viernes, 27 de septiembre de 2013

Como el ala de Rockefeller

Si bochornoso es todo lo que está pasando en el Teatro Real y terrible lo del Liceu, el Palau de Les Arts no se queda precisamente a la zaga en noticias inquietantes. Por lo pronto la Generalitat parece dispuesta a ejecutar el ERE con el que piensa poner de patitas en la calle a un montón de trabajadores que son precisamente los que con su esfuerzo han levantado, de una manera u otra, las temporadas del centro operístico valenciano. A los que queden en plantilla, por pura lógica, los harán trabajar en un régimen de semi-esclavitud. Y ahora dicen –la noticia es de hoy mismo– que además se están planteando privatizar el complejo. Lo comenté por ahí hace tiempo, medio en serio, medio en broma: Les Arts va a terminar en manos de José Luis Moreno. Claro que éste sin duda hará las delicias del público más casposo con sus inefables producciones de zarzuela. ¿Y el futuro de la buenas producciones de ópera? Pues más negro que el ala del cuervo Rockefeller. ¡Toma Moreno!

jueves, 26 de septiembre de 2013

No se pierdan Pagagnini

Yo me lo perdí en su primera temporada madrileña. Después de una gira y varios premios la propuesta realizada al alimón por el violinista Ara Malikian y el grupo teatral Yllana ha vuelto a la capital de España, concretamente al Teatro Calderón, donde estará hasta el próximo 13 de octubre para después volver a recorrer medio mundo. Yo lo vi el pasado 21 de septiembre y quedé encantado: mi consejo es que no lo dejen escapar.


La unión de música y humor en este espectáculo en el que un cuarteto de cuerda (tres violines y un chelo) liderado por el citado Malikian se dispone a ofrecer un recital puramente clásico, obviamente para que al final termine pasando de todo, puede recordar a mis admirados Les Luthiers. Pero hay dos enormes diferencias. La primera, que los gags de los Mundstock, Rabinovich y compañía son en su mayor parte verbales, mientras que aquí no hay casi ninguna línea de diálogo y el humor sale directamente de la música; mejor dicho, de lo que se hace con ésta desde el punto de vista puramente sonoro y de la interactuación entre la misma y el derroche mímico desplegado por los cuatro instrumentistas. La segunda, que mientras en los espectáculos de los argentinos el objetivo fundamental es el humor, en Pagagnini la música se pone en primera fila con claras intenciones de mostrar las posibilidades sonoras de los instrumentos de cuerda y, de paso, aficionar a la “música clásica” a personas que generalmente viven al margen de ella y han acudido al teatro simplemente a reírse un rato.

Por lo demás, hay que admirar en este espectáculo su doble faceta. Teatralmente funciona sin problemas, con buen pulso, una muy acertada definición de los protagonistas –cada uno de los músicos tiene una personalidad determinada en la que la autoironía y la más saludable desvergüenza desempeñan un papel decisivo– y un espléndido sentido del humor que, sin llegar a producir hilaridad, nos hacen salir con una duradera sonrisa en los labios. Y musicalmente… Bueno, estos señores son estupendos, y lo de Malikian no tiene nombre: virtuosismo extremo y musicalidad desarrolladísima en la interpretación, por no hablar de los alucinantes arreglos –es de suponer que en buena medida suyos– con que deforman, con sorprendentes resultados, conocidísimas piezas del repertorio. Encima son los cuatro (Eduardo Ortega, Gartxot Ortiz, Fernando Clemente, más el virtuoso de origen armenio) estupendos actores.

Lo dicho: no se les ocurra perdérselo si tienen la oportunidad de verlo.

miércoles, 25 de septiembre de 2013

Vuelve el Barbero al Teatro Real, y el de la batuta se lo carga

Soy de los que piensan que la clave de la interpretación musical de una ópera no está tanto en los cantantes como en el director de orquesta, que es –o debería ser– mucho más que el “guardia de tráfico” que se encarga de regular la interactuación entre el foso y las voces: es el maestro el que tiene que trabajar a fondo durante los ensayos para que los solistas hagan una piña bajo una misma idea estilística y expresiva, al igual que el director de escena no debe dejarles a su aire –esto suele pasar con demasiada frecuencia– sino realizar una minuciosa labor para que las cosas funcionen teatralmente como es debido. Si falla la batuta y los cantantes tienen que actuar por intuición y sin el soporte de una orquesta bien tensada, además de tratada con buen sentido dramático, o estos son primeras figuras o la cosa se hunde.

Barbero de Sevilla Sagi

Es justamente lo que está pasando en el Teatro Real en las funciones de El barbero de Sevilla que anda ofreciendo: en mi caso me refiero a la que presencié el sábado 21 de este mes. Contrató el defenestrado Mortier a Tomas Hanus, maestro checo que realizó una bochornosa labor sobre la genial partitura rossiniana. Le admito una virtud: al menos no hizo que Rossini sonara con esa excesiva levedad, por no decir cursilería, con la que algunos directores (pienso ahora en Gómez Martínez en su fallida grabación con la Garança) se empeñan hoy en interpretarlo. Y ahí se acaba lo bueno. Por lo demás fue la suya una dirección de obvia incompetencia técnica: este señor no tiene ni idea de cómo mantener el pulso, no sabe marcar contrastes y se muestra incapaz de ofrecer –salvo algunos detalles aislados no siempre convincentes– matices expresivos que hagan salir de la más absoluta linealidad a su lectura. Peor aun: no hubo un solo crescendo en toda la velada, lo que en Rossini es poco menos que pecado mortal. Imaginen el resultado. A un servidor, que tiene al Barbero por una de las óperas más absolutamente maravillosas jamás compuestas, le resultó soporífero a más no poder.

Así las cosas, el discreto elenco de cantantes congregados no pudo hacer nada, no solo porque tuvieron que luchar contra el tedio que emanaba del foso, sino también porque no tenían a nadie que les decía cómo hacer las cosas, ni siquiera en unos recitativos muy poco currados en los que el señor del fortepiano, por cierto, metió más de una morcilla. Hubo, en cualquier caso, cosas destacables, Me refiero sobre todo a la actuación de Serena Malfi, voz de mezzo lírica muy hermosa manejada de manera sensible, aun faltando una mayor personalidad que puede que le dé el tiempo; me sorprendió su manera de ornamentar “por abajo” la línea melódica en varias ocasiones.

