polaca no puede compararse a la Sinfónica de Chicago o a la Filarmónica de Berlín. La toma sonora, analógica y sin reprocesar, no ayuda. (7)
5. Lutoslawski/Sinfónica Nacional de la Radio de Polonia (Accord, 1992). En este registro en estudio de excelente sonido, el último que realizó en su vida, el compositor polaco repitió el milagro de seis años atrás con la Filarmónica de Berlín, quizá abundando más aún en los aspectos oníricos y misteriosos de la página aun sin descuidar las descargas de electricidad y las asperezas sonoras en los momentos adecuados. La orquesta lógicamente no es de primera, y eso se nota en los metales, pero ofrece verdadera magia sonora bajo una batuta capaz de las mayores sutilezas expresivas. (10)

6. Barenboim/Sinfónica de Chicago (Erato, 1992). La tercera y última grabación “obligatoria” era, claro está, la de la formación que realizó el encargo, pero esta lo hizo ya bajo la batuta de su nuevo titular. No cabe imaginar una visión más distinta que la de Solti, y eso que la orquesta es la misma y la duración le empararenta antes con él que con Lutoslawski, a quien se aproxima en buena medida con su visión atmosférica y sensual en la que la sutileza del trazo y la variedad de texturas –increíbles en esta recreación– son más importantes que la fuerza expresiva de la arquitectura o la visceralidad de las emociones. ¿Mirando antes al Impresionismo que al Expresionismo? Algo así. Hay que puntualizar, en cualquier caso, que Barenboim carece de la firmeza de trazo y de la tensión sonora que ofrecía el propio compositor para Philips, también de su fuerza en los clímax, pero a cambio aporta una dosis adicional de cantabilidad, de vuelo lírico, de humanismo, como si quisiera mirar –en el de Buenos Aires es inevitable– no solo a la música del siglo XX sino también al pasado romántico. La orquesta aporta el increíble virtuosismo que ya mostró con Solti en el estreno, además de un enorme olfato musical para sus intervenciones aleatorias. La toma sonora, sin toda la transparencia tímbrica deseable, ofrece una admirable amplitud espacial y una amplia gama dinámica. Eso sí, hay que poner el volumen bien elevado. (10)
7. Wit/Orquesta Sinfónica Nacional de la Radio Polaca de Katowice (Naxos, 1995). Siete años después de su primera tentativa, las huestes polacas vuelven a probar fortuna y alcanzan un éxito mucho mayor. Tomándose las cosas con bastante más calma –es la interpretación más dilatada hasta la fecha–, Witt logra refinar el trazo, clarificar mejor las texturas, ofrecer mayor número de matices y enriquecer su enfoque atendiendo a los aspectos de la obra que antes había pasado por alto. La toma sonora, sin ser la ideal, es también mucho mejor ahora. Muy recomendable. (9)

8. Otaka/Orquesta Sinfónica Nacional de la BBC de Gales (BIS, 1995). Aprovechando la primera grabación mundial de Chantefleurs et Chantefables que dio razón de ser a este disco, el sello sueco enriquece la discografía con una interpretación que, además de estar espléndidamente grabada, es la más lenta de todas. Por ello mismo es quizá también una de las que ofrece mayor claridad en el entramado orquestal. Además, Tadaaki Otaka se muestra como buen concertador y un músico sensato que atiende a todas las facetas de la obra y posee cierta elegancia en su trazo. Por desgracia el maestro japonés, tal vez por culpa de la referida lentitud, no logra organizar de manera convincente las tensiones internas ni otorgar unidad, como tampoco es capaz de alcanzar las sutilezas del propio Lutoslawski ni de ofrecer la hondura de un Barenboim. El resultado, dentro de su digno nivel, termina siendo algo aburrido. (7)
9. Miroslaw Jacek Blaszczyk/Filarmónica Sinfónica de Silesia (Dux, 2004). Gran mérito el de una orquesta y un director fuera de los grandes circuitos internacionales levantar con semejante corrección esta obra maestra, con buen trazo, cuidadosa planificación e irreprochable equilibro entre los aspectos sensuales y líricos de esta música con los más viscerales. Por desgracia la competencia es importante, y aquí se echan de menos la magia sonora, la electricidad, la variedad expresiva y –en definitiva– la comunicatividad de las grandes recreaciones discográficas. Incluso la toma sonora, siendo muy buena, no está a la altura de los tiempos que corren. (7)
10. Gardner/Sinfónica de la BBC (Chandos, 2010). El maestro británico es de los que se apartan de la senda lírica propuesta por el propio compositor en su registro para Philips para apostar por el nervio, por la insicividad y hasta por lo agresivo, aunque sin renunciar a detallismo en el tratamiento de las texturas y sin precipitarse, sino dejando a la música respirar. El resultado es muy plausible, aunque sobra algo de estridencia, incluso de escándalo gratuito. La orquesta realiza una buena labor, pero su maleabilidad no es la de las grandes ni sus solistas resultan particularmente expresivos. (8)
11. Rattle/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2012). Sir Simon toma como modelo claro la realización del propio autor con la misma orquesta de 1985, y consecuentemente ofrece –armado de una técnica de batuta portentosa y secundado por una orquesta pletórica de facultades– una realización ante todo lírica y sensual, fascinante en el tratamiento de las texturas y muy emotiva, aunque quizá al británico se le va un poco la mano a la hora de “romantizar" la obra; un poco más de incisividad, de mala leche y de garra dramática en determinados no le hubiera venido mal a esta interpretación quizá un punto más amable de la cuenta, pero en cualquier caso de espléndido nivel. (9)
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El próximo sábado la Orquesta Nacional de España ofrece en Alicante la Sinfonía nº 3 de Witold Lutoslawski, una verdadera obra maestra que no parece interesar mucho a nuestros programadores. Como me he animado a visitar el Festival de Música Contemporánea, he considerado oportuno realizar un repaso de todas las grabaciones discográficas a mi disposición, seis en total.
La obra fue un encargo de la Sinfónica de Chicago y se escribió durante un dilatado periodo de tiempo, siendo estrenada por la formación norteamericana bajo la dirección de Sir Georg Solti el 29 de septiembre de 1983. Escrita con mano maestra y un lenguaje tan hermético como comunicativo -tal paradoja es posible en la música del autor-, resulta destacable la utilización de técnicas aleatorias que ponen a prueba la intuición y el virtuosismo de los intérpretes. Ni que decir tiene que las demandas hacia la orquesta son extraordinarias y que, por ende, la calidad de la misma determina en gran medida el resultado interpretativo. Aquí va, como aportación adicional, una relación de las duraciones de los diferentes registros comentados abajo.
Solti (sin contar los aplausos): 26’14’’
Salonen: 31’24’’
Lutoslawski 1985: 30’22’’
Wit I: 27’50’’
Lutoslawski 1992: 30’28’’
Barenboim: 27’23’’
Wit II: 31’37’’
Otaka: 34'31''
Blaszczyk: 30'58''
Gardner: 30’50’’
Rattle: 29'16''

1. Solti/Sinfónica de Chicago (CSO, 1 de octubre de 1983). En la ocasión del estreno, Solti hizo gala de su poderosísima personalidad y ofreció una versión electrizante, muy angulosa e incisiva, agresiva en el tratamiento de los metales y en buena medida “expresionista”, lo que no le impide hacer gala de un rico colorido y de un buen sentido de las texturas, aunque sí le lleva a desatender al peso de los silencios, a no ofrecer la flexibilidad suficiente y a pasar por encima de los aspectos más líricos y atmosféricos de la obra, que –como demostrarán otros directores– también los tiene. En cualquier caso la comunicatividad y brillantez propias del maestro enganchan desde el principio y no dejan respiro a lo largo de esta interpretación que parece ideal para acercar la obra a quienes más les cuesta acercarse a la música contemporánea. Por desgracia solo se puede adquirir en una edición especial editada por la propia orquesta a un precio bastante elevado (enlace). (8)