También es bella (ahora, no antes: en el Elvino que le escuché en Sevilla en 2006 sonaba horrenda) la voz de Dmitry Korchak, pero aquí no termina de haber tanta desenvoltura técnica ni expresiva, por lo que los resultados fueron irregulares: cantó de manera mediocre el “Ecco ridente”, ofreció un bellísimo canto ligado en “se il mio nome” y se atrevió (¡sorprendentemente!) con el temible “Cesa di più” para resolverlo de manera solo aceptable, muy lejos de la prodigiosa limpieza en las agilidades de Juan Diego Flórez cuando estrenó esta misma producción en 2006. Mi impresión es que este chico tiene talento, pero si quiere seguir interpretando a Rossini tiene que mejorar considerablemente determinados aspectos técnicos.

Barbero de Sevilla Sagi Madrid septiembre 2013

Malo el Fígaro de Mario Cassi: lo que hace este chico a mí me parece que está más cerca del grito que del canto. A Bruno de Simone hace años le vi en directo algunas cosas muy dignas, pero ahora el instrumento le suena muy pálido y en lo expresivo se ha mostrado (como ya le ocurría en la citada grabación de Gómez Martínez) soso a más no poder. Dmitri Ulyanov lució su poderosa voz en “la calumnia” pero escasa sintonía con el estilo. Buena la Berta de Susana Cordón, única cantante que repetía del estreno de esta misma producción escénica, la debida a Emilio Sagi.

Me gustó muy poco su propuesta en aquel entonces, cuando estuve escuchando a los dos repartos, y siguió sin gustarme las dos veces que he visto luego la filmación, que comenté aquí mismo. No diré que esta vez lo del regista asturiano me haya convencido, pero no puedo dejar de alabar la belleza plástica del resultado, ni su buen pulso teatral, ni la ironía a la hora de manejar tópicos, ni su habilidad para ser al mismo tiempo original y respetuosa. Tampoco había percibido cómo el escenario va cambiando gradualmente de tonalidad ante de la explosión de color final. Un acierto, además, haber suprimido la enorme estupidez de levantar el escenario en el final del primer acto para “mostrar las posibilidades” del Real. Pero siguen los mismos problemas: todo lleno de figurantes haciendo gracietas sin ton ni son, coreografías fuera de lugar, final del primer acto mal resuelto (¿a qué viene hacer pajaritas de papel?) y personajes no muy bien delineados; graciosísima Berta, aunque muy pasada de rosca y por ello sin terminar de encajar con el resto.

En fin, fiasco total por culpa del mal tino de Mortier a la hora de escoger a la batuta. ¿Mostrará aquí su sucesor Matabosch mayor inteligencia o castigará al público del Real con las mismas batutas de cuarta fila que ha hecho desfilar durante estos últimos lustros por el Liceu?

lunes, 23 de septiembre de 2013

Frühbeck vuelve a La Zarzuela: Albéniz y La Tempranica

El primer contacto que tuve en mi vida con la música de Isaac Albéniz fue gracias a la orquestación que de la genial Suite Española realizó, y dirigió frente a la New Philharmonia Orchestra, un joven Rafael Frühbeck de Burgos a finales de los sesenta; un arreglo, por cierto, a medio camino entre el topicazo de la época de los “Festivales de España” y el “Decca Full Stereo” que pretendía deslumbrar al oyente con castañuelas por un lado y campanitas por el otro. Mi padre tenía un ejemplar de la edición realizada para nuestro país por Discolibro, y desde muy pequeño quedé enganchado tanto por el contenido musical, todo lo hortera que se quiera pero de enorme vistosidad, como por la portada con una hermosísima foto nocturna del Patio de los Arrayanes.

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Comprenderán ustedes, pues, que me hiciera mucha ilusión escuchar ayer domingo esta obra –no completa: faltaron Cataluña, Cádiz y Cuba– al mismísimo Frühbeck que, a sus ochenta años recién cumplidos, volvía después de dos décadas al madrileño Teatro de la Zarzuela. Dirigió de pie –usó una banqueta en la segunda parte del programa– y sin partitura. Lo hizo con la enorme sabiduría de años y años llevando por todo el mundo con orgullo estos arreglos salidos de su mano. La Orquesta de la Comunidad de Madrid sonó además bastante mejor de lo que suele, quizá también lo hiciera el Coro del Teatro de la Zarzuela, y hubo además una espléndida intervención de la flautista en “Granada”. Lo mejor, tanto por la labor del maestro como por el propio Albéniz, la impresionante “Asturias”. El público, integrado fundamentalmente por abonados de elevadísima media de edad, aplaudió entre cada una de las piezas mientras exclamaba en alto “qué bonito”. Y a mí cayéndoseme la baba, qué quieren que les diga. Si les interesa, en Spotify pueden escuchar las mismas cinco piezas con la Philadelphia Orchestra y el propio Frühbeck.

Salvando la bellísima romanza “Sierras de Granada” y, claro está, el zapateado de la tarántula, hasta hace unos días un servidor no había conocido completa La Tempranica, zarzuela en un acto que el sevillano Gerónimo Giménez estrenó en 1900 precisamente en el teatro de la calle Jovellanos a la que ha vuelto este fin de semana. La escuché en la grabación protagonizada por María Bayo y Víctor Pablo Pérez, no en la antigua de Frühbeck; la interpretación me gustó bastante, hasta el punto de perdonarle al director burgalés sus horrorosas Bodas de Fígaro en el Real, y en cuanto a la partitura del sevillano me ha parecido de una enorme inspiración dentro del inevitable deslavazamiento dramático que es propio de este género. Eso sí, muy chocante el homenaje al Freischütz weberiano en el coro de cazadores inicial.

Notable, no excepcional, la interpretación en versión de concierto –ligeramente recortada: eché de menos el vals– ofrecida en La Zarzuela. Lo fue tanto por la labor de Frühbeck, cuidadoso a más no poder, concentrado y muy musical a pesar de andar falto de un último grado de compromiso expresivo, como por la actuación de María José Montiel, voz de pura crema para un canto sensual y altamente emotivo. Que la madrileña se mostrara más segura en el agudo que en el grave cuando tendría que haber ocurrido lo contrario tratándose de un papel escrito para soprano –la Montiel es mezzo– parece lo de menos cuando se ofrece tanto arte. Carlos Bergasa estuvo muy correcto como Don Luis, y Juan Manuel Cifuentes tuvo una buena intervención en la subyugante nana.

Los cantantes fueron ubicados tras la orquesta, delante del coro. Estando yo en la fila tres del patio, no tenía la menor visibilidad de las voces. Aprovechando que los aplausos de la tarántula iban a ser largos, pegué una carrera y me fui a la última fila, prácticamente vacía, donde pude seguir el concierto con normalidad. Por eso mismo, por haber estado durante los primeros diez minutos en la referida ubicación, no puedo decir si el no escuchar apenas a Virginia Wagner durante el célebre zapateado se debió a insuficiencias de la soprano bonaerense o más bien a la deficiente proyección de las voces en las primeras filas derivada de tan discutible decisión. En cualquier caso, muy mal por parte del teatro no avisar a los clientes que esas localidades tenían visibilidad NULA sobre los cantantes: me hubiera sacado una entrada más arriba y, además de ahorrar algo de dinero, hubiera mejorado considerablemente en acústica y visibilidad.

Y ya puestos a poner pegas: está muy bien que el programa de mano, que se vendía a tres euros, incluyese los textos cantados y se editase en cartulina rígida con gran calidad, pero no hubiera costado añadir a las notas de Enrique Mejías García sobre La Tempranica algunas líneas referentes la Suite española de la primera parte. Qué manera de ningunear a un compositor de la talla de Albéniz, tratándolo como a un simple telonero.

sábado, 21 de septiembre de 2013

Un Barbero a conocer, por Rockwell Blake

Hacía bastantes años que no veía este Barbero de Sevilla, una filmación televisiva –con molestos fundidos en negro para la publicidad– realizada en 1989 en el Metropolitan de Nueva York que se ha conservado con imagen y sonido bastante decentes, aunque lejos de los estándares de hoy en día. Tras verlo de nuevo, me reafirmo en que su conocimiento es obligado, por una sola pero poderosa razón: Rockwell Blake. No diré que su Almaviva me guste más que el de Flórez, sin duda superior en belleza tímbrica, depuración sonora y sensualidad. Pero se muestra, a despecho de algunos momentos no del todo bien resueltos, magnífico en su línea, ofreciendo un enfoque mucho más viril, arrogante y atrevido que el de su colega; también menos ensoñado, probablemente más en sintonía con el personaje pensado por Rossini, y desde luego con un instrumento vocal mucho más cercano al de baritenor para el que presuntamente fue creado. Fue el norteamericano, además, quien recuperó para los escenarios el dificilísimo “Cessa di più resistere” que aquí canta con segurísima coloratura –impresionante para no ser una voz de la ligereza de la de Flórez– y resultados espectaculares.

En el resto del elenco hay de todo, con “un gran difetto”: la Rosina de Kathleen Battle, estupendamente cantada pero de una cursilería que echa para atrás. Sus abundantes ornamentaciones, al contrario que las de Blake, son una muestra del más trasnochado narcisismo. Leo Nucci, muy sobreactuado, cumple con solvencia en lo vocal pero ahí se queda. Mucho mejor Enzo Dara, que por fortuna canta a Don Bartolo en lugar de declamarlo, y además se desenvuelve con mucha simpatía por la escena; sus excesos cómicos se le pueden personar, porque la dirección escénica parece dar manga ancha a todos. Estupendo en este sentido Ferruccio Furlanetto, que comprende muy bien a Don Basilio y lo canta de manera irreprochable. Mal vocalmente la Berta de Loretta di Franco.

Galvaniza los resultados la notable batuta de Ralf Weikert, algo primaria y no muy refinada ni imaginativa, pero llena de fuerza teatral, cálida, comunicativa, llevada sin precipitaciones, dotada del adecuado sentido del humor y, sobre todo, bien atenta a no convertir a la música del de Pésaro –como empezaban a hacer ya algunos directores en aquellos años, empezando por Abbado– en un cúmulo de sonoridades volátiles, gráciles y amaneradas: este es un Rossini ágil y luminoso pero con su punto de densidad y de tensión sonora. Lo menos bueno quizá sea la obertura, que ya comenté en mi reciente comparativa.

La producción escénica de John Cox es de esas “que no molestan”. O sí: la casa de Don Bartolo es bien fea y parece un reciclaje de El rapto en el serrallo. El peluquín de Nucci es de antología, y para hartarse de reír ver a Rosina cantar la lección de música vestida de Jueves Santo, de negro y con mantilla. Al menos hay buenas intenciones humorísticas (nada que ver con la sobrevalorada producción de José Luis Castro que vimos en Sevilla, tampoco con la pretenciosidad de la de Sagi que estos días se recupera en el Real) y se saca notable provecho del escenario giratorio. Lo dicho: a conocer, por Rockwell Blake. Ahí arriba tienen el final, empezando por su impresionante “Cessa di più”.

miércoles, 18 de septiembre de 2013

Nuevo Réquiem de Verdi por Barenboim

No tengo un recuerdo lo suficientemente claro de la anterior grabación del Réquiem de Verdi por Daniel Barenboim, la que realizó en Chicago en septiembre de 1993, como para realizar comparaciones, así que me limito a decir la que acaba de lanzar Decca en compacto, DVD y Blu-ray –tengo este último–, registrada en el Teatro alla Scala  con las huestes locales el 27 de agosto de 2012, me ha gustado muchísimo.