2. Salonen/Filarmónica de Los Ángeles (CBS-Sony, 1985). En la primera grabación de la obra que se editó comercialmente, el aún joven Salonen ofrece la interpretación “didáctica” por antonomasia. Todo está maravillosamente expuesto y explicado, con asombrosa claridad y solidísima arquitectura, guiándonos por todos los recovecos de la obra, clarificando todos los puntos que pueden quedar oscuros y sorprendiéndonos con un tratamiento de las texturas que emparentan la página con Ligeti. El problema es que con tanta atención a los árboles se pierde de vista el bosque; por momentos se echa en falta una dosis mayor de comunicatividad y -por qué no- de emoción. El final, en cualquier caso, es admirable. (8)
5. Lutoslawski/Sinfónica Nacional de la Radio de Polonia (Accord, 1992). En este registro en estudio de excelente sonido, el último que realizó en su vida, el compositor polaco repitió el milagro de seis años atrás con la Filarmónica de Berlín, quizá abundando más aún en los aspectos oníricos y misteriosos de la página aun sin descuidar las descargas de electricidad y las asperezas sonoras en los momentos adecuados. La orquesta lógicamente no es de primera, y eso se nota en los metales, pero ofrece verdadera magia sonora bajo una batuta capaz de las mayores sutilezas expresivas. (10)

6. Barenboim/Sinfónica de Chicago (Erato, 1992). La tercera y última grabación “obligatoria” era, claro está, la de la formación que realizó el encargo, pero esta lo hizo ya bajo la batuta de su nuevo titular. No cabe imaginar una visión más distinta que la de Solti, y eso que la orquesta es la misma y la duración le empararenta antes con él que con Lutoslawski, a quien se aproxima en buena medida con su visión atmosférica y sensual en la que la sutileza del trazo y la variedad de texturas –increíbles en esta recreación– son más importantes que la fuerza expresiva de la arquitectura o la visceralidad de las emociones. ¿Mirando antes al Impresionismo que al Expresionismo? Algo así. Hay que puntualizar, en cualquier caso, que Barenboim carece de la firmeza de trazo y de la tensión sonora que ofrecía el propio compositor para Philips, también de su fuerza en los clímax, pero a cambio aporta una dosis adicional de cantabilidad, de vuelo lírico, de humanismo, como si quisiera mirar –en el de Buenos Aires es inevitable– no solo a la música del siglo XX sino también al pasado romántico. La orquesta aporta el increíble virtuosismo que ya mostró con Solti en el estreno, además de un enorme olfato musical para sus intervenciones aleatorias. La toma sonora, sin toda la transparencia tímbrica deseable, ofrece una admirable amplitud espacial y una amplia gama dinámica. Eso sí, hay que poner el volumen bien elevado. (10)
7. Wit/Orquesta Sinfónica Nacional de la Radio Polaca de Katowice (Naxos, 1995). Siete años después de su primera tentativa, las huestes polacas vuelven a probar fortuna y alcanzan un éxito mucho mayor. Tomándose las cosas con bastante más calma –es la interpretación más dilatada hasta la fecha–, Witt logra refinar el trazo, clarificar mejor las texturas, ofrecer mayor número de matices y enriquecer su enfoque atendiendo a los aspectos de la obra que antes había pasado por alto. La toma sonora, sin ser la ideal, es también mucho mejor ahora. Muy recomendable. (9)

8. Otaka/Orquesta Sinfónica Nacional de la BBC de Gales (BIS, 1995). Aprovechando la primera grabación mundial de Chantefleurs et Chantefables que dio razón de ser a este disco, el sello sueco enriquece la discografía con una interpretación que, además de estar espléndidamente grabada, es la más lenta de todas. Por ello mismo es quizá también una de las que ofrece mayor claridad en el entramado orquestal. Además, Tadaaki Otaka se muestra como buen concertador y un músico sensato que atiende a todas las facetas de la obra y posee cierta elegancia en su trazo. Por desgracia el maestro japonés, tal vez por culpa de la referida lentitud, no logra organizar de manera convincente las tensiones internas ni otorgar unidad, como tampoco es capaz de alcanzar las sutilezas del propio Lutoslawski ni de ofrecer la hondura de un Barenboim. El resultado, dentro de su digno nivel, termina siendo algo aburrido. (7)