Barenboim Verdi Requiem Decca

En esta nueva recreación el maestro, inspiradísimo, me ha recordado a Barbirolli por la lentitud generalizada de su lectura, lentitud no solo clarificadora –todas las líneas están maravillosamente expuestas– sino también generadora de una atmósfera particularmente densa, siniestra y opresiva. La diferencia es que mientras el director londinense apuesta por el nihilismo más desolado, con el de Buenos Aires hay espacio para la espiritualidad; una espiritualidad digamos que “profana” –no sé hasta qué punto es válida la contradicción–, cargada de esa sensualidad tan particular de Barenboim en su “estilo tardío”, que más que apelar a una divinidad parece atender a la voluntad de trascendencia del ser humano sin necesidad de un “más allá”, lo que por otra parte no parece casar mal con lo que sabemos de la vida religiosa –más bien escasa– de Giuseppe Verdi.

Todo esto lo lleva Barenboim a cabo con un fraseo admirablemente natural y muy flexible, de amplia cantabilidad, elevado sentido del color y no pocos detalles creativos, por descontado que ajeno a la retórica vacua que amenaza en los pasajes menos inspirados de la partitura, que haberlos los hay, aunque también es cierto que sin ofrecer la garra electrizante de otros maestros. La de Barenboim es más bien una interpretación “de anciano director” en el mejor de los sentidos, dicha no desde la inmediatez operística (lo que no impide que haya momentos encrespadísimos: escuchen el “Tuba mirum” que les he dejado abajo) sino desde la más emocionada reflexión, una actitud que desde luego contagia a los cuatro miembros del elenco vocal.


Este tiene la insuficiencia común de la falta de italianidad, pero resulta no solo homogéneo sino de nivel altísimo. Anja Harteros, sin llegar a las alturas estratosféricas de la Caballé, resuelve su parte con un canto excelente y gran convicción expresiva. Elina Garança, un pelín justa por abajo pero seduciendo con su hermosísima voz. René Pape empieza a estar algo mayor –flaquean las notas más graves, y en un momento aislado aparece la “castaña en la boca”–, pero aun así canta francamente bien y sigue exhibiendo la línea de enorme sensibilidad, nada cavernosa, siempre sincera y admirablemente matizada, con que ya convenciera en la espléndida grabación de 2009 dirigida por Antonio Pappano (también con la Harteros, por cierto, que ahora está mejor).

La gran sorpresa –para mí– es Kaufmann, con las peculiaridades vocales de siempre pero luciendo una expresividad no solo valiente, sino también, sin dejar se ser suplicante cuando debe, muy angustiada y rebelde: su “Ingemisco” parece todo un desafío ante Dios. Tremendo. El coro se comporta de manera más que satisfactoria bajo la dirección del veterano Bruno Casoni; expresivamente, Barenboim lo matiza con mil y un detalles a través de una gestualidad mucho más amplia y “sobreactuada” de lo que en él es habitual. La orquesta no es precisamente de más brillantes de Europa, pero la ejecución es impecable y su sonido “verdiano a la Muti” se mantiene sin dejar de añadir una morbidez más del gusto de Barenboim.


La realización de Andy Sommer resulta muy original, sin llegar a ser tan “movida” como la de las sonatas de Beethoven del propio Barenboim; la planificación es creativa, muy atenta a la referida gestualidad del director pero también al rostro emocionadísimo de Anja Harteros en el “Libera Me”. La calidad de imagen del Blu-ray (búsquenlo en tiendas de la red y no se gasten una pasta, que a mí me ha salido por 21.40 euros) puede decepcionar un tanto: saturada de color y con movimientos algo artificiales.

La toma sonora sí es sensacional en definición tímbrica, equilibrio de planos y gama dinámica; el multicanal en principio parece que no va a ser tal, porque los aplausos del público suenan por delante, no detrás, pero las trompetas del “Tuba mirum” –tremendas, por cierto– situadas en los palcos del Teatro alla Scala lo hacen donde deben hacerlo, y siempre tras las grandes explosiones sonoras se escucha la reverberación de sala por los canales surround. Admirable la manera de recoger los pianissimos que consigue Barenboim. Y los graves son impresionantes: ¡tremendo el bombo! Disfrute sonoro pleno, pues, para una enorme versión de esta obra maestra que les recomiendo que no se pierdan.

lunes, 16 de septiembre de 2013

Obertura de El barbero de Sevilla, de Rossini: discografía comparada

El asunto es bien conocido: la pieza que hoy conocemos como Obertura de El Barbero de Sevilla la escribió Rossini en realidad para una ópera anterior, Aureliano en Palmira (1813), y ya había sido a su vez reutilizada en Elisabetta, Regina d'Inghilterra (1815). ¿Cuál es, pues, el carácter con que hay que interpretarla? Porque parece claro que en la celebérrima página hay mucho de sentido del humor, pero de ahí a querer ver en ella las andanzas de Fígaro, Rosina y Almaviva hay un buen trecho. Como tampoco parece oportuno pensar en “una de romanos” ni en  las desventuras de la reina inglesa por excelencia. Lo apropiado parece interpretarla como lo que es: una breve (alrededor de siete minutos) pero absolutamente maravillosa pieza de´”música pura” ajena a toda referencia incidental o dramática.

Claro que esto tampoco es sencillo. ¿Cómo debe sonar Rossini? Pues en un punto de equilibrio extraordinariamente difícil de conseguir. Si hay excesiva densidad, que es lo que ocurría en tiempos pasados, el resultado es pesadote y sin gracia. Si se busca la ligereza ante todo, que es lo que ahora se lleva, el resultado puede acercarse a lo frívolo, incluso a lo repipi. También hay que cuidar mucho los tempi, porque la velocidad puede ayudar a ofrecer el carácter bullicioso que que normalmente asociamos a esta música, pero también puede desembocar en un fraseo poco natural, con frecuencia pimpante. El siguiente repaso puede dar una idea de por dónde van los tiros.

Ya adelanto que a un servidor no le gusta en absoluto la “renovación interpretativa rossiniana”  de tiempos recientes; y ojo que no hablo de voces (en este sentido sí que hemos ganado de manera considerable) ni de las ediciones críticas de Alberto Zedda, sino al concepto que del de Pésaro tienen las batutas. Tan grácil y volátil me termina irritando, la verdad. Y una cosa más: la valoración se refiere solo a la obertura, no a la dirección de la ópera completa en el caso de que esta se incluya en una grabación de la misma.


Rossini Barbero Molajoli

1. Molajoli/Teatro alla Scala (ópera completa, varios sellos, 1929). De este tempranísimo testimonio, conservado técnicamente con bastante dignidad, podíamos esperar alguna clase de desmadre o disparate estilístico, pero lo cierto es que el por entonces ya veterano Lorenzo Molajoli –sesenta y un años- dirige, a despecho de diversos tics que hoy resultan inevitablemente anticuados, con bastante sensatez y no poco rigor, y desde luego tomándose menos libertades que otros maestros que pasarán después por el foso de La Scala. Otra cosa es la inspiración, más bien escasa. (7)


Rossini Oberturas Toscanini

2. Toscanini/Orquesta de la NBC (RCA, 1945). El de Parma nunca destacó precisamente por su calidez o su cantabilidad, pero poseía electricidad, teatralidad y un atractivo sentido del humor un tanto socarrón que le sientan estupendamente a esta obertura. Los resultados, por ende, son notabilísimos, a despecho de una sonoridad algo masiva y de algunas libertades que no era necesario tomarse. (8)


Rossini Barbero Cellini

3. Cellini/Orquesta del Palacio de las Bellas Artes de México (ópera completa, Instituto Discográfico Italiano, 1949). La terrible calidad sonora de este testimonio no permite apreciar como es debido la interpretación, pero la impresión es que, además de rápida, extrovertida y muy animada, se trata de una recreación sumamente tosca, masiva, ruidosa y de cara a la galería, además de –insisto que es una impresión, la gama dinámica está recortadísima– pobremente planificada en los crescendi. (4)


Rossini Barbero De Sabata

4. De Sabata/Teatro alla Scala (ópera completa, Walhall, 1952). La cantidad de matices y lo bien realizados que están –y eso que la orquesta es mediocre– indican a las claras que estamos frente a un director de fuste, no ante rutina de foso, pero lo cierto es que el gran De Sabata no acertó con esta pieza: además de detalles anticuados (¡terribles portamenti!), hay excesivas libertades que resultan poco musicales y hacen perder la continuidad del discurso, que termina resultando caprichoso, incoherente y fuera de estilo. Eso sí, al menos hay vida y animación. Suena mal. (5)


Fricsay Rossini Verdi oberturas DG

5. Fricsay/Sinfónica de la RIAS de Berlín (DG, 1954). El prematuramente fallecido maestro de origen húngaro hace gala de una apreciable musicalidad, procura paladear la música y nunca saca los pies del plato, pero ni acierta con el estilo de la música ni conecta con su espíritu expresivo. Las densidades germánicas no casan bien con este mundo. (7)


Rossini Barbero Giulini Milan

6. Giulini/Teatro alla Scala (ópera completa, Hänssler, 1956). Asimismo con las huestes de la Scala y sonido deficientemente conservado nos llega este registro procedente de las polémicas funciones del teatro milanés protagonizadas por Gobbi y Callas. Giulini, a sus cuarenta y cinco años, también ofrece algún detalle anticuado y más cambios de tempo de los deseables, pero la musicalidad y la solidez de trazo de la interpretación triunfan junto al buen equilibrio entre la luz italiana –cantabilidad, chispa, humor risueño– y la fuerza dramática –cuidadosa la planificación de tensiones– que esta música demanda. Todo ello ofreciendo detalles de gran director y con un evidente deseo de hilar con pinceles finos, aunque la orquesta tampoco le deja ir mucho más allá. (8)
 

Rossini Barbero Erede Decca

7. Erede/Maggio Musicale Florentino (ópera completa, Decca, 1956). Temprana toma estereofónica, de muy buena calidad, para una interpretación que, siendo de estudio, está mucho más controlada y se permite muchas menos libertades que las que por la época se dirigían en el foso, pero que también resulta un tanto lineal, amén de apresurada y en exceso nerviosa. La orquesta hace lo que puede. (6)


Rossini Barbero Galliera

8. Galliera/Philharmonia (ópera completa, EMI, 1957). El infravalorado maestro italiano demuestra que para realizar una óptima interpretación de esta página tan manida no hay que tomarse libertades ni inventar nada. Tampoco excederse en los contrastes. Ni siquiera mostrar una especial personalidad. Eso sí, hay que planificar con absoluta perfección –irreprochables los crescendi–, saber combinar la ligereza con la densidad dramática, no precipitarse en los tempi, hacer que el humor risueño tenga su poquito de picardía y encontrar el punto justo entre elegancia, ligereza y tensión sonora. Es decir, lo que no consigue casi nadie. Le ayuda, todo hay que decirlo, una orquesta de virtuosismo por entonces insuperable, bien recogida por una muy digna toma estereofónica. (10)


Rossini Barbero Leinsdorf

9. Leinsdorf/Metropolitan de Nueva York (ópera completa, RCA, 1959). El maestro vienés posee una gran técnica y un elevado instinto teatral, lo que permite planificar con solidez e inyectar vida a esta lectura, pero su enfoque es en exceso grácil, volátil incluso, como si anunciara lo menos bueno de la evolución posterior de la interpretación rossiniana. Hay además algunas arbitrariedades innecesarias. (7) 



10. Giulini/Philharmonia (EMI, 1959). Solo han pasado tres años desde su interpretación en La Scala, pero parece que fueran muchos más. Tal es la diferencia no solo en lo técnico sino también en lo interpretativo, pues el de Barletta, ahora tomándose las cosas con más calma y demostrando ser un rigurosísimo planificador, abandona la teatralidad  y la extroversión de entonces –esta es una versión claramente de estudio– para aportar esa gran especialidad suya que es la mezcla admirable, sostenida por pulso firme y bien alejada de cualquier narcisismo, de elegancia, cantabilidad , nobleza y –en definitiva, aunque sea un tópico decirlo– profundidad humanística. Los resultados, si bien lejos de toda pesadez digamos que germánica, aporta una insólita madurez a estos pentagramas. Los solistas de la orquesta –ahora recogidos con más satisfactoria toma sonora, aunque el recinto sea de nuevo el Kingsway Hall londinense– están aún mejor que con Galliera. (10)