9. Miroslaw Jacek Blaszczyk/Filarmónica Sinfónica de Silesia (Dux, 2004). Gran mérito el de una orquesta y un director fuera de los grandes circuitos internacionales levantar con semejante corrección esta obra maestra, con buen trazo, cuidadosa planificación e irreprochable equilibro entre los aspectos sensuales y líricos de esta música con los más viscerales. Por desgracia la competencia es importante, y aquí se echan de menos la magia sonora, la electricidad, la variedad expresiva y –en definitiva– la comunicatividad de las grandes recreaciones discográficas. Incluso la toma sonora, siendo muy buena, no está a la altura de los tiempos que corren. (7)
10. Gardner/Sinfónica de la BBC (Chandos, 2010). El maestro británico es de los que se apartan de la senda lírica propuesta por el propio compositor en su registro para Philips para apostar por el nervio, por la insicividad y hasta por lo agresivo, aunque sin renunciar a detallismo en el tratamiento de las texturas y sin precipitarse, sino dejando a la música respirar. El resultado es muy plausible, aunque sobra algo de estridencia, incluso de escándalo gratuito. La orquesta realiza una buena labor, pero su maleabilidad no es la de las grandes ni sus solistas resultan particularmente expresivos. (8)
11. Rattle/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2012). Sir Simon toma como modelo claro la realización del propio autor con la misma orquesta de 1985, y consecuentemente ofrece –armado de una técnica de batuta portentosa y secundado por una orquesta pletórica de facultades– una realización ante todo lírica y sensual, fascinante en el tratamiento de las texturas y muy emotiva, aunque quizá al británico se le va un poco la mano a la hora de “romantizar" la obra; un poco más de incisividad, de mala leche y de garra dramática en determinados no le hubiera venido mal a esta interpretación quizá un punto más amable de la cuenta, pero en cualquier caso de espléndido nivel. (9)
viernes, 24 de enero de 2014
Medio millón de visitas
Con cerca de seis años que lleva en funcionamiento este blog –su creación se remonta a mayo de 2008–, a razón de unas tres entradas semanales como media, se alcanzó anoche la cifra de quinientas mil visitas. Aunque la cifra no es gran cosa para lo que es habitual en internet, entiendo que tengo motivos para estar satisfecho tratándose de lo que se trata: no una publicación periódica, ni un foro, ni un sitio de descargas, sino un rincón que gira exclusivamente en torno a los gustos personales, a los encuentros y desencuentros, a los trabajos realizados para diferentes medios y, en definitiva, a las circunstancias que rodean a un único individuo –obviamente un servidor– que no es más ni menos interesante que la mayoría de melómanos medianamente formados que circulan por ahí, pero al que le gusta que le lean (¡para qué ocultarlo!) tanto como le gusta a él leer a otros, y que por ende piensa que pueden aprender de lo que escribe tanto como él lo hace de los demás.
Por supuesto, no soy tan cretino como para pensar que la mayoría de quienes se pasan por aquí lo hacen interesados por mis opiniones. Menos aún para tomarlas como referencia. En realidad, son muchos los que llegan buscando una carátula, algún dato concreto sobre un compacto, referencias a determinados conciertos, documentales sobre temas musicales, información para realizar un trabajo escolar e incluso descargas discográficas corsarias. De ahí que algunas de las entradas más leídas sean cosas como "Discografía completa de Daniel Barenboim", "Las Cantigas de Santa María" o "Películas sobre Shostakovich". Otros sí que lo hacen interesados en una opinión sobre determinados discos o conciertos, claro, aunque solo sea por mera curiosidad, para contrastar con otras fuentes –eso es lo más saludable– o para reírse de lo que aquí se dice.