Rossini Oberturas Karajan EMI

11. Karajan/Philharmonia (EMI, 1960). Tercera grabación de la Philharmonia en tan solo cuatro años. Lógico: Don Heriberto, que grababa con la orquesta por las tardes mientras Klemperer lo hacía por las mañanas, quería decir la última palabra en el repertorio de oberturas rossinianas. Y demostró que, sin la menor duda, poseía más técnica que nadie: la orquesta suena increíblemente pulida y empastada, los crescendi son amplísimos y hay detalles magistrales –por ejemplo, la manera de hacer oír a las maderas en el breve crescendo que abre la parte lírica de la introducción–. Lo que pasa es que al final uno termina un poco harto de tanto contraste entre refinamiento y opulencia sonora: la gracia, el vuelo lírico y la luminosidad de Galliera y Giulini se pierden por el camino. Incluso los solistas realizan sus intervenciones un tanto cohibidos, como si estuvieran abrumados por la personalidad del maestro. (8)


Rossini Barbero Bartoletti

12. Bartoletti/Sinfónica de la Radio Bávara (ópera completa, DG, 1960). Artista serio y de elevada musicalidad, Bartoletti se da cuenta de que es un error frivolizar en exceso esta página y, ayudado por una orquesta de la mejor tradición germánica, encuentra el junto justo de equilibrio entre agilidad y densidad sonora, entre luminosidad y sentido dramático, haciendo además uso de pinceles finos y paladeando las melodías con primor. Falta una última vuelta de tuerca en lo expresivo, pero en cualquier caso los resultados son muy notables. Excelente para la época la toma sonora. (8)


Gui Rossini Barbiere front

13. Gui/Royal Philharmonic (ópera completa, EMI, 1962). Lo que singulariza a esta lectura es su introducción, lentísima y muy atmosférica, por eso mismo reveladora, pero también pesadota y fuera de estilo. A partir de ahí todo se desarrolla dentro de una ortodoxa y sensata corrección, con todo muy en su sitio y gran atención a la claridad de líneas, aunque sin particular inspiración. El final pierde un poco de fuelle. (7)


Bernstein Rossini

14. Bernstein/Filarmónica de Nueva York (Sony, 1963). Aunque por la fecha se pudiera pensar que el aun no del todo maduro Bernstein podía ofrecer una interpretación precipitada y de cara a la galería, lo cierto es que el norteamericano desgrana la partitura con una lentitud apreciable, atendiendo a la claridad, hilando con finura. planificando bien las tensiones y haciendo gala de un magnífico sentido dramático. Solo falta, cosa extraña en él, sentido del humor. La orquesta funciona bien dentro de sus limitaciones. (9)


Rossini Oberturas Karajan DG

15. Karajan/Filarmónica de Berlín (DG, 1970?). Obviamente Karajan no podía dejar de grabar esta obra para el sello amarillo. Siguió los pasos de su recreación con la Philharmonia, pero teniendo a su orquesta delante se sintió como pez en el agua y ofreció una lectura aún más germánica, más opulenta, masiva y apabullante; también más insincera. La excesiva suavidad con la que la cuerda canta el tema lírico de la introducción puede llegar a irritar el paladar de algunos melómanos. (7)


Rossini Barbero Abbado lSO

16. Abbado/Sinfónica de Londres (ópera completa, DG, 1971). Ya desde una introducción llena de sutiles inflexiones se advierte que nos encontramos ante un director de virtuosismo fuera de lo normal, lo que se confirma con los increíbles pianísimos con que arranca sus espectaculares crescendi o en la claridad admirable de esta interpretación. Pero es también un director que sabe ser ágil sin caer en lo frívolo, teatral sin resultar efectista y luminoso sin perder carga dramática. La crítica le ha reprochado, eso sí, que su acercamiento es más mozartiano que rossiniano: hay mucha elegancia pero falta picardía. Se ofrecen, además, algunas frases en exceso suaves que apuntan a la lamentable evolución de Abbado en su madurez. (9)



17. Abbado/ Teatro alla Scala (ópera completa, DVD DG, 1972?). Obviamente en esta filmación Abaddo sigue la línea de su registro en Londres con los mismos cantantes, pero globalmente es menos sutil y refinada, también menos preciosista, y por eso mismo quizá un punto más sincera. La toma sonora es inferior en definición tímbrica y gama dinámica. (9)


Rossini Oberturas Solti

18. Solti/Sinfónica de Chicago (Decca, 1972). En teoría el maestro de origen húngaro cuenta con la complicada mezcla de agilidad, precisión, capacidad para planificar, atención al detalle y garra teatral que esta música demanda. Y ciertamente así lo demuestra, bien ayudado por una orquesta de virtuosismo asombroso y de una toma sonora sensacional para la época. Pero las cosas no terminan de funcionar: su aproximación resulta demasiado seria y envarada. Faltan encanto, vuelo lírico, luminosidad, chispa, picardía… (8)


Rossini Barbero Levine

19. Levine/Sinfónica de Londres (ópera completa, EMI, 1974). De nuevo la London Symphony, pero esta vez con un director muy diferente a Abbado. El joven Levine no hace gala, ni de lejos, del refinamiento, el virtuosismo la elegancia y la imaginación del milanés, pero curiosamente le supera con creces en sentido del humor, en “descaro rossiniano”, y evita la excesiva suavidad de su colega. (8)


Rossini Verdi Oberturas Abbado LSO RCA

20. Abbado/Sinfónica de Londres (RCA, 1978). En realidad esto no es una interpretación de la obertura de Il Barbiere, sino de Elisabetta regina d’Inghilterra. Lo que ocurre es que en su reedición de 2001, por cierto con un sonido sensacional, los de RCA le pusieron el otro nombre por motivos comerciales. Para el caso, es lo mismo: compaginando el refinamiento y el virtuosismo de su anterior recreación londinense con la inmediatez y la garra dramática de su filmación en Milán, Abbado nos entrega su interpretación más redonda de la página. Y una de las mejores de las que aquí comentamos. (10)