Sea como fuere, quiero dar las gracias a todos cuantos se pasan por este rincón, no por leerme sino porque con sus visitas están demostrando algo que hace mucha falta: interés por la música. También pedirles disculpas porque las numerosas insuficiencias que en muchos aspectos pueden encontrar, si bien es cierto –esto tampoco está de más hacerlo ver– que mi tiempo es limitado, que mi trabajo real es otro y que intento compaginar esta afición con la de investigar sobre arte medieval en mis ratos libres. También que, lógicamente, mis oídos y mi talento son los que son, con todas sus limitaciones.
Por otra parte, confieso que dos objetivos del blog que nada tienen que ver con los lectores se han cumplido: aprender cada vez más a base del sano ejercicio de reflexionar por escrito sobre lo que se ha escuchado, por un lado, y tomar nota de lo que me han parecido las cosas para acordarme en el futuro, por otro. Esto último les aseguro que me ha venido estupendamente. ¡No se pueden imaginar la de veces que yo mismo he buceado en los contenidos para hacer memoria! Obviamente la cosa es aún más grata si se ayuda a cubrir un hueco entre los aficionados españoles: se escribe mucho en la red de ópera, venturosamente, pero casi nadie se anima a compartir sus opiniones sobre repertorio sinfónico, que es de lo que aquí más se habla.
Lo dicho, muchísimas gracias. Ah, la foto es la más reciente que tengo: ensanchando mi perímetro con una porción de roscón de reyes (buenísimo, se lo aseguro) el 5 de enero en Utrera.
Por supuesto, no soy tan cretino como para pensar que la mayoría de quienes se pasan por aquí lo hacen interesados por mis opiniones. Menos aún para tomarlas como referencia. En realidad, son muchos los que llegan buscando una carátula, algún dato concreto sobre un compacto, referencias a determinados conciertos, documentales sobre temas musicales, información para realizar un trabajo escolar e incluso descargas discográficas corsarias. De ahí que algunas de las entradas más leídas sean cosas como "Discografía completa de Daniel Barenboim", "Las Cantigas de Santa María" o "Películas sobre Shostakovich". Otros sí que lo hacen interesados en una opinión sobre determinados discos o conciertos, claro, aunque solo sea por mera curiosidad, para contrastar con otras fuentes –eso es lo más saludable– o para reírse de lo que aquí se dice.
Sea como fuere, quiero dar las gracias a todos cuantos se pasan por este rincón, no por leerme sino porque con sus visitas están demostrando algo que hace mucha falta: interés por la música. También pedirles disculpas porque las numerosas insuficiencias que en muchos aspectos pueden encontrar, si bien es cierto –esto tampoco está de más hacerlo ver– que mi tiempo es limitado, que mi trabajo real es otro y que intento compaginar esta afición con la de investigar sobre arte medieval en mis ratos libres. También que, lógicamente, mis oídos y mi talento son los que son, con todas sus limitaciones.
Por otra parte, confieso que dos objetivos del blog que nada tienen que ver con los lectores se han cumplido: aprender cada vez más a base del sano ejercicio de reflexionar por escrito sobre lo que se ha escuchado, por un lado, y tomar nota de lo que me han parecido las cosas para acordarme en el futuro, por otro. Esto último les aseguro que me ha venido estupendamente. ¡No se pueden imaginar la de veces que yo mismo he buceado en los contenidos para hacer memoria! Obviamente la cosa es aún más grata si se ayuda a cubrir un hueco entre los aficionados españoles: se escribe mucho en la red de ópera, venturosamente, pero casi nadie se anima a compartir sus opiniones sobre repertorio sinfónico, que es de lo que aquí más se habla.
Lo dicho, muchísimas gracias. Ah, la foto es la más reciente que tengo: ensanchando mi perímetro con una porción de roscón de reyes (buenísimo, se lo aseguro) el 5 de enero en Utrera.
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