21. Solti/Sinfónica de Chicago (DVD Decca, 1979?). El veterano maestro no solo no mejora su grabación de estudio con la misma orquesta, sino que la empeora con una sosería y una desgana que echan para atrás. Menos más que el virtuosismo de los norteamericanos sigue ahí. (7)


Rossini Barbero Chailly Scala

22. Chailly/Teatro alla Scala (ópera completa, Sony, 1982). Con tan solo veintinueve años Chailly demuestra una comprensión del lenguaje rossiniano superior a la de la mayoría de los colegas que le precedieron, logrando mezclar todos sus ingredientes –vivacidad, luz, colorido, elegancia, cantabilidad, chispa, nervio dramático– con perfecto equilibrio entre ellos y sorteando, pese a la relativa calidad de la orquesta milanesa, todas las dificultades técnicas que ofrece la partitura. Lástima que la toma sonora no sea muy allá. (9)


Rossini Barbero Marriner

23. Marriner/Academy of St. Martin in the Fields (ópera completa, Philips, 1982). El Rossini camerístico llega de la mano de Sir Neville y sus chicos, todo lo mozartianos que en ellos se podía esperar –la aproximación es mucho antes lírica y equilibrada que trepidante–, pero dueños todos ellos de un gusto exquisito –no hay necesidad de exagerar los crescendi, como tampoco de resultar en exceso aéreo o grácil– y de un virtuosismo pasmoso. El resultado es bellísimo y en cierto modo revelador. Como lectura mayormente apolínea, perfecta, aunque no parece esto lo ideal. La toma sonora es sencillamente portentosa. (9)


Rossini Oberturas Orpheus

24. Orquesta de Cámara Orpheus (DG, 1984?). Bien respaldados por una particularmente limpia toma sonora, los neoyorquinos dan una verdadera lección no solo de virtuosismo –la lectura es agilísima pese a no ser lenta, y el empaste no puede ser mejor–, sino también de sensatez y de musicalidad tanto en el concepto interpretativo, obviamente camerístico pero ingrávido ni banal, como en cada una de las intervenciones de sus espléndidos solistas. Se echa de menos, eso sí, un último grado de sintonía con el mundo rossiniano: el resultado global es un poco soso. Quizá un buen director hubiera puesto el toque de sal y pimienta que falta. (8)


Rossini Oberturas Chailly National

25. Chailly/National Philharmonic Orchestra (Decca, 1984). El italiano vuelve a ofrecer su vibrante y al mismo tiempo sensual acercamiento de dos años atrás, esta vez con una orquesta superior –y sin la percusión que entonces sí utilizaba–, pero quizá con un puntillo menos de garra y espontaneidad. En cualquier caso, admirable. La toma sonora esta vez sí que está a la altura. (9)


Rossini Barbero Patane

26. Patané/ Teatro Comunale Bolonia (ópera completa, Decca, 1988). La elegancia apolínea, la finura y el humor algo naif, un punto descafeinado, presiden esta realización muy bien realizada y mejor grabada, con estimables intervenciones de los solistas de una orquesta que en principio no es de primera y con algunas interesantes aportaciones de la batuta, como los efectos de “eco al revés” (piano-forte) en el más célebre tema de la obertura. Falta, eso sí, un poco más de garra, de sangre, de temperamento. (9)


Rossini Barbero Weikert Nucci DVD

27. Weikert/Metropolitan Opera (ópera completa, DVD DG, 1989). No hay muchas sutilezas ni refinamiento en esta interpretación dicha un tanto de cara a la galería, claramente prólogo a una representación en vivo, pero lo cierto es que el maestro alemán hace gala de una vitalidad y un sentido del humor que en esta página son muy necesarios. (7) 


Rossini Oberturas Abbado COE

28. Abbado/Orquesta de Cámara de Europa (DG, 1989). Se nota ya aquí la evolución de Abbado durante los ochenta. Por descontado que siguen presentes su prodigioso virtuosismo y muchas de sus ideas en el fraseo, pero por desgracia la concentración de antaño se ve mermada por algo de nerviosismo –los tempi son más rápidos–, la elegancia se tiñe de cierto amaneramiento y la búsqueda de un espíritu camerístico termina conduciendo, al contrario que en Marriner, hacia sonoridades en exceso ligeras y una expresión algo frívola. Tampoco la toma sonora es muy allá. (8)


Rossini Oberturas Norrington

29. Norrington/The London Classical Players (EMI, 1990). No hay que asustarse. No solo los instrumentos originales funcionan muy bien en esta música (lógico: para ellos fue pensada), sino que la personalidad de Sir Roger no choca frontalmente, como tantas veces ocurre, con el espíritu de la obra. Antes al contrario, aquí son bien recibidos su ligereza –excesiva, sí, pero no fuera de lugar–, su agilidad y su carácter chispeante, vivaracho y bienhumorado, siempre con un punto de digamos que de “distinción británica”. Lástima que su fraseo (como el de Abbado en esta época) sea más frívolo de la cuenta, que confunda el espíritu camerístico con cierta ingravidez sonora y, sobre todo, que al no acumular las tensiones en la coda de la manera apropiada sucumba a la tentación del más vulgar efectismo. Sensacional la toma sonora. (7)



30. Abbado/Orquesta de Cámara de Europa (DG, 1992). Para abrir esta grabación con demencial reparto encabezado por Plácido Domingo, el milanés acentuó los rasgos de su registro tres años anterior con la misma orquesta: tempi ahora demasiado rápidos, fraseo pimpante, nerviosismo en lugar de sensualidad, excesivo preciosismo sonoro… Incluso los ingenieros de DG volvieron a defraudar con la toma. (7)


Rossini Barbero Lopez Cobos

31. López Cobos/Orquesta de Cámara de Lausana (ópera completa, Teldec, 1992). El zamorano se apunta a la moda del Rossini camerístico, ligero, risueño y amable, y lo hace con una maravillosa dosis de sentido del humor –pocas interpretaciones hay tan simpáticas como esta– pero con unos tempi disparatados (6’29'’, todo un récord), excesiva suavidad y un fraseo pimpante que bordea lo repipi. La toma sonora podía haber sido mejor. (7)


Rossini Barbero Gelmetti Hampson

32. Gelmetti/Orquesta de la Toscana (ópera completa, EMI, 1992?). Otro más apostando por el Rossini veloz, frivolón y pimpante, animado pero inevitablemente trivial, en el que se buscan los mayores contrastes posibles entre sonoridades ingrávidas y grandes explosiones sonoras para epatar al personal. La toma sonora es bastante opaca. (7)


Rossini Oberturas Dutoit

33. Dutoit/Sinfónica de Montreal (Decca, 1992?). El maestro suizo suele ser sensato y musical, además de muy diestro en la técnica –espléndidos los crescendi de la pieza que nos ocupa–, pero verdadera inspiración solo la encuentra en un repertorio muy concreto. Aquí nos muestra su peor rostro, el del artesano rutinario, desganado y sin garra. Lamentable la flacidez de la introducción. (6)


Rossini Barbero Humburg

34. Humburg/Orquesta de Cámara Failoni de Budapest (ópera completa, Naxos, 1993). El maestro alemán Will Humburg parece sintetizar las propuestas de Marriner, Abbado y Norrington apostando por una orquesta de cámara, tempi muy veloces (6’38’’), evidente ligereza sonora y una gran dosis de nervio, añadiendo a todo ello una gran cantidad de ideas propias en el fraseo. El resultado es una interpretación trepidante, fresca, inmediata y con mucha garra, pero también pimpante y precipitada, amén de poco cantable y sin la sensualidad que otros maestros han sabido encontrar aquí. (7)


Rossini Oberturas Chaily Scala

35. Chailly/Filarmónica de la Scala (Decca, 1994?). Lógicamente las enormes virtudes del Rossini de Chaily siguen aquí presentes, sobre todo en lo que a vivacidad, chispa y sentido del humor se refiere, e incluso es capaz de ofrecer aún más matices, pero lo cierto es que el maestro miilanés se apunta al carro “renovador” de la ligereza no solo en los tempi, sino también en densidad sonora y en carácter. Demasiado liviano, demasiado suave. La toma sonora no es ni mucho menos tan buena como la de su anterior registro para el mismo sello. (8)


Rossini Oberturas Menuhin

36. Menuhin/Sinfonia Varsovia (Classic FM-Sony, 1997?). A contracorriente de algunos de los empeñados en la “renovación rossiniana”, el veteranísimo maestro acierta a la hora de dotar a esta música de vitalidad, nervio, y brillantez sin necesidad de descafeinarlo en lo sonoro ni de trivializarlo en lo expresivo. Lástima que su realización sea también un tanto gruesa y primaria, algo deslavazada en su desarrollo y con alguna salida de tono: la suavidad con la que arranca el tema lírico de la introducción es un error mayúsculo. Espléndida la toma. (7)


Rossini Barbero Weikert Florez

37. Weikert/Sinfónica de la Radio de Múnich (ópera completa, Nightingale, 1997). Nueva grabación en vivo de Ralf Weikert –esta vez con Gruberova y un jovencísimo Flórez–, en la misma línea que la anterior, más bien lineal pero vitalista y entusiasta, quizá ahora menos bienhumorada –se nota que la orquesta es alemana– pero igualmente eficaz, y desde luego con una sonoridad más bien robusta, mas no pesada, que se aleja de las recientes tendencias interpretativas. (7)


Rossini Bayo

38. Alessandrini/Concerto Italiani (Naive, 2001). El clavecinista y director italiano es mucho más radical en sus planteamientos historicistas que Norrington, no en tempi sino en lo que a articulación y equilibrio de planos se refiere. El resultado es una interpretación de colores nuevos, más ásperos y contrastados, que en lo expresivo apuesta por la garra dramática antes que por lo risueño, lo suave o lo distendido, y por ello carece de la gracia y del encanto propiamente rossinianos, aunque no está exenta de cierto sentido del humor. Interesante y verdaderamente renovador. Ahora sí. (8)


Rossini Barbero Campanella

39. Campanella/Ópera Nacional de París (ópera completa, DVD TDK, 2002). No se le puede negar al veterano maestro efectividad teatral en su enérgica y entusiasta recreación, pero desde el punto de vista sinfónico la cosa hace aguas por todas partes: los tempi son precipitados (6’36’’), el fraseo es pimpante, el desinterés por los matices expresivos es evidente y la vulgaridad, cuando no la brocha gorda, se termina imponiendo. Los ingenieros de sonido (¿son ellos los culpables de los chatos crescendi?) tampoco estuvieron muy afortunados. (6)


Rossini Barbero Gomez Martinez

40. Gómez-Martínez/Sinfónica de la Radio de Múnich (ópera completa, Sony, 2005). Si el pabellón español quedaba más bien bajo con la cursilada de López Cobos, las cosas no remontan con Miguel Ángel Gómez-Martínez, no solo igual de equivocadamente suave y volátil en las sonoridades, sino carente del sentido del humor del de Toro: aquí no hay chispa alguna, sino más bien mojigatería y escasez de matices. Los crescendi, eso sí, están bien planificados, y en general el trazo es cuidadoso, demostrando el maestro granadino que su técnica no es en absoluto desdeñable. (7)


Rossini Oberturas Liebreich

41. Liebreich/Orquesta de Cámara de Múnich (Sony, 2010?). El joven Alexander Liebreich se arma un lío intentando ser al mismo tiempo varias cosas a la vez con una interpretación sin duda trepidante, con nervio, llena de virtuosismo, pero donde no se logra compaginar la articulación historicista, por momentos en exceso grácil y hasta amanerada, con la saludable pretensión de rusticidad sonora bien entendida, de potencia y de empuje. Extraordinaria labor la de los ingenieros de Sony Classical. (7)

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En 2019 quedé hondamente impresionado por el Pelleas und Melisande de Schönberg que vi en un video, actualmente no disponible, en el que en...